No podemos defender la diversidad y olvidarnos de que cada ser humano es diferente y tiene necesidades diferentes

alfredo

El Festival Internacional del  Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana celebra por estos días su edición 35. El Festival rinde homenaje a su fundador, Alfredo Guevara, fallecido en abril del presente año. Hago lo mismo en este blog. Colocaré  diversos materiales que aparecieron compilados en el último libro de Guevara: “Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender”.  Ediciones Nuevo Cine Latinoamericano, 2012. Comienzo con el texto correspondiente a la conferencia que impartió Guevara con motivo del fin del programa lectivo de la Maestría sobre Estudios Cubanos, Instituto Superior de Arte (ISA), el 5 de febrero de 2010.

ver aquí la información de la edición 35 del Festival.

Encuentro de Alfredo Guevara  con estudiantes y profesores del Instituto Superior de Arte

Doctor Rolando González Patricio, rector del Instituto Superior de Arte (ISA):

Buenos días. Dice Alfredo que mientras más baja la temperatura mejor. Parece que ya sintió la alegría convertida en calor humano en el Instituto Superior de Arte cuando recibimos a Alfredo Guevara, quien no necesita presentación acá. Doctor Honoris Causa de este Instituto, Premio Nacional de Cine, Orden José Martí es un intelectual que ha echado su suerte con las mejores causas del siglo xx y del xxi. Nos honra con su presencia y es un lujo para el ISA, para el Departamento de Estudios Cubanos, que el programa lectivo de nuestra maestría concluya con una intervención de Guevara. Por tanto, como lo que todos queremos es escucharlo a él, no voy a prolongar esta presentación y voy a adelantar las gracias y a pedirles un aplauso de bienvenida.

 Alfredo Guevara:

Ya había dado los buenos días; ahora les digo: buenos días y gracias por la paciencia que tendrán de escucharme.

Me han hecho un pequeño resumen de cómo se ha ido produciendo este ciclo de encuentros. Yo no quiero llamarlos conferencias, porque –lo expliqué muy bien– me niego a dar conferencias, por respeto a las conferencias. Una conferencia se prepara con mucho cuidado, con mucho más que aquel con que se prepara una clase. He sido profesor de la universidad y las clases duraban dos horas, pero me llevaba una semana prepararlas, y una conferencia le lleva a uno meses. Por tanto, esto es una conversación que iniciaré yo, pero en la que me someto también al criterio de ustedes, si quieren contradecirme yo defenderé mi posición.

Me aterra pensar que me toca a mí estar aquí hoy, cuando compañeros en quienes tanto confío y a quienes tanto respeto me han precedido. Tal vez han agotado todos los temas, yo no sé muy bien cómo abordar mi ocasión, porque eso es lo que es: una ocasión. Entonces, me voy a entregar a mis obsesiones en este instante.

Diré primero que la Revolución Cubana es la culminación de un largo proceso en la lucha por la independencia, por la soberanía, por la identidad, que se ha ido formando. Ya sé que quienes estuvieron antes seguramente han sido brillantes en sus exposiciones.

Hay una obra hacia la que siento un gran entusiasmo y respeto: es el librito maravilloso y suficiente sobre la eticidad cubana, de Cintio Vitier. También tengo un entusiasmo enorme,  y considero muy necesario en este momento su conocimiento y divulgación –he pedido que se hagan separatas, pero no lo he logrado aún y tal vez acabe por hacerlo yo mismo–, por la introducción de Torres Cuevas al libro que él hizo sobre el padre Félix Varela. Soy de los que piensan que el padre Félix Varela, precisamente por católico, por ser profundamente cristiano, por su formación filosófica y su formación intelectual, comprendió que no habría nación, identidad cubana mientras todos los integrantes de la población cubana no se convirtieran en ciudadanos, es decir, en iguales en derechos. Estoy hablando de la esclavitud.

Otros cubanos eminentes que también pensaron nuestra identidad lo hicieron desde el criollo, es decir, desde la sociedad blanca. Pero los trabajadores de la época, esos con las particularidades de Cuba, esos de los que Marx esperaba que fueran la fuerza transformadora de la sociedad, eran discriminados y, sobre todo, explotados.

La riqueza cubana, lo principal de nuestra riqueza, se forjó, como saben, en nuestro siglo xix, resultado de la Revolución Haitiana, de la destrucción del poder colonial y de la explotación de la población africana traída para hacerla trabajar al servicio de una minoría dominante y colonial, y del traslado a Cuba de la –para la época– alta tecnología de los franceses. Vinieron los franceses que pudieron, que habían colonizado a Haití y trajeron con ellos la alta tecnología del azúcar, de la producción azucarera y también lo peor de la explotación de la población sometida a la esclavitud.

Haití había sido el gran proveedor del azúcar en el mundo en aquella ocasión contemporánea y Cuba pasó a ser entonces el gran exportador de azúcar al mundo europeo. Todavía después del triunfo de la Revolución, los primerísimos meses, me tocó vivir una experiencia muy especial que me ratificó la convicción del poder del azúcar, que desde luego no ignoraba nadie de mi generación con cierto desarrollo político.

Pasé rápidamente por París y se me acercó alguien de la Inteligencia francesa –no de la Inteligencia como ustedes, sino de la Inteligencia de su Ministerio del Interior–, para ofrecerme que robara unos papeles que iban a servir a Cuba. Por supuesto, aunque era muy joven, no era nada ingenuo, ya tenía cierto desarrollo, alguna experiencia y planteé que no iba a robar nada, que si me los entregaban sí. Sabían que yo estaba en esa época al lado de Fidel y no querían entregar los papeles a la embajada. Yo acabé por traer esos documentos que probaban traiciones, pero ¡miren ustedes qué traiciones! Se informaba a Fidel de una traición sobre una negociación azucarera fundamental, que estaba siendo saboteada desde dentro del propio gobierno cubano y perjudicaba a Francia. ¿Por qué perjudicaba a Francia? Todavía no se había llegado –ahora se ha llegado más lejos– a la extracción del azúcar más allá de la caña y el pueblo francés dependía del azúcar, por sus cualidades energéticas –no se valora a veces suficientemente cuán imprescindible es el azúcar que rechazamos para evitar la gordura, pero que al mismo tiempo necesitamos para vivir– y todavía no había producción azucarera desde otra base.

A los franceses no les interesa hoy el azúcar de caña, ellos viven del azúcar artificial o de la extraída de otro vegetal. Pero ya en aquella época la producción azucarera mundial estaba en manos de la burguesía cubana, mitad criolla, mitad española. Solo recientemente se liberaron de esa dependencia con la producción remolachera. Los franceses también trajeron la tecnología de la producción del café y como tenían algún desarrollo escogieron los microclimas en distintas partes de la Isla y allí montaron los cafetales; así pasamos a ser también exportadores de café.

En resumen, la riqueza cubana resulta de la sabiduría de una élite del pensamiento y la cultura, de una élite dentro de los criollos, pero, ante todo, de los trabajadores africanos traídos a Cuba o descendientes de ellos.

