La Marsellesa, de Jean Renoir

Ver online La Marsellesa

“La Marsellesa surgió en 1937-38 como un encargo político del Frente Popular, destinado a película-foco de resistencia y de movilización de la memoria histórica de las clases medias y obreras de Francia, frente a la marea creciente del expansionismo fascista nazi. Era Renoir hombre de la izquierda y lo era de forma callada y no gestual o verbalmente radical, pero no tenía condición de hombre de partido, y desde el poder le encargaron (en parte tal vez por eso y como forma de limar las disensiones intestinas frentepopulistas) hurgar en los orígenes del canto nacional francés y recordar el origen revolucionario de una música que entonaban también como propia los fascistas franceses, frente a los que había que marcar las distancias y decirles que esos acordes fueron llevados como una antorcha, a lo largo de la gran caminata desde su ciudad a París, por los soldados de un regimiento de Marsella, compuesto de parias revolucionarios sublevados, contra un rey que era custodiado por otro regimiento, éste compuesto por reaccionarios, atildados y disciplinados mercenarios reclutados en la Suiza alemana, que hablaban en alemán, como la mujer austríaca del rey, por lo que éste era, en palabras esculpidas por Saint-Just, un “bárbaro extranjero”. Y ese impulso “promarsellés y antialemán” alentó, sin mover un sólo grano de la tentación racista o nacionalista, a Jean Renoir a convertir en cine la música, sonora o callada, de la imaginación jacobina. Eso es, en definitiva, LA MARSELLESA“.

Texto: Ángel Fernández-Santos, “La Marsellesa”,
en Jean Renoir, rev. Nosferatu, nº 17-18, marzo 1995.

FICHA TÉCNICA DE LA PELÍCULA

Título: “La Marsellesa” (“La Marseillaise”)
Director: Jean Renoir
Intérpretes: Pierre Renoir, Lise Delamate, Louis Jouvet, Jean Aquistapace, Aimé Clariond, Andrex, Edmond Ardisson…
Año: 1937
Guión: Jean Renoir, con Carl Koch, N. Martel Dreyfus y Mme. Jean-Paul Deyfus (asesores históricos)
Fotografía: Jean-Paul Alphen, Jean Bourgoin, Alain Dovarinov, Jean-Marie Maillols.
Música: Joseph Kosma. Lalande, Gretry, Rameau, Mozart, Bacha, Rouget de Lisle, y Sauveplane.
Duración: 135
País: Francia

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Antonio Maceo, “héroe epónimo”

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Un día como hoy, 7 de diciembre, en 1896, murió Antonio Maceo. Hace muy poco encontré en Cuba Científica (librería que recomiendo mucho a quienes no la conozcan, situada en 25 e I) esta primera edición (creo que edición única) de la biografía sobre Maceo de Rafael Marquina. Entre otros abordajes valiosos, y recientes, recuerdo los de Eduardo Torres Cuevas, “Antonio Maceo, las ideas que sostienen el arma” y el de Armando Vargas Araya “El Código Maceo. El general Antonio en América Latina”, que me parece muy bueno. De aquella biografía de Marquina (escritor, periodista, autor teatral, director del Teatro-Biblioteca del pueblo), transcribo estos dos fragmentos dedicados a Maceo y a la mujer cubana en la guerra de independencia.

“¿La noche del 28 febrero podía considerarse terminada la guerra? Todavía no. Quedaba Maceo. Y —lo ha dicho también el propio Pirala— “sin Maceo la guerra terminaba, su continuación era un desastre “para los españoles” por el “mal estado del tesoro de Cuba”. Y después de detallar esta aflicta y exhausta situación del tesoro, añade: “por esto, el interés de Jovellar y Martínez Campos en apresurar la pacificación completa entorpecida por la actitud de Maceo.

“Pero Maceo no desistía de su actitud ni cedía un ápice en su intransigencia. En aquellos momentos, aquel hombre que “todo lo piensa, todo lo calcula”, como dijo Eusebio Hernández, ha oído la voz interior de su conciencia, eco íntimo de aquella voz de la tierra que escuchara en su mocedad, jinete pinturero en la fiesta, arriero en la labor y a toda hora enamorado y patriota; sabe que hay un ansia popular, una necesidad de expresión, un deseo insatisfecho, una esclavitud blanca y negra, un enorme latido que llama con desespero en el pecho hermético de los opresores.

