El DR del 13 de marzo, un ejército de la libertad (II)

El DR del 13 de marzo, un ejército de la libertad (II)

 

Por Julio César Guanche

La Carta de México, firmada en agosto de 1956 entre José Antonio Echeverría y Fidel Castro, anunciaba el empeño explícito de combatir por las armas a Batista. El llamado a la insurrección provocó un conflicto en el seno de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

En la Universidad de La Habana, varios presidentes de escuela alegaron que la decisión no había sido comunicada ni colegiada en el pleno de la dirección de la FEU. René Anillo, el secretario general, que había participado junto a Echeverría en la reunión de México, fue increpado con rudeza.

“Nuestra reacción fue de asombro. No sabíamos ni sobre la firma de la Carta ni a qué nos comprometía”, aseguraba Elvira Díaz Vallina, una de los 4 presidentes de escuela opuestos a la firma de la Carta. Esa zona de los críticos a la declaración alegaba que debió ser firmada a nombre del Directorio Revolucionario (DR) y no a nombre de la FEU.

Echeverría firmó la Carta a nombre de la FEU, con su tradición y representatividad en Cuba, y no del DR, órgano que con solo 6 meses de creado no podía contar con la significación nacional de la FEU.

Era previsible que el Movimiento 26 de Julio (M-26-7) estuviese interesado en coprotagonizar la Carta con la FEU y no con el DR, aún poco conocido en Cuba. La crisis fue zanjada, bajo el impulso del vicepresidente de la FEU, Fructuoso Rodríguez, con una declaración de la FEU en apoyo a Echeverría que ratificaba el contenido de la Carta.

La discusión ideológica principal entre quienes tenían ‘inquietud revolucionaria’, puso entonces en primer orden el método de lucha, más que el programa político futuro.

La Carta de México comprometía a sus firmantes a seguir la vía insurreccional, pero el planteo de constituir una guerrilla rural, preconizada por Fidel Castro y el M-26-7, resultaba extraño al DR, con su tradición de lucha urbana y su convencimiento de que el futuro de Cuba se jugaba por entero en La Habana. En la ciudad, el DR había ganado prestigio y allí estaba inscrita la memoria de sus compañeros caídos.

Aunque asentado en la tradición política cubana, el recurso de alzarse en el campo –como instrumento de presión política– parecía superado después de la Revolución de 1930, que jugó sus destinos entre la huelga revolucionaria, la Universidad, Columbia, Palacio Presidencial, y con la democratización de la vida política cubana hacia 1940.

Para los jóvenes que atacaron el 13 de marzo de 1957 el Palacio Presidencial, el poder se encontraba en la oficina de Batista. Esa acción debía hallar el túnel ansiado hacia la victoria, o concluir en el sacrificio por la patria. Echeverría anunció por Radio Reloj: “Somos nosotros, el DR, la mano armada de la Revolución Cubana, los que hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio que aún se bate en los estertores de su propia agonía”. Para el DR, la muerte de Batista era sinónimo de la victoria revolucionaria.

Tras la abierta represión vivida después del 13 de marzo, el Ejecutivo del DR rehusó el ofrecimiento de Fidel Castro de dirigirse hacia la Sierra Maestra, lo que le habría asegurado la vida tanto a la organización como a muchos de sus miembros. Tampoco un representante del DR partió hacia la Sierra Maestra.

Las muertes de José Antonio Echeverría (el 13 de marzo de 1957) y las de Fructuoso Rodríguez, Juan Pedro Carbó, José Machado y Joe Westbrook, un mes después, fueron golpes demoledores para el DR, cuyo protagonismo político entró en un declive del que no podría recuperarse sin cambiar su fisonomía.

El cierre de la Universidad de La Habana tras la represión desatada a partir de noviembre de 1956 forzó la pérdida de parte de la base estudiantil del DR. La ‘quema’ de la mayor parte de sus dirigentes, la salida hacia el exilio de los principales líderes del DR, la masacre de Humboldt N° 7 y el acceso hacia su Ejecutivo de algunas personas no vinculadas al movimiento estudiantil harían que el DR se decidiera por la llamada ‘línea de acción’ y tuviera que buscar más en sectores no estudiantiles la ampliación de su impacto social.

El compromiso de mantener la lucha insurreccional a toda costa, que para el DR era su libertad, sería también fuente de límites futuros. Como resultado de la tendencia hacia la ‘línea de acción’, se produjo la salida del Ejecutivo de figuras que cumplían roles importantes bajo la dirección de Echeverría, y que se caracterizaban más por su perfil político que como hombres de acción, y sus lugares los ocupaban figuras sin pasado insurreccional ni estudiantil. Luego de ese proceso, se hacía más firme la separación entre la FEU y el DR, cuya concordancia, tras la muerte de Echeverría, solo podía haber prorrogado un líder estudiantil como el propio Echeverría o acaso Fructuoso Rodríguez.

Sin contar del todo con la FEU, que le había dado nacimiento, prestigio y resonancia social, el alcance de la representación del DR en relación con la sociedad civil cubana se vio disminuido, y su táctica de lucha se comprometió más al sostenimiento del frente rural en el Escambray.

Al final de este transcurso, el DR se había transformado lo suficiente como para, a pesar de haber perdido base política, seguir en pie de lucha, aunque ya no era idéntico al espejo que de sí mismo tenía en 1956. Con todo, ya era extraordinario que siguiera con vida después del golpe de gracia recibido en marzo y abril de 1957. (continuará)

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