“Keynes, maricón”: el menor de los disparates es la última bajeza homofóbica de Niall Ferguson

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Por Wiliam K. Black

Siempre es un desastre cuando los devotos de la economía teoclásica abren sus corazones ante un público que ellos juzgan favorable. El ataque de Mitt Romney  al 47% de los americanos, esas sanguijuelas a las que de ningún modo representaría caso de ser elegido presidente, fue el último clavo del ataúd electoral que se construyó él mismo. Ahora tenemos a Niall Ferguson, profesor de Historia por Harvard, miembro de la Institución Hoover, cuya concepción teoclásica ha mostrado tener una tremenda influencia en la adopción de ciertas políticas de austeridad que, emprendidas por el gobierno del Primer Ministro Cameron, han terminado de cuajo con la recuperación del Reino Unido.

Los últimos diez años de Ferguson han sido tremebundos. Defensor acérrimo de la invasión iraquí, hace el pino para que permanezcamos en Afganistán indefinidamente. Partidario de Mitt Romney, escribió una perorata anti-Obama para Newsweek en la que brillaba con luz propia su desprecio por los hechos. Merced a su pésimo historial a la hora de abordar toda cuestión política importante, consiguió que le pagaran una gran suma de dinero por hablar en un congreso sobre “inversión alternativa” inaugurado, con no poca ironía, el pasado Primero de Mayo. Ferguson presentó allí su tesis de que Occidente se ha vuelto “degenerado”. Ciertamente, su presencia lo acreditaba

Ferguson le busca las cosquillas a Krugman (2009)

Ferguson se ha salido de madre en las últimas semanas. En 2009 cometió el error de intentar discutir a un premio Nobel de economía (Paul Krugman) en su propia especialidad. De haber sido un combate de boxeo, el árbitro habría interrumpido el primer asalto, concediendo un KO técnico. Ferguson hizo su oda a la austeridad en respuesta a la Gran Recesión, y sostuvo que el programa de estímulo estaba causando, y seguiría causando, el repunte de los tipos de interés, previniendo así la recuperación.

La austeridad ha generado la gratuita über-depresión en la periferia de la Eurozona. Los tipos de interés en US han caído hasta mínimos. Ferguson ha admitido recientemente que el estímulo no produjo su predicha marejada en los tipos de interés y que la austeridad en respuesta a la Gran Recesión se ha mostrado autodestructiva. Aquello estuvo bien, pero no pudo quedarse ahí. Se metió en líos añadiendo tres puntos; estos tres puntos han impulsado sus objetivos últimos y mayores. En primer lugar, intentó reinventar la historia de la posición por él adoptada durante los debates de 2009 con Krugman.

En segundo lugar, habiendo acordado que Keynes se mostró correcto y Ferguson nuevamente incorrecto en sus predicciones, este último procedió a continuar demonizando a aquél como la causa de buena parte de la pretendida degeneración de Occidente. Esto pasa de castaño oscuro, porque son las políticas de Ferguson las que se han mostrado desastrosas, y las políticas de Keynes, las que se han mostrado correctas.

En tercer lugar, reaccionó ferozmente el 6 de Marzo de 2013 al artículo de Krugman en el que mostraba los esfuerzos de Ferguson por difuminar la historia de su fracaso predictivo. El cri de coeur de Ferguson es muy placentero, pues un frisson [estremecimiento] recorre nuestro cuerpo con solo mirar tanta hipocresía desnuda y tanto gimoteo impreso por parte del auto-proclamado campeón de la aventura militar americana, diseñada para crear y expandir un nuevo imperio; un escritor cuyas obras ahora están trufadas de indirectas.

“Desde mi punto de vista, Paul Krugman ha hecho un daño fundamental a la calidad del discurso público en economía. Puede perdonársele el estar equivocado, como frecuentemente lo está; aunque nunca lo admita. Puede perdonársele el politizar monótona e implacablemente todos los asuntos. Lo que es imperdonable es la ausencia total de civismo que caracteriza su escritura. Su incapacidad de debatir una cuestión sin insultar a su oponente sugiere alguna suerte de profunda inseguridad que quizás resulte de un trauma infantil. Es una pena que un académico otrora talentoso tenga que degradarse a sí mismo de este modo.”

