Cuba deliberada: «la utilidad de la virtud»

cuba diversa

Cuba: encontrar la virtud de la deliberación en la diversidad

Por Hiram Hernández Castro

I.

Reunidos en el Laboratorio Casa Cuba (LCC) un grupo de intelectuales, de disímiles procedencias ideológicas, consensuaron un corolario de conceptos, fines y aspiraciones, concernientes al orden social y político cubano.

El documento «Cuba soñada–Cuba posible–Cuba futura»[1] propone mirar la Cuba presente desde un «catalejo» de principios republicanos, pluralistas y democráticos. Desde el pluralismo se compromete con incorporar en el debate público el mayor número de opiniones sobre la buena sociedad posible. Desde la democracia identifica los derechos de plena ciudadanía con el empoderamiento de los sectores subalternos y desfavorecidos. Desde el republicanismo asume un robusto concepto de libertad positiva, esto es, la participación de todos en la cosa pública: el autogobierno ciudadano.

Sus autores, en tanto intelectuales, asumen la función «normal» de intervenir, proponer y exponerse en la «república de las letras». Como ciudadanos cumplen con el deber de anhelar la invención de «un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías».[2]

 El documento articula «para ser estudiadas y debatidas públicamente» veintitrés propuestas sobre el orden político y social cubano. Su pretensión es diáfana: a la actualización del modelo económico le es concomitante una actualización del modelo de república. Lo «excepcional» es su aspiración a superar los marcos intelectuales para ─mediante su traducción al lenguaje público─ someter propuestas horizontales a la deliberación ciudadana.

Un análisis crítico del texto en sí supondría relacionarlo con el conjunto de la obra intelectual (investigativa, ensayística, activista, pedagógica y editorial) de sus autores, para reconocer los consensos. Un análisis de sus circunstancias entrañaría examinar la eventualidad de existir sólo en el espacio mediado por las nuevas tecnologías de la información, donde un texto consensuado entre algunos para ser deliberado por todos permanece en constreñimiento comunicativo entre algunos y algunos. Este comentario retine ambas ideas, pero se hace la pregunta por otro lugar: ¿cuán importante puede ser deliberar este tipo de documento más allá de las cabezas de algunos académicos e intelectuales?

 II.

Sería equívoco asumir una traducción liberal de los instrumentos propuestos por LCC «para afianzar la República». «Cuba soñada…» se inserta en la tradición republicana.  En Cuba, el republicanismo no es una moda académica ni el nuevo misterio revelado. Fue el ideal político que enfrentó al rey español y arengó un ejército semidesnudo con la promesa de una república independiente, sin esclavos ni súbditos. Sus principios aparecen en la pluma de pensadores como Félix Várela, José Martí y Raúl Roa, pero también en la memoria histórica del activismo cívico-popular cubano.

Apuntar a la tradición republicana significa tomar distancia del liberalismo. Lo que puede argumentarse, entre otras razones, porque el republicanismo asume un ideal de libertad muy diferente al proclamado por el liberalismo doctrinario. Los ciudadanos antiguos ─diría un liberal─ buscaron su libertad en el ágora pública y los modernos liberales en el ámbito privado. De ahí que al liberalismo le interese promulgar un concepto de libertad fundado en no ser interferido en la esfera privada. Algo así como: «soy libre si no soy interferido por los otros» o «no necesito ser libre para hacer política, sino para establecer la medida en que debo ser gobernado por ella».

El liberalismo doctrinario define la libertad con no interferencia, el republicanismo la reconoce en la ausencia de dominación. La libertad republicana está ligada al autogobierno y la preocupación por el bien público. La posibilidad de gobernarse a sí mismo implica: la libertad de participar en las decisiones públicas que afectan la propia vida. El ideal de libertad republicana rechaza la indiferencia liberal frente al dominium en los ámbitos familiares, laborales y culturales; y reconoce que la República puede y debe interferir la vida de los individuos para no formalizar su condición de libertad, igualdad y autonomía política. Para ello, se debe implementar mecanismos públicos de interferencia, no arbitrarios, que impidan que sujetos potencialmente vulnerables queden sometidos a la dominación.

Nunca la soberanía fue otorgada a los ciudadanos como un regalo de reyes. El ideal de libertad como ausencia de dominación exige impedir la mera posibilidad del ejercicio discre­cional y arbitrario del poder. Se trata de reforzar que los ciudadanos deseen y puedan intervenir en el debate y elaboración de decisiones que afectan sus vidas. Así, los derechos que definen la ciudadanía no se interpretan como protección ante la política, sino para participar positivamente en su proceso de constitución.

Una república democrática y pluralista deberá ser deliberativa si quiere ser justa. El valor se origina en el principio de que la verdad ni se posee ni se negocia, debemos buscarla atendiendo a razones que reconocen la secularización, la autonomía y la transparencia. La deliberación instituye un foro para la toma de decisiones basadas en una discusión pública entre ciudadanos libres e iguales. Su legitimidad pertenece al ejercicio de la soberanía, esto es, constituir la política, la ley y la propiedad desde la praxis ciudadana.

Se puede deliberar en el parlamento, el municipio, la empresa, la Universidad, el barrio o los vecinos de un edificio. Se obtiene su beneficio cuando una comunidad logra aclararse sobre lo que quiere llegar a ser y decidir sobre sus normas para hacerlo. Se delibera  si los argumentos expuestos se basan en criterios universales, a saber, aquello que cualquier persona razonable podría aceptar porque no humillan ni socavan su dignidad. Se delibera para extirparnos la dominación colonizada, de clase, color, sexo, edad. Se delibera sobre «las cosas ásperas y materiales sin las cuales no existen las finas y espirituales». Se delibera para comprometernos todos en cómo hacer y cómo verificar que ningún ciudadano quede desamparado.

