Qué entender por “normalización” entre Cuba y Estados Unidos

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Por Julio Cesar Guanche

En días pasados, la revista OnCuba envió un cuestionario sobre el evento Cuba y Estados Unidos en tiempos de cambio, celebrado en Washington entre el 27 y el 28 de enero pasados, a varios de los participantes. Dicha revista publicó un reportaje sobre dicho evento que reproduje aquí. Por la extensión de mis respuestas, OnCuba seleccionó con precisión parte de mis criterios. Ahora, publico aquí mis respuestas completas a su cuestionario.

¿Podría hacer una valoración del intercambio sostenido, y más específicamente, sobre cuáles fueron los puntos de conciliación y conflicto detectados en el encuentro respecto a los temas en discusión?

El intercambio, por la variedad de sus participantes, su nivel político, académico o empresarial, y por el compromiso mostrado en construir un escenario de análisis e intercambio de propuestas, basadas en la información y en la necesidad de mayor conocimiento mutuo, fue muy positivo.

Aprecié que las medidas anunciadas el pasado 17 de diciembre fueron experimentadas, amén de las diferencias específicas entre los participantes, como un triunfo no solo de las diplomacias cubana y estadunidense, sino también de todos aquellos que en la sociedad cubana, cubanoamericana o estadunidense trabajaron por muchos años para crear las condiciones que permitieran esta decisión. Fue también común constatar la necesidad de que, en el lapso restante a la administración Obama en el poder, se pueda seguir una agenda de pasos integralmente concebidos y determinados hacia su concatenación y consecución, que hagan sino irreversibles estas medidas, sí al menos muy difíciles de desmontar. La responsabilidad de que así suceda se encuentra sobre los hombros de todos los actores involucrados: en el presidente Obama, y en las facultades ejecutivas que aún puede ejercer; en los sectores con este interés dentro del Congreso de los Estados Unidos; en el gobierno cubano; y en los más diversos sectores sociales, económicos, culturales, de ambas sociedades que pueden hacer de esta interacción un campo cruzado de múltiples relaciones. Algunas intervenciones cuestionaron la vocación de superioridad y la falta de conocimiento situado con que casi siempre se han manejado los discursos oficiales estadunidenses sobre Cuba, correlativos a la visión autoatribuida a ese país sobre su papel privilegiado en el orden global y sobre cómo las diversas realidades nacionales deben encajar en dicha visión. En ello, tuvieron confluencias los reclamos de reivindicación de la soberanía cubana —sin dejar de comprender el carácter trasnacional de la sociedad cubana actual— para decidir el rumbo político del país, aunque los grados en que los ciudadanos cubanos pueden participar de la definición de ese rumbo fuese un campo en discusión.

Los puntos de conflicto no son grandes novedades, pero es importante poder colocar distintas perspectivas en un mismo espacio de discusión. Con ello, permanecen las diferencias, pero disminuyen los dogmas de fe y las ignorancias recíprocas. En los intercambios afloraron discrepancias sobre la visión del desarrollo posible, el lugar que debe ocupar en la economía cubana el mercado y los actores privados, el grado y la forma en que deben sostenerse compromisos de justicia social y las mejores formas de darle soporte, la definición de la sociedad civil cubana, entre otros temas.

 ¿Qué le pareció el encuentro como ejercicio de discusión entre posturas no necesariamente coincidentes?

Este tipo de ejercicio es imprescindible, pero las ventajas que supone no solo se refieren al intercambio sobre el presente y el futuro de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Necesitamos, en Cuba, mucha más comunicación al interior de la sociedad cubana, y muchas más vías de comunicación horizontal entre “posturas no necesariamente coincidentes” sobre este proceso en relación con los EEUU, como también sobre muchos otros temas. A este propósito, un escenario, primero, de distensión, considerado como parte de un camino más largo hacia lo que sea que entendamos como normalización, contribuye a reformular al interior de Cuba el complejo simbólico de la “plaza sitiada”, incubado por razones fundadas, pero que ha justificado por mucho tiempo la limitación del debate público y la canalización efectiva de discrepancias. La variable EEUU seguirá teniendo, como ha sido a lo largo de nuestra historia, gravitación significativa sobre la política cubana, pero debería ser menos conflictivo en un escenario “normalizado” tener debates “entre cubanos” sin que la mención a la larga sombra del Tío Sam sirva para coartar la deliberación.

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En el contexto que se avizora, ¿cuáles son las perspectivas que advierte para el intercambio académico entre cubanos y estadounidenses?

El horizonte deseable es que se expandan en número y en áreas de conocimiento y es probablemente lo que ocurrirá. En este sentido, me parece imprescindible insistir en la necesidad de conocernos. Se ha destacado que la sociedad cubana ha conservado ؙ—pues no ha sido nunca una cultura cerrada, y menos en relación con los Estados Unidos—, diversos grados de conocimiento sobre la sociedad y la cultura estadunidense a través del cine, la música, la literatura, la información política, etc. No obstante, me parece un error sobrevalorar la cuantía de dicho conocimiento y su pertinencia para comprender el modo en que funcionan los Estados Unidos. En esas mismas áreas, como en otras, también existe en Cuba un acumulado de ignorancia sobre cómo operan la cultura política, el sistema estatal, el Derecho, los credos religiosos, las ideas sobre los negocios, el valor atribuido a su historia y al peso de las instituciones, como las que se enuncian bajo frases como “la majestad de la ley y de la Constitución estadunidense”. Lo mismo es necesario por parte de los Estados Unidos hacia Cuba. La enorme comunidad cubana presente en ese país es el principal puente para promover el conocimiento sobre Cuba, pero me parece un hecho también la existencia de grandes acumulaciones de desconocimientos y malentendimientos. A este fin, puede contribuir, también, un mayor intercambio académico. Con este horizonte, en el evento ya se adelantaron noticias sobre proyectos en curso de organizar viajes —en mayor escala a los que ya venían ocurriendo— de estudiantes estadunidenses a Cuba y de propuestas de investigación académica conjunta entre profesionales de ambos países en diversas temáticas.

