Marxismo: el debate está de vuelta. David Harvey sobre Thomas Piketty

Piketty

David Harvey

 Thomas Piketty ha escrito un libro llamado El Capital en el Siglo XXI que ha causado un cierto revuelo. Defiende los impuestos progresivos y un impuesto global sobre la riqueza como la única forma de contrarrestar las tendencias hacia la creación de una forma de capitalismo “patrimonial” marcada por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”. A su vez, documenta de una forma minuciosa y difícil de refutar, cómo la desigualdad social tanto en riqueza como en renta ha evolucionado a lo largo de dos siglos, con un énfasis particular en el rol de la riqueza. Destruye la idea ampliamente extendida de que el capitalismo de libre mercado extiende la riqueza y que es el mayor bastión en la defensa de libertades individuales. El capitalismo de libre mercado, cuando se hayan ausentes las intervenciones redistributivas del Estado produce olgarquías antidemocráticas, tal y como demuestra Piketty. Esta demostración ha dado alas a la indignación liberal mientras que ha enfurecido al Wall Street Journal.

El libro se ha presentado a veces como el sustituto del siglo XXI a la obra del XIX de mismo título de Karl Marx. Piketty ha negado que ésta sea su intención, lo cual parece justo dado que su libro no trata en absoluto del capital. No nos explica por qué se produjo el crash de 2008, ni por qué está le está costando tanto tiempo salir a la gente del mismo bajo la carga doble del desempleo prolongado y los millones de hogares desahuciados. No nos ayuda a entender por qué el crecimiento  se halla ahora mismo ralentizado en los EEUU en comparación con China, ni por qué Europa se halla atrapada entre las políticas de austeridad y el estancamiento económico. Lo que piketty nos muestra mediante estadísticas (y ciertamente estamos en deuda con él y sus colegas por ello) es que el capital ha tendido a crear, a lo largo de su historia, niveles cada vez mayores de desigualdad. Esto, para mucho de nosotros, no es ninguna noticia. Era exactamente la conclusión teórica de Marx en el Volumen Primero de su versión del Capital. Piketty no resalta esto, lo cual no es ninguna sorpresa, ya que para defenderse de varias acusaciones de la prensa de derechas de que se trata de un criptomarxista, ya ha señalado en varias entrevistas que no ha leído el Capital de Marx.

Piketty recoge muchos datos para apoyar sus argumentos. Su explicación de las diferencias entre renta y riqueza es útil y convincente. Y desarrolla una defensa razonable de los impuestos sobre sucesiones, la tributación progresiva y un impuesto global a la riqueza como un posible antídoto (aunque con toda seguridad, inviable políticamente) a la creciente concentración de riqueza y poder.

Pero ¿por qué se produce esta tendencia a una mayor desigualdad a medida que pasa el tiempo? A partir de sus datos (condimentados con algunas interesantes alusiones literarias a Jaune Austen y Balzac) deriva una ley matemática para explicar lo que pasa: la incesante acumulación de riqueza por parte del famoso uno por ciento (un término popularizado gracias al movimiento “Occupy”, por supuesto) es debido al simple hecho de que la tasa de retornos del capital (r) siempre supera a la tasa de crecimiento de renta (g). Piketty dice que ésta es y ha sido siempre la “contradicción central” del capital.

Pero una periodicidad estadística de este tipo difícilmente puede constituir una explicación adecuada, y mucho menos una ley. Así que ¿qué fuerzas producen y mantienen dicha contradicción? Piketty no nos lo dice. La ley es la ley y punto. Marx obviamente habría atribuido la existencia de dicha ley al desequilibrio de poder entre capital y trabajo. Y esa explicación todavía se sostiene. El declive constante en la participación del trabajo en la renta nacional desde los años 70 se deriva del poder político y económico en decadencia del trabajo mientras que el capital movilizaba tecnología, desempleo, deslocalizaciones y políticas anti-trabajo (como las de Margaret Thatcher y Ronald Reagan) para aplastar a su oposición. Como Alan Budd, un asesor de Margaret Thatcher, confesó en un descuido, las políticas contra la inflación de los años 80 resultaron ser una “muy buena forma de aumentar el desempleo, y aumentar el desempleo fue una forma extremadamente atractiva de reducir la fuerza de la clase trabajadora… lo que se diseño allí fue, en términos marxistas, una crisis del capitalismo que recreaba un ejército de reserva del trabajo y que ha permitido a los capitalistas generar grandes beneficios desde entonces”. La diferencia en remuneración entre un trabajador promedio y un alto directivo estaba alrededor de 30:1 en 1970. Hoy en día se halla fácilmente sobre los 300:1 y en el caso de McDonald’s, sobre los 1.200:1.