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“Ha visto de cerca la solidaridad del pueblo. Quizás ha escuchado en coplas y cantares y decires la verdadera pasión popular. Acaso alguna noche, al acercarse a algún poblado, oyó la voz cantarina de una doncella —y la amó en la voz con alas de sombra— dando al aire oscuro de luz de anhelo:

Cuba libre es la frase sonora

que resuena en el campo doquier;

Cuba libre será desde ahora,

Cuba libre por siempre ha de ser.” Seguir leyendo “Antonio Maceo, “héroe epónimo””

Fidel Castro: historia y memoria

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Por Julio César Guanche

A sus 21 años, Fidel Castro le dijo a los compañeros con los cuales recuperó la Campana de La Demajagua: “tomamos la campana, nos vamos a la Escalinata y tocamos la campana, como en La Demajagua. Después que tengamos todo el pueblo allá, lo llamamos a tomar Palacio”. Entre los presentes, Alfredo Guevara le preguntó: “bueno Fidel, ¿y después?”. “Ya veremos, ya veremos”, fue su respuesta.[1] Para 1970, siendo ya un líder de resonancia mundial, contra los cálculos del Instituto de Planificación Física, y contra la opinión del ministro del ramo, a quien destituyó, anunció la realización de una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, cuyo fracaso fue anunciado en buena parte del mundo como causa de su “inminente” caída.

Por tales actitudes, Fidel Castro recibió, entre otras, la etiqueta de “aventurero” por parte de enemigos, adversarios y, en parte, de sus aliados y seguidores. En 1947 participó en la expedición de Cayo Confites contra el régimen de Trujillo, organizada por un grupo político con el que había tenido graves diferencias en la Universidad de La Habana. Sin querer aceptar las órdenes de dispersión del proyecto insurreccional, propuso a Juan Bosch reunir unos 50 hombres y llevar a cabo, solos, la lucha de guerrillas en Santo Domingo. En 1953 organizó el ataque a dos cuarteles militares, en una acción calificada por los comunistas cubanos de “putchista”. En 1956 anunció que en ese año “seríamos libres o mártires”, para estupor de los que no concebían ofrecer información sobre una guerra en preparación, y miraban, honestamente, la posibilidad de una guerrilla rural como un acto incapaz de plantear batalla efectiva al régimen. Cuando desembarcó en ese año, y su tropa fue virtualmente aniquilada, persistió en continuar la guerra aun cuando, por un tiempo, el estado de su destacamento fue tan deplorable que Frank País le aconsejó “que saliera de allí” y se marchara para organizar una nueva expedición. Fidel Castro se quedó allí, y dos años después, entró en La Habana en medio de la epifanía popular más grande de la historia nacional. Seguir leyendo “Fidel Castro: historia y memoria”

Fidel Castro (1926-2016): el que osó y duró

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Por Antoni Domènech, Ailynn Torres Santana, Julio César Guanche, Gustavo Buster, María Julia Bertomeu, Carlos Abel Suárez, Daniel Raventós

 

Murió ayer Fidel Castro a los 90 años de edad. Con apenas 30, en su autodefensa ante los tribunales de la dictadura de Batista, dejó dicha una de sus frases más famosas: “¡Condenadme! La Historia me absolverá!”. No podemos saber ahora cuál será el veredicto final, y lo que es acaso peor, ni siquiera puede estar ya nadie razonablemente seguro a estas alturas del siglo XXI de que esta esquiva Dama sea un juez infalible o confiable. Lo que sí se puede decir con rotundidad es que Fidel Castro no ha sido un zascandil ni un mequetrefe. Osó y duró.