Entrenado como historiador, Ferguson utiliza la insinuación para inventar una historia (auto)sugestiononada que tiene como objetivo el calumniar a un crítico que (1) se mostró correcto, (2) mostró a Ferguson incorrecto, y (3) aireó correctamente el esfuerzo de éste último por alterar la historia para confundir a los lectores sobre el punto (2). Pero el origen del frisson que recorre tu cuerpo cuando lees el esfuerzo de Ferguson por calumniar a Krugman es la desnuda hipocresía del primero (y la propia ceguera al respecto). Igual que con sus repetidos esfuerzos por calumniar a Keynes, la intentona de Ferguson por calumniar a Krugman revela muchas cosas importantes y verdaderas sobre Ferguson, y nada importante o verdadero sobre Keynes o sobre Krugman. Lo bueno de Ferguson es que, a pesar del adagio “Con la práctica se aprende”, él se vuelve aún más crudo y autodestructivo, con el paso de los años, en sus esfuerzos por calumniar a aquellos de quienes discrepa.

Ferguson, por supuesto, no tiene pruebas sobre ningún trauma  infantil, y no pretende haber dirigido una investigación antes de desatar su triple insinuación (Krugman deber haber sufrido un trauma infantil, el cual debe haber causado alguna “profunda inseguridad” y debe haberle incapacitado para “debatir una cuestión sin insultar a su oponente”). Simplemente utiliza la insinuación para inventar una calumnia ad hominen contra alguien que le aplastó en un debate gracias a una superior lógica y pericia. Habiendo fracasado como economista de cátedra en su debate, Ferguson se proclama ahora psicoanalista de cátedra de Krugman, procediendo a certificarle loco sin visita de por medio. Esa es la única manera que tiene de “ganar” un debate perdido.

2 de mayo de 2013: cagada memorable de Ferguson

Lo hasta ahora dicho dibuja el escenario preciso para entender la última cagada memorable de Ferguson. Aquí está su propia explicación de lo sucedido el 2 de Mayo de 2013 en el congreso sobre las inversiones, cuando un miembro del público le formuló una pregunta.

“Ferguson explicó en su disculpa: “Me pidieron que comentara la famosa observación de Keynes: “En el largo plazo todos estaremos muertos”. El argumento expuesto en mi presentación era que en el largo plazo nuestros hijos, nietos y tataranietos estarán vivos y tendrán que lidiar con las consecuencias de nuestras acciones económicas.

Añadió: “No tuve que haber sugerido —en una respuesta sacada de la chistera que no formaba de mi presentación— que el largo plazo era indiferente a Keynes porque éste no tuvo hijos, o que no los tuvo porque era gay. Eso fue estúpido por partida doble. Primero, resulta obvio que la gente que no tiene hijos también se preocupa por las futuras generaciones. Segundo, olvidé que Lidia, la mujer de Keynes, tuvo un aborto. […]

Ferguson preguntó al público cuántos niños tuvo Keynes. Explicó que Keynes no tuvo ninguno, porque era homosexual y estaba casado con una bailarina, con quien prefería charlar sobre poesía antes que procrear. El público permaneció callado durante las observaciones. Algunos asistentes dijeron que encontraban éstas ofensivas.

La cosa empeoró.

Ferguson, profesor en la cátedra Laurence A. Tisch de Historia por la Universidad de Harvard, y autor de La Gran Degeneración: Cómo las instituciones decaen y las economías mueren, solo dijo que Keynes tuvo esta visión egoísta del mundo porque era un miembro ‘afectado’ [effete] de la sociedad.” […]

Las raíces conservadoras de la bajeza homófona contra Keynes

Brad De Long nos ofrece la fétida fuente del río de bilis que surte la extensa imprecación de Ferguson sobre Keynes y la homosexualidad.

