Encuentro con Alfredo Guevara en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales

Alfredo Guevara

Esta nueva entrega es parte de un homenaje a Alfredo Guevara. Reproduzco ahora el texto correspondiente al encuentro sostenido por el fundador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana con estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), el 26 de febrero de 2010.

Encuentro con Alfredo Guevara en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

Muy buenas tardes. Estamos aquí en un nuevo espacio y nos honra en el día de hoy la presencia ilustre del doctor en Ciencias Filosóficas y Letras de la Universidad de La Habana, Alfredo Guevara.

«Cinefilando» es un espacio nuevo para todos, creado por la Juventud y la FEU del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, que pretende fomentar el análisis, la reflexión y la crítica, en este caso, de cine, pero vinculado a otras manifestaciones. Nos acompañan hoy, además del doctor Alfredo, estudiantes de primer y segundo año de la licenciatura, los agregados de primer y segundo año, así como otros invitados de honor.

 Erik:

Muchas gracias a todos por haber asistido a nuestro primer encuentro. Como saben, la idea era no inaugurar este espacio hasta que tuviéramos a Alfredo aquí, por eso nos demoramos hasta hoy.

«Cinefilando» parte del cine, como eje central, para analizar no solo las distintas cinematografías, cubana, latinoamericana, europea o de distintas nacionalidades, sino usar el cine como pretexto para comprender las realidades sociales que nos circundan y, a la vez, conocer un poco de cine, el cine por dentro, la producción, la dirección, el papel del director, del productor. En sentido general, el espacio va a abarcar dos ejes fundamentales: primero, el cine por dentro, y luego vamos a ver las distintas cinematografías y cómo son reflejo de realidades sociales. Por supuesto, centro fundamental será la política como punto de nuestra formación como profesionales e integrantes de este instituto. «Cinefilando» pretende conocer el cine de una manera dinámica, tal vez proyectemos spots, documentales, películas y vamos a invitar a especialistas en diferentes ramas del cine.

Se encuentran hoy con nosotros la viceministra Ana Teresita, Juan Miguel, el secretario de la Juventud del Instituto, que nos ha apoyado en la realización, y Abel Torres, el secretario general de la Juventud del Minrex.

  Alfredo Guevara:

¿Puedo decir algo antes de que empiecen las preguntas?

 Profesora Mónica Cruz, moderadora:

El espacio es de usted.

 Alfredo Guevara:

Quería decir que de buenas a primeras me di cuenta de que no sabía por qué estaba aquí, pero no importa, me encantan las sorpresas. Se me ha hecho el hábito, en estos años de mi vida, ya muy avanzada, de que si me invitan jóvenes, voy aunque sea sin saber para qué porque temo que se nos vaya de las manos la juventud. No porque la quiera manipular, sino porque es el tesoro más grande de la Revolución. Cada vez que tengo noticias de que un joven parte a otros países, casi siempre sin contradicción con la Revolución –no encontraría otro modo de decirlo suavemente–, me dan ganas de cantar como en la canción de Alejandro Sanz, «Tengo el corazón partido», porque realmente es una parte del corazón la que se nos va.

He vivido mucho fuera de Cuba en los años recientes, por una razón que no es conocida públicamente, fui asesor de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado. Viví entre Madrid y La Habana. Encontré tantos jóvenes cubanos en Madrid, que viven vibrando por Cuba, que se fueron de niños y crecieron, y algunos que nosotros dejamos ir, y subrayo esta frase. Dejamos ir a muchachas y muchachos valiosos que hemos formado, que tienen una instrucción superior a la media española y que enseguida se imponen, se vuelven temibles en los lugares a donde van a trabajar porque se apoderan del mando y se convierten en imprescindibles.

He tenido también una relación muy estrecha con la Sociedad General de Autores y Editores de España, que son los editores de mis libros, pues mis libros se publican todos en España. Es la única posibilidad que he tenido, la única posibilidad que me han dado. La mitad de las ediciones son mías y vienen para Cuba, donde prácticamente se regalan, la otra mitad se vende en España. Yo quiero la comunicación con los españoles, pero básicamente me interesa la comunicación con ustedes, con los cubanos, en general, y en particular con los jóvenes.

Estoy aquí porque dije «sí» enseguida, pero no creía que vendría a hablar de cine. A mí el cine me tiene muy aburrido porque me he pasado la vida entera en el cine, hasta cuando estaba en la Unesco todos venían a hablarme de cine, a pedir un consejo sobre esto, un consejo sobre lo otro. Por primera vez me fue otorgada, a mí, un cineasta, la medalla Federico Fellini, a quien tanto admiro.

El cine no es cine ni vale la pena hablar de él si no está realmente insertado en la cultura y en la historia, en la sucesión generacional de todos los creadores de un país, de los creadores artísticos, de los creadores de la producción científica, de los creadores en el campo del pensamiento filosófico, en fin, todo lo que es creación. Haré una digresión para que se me comprenda.

La economía, toda la riqueza, el desarrollo de Cuba, no lo construyeron los dueños, lo construyeron los esclavos negros que trajeron a Cuba. Y no soy negrista ni soy blanquista, creo que en una sociedad tan heterogénea como la nuestra todos los blancos somos negros y todos los negros somos blancos. Todos somos mestizos, mestizos espiritualmente. En lo espiritual, nuestra cultura es de una gran mezcla, que se extiende más allá de la conocida de España y África, porque España es mentira que sea un país: es un Estado multinacional, y nosotros recibimos muchos inmigrantes, miles de españoles que venían de todas partes y muchos se quedaron. Y África tampoco es África, África son muchas etnias, distintos lenguajes, distintas tradiciones culturales, distintas formas religiosas, o sea, esto es una mezcla que no tiene nombre, y eso somos nosotros los cubanos.

Así que cine cubano no inmerso en lo cultural es una mentira, y hoy hay mucha mentira en el cine cubano. Hay mucha mentira por una razón muy simple, las nuevas tecnologías permiten que cualquiera, con relativamente pocos medios, monte un set en su casa con una o dos camaritas digitales, que son costosas, pero no tanto. En comparación con el cine en el que yo me formé, esto es nada. Entonces, el que salga a la calle con la camarita que le trajo su tía de Canadá, de España o de Estados Unidos, en cuanto tiene cuatro imágenes filmadas dice: ¡cine! Eso no está mal porque los artistas, los intelectuales, tenemos un estatus especial en la sociedad, que no quiero que desaparezca pero, si lo analizamos bien, es una deformación. Mucha gente busca las luces, el primer plano, en todos los terrenos y con eso se conforma, pero estamos hablando de cine. A mí me gusta más la otra combinación, la del debate.

Profesora Mónica Cruz, moderadora:

… Debatazo.

Alfredo Guevara:

Eso. Yo preferiría que esto se convirtiera en un debatazo, y aquí estoy para someterme a lo que sea.

Profesora Mónica Cruz, moderadora:

Hemos recibido cuatro preguntas al correo de los propios estudiantes, entonces, ¿las leo todas juntas o las voy leyendo una por una?

Alfredo Guevara:

Si no son muy largas, todas juntas.

Profesora Mónica Cruz, moderadora:

La primera dice: ¿qué significa revolución y ser revolucionario para Alfredo Guevara? La segunda, ¿cuánto hay de continuidad y cuánto de cambio en el cine hecho luego del triunfo de la Revolución?

Alfredo Guevara:

¿En Cuba?

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

Sí.

La tercera pregunta: ¿qué vigencia tienen las palabras de Fidel a los intelectuales casi cincuenta años después? Y esta pregunta tiene otra a continuación que dice: ¿Qué podemos entender por «Con la Revolución todo, contra la Revolución nada»? Y tenemos una cuarta pregunta que dice: ¿Cuánto hay de censura y de autocensura en nuestro cine y cuándo es justificable la censura?

La primera, ¿la repito? ¿Qué significan revolución y ser revolucionario para Alfredo Guevara?

Alfredo Guevara:

Me gustaría, y creo que va a surgir en el debatazo informal, que haya preguntas que sean más de estilete, que pongan en solfa la obra de esta generación, para justificarnos, para defendernos, para explicar, para profundizar.

Considero que todos somos potencialmente revolucionarios –esto lo aplico a los que lo son y a los que no lo son– y esa potencialidad revolucionaria es la que me interesa. No vivo entusiasmado por mi pueblo ni por ustedes, vivo entusiasmado por las potencialidades de mi pueblo y de ustedes. No soy más que un pedacito de esta generación revolucionaria, de su actividad, de sus conquistas, de su toma del poder, y a eso habrá que referirse después, pero he dedicado mi vida a este objetivo –no lo digo para que me aplaudan–, a que salgan a flote las potencialidades, y ustedes son, en parte, el resultado de ese gran trabajo de la Revolución.