Osó desafiar a una tiranía cruel que había convertido a su patria en una especie de casino-protectorado al albur de las mafias operantes en la más grande potencia de nuestro tiempo. Osó luego desafiar con éxito a esa potencia que no está precisamente para bromas durante casi seis décadas y a menos de 100 millas náuticas de distancia. Osó, antes, desafiar a los comunistas ortodoxos cubanos, que consideraban una loca aventura su pequeña guerrilla de combatientes en Sierra Maestra que, al final, y a lo sumo, logró reunir a 5000 combatientes. Llegado al poder en enero de 1959, aprovechó la Guerra Fría para obtener ayuda de la Unión Soviética. Pero también osó desafiar a ésta –siempre aferrada a la cautelosa defensa del statu quo internacional (la “coexistencia pacífica” entre las distintas “áreas de influencia” geopolítica)— practicando una asombrosamente activa política exterior internacionalista que dejó profunda huella antiimperialista directa en América Latina y en África e indirecta en todo el planeta a través de su vigorosa participación en el Movimiento de Países no-Alineados.

La Revolución cubana de 1959 conquistó en su momento a la opinión pública democrática mundial. Por su radicalidad extraordinaria, no menos que por la naturaleza tan poco cruenta de su desenlace inicial: la elite política y profesional batistiana, que había traicionado y emputecido los ideales de la Constitución republicana cubana de 1940, huyó despavorida de la isla tan pronto entraron los barbudos en La Habana, y la Revolución empezó insólitamente de cero, casi sin necesidad de tener que contar con la asistencia –o el sabotaje— de altos o medianos funcionarios civiles o militares del antiguo régimen. El programa de los revolucionarios triunfantes estaba en la gran y robusta tradición del republicanismo democrático de José Martí y de socialistas republicanos como Diego Vicente Tejera o Raúl Roa (ministro de exteriores de Fidel Castro). Esto, que escribió Vicente Tejera (contra España) en 1897, podrían haberlo firmado Fidel Castro o Raúl Roa (contra EEUU) en 1959:

“Todo yace en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre— de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad.”

La Revolución cubana expropió masivamente la propiedad absentista y propiedades norteamericanas que habían hecho su agosto bajo Batista, y propició una radical reforma agraria en buena medida inspirada al principio en las ideas que José Martí había aprendido en los EEUU del último tercio del XIX del gran economista y reformador norteamericano Henry George (y que hasta cierto punto habían inspirado a la Constitución republicana cubana de 1940, traicionada por Batista]:

“El que trabaja la tierra y mejora debe poseer la misma. Él debe pagar al estado por ello mientras lo usa. Nadie debe poseer la tierra sin tener que pagar al estado para su uso. Nadie debe pagar al Estado un impuesto más allá de un arrendamiento de tierras. Así, el peso de los impuestos nacionales caerá sobre aquellos que han recibido [de la nación] los medios de pagar ellos … La vida sin impuestos será barata y fácil, y el pobre tendrá un hogar y el tiempo para cultivar sus mentes, entender sus derechos cívicos deberes, y amar a sus hijos.” [Artículo de Martí fechado en 14 de abril de 1887 y publicado en el diario mexicano El Partido Liberal.]

Pero no sólo por eso, es decir, por sus propios méritos, conquistó la Revolución de 1959 a la opinión pública democrática internacional. También porque el mundo era entonces muy otro. Es verdad que se estaba en plena Guerra Fría. Es verdad que la propia Revolución cubana propició en 1962 un pico terriblemente peligroso de la Guerra Fría con la llamada crisis de los misiles. Pero el clima de opinión era netamente antiimperialista y ampliamente favorable a los procesos de descolonización en curso desde el final de la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, los movimientos populares y los movimientos por los derechos civiles eran pujantes y vigorosos en las metrópolis. Una buena parte del establishment académico y político norteamericano y europeo se sumaba a la tesis entonces en boga de la “convergencia”: el capitalismo democratizado y socialmente reformado de posguerra y el socialismo real centralmente planificado “tendían” a una convergencia supuestamente dimanante de las exigencias técnicas de la economía y la vida social modernas: el capitalismo seguiría democratizándose y su sector público, creciendo; los países de socialismo real tenderían a desburocratizarse y a democratizarse; y los países descolonizados y “en vías de desarrollo” se beneficiarían de todo eso y se sumarían a la “convergencia”.

