Mella: la imaginación de la rebeldía (II)

Julio Antonio Mella, por Servando Cabrera Moreno

Julio Antonio Mella, por Servando Cabrera Moreno

Por Julio César Guanche

Durante mucho tiempo, la responsabilidad por la muerte de Julio Antonio Mella se le ha adjudicado al stalinismo en la figura de Vittorio Vidali, presentado por unos como héroe romántico —el célebre comandante Carlos Contreras en la lucha por la República española—, y por otros como asesino grotesco, implicado, entre otras, en las muertes de Trostky y de Andreu Nin. Según se afirma, Vidali le espetó un día a Mella, fuera de sí: “No lo olvides nunca: de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!”.

En refutación de esa tesis, los historiadores Adys Cupull, Froilán González, Rolando Rodríguez y Cristine Hatzky han aportado las pruebas definitivas sobre su asesinato. Ellos brindan información exhaustiva sobre la trama implementada por el dictador cubano Gerardo Machado para ejecutarlo después de contratar para el empeño al cubano José Magriñat, tras desembarazarse de varios políticos que, aun en el seno del Machadato, se habían opuesto sucesivamente a negociar la extradición de Mella hacia Cuba, a pretender comprarlo por soborno y más aún a asesinarle.

Sin embargo, ambas versiones explican mejor la vida de Mella que su muerte: lo explican todo sobre su carácter revolucionario. Era un enemigo de los déspotas de las oligarquías, de los tiranos del capitalismo y de los fanáticos sepultureros de las revoluciones.

Como todos los grandes líderes, Mella fue un hombre muy creído de sí mismo. Asombra su diario de México, escrito a los 17 años, donde afirma que su imaginación “era un corcel de Apolo suelto en los espacios”, y se piensa como alguien llamado por la historia a arrastrar multitudes y dejar monumentos a su paso. Al gritar “muero por la revolución” en el instante que supo final, estaba seguro de haber dejado una huella tan larga como sus propias intenciones en la historia de las revoluciones del continente.

La prosa de Mella es un manojo extraordinario de ideas escritas en forma muy irregular: la redacción de algunos textos alcanza la brillantez mientras en otros no pasa de lo basto. Si se compara con Mariátegui, la originalidad de su pensamiento no es descomunal. Adhirió el marxismo determinista, que veía como un hecho inevitable y “científico” la revolución social, pensó que el vuelo de Charles Lindbergh a través del Atlántico sentaba las bases materiales para hacer realidad la frase “proletarios de todos los países, uníos”; comprendió de modo esquemático el perfil de los intelectuales y de su función en una política revolucionaria y subsumió la cuestión indígena en una estrecha comprensión clasista.

Sin embargo, comprendió lo esencial del marxismo: “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”. Esta es su clave: la autonomía de la persona y del programa de la organización revolucionaria.

En los cientos de páginas escritas por Mella no hay una sola mención a Stalin. Conocía por su viaje a la URSS, y por Andreu Nin durante su estancia en Moscú, y así de primera mano, sobre el conflicto entre Stalin y Trotsky y de los enfoques de la Oposición de Izquierda —que, dentro del bolchevismo y la defensa de la URSS, combatía la política de Stalin. Mella desmintió de modo oficial seguir sus tesis y negó afiliación al trotskismo. Sin embargo, no hace falta releer sus textos para reivindicar sus avenencias con el fundador del Ejército Rojo, más allá de las menciones admirativas que le dedica siempre y los guiños a obras de Trostky aparecidos en varios de sus trabajos, pues esa admiración es la que siente también por Lenin: es la militancia en el marxismo revolucionario.

En el pensamiento de Mella aparecieron juntos por vez primera en Cuba, en una concepción orgánica, las ideas revolucionarias, republicanas y liberales, del siglo xix cubano —con José Martí a la cabeza— y el entendimiento sobre la política revolucionaria clasista, así como la comprensión sobre los problemas cubanos en clave marxista. La idea de Cuba Libre… para los Trabajadores!, que da nombre al periódico de la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos,  es la síntesis que explica una fusión en la que cada elemento ha dejado de ser lo que era: el nacionalismo se comunica con el internacionalismo y la patria y la nación dejan de ser un proyecto oligárquico y blanco para convertirse en un proyecto interracial y popular.

Mella abarcó varios temas que hoy experimentan grandes debates. Se opuso con firmeza a la pena de muerte. Enfrentó con terquedad la discriminación racial y afirmó el lugar del negro en la sociedad y la historia cubanas, prefiguró algunas de las problemáticas que llegan hasta nuestros días en lo que respecta al papel de la explotación del indígena en el desarrollo del capitalismo y defendió una política socialista del deporte, opuesta al criterio de la competición mercantil como aniquilamiento físico del deportista, que hace culto falsario a la salud del atleta.

Su obra nutrió la imaginación de la única revolución socialista triunfante en Occidente, la Revolución cubana de 1959, cuando esta debió ser muy rebelde respecto a la cultura oficial de su tiempo para poder ser una Revolución. Sin embargo, su memoria sirve para evitar santificar su legado. Mella fue un crítico de la cultura oficial de su época, sus ideas fueron advenedizas para la teoría aceptada y sus tomas de posición resultaron incómodas para las burocracias que se proclamaban revolucionarias. Para él, ser rebelde era la única forma de ser revolucionario.

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