“Nosotros no hacíamos prisioneros alemanes. No podíamos hacer prisioneros. Los alemanes eran valientes. Tú los formabas para fusilarlos y ni pestañaban cuando le tirabas.”

Entrevista a Servando Montó González, integrante de la 82 División Aerotransportada que desembarcó en las playas de Normandía en 1944 en la lucha contra el nazismo.

 

 Por Harold Bertot Triana y Adalberto Hernández Santos                                                                                          

  En junio de 1944 los aliados finalmente abren el llamado “segundo frente” en Europa en la lucha contra la Alemania hitleriana. Para esa fecha los soldados soviéticos avanzaban victoriosos por las tierras de Polonia en dirección a Alemania. El plan de la operación –conocida como Operación Overlord- incluía el asalto de la costa francesa por la zona de Normandía. Los británicos, a la izquierda de los norteamericanos, tendrían la misión de capturar cuanto antes los llanos que se extendían al sur de la ciudad de Caen. A la derecha de esta ciudad, los norteamericanos avanzarían en dirección sur desde la playa de Omaha y, un poco más a la derecha, el Cuerpo de División del General J.Lawton Collins, después de poner pie en la playa de Utah, tendría como principal objetivo la captura de Cherburgo.

Este plan de Operaciones tenía un momento importante en la toma de la referida ciudad de Cherburgo. Era opinión de Dwight D. Eisenhower, entonces Jefe Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas, y de como otros jefes militares aliados, que sin tomar Cherburgo el enemigo podía aprovechar la ocasión de contener a las fuerzas aliadas en una estrecha playa hasta el punto de frustrar los planes de desembarco. Un éxito rápido y absoluto en la playa de Utah, en la costa oriental de la península de Cotentin, era a juicio de Einsenhower, requisito previo para el desenlace victorioso de toda la campaña. Sin embargo, “la única playa disponible en la península de Cotentin era de menguadas proporciones. Por detrás había una extensa charca, con escabrosos estriberones que conducían desde las playas al interior. Si en el otro extremo de aquellos pasos nos esperaba el enemigo, nuestras tropas se verían cazadas en una trampa y trituradas al fin por fuego artillero o de otra especie, al que apenas podrían responder.”[1]

Para evitarlo, se pensaba lanzar dos divisiones norteamericanas de paracaidistas por detrás de la playa con la misión primordial de apoderarse de las salidas de las indispensables calzadas y sostenerse allí. Pero, como recordó el propio Eisenhower “(e)l terreno era poco para acciones de aterrizaje. Los setos vivos eran grandes, resistentes y numerosos. Los vulnerables aviones y planeadores de transporte tendrían entonces que cruzar por trechos de costa densamente salpicados de artillería antiaérea; además, había en la región unidades de tropas móviles enemigas que al fuego contra los aparatos agregarían un rápido ataque contra nuestros paracaidistas y las tropas de los planeadores antes de que pudieran organizarse para la lucha.”[2]

Por tal motivo, el Mariscal de la Aviación Leigh-Mallory, Comandante Jefe del Aire de las fuerzas aliadas, sostuvo hasta el último momento que aquella empresa resultaría en un inútil sacrifico de dos magníficas divisiones. Ello generó un gran estado de ansiedad en la Jefatura Suprema de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas, incluso hasta horas antes de emprender la operación. Cuenta Eisenhower que fueron momentos dramáticos de examen: “Fui solo a mi tienda y me senté a reflexionar. Repasé una y otra vez cada paso (…)Me daba cuanta, desde luego, de que, desoyendo de intento el parecer de mi consejero técnico sobre el particular, si sus pronósticos llegaran a confirmarse, llevaría conmigo a la tumba un cargo insoportable de conciencia que me acusaría del estúpido y ciego sacrifico de miles de hombres en la flor de su vida. Y por encima de toda responsabilidad personal estaba aún la posibilidad de que, si no se equivocaba, el efecto del desastre no sería únicamente local, ya que se extendería a todo el frente de batalla.”[3]

Pero, finalmente, se consideró que renunciar a dicha operación suponía reducir las “perspectivas de éxito en los demás puntos, haciendo imposible la permanencia ulterior en ellos.”[4] La 101 y la 82 divisiones aerotransportadas, tendría la misión de capturar varias áreas al oste de la zona de desembarco, como las poblaciones de Sainte-Mére-Eglise y el puente de La Fiere, para cubrir el flanco del desembarco. De ello dependía en mucho el futuro del éxito de la operación emprendida, y del esfuerzo común en la lucha por destruir al fascismo alemán en el oste de Europa.

Servando Montó González, recientemente falleció en diciembre de 2018, y quien residía en el municipio habanero de Boyeros, fue uno de los hombres que formó parte de la 82 División Aerotransportada en el desembarco de 1944. Participó directamente en aquella empresa que tantas dudas generó por el alto riesgo para la vida de los soldados involucrados. En el momento de la entrevista Servando contaba con 91 años y resultaba increíble conocer a uno de los protagonistas activos de aquellos dramáticos y decisivos momentos para la humanidad. Escucharlo, como se comprenderá, fue hurgar hasta en los más finos detalles que se escapan, a veces, en la narrativa de estos grandes eventos. Pero hay mucho más en su historia, porque al lado del recuento de las desgracias de la guerra contra la Alemania nazi y de la proeza de aquellas divisiones aerotransportada, se encuentra también la historia de un miembro del Movimiento 26 de julio, sometido a las torturas del dictador cubano Fulgencio Batista, y que alcanzaría el grado de Capitán de las Fuerzas Aéreas con el triunfo revolucionario cubano de 1959. Sobre esta parte de su vida, toda una odisea, también quisimos conversar, pues muestra una parte de la historia que corrieron algunos de aquellas figuras –muchas veces invisibilizadas- con un papel decisivo en la realización de aquellas grandes empresas que trazan otros hombres.