“La fuente parece ser cierta perorata notable de Gertrude Himmelfarb en una vena un tanto marcartiana, que consigue colocar muchas cosas sobre la economía de Keynes y su vida familiar substancialmente mal en un espacio muy corto, y que a su vez parece estar basada en la opinión de Joseph Schumpterer. Gertrude Himmelfarb [escribió]:

“De Clapham a Bloomsbury: una genealogía de morales. En un sentido Keynes es el más interesante del grupo [de Bloomsbury], porque desafió al menos uno de sus preceptos. No solo vivió una “vida de acción”; lo hizo en la más burguesa y materialista de las profesiones. Si originalmente fue en parte accidental que se apuntara a economía, su talento y su ambición le mantuvieron allí. Incluso mientras perseguía esa triste ocupación, en Cambridge y en el Tesoro, dejó claro que él contemplaba la economía como una esfera de la vida separada y por completo inferior, y que personalmente deploraba cualquier énfasis sostenido sobre criterios o motivos económicos. Bertrand Russell recordó que cuando Keynes “escapó al gran mundo”, hizo tal cosa con el aire de un “obispo in partibus”; cuando se aventuró en el universo mundano de la economía o de la política, “dejó su alma en casa”.

De hecho, algo del “alma” de Bloomsbury penetró incluso en las teorías económicas de Keynes. Hay una afinidad discernible entre el ethos de Bloomsbury, que premia las satisfacciones presentes e inmediatas, y la economía keynesiana, que está basada por entero en el corto plazo y evita cualquier juicio a largo plazo. (La famosa observación de Keynes, “En el largo plazo todo estamos muertos”, también tiene una obvia conexión con su homosexualidad —que Schumpeter mencionó con delicadeza como su “concepción de la vida sin hijos”.) El mismo ethos está reflejado en la doctrina keynesiana de que es el consumo y no el ahorro la fuente del crecimiento económico: que la frugalidad es económica y socialmente dañina. En Las consequencias económicas de la paz, escrita mucho antes de La Teoría General, Keynes ridiculiza la “virtud” del ahorro. Los capitalistas, dijo, engañan a las clases trabajadoras dándoles a entender que sus intereses estarían mejor servidos ahorrando en lugar de consumiendo. Este engaño fue parte de la falacia de la edad de oro puritana […]”

La bajeza homófoba de 1999

No es ésta la primera vez que Ferguson se ha salido de madre destacando la orientación sexual de Keynes a fin generar animosidad con una calumnia fabricada con insinuaciones (noten el uso fergusiano del “quizá”).

“Las observaciones del jueves no fueron los primeros comentarios de Ferguson sobre la sexualidad de Keynes. En su libro de 1999, The Pity of War, Ferguson escribió que la Primera Guerra Mundial “hizo profundamente infeliz a Keynes. Incluso su vida sexual entró en declive, quizá porque los chicos que gustaba recoger en Londres se habían alistado todos.” […]

La bajeza homófona de 1995

Cuatro años atrás, en un artículo titulado “Keynes and the German Inflation”, Ferguson insinuó la posibilidad de que Keynes simpatizara con la posición de Alemania sobre el pago de las reparaciones porque estaba enamorado de uno de los negociadores alemanes.

Ferguson añade el tropo homofóbico de que los gays son traidores potenciales y un peligro para la seguridad nacional. La calumnia de 1995 es un clásico. Empieza con una frase inocua de Keynes (“Me encanta ese tipo”, I love this guy) que virtualmente todo varón de cualquier sexualidad imaginable habrá dicho en multitud de ocasiones. Keynes declaró “haber llegado a amar” a Carl Melchior, con quien estuvo trabajando en el curso de las negociaciones sobre las reparaciones con los alemanes. Dada la extendida homofobia y el extendido odio hacia los alemanes en la Inglaterra de la época, no cabe duda de que, de haber sentido el mínimo riesgo de que aquello pudiera leerse como la admisión de un escándalo homosexual y traidor con un negociador alemán, Keynes no habría expresado tal comentario. (Ferguson también añade gratuitamente que Melchior era judío.) Pero en esta coyuntura Ferguson se cree muy listo por su calumnia. Comienza afirmando falsariamente que “no hay duda”, en virtud de un solo comentario inocuo sobre Melchior, de la presencia de “una dimensión emocional en la posición de Keynes” sobre el asunto de las reparaciones alemanas. Ya conocéis a los gays. Todo emociones. Ninguna capacidad lógica. […]

