República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier

 

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

 

Por Julio César Guanche

Hoy el significado del republicanismo está en disputa desde casi todos los costados del espectro político. El concepto cuenta con una tradición milenaria habitualmente asociada a principios como el autogobierno colectivo, las virtudes cívicas y la participación política de la ciudadanía. Amén de tan noble contenido, el interior de su historia cuenta con enconadas luchas entre versiones oligárquicas y democráticas del republicanismo. En el mundo actual, un número muy amplio de países cuenta con regímenes formalmente republicanos, pero se escribe sobre, y se lucha por, la república democrática desde hace 2500 años.

La lucha por la república democrática no ha sido nunca un asunto exclusivamente europeo. En 1797, en el puerto venezolano de la Guaira, varios esclavizados fueron detenidos por cantar “La Marsellesa”. Un testimonio cuenta que “un esclavito confesó que era cierto que iba cantando las coplas, y nos cantó… advirtiendo que todas las demás que sabe tienen por estribillo el ´viva la República, viva la libertad, viva la igualdad´”. C. R. L. James, primero,y, luego, Paul Gilroy, han mostrado a la Revolución haitiana como “la radicalización republicana del liberalismo atlántico”.

En ese camino, James recogió esta estampa de los “jacobinos negros”: “Los oficiales de diferente color rechazaban las invitaciones a un grupo en particular, como buenos republicanos, se negaban a agachar la cabeza o hacer reverencias ante el marqués español, a quien sacaba de quicio la impertinencia de estos negros.”

En el siglo xix, fueron repúblicas los estados emergentes de la independencia en América Latina. Engels vio en la Comuna de París la forma de la república democrática, hecho que antes Marx había visto, a su vez, de este modo: “El gran mérito de este movimiento (el cooperativismo) consiste en mostrar que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, sistema despótico que lleva al pauperismo, puede ser sustituido con un sistema republicano y bienhechor de asociación de productores libres e iguales.”

Por la Comuna!

Por la Comuna!

La “república con todos y para el bien de todos” no fue solo el anhelo y el fin de la guerra revolucionaria organizada por José Martí. Céspedes entendió que el levantamiento independentista era el “solemne compromiso de consumar su independencia (la de Cuba) o perecer en la demanda: en el acto de darse un gobierno democrático, el de ser republicana”. Desde las doctrinas socialistas de la época, Diego Vicente Tejera afirmó que Cuba necesitaba “principalmente mucha libertad y mucha justicia, mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad”.

Tejera se oponía con ello a todo “privilegio inicuo, de una república, sí, pero de una república tiránica, de una república absorbente, de una república en que peligran las libertades populares”. Rafael Serra, el amigo y compañero de Martí —que se presentaba a sí mismo como un “exesclavo rebelde”— decía algo similar: “Desde ahora, y como base de la más inalterable armonía, creemos bueno y de rigor la práctica de la verdadera democracia, que es de donde tiene que surgir el bien de la república.” En 1902, en la “lejana” Francia, un libro aseguraba sobre Antonio Maceo: “su sangre generosa fecunda el suelo de Cuba; su ejemplo ha sido seguido por sus herederos, sucesores de su valentía, y su memoria será objeto eterno de admiración por los republicanos y los patriotas de todos los países.”

Sin embargo, la palabra “república” no convoca milagros, ni hace comparecer a la democracia por el solo hecho de nombrarla. Ante el espectáculo real de exclusión social y étnica-racial, corrupción política y uso exclusivista del poder por parte de las facciones interno-coloniales, Martí llamó a esos regímenes latinoamericanos del XIX “repúblicas nominales” (1892) y “repúblicas teóricas” (1895). Algo parecido hizo José Carlos Mariátegui cuando, compartiendo una frase de José Vasconcelos, las calificó de “falsas repúblicas”. La martiana aspiraba a ser, en cambio, una república democrática, atravesada por la exigencia frontal de justicia social, soberanía nacional y popular, economía social, y libertad y participación políticas ampliadas.

Massaguer, sobre la República cubana, a los 21 años de fundada.

Massaguer, sobre la República cubana, a los 21 años de fundada.