 

Fotografía del soldado de primera clase de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, Servando Montó González

Con mente lúcida, Servando repasó con naturalidad cada momento de su vida. Su carácter, que parecía estar forjado por las vicisitudes de la guerra, permitió que solo sonriera en momentos precisos y no diera rodeos para decir hasta las cosas más crudas de la guerra. Sorprendido por la inquietud que mostramos en conocer y profundizar más en esta parte de la historia, accedió Servando a contarnos su vida durante largas horas, que hemos querido transcribir, en lo fundamental, para que el lector pueda encontrar en ella también una parte de la historia de Cuba. No podemos dejar de decir que lo extrañamos, extrañamos a quien se volvió habitual en nuestros contactos telefónicos y en anfitrión insuperable, junto a su familia y a René González Barrios, en su días de cumpleaños en los meses de diciembre. Gracias Servando.

Servando, ¿dónde naciste y cómo te enrolas en el Ejército norteamericano para pelear contra el nazismo?

Nací en Los Pinos, La Habana, el 21 de diciembre de 1926. Mi padre había venido con el ejército español en la guerra hispano-cubano de 1895, como sanitario, y se pasó al bando de los cubanos. Nunca quiso coger la pensión de veteranos. Se llamaba Arturo Montó. Cuando yo tenía seis meses mi familia se muda para una casa en la calle Amargura, entre Villega y Aguacate, en La Habana Vieja. Con siete u ocho años nos fuimos a vivir para el barrio de Luyanó. De ahí fui para los Estados Unidos, porque había una artista que hacía películas del Oeste, que formaba un matrimonio con un amigo de mi familia, que quiso llevarme con ella y se lo permitieron. Esta norteamericana me llevó para California, para una enorme mansión, con unas caballerizas enormes. Estando allá me enseñó a montar caballos, a brincar cercas, a disparar con revólver de las películas del Oeste, aquellos calibres 44 que pesaban cantidad. Estuve unos años con ella viviendo en Oakland y me matricularon en una escuela como tres o cuatro años. Pero cuando ella tuvo un accidente automovilístico, que le costó la vida, y su esposo muere después, me fui para Cayo Hueso, para la casa de un notario pariente de mi familia. Ya tenía entonces unos 15 años. Desde entonces traté de entrar en el Ejército norteamericano, pero era muy joven. Pero cuando cumplo 17 años en Cayo Hueso, el notario, que conocía a todo el mundo en este lugar, fue a ver al oficial que reclutaba jóvenes.  Cuando le preguntaron mi edad él mintió y dijo que yo tenía 18 años, y además, como vieron que yo hablaba bien el inglés, en la parte de la planilla que había que poner la ciudadanía, pusieron que yo tenía ciudadanía norteamericana.

¿Qué le motivó alistarse en el Ejército y cómo llega a la 82 División aerotransportada?

Cuando en Cayo Hueso me alistan yo no sabía bien qué era el fascismo. Lo mío en esos entonces fue un deseo de hacer aventuras, motivado por las películas del Oeste, y por aquellas películas de la propia guerra. Y como me gustaba la aviación, quería tirarme en paracaídas. Pero en aquellos momentos no se podía entrar a la 82 División Aerotransportada desde la calle, tenía que pasar primero por la infantería y tener los lineamientos básicos del ejército. Entonces me mandaron para Camp Lee, en Virginia. Después de haber visto algunas propagandas para alistar hombres, y de conocer que en la 82 pagaban el doble -el salario era de 150 dólares y el soldado 75-, solicité entrar en la 82. Una vez que lo hice me enviaron para Fort Benning, Georgia. Allí entraban capitanes, coroneles, etc., pero todos entraban como soldados. En cuanto nos presentamos todos los aspirantes, nos dijeron: “Bueno, ustedes quieren entrar a la 82 división, tenemos 8 semanas, y en estas 8 semanas vamos a separar a los niños de los hombres. Los niños vuelven a la infantería, los hombres se quedan en la 82.”

El entrenamiento les digo que no era fácil. No todo el mundo estaba preparado para soportarlo. Un sargento era el jefe del entrenamiento. Yo formaba parte de la Compañía 407, batallón 505, número 44115608. Teníamos que levantarnos a las 6 de la mañana, y aunque estuviera nevando, teníamos que correr en short y pulóver. Las marchas aquellas eran muy difíciles. Eran como 32 millas caminando y cuando terminabas te pedían abrir la cantimplora y virarla: tenía que estar llena de agua. Ellos siempre nos decían que lleváramos y comiéramos papas crudas que daban energías. Les digo que en aquellos momentos parecía verdad. Pero no podías tomar agua. El jiujitsu y la defensa personal eran entrenados para matar. Lo impartían instructores japoneses nacidos en Estados Unidos. También tenías que tirar hasta que fueras francotirador.

Había que correr mucho para fortalecer las piernas. Imagínense que cuando te lanzabas en paracaídas las piernas tenían que soportar el peso tuyo más 200 libras que llevabas arriba. Es como si te tiraran desde un tercer piso. Debes caer con la punta de los pies, ellos te enseñan los puntos de contactos y otras cosas. Entonces te graduabas con 5 saltos de día y uno de noche. En los entrenamientos para tirarte en paracaídas te llevan para una torre de 250 pies de altura con el paracaídas abierto, y te sueltan desde allá arriba. Después tenía que hacer pruebas desde un avión y desde un planeador. Los que pasaban iban para Fort Bragg, Carolina del Norte. Yo me gradué el 29 de abril de 1944.


Servando Montó observa un mapa de la zona de Normandía.

 

Son famosas las historias de los indios cherokee que formaron parte de esta División.