El esfuerzo inmoral por moralizar la economía

Cuando Keynes estaba vivo y podía defenderse directamente de los moralizadores, los encaraba tan exitosamente, que llegó a dominar el campo. El artículo donde James Galbraith reprende a Paul Krugman por ignorar a los economistas que entendieron bien la crisis en marcha (publicado en SinPermiso con el título ¿Quiénes son ‘esos’ economistas? Krugman y la ciencia económica seria) contiene la réplica devastadora de 1936 contra los inmorales moralizadores. Tristemente, la misma réplica se aplica hoy día a la economía teoclásica.

“Probablemente se debió a un complejo de conformaciones de la doctrina al medio ambiente en que fue proyectada. Creo que el hecho de haber llegado a conclusiones completamente distintas de las que una persona sin instrucción del tipo medio podría esperar, contribuyó a su prestigio intelectual. Le dio virtud el hecho de que sus enseñanzas  transportadas a la práctica, eran austeras y a veces insípidas; le dio belleza el poderse adaptar a una superestructura lógica consistente; le dio autoridad el hecho de que podía explicar muchas injusticias sociales y aparente crueldad como un incidente inevitable en la marcha del progreso, y que el intento de cambiar estas cosas tenía, en términos generales, más probabilidades de causar daño que beneficio.”

Aunque la doctrina en sí ha permanecido al margen de toda duda para los economistas ortodoxos hasta nuestros días, su completo fracaso en lo que atañe a la posibilidad de predicción científica ha dañado enormemente, al través del tiempo, el prestigio de sus defensores; porque, al parecer, después del Malthus los economistas profesionales permanecieron impasibles ante la falta de concordancia entre los resultados de su teoría y los hechos observados —una discrepancia que el hombre común y corriente no ha dejado de observar—.”

Estos comentarios subrayan tres puntos. En primer lugar, Keynes sabía que la afirmación “austeriana” tocaba una cuerda sensible para muchos políticos cuando sostenía que el infligir un daño adicional a los hogares en respuesta a una recesión representa una “virtud”. El presidente Obama y gente muy seria que habitan el interior de las circunvalaciones realizan las debidas genuflexiones cada vez que el mantra del “sacrificio compartido” se canta.  Lo que Keynes subrayó, y lo que la abrumadora mayoría de los economistas se traga, es la falacia de la frugalidad durante una contracción económica. Keynes explicó que era racional para los hogares el responder a una recesión o a una depresión cortando sus gastos, y que su acción colectiva puede hacer que la recesión o la depresión profundice mediante una ulterior depresión de una demanda ampliamente inadecuada. Esto puede causar un severo sufrimiento a largo plazo. La austeridad en respuesta a una recesión o a una depresión es similar a sangrar a un paciente para sanarlo. Una nación con una moneda soberana no es “exactamente idéntica” a un hogar. Puede, y debe, tomar la iniciativa y suplir la demanda perdida para acelerar la recuperación y reducir el sufrimiento. Esto resulta útil desde la perspectiva de todos los tiempos (desde el corto hasta el largo). La afirmación de que Keynes no se preocupaba por los efectos a largo plazo es una ficción.

En segundo lugar, Keynes no solo apuntó que lo que hoy llamaríamos “estabilizadores automáticos” y programas de “estímulo” no son “inmorales”. El mensaje principal del pasaje citado es que la asunción de los dogmas de la economía teoclásica por parte de los moralizadores es algo profundamente inmoral. Keynes desveló cómo estos economistas son los cómplices de los plutócratas que luego devendrían en los apologetas más destacados de quienes se volvieron ricos infligiendo “injusticia social” e incluso “crueldad”. Parte de la crueldad de los plutócratas consistía en decir a quienes no eran ricos que su camino hacia la moralidad consistía en sufrir de forma estoica estas gratuitas recaídas en recesiones auto-destructivas causadas por la austeridad.