Ni José Antonio Saco, ni otros grandes pensadores de lo cubano llegaron a comprender eso, por su condición. No hay que olvidar que Saco redactó una historia de la esclavitud, que no la hizo en Cuba, ni la pudo publicar en Cuba. Pero ellos no estaban en condiciones de alcanzar esa comprensión, por la situación de la época, por sus situaciones personales, porque el criollo había desarrollado ya la visión de Cuba, pero no la visión de la integración de la población cubana, o no a este grado del que estoy hablando que sí alcanzó el padre Félix Varela.

Siempre he pensado, y lo expresé en una ocasión ante los enviados del Vaticano, que estaban analizando si se declaraba o no beato al padre Varela –primera condición para un día santificarlo–. Resulta que al padre Varela ante la Iglesia, ante los especialistas de la Iglesia, le falta un milagro… ¡un milagro! Yo les dije a los enviados del Vaticano –primero públicamente porque era una reunión pública, pero después en privado– que hay que acabar de comprender que el milagro que le falta al padre Félix Varela es Cuba, que Cuba exista: él la pensó y la describió, y habló de Cuba antes de que Cuba existiera. Fue el primer pensador cubano que hizo centro de su pensamiento a Cuba. Pero claro, esas cosas para la Iglesia, los técnicos, los teólogos, no significaron nada.

He hecho esta introducción para decir que la Patria, que la Nación cubana, se inició, se materializó, a partir de la declaración de la independencia y de la abolición de la esclavitud, el mismo día y con el mismo campanazo. El inicio de la lucha por la independencia, entrelazado con la abolición de la esclavitud, indica que se iniciaron aliados los dos polvorines más grandes que tiene la Historia. Entrelazar la independencia y la defensa de la identidad, o sea, un movimiento nacional con un movimiento social, es el primer instante del proceso que ha conducido a la Revolución Cubana en su estructura actual. Demuestra que todo cuanto ha sucedido a partir de entonces es el resultado de una revolución nacional y de una revolución social, porque ha sido social, no étnica. La liberación de los trabajadores esclavos fue en realidad un movimiento en esencia social.

Ese es para mí el nacimiento de la identidad cubana, que en el proceso de la lucha por la independencia integró a todas las capas de nuestra sociedad. Ello me lleva a decir que si de verdad somos revolucionarios, tenemos que considerarlas de este modo: todos los negros son blancos, todos los blancos son negros, porque todos somos mestizos, espiritualmente mestizos de dos grandes fuentes culturales, múltiples además.

España y Francia sobre todo, pero en realidad ni una ni la otra son naciones consolidadas hasta que desaparecen las múltiples identidades que hacen de esos estados Estados. En el caso de España –el que más peso ha tenido–, se trata de un estado, pero está conformado por varias naciones, y aquí llegaron varias naciones. En África, con un nivel de desarrollo distinto, no llegaron a constituirse las tribus en Estados nacionales, pero etnias diversas con lenguas distintas, con variaciones en las concepciones religiosas, que eran también culturales y unían las regiones y las tribus, eso se mezcló en Cuba y se sigue mezclando de tal modo, que el único modo de entendernos de verdad y de entender todas las áreas de la cultura, es comprendernos esencial y profundamente mestizos, no por la coloración de la piel, sino por el espíritu.

Quisiera también subrayar que la Revolución Cubana, por diversas razones que no voy a entrar a analizar, tiene otra característica: para ser, tenía que ser social.

Yo creo  que nadie sabe lo que es el comunismo y que es difícil creer que el socialismo haya existido, ni aquí. Nosotros tenemos una voluntad socialista, aunque este criterio no lo comparte todo el mundo. Algunos quieren idealizar nuestra realidad, nuestra realidad todavía muy dura, pero también la situación de la Revolución Cubana en el contexto internacional y en el contexto nacional interno, pasa por una etapa por la cual han pasado todas las revoluciones que han triunfado, o que lo han hecho por un período.

Fue Tocqueville quien dijo algo extraordinario que lo expresa todo: «Las grandes revoluciones triunfantes, al hacer desaparecer las causas que las han originado, se tornan incomprensibles». O sea, las poblaciones beneficiarias consideran lo logrado como su realidad normal y más si pasan generaciones –esa es nuestra situación.

¿Qué es lo logrado en Cuba?

Yo creo que la Revolución Cubana, la nuestra, la de esta época, la alcanzada a partir del triunfo de 1959, tiene logros fundamentales que nadie toma en cuenta. No lo digo como una crítica, creo que tenía que ser así y por eso mencioné a Tocqueville. Nosotros hemos construido la posibilidad de ser ciudadanos, porque los ignorantes no pueden ser ciudadanos, pueden ser objeto de altos gestos, pueden ser objeto hasta de igualdad, pero la expresión, pensemos en la asamblea ateniense, de la democracia, la participación, no es la misma, si se trata de una mujer o un hombre culto, que la de un ignorante.

Desde el Moncada ya quedó claro que uno de los objetivos de la Revolución era elevar el nivel de la población. Yo creo que un país de 11 000 000 de habitantes, con 1 000 000 de universitarios, cerca de 2 000 000 –ahí no tengo la estadística– de personas instruidas a un nivel medio, es un país que ha logrado un éxito enorme en ese terreno, el de la instrucción.

No me refiero, cuando hablo de instrucción, a la instrucción artística, sino a la instrucción general en todas las áreas. Tampoco hablaré de la salud u otras ramas en que hemos sido exitosos aunque se vivan –como también en la instrucción se viven– situaciones excepcionales que se intentan resolver.

Con toda franqueza les digo a ustedes, profesores y alumnos de nivel superior, que creo que ese nivel que hemos logrado en nuestro pueblo, y que considero un éxito fundamental de la Revolución, es instruido pero no culto. A partir del nivel logrado será posible alcanzarlo, si somos capaces nosotros –y sigo diciendo «nosotros», pues aunque ya no tengo cargos de dirección, trato, a veces con éxito, de influir en el pensamiento–. Yo me siento responsable, «corresponsable» de los éxitos y también de los fracasos de la Revolución, pero creo que lo más importante que hemos logrado es fomentar las condiciones para que la población sea una población de ciudadanos.

El  aniversario 50 de la Revolución fue, a mi parecer, la culminación de un ciclo, que ha culminado también porque ha sido marcado por Fidel. Fidel tuvo las visiones que tuvieron otros revolucionarios cubanos antes que él. Solamente me voy a referir a Mella, porque Mella está olvidado. No digo olvidado porque no esté, pues lo vemos en la bandera de la Juventud, está, me imagino, en los libros de texto; pero creo que cuando a un patricio como Mella se le convierte en estatua y se le condena a lo hierático lo hemos asesinado involuntariamente. También se pueden asesinar las ideas cuando se cristalizan y se convierten en banderitas y en palabras.

Creo que el socialismo, que es mi ideología, mi ideal, ha sido parcialmente asesinado en nuestro país y tenemos que recuperar la esencia misma de la idea socialista para salvarnos y salvarlo de la cristalización que, en términos marxistas puros, se llama ideología.