Habían varios cherokee en el batallón, en la escuadra mía tenía a dos. Recuerdo que los fastidiaba y les decía: “Dicen que ustedes no pueden morir de noche porque los espíritus no los encuentran, no se preocupen cuando a ustedes los maten yo les pongo la linterna al lado.” Ellos se reían conmigo. Según me explicaban ellos, desde chiquitos, cuando iban a llorar, la madre les tapaba la nariz y la boca, y cuando ya estaban para ahogarse, se las quitaban. Entonces cuando iban a volver a llorar, le hacían lo mismo. Eran bravos. Les gustaba más el cuchillo que las ametralladoras. La mujer del presidente Rooselvelt, Eleonor, en una ocasión les dijo a nuestros Jefes que porqué cobraban casi el doble si hacían lo mismo que otros soldados. Esto salió en el periódico. Y el Jefe le respondió, “no señora, ellos no hacen lo mismo”, y la invitó a una maniobra donde saltaron los indios cherokee. Y cuando salió, Eleonor le dijo al General Miller, que ella creía que el doble del salario era muy poco. “Pero le voy a dar un consejo –le dijo al general-, antes de soltarlo para la vida civil, páselos por campamentos de rehabilitación.”

Volviendo al curso de los acontecimientos, ¿Cuándo salen para Europa?

Para mediados de mayo salimos para Inglaterra. Nos llevaron para Liverpool y después para Somerset. Fuimos en el Queen Mary que salió del puerto de New York. Estuvimos como 15 días en Liverpool donde llovía constantemente. Decididos a saltar en Normandía, Orly estaba a 32 kilómetros y Somerset a 152. Según se dice el jefe de la Inteligencia alemana le dijo a Hitler que el desembarco principal era por Normandía. Al parecer Hitler objetó que el Jefe de la Inteligencia no tenía elementos para decir que era por Normandía. Y todavía cuando se peleaba en las playas de Caen, Hitler creía que eso era un simulacro.

En la comida del día 5 ya sabíamos que íbamos a saltar. Nos explicaron a la perfección todo lo que teníamos que hacer en tierra. Antes de saltar nos despide en una formación general, el Jefe Supremo Einsenhower y el general James Gavin, el general Jefe de la División 82. Hay quien dice que a Einsenhower se le aguaron los ojos cuando salimos. Eran 226 aviones, sin contar los planeadores.

La 82 se tiró por Utah, para darle protección a la 29 división y a la 4ta división de infantería americana. La idea del grupo nuestro era que, como la resistencia francesa no pudo volar los puentes –los cuales no recuerdo donde estaban específicamente-, los teníamos que volar nosotros. Teníamos que volar los tres, porque no hacías nada con que dejaras uno en pie. Cuando sucede la invasión, el general alemán Edwin Rommel estaba en Berlín, porque ese mismo día, 6 de junio, era el cumpleaños de la mujer. Él tenía a su cargo la 5ta división de tanques blindados. Si metían esa división por ahí, se perdía Normandía. Una parte tenía que dar protección en Utah y otra volar los puentes.

La 82 también se tiró en Le Mains. Pero allí pasó una tragedia. En esta zona estaba un pantano, lleno de alemanes, y después del pantano habían una zona que no había ningún alemán. Como era lógico, debían tirarse fuera del pantano, pero se equivocaron y los tiraron arriba del pantano: ninguno llegó vivo a tierra.

¿Te generó temor saltar en esos momentos?

Nosotros no tuvimos tiempo de sentir miedo cuando nos tiramos. Lo que sí había era preocupación por la localización de los nidos de ametralladoras. Camino a los puentes no hubo ninguna resistencia, porque esa zona la tenía controlada la resistencia francesa. Ahí es cuando conozco a Marcel, que era el responsable de la resistencia en toda esa área. En la destrucción de los puentes hubo una gran oposición de los alemanes. La lucha llegó hasta el cuerpo a cuerpo, con bayoneta, granada de manos, aquellos fue horrible. De la escuadra de nosotros quedamos los 8.

Volar los puentes era más importante que mantener Normandía y lo logramos. Éramos del grupo que pertenecíamos a demolición. De ahí seguimos para tomar Nantes. Los combates en este lugar duraron dos días. Cuando llegamos a las puertas de esta ciudad, había dos entradas. Uno de la escuadra me dice: “Oye, la entrada de la derecha está llena de alemanes, para la izquierda no hay nadie.” Y le dije: “Vámonos para la derecha. Los alemanes no son bobos, si dejan abierta una entrada es por algo.” Y en efecto, habían puesto minas de madera, que volaron un camión y lo hicieron mil pedazos. Ya Marcel estaba con nosotros.

Aquí tengo un episodio terrible. Terminando la toma de Nantes, teníamos rodeados a un grupo de alemanes en una casa, y sale un alemán con un niño de meses en los brazos. Tenía un cuchillo puesto en su cuello. Nosotros no hablábamos alemán y aquel hombre estaba diciendo cosas. El que estaba al lado mío me dice que lo tenía entre ceja y ceja para dispararle. Aquel alemán no tenía ni el casco puesto. Y le dije: “Oye, mira a ver que tiene un niño…” y me respondió: “No te preocupes, que lo tengo para darle un tiro en el medio de la frente.” En efecto, el nuestro cuando creía que lo tenía en la mira, dispara. Pero, en una milésima de segundo, alguien llama al alemán, y este volteó la cabeza. El disparo sólo consiguió rasparle la oreja. Al momento, el alemán con el cuchillo degolló al chiquito. ¡Se pueden imaginar! Yo le dije a mi gente que mataran a todos los alemanes, pero que dejaran al alemán que mató el chiquito -al tuvimos que enterrar nosotros-, pues ese era de los cherokee. Estos lo pelaron vivo. Aquello fue lo más doloroso que viví en la guerra.

¿Es en Nantes donde lo hieren?

