“Comprendí su vida, sus frustraciones, su enajenación, su carácter de declassé”, entrevista a Fernando Cañizares Abeledo sobre Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro.

A la izquierda, el profesor Fernando Cañizares Abeledo, a su lado, el autor de la entrevista, el tambnien profesor Harold Bertot.

 

Por Harold Bertot Triana

Por disímiles factores, nuestra historia jurídica se desconoce en varios puntos. Estas oquedades a veces se transfiguraron en rechazos a revivir o desconocer símbolos, monumentos, construcciones o a hombres y personalidades, presentes solo en las remembranzas de sus más íntimos o conocidos, sin que su vida se conecte al curso de los acontecimientos culturales e históricos. Este desconocimiento hace precisamente que, entre gambetas y caños, aparezca en el todo general de nuestra cultura jurídica, de nuestras verdaderas tradiciones, identidades y sentido de la vida, un proceso ahistórico e hipostasiado.

La rigidez en la mirada de los procesos históricos, demarcar y considerar ramplonamente sobre ella a personajes buenos y malos, convenientes y no convenientes, redescubrir a unos y olvidar a otros, por toscos referentes ideológicos e intereses de usurero, hace la historia de nuestros pueblos lamentable, mitológica y abstracta. Y lo más peligroso aún, es que se cierne sobre el horizonte de nuestras esperanzas la sanción de este veneno con efectos vinculantes.

En nuestro entorno jurídico académico poco se conoce de la vida y obra de eximios juristas del período prerrevolucionario como José Antonio Lanuza, José Antolín del Cueto, Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, José Guerra López, entre otros.

Es cierto que algunos defendieron causas no legítimas para los procesos actuales, y que otros son anónimos en dignas posturas sin alguna trascendencia importante en el curso de los procesos históricos, pero no se debe olvidar que incluso entre notorias abyecciones, viles amagos, y los de a poco, la historia se compone de varias piezas y se refunda en un concierto de voluntades individuales.

Las tribulaciones, los heroísmos, las traiciones, la mano amiga, el troglodita, no hacen otro favor que mostrarnos la obra del hombre, de aquel que flaquea, del que está a medio camino y del que bate alas hacia lo más alto.

La historia del hombre se cuenta de restas y de sumas, y no solo se mira de costado. Hubo en estos hombres de leyes de un tiempo anterior al triunfo revolucionario una historia común: todos sostienen en sus voces y en sus obras, un hilo conductor de la cultura jurídica de Cuba, de sus construcciones y superaciones. Una historia viva de nuestra institucionalidad, de nuestra cosmovisión pedagógica, de nuestras tendencias filosóficas y teóricas, de nuestro pasado, de nuestro derredor cultural e identitario.  

Entre todos ellos se encuentra el doctor Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, antiguo profesor de Introducción al Estudio del Derecho y de Filosofía del Derecho en la antigua Facultad de Derecho de la Universidad de la Habana.

Nieto del autonomista Rafael Montoro y del ilustre jurista Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, Bustamante y Montoro signó todo el derrotero de la Filosofía del Derecho y de la Teoría del Derecho en varias décadas previas al triunfo revolucionario de 1959.

Bustamante fue el puente más importante y auténtico en la cultura jurídica cubana con la tendencia iusfilosófica de mayor arraigo en ese momento en Europa y América Latina: la Escuela de Viena del Derecho. Su creador, el austriaco Hans Kelsen, contó a Bustamante y Montoro entre sus más conspicuos discípulos, y así lo corrobora la inclusión que se hizo de su persona, realizada por Adolf Métall, ayudante del propio Kelsen, entre los hombres más genuinos de esta tendencia dentro del pensamiento jurídico burgués, en un artículo publicado antes de desaparecer físicamente. 

En Cuba casi nada se ha escrito sobre él. Sólo pudiera mencionar a Max Henríquez Ureña, en su “Panorama Histórico de la Literatura Cubana”, que lo incluyó entre los autores que conformaron el grupo minorista, en una breve reseña de su ensayística filosófica y de literatura.[1]

Por su parte la Facultad de Derecho no ha lanzado un proyecto de rescate de la memoria histórica de esta gloriosa institución con todas las fuerzas necesarias, de su significado y de sus hombres. Ha faltado comprensión histórica, estatura y sensibilidad. Y en este momento ya todo esfuerzo se asoma a los umbrales de un drama para la reconstrucción histórica que bebe sus fuentes de la tradición oral, y de los recuerdos de contemporáneos: el tiempo, que pinta canas y derriba fortalezas.

Por un destino azaroso, para conocer de Bustamante y Montoro hemos puesto un pie por delante de este monstruo inexorable que acecha. Probablemente contamos con la única persona viva en el mundo que tuvo la oportunidad de gozar de la intimidad de Bustamante y que puede recrear vivamente todos sus recuerdos de largas horas de convivencia con este hombre.

Fernando Cañizares Abeledo, una voz paradigmática, respetada y querida de las Ciencias Jurídicas en Cuba, es quizás la mayor autoridad para hablar de Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro y desde una posición histórica muy particular: Cañizares sería el encargado de reconstruir, junto a otros, toda la Teoría del Derecho y del Estado y la Filosofía del Derecho en los años que siguieron al triunfo revolucionario, tras el propio Bustamante, por los derroteros del “marxismo-leninismo”, como ideología que avanzaba en toda la enseñanza en Cuba.

