Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio Cesar Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Entre la publicación de Peñas arriba en 1917 y la organización del Cuarto Congreso de la Unidad Sindical en 1933, Rubén Martínez Villena vivió una de la existencias más penetrantes del siglo XX insular. Más conocido por su actividad política que por su hontanar intelectual, Martínez Villena dio al trazo de la República moral una connotación de civismo, ética y justicia social que hizo adelantar la rebeldía al estatus de una Revolución. Sin cumplir 25 años, la edad en que la mayoría apenas ha dicho dos o tres cosas de nula importancia, Rubén había escenificado la Protesta de los Trece, entrenado para piloto con el fin de bombardear el Capitolio cubano, creído inicialmente que los males del país eran subsanables con la eliminación de la corrupción, escrito páginas esenciales y abierto al fin su pensamiento hacia una lectura renovadora de la historia y el futuro de Cuba.

El grito de Martínez Villena, y de otros doce jóvenes en la Academia de Ciencias en 1923, fue la obertura cubana a la modernidad del siglo XX. Esa generación miró al país y se lanzó furiosamente a rehacerlo. Villena, junto a Mella, Pablo, Marinello y Roa conforman el ala radical de esa generación, que por primera vez transitó las rutas de los marxismos en Cuba y produjo interpretaciones fundamentales (amén de algunas muy erradas) sobre José Martí.

La poesía de Rubén, con “la inflexión y el fuego de los Versos libres de José Martí” según Cintio Vitier, lo había llevado a ser uno de los escritores de mayor relieve de su generación, pero igual sirvió de pretexto a una polémica que continuaría a través de los años —con otros motivos—, cual epítome de la diversidad de caminos seguidos por aquella primera generación republicana. No obstante —y aunque apenas leída hoy— su obra no necesita de aquella algarada para formar parte de la historia literaria del país.

Mientras Rubén leía a Rodó, Gandarilla, Ingenieros, Vasconcelos, Guerra, Varona y Sanguily, agitaba sindicatos, preparaba huelgas y vivía agónicamente el día a día de la revolución. En Moscú, en 1931, recibía esta carta de su amigo Pablo de la Torriente: “Más adelante acaso entre Raúl y yo hagamos un libro y en él pondré detalles cinegrafiados de interés casi históricos. Lo primero que he hecho es el último capítulo. Se titula: ´La revolución de la mierda´. Y Raúl ya tiene también el título de su epílogo: ´La mierda de la revolución´. Como ves, esto apesta que es una barbaridad.”

La complejidad de aquel momento resulta hoy prácticamente desconocida. Los comunistas cubanos de la hora no llegaron al criterio de unidad defendido por Mella, contaminados del sectarismo de las tesis de la III Internacional.[1] En lugar de ampliar sus bases sociales, el Partido acumulaba ataques contra la pequeña burguesía. (Sus querellas se extenderían luego a Guiteras una vez derrocado Machado y constituido el gobierno provisional de “Los Cien Días”.) Con la brutal represión el Partido estaba diezmado y dividido el movimiento obrero. Villena fue parte de esos desgarramientos, y muy preocupado con la situación, escribía en 1932: “Nuestro Partido se encuentra en la actualidad destrozado. No existen cuadros de lucha, ni organizaciones eficientes. Los efectivos con que contamos son en extremo escasos. Nuestra influencia en las masas es muy superficial y relativa.” No obstante, Villena logró, menos de un año después, movilizar 200 mil personas con un partido que apenas rebasaba los 400 efectivos, llevar el país a la huelga general y contribuir decisivamente a la caída de Machado. A poco moriría, prosaicamente, de tuberculosis.

Fernando Martínez Heredia es quizás uno de los cubanos que mejor conoce a Villena y a su época. Participante de la lucha insurreccional, profesor, director de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta 1971, Martínez Heredia es uno de los estudiosos más constantes de la historia nacional. Hoy investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, descubrió hace mucho “el secreto profundo de la emoción” que despierta Rubén y considera que: “en vez de destrozar sus versos, Rubén compuso con su vida un gran poema, y logró trascender a las flaquezas del cuerpo y las limitaciones de la actuación. Por eso su lugar en la gesta cubana está tanto en sus dísticos patrióticos que se repiten en las tribunas como en sus versos de amor con que cada generación de cubanos busca enamorar y enamorarse. Está tanto en las páginas de encomios políticos que se le dedican como en la prodigiosa manera en que la música de Silvio resuelve el juego juvenil de alas y nubes y el grave y esencial tema de la pupila insomne, para despeñarse enseguida, afiebrada y tenaz, en la más intensa traslación a sonidos de la Revolución del treinta que yo haya escuchado.”