En Nantes me hieren. Lo más peligroso en una guerra no es la bala, es la metralla. En una ocasión yo vi la metralla coger a una persona y separarle la boca y la mejilla y pegársela a la oreja. A mí me cogió un pedazo de metralla. Lo que sucedió es que yo tengo una obsesión con los perfumes desde chiquito. Entonces yo veo en una tienda dos pomos Garlain, el mejor perfume francés. Y en una gran balacera, rompo la vidriera y cojo el primer perfume. Y entonces un teniente, que estaba detrás de mí, me grita que como me iba a parar a coger perfumes con la balacera que había. Bueno, lo que me salva la vida es el intento de coger el segundo pomo: me coge la metralla y me impacta en el brazo, porque de lo contrario me hubiera dado en el cerebro o en los ojos. Cuando se me mete en el brazo, yo arranco la tela. Estaban los pedacitos en la carne. Me molestaba cantidad, pero me piqué la manga y me eché perfume en la herida después de echarme azufre. Me molestaba cantidad, cualquier movimiento que hacía me provocaba mucha molestia.

Después de Nantes llegué a St. Nazarie, a un hospital de guerra. Había un médico francés, que en cuanto me vio el brazo negro dijo que yo tenía gangrena, y que había que amputar casi todo el brazo. Pero había un médico norteamericano, que vio la insignia de la 82 división, y habló con el médico francés. Entonces aquel hombre cogió un algodón, lo mojó en no sé qué cosa y me lo pasó por el brazo: toda la negrura aquella se cayó. “Es pólvora. Este muchacho siguió peleando herido, ahí no hay gangrena ninguna.” Y sin anestesia me sacó el pedacito de metralla que quedaba. Imagínate que cuando llegué al hospital le estaban amputando a uno la pierna sin anestesia. El tema de la anestesia era crítico. Al otro día me fui del hospital y seguí peleando por todo el sur de Francia hasta llegar al principado de Mónaco, después de recoger gente en Marsella. Entonces nos dejaron de tapón en Niza, que está pegada a la frontera italiana.

¿Cómo los recibía la población de las zonas liberadas?

La recepción que nos daba el pueblo francés era tremenda. Se volvían locos con nosotros. La resistencia era la encargada de poner el gobierno. En cada uno de esos pueblos la resistencia tuvo que fusilar a los tipos de la Gestapo que pertenecían a la Policía francesa. Marcel se quedó en St. Nazarie. Él quería que yo me quedara con la resistencia francesa, y le dije: “Tú estás loco, me fusilan por desertor. Tú si puedes venir con nosotros, que hablas francés y hablas inglés.” Imagínate que la Gestapo le mató a sus hijas pequeñas después de torturárselas. Le fueron rompiendo los huesos delante de la madre, para que le dijera dónde estaba él, pero ella no lo sabía. Mataron a la mujer y a las dos hijitas. Se quedó solo.

¿Nunca más supo de su vida?

De Marcel supe después de la guerra. En un vuelo que hice en el año 1954 por España, cuando estaba de piloto en la Compañía Cubana de Aviación. Estuve una semana en Madrid, y con el carnet de piloto pude ir a París gratis, para buscarlo en St. Nazarie. Cuando llego, un viejito que estaba por allí, mientras yo preguntaba, me dijo que lo había fusilado la Policía francesa. Y un día, hace algunos años, para que ustedes vean cómo son las cosas, un amigo mío de cuando yo trabajaba en la referida compañía, compra un casete con un documental que daba los nombres de todos los que murieron en la Resistencia francesa. Confirmé entonces que había sido fusilado por la Policía Francesa.

Marcel era un cerebro, pero un hombre muy sufrido. En una ocasión nosotros tomamos una casa donde no hubo resistencia. Era una tremenda mansión y adentro había un capitán del ejército francés con 5 soldados. Habían cogido la casa para dársela a algún general alemán o algo de eso. Pero ninguno de nosotros hablaba francés. Y decíamos para nosotros: “Coño, un capitán del ejército francés con cinco soldados aquí.” Esperamos entonces a que llegara Marcel. ¡Ave María!, cuando llegó Marcel y vio al capitán aquel, lo agarró por el cuello, le dijo cuarenta cosas, sacó la pistola y le dio un tiro en el medio de la frente. Entonces dije que a los cinco soldados alemanes los soltaran para la calle.

De lo que usted vivió ¿qué diferenció a los alemanes del resto de los soldados en la lucha, y qué hacían con ellos cuando los tomaban prisioneros?

El fracaso de los alemanes estaba en que las operaciones nada más lo sabían los oficiales. Mataban a los oficiales y los soldados se perdían. En el Ejército norteamericano mataban a un oficial y el soldado sabía lo que tenía que hacer. Ese fue un error de los alemanes. Cuando tú ponías lo pies en tierra, lo primero que tenías que hacer era buscar “nidos”, una instalación de ametralladoras 30 y 50. Ese es el primer objetivo que tú tenías que buscar.

Respecto a la segunda parte, les digo que nosotros no hacíamos prisioneros alemanes. No podíamos hacer prisioneros. Los alemanes eran valientes. Tú los formabas para fusilarlos y ni pestañaban cuando le tirabas. En honor a la verdad el soldado alemán era muy bueno en la guerra, muy disciplinado. Una cosa que me llamaba la atención era que, con todo el fango que había, tú los veías con las botas limpias, afeitados. Peleaban duro. Para mí el mejor soldado de la Segunda Guerra Mundial fue el alemán, después el ruso, seguido del inglés, y último el norteamericano. Y no era que el norteamericano no fuera bueno, porque pelearon durísimo, pero tenían que estar levantándole la moral con Glenn Miller, y un grupo de artistas norteamericanas. Los alemanes eran fanáticos. Dicen que el Africa Korp de Rommel tenía muchachos castrados desde niños. Nada más que dedicados a ello. Sin embargo, Rommel era un caballero. Lo dice el que lo derrotó, el general inglés Montgomery. A los oficiales que cogía preso no los desarmaba y almorzaban y comían con ellos. Él decía que un oficial se tenía que ver oficial aunque estuviera encuero.