En Cañizares se palpita un centro gravitatorio de sensaciones y momentos encontrados, que se ve atravesada por una condición que defiende con encono: es un hombre de la ortodoxia comunista, un “viejo bolchevique”, de la línea que no ve en las modas de cualquier tendencias, en la interpretación de la obra de los clásicos, los referentes para el análisis, pero tampoco se “estrella la frente al Capital de Marx como los musulmanes al Corán”, como en algún momento me ha dicho. Es un marxista, un martiano y un jurista de fuertes convicciones socialistas que, sin embargo, fue apartado de la Universidad en 1979 por un cúmulo de circunstancias, y alguno de sus textos, rasgados en la órbita del “marxismo-leninismo”, denostados de alguna manera por incluir citas de Gramsci o de autores “burgueses” alemanes de la teoría del Derecho.

Cañizares había hecho parte de su vida la construcción de la nueva Facultad de Derecho después del triunfo revolucionario de 1959. Estuvo en el cuerpo viril de estudiantes que hizo trinchera del combate contra Batista el descenso de la escalinata; vio morir compañeros a su lado; fue asesor legal de la FEU en momentos de efervescencia; integró la dirección estudiantil que ocupó la Facultad de Derecho en los años 60; se vistió de fiscal en los procesos depurativos contra antiguos profesores frente a Tribunales conformados por estudiantes y profesores –en los cuales en un momento de radicalización estuvo el propio Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro–; asumió con altura y responsabilidad, junto a otros, la enseñanza de asignaturas que muy pronto había quedado en terreno de nadie tras el propio Bustamante y Montoro; dirigió en la Ciénaga de Zapata el proceso de inscripciones civiles; participó en la creación de Tribunales Populares en la Sierra Maestra y en el Escambray con el triunfo; formó parte de una de las Comisiones de Estudios jurídicos en el proceso de institucionalización del Estado revolucionario; fue integrante de la comisión gubernamental para la redacción del proyecto de Ley de Tránsito Constitucional; entre otras innumerables tareas que llenan una vida de utilidad.

Este conversatorio, más que una entrevista, lleno de remontadas hacia una época que solo se consigue imaginar en la temporalidad de gestas gloriosas y de una vida nacional revuelta, se realizó en el actual edificio que sirve de sede al Ministerio de Justicia, donde el profesor Fernando Cañizares labora como asesor jurídico. De semblante sereno, como de un hombre del 95, no tiene una voz reposada, sino que con palabra de alborotador y de barricadas francesas, recorre la historia, la enjuicia y toma partido. En el curso de sus palabras, anécdotas que reaparecían súbitamente sobre Bustamante no encontraban válvulas y hacían estallar toda lógica expositiva, en una mente temerosa de no echarle el lazo oportuno, pero que parecía retomar en unos instantes con menos peso y más aligerado, como libre de todo olvido.

Cañizares nos reveló parte de la historia de Bustamante al ritmo en que sus recuerdos parecieron trastocarse en ciertos puntos con el drama de su propia vida: lealtad, incomprensiones, exabruptos, dedicación, talento, capacidad. El conversatorio no se limitó a conocer el pensamiento filosófico de Bustamante. Se condujo por un intento de arrancar al hombre de un vicio histórico de mostrar falsas aureolas, serenidad donde hubo humana impaciencia, impolutez donde se tomó la mano del amante. En los pormenores que se nos revela, hay facetas controvertidas que pudieran ser de cualquier otra vida común, y que nos ayudarán a conformarnos un perfil más acabado de la personalidad y las frustraciones de este hombre. Sea este un paso más para ir tras el conocimiento de todos estos hombres de la historia de la Universidad, de Cuba.

  1. En la década del 50 Bustamante y Montoro es ya un reconocido discípulo de Hans Kelsen en la Facultad de Derecho de la Universidad de la Habana. ¿Cómo se proyectó esto en sus clases y en su propia formación intelectual?

El doctor Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, cuando yo entré a estudiar a la Facultad de Derecho en el año 1953, era profesor de Introducción a la Ciencia de Derecho y de Filosofía del Derecho. La primera de las asignaturas era una asignatura introductoria, unos prolegómenos de la teoría jurídica general, de poco volumen, un par de folletos, que se llamaban Introducción a la Ciencia del Derecho, y que contenía los aspectos más generales del estudio del fenómeno jurídico en cuanto al concepto de norma, interpretación de las normas, retroactividad de las normas, es decir, los aspectos fundamentales; y Filosofía del Derecho, que era una asignatura sin programa ninguno, fundamentalmente en el orden académico.

Las clases de Filosofía eran muy abiertas, en el sentido de que generalmente las convertía en cursos monográficos. Por ejemplo, le daba por explicar un año a Edmung Coing, partidario del Derecho Natural después de la Segunda Guerra Mundial, sin que los alumnos tuvieran ninguna explicación de lo que era la filosofía del Derecho, el concepto de Filosofía del Derecho, las partes de la Filosofía del Derecho, es decir, la cosa esa académica no la explicaba.

Empezaba a hablar de Edmung Coing, buscaba la manera de que a mimeógrafo le publicaran una de las obras de Coing, se la daba a los alumnos y los alumnos pues más o menos interpretaban las cosas a su manera, hacían lo que daba la gana, le respondían lo que le daban la gana, y él daba la nota.

Con eso se aprobaba la asignatura. Muchas veces, y eso no fue durante los años que yo estudié en la Facultad, me enteré que en cursos anteriores, él se entusiasmó en dar dentro del año, en Filosofía del Derecho, algún taller de marxismo. Lo hacía más bien para mortificar a los otros profesores, que eran católicos, enemigos del comunismo y enemigos del marxismo, pero como él era un declassé, un hombre que no estaba identificado con los intereses de su clase, pero no había buscado otra para identificarse con los intereses de ella, lo hacía para mortificar a los demás, y entonces daba unos cursos y unos seminarios sobre marxismo a los cuales acudían mucha gente, como Walterio Carbonell, y eso lo hacía memorable en las clases de Filosofía del Derecho.