Las respuestas al cuestionario que sigue sobre Villena, su generación y su época fueron escritas por Martínez Heredia en medio de un viaje tumultuoso por varios países europeos, a donde había sido invitado a pronunciar charlas sobre el futuro de Cuba y la necesidad de un pensamiento anticapitalista. Asegura que tuvo que inventar el tiempo, pero no dejó de cumplir su promesa: hablar de Rubén, de la complejidad y la belleza de su vida, de las lagunas de la historia y de la esperanza que sobreviene con la lucidez. Para Martínez Heredia, entre las vidas trascendentes que ha producido esta isla, “Rubén es el héroe romántico de la revolución proletaria”.

 

¿Qué diferencias encuentra entre el Rubén de 1923-1924 – “el único patriota de los veteranos”—y el de marzo de 1930: “decían que no habría huelga y hay huelga: decían que yo no hablaría y estoy hablando”?

En ese lapso de siete años se produjo la gran transformación de Rubén. El joven orador brillante que se suma al Movimiento de Veteranos y Patriotas ha hecho la carrera de Derecho y la vida bohemia de los poetas “nuevos” de los primeros años veinte. De familia media y ambiente culto, es un intelectual que domina su idioma, busca obsesivamente una poesía esencial que no aparece, y dialoga en sus versos con la muerte. La Protesta de Los Trece es su carta de presentación cívica. La república corrompida y democrática de Zayas exige un rechazo más profundo, y los movimientos de veteranos han sido como conciencia moral del país desde el inicio del siglo, aunque más de una vez se enredan en lamentables manipulaciones politiqueras. Rubén se enrola en el último que alcanzará relevancia, y su convicción y audacia lo llevan a intentar ser piloto, para participar en un intento insurreccional.

El desengaño fue muy cruel para él. Cuando regresó de los Estados Unidos no quería ni salir a la calle. Poco a poco se reincorporó a su medio. Entonces habría podido seguir la senda de otros intelectuales cívicos, entre preocupaciones y manifiestos. La protesta del país se apagaba y comenzaba una etapa de autoritarismo que desembocó en una tiranía. Rubén optó —y quiero insistir en el valor de su opción, cuando no estaba “de moda” — por acercarse con lentitud, pero con decisión, a la rebeldía misma, la que reta al orden y al sistema en su conjunto. Hizo todo el camino. Profesor en la Universidad Popular “José Martí”, editor de revistas de izquierda latinoamericanistas, abogado de sindicatos, hasta dar el paso de la militancia política al ingresar en el novel Partido Comunista en 1927.

Su vida cambió. Rubén no entregó su cerebro al ideal revolucionario, sino todo su cuerpo y su alma. Esa dación es el secreto de su trascendencia como individuo, que lo hace rápidamente dirigente de humildes que admiran mucho al doctor que viene a ellos, y mucho más al compañero que les hace olvidar que es doctor. Rubén comparte las luchas, los proyectos y las nochebuenas con los grupos de obreros que son influidos o militan en su organización. Se aleja físicamente del mundo social del que procedía. Su frase desafiante de aquel 19 de marzo de 1930 es como un triunfo de la paciencia de un intelectual, destinado a brillar por la palabra, que ha sabido callar y trabajar y ayudar a tejer una organización, y que ahora retoma la voz, para anunciar que hay una fuerza nueva que se levanta. Rubén no sabía entonces cuánta paciencia le exigirían los meses y los años que venían, pero ya estaba preparado para arrostrarlo todo.

 

Entre Rubén y Mella, ¿quién fue el maestro?

Mella. Está el busto vigilante frente a la escalinata, está el rostro en los símbolos, pero no es mucho lo que conocemos de su pensamiento, sus actuaciones y su grandeza. En sólo 25 años de vida, Mella tuvo una trayectoria maravillosa. Asombra el alcance de su primer liderazgo, que levantó aquella Universidad soñolienta y mediocre a la altura de la rebeldía, que es la mayoría de edad de la cultura. Un joven advenedizo, bello e insolente, de arrebatos románticos, que apenas logra cambiar la historia de la Universidad y ya está sumergido en el mundo del sindicalismo revolucionario y las ideas comunistas. Crea un semillero de organizaciones y galvaniza al país con su huelga de hambre. Mella fue un líder de una talla tremenda. Sometido al exilio, su papel en el comunismo mexicano fue muy grande, aquí eso es casi ignorado, y sin embargo vivió esos cuatro años entregado a la lucha por una revolución cubana.

Rubén no vio la senda más radical y de futuro con la claridad que la vio Mella. Este lo apreció mucho a pesar de ello, porque supo advertir los valores que tenía Villena. Por eso su suave burla de llamarle “el único patriota” es un elogio y un llamado. Y Rubén supo ser sensible a ese llamado y ocupar un lugar en la lucha. No olvidemos los encargos de Mella que Rubén plasma en estudios de la situación cubana, textos que aquel y Leonardo Fernández Sánchez leerán en el Congreso Antimperialista de Bruselas de 1927. Rubén se agiganta en su entrega en estos últimos años de la vida de Mella y expresa a nombre de su partido el dolor y la indignación que siente ante su asesinato. Cuatro años después defenderá la memoria y el lugar de Mella en el movimiento comunista del continente, ante el intento mezquino y burocrático de disminuirlo.