Tienen un problema las revoluciones: cuando ya se han conquistado algunos de sus objetivos fundamentales, estos parecen tan naturales, que pareciera que la revolución no ha hecho nada, y sin embargo sí ha hecho. Por eso están ustedes aquí, porque la Revolución ha hecho. Porque los «minrexes» de todo el mundo no andan cultivando a una juventud heterogénea sin que importe de dónde haya salido, sino que son los hijos de los ricos, los hijos de las familias más destacadas de la vieja aristocracia, y algunos talentos que salen a toda fuerza.

Aunque no me gustan las definiciones, tengo muy claro qué es ser revolucionario. Ser revolucionario es estar dispuesto a nadar con la corriente o contra ella, para revolucionar la realidad. Quien no esté dispuesto a revolucionar la realidad ni ansioso por revolucionar su realidad, la internacional inclusive, no es revolucionario, no importa la cara que ponga. Hay muchos modos de enmascararse, y no hay lagarto mejor aprovisionado para actuar como lagarto y cambiar de piel cada vez que le conviene que el ser humano. La inteligencia, mientras más desarrollada y más compleja permite todo, si no es tan compleja ni tan desarrollada, se aprende en la calle lo que llamamos los cubanos a ser un «bicho» o una «bicha», que son los que se las saben todas para sobrevivir.

En la época que vivimos, ha habido que sobrevivir, y no hay nadie que no haya hecho una «bichería», porque para sobrevivir ha sido necesario. Por tanto, me río ante algunas ilegalidades porque pienso que no son inmoralidades. Priorizo lo moral, no lo legal, porque la Revolución, los revolucionarios, nosotros mismos –me hago solidario ante todos los disparates que ha hecho la Revolución, y los critico desde dentro–, hemos creado un sistema de legalidad que ha vuelto la vida imposible. Como nadie está dispuesto a morirse, todo el mundo viola la ley, en una escalita, en otra escalita, en una escalota. Cuando se viola la escalota sí hay que parar en seco, pero cuando lo que se viola es la escalita, soy de los que miro para otro lado, y lo hago por una razón muy simple: no le puedo pedir a nadie que se muera de hambre, ni que deje morir a su niño, a su niña, a su abuelita, a los más débiles.

En resumen, quien esté dispuesto a revolucionar la realidad es ya un revolucionario que ha pasado la línea del comienzo, comienza a ser ya un revolucionario propiamente dicho. Por eso es que en mi campo, los artistas verdaderos, no los que se proclaman artistas, son todos revolucionarios desde que quieren revolucionar las imágenes en la plástica, la estructura dramatúrgica en el teatro, distorsionar el lenguaje, experimentar con él, o hacer uso del lenguaje plano con una realidad subtextual que mantiene su estructura, en el caso de la literatura. Tan grande es James Joyce como Onelio Jorge Cardoso, que no podía ser más plano y sin embargo buscó una forma de expresar la cubanía auténtica.

Entonces, para mí, quien esté dispuesto a transformar la realidad o a enriquecerla es ya un revolucionario potencial, y a mí me interesan no solo los revolucionarios de la vanguardia sino los potenciales, porque así es la vida, por algo se empieza siempre.

Profesora Mónica Cruz, moderadora:

La segunda pregunta es: ¿cuánto hay de continuidad y cuánto de cambio en el cine cubano hecho luego del triunfo de la Revolución?

Alfredo Guevara:

De cine yo no quería hablar. Me pasé ocho años sin ver cine cubano y decía que no veía las películas, cuando en realidad los directores más importantes llevaban a mi casa los guiones y sus películas para que las viera. Pero cuando uno sale de un lugar, y yo salí voluntariamente, debe mantener cierta distancia.

El cine cubano de los primeros años, cuando fundamos el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos, fue hecho bajo el acto disparatado, consciente y de alto rigor, que es improvisar. Todo lo que se improvisa aceleradamente cuando una situación nueva comienza, es al mismo tiempo un disparate y un acto heroico.

Nosotros fundamos el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos a partir de un reclutamiento que se hizo entre los jóvenes del Cine Club Nuestro Tiempo, del que yo formé parte en un momento, del Cine Club Visión, situado en un barrio, y del Cine Club Católico. Estos fueron los cine clubes que participaron en la resistencia, unos más activos, otros menos activos.

Tuve la oportunidad, en el período de la clandestinidad en La Habana de hacer reuniones en el convento de San Juan de Letrán, simulando una reunión del Cine Club Católico, en la que participaron algunos de sus miembros. En consideración a ese hecho, fue uno de los cine club a los que se le confió el trabajo de fundación, pero realmente el cine club fuerte era Nuestro Tiempo. En el Cine Club Nuestro Tiempo estábamos Tomás Gutiérrez Alea, Titón, Julio García Espinosa y yo; por accidente, los únicos que teníamos formación cinematográfica, pues todos los demás eran aprendices y tuvimos que darles las cámaras a ellos y que empezaran. Así empezó el cine cubano revolucionario.

Trajimos grandes cineastas de todo el mundo, pero con la condición de que fueran unos distintos de los otros para que nadie dejara su marca en aquellos jóvenes en formación. Creo que ese es un método que en todo lo que empieza, si hay necesidad de apoyo exterior, hay que seguir. Si yo fuera del Ministerio de la Construcción y nosotros fuéramos a abandonar el disparate constructivo en que vivimos porque quisiéramos hacer las cosas mejor y trajéramos grandes arquitectos, buscaría uno de una escuela, otro de otra hasta encontrar nosotros nuestro lenguaje. Claro que, en materia de construcción, sobre todo de las viviendas, tuvimos un problema muy serio al principio –seguimos teniendo problemas graves–: la celeridad con que había que hacerlo. En el caso de La Habana esto se agudizó por la invasión que tuvimos de todas las provincias porque hubo un movimiento poblacional descomunal –que no se toma en cuenta y que algún día habrá que estudiar–, que incide en muchos de los problemas que tenemos, y es un problema que, incida o no incida, no es para rechazo, simplemente es para saber lo que tuvimos. No es que vayamos a rechazar a los ciudadanos de otras partes del país que han venido a esta ciudad capital enorme, enorme y vivible todavía, a pesar de todo.

Pues, fue así como protegimos la formación de esos jóvenes, asegurando la diversidad y a veces hasta la contradictoria práctica de sus maestros.

Poco después tuvimos lo que ya se llama –lo cual demostró que andábamos en lo cierto–, una floración cinematográfica, que fue la primera época del gran esplendor del cine cubano, en los años 70. Quiero marcar esto para que después no lo descubran y piensen: «Qué sinvergüenza, hizo las diferencias para autoelogiarse».

Yo dirigí el ICAIC hasta 1981, cuando salí para la Unesco. Creo que ahí hay una marca, pues comenzó otra línea, que yo había combatido internamente –no olviden que soy un protagonista y no me queda más remedio que marcar las batallas porque no existen monolitos en el mundo, en todas partes hay contradicciones, afortunadamente–. Pues en el ICAIC aquel que parecía un monolito, había contradicciones, y una contradicción de fondo de la cual habría que hablar todavía, no solo en el cine, sino en toda la producción intelectual en muchos sectores juveniles: la confusión entre cotidianidad y contemporaneidad.

En todas las épocas hay corrientes que pueden alcanzar un nivel tremendo, pero también hay rutina y rutina, y ojos que no ven muy lejos. En la época había –no voy a decir nombres– dos personas de gran cultura, jóvenes como nosotros, que estaban en contra de hacer las películas históricas que tanto necesitábamos porque teníamos que rescatar una imagen de Cuba universal y válida. Ellos solo querían hacer películas que trataran lo inmediato, y triunfaron. En esos diez años que yo estuve fuera, llevaron al ICAIC –aunque no del todo porque había directores que no se alinearon– a hacer un cine populista, un cine de la inmediatez, del divertimento.

Yo a veces –aquí está uno de los compañeros que me traslada, no solo como chofer, sino que me ayuda, para corroborarlo– tomo el carro y me voy por todas partes, pido ir lo más lento posible para ver a la gente, ver cómo visten, ver cómo están, ver cómo se mueve cada barrio sin tener que preguntar nada a nadie. Para un cineasta basta, por lo menos, mirar, no ver, mirar. Y hay algo extraordinario en el cubano, aunque falten la frutabomba o cualquiera de esas cosas cotidianas –es casi constante que la carne falte–: siempre sonríe.