Bustamente daba la sensación de saber de todo. Explicaba la Escuela de Frankfurt, las nuevas teorías sociológicas de la época, el Derecho Natural, cualquier cosa él explicaba, y se lo explicaba a alumnos, insisto, que no podían entender nada de eso, porque eso necesita una explicación previa, de carácter histórico y filosófico.

Si el Derecho no se estudia a través de una explicación histórica, del origen histórico y desarrollo de las instituciones, no se puede entender. El Derecho no puede explicarse partiendo del Derecho mismo, partiendo de la legislación y de las normas jurídicas.

Las normas jurídicas son en el fondo de carácter sociológico, no tienen una naturaleza lógica, y el que parta de allí pues empieza a explicar el Derecho sin saber nada. Es como el que trate de explicar antropología partiendo de la ropa que tiene un hombre puesto, ni siquiera de la piel, de la sangre, ni de los órganos ni de los huesos que están adentro. Partiendo de la ropa no se puede explicar antropología, y si se parte para explicar el Derecho de las normas jurídicas, de lo legislado, tampoco. Tony pues, como no explicaba nada de eso, entonces nadie entendía lo que explicaba. Ni yo entendía nada tampoco, ni nadie entendía nada. Pero bueno, él daba esos cursos de esa manera.

Escribió una serie de libros, como Teoría del Derecho y Sociología del Derecho. Era muy apegado a las teorías sociológicas del saber de Max Scheler. Sin embargo, tengo que confesar que en ocasiones daba también la sensación de que tenían un “arroz con mago” en la cabeza de ideas de positivismo, de stammlerismo, aunque se pueda encontrar un mayor peso de lo neokantiano, y como neokantiano conocía todas las escuelas neokantianas, aunque en el orden jurídico era puramente formalista, kelseniano.

Era por su cultura un ente raro dentro de la Facultad de Derecho. La mayor parte de los profesores viejos de la Facultad eran positivistas. Martínez Giralt, Guerra López, Santos Jiménez, Julián Modesto Ruiz, todos eran partidarios del positivismo, de la Teoría General del Derecho alemán, de Jellineck. Era el Positivismo jurídico, no el neopositivismo en la línea del formalismo en que Kelsen lo establece, allí no se hablaba de eso.

Cuando yo estudiaba a Kelsen nadie lo entendía, y el mayor orgullo de una persona era decir que había leído a Kelsen y no lo entendía. Ese individuo estaba consagrado, sacramentado y juramentado. Como nadie lo entendía –nadie podía entender aquello, como era lógico–, a mí una vez me dio la idea de subir a la Biblioteca, pedir el libro Teoría del Estado, y no avancé ni cuarentena páginas. No podía. Porque yo tampoco lo entendía.

Lo que pasa era que yo no me admiré de no entenderlo, sino que comprendí que para poder entender aquello tenía que conocer una cantidad de cosas que yo no conocía, primero por mi educación anterior, que era también positivista, a lo más que llegaba era a la Teoría General del Estado, de Bodenheimer, más nada que eso, es decir creer que el Estado tiene naturaleza jurídica.

Como creía eso, después el Derecho lo veía a través del normativismo puro. No sabía nada. Y entonces cuando cogí aquel libro de Kelsen no entendía nada tampoco. Y dije bueno, yo tengo que aprender cosas, primero filosofía, tengo que aprender de filosofía esto, esto, esto, y después buscarme una concepción del mundo y una filosofía que me enseñe a entenderla también, Y eso fue lo que hice y entonces ya fue distinto. Pero mucho después, con los esfuerzos que tuve que hacer de profesor, de estudiar mucho, de romperme mucho la cabeza, y de pasar mucho trabajo, de muchas madrugadas pensando y preparando las clases para poder llevar con un poco de dignidad las enseñanzas a los alumnos. Pero me di rápidamente cuenta que aquello había que sobrepasarlo. Y entonces, debo decirlo, Tony fue una de las fuentes de mi conocimiento.

Nunca hizo un libro de filosofía del Derecho docente, no lo tiene. Y ninguna obra de filosofía del Derecho desde el punto de vista docente. No era partidario del Derecho Natural, como es lógico, siendo normativista. El Derecho Natural no sólo fue combatido por el positivismo clásico sino también por el kelseniano y por el neopositivismo también.

Sin embargo, todo los Códigos positivistas están llenos de prescripciones del Derecho Natural. Coge el Código napoleónico para que veas. El Derecho Natural se saca por la puerta de entrada, por la puerta grande y se mete a hurtadilla por la puerta de atrás. Todas las ideas del Derecho Natural clásico del siglo XVI y XVIII están metidas en todos los códigos, aunque digan que son positivistas y normativistas, tiene metido el Derecho Natural adentro. Tony era enemigo del Derecho Natural, desde el punto de vista del normativismo, pero él no hacía mucho hincapié en combatir esas cosas. Él explicaba muy dogmáticamente la asignatura, sus conceptos, es decir, lo que era la interpretación, los tipos de interpretación, qué era la exegesis, qué era la hermenéutica, qué es la retroactividad de las leyes, qué eran las leyes intermedias, lo explicaba todo esquemáticamente, aunque también muy bien explicado, en esa forma.

En cuanto a la Introducción a la Ciencia del Derecho, como asignatura introductoria, estaba muy vinculada, como es lógico, a la Teoría del Estado que daba Pablo Lavín, un profesor bastante extravagante, que daba clases de Teoría General del Estado y que decía ser alumno de Orlando, el famoso profesor italiano. Ahí todo el mundo se buscaba un padrino en el extranjero para avalar su condición de buen profesor. No obstante eso, Tony Bustamante era un buen profesor, sabía explicar, explicaba muy bien, hablaba muy bien.