He notado que Fidel no usa la palabra ideología, sino la palabra idea, y en Martí esa palabra no existe –no quiere decir esto que he revisado todos sus discursos, pues son muchos y largos, pero tengo esa impresión por la vuelta atrás que he hecho en muchos momentos–. Creo que tenemos que volver a la Idea, a la idea ética, que es la inspiración de Marx. Quien haya leído El capital y otros textos de Carlos Marx –no que lo diga, sino que lo haya leído de verdad–, habrá comprendido que la inspiración de Marx no es puramente económica, es ética. Solo que en mi convicción lo importante para Marx es la esclavitud del hombre, la alienación, la pérdida de su autonomía intelectual, intelectual aunque estemos hablando de alguien no cultivado e incluso analfabeto.

En una parte de El capital, en la reflexión sobre los modos de producción precapitalistas –considerándolos no alienados aún–, Marx estudia la forma de producción artesanal. En ella el hombre o la mujer no resultan esclavizados porque no resulta esclavizado su intelecto. Ellos trabajan con sus manos o con el pensamiento y no producen en serie: cada «algo» de lo que producen tiene un matiz.  Entonces se puede decir que el artista-artesano es un privilegiado porque ni la sociedad capitalista ni la sociedad socialista –o con intención o vocación socialista como la nuestra–, lo llevan a la alienación.

Nuestra sociedad de vocación socialista, justicialista –eso se parece al peronismo, mejor no uso esta palabra–, de vocación justiciera socialmente hablando, también rompe, en las condiciones del socialismo, la alienación de la mujer y del hombre en la medida en que no son explotados de manera directa por otros hombres o mujeres. Pero aún falta mucho para lograr desalienar, falta algo que todavía no se siente en las teorizaciones que conozco o en las expresiones que van convirtiéndose en tejido en los discursos de los dirigentes. No es posible plantearse tampoco –pero lo hago en términos de Utopía–, el tiempo de ocio, eso que el capitalismo llama ocio y que yo preferiría llamar tiempo realmente útil para el ser en sí, autónomo y diferenciado de la muchedumbre. Ese tiempo útil para sí si ahora lo tuviéramos, si se trabajara cuatro horas o cinco horas diarias y el resto del tiempo fuera para sí, hoy día lo utilizaríamos en la cola, o luchando por vencer dificultades y, por desgracia, no para cultivarnos, sino para ver telenovelas y otras tonteras. Pero desde la instrucción se puede lograr –soy utópico, pero creo que utópico es realista–, ya con el nivel de nuestro pueblo, que parte de ese tiempo útil  se utilizara para cultivarse, y si tuviéramos una estructura que condujera a cierto refinamiento, eso sería más fácil.

Por desgracia, los medios de comunicación cubanos son los enemigos principales  de la Batalla de Ideas proclamada por Fidel, y de toda vocación por la cultura más elevada, más compleja.

Yo sigo discutiendo –por supuesto lo hemos discutido en la UNEAC y en muchos lugares– y hoy lo digo aquí: no se logra comprender cómo es posible que en nuestro país se quiera, por una parte, elevar el nivel intelectual de la población, su instrucción intelectual general, que el Ministerio de Cultura también esté dedicado a eso con más o menos éxito, que Fidel haya desencadenado la Batalla de Ideas, de ideas, no de ideología, y que algunos medios de comunicación se sirvan de recursos que lejos de cultivar la inteligencia la destruyen. Ni se habla bien el español, ni a nadie le interesa en los medios de comunicación que se hable bien. Ni se organiza la dramaturgia, no para hacerla dirigista, sino para que se base en el nivel más alto, sin pretender alcanzar a Félix B. Caignet. Caignet fue un genio, inventó las telenovelas, pero tenemos que analizar por qué fue un genio, él mismo lo dijo en una frase: «La gente quiere llorar y yo les doy la posibilidad de hacerlo». Entonces, ¡ese no puede ser el modelo! Será el modelo para estudiar, incluso para estudiarlo nosotros, pero no es el modelo a seguir.

Estamos ante una situación de ese carácter y luchamos por resolverla. De algún modo mi proposición ha sido no destruir lo que existe, sino buscar los recursos, que no sé si aparecerán o no, para tener un canal de alto nivel, no exquisito, sino de nivel.

Si tenemos una población instruida, démosle lo mejor del conocimiento y del entretenimiento para ver qué pasa. Lo que propongo en realidad es una experiencia, una competencia entre la estupidización y la cultura, y no entiendo la cultura como el arte y la literatura, sino en un sentido más global. Sin el dominio de los medios de comunicación y sin utilizar ese poder tremendo, elevar la instrucción a la cultura, simplemente, no será posible. Los medios son el otro poder, son el otro Partido,  porque tienen el poder sobre la mente.

No quiero dejar de decir, puesto que he hablado del socialismo, que con independencia de las convicciones de cada cual, un país como Cuba, con su historia, no tiene otra salida para su desarrollo que el socialismo. No tiene otra salida que evitar el caos como sistema, planificarse para el desarrollo. Nosotros tuvimos un gran pensador que no desarrolló su pensamiento en Cuba sino junto a Carlos Marx e hizo un estudio maravilloso que se llama El derecho a la pereza, en relación con lo que dije antes.

Hay que planificar para acelerar el desarrollo, pero –que es lo que hacen los países capitalistas desarrollados, siguen y siguen explotando la mano de obra y el saber, saquean hasta agotar el planeta–. En cierto momento hay que detenerse y desacelerar porque el resultado del desarrollo y de una posible riqueza no puede ser invertido en alcanzar más desarrollo, tiene que invertirse en que el ser humano tenga tiempo de ocio. El derecho a la pereza no es el derecho a la vagancia: es el derecho a disfrutar del tiempo para su propio desarrollo, no solo para el desarrollo conjunto, porque –usé la palabra muchedumbre hace un rato– soy alguien que no acepta la idea de lastimar el concepto colectivo, de solidaridad, con el de masa. Todo cuanto se haga es por todos y por cada uno, uno a uno. No podemos defender la diversidad en el campo ideológico y olvidarnos de que cada ser humano es diferente, tiene necesidades diferentes, tal vez no exageradamente diferentes, pero, como mínimo, matizadas. Tendríamos que estudiar más y mejor a Marx y a su discípulo cubano, Paul Lafargue.

Ese es el socialismo que yo quiero, un socialismo que se parezca lo más posible a esa época de oro que tuvo el mundo occidental que fue el Renacimiento. Ese instante de explosión del pensamiento en que se liberó de lo peor del medioevo. Quiero un socialismo renacentista, un socialismo del espíritu, que valga la pena, y creo que lo podemos construir.

Dije al comienzo que se cerró un ciclo, cincuenta años es un ciclo. Llega ahora el otro ciclo, que aún tenemos que construir, el ciclo del ciudadano autónomo y decididor, porque eso es lo que es ser un ciudadano. Creo –yo tal vez soy un optimista profesional– que eso viene ya en camino pero tenemos que darle su empujoncito.

(Aplausos).