¿En algún momento algún alemán que capturaron les comentó algo sobre la guerra?

Me parece que fue un coronel que detuvimos, que hablaba un poquito de inglés. Nos dijo que ellos sabían que Hitler estaba loco, pero Alemania estaba en guerra y ellos eran alemanes.

¿Qué hicieron después que llegaron a Niza?

Estuvimos en Niza hasta el final de la guerra. Luego llegó una orden de que los que habían estado en hospitales militares tenían que salir para Estados Unidos. Nos sacaron por Marsella para New York. Me dieron la cinta, que todavía poseo, que es la del Teatro de Operaciones Europeo. Sobre esa cinta están las dos estrellas de bronce. Me dieron también la Estrella de Plata. Recuerdo cuando el capitán me dijo: “Usted está propuesto para la Estrella de plata.” Y yo le pregunté: “¿Y por qué yo estoy propuesto para estrella de plata?” Y me contesta: “Porque usted estuvo peleando herido”. “¿Y dónde me iba a meter, si estábamos tomando Nantes?”-le respondí. Me dijo: “Sí, pero usted podía haberse metido en una de las casas tomadas.” “Bueno –le contesté-, en verdad no se me hubiera ocurrido.” “Bueno –me dijo aquel hombre- por no ocurrírsele también se la dieron a McArthur y se la dieron al coronel que se tiró en planeador y se partió las piernas en tres partes, y siguió dirigiendo el combate en una carretilla”. Sobre este último creo que John Wayne hizo una película.

Hay una película muy famosa, protagonizada por el actor estadounidense Tom Hank, Saving private Ryan y una serie que fue muy popular en los Estados Unidos, Band of Brothers, esta última sobre la actuación de una compañía de la 101 división aerotransportada durante el desembarco y el resto de la guerra. ¿Lograron mostrar la verdadera realidad que se vive en una guerra y lo que realmente sucedió?

La serie que me dicen no la he visto. Pero sí puede ver la película Saving private Ryan. Una película muy buena, pero hay detalles históricos que pasaron por alto. Por ejemplo, lo que tuvo que hacer parte de la 82 división aerotransportada y la 6ta división aerotransportada inglesa -que por cierto usaban ballestas-, para permitir que los norteamericanos avanzaran por Caen. Eso no lo tuvieron en cuenta y creo que eso le trajo algunas críticas.

Por cierto, tengo una anécdota simpática con esta película. La primera vez que escucho que iban a ponerla en la televisión cubana, espero sentado en mi casa, y por alguna razón no la pusieron. Esto pasó también una segunda vez. Entonces se me ocurre llamar a la televisión y preguntar por el día en que finalmente la iban a poner. Y la muchacha que me sale al teléfono, después de indicarme el día, me recomienda que no me la pierda. “Bueno, pero usted sabe algo de eso, es mejor si tiene conocimientos históricos sobre lo que pasó allí”. “Bueno, algo conozco, algo sé de lo que pasó allí”- le respondo (se sonríe). Por supuesto que si le digo la verdad lo más probable era que dijera: “Y quién es el loco este que dice que estuvo en Normandía”.

A la altura de 2015, y haciendo un recuento histórico durante todo el siglo XX, ¿qué diferencia a la 82 División en la que usted formó parte de la actual?

Para que tengan una idea de la imagen de la 82 división que salió a pelear contra el fascismo en aquellos momentos, le voy a hacer una anécdota. Un día –todavía en Fort Bragg– era el cumpleaños de uno de nosotros, de los que estábamos en la barraca. Habíamos comprado dos cajas de cerveza, pero estaba roto el tocadisco. Decidimos entonces ir para el pueblo y llevarnos la victrola de un bar que había por ahí. Cuando se entera la Policía va para allá, pero no pudo entrar. Pero un capitán de la compañía, que oyó la música de la victrola, fue para donde estábamos y preguntó de dónde habíamos sacado la victrola que veía. Entonces le dijimos que nos las habían prestado en el pueblo. Aquel hombre entonces nos dijo: “Bueno esa victrola la llevan para allá, y le pagan a su dueño lo que haya dejado de ganar por no tener la victrola.”

Esta historia la hago, porque ustedes pueden comparar con la historia que posteriormente conocí por televisión. Cuando en el período presidencial de Clinton, que sacó la ley de que los homosexuales y negros podían entrar a las Fuerzas Armadas, hubo un muchacho que con un M3 mató como a cinco. Y entonces una periodista hace un reportaje y entra al cuarto del muchacho. Todo aquello estaba repleto de fotos de Hitler y Mussolini, la svástica… Aquello me dejó varios días deprimido, porque ese no era el ejército en el que yo había combatido. Son diferentes en verdad, no tienen nada que ver.

Después de la guerra ¿qué pasó con su vida?

En Francia, antes de terminar, me hacen soldado de primera clase. Fui recomendado para la escuela de oficiales, pero yo no quise ir. Una vez que llegamos a New York nos recibieron oficiales y me enviaron para un Hospital Militar de Carolina del Norte. Estuve dos días, donde me hicieron placas y vieron que no había nada adentro. Entonces el problema vino cuando yo tenía que pasar al Ejército regular. En la planilla aparecía que había nacido en La Habana, pero era ciudadano norteamericano. Entonces me piden la Carta de naturalización y respondo que yo no tenía eso: “¿Que usted no es ciudadano americano, pero cómo va a ver uno del Ejército norteamericano que no sea ciudadano norteamericano…?” Y se formó tremendo escándalo, al punto que me envían para el Juez Federal de Virginia. Fui con todas mis medallas. Pesaban una enormidad. El abogado que yo tenía me preparó como dos o tres noches de las preguntas que me podían hacer. Yo había venido antes, en el año 45, a La Habana por unos días y había conseguido un pasaporte de estudiante que te permitía entrar a los Estados Unidos por 29 días, y no te hacía falta tener visa ni nada.