  1. Se ha resaltado siempre que era nieto de dos grandes oradores e intelectuales de la República, Rafael Montoro y Bustamante y Sirvén. ¿Qué pudieron haber influido en su vida?

Él no era un orador, un hombre capaz de pronunciar, digamos, un discurso político; pero dar una clase, la daba a la perfección y con didactismo, y con la suficiente calma y cuidado para que el alumno al menos le prestara atención aunque en filosofía no lo entendiera nadie. Lo que pasa era que si él llegaba al aula, y había bulla, él se sentaba y cuando la gente se callaba, que podía ser veinte minutos, empezaba la clase y lo que daba de clase era 35 minutos; él no mandaba a callar a nadie, ni le llamaba la atención a nadie; se sentaba allí con sus espejuelos oscuros que traía siempre, porque constantemente sus ojos segregaban lágrimas, una segregación constante producto de determinadas sustancias que él injería y a las cuales era adicto.

Venía en un jaguar, un carro deportivo italiano que lo manejaba él mismo, se bajaba, era muy caballeroso con los estudiantes, extremadamente cortés, extremadamente caballeroso con las damas, a diferencia de otros profesores de esa época. Trataba a los alumnos y a las alumnas con caballerosidad, aunque hablaba poco con los alumnos.

 

  1. ¿Cómo era de duro para las calificaciones?

Era un profesor suave para el examen, para las calificaciones y para los premios. Recuerdo una vez que yo dejé de ir a un premio de su asignatura, porque tuve que ir a otro premio y me dijo “¿Por qué no fuiste al premio mío chico?” Le dije “No profe, porque tenía que prepararme muy duro entonces para los suyos y había escogido Derecho Administrativo y Teoría del Estado”, y me dijo “No importa eso, vaya ahí y nos ponemos de acuerdo, no hay problema ninguno con eso.” Es decir, yo tuve confianza con él para que hablara así conmigo, y a la vez me daba cuenta de cómo era.

  1. Hablemos de su formación intelectual. ¿Cómo llega Bustamante a la Facultad de Derecho?

Tony era un hombre muy inteligente y extremadamente culto. Su abuelo, Antonio Sánchez Bustamante y Sirvén, se lo llevó con él, de niño, cuando tenía cinco o seis años, para Europa. Se lo llevó para mitigar la pena de la muerte de un hijo que había tenido, que se llamaba Ariel, que dicen que era muy brillante y murió prácticamente acabado de graduar.

El abuelo que había vivido con mucho orgullo de su hijo, se le murió, hermano del padre de Tony, Ángel Arturo, que yo conocí, un hombre bastante bruto, abogado; pero Ariel dicen que era un muchacho que estaba “fuera de liga” en el orden de la preparación, de la captación intelectual de los problemas del Derecho. Al extremo fue así, que el viejo Bustamante instituyó una fundación, Ariel Bustamante, que daba un viaje al extranjero a los que ganaban el premio de la asignatura de Derecho Internacional Privado, es decir, dejó dinero para que por muchos años, en nombre de ese hijo que él quiso tanto, se hiciera eso.

Pues bien como el viejo estaba tan apesadumbrado por la muerte de su hijo, la familia estimó que debía llevarse a un nieto, y se llevó a Tony para la Haya, el viejo era Presidente de la Corte Internacional de Justicia, además de otros cargos que tuvo en el exterior.

El viejo Bustamante era un hombre muy capaz e inteligente, extraordinariamente culto y de fama mundial en el conocimiento de los problemas del Derecho Internacional. Se llevó a Tony para allá, le puso preceptores privados, que todavía se usaban: Tony aprendió italiano, francés, inglés, alemán, griego y latín perfectamente, estuvo en las mejores universidades de aquella época, después se afilió a la escuela kelseniana en Europa que por entonces tenía mucha fuerza. Tony conoció a Kelsen, fue su discípulo y después dio clases con Stammler. Cuando el abuelo tuvo que venir para acá, Tony tenía diecinueve años en el año 1929. Vino y dio unas conferencias de Filosofía de Derecho en el Aula Magna que fueron conferencias brillantes, según me contaba mi maestro Guerra López. Causó admiración que un joven de diecinueve años tuviera tanta cultura filosófica en el orden jurídico.

Por entonces en la Facultad del Derecho se sacaron a oposición las cátedras, se reorganizó el plan de estudios de la Facultad, se dividió Derecho Político, que lo tenía Orestes Ferrara, y por un lado salió la Teoría del Estado para Pablo Lavín, por el otro lado salió Derecho Constitucional para Ramón Infiesta; se hizo una nueva oposición de Derecho Romano y se sacó Historia del Estado y del Derecho, la parte histórica, y se le dio a Domingo Herrera (los alumnos lo llamaban “Burro triste”), se sacó a oposición la cátedra de Derecho Penal, y entre Portela y Labedán obtuvo el premio Labedán, en los años 30, en unas oposiciones extraordinarias y magníficas, con la desgracia de que murió siendo muy joven de un ataque apendicular, etc. Se hizo un reparto entre familia de las cátedras, se fueron reestructurando, repartiéndolas, para que todo el mundo tuviera participación en la vida de la facultad. Entonces Tony vino a dar clases de Introducción a la Teoría del Derecho y de Filosofía del Derecho. Tenía fama por dos razones: primero por su capacidad y, entre la gente más progresista en la Facultad, por la discrepancia que tenían con los demás miembros del claustro.

  1. ¿Qué tipo de discrepancias?