La deliberación debe servir para transformar las propuestas de uno o un grupo de ciudadanos y mejorarlas. Todo lo que viene a decir que la legitimidad de una decisión política deriva de su posibilidad de ser amplia y extensamente discutida según diversos saberes, deseos, intereses e interpretaciones del bien público. Una propuesta puede ser rechazada o parcialmente aceptada por el foro democrático. Si determinado grupo o parte de la sociedad insiste en que sólo el cumplimiento de sus deseos legítima la república estaría rechazando el sentido de la deliberación y la democracia.

Lo apuntado hasta aquí puede importar mucho o muy poco, pues forma parte de lo que la academia denomina «teoría normativa» o discursos con pretensiones de validez sobre el beneficio de vivir en una sociedad más justa. Por ello, al leer «Cuba soñada…», más que pensar en lo que no dice o dice de manera incompleta o desacertada me preocupó el dilema de la carreta y los bueyes. ¿Se necesita esa Cuba soñada para deliberar con todos su propuesta? De tal suerte, no hay mejor forma de enfrentar una angustia que elevar su argumento al absurdo: ¿podemos vivir en una Cuba presente en la que no sea considerado virtuoso deliberar su futuro?

 III.

El orden de un Estado, afirma Kant, siempre tiene solución aunque se trate de un pueblo de demonios, basta con que posean entendimiento; a lo que debemos agregar que se precisa robustecer la virtud cívica. El republicanismo toma muy en serio «la utilidad de la virtud».

En la tradición republicana el concepto «virtud» tiene larga data. Tanto en la politeia griega como en la República romana la virtú ─alusión a la virilidad masculina─ apuntaba a la capacidad económica de pertrecharse de armas para asistir al ejército. Los que no tenían dinero para comprar armas y sólo tenían prole como único bien eran llamados «proletarios». El republicanismo oligárquico estableció que sólo aquellos que podían «vivir de lo suyo» eran virtuosos y podían ser considerados ciudadanos plenos. Los republicanos democráticos reconocieron esa máxima, pero agregaron: «entonces todos deben poder vivir de lo suyo». La virtud republicana no se dictamina a partir de una prédica moral edificante, sino sobre condiciones de vida material garantizada en el seno de una colectividad ciudadana. Se trata de instituir la independencia socioeconómica como única forma de no separar al ciudadano político del sujeto corpóreo (literalmente sujetado a la vida).

Una imagen conocida de la virtud republicana sería la del niño que en el cuento de Cristian Andersen le grita al rey que va desnudo. Existen virtudes necesarias al ejercicio democrático de la ciudadanía como el decoro y la honradez, pero en ocasiones las personas, incluso para sobrevivir, se ven obligadas a actuar contra sus propios valores.

De ahí el interés en reiterar ─desde la clásica tradición republicana─ que no es libre ni virtuoso aquel que no vive de lo suyo. Se trata ─en traducción socialista─ de establecer el control democrático sobre todas las fases del proceso de producción. Socializar la propiedad significa deliberación y control ciudadano sobre los medios y sentidos de la producción. Los medios: deberán evitar que salga de la ciudadanía las riquezas que a ella pertenecen. El objetivo: garantizar a todos y cada uno de los ciudadanos bienes vitales como la libertad, la igualdad y la independencia. Socializar el poder y la propiedad es organizarse en una economía democrática para la vida de todos los ciudadanos y no para el libre mercado de algunos.

Sería difícil negarle a esta declaración su convicción socialista, pero también es un documento «conservador». Lo primero, insisto, porque se trata de empoderar a la ciudadanía con instrumentos para impedir que intrigantes y mercaderes gobiernen conforme a sus propios deseos. Lo segundo, porque invoca a la génesis de una patria: fundar en el bien común mejores maneras de vivir juntos. No encuentro, en el punto actual de su redacción y confiando en que su intención no fue exhaustiva, ningún concepto que impugne la reciprocidad de ambas convicciones o las posibilidades de su desarrollo mediante la deliberación pública.

Por ello, si me precisaran definir el valor esencial de «Cuba soñada–Cuba posible–Cuba futura…» diría que es un evento virtuoso, y no por decir poco. Existen demasiadas formas no virtuosas de hacer política. Sus autores se la tienen que ver con argucias mediáticas que identifican su empeño con grupos de presión de muy distinto signo, contenidos y métodos. Los «laboratoristas» han asumido la virtuosa aspiración de insertar en la esfera pública cubana una pregunta que sólo es si persevera: ¿cómo prohibimos la dominación?

Dar respuesta «con todos y para el bien de todos» es el mandato de nuestra Constitución. Para los autores del documento todos significa literalmente todos los ciudadanos. Pero los cubanos sabemos que una regla para ser verdadera tiene su excepción. En una república democrática la excepción de todos debería inquietar a los sujetos interesados en negarle a la ciudadanía las condiciones necesarias para organizarse, proponer, deliberar y decidir lo que es de pública utilidad.

 La Habana, abril 2013

[1] Laboratorio Casa Cuba, «-Cuba soñada-Cuba posible-Cuba futura: propuestas para nuestro porvenir inmediato», Espacio Laical, n. 226, marzo de 2013, www.espaciolaical.org/contens/esp/sd_226.pdf.