 

¿Cómo incidió Fernando Ortiz en la formación de Rubén?

Rubén es un jovencito cuando comienza a trabajar con Ortiz, que ya es un estudioso muy profundo y reconocido de las realidades sociales cubanas, y un próspero abogado. Estoy seguro de que la honradez, la consecuencia en las ideas liberales y el espíritu científico del doctor Ortiz fueron factores muy positivos en la formación del joven Rubén, y también sus ideas y acciones a favor de poner la cultura en función de la educación social y la búsqueda de reformas sociales. El de Ortiz era otro hontanar intelectual, muy diferente al de la poesía del que Rubén bebía con tanta pasión y empeño, lo cual enriqueció sin duda la educación del joven.

En 1923 Rubén preparó una colección de discursos de Ortiz —En la tribuna— y escribió el prólogo en julio, a solicitud de este. El texto de Rubén execra la oratoria hueca y exige a la palabra ser vehículo del pensar y la investigación, describe las calidades de científico social de Ortiz, elogia su capacidad de combinar “maciza cultura”, “solidez de ideas” y “ sal criolla”, su laboriosidad y su civismo. Pero quizás lo más destacable del hecho fue la sagacidad del “viejo” Ortiz, al solicitar las palabras liminares del libro a su secretario particular, un joven veinteañero ya envuelto en una cruzada cívica, poeta por más señas —de menor rango y de un mundo ajeno a él—, un prologuista que define al autor como uno de los maestros que necesita el país.

 

¿Qué tendrían en común Pablo y Rubén? ¿Qué les dejó aquel primer juego de pelota en la azotea de Ortiz?

La amistad, esa prenda rara y hermosa, la afinidad electiva. Si hubieran sido hijos de vecino, hubiera sido bella también su amistad. En realidad, todavía lo eran cuando se hicieron amigos. Rubén compartió con el gigantesco deportista en su terreno hablando de deportes y practicando alguno juntos. Y se sintió feliz cuando supo que el otro quería ser escritor, leyó papeles suyos y fue su primer editor. Tenían comunidad de ideales, pero Pablo sólo ingresó en la lucha política en 1930, cuando Rubén se iba al exilio. Pablo supo tallarse, construirse en la entrega de sí, hasta culminar en la revolución española, en 1936. Insepulto Villena, Pablo escribió en el diario Ahora que no había conocido a hombre alguno con semejante atracción personal. Multitud de compañeros de Rubén, dice, que nunca lo vieron, hablaban de él con la certeza de quien nos es familiar. “Tenía Rubén el secreto profundo de la emoción”. Les pido que lean esas dos cuartillas de Pablo —“El magnetismo personal de Rubén” —, que dicen tanto en homenaje al ser humano, esa dimensión superior que es definitoria del militante.

 

De las polémicas Villena-Mañach, ¿sobre cuál valdría la pena volver?

Ante todo nos conviene conocer la obra de Mañach, por sus valores intrínsecos y como parte del ejercicio de apoderarnos de la historia de nuestras ideas. Además, para combatir con el uso de nuestras mentes la funesta tendencia a imponer un mundo en blanco y negro en que se reparten premios y castigos, un mundo de ángeles y demonios. Ya situados aquí, es imprescindible conocer la trayectoria y las posiciones de Mañach , y las de los demás que tuvieron ejecutoria pública, y los contextos que los condicionaron, para apoderarnos de la historia de nuestro país.

Villena y Mañach recorrieron juntos un camino de jóvenes, cuyo hito principal es la Protesta de los Trece. Mañach eligió la senda del rigor ensayístico, del crítico de arte y el analista de la alta cultura y del choteo, siempre preocupado de la situación y la suerte de su patria, pero sin duda ajeno a las ideas de izquierda. Como se le fue viniendo encima el parteaguas de una revolución, nuevas opciones lo llevaron al campo reaccionario. Era forzoso que ambos chocaran y se enfrentaran, porque sus ideales se oponían, ambos tenían actuación pública y eran intelectuales. Murió Villena y Mañach siguió en el campo contrario. Después terminó la Revolución del treinta y Mañach vivió un cuarto de siglo más de actuación intelectual y cívica que no es el caso examinar aquí.

