El trajecito rosa, de Nara Mansur Cao

 

Foto: Cirenaica Moreira

Sobre “El trajecito rosa” de Nara Mansur Cao

Por Ana Arzoumanian

“Voy a dejarme la ropa puesta, quiero que todos vean lo que han hecho”, dijo ella.

Podría haber sido ella.

Podría ser aquella que se ajusta a la mancha de su traje arañando una frase, susurrando: la sangre de la muerte no se puede negociar.

Podría ser, si no fuese que cada una de nosotras hemos tenido un trajecito manchado, una mancha por estridente, por inoportuna, por indigesta. Y por inadmisible, la hemos ocultado. Cada una de nosotras, caminando a tropezones, nos hemos cambiado el trajecito. Engullidas y desmenuzadas, para acabar con nuestros ciclos, desechadas luego de un proceso de neutralización y consumo; hemos portado todas el emblema de un asesinato.

Un archivo nacional testimonia el estallido de la descarga sobre la tela, un impacto mudo que no penetra, no horada; mancha. Una madre guarda el traje que guarda la nación en una sala sin ventanas y a temperatura constante.

Era 1963, la televisión era en blanco y negro. El primer católico presidiendo ese estado, la escena, la impresión del rostro, la Verónica. La imagen verdadera, la reliquia. El color.

“Esa boca dada vuelta” “esa rosa dada vuelta dentro mío”, escribe Nara Mansur Cao a la vista de todos, porque quiere que todos vean lo que se ha hecho. La Habana y sus tiendas, los uniformes, los cupones y los zafaris de color grisáseo. El sábado negro, los trece días y la Isla, la Isla.

En casi todo mito fundacional la Nación es una mujer, una matrona o una guerrera de una cierta desnudez que un escudo o una espada apenas vela.

En el rosa del vestidito, en la elección del hábito, radica la apuesta política de Nara Mansur Cao. El rosa, ese silencio del rojo, es la abolición de la ginecracia. Rosa como reducción de hembra a mujer alineada al catálogo del folletín, de lo romántico. Ese trajecito, el diminutivo, instancias de lo frágil, expresa la necesidad de una matriz regulada bajo el control estético.

Pero la del trajecito rosa, en el poema de Nara Mansur Cao, tiene un arma en su mano, una pistola con silenciador. No para hacer invisible su disparo “en la boca del himno y del banco nacional” sino para no quedar sorda por la explosión. Sabe que “el silencio como ruido callado” corrobora una expropiación: ella sólo posee su cuerpo bajo los apelativos patrios. Es así como la Nación pide ser ubicada; emplazada por la emergencia del crimen que la convierte en la miliciana, una mujer en nombre propio que perturba el lenguaje inquisidor.

Poemas

Por Nara Mansur

(Selección de la autora)

Foto: Cirenaica Moreira

 

Capullo de rosa

esa boca dada vuelta

ese decir desvarío desván desvío

ese tomar y dejar media lengua en la punta de la lengua

ese bostezo inquebrantable, esa fe en mí, en mi ceguera

esa boca mordida, oscurecida, trágica

esa boca próxima, dada vuelta encima de mi cabeza

alumbrándome

ese morir lento, de a ratos, con los calzones puestos

los zapatones

ese abrazo estremecedor, esas paredes que se caen

de solo tocarlo

esa boca abierta que no me espera, que se olvida antes de conocerme

esos labios parados en seco, reconociéndome

ese espacio abierto y frío para irme sin roce, sin redoble

esa rosa dada vuelta dentro mío

rosas, rosas, rosas, rosas, rosas

Educada para ser
la magnífica militante de base de un partido
que por no leer la historia de mi país
se ha convertido en polvo no enamorado sino muerto
preparada para una eterna carrera de fondo
tengo ante los ojos una pared impenetrable
detrás de la cual sólo hay
otros cincuenta años de trabajo y espera. 

Juana Bignozzi, “El sujeto de la izquierda”

 

United States of America

Usa palabras demasiado sofisticadas, argumentos memoriosos, infalibles.

