De putas y cabrones

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El ‘manifiesto de los cabrones’ incendia el debate de la prostitución

Por: Ana Teruel

El pasado jueves se publicó finalmente el Manifiesto de los 343 cabrones que tanto revuelo ha generado en Francia desde su filtración hace dos semanas y del que se ha hecho eco con estupefacción medio planeta. El texto, titulado No toques a mi puta y en el que los firmantes, entre los cuales periodistas, artistas y escritores, se oponen a la ley que el Parlamento francés se dispone a debatir sobre la penalización de los clientes de prostitución. Más allá de la polémica en su forma, los autores pretenden abrir el debate sobre la prostitución y oponerse a una sociedad demasiada puritana. Para ello es necesario, sin embargo, alejarse de las fantasías y partir de la realidad de la prostitución.

Desde que estalló el escándalo, varios de los rostros más conocidos entre los firmantes han dado marcha atrás o han matizado su implicación. El cómico Nicolas Bedos fue el primero en hacerlo, desentendiéndose en particular de la referencia al manifiesto de las 343 mujeres sobre el aborto publicado en 1971, popularizado por la revista satírica Charlie Hebdo como el manifiesto de las 343 salopes –en su versión femenina, este insulto que en masculino se puede traducir como “cabrón” tiene una connotación más sexual y se podría traducir como “zorra”-. Sobre el fondo, el firmante reitera estar en contra de la criminalización de la prostitución: “Querer prohibir la prostitución me parece tan estúpido como querer  prohibir que llueva”, explicó en su cuenta de Twitter.

La figura más destacable del manifiesto, el escritor Frédéric Beigbeder, quien acaba de relanzar la revista erótica masculina Lui en Francia, aclaró hace unos días su postura en una larga tribuna en Le Monde. En ella rectifica que tampoco estaba al tanto del titular No toques a mi puta, del cual se desmarca, pero asume como propia la comparación con las mujeres de 1971. Responde a la ministra de derechos de la mujer y autora del proyecto de ley a punto de debatirse, Najat Vallaud-Belkcem, quien resumió las críticas al paralelo de forma muy concisa: “Las 343 salopes pedían disponer de su cuerpo, los 343 salauds piden disponer del cuerpo de los otros”

“La fórmula suena bien, pero es doblemente falsa. Nadie reclama el derecho a disponer del cuerpo de otro en una relación consentida entre adultos; se trata de un intercambio tristemente claro (placer contra dinero), cuyo principal defecto es el de no corresponder a la moral republicana”, explica en un texto en el que denuncia una sociedad demasiado puritana para abrir un debate serio sobre la prostitución.

“En 1971, las mujeres que abortaban estaban estigmatizadas, avergonzadas; en 2013, los clientes de las prostitutas están estigmatizados, avergonzados. Ese es el punto común. Proponer una ley para penalizar a los clientes de las prostitutas supone denunciar a personas que se encuentran, nos guste o no, en situación de desamparo y de aislamiento. De lo que nunca se habla es de la miseria sexual”.

Antes de que aclarara de forma tan límpida el fondo de su pensamiento, Morgane Merteuil, secretaria  general del Sindicato de los Trabajadores Sexuales (STRASS), denunciaba en la revista l’Express ya un “discurso antifeminista que quiere hacer creer que sois las pobres víctimas de los progresos feministas: cuando vosotros defendéis vuestra libertad a poder follarnos, nosotras estamos en un punto en el que defendemos nuestro derecho a no palmarla”. Por ello, el sindicato está en contra de la criminalización del cliente, como de cualquier medida represiva en este ámbito, porque considera que “condena a numerosas mujeres a más clandestinidad”. “Como putas nos oponemos a ello”, según denuncia en un texto en el que la emprende contra el paternalismo tanto de los 343 salauds como de los abolicionistas.