Ferguson no entiende la ironía de censurar una inventada carencia de altruismo por parte de Keynes ante un grupo de inversores que ha estudiado de forma desproporcionada economía, finanzas y negocios, y que son excepcionalmente ricos, incluyendo a un número desproporcionado de CEOs. Estos son los tres grupos que puntúan a la cola en el ranking del altruismo (o excepcionalmente a la cabeza del ranking del narcisismo), con la preocupación más baja sobra muchos elementos que afectarán a las futuras generaciones; por ejemplo, el cambio climático. (Sería interesante explorar si hay algún efecto de interacción que haga a los ricos CEOs, con una procedencia ya sea económica o financiera, puntuar aún más bajo en altruismo). Además de atribuir una importancia ínfima al cambio climático (el gravamen quintasencial que estamos trasladando a nuestros hijos), en un reciente estudio se descubrió que los ricos tienen las prioridades opuestas del público general en una serie de asuntos críticos para las futuras generaciones. Así, los ricos quieren cortar la Seguridad Social, los programas de salud del gobierno y los cupones de alimentos (el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria; SNAP). […]

Todo eso viene a decir que si Ferguson estaba realmente preocupado por la “degeneración” de demasiados americanos, entonces, dada su propia despreocupación respecto de la suerte de los otros americanos menos afortunados –incluidas las futuras generaciones—, estaba hablando ante la audiencia adecuada. En términos estadísticos, su audiencia parece inusualmente propicia a andar floja en altruismo. Claro que este discurso no habría caído tan bien, si fuera le auditorio quien pagara los honorarios del conferenciante. […]

 

A largo plazo, la deshonesta bajeza cometida abusando de la cita de Keynes será una cagada memorable 

Himmelfarb y Ferguson citan la famosa observación de Keynes (“a largo plazo, todos estaremos muertos”) como prueba de que su teoría económica, sesgada por la homosexualidad, solo se preocupaba del corto plazo. Esto resulta particularmente perturbador para quienes escriben historia porque, puesta en contexto, es imposible que cualquier historiador honrado sostenga, ya sea como conjetura, que Keynes estaba realmente diciendo eso.

Krugman acaba de escribir una columna explicando este punto.

“Un claro indicio de que alguien que pretende consolidarse como una autoridad en economía está en realidad fingiendo es el mal uso de la famosa línea de Keynes sobre el largo plazo. He aquí está la cita real:

“Pero este largo plazo es guía engañosa en los asuntos actuales. A largo plazo todos estaremos muertos. Los economistas se acomodan muy fácilmente, lo cual es una tarea demasiado inútil si en época de tormentas solo pueden decirnos que, cuando la tormenta ha tiempo que ha pasado, el océano volverá a amansarse.”

Como he escrito antes, el punto de Keynes aquí es que los modelos económicos están incompletos, bajo sospecha y no resultan de excesiva utilidad, si no pueden explicar qué sucede año tras año, y solo pueden decir cuándo las cosas presuntamente terminarán tras el paso de mucho tiempo. Es una llamada a mejorar el análisis, no a olvidar el futuro; y cualquiera que intente convertir eso en alguna suerte de imputación moral del pensamiento keynesiano ha destruido todo derecho a ser tomado en serio.

Y hay un importante corolario: cómo habrás de alcanzar algún resultado deseado en el largo plazo, dependerá bastante de cómo pienses que la economía funciona en el corto plazo.” […]

 

El problema son las políticas de Ferguson 

El caso es que el resto del discurso de Ferguson fue peor y más peligroso, si cabe, que su afán de calumniar a Keynes. En el resto de su discurso urgió a reemprender la carrera regulatoria hacia el abismo que ha producido las tres “des”: desregular, desupervisar y descriminalizar (de facto). Esas tres “des” que, de consuno con las actuales remuneraciones de los ejecutivos, producen ambientes cada vez más criminógenos, generan recurrentes epidemias más y más intensas de fraude en el control contable, para desembocar crisis financieras de creciente intensidad. Ferguson alerta correctamente sobre el capitalismo de amiguetes en que se ha convertido la vida económica de los EEUU y de buena parte de la Europa de nuestros días. Pero no termina de comprender que son precisamente sus políticas favoritas las responsables de este azote.