Usa depiladora profesional, se deja besar la barba recién nacida, se acuesta boca abajo.

Usa el tenedor como cuchara de albañil. Usa mis dientes

para zafarse de lo que lo aprisiona, grilletes

aparecidos en una página de El presidio político en Cuba.

Se llama Lino Figueredo,

el hombre niño que nos deja a los dos los ojos sin agua potable, cavernosos

y toda la antigua humedad la usa para limpiar, para volver a leer

la narración como no narración, el silencio como ruido callado a destiempo

el rocío para lavar la ropa recién comprada.

¡Ay, los encajes! ¡Ay, el cloro!

Usa palabras como testigo ocular, palabras como ojos, palabras como lágrimas.

Usa mis manos para abanicarse

 porque hace mucho calor, porque hace mucho frío.

Se toca. Se llama Lino Figueredo y va a morir en mis brazos.

Usa las palabras sin entenderlas pero le gusta

argumentar, contarle a los otros lo que le pasa

o mis técnicas.

Si no entienden no importa, usa las palabras, usa

los silencios, se corta las patillas, come, patina, me pide

las manos abiertas, la rosa moñuda.

Se toca.

Usa la vida como si estuviera muerto, porque la presencia no basta,

la resolución de presencia no basta –me dice– y yo lo agito,

le corto las patillas, le doy vuelta, me lo tomo:

“La resolución de presencia no basta”

me toco / estar viva no basta / me toca / estar vivo no basta / lo toco.

La depiladora la uso para saber que está ahí

para abrir la ventana –las técnicas–

sin caerme, para cortar a lo lejos los vestidos, las armaduras.

Usa las palabras para nombrar infalibles, deseos, grilletes, ventiladores:

cuchara dolida por mi rosa, por la impostura de su mano.

porque no entiende si no lo ve, porque no sabe si no lo toco.

“El tocado debe permanecer puesto desde que sale de casa hasta que regresa, no se quita en ningún momento. La etiqueta impide que el tocado pueda ser retirado como si fuese un sombrero de caballero. Los expertos nos recomiendan realizar el tocado con una ligera caída hacia el lado derecho, debido a que las mujeres suelen dar el brazo izquierdo al hombre –que ofrece su brazo derecho a la mujer–, para evitar cualquier tipo de molestia. A la hora de las presentaciones, ¡cuidado! con el saludo de dos mujeres que lucen tocado. Hay que tratar de no enredarse o tropezar. Puede quedar dañado el tocado de alguna de ellas. Mejor un simple beso en la mejilla izquierda o un ademán de saludo con un beso simulado”.

“El tocado o el sombrero, ¿qué elegir para cada ocasión?”

Obra: Ciro Quintana

 

La rosa roja

I

Ante la voz traumatizada de este país y su simultánea resignación, este documento

–Rosa Luxemburgo, Margaret von Trotta, 1986–

es un trazo sensible de nuestras posibilidades, un informe concluyente de la necesidad de marchar adelante por una ley que nos represente: “La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”, lo escribe Rosa en La Revolución rusa, en 1916;

Ante la voz traumatizada y su simultánea resignación;

Ante la vista de que el liderazgo ha fallado, el liderazgo en el que todos descansamos –eso no lo digo como un reproche ni descanso significa un acto de cobardía o dejadez corporal, a lo sumo, máxima confianza, plena identificación, flatulencias;

Ante la voz traumatizada y su simultánea resignación, incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado, creo fervientemente en que será la ciudadanía la que construya la victoria final.

Hemos / han estado a la altura,

hemos / han convertido la derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del orden internacional.

Habéis / Ustedes.

Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota. Estamos entonces en 1919,  en pocas horas me habrán asesinado. Pero yo redacto, yo escribo por estas horas en la noche: “¡El orden reina en Berlín!”