Los años 60 fueron años de esperanza y de optimismo. Infundadamente, tal vez. Porque se venía de la década del golpe de Estado anglo-norteamericano contra el gobierno de izquierda laica de Mosadeq en Irán, de la intervención imperialista anglo-francesa contra el Egipto del gobierno nacionalista laico de Nasser en la crisis del canal de Suez, o del golpe de Estado norteamericano contra el gobierno republicano-democrático de Jacobo Arbenz que, en Guatemala, se había atrevido a una reforma agraria que dañaba los intereses de la United Fruits norteamericana. Porque se venía del golpe presidencialista light de De Gaulle contra la IV República parlamentaria francesa. Porque se estaba ya en la década del terrible y sangriento golpe de Estado norteamericano en Indonesia contra el gobierno de izquierda laica de Sukarno. Porque se estaba ya en la década de la yugulación soviética de la Primavera de Praga. Y porque estaba por venir el golpe de Estado norteamericano contra Allende en Chile en 1973, punto final de toda una época signada por el antifascismo de posguerra.

Fidel Castro sobrevivió a todo eso. Sobrevivió incluso al hundimiento de la URSS en 1989. Es decir, que, además de osar, duró. Duró asombrosamente. Con virtú y con fortuna, en el específico sentido maquiavélico de estas palabras. Y hay que decir que, en el clima de retroceso, crecientemente restauracionista, que empezó a experimentar el mundo desde finales de los 60, Fidel Castro se manejó con gran pericia: esto se lo reconocen hasta sus peores enemigos. Es demasiado pronto para juzgar cuántas de las maniobras y pillerías de Realpolitiker consumado que le permitieron durar tanto fueron errores políticos, cuántas aciertos y cuántas, en cambio, Zugzwänge, movimientos obligados, como se dice en argot ajedrecístico.

Fueran errores políticos evitables o malhadadas jugadas forzadas, dos pesan hoy como una losa para el futuro revolucionario de Cuba. El primero es la subordinación de la isla al ámbito económico de influencia de la antigua URSS: la actual y peligrosa dependencia de Cuba del rentismo petrolero venezolano muestra que la economía cubana no halló con la Revolución –y sigue sin hallar— una forma sana y sostenible de insertarse en la economía mundial. El segundo es la Constitución de tipo soviético de 1976. Hasta esa fecha, Cuba mantenía, aun si suspendida provisionalmente en la práctica desde 1959 por una dictadura revolucionaria supuestamente fideicomisaria de emergencia, la gran Constitución republicano-democrática de 1940.

Sin la Revolución cubana de 1959, el mundo sería hoy con toda probabilidad peor y harto más peligrosos de lo que ya es. Y Cuba sería, en el mejor de los casos, y con mucha suerte, un triste protectorado endeudado à la Puerto Rico, o, en el peor, un Haití. Los logros de la Revolución son indiscutibles. Entre otros:

Cuba es según la UNICEF el único país de las Américas sin desnutrición infantil, razón por la cual ha sido declarada “paraíso internacional de la infancia”.
Cuba tiene la tasa de mortalidad más baja de las Américas.
Cuba tiene 130.000 médicos licenciados desde 1961.
El sistema de salud cubano es, según la OMS, un ejemplo para el mundo.
Cuba es el país del mundo que más PIB aporta a la educación
Cuba es uno de los países con mayor índice de desarrollo humano, según NNUU.
Cuba es el primer país del mundo en eliminar la transmisión madre-hijo del VIH
Pero el futuro de Cuba, si ha de conservar los logros de su Revolución socialista, pasa por volver a las raíces republicano-democráticas de la misma. Por reinsertar sana y eficientemente su vida económica en la economía mundial, por desestatizar parcialmente y desburocratizar administrativamente su economía sin privatizar el grueso de la misma y sin concentrarla, es decir, socializándola por vías democráticas como el fomento de la propiedad cooperativa, de la propiedad común local, de la colectivización voluntaria, de la autogestión democrática y/o el control desde abajo de las empresas y los servicios públicos, etc. Condición inexcusable de todo lo cual es la recuperación y la institucionalización constitucional de los valores republicano-democráticos que han estado en el centro de la historia de todas las revoluciones de Cuba, las del XIX y las del XX, y en expresa defensa de los cuales se batió precisamente la Revolución socialista de 1959.

http://www.sinpermiso.info/textos/fidel-castro-1926-2016-el-que-oso-y-duro

La política nuestra de cada día (II y final)

Por: Mónica Baró

 1. Paisaje cubano (Small) 

 (Aquí puede leer la primera parte de esta entrevista al jurista e investigador Julio César Guanche)

Con el tema de las transformaciones en curso, me surge una inquietud acerca de la concepción de participación prevaleciente, porque se ha insistido mucho en la necesidad de que la gente participe, pero al mismo tiempo encuentras que no hay esa respuesta auténtica de participación. Entonces, ¿en qué medida la participación puede funcionar como algo que se ordene?

