Eduardo Chibás y el significado político de la vergüenza (II, final)

chibas

Por Julio César Guanche

Si se busca una imagen que codifique el cuerpo ideológico del nacionalismo, de orientación democrática, burguesa y popular-populista, que dominó la imaginación de la Convención Constituyente cubana que aprobó la importante Constitución de 1940, puede encontrarse en el calificativo con que se llamaron entre sí muchos delegados a lo largo de esos debates: “compañero señor”.

La ecuación revela el proyecto de conciliación entre el contenido igualitario, aportado por la Revolución popular que derrocó a Gerardo Machado (1930-1933) y la canalización reformista burguesa del curso revolucionario, que prometió, a través de la modernización capitalista del país, conseguir la soberanía política nacional, la liberación económica y la justicia social en aras del objetivo de “Cuba para los cubanos”.

La imagen del “compañero señor” no constituye una contradicción sino un oxímoron: dos palabras opuestas que no obstante, como diría Borges, construyen un sentido. En este caso, la democracia como proyecto regular de creación de la política “por el pueblo” —el programa de la redistribución horizontal del poder entre ciudadanos trabajadores—, contenida en el término “compañero”, y su regulación por la jerarquía, el poder vertical, expresada en el término “señor”, uso particular de poder político por parte del ciudadano propietario, que controla los términos de la creación, funcionamiento y reproducción de dicho poder.

El “compañero” y el “señor” conviven en la conquista ideológica de la Revolución cubana del 30: el nacionalismo democrático de corte popular/populista.

Ese discurso tiene gran consistencia en los debates alrededor de 1940: es el tono genérico de la Asamblea Constituyente, el esperanto en el que se entienden desde los comunistas y los abecedarios hasta los demócratas republicanos y los liberales, pasando por el resto de los partidos presentes en la Convención —y solo confrontado, en ocasiones, por el liberalismo de “viejo estilo”, doctrinario y oligárquico, tipo Orestes Ferrara.

Buena parte de la historiografía revolucionaria cubana ha subrayado que las grandes conquistas sociales alcanzadas en ese texto fueron consecuencia cuasi exclusiva de los asambleístas comunistas. En efecto, la política de los Frentes Antifascistas —entre otros factores internos— había permitido la concertación de alianzas entre los partidos comunistas y fuerzas de variado espectro ideológico, que garantizaron un acceso inédito de los partidos comunistas a la administración de la política, y por consiguiente una también novedosa representación de intereses populares. No obstante, por la razón misma de la existencia de tales alianzas el consenso de 1940 es el resultado de la confluencia entre nacionalistas, comunistas y abecedarios, que en común tenían un perfil político reformista.

Dentro del conjunto, fue el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) (PRC-A) el portador, con mayor calado popular y capacidad de penetración ideológica de ese tipo de nacionalismo, que se presentaba como popular, pero solo podría ser populista. El PRC-A, fundado por Ramón Grau San Martín en 1934, capitalizó los logros sociales del Gobierno de los Cien Días (1933-1934), y se presentó, como su nombre lo indica, como el partido “de la Revolución”, la continuidad del empeño martiano y la consagración en los hechos de su ideal.

La Constitución de 1940 devino el resultado en clave reformista de la Revolución de 1930, ya derrotada su ala radical: el pacto entusiasta, y brillante, entre tendencias que impusieron su presencia compartida en el diseño del país.

La “verdad” de una teoría ha de medirse también por la historia construida en su nombre. Cuando se listan los límites de la Constitución de 1940 se ha subrayado la ausencia de la legislación accesoria que debía hacer cumplir la Carta Magna. Sin embargo, la profundización de las tendencias al electoralismo, la demagogia, el clientelismo y la corrupción  —profundizadas en el periodo de Carlos Prío Socarrás (1948-1952)— deben ser considerados como la expresión material de los límites del modelo político instaurado por aquella ley de leyes.

Ha gozado de gran persistencia la idea de que la causa del populismo se encuentra en la irracionalidad, ignorancia, emotividad y bastedad de la cultura política de las masas, que por esa razón siguen con fanatismo a un líder. Un enfoque afín considera la corrupción como un fenómeno de propensión psicológica, cuya clave está en el arbitrio del individuo, que puede “elegir” ser honesto. En ello, se ha acusado a los gobiernos “auténticos”, de Grau y de Prío,  como si todos los ladrones de Cuba se hubiesen puesto de acuerdo para militar en él. No obstante, lo que puede ser cierto para una persona no tiene que serlo para un régimen social.

La corrupción no era ni un rasgo personológico ni una deformación del sistema, sino su necesidad. En los hechos, resultaba un mecanismo de equilibrio del sistema: la condición de posibilidad de una política burguesa. La frase que aseguraba que la política era la “segunda zafra del país” lo explica bien: la corrupción mantendría abiertas las fuentes de la riqueza que no habían conseguido abrir por vías “económicas” los proyectos populistas.

En ello, la prédica de Eduardo Chibás se ha tomado por algunos como un discurso “ingenuo” según el cual el remedio a todos los males cubanos se encontraban en la honradez. Este enfoque es incapaz de comprender la capacidad de contagio de la doctrina de la “Ortodoxia”, el nombre con el que se conoce al partido de Chibás,  en la sociedad cubana y su seguimiento por los sectores más radicalizados de ella. La verdad está en otro lugar: su discurso se dirigía contra un elemento esencial del sistema de dominación. La corrupción sostenía, a su modo, el sistema.

Chibás contribuyó como nadie a desmontar la legitimidad del modelo que él mismo había defendido con ejemplar tesón en la Asamblea de 1940. La gran masa cubana que siguió el lema de “vergüenza contra dinero” no seguía acríticamente a un loco, o a una personalidad “valiente”. Seguía la certeza de que la “honradez” era el nombre de un programa mayor: cambiar el estado de cosas en el país, aunque no imaginasen hasta dónde los llevaría esa intuición. Chibás se encargó, como ningún otro político republicano, de llevar hasta el límite la convivencia del compañero y el señor. Llevada al límite, mostró su sólida fragilidad.

http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/chibas-y-el-motivo-politico-de-la-vergueenza-ii-final.html

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