Pero en el Volumen Segundo del Capital (el cual Piketty no ha leído, a pesar de que alegremente lo deseche) Marx señaló que la tendencia del capital a la depresión salarial en algún momento llega a restringir la capacidad del mercado de absorber el producto del propio capital. Henry Ford reconoció este dilema hace tiempo, cuando instituyó los 5 dólares por día para sus trabajadores para, según decía, aumentar la demanda de los consumidores. Muchos pensaron que la falta de demanda efectiva era lo que se hallaba tras la Gran Depresión de los años 30. Esto es lo que inspiró las políticas expansivas keynesianas después de la Segunda Guerra Mundial y produjo como resultado cierta reducción en las desigualdades de renta (aunque no tanto en las de riqueza) junto a un crecimiento estimulado por una intensa demanda. Pero esta solución descansaba en el empoderamiento relativo del trabajo y la construcción de un “estado social” (según el término que usa Piketty) financiado por una tributación progresiva. Y así escribe “durante el periodo 1932-1980, casi medio siglo, el mayor impuesto federal sobre la renta en los Estados Unidos era como promedio del 81 por ciento”. Y esto no limitaba de ninguna forma el crecimiento (otra de las pruebas que Piketty aporta para refutar ideas de la derecha).

Hacia el final de los años 60, estaba claro para muchos capitalistas que necesitaban hacer algo acerca del poder excesivo del trabajo. Y así, la retirada de Keynes del panteón de economistas respetables, la transición al pensamiento de Milton Friedman, la cruzada para estabilizar cuando no reducir los impuestos, para desmontar el estado social y para castigar a las fuerzas del trabajo. Después de 1980, los tipos impositivos máximos descendieron y las ganancias de capital – una de las mayores fuentes de renta de los ultra-ricos –  tributaban a un índice mucho inferior en los Estados Unidos, canalizando el flujo de riqueza de forma intensa hacia el uno por ciento. Pero el impacto en el crecimiento, según muestra Piketty, fue negligible. Así que el “goteo” [trickle down] [1] de los beneficios desde los ricos al resto (otra de las creencias favoritas de la derecha) no funciona. Nada de esto fue el resultado de una ley matemática. Todo era política.

Pero entonces, la ruleta dio una vuelta entera y la pregunta se convirtió en: ¿dónde está la demanda? Piketty ignora de forma sistemática esta pregunta. En los años 90, la respuesta fue escamoteada gracias a una enorme expansión del crédito, incluyendo la extensión de las finanzas hipotecarias a los mercados sub-prime. Pero la burbuja resultante estaba condenada a estallar, tal y como hizo entre el 2007-2008, llevándose consigo a Lehman Brothers y al sistema de crédito. Sin embargo, los índices de beneficios y la concentración aún mayor de riqueza privada se recuperaron muy rápidamente después de 2009, mientras el resto del mundo aún lo seguía pasando mal. Los índices de beneficios empresariales están ahora tan altos como siempre en los Estados Unidos. Las empresas están sentadas sobre montones de billetes, y se niegan a gastarlos porque las condiciones del mercado no son sólidas.

La formulación que hace Piketty de la ley matemática esconde más de lo que revela acerca de las políticas de clase que están en juego. Tal y como Warren Buffet señaló: “por supuesto que hay una lucha de clases, y es mi clase, la de los ricos, los que la están librando, y vamos ganando”. Una de las formas clave de medir esta victoria son las desigualdades de riqueza y renta crecientes del uno por ciento respecto al resto del mundo.

