Julio Antonio Mella: De la reforma universitaria a la revolución social (textos seleccionados)

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En el aniversario de la fundación (20/12/1922) de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana (hoy Federación de Estudiantes Universitarios).

 Por Julio Antonio Mella

Manifiesto de la Federación Estudiantil Universitaria

 Los estudiantes de la Universidad de La Habana, por medio de su órgano oficial, el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana, a las autoridades y al pueblo de Cuba exponen: Que profundamente convencidos de que las universidades son siempre uno de los más firmes exponentes de la civilización, cultura y patriotismo de los pueblos, están dispuestos a obtener:

1. Una reforma radical de nuestra Universidad, de acuerdo con las normas que regulan estas instituciones en los principales países del mundo civilizado, puesto que nuestra patria no puede sufrir, sin menoscabo de su dignidad y su decoro, el mantenimiento de sistemas y doctrinas antiquísimas, que impiden su desenvolvimiento progresivo.

2. La regulación efectiva de los ingresos de la Universidad, que son muy exiguos en relación con las funciones que ella debe realizar, como centro de preparación intelectual y cívica. Y esta petición está justificada, cuando se contempla el deplorable estado de nuestros locales de enseñanza, la carencia del material necesario y el hecho de ser la cantidad consignada para cubrir las necesidades, la mitad de la señalada para instituciones iguales, en países de capacidad y riqueza equivalentes a la nuestra.

3. El establecimiento de un adecuado sistema administrativo para obtener la mayor eficacia en todos los servicios universitarios.

4. La personalidad jurídica de la Universidad y su autonomía en asuntos económicos y docentes.

5. La reglamentación efectiva de las responsabilidades en que incurran los profesores que falten al deber sagrado, por su naturaleza, que les está encomendado por la nación.

6. La resolución rápida y justa del incidente ocurrido en la Escuela de Medicina.

7. Y, por último, hace constar que están dispuestos a actuar, firme y prudentemente, y como medio para obtener la solución de los actuales problemas y de los que en el futuro pudieran ocurrir, solicitar la consagración definitiva de nuestra representación ante el claustro y del principio de que la Universidad es el conjunto de profesores y alumnos.

[10 de enero de 1923]

 La reforma

[Fragmento]

 El movimiento reformista iniciado hace unos días es ya una victoria casi completa de la clase estudiantil, nadie ni nada nos pudo hacer resistencia, el Derecho y la Justicia estaban con nosotros, por eso la opinión pública, unánime nos prestó su apoyo en todos los momentos.

Los estudiantes tenemos un sentimiento, mezcla extraña de orgullo y tristeza, orgullo por el triunfo que nos produce el engrandecimiento y regeneración de la Universidad, tristeza por haber tenido que venir esta regeneración y engrandeci¬miento de la Universidad a causa de la imposición de la Federación de Estudiantes.

Hubiésemos deseado que las reformas viniesen por mutuo acuerdo, que nuestros derechos se otorgasen espontáneamente. No pudo ser después de todo, 1a fuerza es aliada del Derecho, bendigamos el acto rebelde de la toma de la Universidad, que demostró a todos, cuán grande es la actual organización de los estudiantes, cuán poderosa es nuestra Federación, cuán altos son nuestros ideales. […].

[Enero de 1923]

Función social de la universidad

Ya el profesorado universitario ha sido depurado, aunque según dijo un eminente médico en la última sesión del claus¬tro, hay que recordar la frase que se pone a las entradas de los manicomios: «No son todos los que están, ni están todos los qué son». Pero en fin, algo se ha conseguido, la obra no podría ser perfecta y radical. La Asamblea Universitaria estará organizada y funcionando dentro del presente mes, el elemento sano, joven vigoroso y liberal, el elemento estudiantil, tomará parte en el gobierno inyectando nueva savia al viejo árbol ya caduco, de la Real y Pontificia Universidad.

 El Directorio de la Federación ha comprendido que aún queda algo grandioso por hacer, y que está en la mente de todos, esto es, la verdadera función de una universidad en la sociedad; no debe ni puede ser el más alto centro de cultura una simple fábrica de títulos, no es una universidad latina una escuela de comercio a donde se va a buscar tan solo el medio de ganarse la vida; la universidad moderna debe influir de manera directa en la vida social, debe señalar la ruta del progreso, debe ocasionar por medio de la acción ese progreso entre los individuos, debe por medio de sus profesores, arrancar los misterios de la ciencia y exponerlos al conocimiento de los humanos.

El Directorio, consciente de la verdadera obra de la universidad, planea, ya en estos momentos, una fructífera cam¬paña para hacer que la nueva Universidad de La Habana, cumpla con su cometido en el conglomerado social en que vivimos

Una Comisión de Instrucción Pública ha sido creada y esta organizará escuelas nocturnas de la enseñanza elemental para adultos, clases de las ciencias sociales, y de todas las materias que comprende la segunda enseñanza. Y por último series de conferencias dadas por los elementos más autorizados del país sobre todas las ramas del saber humano.