Tony era un verdadero execrado en el claustro aquel, que era un claustro fundamentalmente afiliado a las tendencias religiosas, a la Compañía de Jesús, al Diario de La Marina; la Facultad estaba muy comprometida desde el punto de vista de esas ideologías.

Tony ironizaba, se reía y se burlaba de los demás profesores, que lo tenían como si fuera el “patito feo”, la oveja negra de la Facultad sin ningún tipo de consideración, sobre todo porque en su vida desde muy joven había tenido una vida un poco “licenciosa”, fuera de las costumbres encubridora de los miembros de su clase.

Cuando era joven se enamoró de una mulata, llamaba Elsa Valladares, que yo conocí –así como a su madre–, y a la que le tuve gran cariño, muy buena persona, rumbera de regular calidad que bailaba en México. Tony se volvió loco con Elsa, una mujer bonita. El abuelo le había concertado el matrimonio con una hija de Sarrá, uno de los grandes casatenientes fundamentales de la República, y Tony haciendo caso omiso de eso, le dio la espalda y se decidió por aquella mujer pobre y humilde, y fue corriendo detrás de ella a México y se casó.

Tuvo una hija con ella, Anita, que yo conocí también. Vivió dentro de los límites de la modestia, pero pudo haber sido un muchacho privilegiado. En primer lugar fue notario en el Bufete del viejo Bustamante, que quedaba en Teniente Rey y Compostela, una casa grande, la casona del viejo Bustamante. Ahí de joven se metió en problemas de estafa con los clientes, al extremo que llegó a ser tan escandaloso que el abuelo tuvo que poner una nota en el periódico diciendo que había sido separado del Bufete su nieto, y que nadie hiciera ningún negocio con él, ni tuvieran cuenta con él, que ya no pertenecía al Bufete, y que no autorizaba ninguna relación con él que tuviera que ver con alguna relación con el Bufete.

Un dolor muy grande para su abuelo que lo quería con delirio, pero tuvo que sacarlo escandalosamente del Bufete porque cometió varias estafas a la Compañía de Jesús, al Diario de la Marina, y se buscó el odio de toda esa gente, y de todo ese poder.

Lo metieron para los Tribunales, lo prendieron y lo llevaron para el Castillo del Príncipe. Mi maestro José Guerra López fue allá e hizo las gestiones para que lo pusieran en libertad, pero lo metieron en una causa penal por estafa que hubiera podido ser condenado a sanción de privación de libertad en el orden penal. Pero él, inteligentemente, aprovechando la posibilidad que daba la Ley de Enjuiciamiento Criminal española, vigente en Cuba entonces, planteó una cuestión prejudicial, y dijo que eso eran problemas civiles, de negocios que habían quedado mal, que no estaban dentro del campo de lo delictivo, de la mala fe, sino que él había cogido el dinero para negocios, y los negocios no había cuajado bien y había perdido el dinero. Y a pesar de tener en contra a Cándido Mora, a Olga Proía, una magistrada de la sala de lo Penal del Tribunal Provincial, a la Compañía de Jesús, al Diario de la Marina y al Colegio de Belén, ganó el pleito, declararon prejudicial la cuestión y se quedó como un problema de negocio que vino mal, que fracasó. Él un día me enseñó en su casa los cuadernos de todos los pleitos esos, y se reía haciéndome los cuentos de esos problemas, porque tenía cierta fina jocosidad, no eran carcajadas, pero se reía irónicamente, que causaba gracia en las personas que lo oía.

También, cuando se produjo el golpe del 10 de marzo de 1952, Tony asumió una posición irónica con la dictadura de Batista y sacaba a debate dentro de la Cátedra la legalidad o no de los Estatutos Constitucionales que aprobó Batista, que no tenía ningún valor, lo que vino a sustituir la Constitución de 1940. Y entonces él ponía a un alumno a que defendiera los Estatutos, y a un alumno que le fuera en contra a los Estatutos.

Aquello era un show en el aula, y además los alumnos que teníamos una posición un poco más avanzada en materia política, aprovechábamos aquello. Él le llamaba a Batista, cada vez que hacía mención de él, “el General Presidente”, en un tono irónico, alargando las palabras con un timbre muy peculiar: “No porque el general Presidente planteó”, “No porque el general Presidente dijo”, “Vamos ahora a analizar la conducta del General Presidente. El General Presidente creó una comisión constitucional para elaborar unos estatutos, los Estatutos del viernes de dolores”, porque fue un viernes, y entonces lo ironizaba así y los estudiantes se reían, las clases se convertían en una verdadera “changa” en contra de la dictadura de Batista. Aquello pues, le concitó la mala voluntad de los otros profesores, alguno de ellos que estaban muy vinculados a la política nacional.

Entre otras cosas también, se cuenta jocosamente que cuando estuvo la Tongolele, la famosa bailarina exótica mejicana, que tenía un mechón de pelo en la frente, Tony que vivía entonces en Miramar –una buena casa que perdió, y acabó viviendo en Rayo entre Neptuno y no sé qué–, invitó a la Tongolele a que le bailara y él sentado en un cojín en el suelo, y ella bailándole en la sala sin ropa.