Cuando llegó el día del juicio, el Juez me pregunta: “Usted entró a este país por 29 días y qué tiempo lleva?” Le respondo que llevaba algunos años. Aquel Juez dijo: “Pero eso es ilegal”. Y recuerdo que aquel mayor, el abogado, se paró enérgico y dijo: “Y esto que tiene en el pecho también es ilegal.” Entonces el Juez, que era una persona mayor, le llamó la atención y le ordenó que estuviera tranquilo. Entonces dijo que si la cláusula decía 29 días y yo me había pasado, eso era ilegal. “Pero claro en el caso de él -dijo respecto a mí-, hay que obviar eso, porque vino a luchar con ustedes, y muchos de aquí se fueron a otro lado para no caer en el Servicio Militar.” Pero me hizo una última pregunta: “Ahora cuando usted sea ciudadano norteamericano, si Estados Unidos le declara la guerra a Cuba, ¿de qué parte usted se pondría?” Recuerdo que aquel mayor, que me estuvo preparando tres días, se puso pálido. Entonces yo le respondí: “Yo me pondría del mismo lado de usted señor Juez, yo me pondría de lado de los cubanos porque es política de este país ayudar a los débiles contra los fuertes”. Recuerdo entonces que el Juez se puso la mano en la barbilla y me dijo: “Esa es una respuesta inteligente. Tiene usted la ciudadanía norteamericana.”

Me licencio del ejército en el año 1947 y voy para Cuba hasta el año 1948. En este período yo estuve en los sucesos que sucedieron en la calle Orfila, bajo en gobierno de Grau San Martín. Yo conocía a Emilio Tro, quien era combatiente de la Segunda Guerra Mundial, y pertenecía a la Asociación de Veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Todo el problema radicó por la jefatura de la Policía del Quinto Distrito, donde Grau había echado a pelear a Emilio Tro contra Salabarría. El día de los acontecimientos, Emilio me llama por teléfono a la oficina de los veteranos, que estaba en la calle Consulado, en Centro Habana, y me dice que lo estaban atacando. Le respondo que íbamos para allá. Metimos armas en un carro, y fuimos dos o tres con granadas y ametralladoras de mano. En el camino, el Presidente de la Asociación de Veteranos, Vidal Morales, que tenía algún tipo de relación con Grau, me dice que pasáramos a verlo para pedirle que parara todo aquello. Yo no estaba de acuerdo, pero fuimos. Grau no nos recibió, por alguna razón que adujo. Seguimos entonces y cuando llegamos al lugar ya habían matado a todo el mundo. Estaba el cadáver de la mujer de Emilio con la barriga abierta, tenía 9 meses de embarazo, y Emilio Tro estaba muerto con 12 tiros.

En el año 1948 voy para Miami. Cuando llego no tengo trabajo y tuve que salir a buscar uno. Entonces vi un anuncio en el periódico que solicitaba plaza para Policía. Voy y aplico para la Policía de Miami Beach. Y me dijo el teniente que estaba allí: “Este es de la 82 aerotransportada. Qué le vamos a enseñar a este, dale el reglamento y todas las cosas y asígnale las esposas.” Entonces yo pedí una posta que me dejara libre para la Universidad de Miami y me dieron la guardia de 12:00 a 6:00 de la mañana, que es la más conflictiva que hay. Caí en el barrio de las prostitutas. Cuando aquello, -ahora no sé- todas las prostitutas que habían en la calle las tenías que llevar para la Estación de la Policía. Yo no me las llevaba, les pedía que se fueran del área hasta que yo terminara. Pero un día, una prostituta me dice: “Mire oficial, si yo me voy del área viene el chulo después y cree que estoy trabajando en otra área para buscarme el dinero y no pagarle.” Entonces que le dije que dejara el problema del chulo conmigo. Bueno, y como a las dos de las mañana, viene el chulo. Un tipo fuerte, de origen italiano, nacido en Estados Unidos. Era drogadicto, alcohólico y tenía una vestimenta del carajo. Entonces le pregunto qué hacía por allí, y me pregunta que si había alguna ley en ese país que le prohibiera caminar por allí a las 2:00 de la mañana. “Sí, la mía” –le respondí. Entonces me respondió: “Tú no sabes con quién te estás metiendo.” ¡Ave María!, decirme eso acabado de salir de la guerra.

Con el palo cortico de policía le meto por la cabeza, cae al suelo, le rompí costillas, bueno…No lo maté ahí mismo porque llegó gente. Alguien preguntó: “¿Oficial tiene problema?” “No –respondí- el que tiene problema es él”. Lo metí dentro del carro y me lo llevé para la Estación de la policía. No podía caminar, lo tuve que subir arrastrado por el cuello, y lo tiré frente al sargento de carpeta. Y el sargento de carpeta preguntó: “¿A este lo cogió un camión?” Le explico entonces que me faltó el respeto. El tipo estaba pidiendo un abogado, tirado en el piso y sangrando. Entonces el Sargento hizo un acta diciendo que el tipo era el que me había atacado a mí. ¡Fíjate qué cosa más grande! Pero me llamó el teniente y me dijo: “Mira muchacho, ven acá, ven para mi despacho. No vuelvas a hacer esto nunca más en la vida. Tú quieres matarlo, lo matas en la Estación de Policía. En la calle no. Ya la guerra se acabó. Esto no son alemanes, son norteamericanos igual que tú. Y estamos en la Florida, no en Alemania, ni en Francia ni un carajo. Quítate la 82 de la cabeza.”