Tampoco la palabra “República” convocó milagros en la historia cubana posterior. El Partido Demócrata Republicano, de nombre tan sonoro, fue uno de las más antidemocráticos y más antirrepublicanos de cuantos compartieron el escenario cubano de la primera mitad del siglo XX, por sus posiciones excluyentes, por oligárquicas, ante la raza, la cultura, los derechos, la economía y la libertad política de las mayorías (temas estos, y período, que han estudiado Jorge Ibarra, Louis Perez Jr., Ana Cairo, Oscar Zanetti, Robert Whitney, Rafael Rojas, Berta Álvarez y Alejandro de la Fuente, entre otros). Tampoco convoca milagros esa palabra en el mundo de hoy: el “republicanismo” de Mauricio Macri, en Argentina, es una caricatura del concepto, cuando se atrinchera en ciertos marcos institucionales, formalmente republicanos, para privilegiar exclusiva y antidemocráticamente a minorías económicas y políticas.

No obstante, en las primeras décadas del XX, la lucha por la república española (1936-1939) representó la voz democrática del mundo antifascista. Marc Bloch, acaso el más grande historiador de esa centuria, asesinado por la Gestapo fascista, moría por ser republicano y resistente. Sin embargo, alguien puede pensar en nuestros días que el republicanismo es una moda, una clasificación más en la estantería de las clasificaciones políticas, u otro producto “burgués”, como hacen aquellos que piensan, con la temeridad propia de la ignorancia, que todo en esta vida ha sido creado por “la burguesía” a su imagen y semejanza.

El “relanzamiento”, en el mundo académico, del republicanismo ocurrió en los 1960. En esa década la democracia liberal sufrió una enorme pérdida de “popularidad” —a diferencia de hoy, que campea por sus respetos como “única” opción para la democracia— a manos del marxismo, el estructuralismo, la insurgencia del “68”, las guerrillas latinoamericanas, la Revolución cubana y la guerra de Vietnam. Fue un contexto propicio para la aparición de alternativas políticas e intelectuales. Entre estas últimas, estuvo el neo-republicanismo académico, que reaccionó contra problemas que impiden la libertad, a los cuales el liberalismo presta poca atención, o desconoce.

Hitos de esa recuperación fueron las obras de Bernard Bailyn, Gordon Wood, John Pocock y Quentin Skinner. No es forzar demasiado las afiliaciones si se ubica en esa tradición Republicanismo, de Philip Pettit, que sería un “libro de cabecera” de José Luis Rodríguez Zapatero en España. Esa corriente, conocida mayormente como Escuela de Cambridge, atiende de modo preferente a los lenguajes, las palabras y los conceptos, pero no considera en profundidad, como ha cuestionado Ellen Meiksins Wood, temas como las relaciones entre la aristocracia y el campesinado, la agricultura, la distribución y tenencia de tierras, la urbanización, el intercambio, el comercio y la clase burguesa, o la protesta social y el conflicto.

Trabajando de manera propia con el marco teórico de la Escuela de Cambridge, una corriente de historia intelectual latinoamericana ha reelaborado el paradigma de la “historia de las ideas” para repensar el republicanismo latinoamericano del xix. En ello, ha discutido el paradigma de las “ideas fuera de lugar” y observado las funciones políticas que cumplen los lenguajes en su contexto concreto —sus “intenciones”— aún si son ideas “importadas”. Textos de Xavier-Francois Guerra, y polémicas como las cruzadas entre José Elías Palti y Horacio Tarcus, han complejizado las metodologías de estudio en este campo. En México, autores como José Antonio Aguilar, José Carlos Chiaramonte, Rafael Rojas, Alicia Hernández Chávez y Luis Barrón han abierto direcciones de estudio sobre las “repúblicas epidérmicas” y el “republicanismo positivo”, para cuestionar, por ejemplo, la centralidad de la dicotomía entre “liberales y conservadores” y observar la significación del republicanismo durante la primera mitad del siglo XIX y su beligerancia frente a los valores liberales. Otro esfuerzo en este horizonte es el Diccionario político y social del mundo iberoamericano (coordinado, entre otros, por Javier Fernández Sebastián, Cristóbal Aljovín y Georges Lomné), que pretende “devolver al mundo ibérico su merecido papel en el planteamiento moderno de uno de los conceptos más básicos de la gramática política occidental”: el republicanismo.