Hay, con ello, un problema central al argumento de Piketty. Y éste descansa en la definición errónea que hace del capital. El capital es un proceso, no una cosa. Es un proceso de circulación en el cual el dinero se utiliza para crear más dinero a menudo, pero no exclusivamente, a través de la explotación de la fuerza de trabajo. Piketty define el capital como el stock de todos los valores que son propiedad privada de los individuos, corporaciones y gobiernos, y que pueden servir para el comercio en el mercado, sin importar si estos valores están siendo utilizados o no. Esto incluye los terrenos, la propiedad inmobiliaria y los derechos de propiedad intelectuales, así como también mi colección de obras de arte y joyería. El cómo determinar el valor de todas estas cosas es un problema técnico difícil al que todavía no se ha dado una solución satisfactoria. A fin de calcular una tasa de retorno, r, tenemos que disponer primero de una forma de otorgar valor al capital inicial. Por desgracia, no hay forma de valorarlo independientemente del valor de los bienes y servicios que se usa para producir, o de por cuánto se puede vender en el mercado. El conjunto de la escuela neoclásica de economía (que es la base de las ideas de Piketty) está basado en una tautología. La tasa de retorno del capital depende de forma crucial en el índice de crecimiento porque el capital  se valora en base a lo que produce y no según lo que se ha utilizado para su producción. Su valor está altamente influenciado por las condiciones especulativas y puede verse distorsionado por la famosa “exuberancia irracional” que Greenspan supo detectar como característica de los mercados de acciones y vivienda. Si quitamos las casas y la propiedad inmobiliaria – y eso sin hablar del valor de las colecciones de arte de los hedge funders – de la definición de capital (y la razón para incluirlas es bastante floja) entonces la explicación de Piketty para las desigualdades crecientes en riqueza y renta se desmorona, incluso aunque su descripción del estado de las desigualdades en el pasado y el presente todavía permanezca en pie.

El dinero, los terrenos, la propiedad inmobiliaria, las fábricas y las máquinas que no se utilizan de forma productiva no son capital. Si la tasa de retorno del capital que se utiliza es alta, es porque una parte del capital se retira de la circulación y a efectos prácticos, está de huelga. Restringir el suministro de capital a las inversiones nuevas (un fenómeno que podemos observar que ocurre ahora mismo) garantiza una alta tasa de retorno en el capital que sí que está en circulación. La creación de esta escasez artificial no es algo que sólo hagan las compañías petroleras para garantizar sus altas tasas de retorno: es lo que hace todo capital cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Esto es lo que se halla tras la tendencia para que la tasa de retorno del capital (no importa cómo se defina o mida) siempre supere la tasa de crecimiento de renta. Es así como el capital garantiza su propia reproducción, sin que le importen las desafortunadas consecuencias que pueda tener para el resto de nosotros. Y es así como vive la clase capitalista.

Hay muchas cosas valiosas en los datos ofrecidos por Piketty. Pero su explicación de por qué las desigualdades y las tendencias oligárquicas aumentan incurre en un error de bulto. Sus propuestas para remediar dichas desigualdades son inocentes, si no utópicas. Y ciertamente, no ha ideado un modelo que explique el capital del siglo XXI. Para ello, todavía necesitamos a un Marx, o a su equivalente actual.

[1] “Trickle down economics” es un término utilizado en los Estados Unidos para referirse, en sentido peyorativo, a las políticas económicas que sostienen que, beneficiando a los miembros más ricos de la sociedad, en particular mediante la eliminación de impuestos, su riqueza “goteará” o “calará” hacia las capas más bajas de la sociedad (por ejemplo, porque supuestamente un empresario con un alto nivel de ingresos se sentirá más cómodo llevando a cabo iniciativas económicas, contratando, etc.). A menudo suelen asociarse con las ideas que se engloban en el término amplio de “Reaganomics” o políticas económicas iniciadas en la época Reagan (N. del T.).

Traducción de Guillem Murcia para Rotekeil.

Fuente: Rotekeil

“Afterthoughts on Piketty’s Capital”: David Harvey

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2 comentarios sobre “Marxismo: el debate está de vuelta. David Harvey sobre Thomas Piketty

  1. De vuelta al reformismo capitalista keynesiano jejeejejej, por ahí no va la cosa, lastima que los mortales de estos tiempos y los que están por venir estamos demasiado ocupados con el fútbol, la tecnología y las ONGs como para pensar en serio el futuro.