[Febrero de 1923]

Declaración de derechos y deberes del estudiante

[Fragmento]

 […]

DERECHOS:

 1. El Estudiante tiene el derecho de elegir los directores de su vida educacional, y de intervenir en la vida administrativa y docente de las instituciones de enseñanza, ya que él es soberano en estas instituciones, que solo existen para su provecho.

  2. El Estudiante tiene el derecho de asistir libremente a sus clases, sin la coacción vergonzosa de la asistencia obligatoria a un profesor determinado.

  3. El Estudiante tiene el derecho de exigir la más preferente atención del gobierno, para los asuntos educacionales, por ser la educación la primera función de un gobierno civilizado, debiendo todas las otras funciones, la económica, la administrativa, la política, etcétera, contribuir al engrandecimiento de aquélla.

  4. El Estudiante tiene el derecho de la libertad de la enseñanza, impidiendo la intromisión gubernamental en los asuntos educacionales, como no sea única y simplemente para aportar recursos, medios e insinuaciones, debidos a la protección que en la declaración anterior a esta, dice ser un primordial deber, protección que por ningún motivo le da derecho a dirigir o intervenir en la constitución interior de la enseñanza, que debe ser regida por individuos, profesores y alumnos, salidos de su seno, con conocimientos científicos prácticos sobre la materia, y no por políticos que desconocen el asunto y que no son representantes legítimos de los ciudadanos que desarrollan la función de la educación en la sociedad. Por libertad de enseñanza solo puede entenderse la independencia de esta del actual sistema de gobierno democrático, representativo o parlamentario, existente en casi todos los pueblos del mundo; pero debiendo regular esa libertad y dirigir esa enseñanza libre los mismos educandos y educadores, mediante el organismo que ellos designen por elección, en virtud del Derecho de Soberanía reconocido al estudiante en la Declaración primera, que lo iguala al profesor, que usurpaba este derecho desde tiempo inmemorial.

 5. El Estudiante tiene el derecho de exigir a los más sabios educadores y a las más profundas mentalidades del país, el sacrificio de su valer en aras de la enseñanza de la juventud intelectual.

  DEBERES:

 1. El Estudiante tiene el deber de divulgar sus conocimientos entre la sociedad, principalmente entre el proletariado manual, por ser este el elemento más afín del proletariado intelectual, debiendo así hermanarse los hombres de trabajo, para fomentar una nueva sociedad, libre de parásitos y tiranos, donde nadie viva sino en virtud del propio esfuerzo.

 2. El Estudiante tiene el deber de respetar y atraer a los grandes maestros que hacen el sacrificio de su cultura en aras del bienestar y progreso de la humanidad, y de despreciar y de expulsar de junto a sí, a los malos profesores que comercian con la ciencia, o que pretenden ejercer el más sagrado de los sacerdocios, la enseñanza, sin estar capacitados.

 3. El Estudiante tiene el deber de ser un investigador perenne de la verdad, sin permitir que el criterio del maestro, ni del libro, sea superior a su razón.

 4. El Estudiante tiene el deber de permanecer siempre puro, por la dignidad de su misión social, sacrificándolo todo en aras de la verdad moral e intelectual.

 5. El Estudiante tiene el deber de trabajar intensamente por el progreso propio, como base del engrandecimiento de la familia, de la región, de la nación, de nuestro continente y de la humanidad, por ser este progreso la suprema aspiración de los hombres libres, ya que reconocemos una completa superioridad de los valores humanos, sobre los continentales, de estos sobre los nacionales, de los nacionales sobre los regionales, de estos sobre los familiares y de los familiares sobre los individuales, ya que el individuo es base y servidor de la familia, de la región, de la nación, de nuestro continente y de la humanidad.

[…]

[17 de octubre de 1923]

Estatutos de la Universidad Popular José Martí

[Fragmento]

 […]

1. La clase proletaria cubana funda, profesa y dirige la Universidad Popular JOSÉ MARTÍ.

2. La Universidad Popular solo reconoce dos principios: el antidogmatismo científico, pedagógico y político y la justicia social; declarándose, por tanto, no afiliada a doctrina, sistema o credo determinado.

3. La Universidad Popular, de acuerdo con los principios enunciados, procurará formar en la clase obrera de Cuba y en cuantos acudan a sus aulas, una mentalidad culta, completamente nueva y revolucionaria.

4. La Universidad Popular no se organizará definitivamente. Sus clases y métodos variarán según nuevas necesidades y recursos nuevos lo exijan y permitan hacer su labor más fecunda y amplia.