Aquí están los apartados clave en las notas del reportero sobre la discusión de Ferguson en materia de regulación y supervisión. De nuevo, las notas son del reportero, que no expresó ninguna reserva frente a lo dicho por Ferguson.

“Una de las mayores constricciones al crecimiento económico y el segundo pilar de la degeneración de nuestras instituciones es el exceso regulador.

A diferencia de mi archienemigo Paul Krugman […] quien considera que la crisis financiera fue causada por la desregulación; la realidad fue que había bastante regulación sobre las instituciones financieras. (La implementación de esas regulaciones es otro asunto por completo distinto) que estuvo, en última instancia, en el epicentro de la crisis.”

Dado el desdén de Ferguson por este premio Nobel, invocaré los descubrimientos de otro sobre otra crisis distinta. George Akerlof y Paul Romer eligieron este párrafo para terminar su artículo “Looting: The Economic Underworld of Bankruptcy for Profit” [Saqueo: el submundo económico de la quiebra con ánimo de beneficio].

“Ni el público ni los economistas previeron que [la desregulación de los préstamos y los ahorros estaba] generaría saqueo. Ni siquiera, ignorantes del concepto, llegaron a imaginar la seriedad del asunto. De modo que los reguladores que, a pie de campo, entendieron cabalmente qué estaba pasando desde el principio sólo recogieron, en el mejor de los casos, un apoyo tibio a su labor. Ahora sabemos más. Si aprendemos de la experiencia, la historia no tiene porqué repetirse.” […]

La Comisión Investigadora de la Crisis Financiera (FCIC) concuerda con las advertencias desatendidas de Akerlof & Romer.

“En conclusión, los extensos fallos en la regulación financiera y en la supervisión se han mostrado devastadores para la estabilidad de los mercados financieros nacionales. Los centinelas no estaban en sus puestos […] debido a la fe ampliamente aceptada en la naturaleza auto-correctora de los mercados y en la capacidad que tienen las instituciones financieras para ser sus propios policías.

Este enfoque ha abierto brechas en la vigilancia de áreas críticas donde biillones de dólares están bajo riesgo […]

Por añadidura, el gobierno permitió que las firmas financieras eligieran sus reguladores preferidos, lo que convirtió al proceso de  selección en una carrera en busca del supervisor más débil.” (FCIC, 2001: xviii)

“Este fallo [regulatorio] fue causado por muchos factores, incluida la idea de que la regulación resultaba excesivamente gravosa y que los reguladores no debían interferir en las actividades consideradas beneficiosas” (FCIC, 2011: 308).

Se ordenó que los examinadores federales no emprendieran acciones fundadas en el riesgo indebido.

“El Manual para la Supervisión de Grandes Bancos de la OCC [Oficina Contralor de la Moneda], publicado en enero de 2010, explica: ‘Bajo este enfoque, los examinadores no intentarán restringir la asunción de riesgos, sino más bien determinar si los bancos llegan a identificar, entender y controlar por sí mismos los riesgos que están asumiendo” (FCIC, 2011: 307).

Esa filosofía (anti)supervisora se autodenominó supervisión e inspección “centrados en los riesgos”: un oxímoron desarrollado por morosos regulares que se “centraron” en el “riesgo” ordenando que los reguladores federales “no intentaran restringir la asunción de riesgos”. Sí, yo también he sido miembro de un comité crediticio en un gran banco.

Sí, sé que el riesgo es un componente inherente de la vida y del préstamo. Pero no todos los riesgos son aceptables. Crear, mediante procesos de selección inversa, una casta prestamista nunca es aceptable, porque hace del préstamo una transacción con valor esperado negativo. Los inspectores bancarios saben que un banco no puede por sí mismo “identificar, entender y controlar los riesgos”. Los préstamos mentirosos fueron, por tanto, inherentemente imprudentes y suicidas; para el prestatario. Los préstamos mentirosos, sin embargo, fueron ideales para el fraude en el control de la contabilidad (el “saqueo” de Akerlof y Romer). El artículo discute de forma explícita y con detalle porqué los préstamos con valor esperado negativo optimizan el saqueo y describe el proceso de selección inversa que conduce hasta el valor esperado negativo (Akerlof & Romer, 1993: 2-3, 10-11, 16- 18).