“Somos nosotras las putas las que somos estigmatizadas e insultadas a diario, porque vender sus servicios sexuales no se considera como una forma ‘digna’ de sobrevivir. Nosotras, las putas, las que sufrimos a diario los efectos de la represión. Nosotras, las putas, las que arriesgamos nuestra vida, como clandestinas en una sociedad que no hace más que querer abolirnos. Entonces no inviertan los papeles, y dejen de presentarse como víctimas, cuando su posibilidad de ser cliente no es más que una prueba económica y simbólica de la que dispone en esta sociedad patriótica y capitalista”.

Al margen de la comparación más o menos afortunada con aquellas mujeres que admitieron públicamente haber abortado años antes de que Simone Veil legalizara la interrupción voluntaria del embarazo en 1975, y de la visión paternalista del asunto, parte del problema del manifiesto consiste en su visión totalmente anticuada de la realidad de la prostitución. El propio Beigbeder admite: “Es un tema que no conozco bien, mis investigaciones se detienen en el Le Baron de la avenida Marceau (antigua época, finales de 1980, principios de 1990, antes de que ese bar de azafatas se convirtiera en discoteca de moda)”.  La escritora Claudine Legardinier se refiere así al “mitología de la fille de joie” que va en limusina y se reivindica como sexualmente emancipada.

En una dura pero clarísima crónica en la radio Europe1, el editorialista Antonin André, quien denunciaba a los firmantes como un grupo de “provocadores en fin de carrera”, lo resumía así: “Hoy en día, señores cabrones, la imagen más significativa de la prostitución es la de la una mujer en cinco metros cuadrados a la que le rompen los dientes al final de la jornada si no ha conseguido dinero suficiente…. Le aseguro que no exagero”.

O como explicaba Soledad Gallego-Díaz en El País: “Seguro que hay alguna Pretty Woman o Tristana. Pero las prostitutas que se parecen a Julia Roberts o a Catherine Deneuve no son muy abundantes y existen infinidad de estudios que demuestran que ni el 10% de las prostitutas que ejercen en Europa lo hacen con completa libertad”.

En respuesta a Beigdeber cabe también destacar un elemento crucial: el objetivo de la legislación que el Parlamento se dispone a examinar a finales de este mes no pretende “humillar” o “juzgar” al cliente, sino precisamente hacer que asuma su responsabilidad respecto al papel que desempeña en esta realidad. Las penas contempladas son de 1.500  euros de multa, y 3.000 en caso de reincidir. Propone incluso un cursillo de sensabilización como alternativa a la sanción, en una clara voluntad didáctica.

http://blogs.elpais.com/mujeres/2013/11/hablar-de-prostituci%C3%B3n-m%C3%A1s-all%C3%A1-de-la-pol%C3%A9mica.html

Las trabajadoras sexuales necesitan apoyo, pero no el de la brigada de “No toques a mi puta”

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Por: Selma James

Las prostitutas necesitan mejores aliados que los hombres franceses centrados en sus propias libertades sexuales – pero, demasiado a menudo, las feministas sólo hacen sus vidas más difíciles.

Los 343 hombres intelectuales franceses que firmaron una declaración —“No toques a mi puta”(1)— defendiendo su derecho a comprar servicios sexuales han enfurecido a las mujeres y causado una amplia controversia. No solo dicen en su declaración lo que piensan de las trabajadoras sexuales, sino también lo que piensan de las mujeres en general, y en particular lo que creen que pueden conseguir diciéndolo públicamente en este momento. Acabo de firmar un comunicado feminista que se opone a la intención de penalizar a los clientes en Francia. La ley propuesta impondría una multa de 1.500 libras a los que pagaren por sexo, el doble en caso de reincidencia. Mi motivo para oponerme es totalmente diferente al de esos hombres: no la libertad sexual de los hombres sino la posibilidad para las mujeres de ganarse la vida sin ser criminalizadas y privadas de seguridad y protección. Empujadas aún más a la clandestinidad, las mujeres estarían a merced tanto de aquellos clientes que son violentos como de aquellos policías que son sexistas, racistas y corruptos y nada les gusta más que perseguir y abusar de las “malas mujeres”. Pero esto es la consecuencia inevitable de tales leyes. Las trabajadoras sexuales son las primeras en sufrir a consecuencia de cualquier propuesta que haga más difícil, y por tanto más peligroso, contactar con los clientes.