Ese poder inmenso que tiene la sonrisa hace que mientras haya sonrisa esas potencialidades se mantengan como reserva y ayuden a salir a flote. Lo que no vale la pena, para mí, es aprovechar que el cubano se sonría para que se burle de sí mismo. Para burlarse de sí mismo hay que tener mucho coraje y lo hicieron los cineastas de esa época, hicieron películas que no voy a nombrar, muy divertidas, divertidas todavía hoy cuando ha pasado el tiempo, pero creo que la función del artista no es empujar a la burla de sí mismo. Eso ya pasó en el siglo xix en el teatro cubano, el vernáculo. Con aquel, el poder colonial, sin haberlo inventado, se encantó. En la población cubana no solo está el componente que llegó de África, también está el chino, entonces, en todos los sainetes y en todo el teatro cubano de finales del siglo xix, está el negrito, que es un bicho, un buscavidas; está la mulata que es tremendo «carro», que levanta al bodeguero; el chino, que es un idiota al cual todo el mundo le juega cabeza –estoy esquematizando, pues todo el que resume esquematiza, y aunque no me gusta es necesario para hablar así–. Pues con mucha más altura el cine cubano de ese decenio se tiró por esta línea.

Al comienzo del Período Especial volví a Cuba llamado a dirigir nuevamente el ICAIC. No soñaba volver al cine, había renunciado a él totalmente, y había aprovechado esos diez años de otro modo. Yo viví varios años en la clandestinidad y pasé en retención el final de la dictadura, fue muy duro lo que tuve que vivir y quedé muy lastimado. Me sacaron de Cuba –salí clandestinamente– hacia México. Allí encontré una fuerte protección de productores de izquierda archimillonarios que, además, financiaban las películas más valiosas y más de izquierda. Me atrasé intelectualmente, a mi entender, para mis parámetros, aunque seguí siendo una persona culta, lector incansable. En la clandestinidad, entonces, siempre.

Fue en París donde hice mi reciclaje. Yo había soñado siempre con ser profesor y escritor, tenía muchas cosas escritas, entonces dediqué mi período parisino de diez años a estudiar, estudiar y estudiar –que es como deben vivir ustedes o como deberían, por lo menos– y me reciclé.

Cuando Fidel me llamó, personalmente, para que volviera acá a dirigir el ICAIC, me asombró porque lo que yo había planteado era venir como investigador a la Casa de Altos Estudios, la Universidad de La Habana. Regresé al ICAIC justo en el momento en que se acababa de proclamar el Período Especial, tras haberse derrumbado todo el sistema falsamente socialista del Este. Nos vimos en una situación muy difícil con la desaparición del CAME, por tanto, la industria cinematográfica contaba con cero recursos. Ya cuando pude controlar la situación de desastre que había, me reuní con todos, y les planteé que nuestra tarea era devolver el esplendor al cine cubano y que ese esplendor no se devolvería jamás si no reencontrábamos las raíces de nuestro cine, su inmersión en la cultura cubana.

Haré un paréntesis brevísimo porque quiero establecer un principio. Considero que una película histórica de cualquier tiempo es válida, no si es rigurosamente leal al hecho histórico, sino si del hecho histórico extrae la lección que nos viene bien según la época en que vivimos. Toda la historia es eso, el entrelazamiento entre los pasados, el presente, que es siempre multiforme, y lo que se prevé en el camino hacia el futuro. Por ejemplo, Humberto Solás, quien tiene dos períodos en su producción cinematográfica –el último es muy inferior, para mí, y perdónenme por hablar así–, tiene un período extraordinario en el que hace Lucía y nos parece estar viviendo el presente. Hace también El Siglo de las Luces,  tal vez la única gran película que recoge las claves de la historia de América –nadie la ha visto entre ustedes ni siquiera los mayores pues lo que todos conocen es la contracción–. El Siglo de las Luces narra la historia de América, es la clave de la historia de América y es, simplemente, maravillosa. Pienso que si Cecilia –yo soy un apasionado de esas dos películas– y El Siglo de las Luces se exhibieran completas en las escuelas, no tendríamos que enseñar Historia de Cuba: los niños y los adolescentes se informarían de todo, no ya de la fecha de la batalla tal y de la batalla más cual, estoy hablando de lo espiritual, de cómo se formó la nación cubana, de cómo se formó el cubano.

            Llegamos ahora a la tercera época, esta que estamos viviendo. Empecé a explicar algo de ella hace un rato cuando dije que con este movimiento de la nueva tecnología, el ICAIC no es hoy día el director del mundo global del cine en Cuba. Cualquiera hace una película, unas son mejores, otras peores, y esto es, como todo lo que está pasando con las nuevas tecnologías y con internet, la demostración de que se es más libre y se es más banal. En el marco de esa libertad surgen algunas películas que valen la pena, pero salen muchos productos de baja estofa. Esto crea una contradicción con lo que sí se hace desde la institucionalidad, y es que ya no se sabe quién es quién y a quién entregar los recursos.

Cuando fui a dejar el ICAIC, tras pedírselo a Fidel, le expliqué bien lo que pasaba. Por una parte, la vida se me estaba acabando y yo quería escribir y empezar a publicar todo lo que tenía acumulado en mi experiencia. Por otra, me ofrecían ser asesor de audiovisuales y cine del secretariado de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado. Felipe dijo que todos los países de América Latina querían ese cargo y que a nosotros nos caía del cielo. (Este no era un cargo oficial para Cuba, me lo ofrecían a mí como persona, pero cuando algo me ofrecen a mí en lo personal, por supuesto que lo pongo al servicio de Cuba). Además, me daban mucha libertad porque se trataba de revisar y redactar textos sobre esos temas. Así fue que Fidel, Felipe y yo llegamos a un acuerdo y quedamos comprometidos a mantener el secreto durante tres meses.

Esos tres meses, que fueron dos en realidad porque se filtró la noticia de que iba a salir del ICAIC y hubo que precipitar las cosas, los dediqué a reunirme con todo el personal del ICAIC. En los encuentros por grupos les dije que antes de diez años el celuloide se habría acabado, junto con el laboratorio y los estudios de Cubanacán, y que todo pasaría a ser chatarra. Lo único importante era invertir todo lo que pudiéramos, que era muy poco, en el digital.

La revolución tecnológica destruye todo lo del viejo cine y destruye, en parte, su encanto también, porque comprenderán ustedes qué sensación de poderío tiene un director de cine, y yo la tuve en mi época, cuando para hacer una película hay que mover unos proyectores de luz que van del piso al techo, inmensos, que nos quemaban; diez rastras; tráileres para que los artistas principales se maquillaran. Se convertía uno en el dueño del mundo, de un mundo. Y de pronto el cine se reduce a irse en un camioncito de mala muerte, dos camaritas mínimas, unas luces que no son más grandes que este micrófono, y para darle encanto, una sombrilla extraña que suaviza el calor, y ya con eso se puede montar una compleja escena en un salón como este en vez de los estudios gigantescos o, si se trata de la vida normal, a lo mejor se puede hacer en la casa de un amigo.

Después que salí del ICAIC, entre las cosas más notables que ocurrieron, en tanto marcaron su trayectoria, puedo mencionar esta dispersión, que fue libertad y libertinaje, y la entrada de la alta tecnología y de una tecnología cada vez más sofisticada. Esta no puede ser ignorada por quienes estén interesados en el oficio y quieran tener un trabajo internacional. Se acabaron las fronteras en el cine, como ustedes saben, casi ninguna película escapa a la piratería.

Nosotros somos quienes tenemos que desarrollar otra mentalidad. Podemos tener una embajada en cualquier lugar y podemos tener un maravilloso embajador y un maravilloso equipo –que no siempre ocurre, perdóneme, compañera viceministra–, porque hay un riesgo enorme en ciertas cosas. Cuando yo fui embajador –de esto hace muchos años y tal vez el MINREX es otro, lo deseo–, reunieron al equipo con que me iba y nos dijeron que no podíamos tener contacto con extranjeros. Ahí participaron también funcionarios del Ministerio del Interior, que tenían que hacer su trabajo, porque siempre los cubanitos hemos mirado a los otros. Yo violé todas las leyes porque me reuní después con ellos y les dije: «Si no podemos tener contactos con extranjeros, para qué vamos al exterior. Lo que yo prohíbo es que tengan contacto con los cubanos, y lo prohíbo como embajador».

No podía permitirse esa tendencia de los cubanos a reunirse entre ellos mismos el domingo a tomar café, comer arroz con frijoles y, si se consigue un puerco, asarlo, y comer chicharrones, jugar dominó, y hablar sin parar. Y les dije: «Aquí se acabó la relación entre cubanos, todos nosotros tenemos que dedicarnos a conquistar a los que no son cubanos».

Lo que quiero decirles a ustedes, que comienzan, y esto lo debe saber la viceministra, es que cuando se sale al exterior no se sale solamente a conquistar, esa solo es una de las tareas, sobre todo para los funcionarios que tienen tareas mucho más complejas en cuanto a relaciones interestatales. Más de una vez, después de un viaje, he tenido que venir y reunirme con el ministro o el viceministro –eso lo he tenido que hacer con Bruno antes de que fuera ministro, por ejemplo– a contarles las experiencias.