Doctor Rogelio Hernández Biosca, jefe del Departamento de Estudios Cubanos del ISA, (moderador):

Ojalá que se repita pronto, pero no podemos desperdiciar esta oportunidad, así que con mucho gusto y el doctor Guevara nos lo decía al principio –tanto cuando llegó, como en público antes de comenzar su intervención–, ustedes tienen la palabra para formular preguntas que él pueda responder, así que adelante. Dejo la palabra a maestrantes, miembros del claustro, invitados, compañeros de la prensa.

 

Doctor Rolando González Patricio, rector:

Yo quería pedirle a Guevara que siga desarrollando esa línea de pensamiento y aborde, de alguna manera, ideas que pueda tener en torno a ese país que deseamos, con un desarrollo superior del ciudadano, para cuya consecución se necesita un conjunto de ámbitos que se van solapando. Ese proyecto tiene muchas dimensiones y yo quería pedirle que se refiera al lugar de la comunidad, al lugar del municipio, en un país que por historia ha necesitado o ha tendido a ser muy centralista y, bueno, todo lo que se deriva de esa provocación.

 

Doctor Roberto Valera, músico y profesor del ISA:

Bueno, como ustedes saben, yo soy músico y no soy un profesional de la palabra, mucho menos de las ideas, y mucho menos aún de las ideologías, pero me ha motivado, como siempre, Alfredo –nosotros le decíamos Alfredo cuando yo trabajaba en el ICAIC, nunca le decíamos Guevara–. Él ha hablado del Renacimiento y yo opino que nosotros tuvimos un renacimiento, porque para mí los años 60 fueron un renacimiento de muchas cosas, en la cultura cubana en general, la cultura vista –como dice él– no solo como cultura artística y literaria, sino cultura científica, política, de todo tipo. También estaba diciendo que se había cumplido con los cincuenta años un ciclo, o sea, estamos en otro comienzo. Lo que a mí me preocupa en este momento es que yo no veo, o no encuentro todavía, la efervescencia de belleza que veía en aquellos años 60, cuando había una motivación muy grande y todo el mundo se sentía ciudadano, todos creaban cosas y estaban participando. Hoy veo que tenemos muchos deseos, pero todavía nos quedan también muchos temores porque tenemos ese enemigo que nunca cesa de amenazarnos y todo el tiempo, cuando vamos a cambiar algo, estamos pensando en que si lo cambiamos se nos va a romper todo lo que hemos hecho, y hay muchas cosas que cambiar y cosas que facilitar. Por ejemplo, que el talento llegue a los lugares a donde debe llegar, que a veces yo creo que no están claros todos los caminos para que los mejores lleguen a los mejores lugares.

Estamos conscientes de que este es un nuevo ciclo. Fidel nos dijo que hay que cambiar todo lo que sea necesario ser cambiado, pero todavía yo siento temor y me preocupa no sentir el mismo entusiasmo para cambiar tantas cosas que hay que cambiar y conservar lo mejor de nuestro socialismo y todo lo que hemos conquistado hasta el momento.

 

Doctor Alfredo Guevara:

Como no siento entrelazadas las dos preguntas (ojalá que hubiera otra), tendría que responderlas una a una y yo aspiraba a resumirlas.

Licenciada Anamely Ramos, estudiante de la maestría y profesora de Historia del Arte del ISA:

Yo creo que al comienzo de la Revolución, es decir, con la Revolución se planteó con mucha fuerza el problema de los artistas y de los intelectuales, qué papel debían tener dentro de la sociedad y cómo paulatinamente debía ir desapareciendo el intelectual como un profesional o el intelectual y los artistas como una especie de grupo, sino que más bien debía darse una especie de búsqueda del arte como afición, en lo cual teníamos toda una historia que venía desde la República, con el Estudio Libre para Escultores y Artistas. Es decir, se dio con mucha fuerza. Yo leí hace poco, en el libro de las cartas de Titón, que él planteaba eso como un problema a resolver en la Revolución. Yo quisiera escuchar su opinión al respecto, saber si usted todavía cree que el artista, o el intelectual, no debe ser un profesional dentro de una sociedad revolucionaria.

 

Doctor Lino Borroto, de FLACSO, Universidad de La Habana:

Primero que todo yo quiero agradecer esto que para mí es un momento importante de la cultura y agradecerle al doctor Guevara su presencia y las provocaciones que ha hecho.

El doctor Guevara se refería y hacía una distinción desde mi punto de vista muy interesante entre Idea e Ideología en el pensamiento de Fidel. Pienso que la ideología está todavía muy matizada por todo el maniqueísmo que arrastramos de la etapa soviética. Esto no permite que la Batalla de Ideas sea realmente una Batalla de Ideas. Pienso en Mao: «Que florezcan cien escuelas ideológicas», en el mejor sentido de la palabra. Quisiera que el doctor Guevara se refiriera a esto, nos dé su opinión en este sentido.

 

Ms. C. Pedro Ángel González, profesor del ISA:

El ISA en este momento está viviendo un proceso de cambios, se elaboran nuevos planes de estudio que implican cuestiones tales como reducir la presencialidad; dar prioridad al aprendizaje independiente; utilizar, hasta donde lo permita nuestra pobreza, la tecnología contemporánea, las computadoras, los libros digitales; integrar disciplinas, siempre que sea posible que estas disciplinas trabajen unidas. Es decir, tratar de integrar las literaturas, las artes plásticas, algo de música, en una sola disciplina que trabaje con más de un profesor, se trata de ir a una visión más actual de los procesos de enseñanza y de aprendizaje, con una participación más activa del estudiante. Lo cierto es que en medio de esto, los que llevamos muchos años trabajando en la enseñanza artística, nos percatamos de que ocurren cosas contradictorias. En principio muchos estamos de acuerdo en que estas cosas se pueden hacer, sin embargo, cuando se llevan a la práctica no hay un pensamiento tan flexible como se enuncia, no hay un pensamiento tan capaz de adaptarse a nuevas circunstancias. Tendemos entonces a trancarnos, a establecer compartimentos de estanco, a tratar de repetir lo que hicimos siempre, que es a lo que nos acostumbramos, el hábito, y evidentemente tenemos poca capacidad de evolucionar. Eso que en el Instituto Superior de Arte se da en un grupo social relativamente pequeño, yo siento que ocurre en toda la sociedad, es esto con lo que lo quería provocar.

 

Doctor Alfredo Guevara:

Puedo dar respuesta al conjunto de preguntas.

Sobre el municipio: las cosas que voy a decir después no tendrán jamás solución si no llegamos a la base, incluso si no llegamos a la cuadra. Yo creo que entre las cosas asesinadas, hemos asesinado los CDR, que son lo más aburrido que existe, solo comparable con las reuniones del Partido, las reuniones de los núcleos. ¿Por qué? Porque ya no son lo que eran.