  1. Ahora, ¿qué pasó con Bustamante después de triunfo revolucionario de 1959?

Cuando  el triunfo de la Revolución, la Asociación de Alumnos de la Facultad de Derecho asume una gran responsabilidad, porque hay que transformar la Universidad, no reformarla. Se habla de reforma universitaria, y ya no había que hablar de reforma, había habido una Revolución en el país. Había pasado lo que Mella quiso: Mella dijo no puede haber reforma universitaria hasta que no haya una revolución social. Pero ya cuando hay una revolución social la reforma no puede ser reforma, porque las reformas no atacan la esencia, no ataca la naturaleza; las reformas siempre son parciales, pequeñas, limitadas, pobres. No había que hacer una revolución en la Universidad, había que traer la Revolución a la Universidad. En la Universidad había gente de derecha, la derecha más peligrosa, contrarrevolucionarios armados, capaces de hacer atentados y poner bombas, como hicieron, pero también había un grupo de compañeros revolucionarios, que provenían de la lucha estudiantil, de la clandestinidad, de la Sierra, que tenían una historia en la Universidad y la Revolución tuvo que confiar en esos compañeros y decir: que se enfrenten en el seno de la Universidad los revolucionarios y los que no lo son, y debe triunfar la revolución.

Era muy difícil en aquel momento que el propio Gobierno tuviera que intervenir en la Universidad, cerrarla, clausurarla, sacar a los profesores, eso no era concebible que pasara habiendo revolucionarios en el seno de la Universidad. Y los revolucionarios empezaron a enfrentar aquello con mucho cuidado, a través de la idea de la Reforma, Tribunales de Depuración de Profesores y de alumnos etc. Pero todo aquello fue retrasado por la cantidad  de profesores reaccionarios que había. Se hicieron Tribunales con mayoría profesoral y siempre votaban a favor de los profesores, los alumnos acusaban, eran los fiscales, etc., aquello no cuajaba.

En aquella lucha y aquella posición del estudiantado, Tony Bustamante estuvo como pez en el agua, se divertía de aquello, sin comprender que él también tenía, en el orden ético, problemas que podían llevarlo a separarlo de allí, aunque no era lo fundamental lo que se valoraba sino la conducta revolucionaria. Y llegó un momento en el año 1960 de enfrentamiento ya de la FEU con la rectoría, el Consejo Universitario, y sobre todo con el claustro de la Faculta de Derecho que era el más reaccionario, el más fuerte que tenía gente en el gobierno hasta de viceministro, y de personajes importantes, hasta de primer ministro, Aureliano Sánchez Arango, Miró Cardona, Andrés Valdespino, Ernesto Dihigo, representante de Cuba en la ONU. Por eso, al enfrentarse con aquella gente, uno tenía que pensar que podía tener problemas, si esto no iba con rumbo bueno, porque eran poco los que sabían el rumbo que iba a llevar la Revolución. Ya con el tiempo nos fuimos dando cuenta pero ¿y si metíamos la pata? ¿y si íbamos más allá de los que nosotros pensábamos y nos llamaban después y nos arreglaban cuentas a la dirección estudiantil? En aquel enfrentamiento, luchas, problemas, entrevista con Miró Cardona de madrugada hasta hacerlo asilar, en fin, cosas muy difíciles, todo aquello tan difícil que se debatía en reuniones en el estadio de madrugada, sin que tuviéramos orientación de ningún dirigente de la revolución.

Todo aquello a Tony Bustamante le pareció bien. Y nos apoyó. Habían dos profesores dentro del claustro que nos apoyaban, que nos entendían, que estaban al lado nuestro, uno de ellos Guerra López, un hombre de ideas revolucionarias, honesto, y un magnífico profesor, el mejor profesor de la Facultad, sin duda alguna, y uno de los grandes pensadores jurídicos del país, y además valiente. A ese ni siquiera los demás se le arrimaron para concitarlo a nada. Era tan grande la posición intelectual de él, y tanta la fuerza moral desde el punto de vista político que nadie se metía con Guerra López. Cuando la Policía entró dos veces y destrozó la Universidad durante la dictadura, a él era el que se le daba jurídicamente el poder para a nombre de la Universidad reclamar lo daños y perjuicios, para poder discutir con los ministros de Estado, para discutir con los Ministros de Gobierno de tú a tú, y duramente defendiendo la Universidad.

Guerra López era un bastión, además, al lado de los alumnos siempre, con sus alumnos, como decía él, “lo más que quiere un profesor es a sus alumnos”. En ese escenario, repito, Tony también se puso al lado de nosotros. Se puso militantemente al lado de nosotros en situaciones muy difíciles, en discusiones dentro del claustro. Hubo momentos en que tuvo que salir prácticamente expulsado del claustro y se fue diciendo horrores. Tuvimos que irlo a ver a la casa por la noche, a conversar con él, a ver que había opinado el claustro, hasta que como es lógico la ocupación de la Facultad de Derecho por la Asociación de Alumnos se produjo y provocó la renuncia del Consejo Universitario. Tony fue enviado por los estudiantes de la Facultad de Derecho a la reunión que se celebró en la Facultad de Filosofía, de madrugada, para constituir la Junta Superior de la Universidad de profesores y alumnos revolucionarios. Tony fue nuestro representante. Guerra López ya no podía ir porque tenía sus piernas ya muy malas, estaba viejo, en vías de jubilación, y así y todo dijo que explicaba todas las asignaturas y examinaba a todos alumnos hasta que se pudieran conseguir nuevos profesores revolucionarios.

Depurada la Facultad, expulsados 400 profesores de la Universidad, la Junta Superior de Gobierno estimó que a Tony Bustamante se expulsara también de la Universidad y que no se le concediera la posibilidad de retirarse, ya Bustamante tenía edad de retiro.

Aquello causó una reunión muy violenta de la Asociación de Alumnos de Derecho, difícil. Había partidarios de que sí, pero la mayoría era partidaria de que no. Muchos compañeros lo defendimos: Blas Arrechea, Vizcaíno, Maximino González, entre otros, pero la Junta Superior de Gobierno no tuvo la comprensión histórica con él, de que aquel hombre que había tenido aquellas lacras y aquellos problemas, era un hombre que había asumido una postura final importante en la Facultad, y con nosotros, y que “Un bello morir llena de honor toda la vida”, dice la frase italiana.