El hecho es que las trabajadoras sexuales no han conseguido contar con el apoyo de prominentes feministas a su larga lucha por la despenalización. En cambio, las feministas del sistema han encabezado los intentos de los gobiernos por hacer más difícil el trabajo de las mujeres. Su objetivo declarado es abolir la prostitución, no abolir la pobreza de las mujeres. Es esta una vieja historia y es doloroso que ahora se vea realzada con retórica feminista: disimulando su contenido antimujer al proponer la penalización de los hombres.

La necesidad de trabajar en la prostitución está en plena expansión con los recortes que han golpeado con la máxima dureza a las mujeres.  Cuando la Ley de reforma del Estado de bienestar  y la Ley de policía y crimen fueron llevadas al Parlamento en 2009,  pedimos a las diputadas feministas que se opusieran a ellas, en base a que muchas madres solteras que habían logrado subsidios para “progresar hacia el trabajo” progresarían hacia la esquina de la calle como única opción disponible. No obtuvimos respuesta.

Una consecuencia de la falta de voces de feministas influyentes y poderosas en defensa del derecho de las mujeres a trabajar y a hacerlo de forma segura es que el terreno queda a disposición de los hombres. Los hombres, en los habituales términos de autorreferencia, defienden sus propios derechos como clientes, no los derechos de las mujeres como trabajadoras. Sin embargo, ya era hora de que los hombres admitieran ser clientes (intelectuales, en este caso). Pero la próxima vez deberían consultar primero con las trabajadoras a las que dicen apoyar lo que se propongan decir.

Fue en Francia en 1975, justo después de la famosa huelga de prostitutas que inició el moderno movimiento de trabajadoras sexuales en occidente: las mujeres habían ocupado iglesias, primero en Lyon y después por toda Francia, para protestar de que la policía las detuviera y multara mientras a la vez no hacía nada por acabar con los asesinatos y las violaciones. Constituyeron el Colectivo Francés de Prostitutas y proclamaron: “Nuestros hijos no quieren ver a sus madres en la cárcel”. Sus acciones inspiraron a las trabajadoras sexuales de aquí para formar el Colectivo Inglés de Prostitutas. Yo fui la primera portavoz: ninguna de las mujeres podía darse a conocer entonces, así que pidieron a esta respetable ama de casa, casada y activista feminista, hablar por ellas. Me alegré de aprender de las hermanas censuradas y ser dirigida por ellas.

El primer comunicado fue A favor de las prostitutas, contra la prostitución, ya que tantas de las que estaban en el movimiento de liberación de las mujeres eran hostiles a las trabajadoras sexuales y parecían confundir el trabajo con la trabajadora —muy parecido a como el ama de casa era confundida con el trabajo en la casa.  Seguimos repitiendo (en ambos casos): ¡nosotras no somos nuestro trabajo!

Casi 40 años después, las trabajadoras sexuales todavían tienen que hacer frente a las persecuciones y los procesamientos a lo largo y ancho del mundo. El intento francés de penalizar a los clientes sigue el “modelo sueco”, que inspiró también la Ley de Policía y Crimen del Reino Unido (2009). La oposición encabezada por el Colectivo Inglés de Prostitutas consiguió limitar la penalización de los clientes a aquellos que se estimara que “habían tenido sexo con una prostituta forzada o coaccionada”. Pero las redadas y detenciones de trabajadoras sexuales han ido en aumento, igual que la violencia contra las mujeres.