Toco apenas tres momentos. En 1925 Mañach trata con dureza en sus influyentes Glosas al recién fallecido José Ingenieros, el que le dedicó su brillante Tesis de medicina al bedel de la Facultad. Rubén sale en su defensa y reclama una discusión pública de las ideas y la conducta de Ingenieros, a celebrarse en la Universidad Popular. Mañach declina, aclarando que él no conoce suficientemente la obra de Ingenieros. ¿No podía hacer el esfuerzo y prepararse? ¿Tendría otras razones? El segundo momento es en 1927, y es el famoso, por el exabrupto de Villena, que compara el poco aprecio que siente por su poesía con el desinterés de la mayoría de los intelectuales por la justicia social. Le está clavando una banderilla de fuego a Mañach —que ha sido realmente mezquino con Rubén en el artículo que originó la polémica—, pero lo importante es realmente su planteo de las obligaciones morales y políticas de los intelectuales ante el mundo en que viven. El problema era crucial entonces, y lo será siempre. Quiero enfatizar que este problema es vital en la Cuba actual, donde el apoliticismo ha crecido y crece en muchos medios sociales, incluido el intelectual. Mañach y Villena tenían menos de treinta años en 1927. El joven de hoy puede preguntarse: ¿busco conocer las realidades que me rodean y las ideas, seriamente, para pensar, ejercer mi derecho al criterio y actuar? ¿Me limito a mi esfera privada, o a hacer alguna crítica mordaz de vez en cuando, o asumo el lugar social a que me obliga mi capacidad de ver más profundamente y más lejos?

El tercer momento que anoto es “la aventura del artículo de un comunista y sus enseñanzas”. En Cuba, poco antes de la caída de Machado, Rubén habla de un extraño. Le llama a Mañach “doctor”, “escritor”, “graduado de Harvard”. Fríamente se contrapone, en la clandestinidad y enfermo, al otro, embarcado en su apoyo a la Mediación de Welles; pero no polemiza con él. Exige que se opongan ideas a las ideas que él ha publicado en Mundo Obrero, y no calumnias e insultos. Resalta la incapacidad de la posición de Mañach y sus seguidores para discutir seriamente, y las manipulaciones a que se dedican al reproducir sus argumentos, y reivindica su fe en el marxismo y en la victoria mundial del proletariado. Mañach y Villena están en las antípodas.

 

Militante de una vocación “desinsularizadora” — y a la vez afirmativa— de la cultura cubana, ¿qué influencias de allende los mares se cernieron sobre él?

América Latina fue decisiva en esas influencias. En los años veinte sus temas políticos, su literatura y sus artes, sus ideas, sus pensadores y hombres cívicos, sus problemas básicos y la posibilidad de una unión de signo antimperialista, son asuntos usuales y muy sentidos en muchos medios cubanos. La Revolución mexicana ha producido un tremendo impacto en todos, se rechazan las intervenciones norteamericanas en la región, y desde 1927 el nombre y la gesta de Sandino se hacen populares. Se recibe a latinoamericanos ilustres que pasan por La Habana, se leen sus libros, se intercambian poemas y artículos y se discuten ideas. Rubén es uno de los mayores exponentes de esas influencias. Es muy buen conocedor de ideas, pensadores, sucesos y situaciones; publica numerosos artículos de tema latinoamericano en esos años. Sus versos más famosos hoy, los del “Mensaje Lírico Civil”, están dirigidos a un peruano y se encomiendan a la Madre América. No está solo. Entre tantos otros cubanos, recordaré aquí solamente el insólito elogio fúnebre a un amigo mexicano que hace José Antonio Fernández de Castro, en que apoya su fusilamiento por contrarrevolucionario y distingue entre indigenismo y socialismo, o el “Novísimo retrato de José Martí” de José Antonio Foncueva, publicados ambos en 1928 en la Amauta de Mariátegui.

Como decía al inicio, Rubén evoluciona, y en los nombres de las revistas que anima, Venezuela Libre, América Libre, puede verse el sentido que le da a la relación con nuestro continente, como se ve en su actividad práctica en la Liga Antimperialista y sus relaciones con revolucionarios de la región. Esto le sirvió a Villena de manera óptima para ampliar el horizonte de su patriotismo nacionalista y para darle un ámbito legítimo a su opción de izquierda internacionalista. Los primeros libros de marxismo se los pasan los exiliados venezolanos en la “cueva roja” de la calle Empedrado. Desde su anclaje latinoamericano, Rubén fortalece la autonomía cultural de su posición y aumenta su capacidad a la hora de absorber las influencias de otras culturas más lejanas a partir de su militancia comunista. Esa influencia benéfica se advierte también en otros revolucionarios. Un ejemplo: Gabriel Barceló cita un libro de César Vallejo al polemizar con Mañach desde la cárcel de Pinar del Río, a fines de 1931.

Por cierto, desde 1959 esta historia de relaciones e influencias entre nuestro país y el continente se convirtió en una intensa y riquísima interacción que imprimió su sello a los cubanos e impregnó a nuestra cultura. Pero en los años 90, a pesar del gran salto en las relaciones económicas, estatales y de otros tipos, en el terreno de las ideas esa influencia se ha debilitado, si la comparamos con las de otras regiones.