5. La Universidad Popular para la mejor realización de los fines que persigue, se subdividirá por ahora en cuatro secciones:

-Sección de analfabetos y de escuelas nacionales.

-Sección de segunda enseñanza.

-Sección de estudios generales.

-Sección de conferencias.

6. Una Comisión integrada por estudiantes, elegidos por la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana, y por igual número de los que acudan a aprender, designados en Asamblea, regirá la Universidad Popular José Martí.

7. La Universidad Popular separará de su seno, por medio igualmente de esa Comisión, al profesor que viole la base segunda de estos Estatutos; esta separación será definitiva, cuando así lo acuerde una tercera parte de los que acudan a clases del profesor de que se trate.

8. Los estudiantes de la Universidad Popular, precisamente por ser estudiantes, tienen los mismos derechos e iguales deberes que la clase estudiantil, declarados por el Primer Congreso Nacional de Estudiantes Revolucionarios de Cuba.

[1923]

Hablando con Julio Antonio Mella sobre la revolución universitaria

 Este movimiento —nos dijo [Julio Antonio Mella]— se inició en Córdoba, en la Argentina, en el año 1918, y parece obedecer a un sentimiento instintivo, simultáneo, de nuestra raza, porque no tiene pre¬cedente ni se funda en adaptaciones de iniciativas exteriores. De allí se extendió a Chile, a Uruguay, a Perú, y a otras re¬públicas de América. Lo original, lo prodigioso es que casi no ha obrado entre nosotros ninguna razón de contagio. Ha sido una aspiración común, de espontánea violencia, que la juventud latinoamericana ha sentido. La resultante de la guerra que asoló medio mundo, ha sido para la humanidad la brutal revelación de una verdad amarga. ¿Qué bienes se han deri¬vado para la sociedad? ¿Qué provecho ha surgido de la falsa obra civilizadora? Después de lentos años de esfuerzos y de creación, estallan viejos rencores y toda esa labor se des¬truye, ¿con cuál objeto, con qué fin, en holocausto a qué progreso?

Ese ejemplo del viejo mundo, evidentemente, ha incubado esta rebeldía espiritual que tiende en nuestra América a en¬contrar fórmulas y a fundar en la sociedad nuestra, una ética política más humanitaria y más justa. Eso, en el orden doctrinal y con generalizaciones esenciales. Localizando el tema, diré que en Cuba la revolución universitaria es un hecho.

La primera jornada fue en enero de 1923. Nuestro objetivo lo simplificaré en esta forma: pedimos participación en el gobierno universitario, a fin de fiscalizar toda reforma en los planes de estudio —base de las inmoralidades actuales—; depuración del profesorado, a fin de que sea apto moralmente y capaz para los empeños pedagógicos, y, por último, lo fundamental, la autonomía universitaria. Sin ella todo esfuerzo de reforma y perfeccionamiento será inútil. La realidad de nuestra situación comprende una lucha entre dos tendencias: la nuestra, creadora, activa, ansiosa de fórmulas nuevas, reclamando procedimientos modernos, atención a las doctrinas y a las ideas contemporáneas, y la de un profeso¬rado caduco, integrado por viejos fósiles, conmovedoramente ineptos, incapaces de quebrantar la venerable rutina.

En nuestra jornada de 1923 —continuó diciéndonos Mella— acusamos con cívica entereza a 15 profesores nulos. Los había viejos, incapacitados física y mentalmente para ninguna labor educativa. Los había también incapacitados en el orden moral, por especular con sus cátedras, por tarifar las notas y por vender las calificaciones con cinismo. Los había tam¬bién viciosos, con vicios orgánicos, que contagiaban la pobla¬ción estudiantil, y, por último —esto resulta más frecuente con los catedráticos de los diversos institutos— quienes po¬seían academias particulares, estableciendo la necesidad de que cada estudiante fuera a ellas, a fin de no sufrir injustas calificaciones en los exámenes.

Contra todo eso nosotros nos erguimos. Protestamos de los catedráticos que igualmente especulan con los libros de texto. Con viejos compendios extranjeros fragmentariamente traducidos, componen un folleto incoherente. Lo editan, y siendo su valor material menos de un peso, obligan a los estudian¬tes a pagar por ellos cuatro o cinco. Y lo irritante es que esos libros son de una precaria eficiencia. Compuestos por sujetos de espíritu viejo, a quienes denominamos «catedrá¬ticos loros», no responden a ninguna aspiración de investi¬gaciones científicas. Toda universidad moderna tiende a un fin justo y alto de ennoblecedora belleza; hacer avanzar las ciencias. En nuestra Universidad no existe eso. El estudiante va allí, no a formar su organismo espiritual, ni a nutrirse de savia fecunda, sino a cometer el acto material de conquistar un título. Se le enseña con monotonía, fastidio. Un día y otro la misma gangosa voz, no explica, sino repite con tedio, una lección caquéxica. Esos catedráticos son los que, si enseñaran la cartilla, comenzarían por el «cristo» trayendo así a la clase una obsolescencia de su niñez.