Lo que dices tiene que ver con el diseño de distribución de poder real que existe en Cuba, que es muy poco redistributivo, que concentra mucho en un lugar y genera un vaciamiento de poder efectivo en el otro polo. No puedes concentrar poder en el partido, en una estructura vertical de dirección, que toma decisiones y controla el tiempo y el espacio en que toma las decisiones, asegurando así su continuidad, sin que por otro lado quede un público muy débil, en el sentido de debilitado, que sí puede opinar y es consultado, pero tiene escasas posibilidades de decidir o de codecidir.

Lo que podemos estar viendo con las personas que supuestamente no quieren participar, es que están viviendo procesos de mucho desgaste, en los que sí pueden ser consultadas, pero son muy poco decisoras de la materia sobre la que se les consulta. Entonces en lugar de exigir más desde una retórica hacia el individuo apático habría que repensar el diseño de la participación para construir la capacidad de tomar parte en los procesos de toma de decisiones.

Si la gente se apropiara de la política como la forma para defender sus derechos y utilizara la política para condicionar el precio del pan, del aceite, del puré de tomate o del jabón en Cuba (y así hasta las relaciones internacionales del país) habría mucha más participación. Porque la política se trata de eso, no de decidir sobre espacios acotados sino de ser capaces de modificar las condiciones sobre las cuales se decide.

El incentivo de la participación no viene solo del discurso, viene de la capacidad real de ejercer la participación. Una vez que la gente participa, ya se hace una cultura que se incentiva por sí misma cuando se empieza a ver los frutos de lo que se está haciendo.

Acerca de este asunto, usualmente surgen las preguntas de por qué la gente no se moviliza más, por qué si muchos consideran que las organizaciones tradicionales no representan sus intereses, no crean entonces formas de asociación alternativas, cuando tenemos un gobierno que no reprime a los niveles que hacen otros de América Latina. De acuerdo, no contamos con las condiciones estructurales más ideales para generar una participación auténtica, pero ¿por qué la gente no se moviliza ni se organiza para transformar esas condiciones? ¿Cómo explicaría esto?

A mí me parece que ha habido tanto desgaste y tanta acumulación de poder en un polo, en el polo estatal partidista respecto al polo de lo social, que la gente ha dejado de ver en la política una posibilidad real de cambio. Como práctica, se ha desincentivado la organización política de las personas por sí mismas. Esa es una explicación. Hay otras posibles, pero creo que el valor fundamental es que hay que recuperar la confianza en que haciendo política se pueden cambiar las cosas.

En ese sentido hemos tenido grandes involuciones. Y eso es todo lo contrario a una revolución. Una revolución es la politización de la vida cotidiana, la capacidad de poner la posibilidad de vivir y convivir de buenas maneras bajo un orden reglado por decisiones colectivas. La despolitización de la vida cotidiana habla de un fracaso cultural de lo que debe ser una revolución. Esas ideas que encuentras en tanta gente de que no le interesa la política, de que no sirve para nada, de que es corrupta, tienen más que ver con que la política le es ajena. Y cuando la política te es ajena es porque la política no te pertenece, y si no te pertenece, es que has sido desposeído de ella, y la primera condición que nos hace ciudadanos es poseer la capacidad de hacer política.