El exilio ha desempeñado algún papel en la vida de todos los protagonistas de las revoluciones cubanas, excepto Céspedes y Agramonte –que estudiaron en el extranjero- y Antonio Guiteras que nació en Pennsilvania pero vivió siempre en Cuba. Las historias posteriores a 1959 han desdibujado los exilios revolucionarios cubanos en los Estados Unidos. Ellos siempre tuvieron alguna relevancia; allí vivieron, se reunieron y bregaron por su país numerosos cubanos. Rubén vivió tres momentos de exilio en los Estados Unidos: 1924, 1930 y 1933. Ya comunista en los dos últimos, fue una personalidad en el New York de izquierda: organizaciones, “centros”, personalidades y publicaciones eran sus interlocutores. Las concepciones de la III Internacional llevaban a los comunistas cubanos de entonces a asignar un papel principal, entre las condiciones para obtener la victoria revolucionaria a la acción solidaria que deberían desarrollar la clase obrera y el comunismo norteamericanos. Rubén compartía esa idea. Pero, por lo mismo, era sumamente crítico ante la enorme distancia existente entre esa formulación teórica y las realidades del país vecino, incluidas las actitudes del Buró del Caribe de la Internacional, que allí residía, y de la dirección del Partido Comunista norteamericano. Su artículo de 1933 sobre las contradicciones internas del imperialismo y la revolución en Cuba estaba muy influido por aquellas concepciones; sin embargo, sus actitudes prácticas en ese último año en que ofrendó lo que le quedaba de vida a la revolución estuvieron muy teñidas de aquella actitud crítica, y de la profunda formación de revolucionario cubano y latinoamericano que había adquirido. Estos hechos deberían estar en la base de las interpretaciones que se hagan de su última trayectoria, y de las actitudes de otros protagonistas de la crisis revolucionaria de 1933.

El marxismo es la concepción teórica que abraza Villena, primero como estudioso desde 1925, y pronto también como militante del comunismo. El marxismo ejerce una influencia determinante en su obra, y mantendrá esa convicción hasta la muerte. Vive también una experiencia singular: dos años en la URSS del primer plan quinquenal y en la Internacional del VI Congreso (1928-1935), aunque gran parte del tiempo lo pase en el sanatorio antituberculoso. Por cuestiones de espacio, no puedo tratar aquí aspectos esenciales relativos a qué marxismo impacta a Rubén, y qué cambios en las interpretaciones y adecuaciones resultan dominantes en el marxismo en los ámbitos donde se mueve Rubén entre 1927 y 1933. La cuestión es de la mayor importancia, y está ligada a una verdad que debería ser de Perogrullo, pero fue negada durante décadas: el marxismo tiene historia, y condicionamientos concretos. Quiero al menos reiterar la necesidad de que los jóvenes cubanos se apoderen de esa historia que hoy está en la sombra y no parece de interés, pero es apasionante y sumamente útil, y debe pertenecer a todos.

 

¿Fue la Protesta de los Trece un acto planificado, pensado, por sus protagonistas? Sea como fuere, ¿qué dice a los jóvenes cubanos de hoy?

Roa afirma que la idea surgió en el almuerzo con que se festejaba el éxito de la puesta de una zarzuela de Núñez Olano y Martínez Márquez. De allí salió un grupo de quince hacia la calle Cuba, a protagonizar la protesta. Acordaron que Rubén tomara la palabra sorpresivamente, a nombre de todos. No hay que creer que este hecho fuera un capricho juvenil. Los jóvenes protestantes querían iniciar un movimiento contra los gobernantes corruptos —como decía el manifiesto que escribió Villena y firmaron trece—, y amenazaban hacerle un repudio a todo funcionario venal que se presentara en público, incluido el presidente Zayas. Ellos intuían que ejecutaban hechos históricos, y aspiraban “a despertar al pueblo”.

¿Qué dice todavía aquella protesta a los jóvenes de hoy? Ante todo, les muestra tres necesidades: ser capaces de reconocerse afectivamente como jóvenes, por sus ideales y sus acciones; ser honestos, lo que no se satisface fácilmente, y obliga a encontrar qué es ser honesto en cada circunstancia, atreverse a ser rebeldes ante lo mal hecho, aunque nadie les indique cómo ni cuándo. También es la prueba de que el decoro puede alzarse y hacerse oír aunque su voz parezca muy débil, esas son lecciones de valor permanente, además, la protesta nos muestra que los rasgos y los límites de cada persona pueden ser superados y contenidos, al menos por un tiempo, en un esfuerzo colectivo valioso. Por último, que determinados hechos puedan potenciar su entidad práctica cuando, en una coyuntura determinada, son convertidos en símbolos.