[2] José Martí, “Con todos y para el bien de todos”, Obras Completas, T. 1, Ed. LEX, La Habana, Cuba, 1946, p. 701.

Anuncios

5 comentarios sobre “Cuba deliberada: «la utilidad de la virtud»

  1. El debate en torno al documento de Casa Cuba y las sucesivas lecturas que este motiva seguramente servirá de acicate para más de una polémica vigorizadora de la esfera pública criolla…copio debajo, previa invitación del propietario de este blog, las diversas reacciones suscitadas en (y entre) ambos a raíz del artículo de Hiram. Estas aparecieron en Facebook y en intercambios de correos personales, pero acá las reunimos para fines de mayor organicidad y publicidad.

    1er Mensaje de Chaguaceda :

    Este marcado (y recurrente) esfuerzo por delimitar al republicanismo del liberalismo, en la etapa contemporánea, es poco sostenible y revela un escozor en parte de la intelectualidad de izquierda cubana en demarcarse, obsesivamente y sin ponderaciones, del legado liberal…una cosa es reconocer los sesgos conservadores, censatarios y antidemocráticos de un liberalismo primigenio y otro hacer una valla separando el republicanismo actual (con su énfasis en la deliberación y la participación) y el liberalismo democrático (con su irrenunciable defensa de un núcleo de derechos individuales, sin el cual no habría convivencia democrática posible)… intentar sostener semejante artificio argumental ubica al autor a años luz no sólo de la sociología política sino también de los mejores análisis específicamente filosófico-políticos actuales, que el colega Hiram conoce….

    2do Mensaje (Respuesta al anterior) de Guanche:

    Chaguaceda,
    Sobre tu comentario al texto de Hiram, y por extensión al mío, solo te comento que nuestro argumento tiene, también, años luz de sociología, historia, derecho y filosofía política detrás, que das la impresión (ojalá me equivoque) de desconocer.
    Quizá sea útil comprender que se trata de un argumento, y no de una posición teórica “desactualizada”. Estamos trabajando con tradiciones diferentes, y además con intereses políticos que pueden ser comunes, pero tienen fundamentaciones diferentes. Y esto es importante porque justifican conexiones ya directamente políticas en el presente.
    Se nota mucho en lo que dices que estas criticando el republicanismo sin tener mucha idea de los debates que lo han confrontado con el liberalismo, por lo menos, desde los años 1960 para acá. De lo que dices parece evidente que no estás al tanto del republicanismo marxista, no se reconoce uno solo de sus argumentos en tus críticas, pero también que no estás al tanto, pues tampoco se reconoce en tus criticas, de lo que llaman “neorrepublicanismo académico” (la etiqueta, como todas, es discutible) que protagonizan desde hace tiempo Skinner, Pocock, Pettit, y muchísimos otros, quienes dicen muchas de las cosas que estamos diciendo, claro que con varias diferencias, entre ellas una diferencia central respecto al capitalismo y su relación con la democracia.
    Ahí, por ejemplo, encuentras una larga, kilométrica, argumentación crítica sobre la posición del liberalismo respecto a los derechos que está lejos del marxismo.
    Te digo esto porque lo que escribes parecería indicar que no “estamos al día” en la teoría, y que desconocemos, por pura ignorancia, y por error político, al liberalismo, cuando se trata de una toma de posición justificada, consciente, deliberada y documentada, tanto teórica como políticamente.
    Creo que sería más útil ir al contenido de esto, a una discusión de fondo, lo que nos coloca en debates a los que hay que acudir a la historia, la filosofía política y al derecho constitucional, por ejemplo, y no pensar que se trata solo, ya te digo, de lecturas incompletas.
    En ese debate, serían reconocibles, por ejemplo, cuáles vinculaciones políticas, históricas y presentes, tiene hacer una u otra genealogía liberal de los derechos. O sea, reconocer los usos políticos concretos que ha tenido en el siglo XX hacer una u otra genealogía.
    En un debate así, mis conclusiones serían negativas para el liberalismo, pero no por ser yo “antiliberal”, sino por lo que ha sido el liberalismo realmente existente, salvo esa pequeña admirable parcela del liberalismo igualitario/democrático (precisamente no mayoritaria ni hegemónica en el siglo xx, y esto se puede discutir) que está en autores que he mencionado siempre, y específicamente en autores tan admirados por mí como Mill, Rawls o Kelsen.
    Del grueso del liberalismo nacido en Europa después de la revolución francesa, líbreme Dios, por ejemplo, por su comprensión antidemocrática ante la propiedad privada (que combatió ya no a Marx sino al propio Aristóteles), por su hostilidad ante los derechos sociales, y por la manera en que seleccionó unos derechos individuales para ir contra otros (por ejemplo, mi admirado derecho de resistencia terminó siendo diluido por el liberalismo en un derecho de apenas queja y petición, y la admirable isegoría en un diluido “derecho de opinión” cuando era muchísimo más complejo y abarcador pues se remitía a las condiciones de posibilidad de esa opinión (y qué decir de la isomoiría y del derecho a la existencia!), pero no sigo porque los ejemplos aquí son infinitos).
    Entonces, para defender la democracia que defiendo (para empezar diciendo lo mínimo: un ejercicio integral e interdependiente de todos los derechos, pero es bastante más) no necesito ser “plural” con ese liberalismo, porque la mayor parte de la historia de ese liberalismo realmente existente ha sido muy antidemocrática.
    De hecho, creo que Marshall con sus “generaciones” (no recuerdo la palabra exacta que este usaba, pero creo que es equivalente) de ciudadanía mostraba un desconocimiento muy profundo (un desconocimiento muy “liberal”) de la historia de los derechos, que pueden rastrearse desde la atenas de Ephialtes y Pericles, hasta la roma republicana, pasando por la Inglaterra del siglo XIII y 1948 hasta hoy. Como ves, si uno lo tiene documentado de este modo, el peso del liberalismo en esa historia cambia de una manera tremenda.
    Ahora, con esto mi interés no es solo teórico-histórico sino directamente político: ensanchar la idea de la democracia y potenciar articulaciones entre sujetos políticos democráticos en la Cuba de hoy.
    Con esto, intento evitar ese “pluralismo” en el cual todos los gatos son pardos, en el cual somos más “democráticos” mientras más aplaudamos a todo el mundo, a los que quieren la democracia y a los que la combaten, situación que solo configura un rio revuelto en el cual vemos “al final” cómo los más poderosos triunfan, faltaba más, en nombre de la democracia elitaria y comercial. Como sabes, mi idea sobre la democracia, francamente, va mucho más allá de este perfil, como también va mas allá de ese “pluralismo liberal” el concepto de inclusividad y de combate decidido contra la desigualdad y la exclusión, sean económicas o sean políticas.
    No pretendo armar un debate con esto, porque ya hay kilómetros de debate sobre el tema, solo te alerto que tu posición muestra un conocimiento parcial del asunto y no me parece que sea esa la vía de hacernos “ver” las bondades del liberalismo, sino que es más útil discutirlas desde esa historia de “situaciones liberales concretas” e “ideas liberales concretas”, y no solo atender a lo que el liberalismo ha contado sobre sí mismo.
    De hecho, verlas desde esa historia sí nos ha hecho ver algunas bondades, por ejemplo en la distinción latinoamericana entre el “liberalismo popular” y el “liberalismo del orden” y a valorar la importancia enorme de pensadores “liberales democráticos” como Keynes frente a pensadores liberales “a secas”.
    Como ves, nada de esto es “antiliberal” per se, por “pura vocación”.
    No te pido, claro, que coincidas conmigo, sino que creo que es bueno tener posiciones más informadas sobre nuestro argumento, para después llegar a las conclusiones que cada uno quiera extraer de tal debate histórico político.