Una mujer de 24 años fue asesinada el lunes por la noche en Ilford. Su trágica muerte se produce a raíz de la Operación Clearlight, un importante operativo policial contra la prostitución callejera. Más de 200 mujeres han recibido “amonestaciones de prostituta” (en las que, al contrario que las amonestaciones policiales estándar, no hay requisitoria para admitir la culpa y no hay derecho de apelación) en el último año y muchas han sido detenidas por merodeo y captación de clientes y/o por infringir órdenes de conducta antisocial. La mujer asesinada era rumana. A su elección puede haber contribuído un aumento del racismo contra los rumanos en particular, alimentado por la caza de brujas contra los inmigrantes del gobierno. Otra rumana comentó: “Cuando la policía entró en el piso en el que trabajo, fueron groseros e intimidantes, insultándome y acusándome de ser una mendiga y una criminal. Intentaron deportarme, a pesar de que tengo el derecho a permanecer en el Reino Unido. Dicen que están salvando víctimas de trata, pero van a por mujeres inmigrantes como yo. ¿Cómo vamos a denunciar amenazas y agresiones si tenemos miedo de ser detenidas o deportadas?

Las trabajadoras sexuales francesas deben tener la última palabra. Morgane Merteuil, secretaria general de STRASS (Sindicato de Trabajo Sexual), que hace campaña por la despenalización, dijo a los hombres que pretendían estar defendiéndolas: “No somos las putas de nadie, y menos las vuestras… si luchamos por nuestros derechos es principalmente para tener más poder frente a vosotros, así que nosotras dictamos nuestras condiciones…”.

Selma James es una veterana activista socialista y feminista nacida en Brooklyn, Nueva York. Es co- autora, junto a Mariarosa Dalla Costa, de la obra clásica sobre trabajo doméstico, Power of Women and the Subversion of the Community, aparecida en 1972, impulsora de la Campaña internacional por la Remuneración del Trabajo Doméstico y coordinadora de la Huelga Mundial de Mujeres.

http://elestantedelaciti.wordpress.com/2013/11/02/las-trabajadoras-sexuales-necesitan-apoyo-pero-no-el-de-la-brigada-de-no-toques-a-mi-puta/

Prostitución: Cosa de hombres

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Por: Lluís Rabell

El llamado “Manifiesto de los 343 cabrones”, enarbolando la consigna de “no toquéis a mi puta”, ha causado no poco revuelo en Francia. El texto, que tiene la altura intelectual de un exabrupto tabernario, no merecería mayor atención… si no fuera porque, aunque involuntariamente, arroja cierta luz sobre el debate social acerca de la prostitución. Un debate que, la mayoría de las veces, se nos presenta bajo un enfoque equivocado.

El bodrio en cuestión tiene el mérito de probar que la prostitución es cosa de hombres. Ni “el oficio más viejo del mundo”, ni el “trabajo sexual” revelado por la postmodernidad, ni “una estrategia de mujer”. Históricamente – y más que nunca en la era del capitalismo globalizado –, la prostitución ha sido y es, esencialmente, un comercio entre hombres. La prostitución no es algo que hagan o ejerzan las mujeres, sino aquello que hacen los hombres con ellas cuando, deshumanizadas, objetivadas o transformadas en mercancía, acceden a sus cuerpos mediante dinero. El lenguaje ordinario nos engaña. Las mujeres no “se prostituyen”, son prostituidas. La prostitución funciona sobre un continuum de violencias en que unos hombres condicionan a un cierto número de mujeres para ponerlas a disposición de otros hombres.

Pero, a cada paso, una legión de defensores de la prostitución, muchas veces financiados por las poderosas industrias del sexo, invoca una compleja casuística – e incluso “el derecho de las mujeres a disponer de su propio cuerpo” – para difuminar el papel determinante de los hombres. Sin cesar, somos conminados a distinguir entre una prostitución “forzada” y otra “libre”. La primera, reprobable, nos dicen, constituiría un epifenómeno, una desgracia que se da en los márgenes de un legítimo intercambio mercantil – y a la que la policía, persiguiendo la trata, ya se encargará de poner coto -.