Pero muchacho, otro día estaba pasando con la patrulla, y veo una mujer que abre una ventana y me grita: “Oficial por esa puerta va a salir un tipo con una maleta con cosas que se llevó de un apartamento que estaba cerrado.” Bueno, cuando el tipo sale lo agarro, y cuando lo estoy inmovilizando, la mujer de la ventana me dice: “Óigame oficial, acabo de colar café.” Imagínense yo que soy un fanático del café: “Voy para allá” -le contesto. Pero digo ¿qué hago con este tipo? Entonces estaba el poste de la parada de guaguas (autobuses), y se me ocurrió esposarlo allí. Metí el maletín dentro del carro y me fui a tomar café. Pero, el teniente que chequea la posta, ve al tipo esposado al poste. Y dice: “Coño, nunca había visto a nadie esperar la guagua así. ¿Dónde está el agente que lo esposó?”-le preguntó al tipo. Y cuando salgo, que veo al teniente, se pueden imaginar, yo me decía que esta no me la iban a dejar pasar. Y le digo: “Mire teniente, lo dejé aquí esposado porque iba a tomar café. Usted quiere café. Está muy bueno.” “No, no, -me dice casi riendo- oye muchacho, eres práctico, eres práctico, a mí no se me hubiera ocurrido eso?” Y se fue sonriendo: “Llévatelo, llévatelo”- me dijo.

Servando Montó González en la actualidad.

¿Cómo llega a involucrarse en la lucha clandestina contra la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba?

Estuve en la Policía de Miami hasta el año 1952, cuando vine para Cuba. Me metí en la Compañía Cubana de Aviación, de sobrecargo. Ya en los Estados Unidos había estudiado volar un B-25 que tenía un norteamericano en el tiempo que estaba como policía en Miami. Después de tres o cuatro meses hubo una convocatoria, y como dominaba el inglés, no tuve problemas. Luego paso a ser copiloto y después a capitán. Me examiné en 1956 como piloto de transporte. Es en este sector aéreo donde comienzo la lucha clandestina. No era fácil conspirar allí, porque había órganos de la represión del régimen. Estaba Calixto Sánchez, paracaidista en el ejército canadiense en la Segunda Guerra Mundial, que había desembarco en un punto donde no había resistencia, pero metió el pie en uno de esos huecos y un mortero se lo partió y no pudo ser más paracaidista. Se metió entonces en los tanques.

Después me enrolo en el Movimiento 26 de Julio. El Buró de Investigaciones, un órgano represivo de la dictadura, me coge cuando fracasa la Huelga general de abril de 1958 en el Aeropuerto. Eso sucede porque Ariel Lima, que era del movimiento 26 de julio, se pasó para la gente del policía asesino de Batista nombrado Ventura, y nos delató. Me tortura un señor llamado Bencomo, que iba vestido de médico y con un maletín donde tenía las cosas para sacar ojos, uñas, etc. A mí me saca las uñas de la mano derecha.

Después del triunfo cogen a Ariel Lima yéndose en una lancha, y entonces me llaman a la Fortaleza de la Cabaña, donde me dicen que estaba allí, condenado a muerte. Dije no lo tocaran hasta que yo llegara. Fue cuando fusilaron a otro delator, Sosa Blanco y detrás iba Ariel Lima. Estaba el comandante Camilo Cienfuegos conmigo. Traen a Ariel Lima, gritando y llorando y cuando me ve se me tira a las piernas. Camilo me mira a la cara y me dice: “Cuidado con darle un tiro a ese hombre. Tiene que morir como dice la sentencia: en el pabellón.” Yo estaba que echaba humo.

Pero bueno, salgo de las torturas del Buró de Informaciones. Logro salir porque antes de sacarme las uñas de la mano izquierda, vino un oficial y dijo que conmigo se había cometido un error. Yo no había dado nombres, ni detalles de direcciones, ni nada. “Suéltenlo que esto fue un error. Hay que pedirle disculpas”-dijo aquel hombre. ¡Sí, después que me habían sacado las uñas!

Entonces, el Movimiento 26 de julio me orientó que me llevara el avión del próximo vuelo del aeropuerto. Mi misión era ir a Connecticut a comprar armas para mandarla para la Sierra. Y entonces en un vuelo de trabajo, donde estaba fijado que fuéramos para Santa Clara, cambiamos el vuelo para Miami. Me acompañaba Carlos Villamar e Isaac Romano. Llego a los Estados Unidos en el vuelo 448. Cuando aterrizamos en Miami nos querían deportar enseguida para Cuba, porque el Presidente de la Compañía de Cubana de Aviación había dicho que era un robo de avión, y que no era un problema político. Entonces el Oficial que estaba allí dijo que los tres salían deportados para Cuba.

Bueno, ante aquello llegó gente del movimiento 26 de julio al aeropuerto, y dijeron que se iban a atravesar en la pista para que el avión no saliera. Vino mi hermano, que vivía en Miami. Entonces dije que me buscaran al Jefe de Inmigración. Cuando vino, le expliqué que yo era ciudadano norteamericano y veterano de la Segunda Guerra Mundial, de la 82 aerotransportada, y del peligro de que me fusilaran si me enviaban para Cuba. En un primer momento me dijeron que me quedaba pero que el resto viraba. Por supuesto que respondí que aquello no era posible, que nos teníamos que quedar los tres. Por fortuna así fue, logramos quedarnos los tres.

Pero a los pocos días me arrestan. El presidente del Partido Independiente de Puerto Rico, Juan Mari Brá, me invitaba a los mítines que él hacía y yo hablaba en ellos, pero también iba a esos mítines el FBI. Me arrestan y me envían para la cárcel de New Jersey, con el objetivo de que el domingo próximo me deportaran para Cuba. Llamé a González Llanuza, dirigente del Movimiento 26 de julio que estaba en Estados Unidos y le conté lo que me pasaba. Me dijo: “Tranquilo, que para allá van dos abogados.” Eran dos abogados italianos que le sabían la vida a todo el mundo. Por esa razón cuando llegaron pidieron que me llevaran ante ellos y me quitaran las esposas. Los oficiales aquellos frente a esos abogados entonces dijeron que, como yo era ciudadano norteamericano, y veterano de la II Guerra Mundial, había sido un error imperdonable: “Si usted quiere puede querellarse contra nosotros”-nos dijeron.