Me parece descabellado desayunar con los amigos de Cuba, con las sociedades de amistad, almorzar con un gran intelectual que ya está tirado de cabeza por Cuba, cenar con el representante de Venezuela y luego acostarse a dormir, no sin antes hacer un informe de las muchas entrevistas positivas que se ha tenido. El embajador y los altos funcionarios de la embajada tienen, desde luego, que atender a los amigos, pero lo esencial es dedicarse a conquistar a los enemigos a los que se pueda acercar; conquistarlos o neutralizarlos. Ese es el papel de la diplomacia.

 

(Le dicen algo del público que no se entiende).

Confío en eso, pero hasta hace poco conocí una embajada en que realmente esa era la situación y la denuncié. Vi otras que no denuncié porque no estuve suficiente tiempo en contacto así que no quise ser injusto o dejarme llevar por la subjetividad, por el olfato, por la intuición de que no tenía relaciones.

 

Ana Teresita:

Afortunadamente, esas situaciones han sido superadas y no se corresponden con la situación actual.

Alfredo Guevara:

Me alegra lo que acaba de decir la viceministra, que no se dan ya situaciones como esa y que no vienen ni los nuestros ni el MININT a decir que no se pueden establecer contactos. Una cosa es ser prudente en los contactos y otra cosa es no tenerlos. El cubano revolucionario que va al exterior va a conquistar.

Si algún día ustedes tienen esa tarea, debo decirles que si son ignorantes –ignorantes aunque obtengan el título con sobresaliente–, si no hablan el idioma, si no tienen cultura suficiente para llevar una conversación como ganadores, si no tienen una formación siempre renovada, si no son verdaderamente estudiosos, apasionados conocedores no solo de la política internacional, de su historia, de la historia de quienes han ejercido los mandos, no ya en Cuba, sino en todas partes, de los grandes diplomáticos, de las grandes habilidades, de los grandes trucos, porque es así la cosa, fracasarán como diplomáticos.

Por ejemplo, tuve en mi embajada un compañero que era maravilloso, pero para quien el alcohol era enloquecedor. Me reuní con él y le dije: «A mí no me importa que en tu casa te tomes cuatro tragos, pero en las recepciones el trago es una vez, uno solo se lo lleva a los labios y toma un poquito o no toma. Creas una técnica porque si no, a los tres minutos no tienes control sobre ti mismo y se te va la memoria», que es en general lo que ocurre con el uso del alcohol. Los soviéticos, con la enorme resistencia que tenían, se servían de ese método y cambé, cambé, cambé, al final tenían en sus manos a la gente hablando sin parar.

También he encontrado embajadores –no recientemente, pues llevo dos años con esta enfermedad que me ha paralizado y no puedo viajar– y ministros que, cuando Fidel dice que es un «H. P., el presidente, o el primer ministro», o no sé quién, van ellos a decir lo mismo. Y creo que una cosa son los derechos y el papel del súper dirigente y otro papel distinto es el del embajador y los diplomáticos. El diplomático que se convierte en un eco no es un diplomático.

El diplomático no puede desdecir a su dirigente, debe, más o menos, basarse en él; pero su función es poner el pie antes de que se cierre la puerta, poner una cuña antes de que se cierre la última ventana, dejar un resquicio para lo que pueda pasar, no romper jamás con nadie, ni siquiera con el enemigo más grande.

Les quiero contar una situación maravillosa que viví en Francia. Cuando llego a París, me doy cuenta de que ha pasado algo terrible: habían expulsado a siete funcionarios de la embajada de Cuba. Algunos de ellos, como ustedes pueden suponer, eran funcionarios del MININT, otros del MINREX, pero todos somos revolucionarios. Todos – yo conocí a algunos– eran personas brillantes, tan brillantes que se los quisieron quitar de encima con ese pretexto.

 Cuando me recogen en el aeropuerto, me advierten que no salga del hotel, que no hable con nadie, y yo, puesto que Alejo Carpentier –que entonces funcionaba como embajador porque el embajador no estaba– había ido a una recepción, seguía sin saber qué estaba pasando, hasta que compro la prensa y me doy cuenta enseguida.

En la recepción, supe después, ningún embajador se le acercó a Alejo. Estaba solo y únicamente vino a hablar con él un embajador, gran intelectual amigo de Cuba en la época, de México, Carlos Fuentes. Como es natural, luego tuvo que seguir hablando con los demás y Alejo se quedó de nuevo solo. El presidente de Francia, que en aquel momento era Pompidou, cuando vio a Alejo, vino directamente, a donde estaba y pasó el resto de la recepción conversando con él. Así dejó desarmados a todos aquellos miserables que no se habían acercado al embajador de Cuba, en el día de la expulsión de nuestros diplomáticos.

Eso ocurrió por la dimensión de Alejo, no solo porque Alejo en Francia es un autor que no sale de las librerías, sino por su dimensión intelectual mundial. Yo no les pido a ustedes que se forje cada uno la dimensión de Alejo, pero al menos algo de ella necesitan para ser verdaderos diplomáticos.

Cuando alguien –y esto pasa en Cuba– no es más que un funcionario, si le pasan cosas como estas, y ustedes saben que eso puede pasar, se queda como si nada. En cambio, si es alguien que tiene una cultura, una formación, un oficio, simplemente se comporta según su oficio. Los funcionarios tienen que ser primero personas. Hay una diferencia muy grande entre personaje y persona. A los personajes se los lleva el viento, las personas siempre son.

¿Cuál era la otra pregunta?

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

¿Qué vigencia tienen las Palabras a los intelectuales, de Fidel, casi cincuenta años después?

Alfredo Guevara:

Tienen casi la misma dimensión que el primer día, pero no la significación ni el uso que hacen de ellas algunos intelectuales, algunos artistas, escritores. Creo que hay una gran confusión, y una confusión calculada por algunos, pero con éxito.

Palabras a los intelectuales resolvió un problema en su momento y mantiene validez como principio de política cultural, pero, en mi opinión, no es la política cultural de la Revolución. La política cultural de la Revolución también la trazó Fidel, pero en el alegato de defensa durante el juicio del Moncada. Esta se fue cumpliendo desde el triunfo de la Revolución, primero con la campaña de alfabetización, después con su seguimiento, y también en la relación entre el campo y la ciudad con los movimientos de los campesinos. Además de la alfabetización, esa política contempló la generalización de la posibilidad de llegar a las universidades; el resultado es, en este momento, más de un millón de universitarios. Hoy tenemos también unos dos o tres millones de ciudadanos formados en el nivel inmediato al superior. Esa es la política cultural de la Revolución.

El hecho de que alguien tenga una instrucción superior y dé un salto hacia una cultura más refinada –e incluso si no lo da– implica que la instrucción superior que recibe es alta; conlleva que ese alguien pueda ser, y antes no, un ciudadano. El hecho de que cuando un individuo dé un paso, lo haga desde una autonomía intelectual que ni un analfabeto o un semi alfabetizado, ni alguien no informado puede tener. La autonomía intelectual es la primera condición; no estoy diciendo que se esté ejerciendo, sino que se tiene que ejercer y para esto han llegado ustedes a los niveles que tienen, para eso han llegado millones de jóvenes a tal nivel de instrucción. Esa es la política cultural de la Revolución.

La política cultural de la Revolución está presente en el haber eliminado la discriminación racial; la política cultural de la Revolución está –aunque ha llegado bien tarde– en luchar contra la homofobia; la política cultural de la Revolución es abrir un poco –como está pasando ahora–, la información. Todavía tenemos prensa «de palo», pero ya se ven algunos resquicios, empieza a sentirse mayor complejidad en nuestra prensa, se pueden leer ya ciertos artículos. Creo que necesitamos una información más diversa, y como he dicho hace un momento que se acabaron las fronteras, me parece una tontería tener lenguaje de palo. Hay que fomentar, ¿cómo se llama eso que dicen ustedes?, ¡el debatazo! Ojalá que los cuadros futuros del MINREX aprendan a polemizar.

Como teníamos al gran comunicador –hoy sigue siéndolo a través de las Reflexiones–, que se encargaba de golpear por aquí, de golpear por allá, de enfrentarse a este y de enfrentarse al otro, resulta que hemos renunciado a la polémica, a polemizar con el enemigo y a polemizar con los enmascarados. Y quiero decirles que ya existe una capa, no muy extendida pero peligrosa, de pre-post-castristas, que se están preparando para el post, y ya son pre, les asoma la oreja. Polemicen entonces bastante para que se entrenen porque les advierto, entre ustedes, basta con el nivel que tienen para polemizar, pero para polemizar afuera hay que prepararse mucho más hondamente. Ustedes tienen que trabajar en su casa, a cualquier hora, para cultivarse.

