Socialismo y Estado

Foto: Kerstin Hernández (Cortesía para La Cosa)

Por Manuel García Verdecia

Para quienes siguen confundiendo socialismo con estatización (todavía advertible en el nuevo proyecto de constitución), les propongo una buena vacuna. Esta fue creada nada menos que por uno de los dos santos patronos del socialismo científico. Respecto al estado plantea:

“El Estado no es en modo alguno un poder impuesto a la sociedad desde fuera… Antes bien, es el producto de la sociedad en determinado estadio de desarrollo. Es el reconocimiento de que esta sociedad se halla inmersa en una contradicción para ella insoluble, de que ha llegado a dividirse en contradicciones irreconciliables… A fin de que… las clases con intereses económicos opuestos no se desgasten a sí mismas ni a la sociedad en estéril lucha, se ha hecho necesario un poder que se sitúe en apariencia por encima de la sociedad, que domine el conflicto y lo mantenga dentro de los límites del ‘orden’. Ese poder, que surge de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y se vuelve cada vez más ajeno a ella, es el Estado.

”Los funcionarios, hallándose como órganos de la sociedad, en posesión de la fuerza y el poder públicos y del derecho de imponer tributos, se sitúan, a continuación, por encima de la sociedad.

”Ellos (los funcionarios) no se contentan con la libre y espontánea consideración con que se obsequiaba a los órganos de la comunidad tribal… Poseedores de un poder ajeno a la sociedad, hubo de colocárseles en una posición de reverencia mediante leyes especiales que les aseguraran el disfrute de una aureola e inmunidad sociales.”

Esto lo dice Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Plantea que el estado “se vuelve ajeno a la sociedad”, algo que verificamos cotidianamente, precisamente por su cualidad burocrática que lo hace funcionar para sí aunque aparentemente lo haga para sus súbditos.

El Estado se enajena de su base social atrapado en la telaraña de relaciones y regulaciones que autogenera para legitimarse y mantenerse. No se crea un estado para perderlo. Y tiene que ser de este modo pues para probar su eficacia en dirigir y controlar a la sociedad, tanto hacia dentro como hacia fuera de su territorio, necesita que su inmenso aparato de orden y control trabaje orquestadamente según una programación vertical desde la cúspide.

Tal aparato, poco a poco, deviene una maquinaria para sí, pues lo que importa no es tanto lo que resuelva (aunque algo debe solventar para justificarse, si bien no todo lo necesario o deseado por su base social) sino que actúe disciplinada y consecuentemente con lo establecido.

Si el engranaje estatal no cumple su rol según su propia lógica pues perdería sentido ante sus subordinados. No importa que estos piensen que se aleja de sus intereses, sino que vean que es eficiente en sí misma, como unidad cerrada de gobierno y monitoreo. Eso contiene a los gobernados y minimiza su acción crítica.

De manera que apostar por estatizar la sociedad, no solo en términos de economía sino de vida política, es alejarla del socialismo, pues este implica socializar la actividad material y espiritual, o sea, que exista la mayor participación y consenso de los sujetos actuantes en todos los asuntos de su proyección vital.

Claro, lo único que se ha conocido por socialismo “real” fue el estalinismo establecido en la URSS, caracterizado, por un estado hipercentralizado, superburocrático y policial, una especie de pulpo que abrasaba hasta la asfixia no solo a todas las esferas de la sociedad rusa sino también a las de otras repúblicas “voluntariamente” unidas. Ya todos estamos claro que eso no fue socialismo. Al socialismo, tal y como lo entendieron sus creadores, aun no hemos tenido el gusto de conocerlo sobre la tierra.

 

 

Manuel García Verdecia. Docente, traductor, editor y escritor cubano (Marcané, Holguín, 1953). Es licenciado en lengua inglesa, graduado de lengua francesa y máster en cultura cubana. Ha obtenido el Premio Nacional de Edición (2002), el Premio Nacional de Novela José Soler Puig (2007), el Premio Nacional de Poesía Julián del Casal (2007) y el Premio Nacional de Poesía La Gaceta de Cuba (2008), así como una mención en poesía en el Premio Casa de las Américas (2010), entre otros galardones.

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