 

Víctor Raúl Haya de la Torre invitado a la inauguración de la Universidad Popular “José Martí” y sentado en la presidencia… Villena, poco después fue profesor y secretario de esa institución. ¿Apenas un punto de coincidencia? ¿Cómo corren las líneas de sus vidas?

En una céntrica calle de Berna hay una casa en la que vivió Einstein a inicios de siglo, hoy convertida en museo. La ventana del fondo da a un callejón y en él, a cincuenta metros, está la puerta de entrada a la biblioteca de la Universidad. En esos años, todos los días Lenin caminó por allí y entró por esa puerta, a estudiar y escribir arriba. Es asombroso, quizás se miraron, pero no se conocieron Lenin y Einstein, a pesar de los papeles formidables que ambos iban a desempeñar. Así son las casualidades, los azares que tanto lugar real tienen en las vidas de cada uno. Si admitimos esa verdad, muchos hechos reales nos resultarán normales y admisibles, no nos fatigarán las teleologías y el presente no se verá tan obligado a gobernar el pasado, ni a torcerle el brazo para convertirse en su futuro.

Mirados desde Cuba, Rubén y Haya de la Torre, uno en la mesa aquel día, el otro en el público, han vivido un azar. No tienen más punto de contacto. Pero no está de más recordar que Haya también tuvo su futuro —vivió hasta 1979—, en el que fue un personaje muy central en la política de su país. El APRA peruano fue uno de los partidos populares del continente más arraigados en su suelo, y los militares le hicieron la guerra con una constancia ejemplar. Haya nunca fue presidente, pero tuvo un lugar privilegiado en el imaginario popular hasta después de muerto, pese a que su partido se había desgastado totalmente desde mucho antes. Y el individuo Víctor Raúl fue bastante consecuente con sus ideas.

 

“Si un grano de poesía puede sazonar un siglo”, “la poesía en acción puede transformar el mundo”. ¿Qué poesía encontró Rubén entre los trabajadores?

Hace 25 años muchos vimos acá un filme húngaro, “La oración inconclusa”. Allí un matrimonio de obreros comunistas, ya mayores, resistentes contra el fascismo en 1930 aunque no hay nada a favor ni se ve luz por ninguna parte, discuten en su humilde cocina. Ella, exasperada, le dice al marido: “Si Marx hubiera tenido que trabajar como trabajamos nosotros, nunca habría escrito El Capital”. Suena duro, pero es cierto. Y ellos, además, seguían luchando aunque se quejaran. Las realidades siempre son complicadas, y el larguísimo camino hacia el fin de todas las dominaciones se emprende con diferencias abismales entre el trabajo manual y el intelectual. Esa ruta no sólo tiene marchas, estaciones y atajos; también registra desconciertos, rodeos, retrocesos y callejones sin salida. La cuestión, sin embargo, exige salir hacia la liberación desde el primer día, aunque gastemos la vida en una fracción del trayecto. Esto obliga mucho a todos los participantes, no sólo a los intelectuales. Es imprescindible partir de lo que existe, pero más lo es que las acciones sean muy superiores a lo que parece posible dado lo existente. Hacen falta canciones como aquella en que Silvio pregunta por las artes y por la ideología desde las manos congeladas de los humildes obreros del mar del “Playa Girón”, y hacen falta canciones de amor. Unas y otras serán militantes si son obras de arte y si nos ayudan a que “escriban su historia” los propios trabajadores, esto es, a que sean las mayorías las que conozcan los datos de los problemas fundamentales y las que tomen las decisiones sobre ellos.

Esto no rebaja la importancia tremenda del trabajo intelectual para unos combates y una nueva sociedad que tienen que ser creativos, verdaderas invenciones, si van a lograr lo que pretenden. Gramsci aporta un elemento teórico fundamental cuando nos dice que la conciencia se forma de la fusión teórica y práctica del espontaneísmo rebelde de masas —que resulta de trabajos intelectuales de esas masas y es materia esencial para la teoría— y la teoría produce concientización y planeación, devolviéndole al pueblo un producto que supera las insuficiencias de aquellos productos populares. El Manifiesto Comunista, uno de los prodigios del intelecto humano, está vivo por su descomunal alcance teórico y su vinculación a problemas que quizás ahora es que comienzan a desplegarse realmente. ¿Cómo apoderarnos hoy del Manifiesto, para reformularlo, tornarlo útil para nosotros, llevarlo a efecto, superarlo y formular nuevos problemas? ¿Dónde está o estará la poesía de la tristeza y de la alegría, del amor y de lo imposible, la poesía de la revolución?

 

Rubén, ¿seguiría siendo un minorista?