No es posible ignorar a la Iglesia, que da lecciones magistrales, una de ellas son los retiros espirituales. Quizás durante el servicio exterior no sea fácil, pero mientras estén en el MINREX será más factible y muy necesario. Cada quien tiene que hacer retiros espirituales, en su casa, en el muro del Malecón, en cualquier lugar, pero es vital quedarse solo, reflexionar, introspeccionarse, preguntarse quién es uno, quién es el vecino, qué está haciendo, qué está haciendo la sociedad, pensar, pensar, pensar.

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

¿Qué podemos entender por «Con la Revolución todo, contra la Revolución nada»?

Alfredo Guevara:

Eso ya lo respondí. Fue la frase separada de su contexto, pero válida, que resumía los debates que se produjeron en las reuniones de intelectuales.

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

La última de estas preguntas, antes de pasar a las nuevas que hayan surgido es: ¿cuánto hay de censura y de autocensura en nuestro cine? Y de ella se desglosa: ¿cuándo es justificable la censura?

Alfredo Guevara:

Solo responderé lo último porque ya dije que hoy día, con el uso de las nuevas tecnologías, estamos ante un caos, todavía embrionario. Y también en embrión está cualquier política que se pueda desarrollar, debido al mismo caos, positivo y negativo, con ambas potencialidades, como todo lo que comienza en la vida.

No creo necesaria la censura más allá de los límites de la defensa, y de paso estoy respondiendo aquello de «con la Revolución o contra la Revolución». Nosotros, los revolucionarios, si lo somos, tenemos el derecho y la obligación de darle una patada por donde corresponda a todo lo que pueda dañar a la Revolución de un modo directo y claro, eso sería una censura.

Yo he sido un terrible censor involuntario, y voluntario alguna vez, porque todo el que sea decididor en una escala o en otra es un censor, pues escoge entre «esto» y «aquello». Cuando yo dirigí el ICAIC, las dos veces que lo he hecho, fui un decididor/censor porque si tenía dos millones de dólares para hacer tres películas, me habían presentado cinco guiones y dejé dos afuera, fui un censor. Nosotros, según el enemigo, somos censores; sin embargo, los que quieren hacer una película en Hollywood, en París o en Tokio, en cuanto proponen un guion, ¿se lo aceptan? No es así. Entonces, existe la libertad de presentarlo –aquí también ocurre así–, y también yo, como decididor, tengo la libertad de rechazarlo, con la diferencia de que allí son los bancos los que rechazan, porque ningún productor se gasta un centavo. Y explicaré cómo funciona.

El productor pone cinco millones de dólares para una película que va a costar veinte millones. De esos cinco millones, con un millón contrata a Barbra Streissand, y con otro a Robert Redford. A partir de ahí va a un banco y pide un préstamo de cinco millones. Como la película va a ser taquillera, el banco dice que dará tres millones, el productor va a otro financista y así reúne todo el dinero, y cuando ya lo tiene todo retira sus cinco millones iniciales. Entonces, son los grandes bancos los que deciden, y esa es la «libertad» de hacer cine.

Lo que nos pasa es que no entendemos. No sabemos cómo funciona porque no hemos nacido –yo sí–, en ese mundo. Yo he sido dirigente de una gran empresa capitalista, progresista, de cine, y he hecho esto mismo que estoy diciendo. Es decir, he organizado el proceso para al final defender la plata propia y, a lo mejor, después darle una parte a los bancos. Si es muy taquillera la película ellos recuperan el dinero, pero si hay pérdidas, allá ellos.

Este juego hace que, en la ignorancia nuestra, cuando dicen que aquí hay censura y «allá» hay libertad, no son pocos los que se lo creen. ¿Por qué? Porque nosotros no salimos a responderles. Lo más probable es que ninguno de ustedes haya leído un libro mío, pero, puesto que he sido un protagonista presente siempre –unas veces como simple testigo, otras como protagonista en primer plano, en segundo, en tercero, desde un rincón, pero he estado siempre, y casi siempre muy cerca de Fidel–, una de las decisiones de dejar el ICAIC, para empezar a escribir y publicar, seleccionar lo que he publicado, ha sido guiada por el deseo de no dejarle el terreno libre al enemigo, en este campo de la información.

Podrán no haberme leído, pero si un día tiene uno de ustedes que escribir o estudiar un problema de este período, porque se discute de la Revolución fuera de Cuba, si quieren encontrar información irrefutable, tendrán que acudir a los protagonistas y a la documentación, no la que está escrita hoy sino a la hecha durante el mismo instante de los hechos.

Yo digo que de los ejemplares de mis libros, una parte significativa de la que se queda en España, la compran los contrarrevolucionarios, en ellos tengo un público asegurado. No vayan a creer que son muy baratos, Tiempo de fundación costaba 41 euros y se agotó, pero claro, tienen que saber qué está diciendo «este». Y, no se lo digo a mis editores, pero sé que un revolucionario que anda de viaje y ve en una librería un libro mío, pero tiene una dieta de 25 CUC que se convierten en nada, no compra mi libro por nada del mundo, sin embargo un contrarrevolucionario lo compra para estar enterado.

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

Propongo ahora ver qué inquietudes y preguntas tienen.

Alfredo Guevara:

Estoy seguro de que estoy entre personas amistosas, pero la pregunta que yo más aprecio es la que más me ataque.

Jayro:

Buenas tardes, Alfredo. Mi nombre es Jayro, soy estudiante del ISRI y le agradezco a nombre mío y de mis compañeros por estar aquí con nosotros.

Hace más de un mes, en un encuentro similar a este, en el Pabellón Cuba, usted dijo una idea que ha retomado hoy: que la batalla de ideas ha sido desmedulada por los medios de comunicación –me imagino que se refería a la prensa de palo–, que hay mucha ignorancia. Y enunció otra idea que yo quisiera que profundizara, pues me quedé con esa inquietud, con las ganas de preguntarle qué haría usted si tuviera esa responsabilidad. Usted dijo específicamente: «He recomendado a la capa política y no política –de Cuba, ¿no?– hacer como la Iglesia, retiro espiritual, para repensar todo.

Si usted tuviera que hacer ese retiro ahora mismo y repensar toda la Revolución, ¿por dónde comenzaría a repensar y a redefinir?

Alfredo Guevara:

Empezaría por redefinir los medios de comunicación…

Jayro:

Usted dijo en dos momentos diferentes, primero refiriéndose a los medios de comunicación, que han desmedulado la batalla de ideas…

Alfredo Guevara:

¿Y ahora dices la Revolución completa?

Jayro:

Sí, lo que usted le recomendaría a la capa política…

¿Por dónde empezaría usted a repensar todo? La Revolución, me imagino, el país…

Alfredo Guevara:

Voy a empezar por la segunda pregunta. Yo comenzaría, que es donde estoy, apoyando lo más que puedo a Raúl; pero no vayas a pensar que voy por ahí agitando una banderita. Creo que hay una ignorancia total, y ahí la redefinición sería en los medios de comunicación, sobre lo fundamental que está pasando en Cuba. Y lo fundamental que está pasando en Cuba hoy es que comienza, para que podamos sostenernos, una segunda revolución en la agricultura. No se trata de aplicar el sistema de los soviéticos, el de los húngaros, los yugoslavos, lo que aplican hoy Vietnam o China. Debe atenerse a nuestra realidad real, tras entenderla. Y nuestra realidad real es que no tenemos cómo alimentar, adecuadamente a toda nuestra población. Por ahí empieza el problema.

Participé con el Che, con Vilma y con Núñez Jiménez, siempre bajo la dirección de Fidel –dirección a veces insoportable porque él nos deshacía todo el trabajo que habíamos hecho en el día–, en la redacción de la primera Reforma Agraria. Esa primera Reforma Agraria se vio condicionada por ciertas circunstancias. Fue una gran reforma agraria, como no se había dado una en América Latina, pero, al mismo tiempo, tenía que ser como era la época. Entonces todavía estábamos obligados a vivir del azúcar y no pudimos liquidarlos, pues era necesario mantener el nivel de producción como lo desarrollaban los grandes latifundios (por ejemplo, la United Fruits y otras grandes empresas). Cuando todo eso desapareció, además de otras razones, se quedó una parte del territorio cubano cultivable ocioso.