    3er mensaje (réplica) de Chaguaceda

    Me parece bien lo del debate, porque podrá aclarar mutuamente nuestras posturas, coincidencias y divergencias…y eso supone que lo podamos hacer público donde nos parezca provechoso. Respondo a tus comentarios: no puedo desconocer la formación de ustedes (compartimos más de un debate, un foro y una que otra utopía) así que no juzgo mal lo que conozco bien. A a lo que aludo es a una lectura parcial de ustedes del fenómeno liberal, que es parcial en tanto ese legado positivo casi nunca es reconocido mientras sí es enfatizado lo negativo que ambos conocemos y cuestionamos: la lógica del individualismo posesivo lockeana, que tan bien desnudó Mcpherson hace ya varias décadas. Por demás yerras si crees que no conozco los debates sobre el momento atlántico del republicanismo y las polémicas de la academia anglosajona; me acuerdo en particular ahora de aquellos libros que les hice llegar a la Habana a propósito de ese tema y nuestro interés compartido. Lo que sucede es que esa polémica de Skinner, Pocock y cía, con todo lo valioso que pudo tener, fue un debate entre teóricos que compartían, como condición de posibilidad , el vivir en regímenes democráticos…y en ese debate cualquier ponderación entre el legado liberal, el republicano y otras miradas alternativas (por ejemplo, las comunitaristas) de la política moderna no significaban otra cosa que énfasis específicos dentro de un marco común: el de lo que Bobbio o Dahl han reconocido como regímenes democráticos, republicanos y liberales. Son debates forjados en (y sobre) realidades donde la limitación y separación de poderes y la panoplia de derechos negativos y positivos coexisten con los llamados a la deliberación y la participación.

    Dicho de otro modo: que estoy enfatizando que no han existido regímenes democráticos contemporáneos que no reúnan estos legados en una forma ciertamente conflictiva y abierta a las contingencias. Y los intentos de desconocer el legado liberal, de forma “radical”, han terminado barriendo al mismo republicanismo, pues la participación de masas desprovistas de la autonomía y los derechos legados por el liberalismo termina siendo simulacro participativo…y la deliberación aclamación sin feedback, de la masa al líder.

    Podrían decirme que siempre es valioso pensar la utopía y en eso estamos de acuerdo, pero enfatizo lo que ha sido una experiencia histórica del pasado siglo….no creo que apelar a Rousseau desconociendo a Locke (no criticandolo en su justa medida, sino desconociendolo) termine en otro lado que en Hobbes: la fuerza del despotismo, que incluso puede surgir de un pacto originario “democrático”. Además, como cualquier doctrina no es sólo la suma de sus pensadores y principios ilustres, sino la forma en que encarnan en movimientos y figuras políticos específicos, me parece que el saldo para el liberalismo es, cuando menos, no tan negativo…en un mensaje te mencioné a los hermanos Roselli como ejemplo de un liberalismo social antifascista, pero puedo añadir a la lista a luchadores como Andrei Sajarov y los de Carta 77 y muchos activistas antitotalitarios. Y también a pensadores como Hanna Arendt, que en su apuesta republicana terminó ponderando los derechos liberales, y a los marxistas de Praxis, que se plantearon el dilema de la distancia/conciliación entre los legados liberal y socialista.