No. El minorismo fue un hijo de los actos de rebeldía de intelectuales de 1923, que durante un lustro ocupó un espacio en nuestro ámbito cultural. Rubén compartió sus avanzadas posiciones, pero fue transitando a ideas más radicales y a la militancia comunista en ese mismo lapso. El minorismo, por su parte, fue agotándose como movimiento cultural. Mientras, la sociedad era sometida a la tiranía, y la cultura seguía profundizando el encuentro con el propio país; después vino el ronco grito multiplicado de la rebeldía popular. Rubén apuró cada vez más el paso, sumó su voz a aquel grito y le entregó sus pulmones y su vida. Los demás también vivieron y sus destinos fueron muy variados; cada uno respondió al reclamo social, e hizo —o no hizo— lo suyo, lo que quiso o pudo hacer. Escojo recordar a una poeta más bien olvidada. María Villar Buceta, que debe haber sido musa para más de uno, tímida y ausente de los almuerzos minoristas, que fechaba entonces sus escritos tomando a la Revolución bolchevique como año I, un almanaque rojo en la Cuba de Alfredo Zayas, y escribía poemas de elevada calidad. Ella abrazó la misma causa que Rubén. Poco antes de la Huelga de Marzo de 1935 aparece su firma en los manifiestos de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios; en el doce aniversario de su muerte, habló de Rubén en el aula Magna de la Universidad. Murió en Cuba, hace dieciocho años.

 

“Los hombres que dirigen o les hablan a los estudiantes tienen que ser, como decía Díaz Mirón, “firmeza y luz como el cristal de roca”, dijo Mella, al impugnar el recibimiento a Vicente Blasco Ibáñez, novelista español, en el Aula Magna de la Universidad. Rubén apoyó su gesto. Para los universitarios de hoy, ¿qué tipo de intelectuales cumpliría aquel requisito exigido por Mella?

En noviembre de 1923, igual que sucedería hoy, el incidente envolvía dos cuestiones: un caso en una coyuntura dada; y los principios inherentes a una causa. Blasco Ibáñez, escritor famoso, había traicionado su obra de denuncia social con su conducta reciente. Mella les pedía a sus compañeros una actitud consecuente: “a nadie se le ocurriría meter en su casa a un malhechor sabio y culto, mucho menos homenajearlo”. Una moral fangosa ahoga a una inteligencia luminosa —dijo—, y la verdad y la justicia son los más caros ideales de los universitarios. Su posición motivó polémica, pero Mella la sostuvo, a pesar de las dificultades internas que ya confrontaba en la Universidad, y que fueron agravándose, porque estaban en juego los principios del movimiento estudiantil. Muchas veces es problemático identificar cuándo algo es de principio. Convertir abstracciones vacías y dogmas en “principios” retóricos es siempre contraproducente y erróneo, y genera esterilidad, acomodamientos, mentira, oportunismo, injusticias y rechazos. Subordinar los principios a la táctica, cederlos para “avanzar” o para “recuperarlos después”, es simplemente suicida para los ideales y las políticas revolucionarias.

Pregunto a mi vez: ¿cómo clasifican nuestros estudiantes de hoy a los intelectuales? Además de exigirles que vean más hondo y más lejos, que inspiren a pensar y a sentir con más hondura y alcance, que sean capaces de emparentar la belleza y la búsqueda, esos requisitos indispensables, ¿los miden con la vara de la verdad y la justicia, les aprecian sobre todo sus virtudes cívicas, su actitud anticapitalista, su conducta ejemplar? Es más: ¿qué concepto, o conceptos, de intelectual tienen nuestros estudiantes? Si el centenario de Villena llevara a reflexionar sobre todo esto, me sentiría muy feliz.

 

La primera generación decidida a arreglar el país en el siglo XX no tuvo más remedio que reinventar al Apóstol. En el “Mensaje lírico civil”, Rubén exhorta a “cumplir el sueño de mármol de martí”. ¿Bastaba con eso?

Todas las generaciones que han entrado en la vida cívica cubana durante el siglo XX han tenido que vérselas con Martí. Cada una, claro, desde condicionamientos diferentes, pero también enfrentando y sumándose a una acumulación cultural que incluye a Martí y a las lecturas e imágenes de Martí previas a ellos. Al inicio de los años veinte, por primera vez aparece una generación que se propone cambiar el país. Martí fue para ellos el referente máximo de un proyecto nacional, en dos sentidos: porta los más altos ideales, traicionados por gobernantes que procedían de la misma gesta creadora de la nación que Martí maduró y organizó; reclama el logro pleno de la soberanía nacional, recortada y humillada por el imperialismo yanqui. De ahí en adelante, los que buscan a Martí coinciden o difieren, y esto está relacionado con las posiciones y los proyectos que asumen, aunque también con otras condicionantes sociales y personales. En memorable intervención por el centenario del PRC de Martí, Cintio Vitier recordó el extraordinario acercamiento de Julio Antonio Mella al pensamiento martiano en los albores de aquel período, y del comunismo cubano; recordó también las dificultades confrontadas por los marxistas cubanos, en los años que siguieron, en sus relaciones con Martí.