¡Estúpidos secuaces! Vuestro orden se erige sobre la arena. Mañana yo voy a estar muerta pero la revolución anunciará con su majestuosa fanfarria, para terror vuestro anunciará:

“Usted fue a la Escuela del Partido, ahora demuéstrenos que aprendió”

Nada de esto vamos a poder desarrollarlo de acuerdo a un plan establecido en un libro teórico;

Nada importa más que la crudeza espontánea del deseo, que el deseo por cambiar la Historia.

Ustedes no nos van a enseñar cómo luchar, cómo llegar al centro del progreso,…

Ustedes / Habéis en nosotros la tragedia.

Esto es exactamente lo más loable, esto es por lo que este colosal trozo de cultura, dentro del moderno movimiento obrero, define una época. ¡rosa, rosa!

Algo sabemos, algo habremos aprendido después de tantas derrotas,

Algo vamos a decirle a nuestra libertad, agazapada en el rincón más sucio de la escalera, armada con miedos ajenos, sabiéndose poca cosa hoy…

¡Ah, las armas! ¡A las armas!

Hay sin embargo un gran trecho entre un soldado y un poeta… entre la escena y el auditorio.

“Los del ‘68 íbamos a las barricadas con pancartas de Lenin, Ho Chi Min, el Che, Karl Marx…, y de vez en cuando Rosa Luxemburgo […] Rosa con ese rostro, esa expresión tan pensativa… y yo me decía, es extraño, pero esta mujer no encaja en este cuadro, con esas líneas tan suaves y tristes a la vez… A mí me interesaba ella, estaba convencida de que era la pensadora más importante del siglo XX; había pensado que en algún momento iba a hacer una película pero no ahora, cuando recién había hecho cuatro películas… pensaba que tenía que hacer por lo menos diez películas para ser digna de ella, para animarme a acercarme a Rosa. En cambio fue así que tuve que hacerla en ese momento. Y ya que tenía que hacerla, pues entonces me puse a trabajar, hice mis propias investigaciones, escribí mi propio guión. No iba a tomar nada ya hecho [por Fassbinder], ¡de ninguna manera! Y durante dos años me encerré y trabajé con sus cartas y su vida y su forma de ser. Recién entonces supe lo que quería decir.”

Margaret von Trotta

II

Mi angustia hace que tiemble por cualquier cosa.

A veces siento que no soy una persona sino un conejo o un erizo en una cabeza demasiado pesada, que no puedo sostenerla sin ayuda de otros. En lo más profundo me siento más en casa entre las lenguas de vaca del balcón, las plantas silvestres, a veces parásitas, que en una reunión. Puedo confiarte esto sin que sospeches que traiciono al socialismo. Espero morir en el lugar correcto, peleando en la calle o en prisión.


Conversación con Nuria Gregory

I

Rosa Pastora Leclere nació el 30 de mayo de 1888 en Cárdenas, Matanzas; su segundo apellido es Gutiérrez. A los quince años comienza a trabajar como maestra de los hijos de los campesinos, y alfabetizando a los trabajadores cañeros en el Central del Municipio Martí. Un año más tarde matricula en la Escuela Normal de Verano  de su ciudad natal y pasa a dar clases en un aula del poblado de Itabo. En 1912 se presenta a oposiciones y obtiene una plaza de maestra de primaria en los barrios de El Calvario y Mantilla. En 1930  ingresa en la Unión Laborista de Mujeres. Junto a otros destacados maestros se convierte en protagonista de las acciones del Frente Unido de Maestros, que nace el 3 de septiembre de 1933 con el derrocamiento de Gerardo Machado y toma el nombre de Sindicato Nacional de Trabajadores de la Enseñanza. A raíz del fracaso de la huelga general de marzo de 1935, queda sin trabajo como otros novecientos maestros, por lo que decide abandonar el país.

Dirige la Casa-Escuela Pueblo de Cuba en Cataluña, durante los años de la República Española, que se instala en un bello palacete, a orillas de la playa  en la ciudad  de Sitges, muy cercana a Barcelona, y que acoge hasta  setenta y cinco niños españoles, de entre nueve y catorce años de edad,  procedentes de las zonas  que habían sido ocupadas por los franquistas. Cuando viaja ya había cumplido los cincuenta años. La “casa” era una especie de colonia / guardería / círculo infantil creada por la Asociación de Auxilio al Niño Español.