    Pero veo que reconoces a Mill, Kelsen y Rawls y esos no son personajes marginales del liberalismo: el primero fue el mejor pensador liberal inglés del XIX, defensor de los derechos individuales y de mejores condiciones para los obreros así como del voto y participación femeninos. Kelsen es el cánon del derecho moderno, positivo y aún hoy el autor más citado en las academias de derecho. Y Rawls con su liberalismo político no suprime los derechos en aras de la igualdad que defiende. Los tres son autores centrales e influyentes dentro de la corriente liberal y si los reconoces no veo porque tendrás que reconocer como negativo la mayor parte de ese legado.

    Por demás, creo que me concederás que en lo referente a la apropiación moderna de los derechos clásicos el meollo no se reduce a mera trampa liberal, sino a la dificultad de traducir derechos pensados por los antiguos para sociedades menos complejas y ciudades estado territorialmente acotadas a los estados nación y las sociedades de masas modernas. Y, siguiendo en el terreno de lo concreto, el asunto es que en esas sociedades ha habido un paulatino (y siempre conflictivo) proceso de agregación de derechos (civiles, sociales, políticos,etc) ciertamente más complejo que el relatito de Marshal, pero real; mientras que estamos esperando que los intentos de sociedades y regímenes alternativos nos den frutos mayores en democraticidad, del tipo que elijas para evaluarla.

    Democracia que es, para mi, la conjunción de un movimiento social (que supone actores en lucha que presionan y ensanchan los límites de lo legal y lo institucional), un proceso histórico (por eso concuerdo contigo que no hay libretos únicos) y un régimen político que garantiza una relación simétrica y mutuamente vinculante entre el estado y los ciudadanos, consagrando los derechos individuales y colectivos de estos, su representación y participación política.

    En el caso latinoamericano me siento cercano al liberalismo de Ponciano Arriaga (a la zurda de Júarez), el de Sandino (cercano al anarquismo, pero nunca antiliberal) o el de Battle Ordoñez en Uruguay, legados que seguro también son caros a ti. Y obviamente que habrá que defender a Keynes contra los dogmas ultraliberales de Hayek o Mises. Pero, insisto, no veo como tú una minoría de ideas, figuras o legados rescatables en el liberalismo: veo una corriente viva, pujante y contradictoria, que ha sabido sobrevivir e incluso ganar peleas allí donde el socialismo no ha podido ofrecer alternativas ….

    1. Chaguaceda,
      Voy a intentar ir ahora por otro lugar y no por una pasarela de autores leídos y no leídos, cosa que haga quizás, mas “práctico”, este intercambio.
      Digo esto porque tu primer comentario me parecía más bien una descalificación a lo que presentabas como una “lectura incompleta” o “desactualizada”. Pero puesto que ya no parece ser ese el tema en cuestión, sino un tema de contenidos, creo que es útil tomar otra dirección.
      Con todo, debo primero precisar mi opinión sobre algunos aspectos de orden conceptual, con lo que espero no contradecir mis intenciones, pero es que me resultan necesarias para poder llegar a ser “práctico”.

      1.- Lees ese republicanismo anglosajón, no sé por qué, como un debate del “pasado”. No sé si quieres decir con esto que lo consideras un debate superado. En todo caso habría que argumentar si ha perdido peso, eficacia, presencia, etc, en debates de ahora mismo, cosa que no creo. De todas maneras, esto no es lo más importante para mí ahora. Lo que me parece más esencial es que lo lees como “énfasis específicos dentro de un marco común”. No creo que haya sido eso. De hecho, creo que era más bien lo contrario: era, o es, según concedas, un intento de recuperar valores que esa tradición entendía como abandonados, o no defendidos, por el liberalismo: vida cívica activa, énfasis en la política como una ética de lo colectivo, concepción fuerte pero no “esencializada” ni “perfeccionista” de la virtud, compromiso expreso con la justicia, con la deliberación, con la defensa de fines públicos, con una visión sustantiva y no solo procedimental de la democracia frente a la idea de neutralidad liberal, etc.
      Entonces, no era un intento de conciliación o de armonización, o de convivencia, sino de reintroducir valores “olvidados”, que entendían o entienden, que no tenían, o no tienen, cabida en el universo liberal. Que esos autores “compartían, como condición de posibilidad, el vivir en regímenes democráticos…” solo me dice que no vivían, digamos por hacer un chiste, en África (nadie usaría la expresión “países democráticos” como sinónimo de “países africanos”, solo por recordarte al paso los problemas de las generalizaciones “proccidentales”), pero esto no agrega nuevo conocimiento a lo que sabíamos: ya sabíamos donde viven. Esto es, no me dice algo sobre las diferencias expresas que, viviendo donde viven, trazaron explícitamente entre liberalismo y republicanismo.