La dirección ejecutiva actual del Estado cubano ha dado el primer paso, el que había que dar, aunque aún le falta por dar algunos. Quisiera que ya se hubieran dado todos. En particular los habaneros, no sabemos que está en proceso toda una nueva y radical reforma agraria, que se están repartiendo las tierras y se está trabajando en función del retorno a la tierra de modo tal que Cuba pueda liberarse, si no en la totalidad, de las importaciones, en un momento en el que los productos alimenticios han subido enormemente de precio en el mercado mundial –lo cual la convierte en una medida muy importante–. Pero no solo por eso se busca el retorno a la tierra: hay que rectificar caminos y esta reforma agraria era un imperativo, otra oportunidad en la cual Raúl ya tenía experiencia porque, cuando fue necesario, se organizó la economía de tal modo en las Fuerzas Armadas, que pudiera ser autosuficiente. Y no solo fue autosuficiente, permitió repartir parte de la mayor producción agropecuaria a la población a través del mercado.

Esa experiencia ha permitido iniciar esta reforma agraria al aplicar las técnicas y las concepciones de las Fuerzas Armadas en producir para autoabastecerse. En ningún periódico, en ninguna parte, le han llamado reforma agraria, poco me importa, pero yo que la conozco bien les aseguro y estoy convencido de que lo es porque antes de que se echara a andar al proyecto tuve la oportunidad de ver, no las 220 fincas experimentales en que estaba trabajando Raúl con el pensamiento puesto en este camino, pero sí algunas de ellas. Aún hay que hacer cosas, como es natural, pero ya está pasando algo muy importante y, tal vez me equivoque, nada se detiene. No digo que no salga en los periódicos, pero es algo tan lejano para el habanero…

Le pedí a Raúl que me dejara llevar un grupo de intelectuales jóvenes a ver las fincas, no las que se están entregando a los campesinos, que esas veremos qué resultados tienen, sino a algunas de esas 220 experimentales –cuando él me las mostró eran 220, pero puede ser que haya llegado mucho más lejos antes de pasar a este proceso globalizador– para que vieran lo que se estaba haciendo. La proposición que se les hace a los campesinos es tener una producción múltiple en la finca, pues mientras más producen, y mientras más calidad logren, mejor pueden vender. Una parte deben venderla para abastecer los mercados y de la otra pueden disponer como quieran. Muchos de estos cambios yo no siento que hayan sido difundidas como es debido.

Creo que vendrán otras medidas, pues por suerte ya las condiciones van haciendo más fácil que se echen a andar. No puedo hablar nada más que así. Hay un periodista extranjero que me dice que yo soy críptico, pero no puedo ser más abierto sobre los planes de la dirección, planes que algunos no se hacen públicos, no por voluntad de ocultamiento sino por necesidad interior para hacerlos posibles.

Tú me preguntas: ¿qué haría usted? Yo haría lo mismo, y tengo ochenta y cuatro años, hace unos días los cumplí. Siempre he sido un optimista profesional, pero ahora lo soy más. Creo que las condiciones se están dando para que nosotros podamos hacer más, aun cuando las condiciones sean peores. La vida es tan compleja, ya lo he dicho referido a otras cosas, que en ella se mezclan lo mejor y lo peor.

En América Latina, a pesar de la derrota que ya veremos y que ha tenido sus consecuencias en Chile, la izquierda está avanzando. Puede sufrir otras derrotas todavía, pero la izquierda está avanzando, ya es un movimiento incontenible que se romperá por un lado, pero estallará positivamente por otro. En esas circunstancias, que debían ser de optimismo máximo, Cuba tiene una situación terrible desde el punto de vista económico y desde el punto de vista del cerco, el económico y el mediático.

Esto se inscribe, además, en la situación internacional de derrumbe del capital financiero, que ha afectado a todo el sistema económico ya globalizado. Al mismo tiempo, en medio de todo eso, se rompieron las fronteras y también se abrió la posibilidad de trasmitir ideas. Tenemos la posibilidad de trasmitir ideas, pero no sabemos cómo hacerlo. No solo porque no tengamos polemistas públicos, sino porque cuando han surgido sitios web por aquí y por allá, con un nombre o con otro, resulta que nosotros no hemos sido capaces, tanto ustedes los jóvenes como nosotros los viejucos, de abrir 300 sitios web para trasmitir nuestras ideas. Quiero subrayarlo, nuestras ideas, no la ideología. La ideología es el estalinismo y está matando el diálogo de nuestra generación con los jóvenes.

Digo esto porque yo soy marxista y soy leninista, no marxista-leninista. El marxismo-leninismo lo inventó Stalin como un recurso para mezclar la pasión nacional, la fascinación y la admiración a las grandes figuras que fueron Lenin y Marx, de manera que los deformó a ambos para trasmitir su propia concepción de la Revolución Soviética y mundial. Esto hay que estudiarlo y no se estudia.

No me propongo transmitir esta idea porque piense que debemos hablar más de esto que de la reforma agraria, ya estoy harto de que si Stalin, que si Trotski… Hablemos de nuestros problemas, pero justamente el problema es que el estalinismo nos pasó por arriba, y es un problema complejísimo, que menciono aquí solo por el carácter de tu pregunta, pues ya lo estoy discutiendo en otros ámbitos.

La Internacional era un partido comunista internacional, supranacional, era para los partidos comunistas como el Vaticano para la Iglesia. Esto es lo que estoy estudiando ahora, la influencia de la Internacional en los partidos comunistas de América Latina, especialmente el mexicano. Porque el Partido Comunista mexicano era el centro de la III Internacional en América Latina –los otros centros de la Internacional estaban en Buenos Aires y en Chicago, porque era toda América–. La Internacional, que había sido eurocéntrica, además del crecimiento en otras regiones, comprendió que tenía que extender su concepción y apoyarse en los partidos comunistas de otras regiones.

Cuba estaba bajo la dirección de la Internacional de México, pero en el fondo la línea era global –insisto en que este no puede ser el gran tema nuestro–. Siendo la Internacional supranacional, estuvo dando consignas, orientando líneas de trabajo que no se insertaban en los problemas locales propiamente de las regiones, los distintos países, y entró en contradicción con la realidad. Esto explica la separación de Mella.

Julio Antonio Mella, en una vida cortísima, crea el partido comunista, crea la FEU, crea la Universidad Popular, crea la Liga Antiimperialista de las Américas, participa en el Movimiento Anticolonialista Mundial. Es un orgullo para nosotros que haya tenido esas posiciones, y que un día, violando la línea que trazaban el partido comunista mexicano y la Internacional, prepare una invasión a Cuba y tumbar a Machado, tal como Fidel hizo años después contra Batista.

Mella fue leal a los partidos en que militó, fue leal, espiritualmente, a la idea marxista global de la Internacional y, al mismo tiempo, fue indisciplinado y la rompió cuando le pareció que tenía que hacerlo. Eso mismo hizo –y aquí entra el papel del intelectual que vale la pena: el intelectual militante– Rubén Martínez Villena, quien cuando alguien cuyo nombre no daré, en cumplimiento de la ley de la Internacional, inicia los soviets en Cuba, se opone, siendo él el líder del Partido Comunista en ese momento. Nosotros tenemos la gloria de tener unidas la lealtad, el movimiento comunista internacional y la capacidad para discernir cuándo la consigna era un disparate.

La última carta que firma Lenin, o sea, el último momento de su vida intelectual, es en el año 23, creo que en marzo –estoy hablando de memoria, que no es bueno, pues puedo tener un fallo–. En esos momentos Mella estaba en combate lejos. Así pasó con Gramsci, con Rosa Luxemburgo, quienes, entraron en discusiones teóricas, pero no comprendieron que la Unión Soviética había sido liquidada.

Después de muerto Lenin se formó una troika –en medio de una lucha política– y Stalin fue eliminándolos, hasta la totalidad. La Internacional terminó por ser un instrumento de Stalin, pero un instrumento positivo-negativo. Según pasaron los años –sitúense en la época– es derrotada la revolución alemana, llega Hitler al poder y se va desarrollando el nazismo. En los años 40, muy joven yo, se forma el Frente Antifascista en Cuba, que yo integré, y se forman en todo el mundo los Frentes Antifascistas. Claro, había que simpatizar con la Unión Soviética; si eras marxista simpatizabas dos veces, y si no eras marxista, de todas maneras era la gran potencia que podía vencer al nazismo, y que lo podía vencer desde las posiciones cercanas a uno. Recuerdo que en esos años todos en Occidente eran simpatizantes de la Unión Soviética, y no hablo de los cubanos solamente.

Yo fui un dirigente de la FEU y un dirigente de la Unión Internacional de Estudiantes. Fui el vicepresidente de la Unión Internacional de Estudiantes que se ocupó de América Latina en esa época, la época final de Stalin. Por determinadas razones, entre ellas que los vicepresidentes a quienes correspondía no podían hacer el trabajo porque sus visados no lo permitían, me ocupé de la Unión de Estudiantes de Francia y de la Unión de Estudiantes de Italia. Como parte de una de esas delegaciones, estuve en la Unión Soviética bajo Stalin, y no se me ocurrió pensar si Stalin era bueno o malo. Para mí era buenísimo, por una razón muy sencilla, estamos hablando del año 1950, cinco años antes la URSS había sido destruida, entonces, la URSS se estaba reconstruyendo, la URSS salió de la nada y se volvió a convertir en una potencia.