No obstante, es necesario atender a experiencias que sí se organizan y lo hacen bien, como la comunidad LGTBI y distintos colectivos antirracistas, aunque sería necesaria una mayor articulación entre esos actores más allá de coyunturas concretas. Seguir leyendo “La política nuestra de cada día (II y final)”

La política nuestra de cada día (I)

1. Paisaje cubano (Small)

Por: Mónica Baró

El 17 de diciembre de 2014 fue para Cuba una fecha marcada por la poderosa convergencia de la mística y la política. Convergencia nada rara en la historia nacional –a pesar de las frecuentes discreciones de quienes la escriben-, pero que siempre conmociona a la sociedad. En esta ocasión, en el día de San Lázaro –Babalú Ayé en la religión afrocubana- el Presidente de los Consejos de Estados y de Ministros, Raúl Castro, anunció dos sucesos tan insólitos que cualquiera calificaría de milagros: el comienzo de las conversaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos -un titular que suena a fin de guerra, aunque la paz permanezca como rehén del congreso norteamericano-, y el retorno de Gerardo, Antonio y Ramón, de los otros cinco héroes que ya eran tres pero continuaban siendo los cinco porque la libertad de cada uno dependía de la libertad de todos. Dos sucesos que si no alcanzan para convertir a un ateo, al menos sí para hacer dudar a un agnóstico.

A partir de ese momento, algo más cambió. O la gente sintió que algo más cambió o iba a cambiar, que es lo importante. Múltiples esperanzas adormiladas comenzaron a despertar como margaritas. Ahora cuando vengan los americanos devino casi una premisa de proyecto de vida, casi un fundamento teórico de cambios, casi una garantía de futuro, que si no próspero y sostenible, al menos sí distinto.

Desde el alboroto por los Lineamientos -de la política económica y social del Partido y la Revolución, aprobada en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2011-, y el consecuente recorte de las maxifaldas del estado con la legalización de un pintoresco listado de actividades productivas por cuenta propia –léase privadas- y la simplificación del proceso de otorgamiento de licencias, no se habían removido tanto las expectativas sociales en relación con la economía, ni los temores sociales en relación con la utopía. Donde unos han percibido peligro, otros han percibido oportunidad. Como si fuera real semejante desconexión entre utopía y economía, o peor, como si esas expectativas y esos temores fueran los más definitorios para la economía, la utopía y la sociedad del país.

Porque detrás, debajo, dentro, de todas esas esperanzas emergentes, válidas y necesarias, subyace inmaculada una problemática esencial: el poder popular. Una problemática que observamos a través de un cristal con algunas grietas dignas pero que aún no rompemos, pues lo más definitorio para un proyecto socialista, que sería el cómo y el quién de los cambios, además por supuesto del complemento directo del cambio, es lo único que no cambia. El estado continúa como protagonista-estrella y el pueblo alternando entre el rol de extra y actor de reparto. Sí, enhorabuena por el 17 de diciembre, pero y “la cosa” qué.

Ese fue precisamente el propósito de esta entrevista: indagar en la estructura orgánica, en el metabolismo y en las potencialidades de “la cosa” con uno de sus principales estudiosos, que es también jurista, escritor, padre de gemelos y autor de libros como La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la república de 1902 (2004); El continente de lo posible. Un examen sobre la condición revolucionaria (2008); y La verdad no se ensaya. Cuba: el socialismo y la democracia (2012) –que puede descargar gratuitamente de su blog personal La cosa (Democracia, Socialismo, República)-, así como de disímiles ensayos y artículos desperdigados por el portal Rebelión, las revistas Temas y Espacio Laical, entre otros sitios que Google amablemente indicará a las personas interesadas que le pregunten.

No hay mucho más que añadir de Julio César Guanche, a no ser su nombre. Sus ideas lo describen con más justicia que su experiencia profesional como investigador, editor, periodista, intelectual en el sentido hondo y ancho, o que sus méritos y premios, o que cualquier otro dato de su curriculum vitae. Aquí interesa más el diálogo con su obra teórica, que aporta al controversial panorama cubano de discusión política un enfoque relevante desde las ciencias jurídicas y desde su implicación con proyectos de participación ciudadana.

