Julio Fernández Bulté: Pasión por el Derecho, la verdad y la justicia

Foto: Ramón Martínez Grandal. De la serie La Imagen Constante 1973-1977

Por: José Walter Mondelo García

Hablar de Julio Fernández Bulté, eximio jurista y profesor cubano, auténtica gloria del foro y la universidad patrios, a los 10 años de su desaparición física, entraña un honor  y al mismo tiempo, un deber de gratitud, pues, sin un ápice de exageración, el profesor Fernández Bulté fue el maestro mayor de sucesivas generaciones de juristas cubanos y, en mi caso, me honró con su amistad y con la dirección de mi tesis doctoral. Su pasión por el derecho como instrumento humano para la irrenunciable búsqueda de la justicia inspiró y aún inspira a los jóvenes juristas y estudiantes cubanos y su acendrada cubanía y gran sentido del humor lo hacía capaz de impresionar, con su simpatía y erudición sin igual, lo mismo a sus más reconocidos colegas que al cubano de a pie, al prominente académico que al estudiante de primer año.

Trazar un balance de su impronta creadora y su poderosa influencia en el pensamiento jurídico cubano excede, con mucho, el espacio de estas líneas. Intentaré, por tanto, glosar someramente lo que estimo son las aportaciones más señeras y perdurables dentro de su vasta obra y en las varias disciplinas que cultivó con pasión de amante y rigor de estudioso.

Como historiador del Derecho, realizó grandes contribuciones a una comprensión más profunda del devenir histórico del Derecho y sus instituciones en Cuba, lo mismo en su etapa colonial que durante la República, antes y después del triunfo de la Revolución.

Su visión de la historia del Derecho, lejos de limitarse a una cronología más o menos adornada con análisis de los textos jurídicos correspondientes, intentaba una reconstrucción de los diversos procesos sociales, económicos y políticos subyacentes en los eventos jurídicos.

Su monumental Historia General del Estado y el Derecho en la Antigüedad, la Edad Media y la Época Moderna, constituyó un verdadero tour de force del historiador y profesor, capaz de condensar en esos tomos la riquísima historia del devenir de las civilizaciones y los pueblos que contribuyeron a establecer, a través de siglos, luchas políticas y eras históricas, las ideas y conceptos jurídicos que constituyen hoy una herencia cultural irrenunciable de la humanidad. Su particular admiración por el pensamiento político griego y la jurisprudencia romana  lo llevó a escribir, para fortuna de sus deslumbrados lectores, una Historia de las ideas políticas y jurídicas: Grecia, y su continuación, Historia de las ideas políticas y jurídicas: Roma. Ambos textos, suerte de homenaje al pensamiento jurídico y político clásico, constituyen la mayor contribución hecha por un jurista cubano  en el último medio siglo a la comprensión de esas raíces culturales, magnas aportaciones de los antiguos helenos y latinos a la cultura humana, poco tratadas en Cuba por razones diversas en que no es del caso entrar.

En cuanto a la Teoría del Estado, destaca su aportación al estudio y comprensión del pensamiento y de las instituciones políticas, condensada en su texto de Teoría del Estado, que significó una poderosa corriente de actualización en la Academia cubana. Su crítica del marxismo dogmático, y su empleo de los enfoques gramscianos y de las contribuciones de autores tanto marxistas como no marxistas, supusieron una auténtica renovación en este campo. Uno de sus grandes logros fue, sin duda, la separación de las disciplinas de Teoría del Estado y Teoría del Derecho, fusionadas por la Academia soviética en un bloque monolítico, llegado a Cuba a inicios de los años 60 y que sólo desapareció, para bien, con el Plan de Estudios D, en el curso 2008-2009. Sus estudios sobre el concepto de sistema político, su relación con la noción de sociedad civil (tan mal vista en Cuba a fines de los 80 y en los años 90), y su comprensión abierta y antidogmática sobre la política y sus sujetos, abrieron puertas a análisis posteriores sobre estos temas en el pensamiento cubano.

En lo referente a la Teoría del Derecho, Fernández Bulté fue un auténtico renovador y modernizador del lenguaje y de los temas de la Teoría jurídica cubana. Su decidida defensa del concepto  Estado de Derecho -que estimaba vital para cualquier proyecto socialista-, y su absoluta necesidad en Cuba, frente a autoritarismos abiertos o encubiertos, lo llevó muchas veces a cruzar espadas en distintas polémicas, de las que sólo algunas salieron a la luz, como la recordada Mesa Redonda publicada en la Revista Temas en 1996, bajo el título ¿Qué esperar del Derecho? Aún hoy, más de veinte años después, sorprende la radicalidad de las posturas bultesianas, que representaron una verdadera apertura para muchos juristas cubanos a una visión que exaltaba al Derecho como una manifestación de las milenarias luchas por la justicia en la historia humana, en lugar del escueto, escuálido y estragado concepto de la peor y más ignorante versión del marxismo, que lo redujo a ser la voluntad de la clase dominante erigida en ley, muy poco diferente a las nociones tardomedievales del absolutismo: “auctoritas, non veritas, fecit legem”.