      2.- Intento decirte precisamente que la historia de construcción de los derechos no es una crónica de la “coexistencia”, “de la limitación y separación de poderes y de la panoplia de derechos negativos y positivos que ´coexisten´ con los llamados a la deliberación y la participación…”, sino precisamente que me parece más útil entender esto no como un “hecho” que tenemos ante los ojos, y así probablemente hasta “obvio”, sino entender cómo se ha producido esa convivencia, cómo se ha producido ese “hecho”, lo que significa entender quiénes han sido los sujetos que han impulsado unos y otros derechos, quiénes han hecho más llevadera esa convivencia o quiénes la han hecho más difícil, y visibilizar así más lo conflictual que produjo ese hecho.
      Esto es un problema político histórico, para mí, de la mayor importancia, porque por ejemplo presenta como una generalización el “legado liberal”, cuando muchos de esos derechos tienen una historia nacida de los movimientos obreros, socialistas, socialdemócratas, liberales populares, de izquierdas en un sentido bastante amplio y plural, que los afirmaron precisamente contra políticas clásicamente liberales.
      Entonces, reconocer eso sin más como un “legado liberal” no hace otra cosa que invisibilizar esas luchas sociales y conquistas de muchas generaciones de movimientos que hoy llamaríamos “sociales” o “populares”. Así ha ocurrido con el sufragio universal, con el derecho de huelga, con la jornada de ocho horas de trabajo y un larguísimo etcétera. La historia de buena parte de cómo llegaron a “convivir” la limitación y separación de poderes y de la panoplia de derechos negativos y positivos que ´coexisten´ con los llamados a la deliberación y la participación…”, en el presente es la de una lucha tremenda por imponerlos contra la sangre y el fuego de regímenes que en momento históricos específicos no hay forma de considerar sino como “liberales oligárquicos”.
      Como temo que me acusen, no tú, sino otros, de “marxismocentrismo”, recuerdo que eso incluye a nuestros denostados socialistas no marxistas cubanos que consiguieron nuestros primeros derechos sociales en las lejanas primeras décadas del siglo XX. Ellos, Eduardo Agüero, Juan Arévalo, Francisco Domenech, Carlos Loveira, consiguieron triunfos pioneros y esenciales como la jornada de ocho horas para los empleados gubernamentales, limitar la jornada laboral en las tiendas, la prohibición de trabajar para los menores de 14 años, y la ley de Accidentes del Trabajo. Esa historia se borró porque la mayor parte de ellos no se opuso a la dictadura de Machado, pero no pueden integrarse a un canon del “legado liberal” de los derechos en Cuba. Ejemplos como este se pueden poner en muchas geografías.

      3.- No veo forma de desconocer lo que llamas el “legado liberal”, o sea de desconocer los derechos “legados por el liberalismo’” y pretender al mismo tiempo afirmar el republicanismo. No entiendo a qué te refieres, entonces, conque los “intentos de “desconocer el legado liberal, de forma ´radical´, han terminado barriendo al mismo republicanismo”. ¿A qué te refieres? ¿A la URSS? La URSS no tenía nada de liberal ni de republicano: no podía barrer con lo que no era. ¿A los populismos latinoamericanos de los 1940? O a los actuales? En todo caso, depende de varias cosas. Los debates de la Constituyente de 1940 en Cuba (es solo un ejemplo parecido a otros casos muy similares en la región en ese lapso) son interesantísimos en lo que respecta a derechos individuales y sociales dentro de un orden republicano. Y aquí hay que ir con cuidado, muy analíticamente, para no terminar en el cuento de la “pseudorrepública”. Si es sobre los “populismos” actuales, ya sería motivo de otra polémica, en la que también, seguramente, hay varios “dependes”. En fin, como no me resulta obvio a cuál experiencia te refieres solo te digo que cualquiera sea, si ha renunciado a los derechos, puedes calificarla de cualquier cosa, pero no de “republicana”.

      4.- No voy a ponerme aquí, por lo que ya te dije antes de evitar pruritos demasiado “intelectuales” a meterme en la discusión que existe sobre el carácter de Locke como “liberal” o “republicano”. Seré en esto muy breve: te recuerdo que lo he utilizado desde hace mucho como una necesidad por su comprensión democrática sobre la representación (con su idea del representante como un trustee). Pero aquí, otra vez, la genealogía de esa comprensión democrática no parte del liberalismo sino de mucho antes: del derecho romano (por la comprensión fiduciaria de la representación) y de la Escuela de Salamanca (por la idea de la legitimidad del poder en Juan de Mariana). Sintetizo: yo no veo, ni he visto, contraposición entre Rousseau y Locke.