Rubén Martínez Villena, burlándose en un poema decía: «municipal y espeso…». Pues estamos ante el municipal y espeso de nuevo. Nada se resuelve a nivel de municipio y los CDR son ayudistas de otras cosas. Creo que hay que hacer renacer el valor inicial de esas estructuras y de otras, que son o debían ser la red inicial en la base de la estructura socialista, que conceptualmente comienza por ser una red de solidaridad. Eso es lo fundamental, que la red de solidaridad esté viva y que no esté dedicada a reuniones, y más reuniones, y más reuniones. Yo, por ejemplo, decía en una reunión de hace unos días –estoy muy activo, ahora voy a todo, todo el que me dé chance de decir lo que pienso, ahí estoy, que antes me cuidaba más para poder escribir, pero por ahora voy a estar así– sobre esos jóvenes que están en la Avenida de los Presidentes los viernes y los sábados por la noche, algunas veces los domingos, que son los jóvenes preocupantes (preocupadores, mejor dicho), que si yo fuera un joven hoy día y un dirigente y pudiera hasta caminar –ni eso puedo–, mandaría a lo mejor de la juventud comunista a participar con ellos.

Cuando se fundó el ICAIC, en el que me tocó determinado papel, lo iniciamos con el Cine Club Nuestro Tiempo, el Cine Club Visión y el Cine Club Católico, es decir, los cineclubs que habían dado apoyo a la clandestinidad. Unos se habían prestado para reuniones, los católicos; otro, Nuestro Tiempo, reunió a jóvenes militantes, y Visión porque fue muy progresista y dio apoyo también. Pero aquello era improvisación y yo, que dirigí aquello, estoy contra la improvisación, estoy pasionalmente por el rigor, por la formación. Pero entonces no podíamos hacer otra cosa. Esto mismo hicimos en todo el Estado, donde campesinos que habían sido guerrilleros y otros participantes en la clandestinidad, universitarios algunos, tomaron el mando de todo.

Recuerdo que mi hermano, que era decano originalmente de Humanidades y después de Psicología, hizo una selección, a pedido mío, de 15 jóvenes que él escogió y sometió a pruebas, que yo quería para matricularlos en una escuela para las ramas técnicas del cine. En esa época Fidel me había hecho la concesión de que me metiera también en el cine, pero me había dicho inicialmente que no quería que hiciera cine, sino que estuviera al lado de él –entonces estaba duplicándome–, y cometí el error de contarle esto que he dicho: «Ya tengo 15 que voy a poner en la escuela», y me dijo: «Son míos, los perdiste, van de directores de centrales azucareros y no me vas a decir que no es más importante». Me los quitó y tuve que hacer otra búsqueda, pero esta vez no fui bobo y no se lo dije a él y formé mi gente, pero los primeros, que eran magníficos, me los quitó en cinco minutos. Ese es el problema, muchas cosas que pasaron tuvieron que ver con el nivel que teníamos en aquel instante y con la manera en que se nos presentaban las urgencias. Fue una verdadera locura la que me tocó vivir y no me parecía una locura, me pasé años al lado del Comandante, nunca dejé de estar cerca, siempre con él y realmente las situaciones eran tremendas, la situación del país no era nada fácil.

Tenemos que recomponer la red que va de abajo hacia arriba y que es horizontal también, red de solidaridad, de pasión por transformar la sociedad. Pero hoy hay mucha desesperanza por ahí, los cuadros se creen que saben mucho, los cuadros formados –Rector, va a tener que oír algunas cosas– en las escuelas de superación de cuadro, que son contrarrevolucionarias involuntariamente y que forman los cuadros más cerrados que se puede ver, gente buenísima y con vocación revolucionaria, pero imbuidos de ciertas ideas que son lo que voy a abordar ahora y que impiden el Renacimiento, son su barrera. Pero vamos a romper y a luchar contra esa barrera, que se llama estalinismo, y se llama marxismo-leninismo, porque el marxismo-leninismo es el estalinismo.

El marxismo y el leninismo son maravillosos. La base filosófica es el marxismo. La base estratégica también de toda la experiencia que permitió la fundación de la Unión Soviética, primer Estado socialista, portador de las grandes vanguardias artísticas. Estas vanguardias que después han sido las vanguardias en todo Occidente hasta que fueron muriendo, surgieron en la Alemania revolucionaria –revolución frustrada– y en los años que precedieron y que acompañaron a la Unión Soviética hasta el 34, es decir, hasta la consolidación ya total de Stalin. Yo no me atrevería a decir que Stalin fue un malvado; pero estoy convencido de que «una revolución en cuya cúpula se asesinan unos dirigentes a los otros deja de ser socialista en lo esencial». Me callaré a quién pertenece esta reflexión que comparto.

Yo estaba preparado al triunfo de la Revolución por accidente –viví años en Europa–, para enfrentarme al realismo socialista. Estaba preparado por lo siguiente: cuando era muy joven, en 1950, estuve en la Unión Soviética como parte de un grupo de dirigentes estudiantiles del mundo. Fuimos a recorrer China en apoyo a la revolución maoísta, la Revolución China, cuando todavía se combatía. En septiembre de 1949 cayó Shanghai, y estuvimos en Shanghai también. Por supuesto, nosotros hacíamos grandes discursos de agitación por toda China, nos traducían de un idioma al otro, a mí me traducían del francés al cantonés. Es decir, que íbamos más bien para que nos vieran, porque yo no sabía lo que decían los chinos, pero recorrimos toda la parte liberada de China.

Al regreso, volvimos a pasar por Moscú y me sentí profundamente solidario hacia aquel país y hacia aquel pueblo, y orgulloso de Stalin porque había vencido a los nazis y había perdido 20 000 000 de personas, así que las cosas que me parecían mal, me parecían lógicas. En el 45 había terminado la guerra, y yo estuve en 1950, cinco años después, período en el que un país no puede reconstruirse.

Esa confusión que tuve yo es mi experiencia, y pienso que, efectivamente, merecían esa admiración y esa solidaridad que también expresamos a los soviéticos, la merecía el pueblo soviético y creo que la merecía Stalin en ese momento, porque haya pasado lo que haya pasado antes, al final logró encontrar la estrategia de reconstruir la URSS detrás de los Urales, de encontrar toda la fuerza necesaria para reconstruir las fuerzas armadas, enfrentarse y vencer el nazismo. Eso mismo hizo Iván el Terrible, que fue de una dureza tremenda con todos los cuadros que lo acompañaban en la lucha por afirmar la patria grande, y nos es más fácil admirar a Iván el Terrible y pensar que fue un nacionalista y un héroe que supo derrotar todas las conspiraciones y todas las cosas. Pero, ¡dios mío!, para derrotar las conspiraciones asesinó a media Rusia de aquella época.

Entonces yo no sabía nada, el Informe Jruschov no existía. Había leído a Trotski, había estado en la casa de Trotski en México –en realidad había husmeado por las afueras de la casa de Trotski–. Sabía de las batallas, pero no me sentía propicio a Trotski y voy a decirles por qué –por lo que empecé diciendo que había estado muy joven en Europa y me había preparado contra el realismo socialista–. Si Trotski llega a tener el poder, cualquiera sabe lo que hubiera pasado, quizás Trotski hubiera sido Stalin –para combatir el estalinismo siempre se hace el elogio de Trotski, que es algo que no me explico: por qué una cosa queda probada por el rechazo a otra–, porque la destrucción del formalismo ruso y del movimiento futurista comenzó con Trotski en la Unión Soviética y en el exilio –en aquella época allí no hacía falta la «carta blanca», la gente se iba.