Stalin, que entre todos los errores que cometió y que se supieron después, declaraba idealista cualquier cosa y consideraba todo a partir de una concepción del marxismo-leninismo que deformaba y que utilizaba sacándola de contexto. Stalin había considerado la cibernética un pensamiento idealista, y eso explica, como metáfora, el retraso de la ciencia soviética en esta área, en relación con Estados Unidos. Cuando por sus espías, o lo que fueran, se dio cuenta de que estaba avanzando la investigación sobre la bomba atómica, creó una ciudad microclima, en la cual todo el pensamiento era libre, y solo así logró volver a desarrollar la ciencia en este campo, en el que tenía carácter estratégico.

Volvamos ahora a la literatura y a las artes. Hasta el congreso de 1934, ya desaparecido Lenin, en el que se proclamó el realismo socialista, toda la vanguardia intelectual, artística, literaria, se había refugiado en la Unión Soviética o era soviética. Realmente, allí se dieron los grandes pintores: Malevich, Kandinski, Chagall, los grandes teatristas. Todavía se estudia a Stanislavski, a Meyerhold. En el Actor’s Studio, la gran escuela de actuación de Nueva York, que dirige Lee Stravsberg, y donde se formaron Marlon Brando, Elizabeth Taylor, Montgomery Clifft, Robert Redford, Barbra Streissand, comenzaron muchos a destacarse y estudiaron para ser también verdaderos artistas. De allí ha salido todo… ¿y cuál es el sistema? Es el sistema de Stanislavski, el mismo sistema con que Raquel Revuelta, Vicente Revuelta, y yo mismo, fundamos el Teatro Estudio, con el mismo nombre que el Actor’s Studio de Nueva York, a partir del método Stanislavski.

La aplicación del realismo socialista provocó que los que no salieron de la Unión Soviética –algunos por pasión patriótica se quedaron– no pudieron seguir pintando como pintaban, no pudieron seguir escribiendo como escribían. Hay que estudiar todo el movimiento formalista para entender de qué se trata.

El formalismo –hago resúmenes aquí que son destructores, pero como esto es una conversación, no una conferencia formal, puedo improvisar– tiene en su estructura interna un atisbo de la cibernética. No es que ellos hayan conocido las ideas de Wiener sobre la construcción de un cerebro, que es lo que después está en la base del desarrollo de la cibernética, desde el inicio; pero por distintos caminos se llegan a las mismas ideas. Los gramáticos rusos llegaron a estudiar la poesía mediante la aplicación de métodos diversos, incluidos los matemáticos. ¿Qué es la matemática? La abstracción más grande que puede haber, es el pensamiento abstracto por completo. Los estudiantes de Física, los investigadores de Física, van a un átomo que es sub, sub, sub, y llega un momento en que solo matemáticamente pueden calcular que hay otro nivel del átomo, ese en que ya llegamos a la conclusión de qué cosa es la materia, porque en ese punto a que se ha llegado hay más energía que materia, y tal vez se puede llegar a un punto en que nada más haya energía.

Pero estos estudiantes de la forma gramatical, y por tanto del formalismo, en realidad estaban tocando la idea estructural; el estructuralismo viene de ahí. Muchos de ellos partieron de la Unión Soviética, se fueron a Praga, donde reconstruyeron el Círculo. Más tarde pasaron algunos a París y otros a Estados Unidos, finalmente a Estados Unidos la mayor parte. A partir de ahí surge el movimiento estructuralista.

Tanto Stalin como Trotski lo sospecharon. Eran hombres cultos, inteligentes, y sospecharon que el estructuralismo explicaba la historia de manera distinta que el materialismo histórico que lo conocían 40, 40 000 o 400 000 personas; pero Rusia era enorme y analfabeta y podía crearse una confusión intelectual tremenda. Combatieron, tal vez con razón, pero combatieron, y ahí yo encuentro que quien llevó la lucha más fuertemente fue Trotski. A veces pienso que si Trotski hubiera tenido el poder habría sido lo mismo que Stalin, porque cuando se publican cosas sobre el trotskismo, cuando se lee y se siente el enigma de que nunca hablamos de Trotski, todo queda oscuro. Pero quiero decirles que el combate más fuerte contra el futurismo, contra el formalismo ruso que está en la base de la gran complejidad del combate interno en la vida cultural y espiritual rusa, lo libró Trotski –esto está recogido en los libros, no es nada oculto–. Por eso yo, cuando combato a Stalin, no me vuelvo trotskista. Stalin estaba en el poder y Trotski se fue y más tarde lo asesinaron, pero quién sabe qué hubiera pasado si hubiera llegado al poder porque en sus textos está el desbarajuste del movimiento de la vanguardia rusa intelectual y la dispersión de esta. Su responsabilidad es innegable.

Yo tuve –se darán cuenta de que soy un viejuco tremendo– la oportunidad de conocer a Shklovski, que fue la cabeza del movimiento formalista ruso y el teórico más importante, pero como Trotski lo golpeó tan fuerte, se fue. Lo conocí por una razón muy sencilla: Trotski lo había atacado, así que Stalin le permitió volver y el viejo siguió trabajando, con prudencia, pero siguió, y así tuve yo la oportunidad de llegar a conocerlo y admirarlo profundamente.

¿Qué pasó con la vanguardia que se había reunido en la Unión Soviética? Los que quedaron del Bauhaus, que había sido el gran movimiento del arte moderno en Alemania, se refugian en la Unión Soviética. Cuando tienen que salir de la URSS, van a distintos países de Europa y terminan en Chicago, donde reconstruyen el Bauhaus; pero no lo logran del todo y lo reconstruyen en Nueva York. ¿Saben en qué ha terminado esto? Los grandes reyes del diseño son los estadounidenses, y ello gracias al diseño de la vanguardia comunista alemana y de la vanguardia comunista rusa.

Sé que dejo parte de tu pregunta sin respuesta; pero tiene que pasar porque parte de la respuesta la va a dar la realidad.

(Alguien habla del público, pero no se oye).

Alfredo Guevara:

Yo creo que todos los quinquenios de todas las revoluciones son multicolores. Creo que en toda sociedad, en la mejor de las sociedades, pasan cosas diversas.

A un grupo de intelectuales le pasaron cosas muy injustas en la época, y por eso me sumé absolutamente al enfrentamiento que se hizo contra el ICRT de volver a traer algunos «incalificables» –esa es la mejor frase–, pero, al mismo tiempo, no estoy de acuerdo con la idea de decir que ese quinquenio es un quinquenio gris porque cometimos, o cometió la Revolución, serios errores a partir de los funcionarios que tenía en posición de puestos de mando.

Las cosas que pasaron en ese llamado Quinquenio Gris afectaron a un grupo de intelectuales que no merecían ese tratamiento, la homofobia ante todo. No pasó nada ni en el Ballet Nacional de Cuba, ni en la Casa de las Américas, ni en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, donde hubo dirigentes, dos eran mujeres: Alicia Alonso y Yeyé Santamaría, que no puedo usar la palabra que usamos todos los cubanos para referirse a algo que hay que tener y que ellas tuvieron también. Nosotros no permitimos que entrara la «Inquisición» en los organismos que dirigíamos, pero piensen ustedes quiénes eran. Yeyé era una heroína del Moncada; Alicia Alonso, una figura mundial tremenda, una de las más grandes bailarinas del mundo; y yo, que tenía mi historia, que me protegía, junto al hecho de estar al lado de Fidel y de Raúl, y me protegía yo mismo.

Entonces, está visto que el que tenía la voluntad y la fuerza de resistir, resistió. Pero fue una época condenable.

Tú dijiste algo, que no quiero dejar de contestar, sobre la batalla de ideas. La batalla de ideas ha sido destruida, en gran medida, por el ICRT. Lo sigo afirmando y sigo luchando contra eso, pues el ICRT sigue embruteciendo a la población. Por una parte tratamos de elevar los niveles, y por otra parte embrutecemos a la gente con bobadas, con lenguaje inventado, destruimos la gramática, destruyen incluso el lenguaje cubano popular.

¿Cómo rectificar eso con conciencia? Tiene la dirección de nuestra Revolución, en sus distintos niveles, que comprender la necesidad de fomentar una vida espiritual y político-cultural de otro nivel de refinamiento. Creo que cuando ya la población de Cuba está educada, no puede seguírsele dando lo que se llama «el gusto», y es que el gusto se forma.