      5.- Tu idea de que debo coincidir con que el meollo de “la apropiación moderna de los derechos clásicos no se reduce a mera trampa liberal, sino a la dificultad de traducir derechos pensados por los antiguos para sociedades menos complejas y ciudades estado territorialmente acotadas a los estados nación y las sociedades de masas modernas….”, es quizás el punto en que más claramente se revelan nuestras diferencias sobre lo que estamos discutiendo. Por ello seré aquí más largo.
      Te detallo mi posición en dos momentos: como “problema de traducción” y como “problema de voluntad”.
      Dejemos de lado que todo, al final, también es un problema de traducción, porque estamos hablando de algunas palabras con orígenes etimológicos y evoluciones léxicas de más de dos mil años. Preguntémonos, entonces, por el sentido más elemental que tiene, según entiendo, lo que llamas “traducción”: o sea, ¿es posible colocar derechos “antiguos” que sean operativos y factibles hoy?
      Mi respuesta, claro, es sí. Te mencioné antes dos derechos “antiguos” y te comento ahora como creo que se traducen al hoy.
      La isegoría supone igualdad política para la expresión de la opinión y para la participación en la toma de decisiones, y así supone un horizonte democrático de redistribución de poder. Esto se debe traducir en mecanismos de participación directa y de control sobre la actividad de los representantes hasta hacer posible la vinculación de esa representación con intereses específicos de los ciudadanos. Que esos mecanismos no funcionen con eficacia no es un problema de traducción sino de los problemas y los conflictos de la “convivencia” de derechos y de voluntades políticas que empujan en diferentes direcciones, y no siempre en la de “armonía de la convivencia”. Un ejemplo sencillo: unas voluntades quieren empujar hacia la participación popular y otras por ejemplo hacia el fortalecimiento del ejecutivo, y ambas voluntades se plasman en el orden jurídico, pero ambos horizontes no son normalmente compatibles armónicamente y uno termina prevaleciendo sobre el otro, históricamente casi siempre hacia el último. En un sentido más específico, la isegoría se traduce en mecanismos de transparencia de la actuación estatal, de control de la actividad pública, de mecanismos de formación plural de opinión pública, de ensanchamiento de la esfera pública, de la función pública y/o la responsabilidad social con que deben actuar los medios de comunicación, etc.
      La isomoiría buscaba sostener una dimensión igualitaria de la ciudadanía y recurrió, por ejemplo, al misthón: los honorarios que la democracia radical tras Ephialtes pagaba a los cargos públicos, a fin de que —pobres en su inmensa mayoría— tuviesen una base material suficiente para participar como libres en la vida política. Claro que esto ha sido criticado después porque generó arribismo y corrupción (aquí no hace falta hablar del arribismo y corrupción de los “ricos”, pues no estamos hablando de eso), pero no perdamos de vista el sentido: si los pobres no tienen tiempo más que para buscar comida y no pueden hablar y menos hacer política, es necesario entonces pensar mecanismos institucionales que les “liberen” tiempo de la búsqueda de la dura subsistencia para que puedan hacer política. (Esto, con todo, es válido solo para aquellos de nosotros que pensamos que la política es un derecho y una “propiedad” de todos.) El asunto es que hoy, claro, ese derecho “antiguo” tiene muchas traducciones posibles: para no ir al tema clásico de la reforma agraria, que aún es un tema esencial y pendiente en algunos países con movimientos sociales muy específicos que la reclaman, pensemos, por ejemplo, en la reivindicación de un ingreso universal ciudadano o de una renta básica de ciudadanía. Los problemas de la implementación de algo así no son problemas de “traducción” sino de, otra vez, problemas de conflictos de derechos: conflictos entre los derechos de propiedad concebidos solo “capitalistamente” respecto a los derechos a una existencia materialmente garantizada. Su implementación incluye problemas técnicos de sostenibilidad económica sobre los que hay enjundiosos trabajos, pero en ningún caso, creo, es un problema que se trate de un “derecho antiguo” que no tiene operatividad en el presente. En todo caso, se trataría de reinterpretar operativamente derechos que no por “antiguos” son menos “viables”, sino que, al contrario, por su potencia es deseable reinterpretar y recolocar.
      De hecho, creo que la isomoirìa hoy, en Cuba, supone afirmar alternativas tanto al régimen del trabajo asalariado como hacia la planificación centralizada no democrática, de modo que se extiendan los mecanismos de participación popular al ámbito socio-económico, esto es, hacia formas como la autogestión, la cogestión, las cooperativas, las cajas de ahorro, las empresas comunitarias, las comunas y otras formas asociativas guiadas por los valores de mutua cooperación y solidaridad que buscan garantizar la existencia material, y así independiente, de todos los involucrados en tales experiencias. Creo que coincidimos en esto, y no encontraremos problemas de “traducción” sino de “voluntad política” para desarrollarlos.
      Este es el segundo momento que quería comentarte sobre el problema de la “traducción”. Lo que para entendernos, en Cuba, se le conoce en lenguaje bastante burocrático como “voluntad política”.
      Creo que hay problemas de este tipo en la “traducción” de derechos.
      No se trata de un problema en el que “todos” quieran afirmar el derecho de propiedad y busquen “traducirlo”, sino que precisamente buscan traducirlo desde voluntades políticas diferentes y en conflicto.
      Ponerle precio máximo al pan o liberar el precio de las harinas en la Francia de 1788 no era traducir un mismo derecho, sino habilitar caminos diferentes hacia economías de distinto tipo, con sujetos diferentes y “ganadores y perdedores” diferentes.
      No es lo mismo traducir el derecho de propiedad como un concepto “exclusivo y excluyente” que traducirlo como un derecho democrático de acceso a la propiedad sometida esta a funciones sociales y ambientales. La primera traducción nos lleva de lleno al capitalismo “salvaje”, y la segunda al menos abre caminos para vías, no digo necesariamente socialistas, pero si para vías en unos casos no-capitalistas, o al menos “diferentemente capitalistas”. Estas diferencias no son menores: son las que pueden existir entre el estado de bienestar en su apogeo y el neoliberalismo.
      Entonces, lo que te sugiero es que notes como esa “traducción” está atravesada por voluntades políticas en conflicto que dirimen proyectos diferentes entre sí, que “al final” podemos ver como una “convivencia” pero que tienen esta historia de conflictos, de derrotas y de victorias de unos proyectos sobre otros.