Muchos de los formalistas rusos no se fueron por Stalin, fue Trotski quien hizo todo lo posible por destruirlos, y lo mismo con los futuristas. Algunos se quedaron; pero él comenzó la batalla contra la modernidad, contra las vanguardias artísticas en la Unión Soviética. Hay que estar claro en eso y los textos están ahí.

Yo conocí mucho después –desde luego, después del triunfo de la Revolución Cubana– a Shklovski, la gran figura del formalismo ruso, que regresó. Yo iba un año sí y uno no a la Unión Soviética porque se hacían los Festivales de Cine, así lo conocí. Shklovski se salvó porque se exiló y después pudo volver porque Trotski lo había atacado en el pasado. Para entonces resultaba bueno ser criticado por Trotski. Pero Shklovski no regresó por la aceptación de su trabajo intelectual –desde luego que no siguió abordando ciertas cosas–, sino porque Trotski lo había atacado, lo había tratado de destruir y se había tenido que marchar. Entonces, puesto que Trotski lo atacó, ya Shklovski era bondadoso. Esto es una caricatura, pero bueno…

A la muerte de Lenin se formó en la Unión Soviética una troika, que no es el inicio de Stalin, sino de una lucha por el poder. Stalin fue eliminando lentamente –no voy a detenerme en hacer la historia porque quiero ir un poco más lejos, pero sería interesante que ustedes la conocieran– a todo el mundo. Sale Trotski, entre ellos, y también fueron eliminados los secretarios de la Internacional. Esto toca a Cuba –para contestarle al compañero–, y a la imposibilidad momentánea del Renacimiento. Pero hablo de imposibilidad momentánea, no imposibilidad, ni paralización del camino hacia un Renacimiento, un socialismo más cercano a la realidad. No se debe olvidar que Marx decía que para transformar la realidad hay que conocerla, y cuando la realidad es edulcorada a los dirigentes, resulta que entonces no la conocen.

Para estudiar marxismo, lo que hay que estudiar es filosofía porque Carlos Marx no sabía que su pensamiento iba a ser el marxismo. Marx estudió toda la filosofía, todas las manifestaciones de la cultura, todo lo que hoy conocemos como ciencias sociales, y después de estudiar como un loco, de profundizar, de ser un verdadero enciclopedista, pudo concebir el pensamiento que hoy llamamos marxismo.

¿Cómo podemos estudiar el marxismo?, ¿con el resumen que hizo Stalin y la deformación que hizo? No. Si lo hacemos así nos estupidizamos, nos limitamos totalmente. Hay que estudiar filosofía, hay que estudiar todas las manifestaciones de la cultura para comprender el pensamiento de Marx porque ese fue su método. Pero es que también Lenin era un intelectual de una formación muy completa y muy compleja. Planteó que el desarrollo, que el triunfo, entonces potencial, del socialismo en Rusia permitiría vencer la barbarie oriental. Así está escrito: «la barbarie oriental». (Stalin no es un representante de la barbarie oriental y esto lo digo entre paréntesis).

No sé si ustedes en vuestros estudios han leído sobre el nacimiento de Rusia, el concepto de la nación rusa que resulta de la cristianización de esa parte del mundo eslavo. El nacimiento de la «Russie», que es Rusia y es también lo que es hoy Bulgaria –las fronteras se fabrican después–, ocurre tras la cristianización que da la unidad pero también el orgullo de la Gran Rusia. Para entender a Stalin hay que comprender esto.

Lenin, ante cosas que hicieron Stalin y otro, nacidos ambos en Georgia, decía que no hay fanático nacionalista más fanático nacionalista –no son palabras textuales, pero recogen la esencia– que los nacidos más allá de Rusia, en la periferia. Ante acciones de ellos, dijo: «Es que son más rusos que los rusos». Así era Stalin, por eso lo he comparado con Iván el Terrible. Tal vez Stalin murió con la convicción de haber actuado justamente en todo porque defendió a Rusia.

¿Cómo se refleja el estalinismo desde entonces en Cuba, no cuando vinieron los soviéticos, sino desde entonces? Hay que estudiar a fondo la Internacional –que era el Partido Comunista internacional– más allá de las naciones, con un carácter eurocéntrico, y vale la pena estudiarla si uno es un político, aunque esto no se enseñaba en las escuelas de instrucción revolucionaria por nada del mundo.

El Secretario de la Internacional era ruso y el Secretariado era internacional. Entonces pensaron en América en un momento dado y se crearon las tres unidades para dirigir la Internacional, para ser los intermediarios de la Internacional en América: una en Buenos Aires, una en México y otra en Chicago. La que atendía a Cuba era la de México y cuando Mella es separado del Partido, termina la huelga de hambre, y sale a México, entra en contacto con la Internacional directamente. Insisto en que la Internacional es un partido comunista internacional, es decir, que no se basa en las nacionalidades aunque pase consignas a las naciones.

Sale entonces una consigna de la Internacional copiada de la experiencia soviética y absurda para América Latina porque –voy a hablar de Cuba pero pasó en México también– hubo una insurrección, de la que no se habla, en Michoacán y otra en Veracruz, que desde luego, fueron decapitadas y la Internacional pasó la consigna de crear los soviets. ¿Cómo se pueden crear los soviets? Tomaré el ejemplo de México porque es donde resulta más absurdo, aunque en Cuba también lo era. En un país que tiene 100 lenguas, 100 etnias, 100 formas de producción agrícola, el enfrentamiento entre la costa y la zona donde estaban los aztecas –lo que es Ciudad México–, ¿cómo es posible plantearse que se puede resolver el problema agrario o un problema fabril o cosas así con soviets? Es un disparate total y completo. Hoy mismo es más claro el disparate cuando vemos el crecimiento del poder indígena, del poder originario.

Ellos no lo veían, habían pasado del eurocentrismo a ser universales, andaba también China revuelta y la Internacional cometió muchísimos errores.

¿Cuál fue el error en Cuba? En Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca está recorrida la historia de Cuba, con argumentos muy válidos –ya habíamos leído a Ramiro Guerra–, pero la historia del anarquismo, del anarcosindicalismo y de los primeros semisocialistas que hubo en Cuba desde principios de siglo desaparece. Se trata de una época muy compleja y si me hacen dar una clase o una conferencia sobre esa época, entonces necesitamos dos días más…

Entonces, ¿cuál es la consigna de la Internacional en Cuba? Los soviets, y se forman soviets en Cuba. Si leemos sobre eso, se presenta como una maravilla, ¡ah, qué audaces, formaron los soviets! Eso es un disparate. En Cuba había que estudiar la realidad cubana y ajustarse a ella como lo hizo Mariátegui en Perú –sigue siendo válido Mariátegui y sigue siendo tomado como un arma del movimiento revolucionario–, y aquí se toma como un arma del movimiento revolucionario el disparate del siglo. ¿Saben quién se opuso a eso en el Partido? Quien fuera el dirigente del partido entonces: Rubén Martínez Villena, y se opuso enfermo y débil, pero pasó, y no voy a entrar en detalles. Se nos murió Rubén Martínez Villena. Ahora, voy a decir una cosa injusta, ¡qué curioso que haya sido Martínez Villena, el intelectual, el que haya comprendido! Por eso es importante la formación. Los que no lo comprendieron y creyeron que era muy revolucionario hacer el soviet, no tenían la formación intelectual y la autonomía de pensamiento de Rubén Martínez Villena.