El miembro que disintió del informe del FCIC dejó escrito su desacuerdo con estas conclusiones, pero la lógica del disenso viene a sumarse a la fuerza de la conclusión del FCIC.

“La mayoría dice que la crisis podría haberse evitado, con solo que [Estados Unidos] hubiera adoptado […] regulaciones más restrictivas [y] reguladores más agresivos […] Esta conclusión […] ignora la naturaleza global de la crisis. Por ejemplo: la burbuja crediticia apareció tanto en Estados Unidos como en Europa” (FCIC dissent, 2011: 414).

Pero la crisis no fue verdaderamente global; estuvo concentrada en los Estados Unidos y en Europa, y donde la autodestructiva competición en pos de laxitud reguladora fue intensa, allí también se manifestó con mayor gravedad la crisis. Más tarde, la austeridad, el inherentemente defectuoso euro –que expone a las naciones usuarias del mismo a los “vigilantes de los bonos”—, así como la renuencia del BCE a transformar el euro en una moneda casi-soberana, se combinaron para convertirse en el motor principal de la gratuita über-depresión infligida a la periferia de la Eurozona.

La nación que “ganó” la carrera global hacia el abismo fue el Reino Unido, así que no es ninguna sorpresa que los bancos y las operaciones bancarias situadas en la City de Londres hayan tenido el historial más vergonzoso de fraude durante una década completa. Una investigación sobre la crisis financiera irlandesa registró las regulaciones endémicamente débiles en Europa.

Ireland Report 2010:

“Cuatro fallos centrales de supervisión: (i) La cultura supervisora fue insuficientemente intrusiva, y los recursos de personal fueron seriamente inadecuados […]”

“Los inspectores in situ fueron infrecuentes. Los supervisores […] no impusieron de ningún modo penalizaciones a los bancos.”

“La urdimbre de las vulnerabilidades financieras de Irlanda precisó de enérgicas acciones tendentes a suprimir la moda de la supervisión LIGHT-TOUCH y dirigida por el mercado: llamar pala a una pala […]”

“el fracaso en punto a identificar, reconocer la gravedad y tomar duras medidas correctoras de esos graves incumplimientos públicos fue un error cardinal de la supervisión […]”

Las regulaciones financieras “ligeras” [light touch] se volvieron infames en Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda, Alemania, Grecia, Italia e Islandia. Los informes sobre la crisis irlandesa concluyen explícitamente que las regulaciones “ligeras” de Irlanda fueron características de la “debilidad genérica en la supervisión y la regulación [de la Unión Europea]”. La regulación financiera española tuvo inicialmente mejor prensa, pero con el tiempo se ha vuelto claro que los elogios mediáticos iniciales se basaban sólo en la ficción de que España era un regulador financiero más duro.

Todas las naciones pierden cuando hay una dinámica Gresham reguladora que termina espantando la buena regulación de la plaza de mercado.

Ferguson es uno de los pilotos en la carrera regulatoria hacia el abismo 

El discurso de Ferguson criticó el deterioro de la posición Estados Unidos en relación a las medidas de competitividad global del Foro Económico Mundial (FEM) y urgió a revertir la situación clasificatoria. Muchos de los baremos, sin embargo, otorgaron una clasificación elevada a naciones que son inhumanas y debilitan las regulaciones vitales. He explicado esto en Davos mientras concedía “el premio anual de la vergüenza” del año pasado a Goldman Sachs, y también en un artículo, así que no repetiré los argumentos aquí, más allá de observar que el FEM explícitamente instiga a que las empresas a que se sirven de esos ránkings clasificatorios para presionar a sus gobiernos a fin de que debiliten las regulaciones y las protecciones laborales. Con la siguiente amenaza extorsionadora: si las empresas no obtienen aquello que quieren, siempre pueden moverse a una nación con protecciones laborales más endebles. Esta es otra variante de la dinámica Gresham, que viene a colocar a todas las naciones “Camino a Bangladesh”.