Nosotros, como resultado de nuestra campaña, obtuvimos que varios catedráticos fueran suspensos de empleo, pero no de sueldo. Esa irritante decisión produce este inaudito hecho: esas cátedras están sin cubrir, sus profesores andan viajan¬do por Europa y el castigo que les fue aplicado por ineptos, se ha transformado en premio honroso y estimulador. Hoy, en la Universidad, casi todas las cátedras están cubiertas por adjuntos. Unos, por razones políticas, otros por su posición preeminentemente social, los catedráticos titulares que cum-plen con su deber y llenan a conciencia su cometido son escasos. Se da el caso de que en la Escuela de Ingenieros se están dando clases gratuitamente. La tecnología es hoy, uni-versalmente, un estudio fundamental y serio. En Cuba, vir¬tualmente, la electricidad tiene aplicaciones trascendentales especialmente en los ingenios. Sin embargo, en [ellos] todo el personal técnico es extranjero. Desde el jamaiquino que corta la caña, hasta el jefe de trapiches que la muele, todo el per¬sonal, con raras excepciones, es extraño. Los ingenieros, los directores, los químicos no son, en la generalidad de los casos, nativos… Esto tiene, en pura lógica, una explicación clara: en los últimos tres años no ha salido de nuestra Uni-versidad ¡ni un solo ingeniero electricista! Justifícase, pues, que la industria azucarera esté pasando, con activo vigor, a manos extranjeras.

Esa progresiva absorción del capitalismo norteamericano en nuestro suelo —como en todo el territorio continental de nuestro origen— es resultante de la impericia, de la desatención que se presta por nuestros directores a los problemas educativos. No lanzo una afirmación vaga y empírica. Hay ejemplos, hay hechos, Santo Domingo, Puerto Rico, Haití, Panamá, Nicaragua, el propio México, la propia Cuba… y ahora esa expansión llega hasta el Perú. El imperialismo norteamericano, en forma de capitalistas, de banqueros, de industriales, extiende sus garras tentaculares hacia la tierra del Inca. La vieja rivalidad chileno-peruana sobre Tacna y Arica dio a los Estados Unidos la oportunidad de un arbitraje. Y Perú, para ganarse un fallo adicto, abrió su tierra al invasor. Ahora los norteamericanos, a título de amistosos consejeros, fiscalizan la enseñanza, orientan la administración económica, han llevado allí hasta misiones avistorias, y lenta, pero seguramente, realizan la obra de desnacionalizar al Perú.

La autonomía universitaria —continúa el señor Mella— es nuestra finalidad inmediata. Obtuvimos, en 1923, la formación de la Asamblea que no ha resuelto, en la práctica, ningún problema, porque solo sirve para darnos participación, cada tres años, en la designación de un Rector digno. Queremos una autonomía total, en la política, en lo administrativo y en lo económico. Mientras la universidad esté supeditada a dependencias superiores, su marcha no se puede regular con esmero. Es preciso que las matrículas, que todos los ingresos sean interiormente administrados. El Estado debe, tan solo, como en todas las universidades extranjeras, subvencionar a ese cuerpo docente. ¿Puede nun¬ca una comisión del Congreso conocer y aplicar los ingresos universitarios con la competencia con que puede hacerlo un¬ claustro de profesores? La universidad, manejando su dine¬ro, sabe en la mejor forma en que deberá de emplearlo.

Actualmente hasta los planes de estudios se modifican con leyes del Congreso. Esa es una grave fuente de inmoralidad y de error. Casi siempre la modificación de un estudio y la creación de cátedras son cosas simultáneas. Y aunque esas cátedras se sacan luego a oposición, quien tuvo influencias para sacar una ley del Congreso, bien puede tenerlas para que la oposición no le sea adversa.

En los Estados Unidos las universidades reciben con fre¬cuencia legados considerables de sus alumnos ya graduados. Aquí, sin embargo, esa posibilidad no existe, mientras el Es¬tado siga administrando sus fondos. Se dio el caso de que el Instituto Rockefeller quiso poner en nuestra Universidad un centro de investigaciones científicas. Al enterarse de que el Estado era quien administraba ese centro, desistió de ello.