Mella se incorpora y desarrolla para América el concepto de la Liga Antimperialista, de la unión de los exiliados y trabaja con la Internacional, pero cuando llega el momento en que la Internacional y el centro en México no creen en otras posibilidades de derribar a Machado, Mella prepara una expedición al estilo del yate Granma. No llega a realizarse, lo asesinan antes, pero Mella es el antecesor de Fidel en ese terreno. Claro que Fidel no tuvo que enfrentarse a las órdenes de la Internacional.

El partido que tuvimos –y aquí expresaré todo mi pensamiento sin ambages– fue un partido estalinista y, al mismo tiempo, merecedor de los más grandes honores y de los más grandes reconocimientos, ese partido y sus cuadros fundamentales –lo digo hasta de aquel con quien tuve diferencias muy grandes: Blas Roca–. Blas Roca fue quien aplicó el soviet en Cuba, aunque yo creo que juzgar a partir del confusionismo que armó la Internacional y juzgar negativamente no es justo; pero el juicio que hago es un juicio de la realidad.

Hay que analizar ¿por qué?, ¿cómo?, ¿qué es lo que influyó?, ¿cómo se formaron?, ¿quiénes lo formaron?, ¿desde dónde los dirigían? Porque la Internacional financiaba los partidos, el salario de los cuadros del Partido venía en parte de La Internacional. Al triunfo de la Revolución, el partido que existía, rechazó algunas cosas –no queda nada de esto en la historia–, como el Moncada, el Granma, que para ellos era más o menos “aventurerismo”. Existen los documentos que lo demuestran, guardados, pero existen. Después se rectificó. Yo creo que es sabio rectificar.

Con el triunfo de la Revolución se unen las tres fuerzas que habían resistido a la dictadura y se unen con los valores de cada una, pero con la grandeza que hubo de parte y parte. No hay que pensar si hubo esta o aquella opinión, si se defendía la llamada lucha de masas y no la insurrección. En mi caso, supe desde el Moncada –no voy a hablar de mí– pero supe desde que había sangre, mucha sangre, que ya no quedaba nada más que el camino de la insurrección.

Decir no a la historia del viejo partido sería injusto, pero decir que al triunfo de la Revolución cuadros formados en el estalinismo se incorporaron al Estado y al partido cubano, que dominaron las Escuelas de instrucción revolucionaria, sería no aceptar la realidad y por lo tanto la formación. No hay que olvidarse de esto: en Cuba el marxismo había sido divulgado por el viejo partido y había impregnado a algunas personas, un grupo grande de personas, en términos relativos. Era un partido pequeño, con un trabajo bien hecho con los intelectuales. Nunca apareció para entonces el realismo socialista ni nada empobrecedor ¿Por qué? Porque en la última fase, cuando ocurre la lucha contra el nazismo, se forma el Frente Mundial Antifascista. Ese Frente Mundial Antifascista es en el que está la Internacional todavía luchando con esta línea justa. Entonces la gran tarea era enfrentarse al nazismo y era tan justa que si no hubiera sido vencido el nazismo la historia no sería la que estamos viviendo. A la Unión Soviética le tocó la tarea principal –aunque la propaganda diga otras cosas–, le tocó derrotar al nazismo con sacrificios enormes, y ahí juega su papel Stalin, pero juega también un papel la Internacional, la línea del Frente como la tarea principal. Y yo creo que fue justa, pero no vio que se podía ejercer la tarea principal y ocuparse de los problemas de cada país analizado, no con óptica internacional, sino con óptica también regional, local y hasta municipal.

Por eso hablé del problema del marxismo-leninismo y de cómo deben ser verdaderamente los estudios del marxismo, y cómo eso no excluye los estudios del leninismo, pues Lenin fue un genio, un estratega. Hay que estudiar todo eso como experiencia.

Lenin fue, después de Martí, uno de los primeros que encontró la clave del desarrollo y de la expansión de los Estados Unidos hacia una conversión en imperialismo. Renunciar al estudio de Lenin sería un disparate. Recuerdo que cuando visité la dacha de Lenin quise saber qué libros que Lenin tenía, y descubrí que evidentemente estaba estudiando la cuestión nacional, que había abordado antes. A partir de lo que ya había trabajado sobre la cuestión nacional, lo que se conoce, y de darme cuenta de que los libros que tenía allí en el mueblecito de al lado, eran sobre las nacionalidades, pienso –pero eso no lo podemos ya saber, no lo sé yo por lo menos– que no estaba estudiando la cuestión nacional para defender el folclor, ni defender las cuentitas, ni las boberías, ni los bailecitos con trajes populares ni cosas parecidas, sino desde el punto de vista de cómo trabajar las nacionalidades, porque la periferia de la Unión Soviética –ya incorporada porque era una federación de naciones– era, una parte de ella, musulmana. Y, ¿qué es el Islam? Es una religión, pero una cultura también. Esa integración de una Rusia socializada y combatiente, revolucionaria e internacional tenía que ser manejable. Esto no lo desarrollo porque es pura sospecha, pero a partir de lo ya escrito.

En Cuba ni el marxismo ni el leninismo eran parte de la población, entre otras cosas, porque una parte inmensa de la población era analfabeta. Yo le decía a alguien que me decía: «Sí pero, la socialización estalinista de Cuba…». «¿Qué socialización estalinista de Cuba?» –en eso pasó una mujer con una lycra, una mujer gruesa que enseñaba todas sus masas en una lycra no sé de qué color–, «Mira para allá, ¿tú crees que pueden leer un texto de marxismo-leninismo o estudiar las desviaciones de…?». No sigo. A aquella persona, que estaba muy imbuida de que todos eran estalinistas, pude convencerla con ese simple y pequeño hecho; pero para entusiasmar a los jóvenes de la Avenida de los Presidentes el viernes y el sábado, para citar un ejemplo extremo y no principal, no podemos seguir con este lenguaje «de palo». Tenemos que encontrar otro lenguaje y, si no estudiamos marxismo de verdad, ¿cómo convencerlos de nada?

Yo, si fuera joven me iría con todos mis amigos de la juventud comunista –porque seguro que iba a pertenecer a la juventud comunista– para allá, a trabajar con ellos. ¿Saben por qué? Porque cuando conté cómo empezamos el ICAIC –partí de ahí–, ¿saben a quiénes yo aceptaba, o buscaba, o cuando me abordaban por ahí ya estaba reclutado para estudiar en nuestras escuelas? A los «locos». De amansados no se hacen revolucionarios. Los revolucionarios salen de los rebeldes. Y creo –yo no puedo– pero en la Avenida de los Presidentes todos esos loquitos y loquitas que están ahí son canteras revolucionarias mejor que todos los amansados y los aplaudidores. (Aplausos). Al menos muchos de ellos Pero hay que trabajarlos, hay que aprender hasta de los Testigos de Jehová.