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Carteles. Noviembre de 1940

A manera de resumen, y basado en lo que observó en el encuentro, ¿cuáles considera que son los retos para una posible normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos que salieron a relucir en los debates?

Algunos temas son “clásicos” y si no se mencionaron todos expresamente en el evento estuvieron presentes de alguna manera como telón de fondo: lo que se mantiene en pie del bloqueo/embargo en varios aspectos —como el uso del dólar en transacciones internacionales, las capacidades de importación y exportación, el otorgamiento de créditos, el permiso a los viajes de turismo, el uso de transporte marítimo, entre otros—; los tópicos de la compensación a las propiedades norteamericanas nacionalizadas y de las reclamaciones cubanas por los daños causados por el bloqueo/embargo y las actividades de guerra sucia de la CIA;  el reclamo de devolución de la base naval de Guantánamo, la controversia oficial en torno a la vigencia de la Ley de Ajuste Cubano, la comprensión contradictoria sobre la democracia y los derechos humanos, entre otros.

Ahora, esto es una “agenda máxima” que, hasta el momento, no ha sido abordada en su conjunto, de modo que se condicione los próximos pasos a su íntegra resolución. En el evento se debatió cómo temas sobre los que se mantendrán fuertes desacuerdos, como los de la democracia y derechos humanos, cuentan con experiencias útiles de mecanismos de intercambio, como los existentes entre los EEUU y Viet Nam. Todos esos temas deberán ser abordados, porque no cabe esperar “concesiones” sobre algunos de ellos por ninguna de las partes involucradas. La estrategia de pasos sucesivos puede conseguir grandes éxitos, si consigue interconectarlos, buscar vías para asegurarlos, y situarlos dentro de un horizonte de más largo aliento.

Existen otras discrepancias fuertes en las perspectivas que manejan ambos gobiernos sobre las nuevas relaciones mutuas. Por ejemplo, la política estadunidense está enfocada en potenciar los pequeños y medianos emprendimientos privados en Cuba, en el entendido que una mayor independencia del Estado otorga mayores cuotas de autonomía en la actuación política. Sin embargo, la política cubana está basada en lo contrario, en potenciar las megainversiones extranjeras directas y mantener su administración en el sector estatal de la economía, en el entendido que así puede evitar la concentración de la propiedad y redistribuir el ingreso. De esta lógica contradictoria cabe esperar la emergencia de obstáculos para el mayor despliegue de relaciones.

Por otra parte, la “normalización” extiende consecuencias que no se refieren solo a una nueva actitud política por las partes oficiales involucradas, sino también al aprendizaje de la cultura de relación entre sociedades con escasa interacción reciente, y a códigos morales para relacionarnos entre cubanos con trayectorias de hostilidad mutua. Además, podría servir de catalizador para el debate de temas, no necesariamente vinculados al restablecimiento de relaciones con EEUU, pero que pueden adquirir un nuevo ángulo ante oportunidades de negocios con ese país. Me refiero, por ejemplo, en materia económica, a cuestiones poco presentes en el debate nacional como el entendimiento de la necesidad de protección a los productores y consumidores cubanos y de transparencia de las contrataciones del sector público, a través de mecanismos como licitaciones y concursos públicos. No deberíamos observar como “normal” concebir a Cuba como un mero mercado para los productos estadunidenses —como la “normalidad” mexicana después del TLC, que arrasó con importantes sectores de su economía nacional—, o contratar con una megaempresa estadunidense siendo desconocido para el público los enormes conflictos ambientales que genera su explotación en otros contextos, o negociar para conservar precios abusivos de monopolio, sean estatales o privados. Debemos comprender que tenemos obligaciones con hacer productiva la economía cubana, que necesitamos muchas relaciones con los EEUU, y que necesitamos también ser capaces de operar dentro de esas relaciones en defensa de intereses sociales, económicos, culturales de un número cada vez más amplio de actores y consumidores nacionales.

La comprensión misma de qué entender por normalización es un reto mayúsculo, cuando antes no fueron casi nunca “normales”. En el “casi nunca” radica una posibilidad para hoy. El presidente Franklin Delano Rooselvelt gozó de gran prestigio y popularidad en la enorme mayoría de los discursos cubanos de su época. El New Deal fue una de las grandes referencias que influyeron en la Constitución cubana de 1940. Cuando Rooselvelt ganaba sucesivas elecciones, los titulares de las revistas más leídas en Cuba —muy leídas también en América latina— se referían al hecho como “el triunfo de la democracia social contra los representantes del capital”, y aseguraban, “aprovechemos ahora que tenemos cuatro años más de buen vecino”. Es prudente pararnos sobre esa imagen y confiar en que es posible un mejor futuro, y no atarnos a otros páramos de la historia de las relaciones entre nuestros países, como los capítulos que incluyen a Teodoro Rooselvelt clamando contra “esa infernal pequeña república cubana”, el irreconocimiento del gobierno Grau/Guiteras, o a Haig diciendo a Nixon: “Usted ordene y convierto esa pinche isla en un estacionamiento.” Ciertamente, “no es fácil”. Confiemos en que, efectivamente, podamos “ver para creer”.

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