Repito, por eso, que nuestro objetivo esencialmente inme¬diato, directo, es la autonomía universitaria. Para obtenerla iniciaremos ahora una campaña incesante, con redoblado brío, por la tribuna, por la prensa, por la acción si es nece¬sario, por la violencia. Nuestra unidad de acción y pensa¬miento es absoluta y haremos, si los acontecimientos lo demandan, una huelga nacional. En Cuba, como en todos los países donde el movimiento se realiza, contamos con la coo¬peración de los elementos radicales, de las extremas izquier¬das, del proletariado consciente. La aspiración del obrero cubano recibe y comprende nuestra aspiración análoga. De ahí, concretamente, surgió la Universidad Popular, que hemos viabilizado y que realiza una extensión universitaria en nues¬tro suelo. Esa extensión universitaria, como bien se sabe, iba a hacerse por la propia Universidad. Pero entonces sería una cosa incolora, retrógrada, desvirtuada en su finalidad y en su origen. Nosotros llevamos hasta las clases populares, hasta los obreros gremiales, un saber complejo y dúctil, generalizado, consciente. Comprende desde los altos cursos, de naturaleza superior, hasta lo más elemental, que es el propio alfabeto. Hacemos, por lo tanto, un ensayo práctico de nues-tra teoría constructiva. Nos mueve un plan.

La trascendencia de este movimiento, es, como se demuestra, infinita. La unión latinoamericana, que soñó Bolívar, fue hasta hoy utópica por la desconexión ideológica, espiritual de nuestra raza. Armonizándonos en una aspiración común de ideas, de progreso, de ideales, las repúblicas latinas de nuestro continente responderán a una actitud compuesta y defensiva. Hasta hoy la política absorbente de Norteamérica fertilizó en nuestro suelo por la ignorancia y por la desorien¬tación de los espíritus. La revolución universitaria desper¬tará las almas. Y de la conmoción que a ese despertar su¬cede, surgirá, fúlgido como un sol, el porvenir de nuestra América.

[Noviembre de 1924]

Los estudiantes y la lucha social

Como en las universidades rusas de antaño, el estudiante se ha lanzado a la lucha social: a la lucha revolucionaria. Desde 1918, en la Córdoba argentina y feudal, hasta 1923, en La Habana antillana y yanquizada, pasando por Chile y Perú, la juventud universitaria ha venido luchando en un movi¬miento que ha denominado Reforma o Revolución Univer-sitaria. Tiene este movimiento carácter continental. Es, como ha dicho uno de sus mentores ideológicos —José Ingenie¬ros—, «un signo de los tiempos nuevos».

En sucesivos artículos para este periódico trataré de hacer una síntesis del movimiento universitario de la América La¬tina, ora en su aspecto histórico y social, ora en cuanto a los principios de lucha empleados. Pero, de los tres postulados fundamentales de la revolución universitaria: de¬mocracia universitaria, renovación del profesorado o do¬cencia libre, y, lucha social, ninguno de más interés que este último. Lo que caracteriza la revolución universitaria es su afán de ser un movimiento social, de compenetrarse con el alma y necesidades de los oprimidos, de salir del lado de la reacción, pasar «la tierra de nadie», y formar, valiente y noblemente, en las filas de la revolución social, en la van¬guardia del proletariado. Sin esta guía, sin este afán, no hay revolución universitaria. Podríase definir este magnífico mo¬vimiento continental como una batalla en el terreno educa¬cional de la gran guerra de clases en que está empeñada la humanidad.

Nada hay «libre» en la sociedad actual, cual pretenden los liberales utopistas. ¿La prensa? Sirve a quien la paga con sus anuncios y con sus dádivas secretas, pero nunca es una entidad libre para defender todas las ideas y la justicia. Si esto hiciera, sucumbiría; contra el interés creado que la sos¬tiene no se puede rebelar, como no se puede rebelar el estó¬mago contra el alimento. ¿El arte? Tampoco es libre. Todas las últimas degeneraciones que ha habido en este terreno de¬muestran, de una manera clara, que es necesario hacer «arte» para quien lo puede pagar, para la burguesía capitalista y para todos aquellos que han asimilado su gusto. Solo la burguesía decadente puede gustar del arte decadente y «oficial» de hoy.

¿La riqueza? Hablando en sentido de la economía, perte¬nece a una minoría, a una oligarquía imperialista capitalista extranjera, que domina el mundo, de acuerdo y por medio de las burguesías nacionales, simples mendigos de la oligar¬quía anterior. (Se habla aquí de la América Latina). No cree¬mos a ningún estudiante honrado que suponga cierta la llamada «libertad de trabajo» o «libertad de contratar». Entre el capitalista que todo lo puede esperar hartado y el traba¬jador que nada posee fuera de la mercancía de su cuerpo, no es posible, cuando se ponen frente a frente, que los dos sean igualmente libres. De aquí surge la injusticia en la producción y consumo de las riquezas sociales. ¿El Estado? Solamente esos «ciegos» que no pueden ver lo que no les conviene pueden afirmar su libertad, su imparcialidad en la gran guerra social. El ejército, los tribunales, las leyes, ¿qué interés defienden? Es ya una vulgaridad muchas veces re¬petida —pero muy pocas veces aceptada— que el actual Es¬tado no es más que la protección de los capitalistas. Po¬dríase llevar este análisis hasta cosas íntimas. Pero bastará hoy el carácter privilegiado y clasista de la educación.