¿Qué hace luego del triunfo revolucionario?

El día 2 de enero de 1959 regreso a Cuba. Me mandan para el Palacio Presidencial el que era jefe de la OTACE (Organización de Tripulantes Aéreos Cubanos en el Exilio) en Miami por la Fuerza Aérea. El Presidente cubano de entonces, Manuel Urrutia Lleó, me conocía de New York, donde yo era representante de la OTACE, y estaba interesado en que estuviera con él. Así me hice ayudante de Urrutia, quien me propone para Capitán de la Fuerza Aérea Revolucionaria, grado que ratificó Pedro Luis Díaz Lanz. Entonces Fidel Castro me hace Capitán por Gaceta Oficial en el año 1959.

En este período tengo dos anécdotas que no olvido nunca. La primera, está relacionada con los sucesos de Humbolt 7. En una ocasión me llamaron de la Cabaña al Palacio Presidencial, y me dicen: “Oye, aquí está la madre de Joe Westbrook, Dora Rosales, que dice que tienen preso en Columbia al que sabe de los sucesos de Humbolt 7. Hace falta que vayas con ella para allá. El preso se llama Roberto Cuéllar, torturador de Ventura.” Llegué rápido al encuentro de Dora y le dije: “Bueno Dora, vamos, pero tranquila, necesito que estés tranquila.”

Fuimos para Columbia. En cuanto llegamos, escuchamos a un tipo gritando de rabia. Inmediatamente nos informan que era uno que identificó a Roberto Cuéllar como el que lo metió en la bañadera con hielo, le perforó con un punzón el oído y le echó salfuman por ahí. Después de aquello, mando a buscar a Roberto. Cuando me lo traen, me percato que tenía las uñas esmaltadas y una presencia del carajo. En cuanto Dora lo vio le fue para arriba. Tuvimos que contenerla. Ordené entonces que me dejaran solo con él. “Oye, qué tú me puedes decir de los sucesos de Humbolt 7”-le pregunté. “Óigame Capitán –me responde- yo leí eso en la prensa y me deprimí.” Le pregunto entonces por qué estaba en la Estación de Ventura. Me respondió que estaba allí porque era mecanógrafo. “Pero entraste y al mes eras sargento. ¿Por qué te ascendieron tan rápido?” Me respondió que había sido porque escribía muy bien a máquina. Y le dije: “Mira bien lo que te voy a decir, yo no te puedo prometer que no te fusilen, a ti te van a fusilar de todas maneras, pero dime quién fue el chivato de Humbolt 7, por lo menos para tranquilidad de esa madre. “Capitán –me responde-, usted me ha tratado maravillosamente bien, pero déme un teléfono para cuando yo recuerde. Yo lo llamo.” Cuando salí de aquel lugar ordené que lo dejaran incomunicado. Pero, bueno, increíblemente a los dos días lo fusilan en la Cabaña. Nunca supimos por qué.

La segunda anécdota, simpática, está relacionada con Fidel Castro. Cuando Pedro Luis Díaz Lanz desertó y se llevó un avión de la Fuerza Aérea para los Estados Unidos, le organizaron allá un encuentro para que hablara sobre Cuba en un Comité del Senado, que iba a ser público, con las puertas abiertas. Fidel me manda a buscar para el Hotel Hilton, a través de Conchita Fernández, su secretaria. Llego a donde estaba Fidel y me contó lo que sucedería. Entonces me dijo que, como yo hablaba bien el inglés y tenía ciudadanía norteamericana, me fuera para los Estados Unidos y cuando Pedro Luis estuviera hablando en el Comité del Senado, aprovechara y le diera un escándalo, diciendo en verdad quién era aquel sujeto. Pero en cuanto me dijo aquello, se quedó un poco pensativo y me dijo: “Ven acá, yo quiero saber lo que tú vas a ser si se ponen a insultar a la Revolución y a la dirigencia del país”. Entonces yo le contesto que, siendo Capitán de la Fuerza Aérea, y ayudante del Presidente, les declaraba la guerra al momento. Fidel me miró y me dijo: “No, no, mejor no vayas, que lo más jodido es que tú lo haces de verdad. No vayas a ningún lado.” (ríe) Aquello siempre me resultó simpático, porque cada vez que Fidel me veía le decía a le gente: “Miren quien está aquí, el que le iba a declarar la guerra a los americanos”. Nunca olvidaré que en ese tiempo también Fidel me decía: “Pase lo que pase, jamás renuncies a la ciudadanía norteamericana”. De seguro era para que, de presentarse algún inconveniente, yo no tuviera problemas de entrar a Estados Unidos.

Bueno, después de la renuncia de Urrutia, estuve un tiempo en Palacio con el Presidente que lo sucede, Osvaldo Dorticós Torrado. En ese período ayudo al comandante Juan Almeida Bosque en la Fuerza Aérea. Luego, fui otra vez para la Compañía Cubana de Aviación hasta que me retiré en el año 1992. En este tiempo tuve como 25 000 horas de vuelo. Ahora estoy aquí, viviendo tranquilo y a punto de cumplir 92 años.

Servando Montó junto a Adalberto Hernández Santos (izquierda) y a Harold Bertot Triana (derecha) en su casa en el municipio de Boyeros, La Habana.

 

Muchas gracias Servando. Gracias por dedicar este tiempo a compartir estas historias tan apasionantes

Gracias a ustedes.

 

 

[1] Einsenhower, Dwight D., Cruzada en Europa, Los Libros de Nuestro Tiempo, 1949, pp.272-273

[2] Ibidem, p.273

[3] Ibidem, p.279

[4] Ibidem, p. 280

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