A veces un acto de extremaunción de la vida lava los problemas que uno haya tenido anteriormente, porque el hombre, una de las características propias del ser humano, es ser perfectible, y si un hombre al final hace un sacrificio, y una posición como la tuvo él, hay que juzgarlo, y si no hay otras cosas graves, de muerte, de atrocidades, que puedan haber en la vida, no se puede ser tan radical. Pero desgraciadamente en aquellos momentos en la Junta había gentes radicales.

El mismo Héctor Garcini, que era profesor de la Facultad de Derecho, la cogió con que “Tony era un inmoral, que esto que lo otro, que eso no era bueno…” Lo mismo que le dijeron a Martí cuando Manuel García le mandó el dinero. ¿Bandolero Manuel García? Los más bandoleros eran los burgueses y él le robaba a la burguesía y le robaba a los feudales españoles para ayudar a los campesinos, no se hizo rico y se decidió morir.

Entonces, no estoy comparando a Manuel García con Tony, pero son casos que uno piensa, y en aquellos momentos dije eso cuando traté de defenderlo. Pero no fue así, Tony tuvo que salir de la Facultad, sin un kilo, la mujer a vender café por los portales de la calle Galiano, su hijita también sufrió terriblemente esa consecuencia.

La Asociación de Estudiantes de Derecho lo visitaba, lo ayudaba, lo apoyaba, lo ayudábamos económicamente cada vez que podíamos. Desde ese entonces yo concurría mucho a su casa, tres veces por semana, los fines de semanas lo pasaba con él, oyéndolo, aprendí de él tremendamente. Guerra López me pudo enseñar mucho Derecho Civil, Comercial, pero de Tony aprendí extraordinariamente lo que era la cultura europea, los clásicos europeos, los movimientos literarios, y divertirme con sus cosas, porque me caía extremadamente gracioso.

  1. En esas circunstancias, un hombre tan conocido en el mundo y del tanto prestigio, ¿no pensó en abandonar el país?

Yo nunca escuché decirle en los años que conocí a Tony que quería irse del país. Además, existía otro problema más serio, una cosa incierta, totalmente incierta que se levantó en su contra por sus enemigos en Cuba. Había un profesor dominicano, enemigo de la dictadura de Trujillo, que se refugió en Cuba, Galinde de apellido, y a ese profesor un barco de guerra dominicano que vino a la Habana -eran amigo Trujillo y Batista-, localizaron aquí en la Habana a Galinde y lo quemaron en los hornos del barco, donde están los motores, el vapor del barco. Y entonces se publicó, en aquella oportunidad por sus enemigos, que él había propiciado y conseguido que prendieran a Galinde para que lo quemaran. Figúrate, para dónde se fuera él lo iban a matar, o la gente de Galinde o la otra gente para evitar que dijera o buscara pruebas de que eso fue una infamia. Todo aquello fue un gran montaje por los enemigos del Tony.

Después de un tiempo, logramos ubicar a Tony en el Capitolio en la Academia de Ciencias o en el Instituto de Historia, no recuerdo. Hizo esfuerzo para ello Carlos Rafael Rodríguez. Cuando lo ubicaron mejoró su vida personal, tenía una buena biblioteca en la casa, un cuarto lleno de libros desde el suelo hasta arriba. Tony empezó a hacer vida intelectual de nuevo. Escribió varios libros, tradujo obras de Marx del alemán, entre otras cosas.

Pero, dice un dicho que “perro huevero, aunque le quemen el hocico”. Tony se metió también a cometer algunas estafas, en este caso con gentes que no tenía ese potencial económico de las gentes que él estafó en las anteriores. Desgraciadamente parece que le hacía falta más dinero y cometió esos errores, y volvió. Nosotros hablamos con él, tratamos de amortiguar la cosa. Se mudó para la casa del antiguo Bufete de su Abuelo, en Teniente Rey. También allí yo iba a visitarlo. Él tenía locura con su hija, Anita, y vivió en esa casa, que tenía el Bufete de su abuelo, una enorme casona, casi un cuarto de manzana, y después se convirtió en un Bufete también.

Cuando muere en los años 80, muere del corazón, los bufetes colectivos se la compraron por miles de pesos a la hija. Tony muere en el cardiovascular en los años 80, estaba un poco acabado físicamente. Era de muy buena altura, hacía ejercicio, de una buena complexión sin ser un atleta, muy jocoso, le gustaba salir mucho a comer, a mí me invitaba mucho a comer al restaurante árabe, a distintos restaurantes raros que había en la Habana. Tuve mucha compenetración con él, le tuve mucho afecto y mucho cariño.

  1. Muchos intelectuales cubanos, entre ellos algunos juristas, abrazaron el marxismo después del triunfo revolucionario, después de la propia orientación ideológica de la Revolución. ¿Fue Bustamante uno de ellos? ¿Abandonó el normativismo kelseniano?

Tuvo que aceptarlo, aunque él no era una persona que en esos primeros años publicara mucho sobre el tema. Él lo aceptó pero al estilo de Tony.

  1. ¿Alguna vez le hizo algún comentario sobre los libros que usted publicó de Teoría del Estado y Teoría del Derecho, los nuevos textos para la enseñanza del Derecho en la Universidad?