¿Quién recibe educación?

Una simple ojeada a las listas de matrículas enseñará inme¬diatamente cómo los nombres, en su inmensa mayoría, coinci¬den con los nombres de las «familias bien», «acomodadas», etc. La educación preparatoria y superior no es completamen¬te gratuita. Quien no tenga resuelto el problema económico de su vida no puede aspirar a recibir esa educación. (El «estu¬diante-proletario» es una excepción. Pero por regla general, ¿a qué aspira? ¿A servir la clase proletaria donde se encuentra o a saltar hacia la clase capitalista «para vengarse de sus miserias de ayer», mediante el triunfo individual, o sea, el triunfo burgués?). La misma gratuidad de la enseñanza pri¬maria es una farsa. Niños hambrientos y enfermos, hijos de padres también hambrientos y también enfermos, jamás asi¬milarán, en todo su valor, ni la enseñanza elemental. Nadie ignora tampoco el enorme tanto por ciento de niños traba¬jadores. Quien no comprenda que la educación es un simple privilegio de los capitalistas, privilegio «clasistamente» re¬partido, que abandone todos sus libros, y, siguiendo el con¬sejo de Nietzsche, se suicide. Este ignorante jamás triunfará con la vida, que «triunfe con la muerte».

Pero si este monopolio general es cierto, no menos cierto es que, debido a la lucha entablada entre las clases enemigas, los explotados van conquistando puestos, reductos, que pertenecían a la línea contraria.

Si se toma a México, por ejemplo, vemos cómo en arte y literatura hay una pléyade de artistas y literatos genuinamente revolucionarios. En política y en economía también como «dentro del cascarón de la sociedad actual se va for¬mando la nueva». Las cooperativas, los sindicatos, los partidos obreros, las escuelas proletarias, los editoriales revo¬lucionarios, etc., son una demostración de la futura demo¬cracia proletaria.

Ahora todo estudiante no corrompido comprenderá el por¬qué de la revolución mundial contra los detentadores del privilegio educacional. Esta batalla no se puede ganar definitivamente hasta que no se dé fin a la guerra social con el triunfo de los oprimidos de hoy.

Como ayer la Revolución Francesa, la Rusa tendrá su proyección en la América. Los actos sociales de la Revolución Universitaria en la América Latina son indicios terminantes de la futura transformación política. No ha habido movi¬miento universitario puro que no se vincule con las capas sociales y sus problemas.

[Diciembre de 1927]

 Nueva ruta a los estudiantes

 La lucha de clases, que es el móvil de toda la historia, está entrando en un nuevo y definitivo período: el de la lucha final entre las dos clases antagónicas del momento presente.

Trabajadores y explotadores han constituido sus frentes de batalla internacional. No hay tregua, ni se desea. No es so¬lamente dentro de las grandes naciones de la Europa donde vemos esa lucha, sino que en todos los pueblos del mundo los combatientes pelean a muerte. Puede la reacción capi¬talista llamarse en Europa, Estados Unidos y el Japón, fas¬cismo, parlamentarismo o socialdemocracia, y en las tierras que poblamos los amarillos, los rojos y los negros, se llama «misión civilizadora». Pero en uno y otro lugares es el mismo enemigo: el capitalismo llegado a su última fase: el impe¬rialismo. Italia, Polonia, Francia, China y Nicaragua con¬firman nuestras palabras.

Y esta lucha final, que ha comenzado con el suicidio de los civilizados en 1914, llena todo el mundo y todas las activi¬dades. Nadie puede negar esta realidad. No hay hombres libres, aislados en medio de este combate. La «tierra de nadie» en los frentes de batalla no es un lugar inmune ni habitable.

Ni en nombre del arte, ni de la ciencia, ni del derecho, ni de la libertad individual se puede ser ajeno a esta lucha. Quien no lucha es aliado del enemigo, ya que resta un brazo a la acción en los momentos en que todos deben luchar. El indiferente lleva el peligro de caer por una bala perdida. Por eso repetimos, después de veinte siglos, la frase: «quien no está con nosotros, está contra nosotros». Así dicen los trabajadores, no con el sectarismo que se les atribuye por los ilusos, sino con el claro entendimiento de la realidad.

En todo el mundo es este el dilema: con los trabaja¬dores o con los explotadores.