En los EEUU el FEM actúa como un ALEC [American Legislative Exchange Council] global que degrada la seguridad de los derechos y las protecciones de los trabajadores. El masivo asesinato reciente de trabajadores bangladesíes en el derrumbe de una fábrica debe recordarnos que hablamos habitualmente de protecciones que salvan miles de vidas.

Ferguson no entiende el funcionamiento de las tres “des” 

Conforme a las notas del reportero, Ferguson hizo dos afirmaciones fundamentales sobre la regulación financiera. En primer lugar, la crisis tuvo lugar allí donde la regulación era más pesada. En segundo lugar, si hubo algún problema con la regulación, fue que la violación de las reglas no condujo a una aplicación efectiva. La crisis ocurrió donde la regulación era más débil: en los agujeros negros regulatorios creados por el poder político bancario (con la inestimable ayuda de ideólogos acomodaticios como Ferguson). Los fraudes de control evidencian la debilidad. Y ese tipo de fraude se descubrió por doquiera: en el tenebroso sistema financiero, en la banca hipotecaria, en el sistema de intermediación hipotecaria,  en los mercados de permutas de incumplimiento crediticio (CDS) y en las obligaciones de deuda garantizada (CDO), en los bancos de inversión, en los ahorros y préstamos regulados por la Oficina de Supervisión de Ahorros (OTS). Y en los reguladores federales más débiles: Countrywide, WaMu, Indymac o AIG.  También, ni que decir tiene, en la endémica debilidad regulatoria europea y en los territorios superlativamente amigables de la City de Londres.

Ferguson da inopinadamente con algo importante cuando habla de los fallos en la aplicación de la segunda (y la tercera) de las “tres des” (y debería haber hablado de las entidades “demasiado grandes para ser perseguidos”). Sí, uno puede tener buenas reglas, que si los amiguetes de los bancos son quienes seleccionan a los cabecillas de la regulación, no habrá regulación efectiva ninguna. Una vez más: son los Ferguson de la vida quienes promueven las tres “des”. Con todo y con eso, Ferguson omite la parte más crítica y sutil: los reguladores se seleccionan a sí mismos, como los banqueros. Cuando tienes una carrera reguladora hacia el abismo que crea agujeros negros masivos, volviendo imposible la regulación efectiva, la causalidad corre en ambas direcciones. Los aliados políticos de los fraudes de control no designarán o contratarán a gente como yo, con un historial de efectividad reguladora.

Las personas como yo y mis colegas, que contuvieron la debacle de las cajas de ahorros y préstamos –evitando que la primera oleada de “préstamos mentirosos” provocara una crisis en 1990-91—, tampoco nos mantendremos en organizaciones donde nos ordenen referirnos a los bancos como “clientes” o “consumidores”, tratarlos como “clientes” o “consumidores”. He llevado a cabo y he participado de buena gana en una buena cantidad de desregulaciones inteligentes (siempre hay algunas reglas estúpidas). La desregulación llevada a cabo por los pares de Alan Greenspan, Al Gore (“reinventar el gobierno” fue la premisa que acompañó a la advertencia de no “malgastar un solo segundo […] preocupándose por el fraude”), Bob Rubin, Larry Summers, Timothy Geithner, Jacob Lew, Hank Paulson,  “Motosierra” Gilleran (OTS), D. Dochow (quien reincidió en su desastre de Licoln Savings con su desastre de Countrywide, WaMu e IndyMac), en cambio, está diseñada por los peores elementos de la banca con el propósito de destruir la supervisión y la regulación efectiva. Los reguladores efectivos desertan de mala gana de las filas regulatorias cuando las políticas reguladoras son impuestas por anti-reguladores con antecedentes de fracaso y de sordidez. No hay carrera reguladora hacia el abismo que no genere también una carera hacia el abismo en punto a calidad de la supervisión, de la ejecución y de la persecución del delito. […]

Wiliam Black, uno de los mayores penalistas norteamericanos vivos, es un especialista en delitos económicos, particularmente, financieros. Fue el director ejecutivo del Instituto para la Prevención del Fraude entre 2005 y 2007.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ernesto Castro

 

Fuente: New Economic Perspectives, 6 mayo 2013

 

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