    1. Renier, yo tengo cuidado con “el reformismo capitalista keynesiano”, puede no ser una solucion, pero quizas hace parte de ella en mas de un contexto. En todo caso, mi foco es el contrarreformismo capitalista (antikeynesiano e incluso antiadamsmith) que es lo que mas abunda y lo que mas daño hace. Por eso, sigo a harvey y a algunos neokeynesianos. Mira este trabajo, me resulto muy interesante:

      El “marxismo” como opio de los sedicentes marxistas: Carta abierta de una keynesiana a un marxista ortodoxo
      Joan Robinson · · · · ·

      08/06/14

      El texto de Joan Robinson que a continuación se reproduce fue originalmente publicado por estudiantes de izquierda de Oxford en 1953. Es una estupenda polémica, políticamente amistosa, pero analíticamente demoledora, con un marxista ortodoxo de la época (que típicamente confundía la ciencia con la pasión del escoliasta). La señora Robinson ha sido una de las más grandes economistas del siglo XX, y su texto, lleno de vigor y claridad mental, no ha perdido un ápice de actualidad; al contrario. Hace poco se cumplió el 40 aniversario de su muerte. Valga esta publicación para recordarla y recomendarla calurosamente ahora que la crisis del capitalismo ha permitido que vuelva a sacar cabeza el pensamiento económico-científico serio, es decir, ni acríticamente apologético de lo existente, ni limitado “críticamente” a puras labores escoliásticas. SP

      Le prevengo: le va a resultar a usted muy arduo seguir esta carta. Y no porque –eso espero— sea muy difícil –no le importunaré con fórmulas algebraicas, ni con curvas de indiferencia—, sino porque le considerará tan desconcertante que no sabrá usted como tomársela.

      Empezaré con una declaración personal. Es usted muy cortés y procura que a mí me pase inadvertido, pero siendo yo una economista burguesa, su único posible interés en prestarme atención es el de pillarme en algún sinsentido. Peor aún: yo soy una keynesiana de izquierda; saqué conclusiones más rojas que azules de la Teoría General mucho antes de que el libro fuera publicado. Me encontré en la privilegiada posición de pertenecer al grupo de amigos que trabajaban con Keynes cuando lo estaba escribiendo. Así pues, fui la primera gota vertida en el frasco llamado “keynesianismo de izquierda”. Además, ahora mismo ocupo un gran volumen del contenido de ese frasco, porque, entretanto, buena parte del resto se ha evaporado. Muy bien; ya sabe usted lo peor.

      Pero le ruego que piense en mí en términos dialécticos. El primer principio de la dialéctica es que el significado de un enunciado depende de lo que niega. De manera que el mismo enunciado tiene dos significados, según se venga a él desde arriba o desde abajo. Se más o menos desde qué ángulo viene usted a Keynes, y me percato bastante bien de su punto de vista. Use usted también un poco de dialéctica, y trate de percatarse del mío. Yo estudié en una época en que la teoría económica vulgar se hallaba en un estado particularmente vulgar. Teníamos una Gran Bretaña con nunca menos de un millón de obreros desempleados, y ahí estaba yo, con un director de tesis que me enseñaba que era lógicamente imposible que hubiera desempleo, dada la Ley de Say.

      Y va Keynes y prueba que la Ley de Say es un sinsentido (ya lo había probado Marx, huelga decirlo, pero mi director de tesis jamás me había hablado de las tesis de Marx al respecto). Además –y por eso soy una keynesiana de izquierda, y no del otro tipo—, me percaté al punto de que Keynes mostraba que el desempleo iba a ser un hueso muy duro de roer, porque no es un mero accidente: cumple una función. En una palabra: Keynes puso en mi cabeza la idea misma del ejército laboral de reserva que mi profesor tan meticulosamente había mantenido alejada de mí.

      Si conserva usted un adarme de dialéctica, se dará cuenta de que el enunciado “Soy una keynesiana” tiene un significado completamente distinto dicho por mí y dicho por usted (claro que usted no podría decirlo en ningún caso).

      Lo que trato de decirle, y que va a dejarle a usted o demasiado anonadado o demasiado encolerizado –dependerá del temperamento— para poder comprender el resto de esta carta, es esto: yo entiendo a Marx infinitamente mejor que usted. (En un minuto le daré una explicación histórica interesante del porqué, si es que no se ha quedado usted ya completamente helado –o ha alcanzado el punto de incandescencia—, antes de que se la suelte.)

      Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que usted. Si usted me sale escupiendo citas, me dejará al punto perpleja. Lo cierto es que yo me niego desde el principio a participar en ese jueguecito.

      Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula ósea y usted, a flor de labio. Pongamos un ejemplo: la idea de que el capital constante incorpora fuerza de trabajo gastada en el pasado. Para usted, este aserto tiene que probarse con chorros de palabrería hegeliana. En cambio, yo me limito a decir: (sin, por cierto, servirme de ese pomposo léxico): “¡Naturalmente! ¿Y qué otra cosa podría ser?”.

      Por eso me dejó usted tan terriblemente confundida. Como andaba todo el rato tratando de probarlo, yo pensé que estaba usted hablando de otra cosa –no conseguí adivinar cuál— que necesitaba probarse.

      Análogamente, suponga que los dos queremos discutir sobre un paso abstruso de El Capital, por ejemplo, el del esquema del final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Abre el volumen, y echa un vistazo. ¿Qué hago yo? Agarro el primer sobre que a mano tengo y, en el dorso, trabajo el problema.

      Y ahora voy a decirle algo aún peor. Suponga que, a título de mera curiosidad, voy al Capital y me encuentro con que la respuesta que he escrito en el viejo sobre no coincide con lo que dice el libro. ¿Qué hago? Repaso mi solución, y si no puedo descubrir ningún error en ella, busco el error en el libro. Bueno, supongo que aquí debería dejar ya la cosa, porque usted penará que me he vuelto loca de atar. Pero si puede aguantar y seguir leyendo un poco más, trataré de explicárselo.

      Yo fui educada en Cambridge, como le dije, en una época en que la teoría económica vulgar había llegado al fondo del pozo de la vulgaridad. Con todo y con eso, entre tanto disparate, se había conservado una herencia preciosa: el hábito ricardiano de pensar.

      No es cosa que se pueda aprender en los libros. Si quieres aprender a montar en bicicleta, no será con un curso por correspondencia, ¿verdad? Claro que no; te harás con una vieja bicicleta, montarás en ella, te caerás, te lastimarás las rodillas, volverás a subir e irás dando tumbos, hasta que, de repente, ¡vaya, sabes montar en bicicleta!. Seguir un curso de economía en Cambridge era algo parecido. Como montar en bicicleta: una vez aprendido, es como una segunda naturaleza.

      Cuando leo un paso de El Capital, lo primero para mí es averiguar el significado de c, si lo que tenía en mente Marx en este punto era el stock total de trabajo incorporado (él no da demasiadas pistas aludiendo explícitamente al problema: ¡hay que elaborarlo a partir del contexto!): entonces monto en bicicleta y me siento perfectamente cómoda.

      Para un marxista es harto diferente. Sabe que lo que Marx dice tiene que ser correcto en cualquier caso, ¡a qué entonces desperdiciar energía mental averiguando si c es un stock o un flujo?

      Llego entonces a un paso en el que Marx dice que quiere decir flujo, aun cuando es evidente por el contexto que tiene que significar stock. ¿Puede usted creer lo que yo hago entonces? Me bajo de la bicicleta, corrijo el error, vuelvo a montar, y sigo.

      Pues bien; supongamos que le digo a un marxista: “Fíjese en este paso: habla de stock o de flujo?”. El marxista dice: “C es el capital constante”, y me da una pequeña conferencia sobre el significado filosófico del capital constante. Y yo, que repongo: “Déjese usted de capital constante: ¿ha confundido Marx un flujo con un stock?”. Replica el marxista: “¿Cómo podría haber cometido un error? ¡¿No sabe que estamos hablando de un genio?!”. Y me da una pequeña conferencia sobre la genialidad de Marx. Yo me digo para mis adentros: puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de genios. Tu torpe y lenta mente va paso a paso, y se da tiempo para ser concienzuda y evitar deslices. Tu genio calza botas de siete leguas, va a toda mecha dejando atrás pequeños errores aquí y allá sobre el papel (¿y quién le importa?). Y digo: “Déjese genialidades de Marx. ¿Se trata de flujo o de stock?”. El marxista, entonces, se envara un tantito, y cambia de tema. Y yo me digo para mis adentros: “Puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de montar en bicicleta”.