El Rubén de 1923 coloca a Martí en el centro de los pareados anútebos del “Mensaje”, los que comienzan: “Hace falta una carga para matar bribones”. Cumplir el sueño de mármol de Martí es la formulación suprema, de mayor alcance, que ha de guiar el rechazo a la situación vigente y las acciones revolucionarias. Después, Rubén se pondrá en marcha y recorrerá su ruta. Todo lo que hizo fue para contribuir a que se realizara aquella ambición máxima de liberación. Pero hasta donde conozco, no se ocupó sistemáticamente del pensamiento martiano.

 

“Asela sería el apasionado, tierno, desvelado y constante amor de Rubén”, escribió Roa. Rubén, ¿tuvo conciencia de ese privilegio?

Seguro. Todo el que ama está consciente del privilegio que constituye la existencia de la persona amada. Y, si el amor es mutuo, están conscientes del valor ilimitado de lo que ambos se donan. Por cartas publicadas de Rubén atisbamos, intrusos, la intimidad de la pareja. Los sentimientos de él se refractan en lo que en esas cartas le dice acerca de su amor, y también en las narraciones que le hace de sus estados de ánimo, las incidencias del mundo en que se mueve o sus opiniones políticas. Rubén nos asoma un poco también a los sentimientos de Asela. En El Fuego de la semilla en el surco del Roa postrero encontramos algunos datos más sobre ella, y esta afirmación: “Asela, no obstante su educación conservadora y su acentuada religiosidad, lo acompañaría como mujer, camarada y militante, hasta su muerte”. En el Villena de Ana Núñez Machín encuentro algunos fragmentos de Asela acerca de Rubén, posteriores a su muerte. Una persona que domina la escritura, que admira al que fue su esposo, cuenta anécdotas o deja una detalladísima descripción de su persona. Me pregunto por su amor hacia Rubén, sus modos personales de sentirlo y de expresarlo, los dolores de sus separaciones, su parto con el padre de la niña al otro lado del mundo, su abnegación ante el amado que tira su vida en la hoguera de la Revolución, la misma vida que le ha prometido a ella que será de ella, para ella, para siempre, como han jurado siempre todos los que aman.

 

Ellos se casaron un 1 de agosto de 1928. Primero vivieron sumergidos en su mundo obrero; el verano de 1930 lo pasaron en el exilio neoyorkino. Después, sólo dos meses juntos en casi tres años, en el verano moscovita en que Asela concibió a Rusela; y al fin Rubén en su ciudad otra vez, pero un hombre poseído por la fiebre del cuerpo de la revolución que se precipitaba. Por lo que le dice Rubén, se ve muy claramente que compartían ideales y militancia. Cuarenta años después de la muerte de él, Asela vivía todavía. Pienso en Amalia Simoni, viva cuarenta años después de la muerte de su amado, y en tantas narraciones de amor que no van más allá de la muerte del héroe.

 

“Yo soy ante todo un hombre honrado”, dijo Rubén. A usted, ¿cuál otro rasgo de su vida y obras lo estremece?

¡Ya es tanto un hombre honrado! Pero Rubén Martínez Villena es mucho más. Es un ser humano muy singular. Violentó su vida probable de varón culto de clase media habanera, poeta muy gustado, con buenas relaciones sociales, que habría podido exhibir incluso juveniles actitudes muy cívicas y encaminar su vida hacia destinos factibles: prosista de mérito, jefe de redacción y periodista, abogado, diplomático…Rubén escogió otra vida, y la vivió con un rigor y una consecuencia ejemplares. Se entregó a la causa de la liberación humana. Comprendió que venía una tremenda tormenta de pueblo en rebeldía y se sumó a ella. La salud lo traicionó temprano y no se acogió al honroso resguardo que le ofrecían médicos y parientes. El poeta presintió la tuberculosis —amiga romántica de las inspiraciones decimonónicas—; el revolucionario la vivió estoicamente, y ganó la palma del martirio con extrema dignidad. En sus meses y días postreros vivió la tragedia colectiva de la crisis revolucionaria de 1933, sublimando la tragedia individual de su consunción irremediable. Y terminó la vida conversando, pese a los síntomas atroces que padecía, tranquilo y humorado, como un héroe clásico.

 

[1] A cinco meses del asesinato de Mella los comunistas cubanos fueron duramente criticados por la Internacional Comunista (IC) al postular la necesidad de alianzas con fuerzas nacionalistas. En ese momento la estrategia de la IC era la lucha de clase contra clase, con lo que excluían a todas las corrientes revolucionarias, patrióticas y democráticas de signo diferente al del Partido Comunista.

 

Esta entrevista aparece en libro La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la república de 1902, La Habana, Ediciones La Memoria, 2004.

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Un comentario sobre “Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia

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