No recuerdo que hayamos hablado de eso, en verdad. No recuerdo. Ya en los últimos años, cuando él trabajaba en el Instituto de Historia, nos vimos muy poco. Sus nuevas responsabilidades, y las mías, hicieron que las visitas a su casa no fueran ya tan asiduas. Lo veía mucho por la calle Obispo, cuando yo iba para mi trabajo, para la Empresa de Medicamentos después de haber salido de la Universidad, lo veía, me tropezaba con él que iba para la Academia de Ciencias y me abrazaba. Se convirtió ya en los últimos años en el único contacto que tuvimos.

  1. ¿Qué comprensión general pudiera dar de Bustamante?

Como muchacho rico, tuvo la oportunidad de desviarse en cualquiera de las vertientes que un hombre rico y pudiente de aquella época podía. Lo hizo de mala manera, pero siempre conservó su capacidad. Tuvo grandes maestros en el extranjero. Adquirió una gran cultura, sin embargo no supo vincularse socialmente a una fuerza que él pudo representar y lo podía avalar y representar a él como intelectual. Yo tengo un recuerdo muy cariñoso de él. Lo que he contado sobre lo que se consideró para la época como “inmoralidades”, le costó no poder retirarse en la Universidad, injustamente, porque las propias autoridades revolucionarias de la Universidad fueron injustas con Tony, por la conducta que él asumió, y yo lo defendí cuando aquello frente a las autoridades universitarias.

Yo que tenía algunas responsabilidades lo defendí. Comprendí su vida, sus frustraciones, su enajenación, su carácter de declassé, pues él no pertenecía a ninguna clase, y una persona que en una sociedad de clases no pertenezca a ninguna clase, es una excepción, pero es un problema, y más un hombre con tanta capacidad como la de él. Esas cosas que he contado todo el mundo las sabía, todo el mundo las comentaban. Nadie se metía con él, porque era también un hombre peligroso para meterse con él en los Tribunales, meterse en un lío con Tony en los Tribunales era una cosa muy difícil.

Tony nunca tuvo relación con la FEU ni con la Asociación de Alumnos a los efectos de dirigir protestas, cualquier actitud revolucionaria o insurreccional, aunque fuera pequeño dentro de la lucha universitaria, que era bastante. Cuando ya en 1954, José Antonio toma la presidencia de la FEU, la FEU se radicaliza y se convierte en una organización de masa estudiantil combativa, aunque desde luego no combatían todos los alumnos, de los quince mil alumnos que habían en la Universidad, eran 80 los que integraban la parte activa de la organización y eran los que iban a las manifestaciones, se fajaban con los guardias, le tiraban piedras, caían presos, eran heridos, cogían tiros, etc.

Yo hice contacto con él como alumno, después fui al premio de Filosofía del Derecho y obtuve premio. Una de los premios que contaba en mi condición de primer expediente del año, que me valió el Premio Nacional José Antonio Lanuza, era precisamente el de Filosofía del Derecho, al cual tuve que estudiar muchísimo.

Recuerdo que lo realicé precisamente sobre la Escuela del Derecho Natural después de la Segunda Guerra mundial. Desde entonces mi relación con Tony, en el orden personal, fue una relación grande. Aprendí de él mucho. Lo primero que aprendí del marxismo fue con él. Tony me explicaba los libros de marxismo que me caían en las manos. Él leía el marxismo de los libros en alemán perfectamente bien. Lo conocía al dedillo, me explicó también todas las teorías normativistas, de Kelsen, conocí personalidades del Derecho como Wenceslao Roces en su casa, me reunía con ellos, salía a comer con ellos.

Tony era un individuo conocido, y Kelsen dijo que en América Latina su discípulo preferido era Tony Bustamante. Lo reconoció como su discípulo preferido. Kelsen vino invitado por él a La Habana, y cuando vino no pudo hablar en la Facultad de Derecho, porque el decano, que era Fernández Camus, y Pablo Lavín, se fajaron en el claustro por presentar a Kelsen, y el show fue tan grande, que me dijo Tony que se tuvo que suspender la actividad, y entonces los estudiantes le hicieron un ágape en la playa de Marianao como un desagravio a Kelsen por la cosa ridícula que había pasado en la facultad. Después Kelsen se comprometió y pronunció una Conferencia en el Aula Magna en la década del 40. Más tarde volvió por problemas de enfermedad a tratarse a la Habana. Tony era amigo de Kelsen y de grandes figuras del pensamiento filosófico de aquella época.

Se le hizo una injusticia con no dejarse jubilar. Se le hizo realmente una injusticia, y creo que en todo lo que podamos, seriamente, fuera de esta intervención mía, que es una intervención un poco jocosa, porque Tony me hace ponerme alegre cuando me acuerdo de él, todo lo que se haga en favor de situarlo con el valor que él tiene desde el punto de vista intelectual, debe hacerse en la Facultad. Es importante. Lo que pedimos de él, lo que vemos de él, lo que exigimos de él, y lo que él pueda enseñar y lo que él pudo enseñar, y lo que pueda enseñar a través de los libros deben dar los basamentos suficientes para que el nombre de él aparezca el día que se haga un replanteo de las figuras en la Facultad de Derecho.

 

 

[1] Max Henríquez Ureña, “Panorama Histórico de la Literatura Cubana”, Editorial Félix Varela, Ciudad de la Habana, Cuba, 2004, p.501.

 

Harold Bertot es profesor en la Faculta de Derecho de Abogado cubano. La Habana, 1986. Licenciado en Derecho y Maestrante en Derecho Constitucional y Administrativo. Ha ejercido como investigador, asesor jurídico y abogado litigante. Es profesor del Centro de Estudios Hemisférico y sobre Estados Unidos. Es autor de numerosos artículos sobre temas de Derecho Internacional Público, Derecho Constitucional, Teoría Política, Derecho Penal y Filosofía del Derecho.

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