También en América Latina, pero desde otros enfoques disciplinares, diversos autores han dialogado desde su propio contexto con los textos clásicos (occidentales) del republicanismo. En esta línea, han aparecido estudios de filosofía política de Eduardo Grüner, Roberto Gargarella, Cicero Araujo o André Singer, que plantean “interrogantes relativas a la constitución de una república que haga honor a su nombre, como res publica, amenazada por el avance aparentemente incontenible de los procesos de privatización de la vida económica y social”. De modo similar, han dialogado desde la región con las discusiones globales en torno a la renta básica (que en varios contextos es defendida desde marcos republicanos) economistas como Rubén Lo Vuolo y Julio Aguirre.

También en el mundo académico, una escuela de historia, con enfoque atlántico, ha reconstruido las apropiaciones que del republicanismo hicieron los actores afroamericanos en busca de su libertad y en su participación en las guerras de independencia y en la creación de las repúblicas. Ada Ferrer, para Cuba y Haití, y Marixa Lasso y James Sanders, para Colombia, han hecho aportes fundamentales en esta dirección. (También Mark Thurner, para el republicanismo andino y Cecilia Méndez, sobre el republicanismo plebeyo en el Perú) Estos estudios se insertan en el marco más amplio de repensar la formación del Estado  en América Latina, y miran con particular énfasis la actuación de las clases subalternizadas. Según Lasso: “Al igual que sucediere con otras gentes de descendencia africana en el Caribe inglés y francés, muchos afro-colombianos compartieron el entusiasmo republicano y la retórica que caracterizaron ese período. Ellos se apropiaron de la retórica liberal que desprestigió al oscurantismo español, y declararon una nueva era de libertad republicana, no sólo para defender y alimentar viejas aspiraciones a igualdad y justicia, pero también para luchar por nuevas nociones de igualdad racial.”

Otra vertiente de pensamiento republicano, distinta a las anteriores, tiene entre sus fuentes el marxismo crítico, y pensamientos en diálogo con el marxismo, como el de Karl Polanyi. Esta corriente ha leído el origen y desarrollo de las ideas y prácticas socialistas como la gran respuesta de la tradición republicana democrática frente a la aparición y consolidación del capitalismo industrial —la otra gran respuesta, en dirección opuesta a la socialista, sería el liberalismo—. Esta tendencia encuentra en el marxismo crítico y en las prácticas socialistas democráticas, históricamente verificadas, los contenidos de la tradición republicana democrática: la concepción de que la ley está dentro del derecho, y que debe prevalecer siempre como instrumento de la soberanía popular; la noción de la libertad como un derecho constitutivo inalienable; la tesis de que la autoridad y el poder políticos son un “mandato” otorgado bajo control de la ciudadanía; y la concepción democrática de la propiedad sobre los medios de existencia y de producción. En esta corriente, que tiene a E. P. Thompson como uno de sus grandes referentes intelectuales, pueden ubicarse pensadores como Ellen Meiksins Wood, Antoni Domenéch, Silvia Federici, Peter Linebaugh, Maria Julia Bertomeu, Gerardo Pisarello, Daniel Raventós, Florence Gauthier; Jordi Mundó y David Cassasas, entre otros.

Para esta mirada, el republicanismo no se trata solo de un tema de estudio académico, sino de un programa político concreto que impugna, entre otras cosas: a) el dominio del capital transnacional y financiero sobre el mercado mundial (en ello, defiende la regulación y el control democrático de los mercados como forma de proteger y aumentar la provisión de bienes comunes); b) la expropiación de libertades políticas para la ciudadanía por parte de grupos “privados” que traducen su capital económico en monopolio de la acción política (como ocurre con el secuestro de la libertad  de expresión por parte de los oligopolios de la información); y c) el desmontaje antidemocrático del Estado de bienestar y las agresiones por parte de la contrarreforma capitalista/imperialista (no solo de los EEUU) contra procesos democráticos. A su vez, esta corriente se compromete con propuestas para la vida concreta de las personas, aquí y ahora, como en el impulso que da a la iniciativa de una renta básica universal e incondicional; y hace sus propuestas contando con la realidad geopolítica del mundo actual, por ejemplo, para sostener una alternativa democrática a nivel europeo —no solo como experiencia “local”— frente al avance del neoliberalismo y el protofacismo en ese continente.