En México no nos hemos libertado de esta realidad. Lleva¬mos cuatro lustros viendo cómo la lucha de clases se desa¬rrolla llevando los contendientes las armas en la mano, y todavía los explotados no han conseguido su objeto. Una y otra vez han sido traicionados por elementos que se han dicho sus redentores y no han sido sino sus alucinadores.

En los momentos presentes, quizás mejor que en cualquier otra ocasión, los oprimidos se dan cuenta exacta de esta verdad. Ya están comprendiendo que su emancipación solo podrá ser obra de ellos mismos. No más caudillismo, ora sea militar, civil o intelectual.

¡No!

La masa explotada no se va a liberar ni por las espadas providenciales, ni por los licenciados eruditos, ni por los falsos intelectuales que se dicen profetas.

Esta crisis que se señala en el movimiento social mexicano está circunscrita al campo de la política. En todas las esfe¬ras de la vida se padece del mismo mal. Cuando se quiere hablar de reconstrucción económica, el remedio más fácil es entregarles las riquezas de la nación a los imperialistas. Cuando se habla de «redimir» al indígena, la forma más cómoda es someterlo a nuestra «barbarie» capitalista, qui¬tándole sus virtudes sin lograr imbuir en esos pueblos —que la conquista y la república detuvieron en su desarrollo nor¬mal— ninguno de los progresos que hemos obtenido. Cuan¬do se desea elevar el nivel cultural de la nación, no llega¬mos a dar más que fábricas de parásitos profesionales sin lograr la resolución del pavoroso problema de los millones de analfabetos, y el más terrible aún del atraso de nuestros conocimientos técnicos, base fundamental para una cultura nacional sólida. Cuando se quiere hacer arte, se busca quien lo ha de pagar, y entonces se le hace a su gusto burgués.

Esta crítica dura, pero real, que hemos hecho, sirve para proclamar nuestra absoluta independencia de los valores consagrados, de las normas fosilizadas que dan la patente de «revolucionario», de los maestros que se han atribuido en este siglo XX, la vanidosa pretensión de ser pastores cuando ya nadie quiere ser rebaño, excepción hecha de cier¬tos jovenzuelos que con miras estomacales pretenden nom¬brarlos cuando la fortuna política les va a sonreír; de los caciques que monopolizan el poder público como un botín de bandidos.

No otra actitud puede asumir quien sepa comprender el momento histórico y las necesidades sociales de transfor¬mación.

Entre los estudiantes, como en otros tantos grupos hetero¬géneos de la sociedad, se refleja el fenómeno que hemos anunciado en los párrafos anteriores. Entre nosotros tam¬bién hay los explotadores y los trabajadores. Por lo menos, los que aspiran a servir a los primeros, y los que están dis¬puestos a cooperar con los últimos. Todos aquellos para quienes la carrera no sea un oficio, sino una industria donde ellos van a ser los empresarios, pertenecen ya a la burgue¬sía explotadora. Hoy son burgueses por su ideología y sus aspiraciones, mañana lo serán por sus hechos.

Los que creen que la sociedad está bien con su organización actual; los que afirman que las reivindicaciones del prole¬tariado no son justas; los que solo conciben vivir explotan-do, esos que nos dicen que el arte no tiene que ver con la lucha de clases en la sociedad; los que desprecian a los es¬tudiantes proletarios que toman cursos técnicos para servir a la moderna industria, creyéndose parte de una aristocra¬cia intelectual; esos son nuestros enemigos. Llevaremos contra ellos todo el rigor de la lucha de clases que en la sociedad emplean nuestros hermanos los trabajadores. No podemos permitir que junto a nosotros se incuben los fu¬turos jefes fascistas, los futuros mayordomos intelectuales de la burguesía y del imperialismo.

Hacemos un llamado a todos los estudiantes que simpaticen con nuestra crítica del régimen presente, para que nos ayu¬den a cooperar en su transformación y mejoramiento.

Los invitamos a militar en las filas de la Asociación de Estudiantes Proletarios con el fin de prestar nuestro contingente a los trabajadores y a sus organizaciones, a estu¬diar científicamente sus problemas, pues son los de todo hombre progresista, y a llevar a la práctica nuestras convic¬ciones cooperando en la lucha activa del proletariado indus¬trial y campesino.

Seamos avanzada en el campo de la cultura y en las insti¬tuciones de enseñanza del nuevo régimen socialista. Lo que los sindicatos son en un orden: embriones de la futura organización económica socialista, y los partidos del pro¬letariado en otro: embriones de la futura armazón política del Estado proletario, seremos nosotros en nuestro campo: iniciadores de los batallones que lucharán al lado de ellos en la rebeldía y en la construcción del nuevo sistema social.

Técnicos de la revolución debe ser nuestro papel en sus tres períodos: el actual de gestación y de organización de los cuadros, el próximo de insurrección, y el final de construcción socialista.