En cuanto a la Filosofía del Derecho, Fernández Bulté puede ser llamado, sin exageración alguna, el restaurador de la Filosofía jurídica cubana, desaparecida durante más de 30 años no sólo de los planes de estudio de las Facultades de Derecho, sino también del debate y de la reflexión jurídica en nuestro país. Sólo la tenacidad, pertinacia y casi obstinación de Fernández Bulté logró recuperar, para las Facultades jurídicas cubanas y los estudiantes de Derecho, la vivificante reflexión filosófica sobre los entretelones de la norma, los principios y valores contenidos en las leyes, y las candentes cuestiones éticas cuya aplicación a veces revela y a veces esconde.  Bulté se rebeló siempre contra la idea (aún hoy tan extendida), de que el Derecho está contenido en la ley, de que la interpretación de ésta no debe estar influida por factores extrajurídicos, de que la enseñanza del Derecho se agota en los Códigos vigentes…De esa rebeldía nació lo que pudiéramos llamar la revuelta antiformalista del Plan de estudios C, iniciado en 1990 y presidido por la emblemática frase “Enseñar Derecho y no legislación”. Junto a ello, fue un decidido promotor de la axiología jurídica, cuya ausencia conceptuaba como la mayor carencia del pensamiento marxista sobre el Derecho, y cuyo cultivo consideraba una urgente necesidad del pensamiento jurídico cubano. Sus críticas al dogmatismo, al reduccionismo y a la pobreza teórica en el ámbito jurídico del marxismo soviético hicieron época, en momentos en que muchos preferían no buscarse problemas con estos temas espinosos y refugiarse en la cómoda exégesis de los manuales soviéticos o los cubanos inspirados en éstos.

Como constitucionalista, la defensa de la Constitución, frente a los intentos de desconocerla o minimizarla en nombre de la revolución, lo que en la práctica sólo podía significar abrir las puertas a la arbitrariedad, fue siempre su divisa. Para él, defender la Constitución era la mejor manera de defender la revolución misma, a la que hacían muy flaco favor aquellos que, llevados de su celo ideológico, llegaban a decir que por defender la Revolución, si era necesario, se debía infringir la Constitución, lo que le parecía un auténtico disparate, capaz de embarrancarnos por terribles despeñaderos de arbitrariedad y autoritarismo. Llegó a escribir, con algo de lamento y también de premonición: “La defensa de la Revolución, como un ente inasible e inefable, lo justifica todo”. En ese “todo”, ya podemos imaginarnos las aterradoras posibilidades que semejante discurso deja entrever, y contra las que obviamente nos alertaba el ilustre jurista.

Al lado de toda su erudición y rigor académico, o por encima de ella, estaba siempre el ser humano jovial, el cubano, como se suele decir por aquí, reyoyo, capaz de hacer morir de risa, con sus anécdotas, a cualquier interlocutor; el profesor admirado, amado y casi idolatrado por sus alumnos, cuya compañía prefería a la de sus colegas más encumbrados; en fin, un ser humano auténtico, sin dobleces, humilde y sencillo, pero al mismo tiempo irreductible en la defensa de todo aquello que su conciencia le indicaba como cuestión de justicia, un verdadero Robin Hood del derecho, siempre del lado de los pobres, los humildes y los necesitados. Por eso, a 10 años de su partida, sólo nos queda esperar que su luminoso ejemplo nos siga inspirando, que su legado académico siga siendo símbolo de nuestro foro y que su tenacidad y rigor sigan guiando a los juristas cubanos, agradecidos discípulos de un maestro que hacía realidad, en cada palabra hablada o escrita, el viejo aforismo latino: el abogado es un hombre de bien, que sabe hablar, y dando cuerpo a la raíz etimológica del término profesor: del latín professor, el que profesa, el que sostiene una convicción, el que proclama públicamente sus ideas. En el caso de Julio Fernández Bulté, profesaba, en el más alto grado, la pasión por la verdad, el bien y la justicia. No creo que quepa hacer mayor elogio de un ser humano.

 

José Walter Mondelo García. Profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oriente, donde imparte Derecho y Literatura, Teoría del Derecho y Filosofía del Derecho. Miembro de la Unión de Juristas de Cuba, la Sociedad Cubana de Derecho Constitucional y del Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional.
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