Durante la reforma educacional que había emprendido el gobierno del General Lázaro Cárdenas en México, colabora en las tareas de alfabetización de adultos.

“Las que no sepan como yo coser  –le dice a las otras maestras–, vayamos a las máquinas nuevas, por ejemplo, a la Remington”: escribir en vez de pespuntear escribir en vez de pespuntear escribir en vez de pespuntear repite alegremente la maestra, después se hace un rodete en la nuca y canta, después se queda quieta y sigue con sus clases. ¡Oh ilusión, si lograras aquietarme el espíritu! –también se le oye decir, cuando la llaman otras maestras y los niños desde el patio de la escuela.

“Todas estas cosas me suceden a mí, pero cuando le ocurren a otros, pierdo mi fortaleza”.

II

19 de mayo de 1939

Al compañero José Antonio Portuondo

Asociación de Auxilio al Niño del Pueblo Español

En La Habana, Cuba

Durante mi estancia en Nueva York, recogí este dato precioso: la propaganda y el apoyo a favor de la causa republicana española se ha mantenido y se mantiene en Tampa en excepcionales proporciones que no han podido superarse en ningún otro sitio de los Estados Unidos. Durante treinta y cuatro meses sin decaer un solo instante, acrecentándose al contrario, se sostiene la ayuda. Cada sábado se realiza la colecta de la lata de leche para los niños españoles y la colecta permanente –la aportación pequeña que el esfuerzo de todos hace grande– en las fábricas y en los talleres. Yo imagino que así debieron colectarse aquellas sumas que Martí reclamó en Tampa. Y yo le sugiero que usted escriba un bello editorial que sea homenaje a los compañeros de Tampa y estímulo para seguir ayudando a la República Española. Los compañeros de Tampa sostienen en la actualidad en Francia setecientos niños refugiados españoles.

Resérveme una copia. Es un ruego, ya que no podré tener el gusto de oírlo.

Saludos a todos los compañeros. Para su novia y para usted el testimonio de mi más acendrado afecto,

Rosita

III

La guerra civil española fue en sus inicios, en medio del horror,

la guerra fue un tiempo efímero de conquistas para la mujer,

la guerra fue una confirmación de los avances que en los derechos de la mujer ya se habían comenzado a conseguir en los años de la República.

La imagen de la miliciana durante las primeras semanas o meses de la guerra es una buena muestra de estos avances:

la mujer se sentía con pleno derecho y lo ejercía como un miliciano en el frente de batalla.

Lina Odena, Francisca Solano, Rosario Sánchez son sólo tres de ellas.

Al mismo tiempo, en esos primeros tiempos de la guerra frenética que inicia su carnicería, hay mujeres que ocupan por primera vez los puestos de trabajo dejados por los hombres en las fábricas. Pero  a los pocos meses, estando más organizado el Ejército Popular, las mujeres fueron retiradas del frente y su papel fue otra vez el de todos los tiempos y todas las guerras:

1. la mujer que espera en casa al hombre ausente;

2. la mujer-viuda, que llora la muerte de su marido;

3. la madre desolada que llora la muerte de sus hijos.

Incluso en el ámbito laboral, cada vez más se hace hincapié en las labores

tradicionales de la mujer:

4. la de cuidar a los heridos y los enfermos;

5. la de coser prendas y mantas para los que luchaban en el frente,

Labores de esposa, labores de madre, no de la nueva mujer libre de la República.

Esta segunda etapa de la guerra, para la mujer republicana, coincidió con un cambio de estrategia, una verdadera innovación bélica del ejército franquista: los bombardeos a las ciudades abiertas. Fue una novedad –dice la investigadora Nial Binns–: las víctimas

no son entonces  como en la Primera Guerra Mundial, los soldados en las trincheras, sino quienes habitan la retaguardia: mujeres, niños, ancianos. Fue algo inaugural en la historia de las guerras, como también fue inaugural el carácter mediático de la guerra civil española.