      6. Por eso, no me gusta tanto pensar en esta forma: “estamos esperando que los intentos de sociedades y regímenes alternativos nos den frutos mayores en democraticidad”, porque ya existen frutos mayores de esa democraticidad nacidos al interior de esas luchas, que es preciso reconocer y visibilizar, para no caer en la conclusión que, como el socialismo institucionalizado mayormente conocido ha sido bastante antidemocrático, es en el liberalismo donde encontramos al menos algún consuelo. No, mi esperanza no es “utópica” ni “liberal” en ese sentido, sino que encuentra en cada conquista histórica de la libertad un suelo firme para asentarse y seguir defendiendo la ampliación de libertades y de derechos.
      Con esto quiero decirte algo que considero muy importante para una discusión “práctica”. Creo que sería un verdadero problema el “antiliberalismo” si eso llevara a refutar derechos y la necesidad de considerarlos de modo interdependiente. Solo te estoy diciendo que para poder pensarlos de ese modo he encontrado caminos diferentes de lo que llamas el “legado liberal”. Pero te hago notar que no hay un “problema ideológico” en esto, porque precisamente lo estoy haciendo para defender más derechos, y no menos.
      No renuncio, ni he renunciado antes, a ningún derecho “liberal” para afrontar las necesidades democráticas que tiene la Cuba de hoy. Lo que digo es que no existen derechos “burgueses”, pero sí comprensiones no democráticas de los derechos (la manera de concebir el derecho de propiedad privada como exclusiva y excluyente, antes comentado, es un ejemplo de esto).
      Es que es más: los defiendo mas allá de la comprensión con que se han diseñado institucionalmente precisamente como “derechos liberales”: así defiendo el derecho a huelga política y no solo a huelga “económica”, defiendo el derecho de resistencia como una serie de derechos de poder negativo y no solo como queja, defiendo el derecho de la ciudadanía a protegerse de la actuación pública y privada lesiva de derechos a través de defensorías e instituciones tribunicias de carácter vinculante y no solo “exhortatorias”, etc.

      7-. Para concluir, creo que es útil discutir sobre una base más consensuada lo que es el liberalismo como un cuerpo identificable de pensamiento y acción, más allá de las diferencias entre sus autores y entre sus corrientes.

      Te pregunto si podemos concluir que el liberalismo:

      a) Separa normalmente la economía de la política.
      b) Separa normalmente el Estado de la sociedad civil, como si fuesen opuestos.
      c) Prioriza normalmente la libertad sobre la igualdad (recordando que, precisamente el programa de Rawls intenta conciliar ese “nudo gordiano” liberal).

      Si coincidimos en estos puntos mínimos, podemos aun discrepar en las consecuencias que extraigamos de ello.
      Para mí, la separación entre economía y política disocia libertad de propiedad, disocia, para decirlo con Martí, el pan de la libertad. Creo que un concepto fuerte de democracia politiza al mismo tiempo la política y la economía, para no entregar determinados derechos a las meras posibilidades de adquirirlos en el mercado, para comprender la exclusión social como un problema político y no solo como un daño colateral de la “necesaria eficiencia del mercado” que debe, en el mejor de los casos, ser corregida “después” por políticas sociales. Creo que la democracia necesita instalar la justicia en el proceso mismo de producción de ganancia. Esto quizás no es otra cosa que traducir a Marx cuando defendía la emancipación del trabajo, el control obrero, etc, o sea, la necesidad de controlar democráticamente la economía dentro del proceso de la economía y no solo desde del “afuera” de la “política”.
      Para mí la consideración de la sociedad civil como opuesta al estado arranca de concepciones absolutistas de la soberanía (Hobbes, Bodin) que consideran al estado como “enemigo de la sociedad”. Defiendo otra idea de sociedad civil, que va desde Aristóteles a Marx, pasando por Gramsci: la sociedad civil tiene que “civilizar” al estado, esto es, someterlo a un orden civil de iguales (de ciudadanos), convertirlo en un espacio para la intervención colectiva sometido a intereses sociales y no solo a intereses “corporativos-clasistas”. De ese modo, no hay “exterioridad” entre sociedad civil y Estado sino una posibilidad en disputa para la creación colectiva del orden dentro de un mismo espacio en ese sentido civil. Así, nos colocamos, creo, en mejor posición “práctica” para combatir tanto los despotismos provenientes del ámbito político (lo que ha sido sin duda uno de los núcleos del liberalismo) como de los despotismos que provienen de ámbitos “privados”, por ejemplo, el “mercado” (por los cuales se ha preocupado mucho menos, tú me dirás, el mismo liberalismo).
      Para mí, si se prioriza “normalmente” la libertad sobre la igualdad, es normal entonces considerar un orden de “precedencia” de un tipo de derechos frente a otros, que es el tipo de fundamento que tienen los pactos, imprescindibles, de 1948. Creo que es mejor, pensando en la democracia que estoy defendiendo aquí, abandonar la idea de “generaciones” de derechos y pensarlos todos como un conjunto interdependiente.
      Sobre estas tres últimas conclusiones creo que es posible asentar un concepto bastante amplio y fuerte de la democracia, más allá de si resulta más o menos liberal, más o menos republicana, o lo que sea. Y sobre estos tres puntos hay propuestas concretas en el texto del LCC, y creo que deben sumarse más en esa dirección que “aterricen” (la palabra es muy fea, pero aquí muestra bien lo que quiero decir) tales necesidades.
      He sido largo, y me disculpo por ello, pero pienso que esto sintetiza bastante lo que pienso al respecto de estos temas. Con lo cual, acaso no ejerceré mi “derecho” a ser el último en responder, puesto que tú fuiste el primero en comentar, si entiendo que tu próxima respuesta nos coloca en un punto útil para abrir nuevas reflexiones en el futuro (aunque no coincida con todo, estaría diciendo implícitamente que reconocería cierta plataforma común), y que no me hace falta reivindicar el prurito de decir “la última palabra” en una polémica, cosa que creo, además, es saludable.
      No digo que eso sea lo más deseable, solo que es una salida posible y para mí, por qué no, deseable, a este intercambio.
      Abrazo,
      G.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s