Humboldt 7: El crimen infinito (1)

Edificio de Humboldt No. 7. (Vista actual) Foto: Julio Cesar Guanche.

Por Ricardo Alarcón de Quesada

A Jimenito

English Version (translated by Margarita Alarcón Perea)

A pesar del tiempo transcurrido desde el 20 de abril de 1957 se siguen publicando textos relacionados con la masacre ocurrida en la tarde de aquel Sábado Santo que giran, fundamentalmente, alrededor de la delación que condujo al asesinato de Fructuoso Rodríguez, Juan Pedro Carbó, José Machado y Joe Westbrook.

Acerca del delator, sus motivos, su vida y milagros, se ha escrito más, mucho más que sobre sus víctimas. No faltan elucubraciones y falacias que desvirtúan los hechos e incluso cuestionan su culpabilidad. Es como si aquellos compañeros fueran asesinados de nuevo, una y otra vez, hasta el infinito.

Siento el deber de rescatar su memoria. Los cuatro fueron mis amigos y compañeros y Fructuoso fue mi jefe en la Universidad, con él compartí luchas y sueños que me obligan a salvarlo del olvido.

Para ello me valdré de recuerdos que me acompañan día y noche.

Lo que sigue es solo una porción de lo que debería ser, y con el favor de Dios, será un escrito mucho más extenso que permita aquilatar mejor lo que Fructuoso y sus hermanos significan para nuestra Historia.

“Juan Pedro Carbó y Fructuoso Rodríguez, en una de sus presentaciones en el Tribunal de Urgencia de La Habana”. Tomado de Granma.

Romper con Fructuoso

Ingresé a la Universidad en 1954 y muy pronto me involucré en las luchas estudiantiles. Matriculé en Derecho y en Filosofía y Letras y en esta última integré como Vicepresidente la lista que encabezaba Eugenia Escalona (Susa), quien más tarde militaría en el Directorio Revolucionario y sería la esposa de Guillermo Jiménez Soler (Jimenito).

En aquellos tiempos había 13 escuelas en la Universidad de la Habana (UH), cada una con una Asociación de Estudiantes cuyos Presidentes, electos por voto directo por los alumnos de cada Facultad, elegían entre ellos a los dirigentes de la FEU.

Nuestra candidatura había sido organizada y era dirigida por Fructuoso Rodríguez, entonces Presidente de la Asociación de Agronomía y el más fiel amigo de José Antonio Echeverría y su principal respaldo en el liderazgo de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Fructuoso se movía por toda la Colina y encabezaba la batalla para liberarla de los remanentes que aún persistían del bonchismo y eran la base de la oposición a José Antonio.

La mayoría del alumnado de Filosofía eran muchachas. Entre las excepciones estaba Laureano Batista Falla, de una de las más adineradas familias cubanas y compañero de aula de quien escribe estas líneas.

En cierta ocasión, Laureano me pidió conversar a solas. Lo hicimos a la sombra de los frondosos jagüeyes que aún se alzan a la entrada del edificio Dihigo.

Laureano me ofreció los votos de las alumnas de Villanueva, monjitas y seglares, que por estar también matriculadas en nuestra Escuela podían votar en sus elecciones.

Precisó, de modo enfático, que habría una condición, una sola condición: que rompiéramos con Fructuoso.

Obviamente no había nada más que hablar pero la curiosidad me hizo preguntarle “¿Por qué, Laureano?”. Y él respondió que para ellos Fructuoso era un revolucionario radical y que si sus ideas triunfasen Cuba no volvería a ser igual.

Se efectuaron las elecciones y efectivamente vi llegar varias camionetas de la Universidad Católica. Resultó ganadora Amparo Chaple, conocida militante de la Juventud Socialista. En otra oportunidad tendría que explicar el enredado proceso que llevó a tal desenlace.

Aquí sí debo apresurarme a subrayar que aunque perdimos, ganamos, ya que Amparo, rompiendo la disciplina de su organización, dio a José Antonio un voto decisivo. Quizás esa actitud tenga algo que ver con su trayectoria después de 1959, en la que apenas llegó a ocupar un puesto secundario en el servicio diplomático aunque siempre tiene el respeto y la admiración de quienes la conocimos.

«Joe Westbrook (al frente, con saco) caminando por la habanera calle San Rafael con unos amigos”. En la extrema derecha, Ramón Ortelio Sánchez Ponce. Las otras dos personas no han sido identificadas hasta el momento. Tomada de Granma.

“Es lo mismo”

Fructuoso fue entre los dirigentes de aquella FEU el más tenaz defensor de la unidad revolucionaria. Solo él llevó como Vicepresidente de su Asociación a un conocido militante de la JS, Antonio Massip, quien poco podía aportarle en términos de votos en Agronomía.

En algún momento en 1955 me anunció que se iba a crear el Directorio Revolucionario y me invitó a ser miembro de esa organización y cuando le respondí que ya formaba parte del M-26-7 me dijo no importa, es lo mismo, en la Universidad seguiremos trabajando juntos”. Y así fue. Por cierto, idéntica orientación recibí de Ñico López, primero, y luego de Gerardo Abreu Fontán, que instruyeron a los veintiseístas de la Colina a seguir la dirección de José Antonio y Fructuoso.

D’ Strampes 220

José Garcerán de Vall y Vera vivía con su madre en esa dirección a pocas cuadras de la casa de mis padres. Desde niños jugábamos por esas calles y nos visitábamos con frecuencia. Allí encontró refugio Fructuoso a comienzos de abril de 1957.

Lo visité diariamente y hablamos extensamente sobre lo humano y lo divino. Le comuniqué, por instrucciones de Faustino Pérez, la petición de Fidel de que se le uniera en la Sierra Maestra. Me pidió trasladase su gratitud pero agregando que él debía permanecer en La Habana para reorganizar el Directorio en aquellas dificilísimas circunstancias.

Analizamos las acciones necesarias para continuar la lucha hasta la tarde en que fueron a buscarlo para llevarlo a otro lugar. Al despedirnos quedamos en que él me avisaría para volvernos a reunir.

“José Machado (Machadito), Luis Orlando Rodríguez y Juan Pedro Carbó, llegan al Tribunal de Urgencia de La Habana”. Foto tomada de Granma

El Sábado Santo

En la mañana del 20 de abril recibí un mensaje de Fructuoso, según el cual al día siguiente me recogerían para llevarme adonde él estaba.

Me faltaba un mes y un día para cumplir veinte años de edad pero de golpe mi vida cambió para siempre. En la tarde falleció mi padre a sus 49 años y tuve que ir al hospital de Emergencias a identificar su cadáver y hacer los engorrosos trámites con la funeraria de Infanta y Carlos III. En medio de todo aquello me pareció notar un inusual despliegue de esbirros.

Esa noche, durante el velatorio de papá en nuestra casita viboreña, Garcerán resumió la jornada así: “la verdad es que la vida es del caray”.

(Continuará)

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