La Gaceta de Cuba: un milagro cubano

La Gaceta de Cuba (1992)

 

Julio César Guanche

 

Yo, en 1994, me contaba entre los cerca de 5 mil estudiantes matriculados en el curso “diurno” de la  Universidad de la Habana. La cafetería de ese centro expendía, cada jornada, cien objetos hechos con base en harina que muy generosamente recibían el nombre de pizzas. Cien, ni una más ni una menos, a seis pesos cubanos. Se vendía cada pizza con un ticket acuñado y firmado por el administrador. Era la única opción de almuerzo para cientos de estudiantes (que no tenían —o habían sido apresados in fraganti falsificando—) la tarjeta del comedor Machado.  Luego, un nutrido contigente hacía cola desde las 5 am para obtener un ticket.

Un día de ese año, un amigo mío contaba con 10 pesos por todo capital. Se había hecho de un ticket. Al hacer una gestión cerca del Parque del Quijote (23 y J), debió enfrentarse a la decisión más trascendente que hasta entonces había tomado en su vida: la venerada edición de Paideia (dos tomos), de Werner Jaeger, estaba a la venta por alguien con un apuro incontinente.  Su precio: apenas, pero justo, diez pesos. Mi amigo supo que se trataba de hacerse del libro o pasar el día en blanco. Él —porque la cultura es, en serio, el escudo de la nación—  optó por el libro y, sin decirme por qué,  me cedió su ticket. Fue la única pizza que comí ese año.

Mi amigo, mayor que yo, estudiaba artes y letras. Era la persona más culta de cuantas yo conocía entre los cercanos a mi edad. Para sostener conversaciones “letradas” con él, yo, pobre estudiante de Derecho, encontré una fuente inagotable de sabiduría: La Gaceta de Cuba, que entonces localicé en un “kiosko” de periódicos del  paradero de Playa, que vendía con regularidad cada número, con sus infaltables 44 páginas, primero amarillas, luego blancas. Nunca dejaré de asombrarme de esa especie de milagros cubanos: la guagua podía demorar dos horas, pero mientras tanto podías leer una revista con un nivel al alcance solo de las mejores del continente, y por 1,25 pesos cubanos.

Tuve así tres grandes conquistas en 1994: una tarjeta del Machado, mi primer gran amor y la lectura completa, “religiosa”, de cada Gaceta. Allí leí “Mirar a Cuba”, de Rafael Hernández y su saga, las polémicas con Plural, Rafael Rojas y Jorge Castañeda, las entrevistas extraordinarias  de Emir García Meralla a músicos cubanos, los dossiers de Ambrosio Fornet sobre literatura cubana de la diáspora, los ensayos de Rufo Caballero (a quien envidiaba con todas mis fuerzas por lo que para mi era una erudición inalcanzable),  y el primer ensayo “culterano” de Emilio Ichikawa.

Faltan en esta lista otro grupo selecto de quienes me “alumbraron” en medio de los apagones de aquellos años, pero no eran frecuentes en la Gaceta: Fernando Martínez Heredia, Juan Valdes Paz, Aurelio Alonso, Haroldo Dilla, Alfredo Prieto, Pedro Monreal y Julio Carranza. A ellos los leía en la impar Cuadernos de Nuestra América, que salía, con suerte, una vez cada seis meses —había que “lucharla” en la antigua sede del CEA (3 era y 28)—  y era “la” otra lectura “religiosa”.[1] Ambas publicaciones eran de “culto” para quienes buscábamos —con solo cien pizzas alrededor—  cómo ser socialistas y pensar por nosotros mismos, ambas cosas al mismo tiempo.

En las clases de Derecho de entonces, un grupo de los que estábamos así “armados” intelectualmente, le declaramos toda guerra posible a los profesores de entonces, en forma de discusiones sobre el Derecho, lo humano y lo divino. Una de ellas, particularmente querida, enojada una vez en medio de aquellas interminables discusiones nos espetó: “ustedes hablan como la gente de la Gaceta y del CEA”. Esas palabras son, aún hoy, un orgullo para mí. Soy desde entonces, ya con intereses más establecidos y “más serios” que los de conversar con mi amigo, un gacetero. Francamente, espero morirme hablando como la gente de aquella Gaceta (y de aquel CEA.) Si también hay algunas pizzas en mi futuro, mejor, pero que no me falte, por favor, ese milagro cubano que es la Gaceta.

[1]  Temas, en su versión actual, no salió, creo, hasta 1995. Su  número 1 lo vi en las manos de un profesor de Filosofía, sentado en el mítico muro de su facultad. Primero me pareció “extranjera”, y por ello inalcanzable. Luego no paré hasta dar con ella. Su número 3, editado poco antes del VI Pleno del PCC (que no debe ser olvidado) fue otro material imprescindible en esa hora.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s