Los 343 “cabrones”, que abundan por supuesto en esa distinción, nos devuelven sin embargo a la realidad. Curiosamente, a esa “libertad de prostituirse” se acogen, en su abrumadora mayoría, mujeres. Y son pobres, proceden de regiones y países económicamente deprimidos, pertenecen a minorías étnicas o a pueblos colonizados, entraron en el mundo de la prostitución a muy temprana edad, abundan los casos de abusos en la infancia y son frecuentes las situaciones de alcoholemia y las drogodependencias. En tales condiciones, la evocación de la “libertad” es un contrasentido y sólo pretende evacuar la opresión de género, social y racial que conlleva la prostitución. Pues bien, nuestros “cabrones” certifican que, en una sociedad con prostitución, no hay en realidad más libertad que la suya en tanto que “hombres”.

El término, misógino por excelencia, con que se regodean para referirse a las mujeres prostituidas – “puta”- constituye algo más que un insulto o una grosería: significa la atribución de una identidad. En la fantasía machista, la “puta” es un ser lascivo, en cierto modo subhumano, tan deseable sexualmente como profundamente despreciable. Pero, si se admite la institución de la prostitución, la “puta” es la mujer por antonomasia. Desde esa óptica, sólo una cosa distingue a la mujeres prostituidas de las demás: las primeras tienen un precio; en cuanto a las otras, aún no ha sido fijado. De hecho, la prostitución constituye la piedra angular de la construcción de la identidad masculina bajo los parámetros de la dominación patriarcal – decisivo descubrimiento que el feminismo ha aportado al pensamiento crítico -.

Los “cabrones” así nos lo dicen cuando reivindican a “sus putas” independientemente del hecho que acudan a ellas o no. No es una cuestión de sexo propiamente dicha, sino de dominación. La existencia de una reserva de mujeres a disposición del capricho de los hombres rubrica su preeminencia en la sociedad – por mucho que ésta adhiera a proclamas o políticas de igualdad -. Y el hecho de que tal privilegio beneficie a todos los varones simplemente por serlo, contribuye poderosamente a cimentar una bárbara solidaridad viril.

La prostitución plantea el debate sobre la sociedad que tenemos y las relaciones humanas a que aspiramos. Cuando, al término de la cruenta guerra civil americana, fue abolida la esclavitud, la libertad de la población negra de los estados sureños se fundamentó en la prohibición de que ningún ciudadano americano pudiese comprar o vender a otro ser humano. Ya va siendo hora de que abordemos la cuestión de la prostitución como un urgente desafío civilizatorio. Va en ello el destino de millones de mujeres y niñas, violentadas y traficadas en todo el mundo, justamente porque los “cabrones” de todos los países siguen detentando un privilegio ancestral. Va en ello el destino de la propia democracia, que no puede ser tal sobre la base de semejante desigualdad estructural entre hombres y mujeres. Va en ello la emancipación de las mujeres y una nueva identidad de los hombres, forjada en el respeto y la empatía, y no en la brutalidad, siempre latente, de un poder de derecho divino.

Tiene razón el abolicionismo feminista al proclamar que no existen “putas”, sino mujeres en situación de prostitución. Mujeres a quienes, lejos de estigmatizar o recluir en ese universo, es imperativo restituir su dignidad y su condición de ciudadanas. Un crimen es un crimen aunque la víctima, presuntamente, consienta en ello. Hay que educar y prevenir. Hay que combatir las causas de la prostitución y los entornos que la favorecen, perseguir la explotación y desenmascarar a las industrias del sexo. Pero también habrá que acabar, por la convicción o por la fuerza sancionadora de la ley, con la arrogancia de los “cabrones”. La prostitución no es un derecho del hombre. Una sociedad democrática, por el contrario, debe proclamar y hacer efectivo el derecho de las personas a no ser prostituidas.

Lluís Rabell es  el presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinas y Vecinos de Barcelona (FAVB).

http://acciofeminista26n.wordpress.com/2013/11/03/cosa-de-hombres/

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