El pueblo cubano –en relación a la cantidad de habitantes– fue el que mayor número de voluntarios aportó a la contienda antifascista.

“Tomo una rama del duraznero y observo que sus yemitas están casi todas reventadas, y la mayoría salpicadas de flores rosadas. Cuando uno ve de lejos una planta de duraznero florecido, parece contemplar a una nube encerrada en las ramas de un árbol. Las yemas se llaman floríferas, porque solamente dan flores. Las que dan hojas se llaman folíferas. Estas se distinguen de las primeras porque son más alargadas, mientras que las otras son más bien redondas. Las yemas que carecen de pelusitas están barnizadas para protegerlo del sol y de la lluvia, del viento y de los insectos, porque son muy delicadas. Las que tienen como una felpita, ésta les sirve como de barniz, como por ejemplo las del Arce y las del Sauce. Las escamosas se defienden muy bien de los bichos que la atacan al duraznero, al damasco y al ciruelo. Deduzco de esto, que la naturaleza es muy sabia. Pincho con el alfiler las yemitas del plátano y veo que adentro están los brotes más tiernos. Saco las escamas de las yemitas del duraznero, y digo: Qué cosa más hermosa. Adentro guarda la joya más linda que hay en todas las yemas: una florecita rosada que parece hecha de tul. Y a la vez, en flor, adorna de suave color las ramas del árbol feliz.”

 Niño de quinto grado, Proyecto Escuela Nueva, dirigido por Olga Cossettini, Rosario,  Santa Fe, Argentina, años 1930-1940

Armas extraviadas

Pocos conjuntos son tan icónicos como el trajecito rosa que Jackie usó el fatídico 22 de noviembre de 1963, cuando asesinan a su marido en Dallas, Texas.

¿Dónde está el trajecito rosa, Jacqueline?

¿Dónde lo guardaste?

¿A quién se lo diste?

Con el conjuntito rosado todavía manchado de sangre y la mirada perdida, J. acompaña a Lyndon B. Johnson en su juramento como presidente de los EE UU en otra de las fotos memorables de ese día. Está la flamante viuda del presidente, de pie, en el avión en pleno vuelo:

“Yo no debo estar en esta ceremonia.”

Ya la nación tiene un nuevo presidente que los ojos de otras naciones miran con terror. Pero por el momento se imponen la lástima y la empatía hacia la primera dama destronada, y en apretado coro todos la tratan de apoyar:

“Nena, ¿qué va a ser de ti?”

El ramillete de rosas todavía la sostiene a ella y le cubre las uñas comidas por la ansiedad. Le cantan otra vez y le dicen “nena”.

“¡Han asesinado a mi marido, tengo su cerebro en mis manos!” –grita J. con el cerebro de J. en las manos, tirada sobre su cuerpo sobre su auto en pleno vuelo. En las imágenes grabadas durante el desfile por Abraham Zapruder y que no fueron emitidas hasta 1975 por la ABC, vemos a J. tirada sobre su marido J., sobre el asiento del descapotable rosa, tirada recoge una parte del cráneo del presidente sobre su regazo. El ramillete de rosas se deshace. Son las 13:31 hs en La Habana, Cuba.

El trajecito rosa es un diseño en tweed de la casa Chanel de 1961, originalmente diseñado en color violeta, pero que la misma  J. encargó en rosa a la tienda Chez Ninon, de Park Avenue (pienso en Barbie con cierta brutalidad, cultora del rosa desde el año de su nacimiento: 1959). Formado por dos piezas: una chaqueta con abotonado marinero y falda que cubre las rodillas, el conjunto simboliza a la perfección la moralidad y lo chic, el figurín perfecto en su estoicidad:

“Quítate las gafas oscuras, Jacqueline”

–le gritan de pronto, mientras baja las escalerillas del avión.

¿Será que no quiere ver la sangre de J. en su rosa es una rosa es una rosa conjunto?