Los Testigos de Jehová van de casa en casa, hablan con la gente. Les tiran una puerta y vuelven una y otra vez, ¡predican sin descanso! ¿Y eso lo hacen nuestros dirigentes de la juventud? No. Tienen tantas reuniones, de mañana, tarde y noche, que pierden el sentido de la realidad real.

Ese es el problema que tenemos y por eso yo empiezo por jugármela luchando contra la idea de empobrecer el marxismo y el leninismo. Ya fui a las escuelas de instrucción revolucionaria, de todas partes, ya me reuní con la FEU Nacional –no es que lo busque, es que me invitan y ahí se fastidian porque todo lo suelto enseguida, como con ustedes–, y he dicho todo esto que pienso. Ahora me dan ustedes la oportunidad, y mañana me la darán otros o en un momento determinado dirán: «¡No le den más la oportunidad!». Pero yo llego a quienes tenga que llegar.

 

Doctor Rogelio Hernández Biosca:

Bueno, yo creo que hemos abusado de la amabilidad del doctor Guevara.

 

Doctor Alfredo Guevara:

No, no, no… Nosotros hemos abusado de la paciencia de ustedes, de mí no abusa nadie. Yo estoy aquí porque quiero estar y si tengo que estar hasta las cinco de la tarde… hasta esa hora estaré…

Doctor Rogelio Hernández Biosca:

Pues entonces, ¡adelante! Es una broma. (Aplausos). Casi todos los que estamos aquí tenemos en nuestros libreros –y muy manoseado y subrayado– un libro que se llama Revolución es lucidez. Creo que esta tarde, lo que empezó siendo por la mañana, le vamos a tener que cambiar el nombre al libro, por lo menos los que lo hemos escuchado aquí, y ponerle… Alfredo es lucidez.

 

Doctor Alfredo Guevara:

Gracias…

 

Doctor Rogelio Hernández Biosca:

Guevara empezó su conferencia, o su intervención, hablando de que Félix Varela inventó a Cuba y que ese es el milagro por el cual se le debe santificar. Como todo invento tiene una sucesión de perfeccionamiento –y estoy pensando en la tecnología–, primero alguien inventó el pararrayos, ahora tenemos ya hasta el pararrayos con que proteger las naves en el cosmos, no vaya a ser que las parta un rayo; pero el primero que inventó el pararrayos no pensó que podía servir para eso.

Cuba ha tenido una secuencia de inventores que se han apoyado en el invento del anterior, de inventores de la Cuba inconclusa y creo que hoy hemos tenido el privilegio de tener a uno de los más recientes inventores de esa Cuba inconclusa con todo derecho, y por eso propuse a las autoridades de la Universidad, que esta primera incursión para empezar a pensar a Cuba de una manera diferente, en la maestría que hoy concluye, lo mejor que nos podía pasar a todos –a los que la inventamos y a los que la pasaron– fue que Alfredo estuviera con nosotros esta tarde para decirnos las cosas que nos ha dicho.

Prepárense ustedes ahora, los que tienen que empezar a escribir las tesis para graduarse. Porque ahora hay una tesis pensada antes y después de la intervención de Alfredo Guevara. Muchísimas gracias y a usted, doctor, por supuesto.

 

Doctor Alfredo Guevara:

Gracias, gracias.

Referencias.

 La obra  que aborda la eticidad cubana de Cintio Vitier es Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana (Ediciones Unión, La Habana, 1975).

Alfredo sugiere hacer una separata para el conocimiento y la difusión del prólogo de Eduardo Torres Cuevas a su obra Félix Varela: los orígenes de la ciencia y conciencia cubanas (Editorial de Ciencias Sociales, Col. Imagen Contemporánea, La Habana, 1997).

Hasta el 31 de diciembre de 2009, según el Anuario Estadístico de Cuba: Población, de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, en su edición de 2010, publicado en <http://www.one.cu/aec2009.htm&gt;, la población residente por sexos, tasa anual de crecimiento y relación de masculinidad eran:

Total: 11 242 628

Mujeres: 5 630 743

Hombres: 5 611 885

Tasa anual de crecimiento (por cada 1 000 habitantes): 0.6

Relación de masculinidad (hombres por 1 000 mujeres): 1 003

El derecho a la pereza (en francés, Le droit à la paresse) es el primer trabajo teórico de Paul Lafargue, redactado en Inglaterra en 1880, para su debut en el diario L’Egalité y publicado como folleto en 1883. En esta obra Lafargue realiza una crítica marxista del sistema económico nacido del capitalismo, cuyo desarrollo, concluye, desembocaría en una crisis de superproducción, causa de paro y miseria entre la clase trabajadora. Propone alcanzar, mediante la generalización del uso de las máquinas y la reducción de la jornada laboral, el estadio de los derechos del bienestar con el que culminaría la revolución social y cuya sociedad puede consagrar su tiempo a las ciencias, el arte y la satisfacción de las necesidades humanas elementales.

En 2008, doce años después de su muerte, Ediciones Autor, de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), publicó el libro de Tomás Gutiérrez Alea, Titón. Volver sobre mis pasos, recopilación de la correspondencia del fallecido cineasta cubano. La recopilación de los textos que integran la obra estuvo a cargo de su viuda, la actriz Mirtha Ibarra. En el volumen aparecen misivas que Alea intercambió con Costa Gavras, Robert Redford, José Luis Borau, Carlos Fuentes y Juan Goytisolo, entre otros.

En 1956 se celebró el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en el que Nikita Jruschov dio a conocer un informe secreto, conocido como el Informe Jruschov, muy crítico con el estalinismo, que marcó el inicio de la destitución y la purga política de antiguos seguidores de Stalin.

Victor Shklovski (1893-1984) fue un crítico, escritor y panfletista ruso y soviético. Fue uno de los primeros teóricos del llamado formalismo ruso.

 Ramiro Guerra (1880-1970): Azúcar y población en las Antillas (1927); Manual de Historia de Cuba (1938); Historia de la nación cubana (1952), libros estos referidos a la economía y formación espiritual de la nación.

 Para conocer sobre la historia del primer Partido Comunista de Cuba, y sobre la influencia que ejerció ese partido con posterioridad al triunfo de 1959 es útil consultar estos libros:

-Blas Roca Calderío: Los fundamentos del socialismo en Cuba, Editorial Páginas, La Habana, 1943.

-Angelina Rojas Blaquier en Primer Partido Comunista de Cuba (1925-1952), 2 vols., Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005.

-Caridad Massón Sena: «Proyectos y accionar del Partido Socialista Popular entre 1952 y 1958», en 1959: Una rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y Ruth Casa Editorial, La Habana, 2009, pp. 225-247.

 Rogelio Hernández Biosca hace un juego de palabras con el libro de Alfredo Guevara: Revolución es lucidez (Ediciones ICAIC, La Habana, 1998) y Alfredo es lucidez.

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