He hecho una proposición que no es destruir la concepción actual, pero hacen falta recursos. Tener otro canal altamente refinado –por refinamiento no estoy hablando de amaneramiento–. Por ejemplo, en Estados Unidos hay un canal que nada más trasmite arte. En casa de Alicia Alonso tienen ese canal no sé cómo y, a veces, en casa de ella veo horas y horas la televisión, pues pasa un programa y pasa el otro. Probemos entonces a ver si existe un público para eso. Me pregunto por qué tengo que encender la televisión y empezar a escuchar disparates, a hablar mal y a educar mal a mis nietos y a los nietos de todo el mundo, a los hijos de los más jóvenes, por qué tengo que aceptar eso y no tener opciones.

 

(Hablan desde el público, no se entiende).

Alfredo Guevara:

No sé cómo va a ser el evento, por tanto, no puedo juzgar algo que no ha ocurrido, yo solo digo mi idea global. Creo que todo lo que se haga con la comunidad en el exterior no se puede analizar solo como deseos, se inserta en problemas políticos muy complejos y, concretamente, en que las relaciones bilaterales con Estados Unidos sean más logradas o menos logradas. Lo que sí no podemos es ignorar el cambio cualitativo de la presencia cubana en Miami, porque el problema no está planteado ni en Noruega, ni en Italia, ni siquiera en España. Yo he visto una manifestación de la contra frente al consulado y eran cuatro chusmones y chusmonas, cuatro gatos. Y a esos mismos los he visto en Lavapiés, un barrio popular de Madrid, en refajo y chancletas en medio de la calle. Eso no vale la pena tomarlo en cuenta, pero a Miami sí hay que tomarla en cuenta. Miami es una comunidad dominada por esos viejos, tan viejos como nosotros. Nuestra generación se va muriendo, vamos quedando cada vez menos, pero por suerte también se están muriendo ellos, o sea, todos esos viejos que salieron de aquí cargados de odio están desapareciendo.

Omara Portuondo contaba que hace unos días estuvo allá en Miami pero no para actuar, y todos le pedían que actuara. Los jóvenes ya lo que hacen es reírse de esos viejos, decirles pesadeces también, reírse de las pesadeces que le dicen a ellos, porque hace muy poco hubo otro incidente al que no me voy a referir en detalle ahora. Vinieron los cuatro viejos a gritar qué sé yo y los jóvenes, masivamente, les gritaban a los viejos y les contestaban con carcajadas –una carcajada es lo más destructor–, se reían de ellos.

Siempre he pensado que tiene que haber un encuentro entre generaciones. Los viejos de mi generación no valen la pena –yo valgo la pena, pero ellos no– (risas). Siempre estoy rodeado de jóvenes y ellos viven entre ellos mirándose estrujeces.

Entonces, la respuesta, para mí, es que hay que lograr una comunicación más profunda, pero el cómo, el cuándo, con qué métodos, eso tiene que ser una decisión tomada en la «cúpula» y que tomen en cuenta todos los factores, entre ellos, las relaciones con Estados Unidos. Lo que sí creo es que estamos avanzando a más no poder y espero que esto sea muy exitoso.

Te puedo decir una cosa de Miami que habrá que rectificar, aunque no lo he discutido en los niveles en que debía. Está pasando algo con la crisis financiera que tenemos que analizar: los canales de televisión en general, y los canales de televisión que nos atacan y donde están los programas más ácidos contra Cuba, no tienen anunciantes, pero uno de ellos, ¿ustedes saben de qué está viviendo? De los anuncios a los aerotransportadores que vuelan de Miami a La Habana. Se benefician de nosotros, se han hecho millonarios y pasan por amigos nuestros. Tengo noticias de que eso va a ser denunciado, pero es un hecho real.

 Digamos, por ejemplo, mi vieja amiga María Elvira, convertida en una contrarrevolucionaria absurda. María Elvira no tiene anuncios, si le quitamos nosotros eso, se acabó María Elvira, y no lo hacemos. En fin, se va a discutir ahora allí. Todas las noticias que me llegan dicen que ya el odio no es lo que predomina sino la indiferencia o las ganas de arreglarse simplemente para poder visitar, como tú has dicho, a la familia y a los amigos también. Yo quisiera ver a muchos amigos que vendrían; les resultaría fácil, pero como no son familia no pueden hacerlo.

Cada vez se aligera más esta prohibición. Al Festival anterior vinieron 60 norteamericanos escondidos por aquí y por allá; este año vinieron 160 abiertamente, retando las multas –porque las multas no han cesado–. No han cesado las multas, pero Obama no está obseso con ellos, y yo estoy seguro de que en el Festival 32, el de este año, multiplicaremos la presencia de los norteamericanos.

Eso es muy importante. El Festival es dirigido por la Casa del Festival que tiene actividad todo el año, y nosotros trabajamos con los chicanos y los puertorriqueños, una comunidad importante en Estados Unidos, con su propio cine y sus propios artistas. Algunos han llegado a Hollywood, pero yo recuerdo que Jennifer López, por ejemplo, en la primera película que actuó, hacía el papel de una mexicana que atravesaba el río nadando. Fíjate qué cosa más curiosa esa, una película progresista. Si alguno de ellos se expresa hoy día, lo destruyen porque están en manos de los medios de comunicación, que son una mafia mundial.

Alguien del público:

¿Cómo se imagina el socialismo?

Alfredo Guevara:

Mejor que el que tenemos, el socialismo no funciona de esta manera, pero siempre es socialismo, y tenemos que construirlo de verdad mejor. Creo que nosotros hemos logrado una sociedad más justa, más transparente, más limpia, pero todavía no hemos logrado lo que quisiéramos. Tenemos derecho a proclamarnos socialistas porque hemos avanzado muchísimo, ese énfasis que he puesto en el millón de universitarios, ese es el tesoro más grande que tiene cualquier país, y nosotros no tenemos los recursos para despegar basados en esa fuerza tremenda; pero sería suficiente una inversión adecuada, un año solo para arrancar, y Cuba se pondría a la cabeza del mundo en vías de desarrollo.

¿Por qué? Porque, proporcionalmente, imagina lo que significa un millón en relación con once millones y algo. Francia no tiene esa proporción aunque, en conjunto, es la población más instruida, por otras razones. Yo tengo una colección de cuadros, tal vez una de las mejores colecciones de pintura cubana en manos privadas. Mis nietos, que ni son aficionados a la pintura ni un demonio, son cultos. Ahora mi nieta tiene diecinueve años, pero cuando tenía siete la oí explicándole –sin saber que la estaba oyendo–, a sus compañeritas de la escuela, de qué pintores eran los cuadros, les decía los nombres, no los estilos, pero sí los nombres.

Se educan según los ambientes si se logra un nivel de vida, no el que tenemos. En el solar de al doblar de mi casa, esos niños ya es mucho que vayan a la escuela obligatoriamente y vayan adquiriendo los grados; pero en sus casas no hay cuadros. No es que no haya gusto, que además no lo hay, no es que no haya ganas, que no las hay, es que además, aunque tuvieran gusto y ganas, no tienen un espacio para poner un cuadro. ¿Cómo pedirles más? Tenemos entonces que apostar y trabajar para superar esas condiciones.

Fidel mandó a estudiar y se estudió y no sé qué se hizo con eso, porque los hijos de los profesionales avanzaban y los otros se quedaban atrás. Pues por eso mismo, por el ambiente de la casa, el nivel de vida. Si en tu casa no hay cisnes puestos en la sala no es lo mismo que el que tiene un cisne y cree tener arte. Esa es la diferencia entre un país altamente desarrollado que ha vivido de otros países durante siglos, explotando imperialmente, pero que de todas maneras, como decía Nicolás Guillén, cuando impongamos el socialismo en el mundo hay que dejar a París tal y como es, con toda la corrupción que tiene, para que se pueda recordar lo malo que es el capitalismo. (Aplausos).

Encuentro de Alfredo Guevara con estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), el 26 de febrero de 2010.

 

Referencias

Ana Teresita González es viceministra del MINREX.

Felipe Pérez Roque era el ministro de Relaciones Exteriores en el momento en que a Alfredo Guevara le ofrecen el secretariado de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado.

MININT son las siglas de Ministerio del Interior.

MINREX son las siglas del Ministerio de Relaciones Exteriores.

El Che, Vilma Espín y Antonio Núñez Jiménez, junto a Alfredo Guevara redactaron el texto de la primera Ley de Reforma Agraria.

El último documento que firma Lenin aparece recogida en La última lucha de Lenin 1922-1923 (Discursos y escritos) (Pathfinder, Nueva York, 2000). Aparece fechado en enero de 1923.

María Elvira es una periodista de televisión, vive en Miami.

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