¡Es Chanel!

El personal de confianza le insiste una y otra vez en que se quite el traje manchado de sangre. ¿Pero cómo saber –piensa ella– quién es entre nosotros, el personal de confianza? Si ya tengo el cerebro de él en mis manos, qué más puedo pedir de la vida, qué más quieren ustedes.

Y les dice a todos –sin distinguir gente rosa de gente de color:

“Déjenles ver lo que han hecho” (Let’s them see what they have done).

Entonces se da vuelta y anota el modelo del avión, la serie; las gafas le dejan ver con claridad lo que necesita anotar y sigue con la misma sangre escribiendo sobre su propia ropa: Air Force One. Ya estamos en Washington. Es el momento de perder el sombrero y los guantes blancos.

Suspiros.

Ve llegar a su madre a la pista del aeropuerto. Sólo a ella va a escuchar, sólo a ella le da su ropa manchada de sangre. Se desnudan las dos mujeres y se abrazan en una habitación custodiada por agentes de seguridad. La ropa de la madre también se tiñe de la sangre de Johnny. La madre dice que no van a limpiar nada, que todo se va a guardar en cajas especiales, con suficiente control de humedad, que para eso están los Archivos Nacionales: para guardar ropa como esta en días como este.

Jacqueline dice que cuando pase todo va a volver a usar pantalones campana y se pregunta por el futuro de la fotografía, porque ahora en las revistas, la sangre, el cerebro, Chanel, su sombrero pill box, el ramillete de rosas… todo parece gris.

Solo los guantes son del color verdadero  –dice.

“Sólo los guantes eran de ese color”.

“la rosa piensa que tiene voz de oro, no sabe que es sonido de una sílaba incolora. […] Los mirlos le carcomen su pecho colorado y siente un dulce dolor inexplicable. La rosa de la ciudad es distinta a la rosa del campo. Una es mundana y le gusta la noche, los avisos luminosos y la gente que la mira con prisa. La otra es como la tinta verde de los geranios y conoce el cielo como su propia muerte. Por eso tal vez siempre busco rosas raras para mis floreros de arcilla: rosas más calladas, menos presuntuosas, rosas de bosque o de patio privado.”

Miguel Ángel Zapata, Ensayo sobre la rosa

 

 

 

Nara Mansur Cao (La Habana, Cuba, 1969).

Poeta, dramaturga y crítico teatral cubana residente en Buenos Aires, egresada del Instituto Superior de Arte en La Habana.

En 2013 obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por su relato “¿Por qué hablamos de amor siempre?”. Ha publicado los libros de poesía El trajecito rosa (Buenos Aires Poetry, 2018), Régimen de afectos (2016), Manualidades (2011, Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén y Premio de la Crítica Literaria en Cuba 2012); Un ejercicio al aire libre (2004); y Mañana es cuando estoy despierta (2000, Premio Pinos Nuevos 1998), todos por Letras Cubanas.

Como dramaturga publicó Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro, que incluye sus materiales para el teatro Charlotte Corday. Poema dramático, Ignacio & María, Educación sentimental y Venus y el albañil Este libro obtuvo el Premio de la Crítica Literaria en 2011 y ha sido reeditado por Alarcos en La Habana.. También dio a conocer Chesterfield sofá capitoné por Ediciones sinsentido. Sus textos teatrales han sido llevados a escena en Cuba, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Italia y Puerto Rico.

Preparó para Ediciones Colihue la selección y el estudio crítico del teatro de Virgilio Piñera (2014) y las introducciones a los teatros completos de Antón Chéjov e Iván Turguéniev (2015). Y para Cuadernos de Picadero (Editorial del Instituto Nacional del Teatro), dos volúmenes con materiales del ciclo Dramaturgias posibles que coordina en el Centro Cultural de la Cooperación desde 2013.

Antes de mudarse a Argentina en 2007, impartía el Seminario de Dramaturgia en la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte y era editora de la revista Conjunto, dedicada al teatro latinoamericano, que edita Casa de las Américas.

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