      Lo que resulta interesante y curioso en todo esto es que la ideología que, como una niebla, rodeaba mi bicicleta cuando la monté por vez primera tenía ser muy distinta de la ideología de Marx, y sin embargo, mi bicicleta tenía que ser la misma que la suya, con unas cuantas mejoras modernizadoras aquí y allá y unos cuantos empeoramientos modernizadores aquí y allá. Lo que voy a decir ahora está más en su línea, así que relájese por un momento.

      Ricardo existió en un momento muy particular de la historia de Inglaterra, cuando estaba en trance de doblar tan bruscamente una esquina, que las posiciones progresistas y reaccionarias cambiaron de bando en el curso de una generación. Él se hallaba en la esquina misma, cuando los capitalistas estaban a pique de superar a la vieja aristocracia terrateniente y substituirla como clase dominante. Ricardo estaba en el bando progresista. Su preocupación fundamental pasaba por mostrar que los terratenientes eran parásitos de la sociedad. Al hacerlo, se convirtió en cierto sentido en el campeón de los capitalistas. Eran parte de las fuerzas productivas enfrentadas a los parásitos (dada la Ley de Hierro de los Salarios, los obreros saldrían malparados, pasara lo que pasara).

      Ricardo tuvo dos seguidores tan capaces como bien entrenados intelectualmente: Marx y Marshall. Lo que entretanto pasó es que la historia de Inglaterra había doblado la esquina, y los terratenientes habían dejado de estar en cuestión. Ahora se trataba de los capitalistas. Marx dio así la vuelta al argumento de Ricardo: los capitalistas son extremadamente parecidos a los terratenientes. Y Marshall le dio la vuelta contraria: los terratenientes son extremadamente parecidos a los capitalistas. Justo a la vuelta de la esquina de la historia de Inglaterra, lo que se observa son dos bicicletas de la misma factura: una montada por la izquierda y otra por la derecha.

      Marshall hizo algo harto más efectivo que cambiar la respuesta. Cambió la pregunta. Para Ricardo, la Teoría del Valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre el salario, la renta y el beneficio, considerados cada uno de ellos como un todo. Enorme cuestión. Marshall convirtió el significado del Valor en una pequeña cuestión: ¿por qué un huevo cuesta más que una taza de té? Puede ser una cuestión ínfima, pero es, al mismo tiempo, muy difícil y compleja. Toma mucho tiempo y mucha álgebra elaborar una teoría para responderla. Por eso mantuvo a sus discípulos ocupados en el asunto durante 50 años. No tenían tiempo de pensar en la gran cuestión, ni siquiera de recordar que subsistía una gran cuestión, porque tenían que deslomarse elaborando la teoría del precio de una taza de té.

      Keynes recuperó la gran cuestión. Empezó pensado en términos ricardianos: si el producto debía comprenderse como un todo, ¿a qué preocuparse por una taza de té? Cuando piensas en el producto como un todo, los precios relativos dejan de importar (incluidos los precios relativos del dinero y del salario). Lo que entra en el argumento es el nivel de precios, pero entra como complicación, no como asunto principal. Si tienes cierta práctica con la bicicleta de Ricardo, no necesitas detenerte y preguntarte qué hacer en un caso como ese; simplemente, lo haces. Prescindirás de la complicación, hasta que hayas trabajado suficientemente en el problema principal. De modo que Keynes comenzó dejando de lado los precios del dinero. La taza de té de Marshall se evaporaba como el humo. Pero si no puedes servirte del dinero, ¿qué unidad de valor usarás? Una hora de tiempo de trabajo humano. Es la medida más asequible y plausible, y por lo mismo, obviamente, la más usadera. No tienes que probar nada; simplemente, hacerlo.

      Pues bien; en eso estamos, de vuelta a las grandes cuestiones de Ricardo. Y nos servimos de la unidad de valor propuesta por Marx. ¿De qué se queja usted?

      Y hágame el favor de sacar las narices de Hegel de aquí. ¿Qué demonios pintan entre Ricardo y yo?

      Joan Robinson (1903-1983) fue una economista inglesa, una de las grandes del siglo XX

      Traducción para http://www.sinpermiso.info: Antoni Domènech

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