Los textos que Cuba Posible propone en este dossier se ubican conscientemente en los debates y diálogos entre las corrientes mencionadas. Consideramos que es útil la información y el escrutinio de todas ellas, pero el lector podrá juzgar las afinidades en estos textos. Los artículos aquí reunidos se oponen a lo que Aristóteles consideraba,  según afirma Antoni Doménech, como el verdadero gobierno doméstico, el del padre de familia: “despótico con los esclavos, monárquico con los hijos y republicano con la mujer.” Estos textos tienen otra vocación. De ellos se desprende la defensa del gobierno republicano entre iguales —los ciudadanos cubanos—, y entre naciones —como entre Cuba y Estados Unidos, con el absoluto respeto a su soberanía—, atravesado todo ello por la exigencia frontal de justicia social, soberanía nacional y popular, economía social y libertad y participación política ampliadas. Los textos abarcan temas diversos, tan diversos como los que permite procesar el republicanismo así considerado: la democracia, el imperio de la ley y el derecho, el socialismo, el papel del Estado, el antirracismo, la justicia social y la inclusión política, la necesidad de la distribución democrática de la propiedad, etc. Place también a Cuba Posible republicar un texto pionero sobre el tema, del profesor Julio Fernández Bulté, quien fue el primero que en Cuba estudió el republicanismo de origen latino como pilar del constitucionalismo democrático latinoamericano, una fuente también de estos textos. (El texto de Fernández Bulté apareció en Temas, revista que, también, dedicó un número al tópico del republicanismo —No. 70, 2012—)

Hace unos meses, Eusebio Leal, en su homenaje al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, expresó: “que se levante la producción, que se levante el campo, que se levante el trabajo, que nos avergüence el robo; que se sienta orgullo en nacer en esta República, que no emigren, que permanezcan, que trabajen, que se unan”. Lo expresó como un deseo, una aspiración. Ana Cairo Ballester ha documentado como este proyecto ha sido una constante en la historia de Cuba con la idea de “Tenemos que ser una República”. Este es también el anhelo y el proyecto al que pretenden contribuir estas páginas, en el aquí y ahora cubanos.

En este dossier, aparecen los siguientes textos:

  1. ¿Qué hace democrática una república? Una reflexión sobre el origen de la democracia, y algunos malentendidos, de Antoni Doménech
  2. La república de los plebeyos, de Hiram Hernández Castro
  3. República y ley en Cuba: reflexiones en tiempo de reforma, de Amalia Pérez Martín
  4. La ciudadanía republicana: el género y otros “márgenes”, de Ailynn Torres Santana
  5. Raza y fraternidad republicana. Entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en Cuba en las primeras décadas del XX, de Julio César Guanche
  6. Democracia y república. Vacuidades y falsificaciones, de Julio Fernández Bulté
  7. De la necesaria reconstrucción del proyecto emancipador del socialismo para el S. XXI: ¿’Quo vadis’ socialismo?, de Eduardo González de Molina Soler

Nota:

Para ver colecciones de imágenes sobre la alegoría de la república cubana, ver:

http://alegoriacubana.blogspot.com/

http://fleitascubacollection.blogspot.com/

Para apropiaciones artísticas contemporáneas de esta alegoría, ver:

http://duvierdeldago.com/

 

Este texto  apareció primero en: https://cubaposible.com/introduccion-dossier-republicanismo/

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Un comentario sobre “República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier

  1. Muy bien, Guanche, al fin puedo leerme uno de tus envíos. Y adivino que muy bien por todo lo que puedo entender de lo que dices sin haberme leído nada de los autores que citas, que ya eso sería otra cosa para la que seguramente no estoy suficientemente preparado ni tengo el tiempo para ello, pero sí será de gran utilidad para los jóvenes investigadores cubanos.
    Otro abrazo

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