Solo así puede ser útil nuestra cultura. No se ha de forjar tan solo en la cátedra y en los libros. Necesitamos expe¬rimentar para no ser engañados, y probar los postulados en la realidad. De aquí nuestra ayuda a los sindicatos, a las cooperativas, a las organizaciones campesinas, a toda la lucha social.

[Septiembre de 1928]

 El concepto socialista de la reforma universitaria

Mucho se habla de «Reforma Universitaria». El malestar y la inquietud existentes entre los estudiantes hacen que se oigan los balbuceos de un lenguaje revolucionario. En Tren Blindado y en pláticas públicas trataremos de desarrollar las bases sociales de este movimiento, sus antecedentes históricos, sus principios fundamentales y todo aquello que sea necesario para su mejor comprensión por la multitud estudiantil.

Lo primero que necesitamos definir es el concepto real de la reforma universitaria. Hay mucha palabrería liberal y vacía sobre reforma universitaria, debido a que los elementos que en muchas partes tomaron parte en este movimiento lo eran de la burguesía liberal. Pero si la reforma va a acometerse con seriedad y con espíritu revolucionario no puede ser acometida más que con un espíritu socialista, el único espíritu revolucionario del momento.

Las universidades, como otras tantas instituciones del régimen presente, están hechas para sostener y ayudar el dominio de la clase que está en el poder. Creer que los intelectuales o las instituciones de enseñanza no tienen vinculación con la división sociológica en clases de toda sociedad es una ingenuidad de los miopes políticos. Nunca una clase ha sostenido una institución, ni mucho menos instituciones de educación, si no es para su beneficio. Es en las universidades, en todas las instituciones de enseñanza, donde se forja la cultura de la clase dominante, de donde salen sus servidores en el amplio campo de la ciencia que ella monopoliza. Las universidades de los países capitalistas modernos crean abogados, ingenieros, técnicos de toda naturaleza, para servir a los intereses económicos de la clase dominante: la burguesía capitalista. Si se considera que los médicos pueden ser una excepción se caería en un grave error. La inmensa mayoría de los médicos que se gradúan, ¿son para servir en instituciones de beneficencia colectiva o para formar en la burguesía profesional individualista y explotadora? Que muchos médicos no triunfen, por las mismas injusticias del régimen presente, no indica que la aspiración del gremio no sea esta.

Sentado esto, que no necesita ampliarse para cualquiera que posea una media cultura social, diremos que la reforma universitaria debe acometerse con el mismo concepto general de todas las reformas dentro de la organización económica y política actual. No hay ningún socialista honesto que suponga factible reformar toda esta vieja sociedad paulatinamente hasta sacar de ella una nueva y flamante como en las viejas utopías. La condición primera para reformar un régimen —lo ha demostrado siempre la historia— es la toma del poder por la clase portadora de esa reforma. Actualmente, la clase portadora de las reformas sociales es la clase proletaria. Todo debe ir convergente a esta finalidad. Pero el hecho de que la solución definitiva sea, en esto, como en otras mil cosas, la revolución social proletaria, no indica que se deba ser ajeno a las reformas en el sentido revolucionario de las palabras, ya que no son antagónicos estos conceptos.

Un concepto socialista de la lucha por mejorar la universidad es similar al concepto del proletariado en su acción por mejorar las condiciones de su vida y su medio. Cada avance no es una meta, sino un escalón, para seguir ascendiendo, o un arma más que se gana al enemigo para vencerlo en la «lucha final».

Luchamos por una universidad más vinculada con las necesidades de los oprimidos, por una universidad más útil a la ciencia y no a las castas plutocráticas, por una universidad donde la moral y el carácter del estudiante no se moldeen ni en el viejo principio del magister dixit, ni en el individualista de las universidades republicanas de la América Latina o EE.UU. Queremos una universidad nueva que haga en el campo de la cultura lo que en el de la producción harán las fábricas del mañana sin accionistas parásitos ni capitalistas explotadores. Sabemos que no lo vamos a conseguir inmediatamente. Pero en la simple lucha por la obtención de ese ideal de la universidad del porvenir, vamos a obtener un doble triunfo: agitar conciencias jóvenes ganando reductos en el frente educacional contra los enemigos del pueblo trabajador, y, probar, ante todos los revolucionarios sinceros, que la emancipación definitiva de la cultura y de sus instituciones no podrá hacerse sino conjuntamente con la emancipación de los esclavos de la producción moderna que son, también, los títeres inconscientes del teatro cómico de los regímenes políticos modernos.

[Septiembre de 1928]

Los textos han sido tomados de: Julio Antonio Mella. Vidas Rebeldes, (Compilación y prólogo de Julio César Guanche),  Ocean Sur, 2009, ISBN: 978-1-921438-31-8

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