En marzo de 2013, en el suplemento digital de Espacio Laical, apareció un documento titulado Cuba soñada – Cuba posible – Cuba futura: propuestas para nuestro porvenir inmediato, que presentaba 23 propuestas muy concisas, como “Instrumentos para afianzar la República en la Cuba de hoy y de mañana”, con el fin de que fueran estudiados y debatidos públicamente.Este texto apareció firmado por algo que entonces se denominó Laboratorio Casa Cuba, integrado por investigadores “de procedencias ideológicas disímiles”, entre los cuales usted se encontraba, y que declararon como objetivo “estudiar la institucionalidad cubana y hacer sugerencias para su mejoramiento, así como socializar el estudio y el debate sobre estos temas”. A casi dos años de la publicación de ese documento, ¿cuál considera que fue su trascendencia y el saldo de los debates públicos que suscitó?

Ese documento tuvo algo singular, que fue su propia concepción y elaboración entre personas con ideologías manifiestamente distintas. Unos eran socialcatólicos; otros, anarquistas; otros socialistas y republicanos democráticos. Fue un ejercicio de diversidad, entendiendo que si predicas que la diversidad es un valor fundamental de la vida política que debe afirmarse en la vida social, también debes vivirlo como valor en tus interacciones concretas.

La vida política pasa por ahí, por la pluralidad de maneras de hacer política, por la pluralidad de articulaciones políticas. Lejos de ver con sospecha la legitimidad de un proyecto independiente —como fue Laboratorio Casa Cuba, nacido fuera de cualquier tipo de institucionalidad—, se trata de construir esa legitimidad a partir de la transparencia de los medios y los fines que se persiguen, del respeto, la honestidad y la seriedad con que se trabaja, de la calidad cívica de lo que se propone.

Aparte de lo mencionado, ¿qué aprendizaje esencial rescata de ese proceso de participar y construir algo en conjunto con personas diversas desde un espacio alternativo a los de las instituciones?

Fue un aprendizaje constatar que hay mucha gente diversa que cree que esos proyectos son valiosos, que apuesta por ellos, que los defiende. A veces uno piensa que cosas así pueden quedarse en la soledad, pero te enseñan que no, que hay muchas personas que pueden sumarse, participar y articularse para generar proyectos de más aliento. Eso fue un aprendizaje. Como no se le da visibilidad a ese tipo de propuestas, no sabes cuán compartida puede ser la propuesta, pero los comentarios y el apoyo que recibimos ayudan a visualizar que hay agendas compartidas dentro del país y varios consensos posibles.

Nosotros hemos vivido demasiadas polarizaciones; vivimos todavía en demasiadas polarizaciones y fracturas políticas. Como se decía en una época, entre los que se fueron y los que se quedaron, los de izquierda y los de derecha, los revolucionarios y los contrarrevolucionarios, que son imágenes atadas al contexto del que surgen, pero evolucionan en nuevos contextos. Creo que es necesario mantener la diferencia como un valor, pero también hay que ser capaz de reconocer, cuando las haya, comunidades, confluencias y consensos.

Una de las cosas en las que más insistía ese documento era en la despolarización del campo político cubano. Y despolarizar no significa despolitizar. Es lo contrario. Despolarizar es pensar la política más allá de las trincheras que cada uno se construye para sobrevivir desde ellas, para conquistar un lugar exclusivo desde ellas. Es pensar más en puentes que en trincheras.

 

¿Implica construir solo con el diferente o también con el antagónico?

La tentación primera sería la de hacerlo con el diferente, claro, pero el antagónico está ahí, existe y tiene derechos como persona y como ciudadano. No podemos negarlo ni despacharlo sin más con argumentos sobre la no injerencia en asuntos internos, o la ilegitimidad de aceptación de financiamiento externo; porque con ello muchas veces se termina despachando todo tipo de actuación política que se reclame autónoma respecto al PCC.

La sociedad civil cubana, como se ha dicho tantas veces, está lejos de ser sinónimo de grupos específicos de opositores apoyados por medios gubernamentales o por grupos de poder político de EEUU. Por esa razón, y esto se dice menos, tal sociedad civil tiene que contar con muchos más espacios de actuación política, difusión de ideas y organización política en Cuba. Así habría más posibilidades de identificar exactamente quién es el antagónico y con respecto a qué, porque hay muchos prejuicios alzados sobre esta historia, y a veces se identifica como antagónica a gente que no lo es. Seguir leyendo “La política nuestra de cada día (I)”

La soberanía de los ciudadanos es también la soberanía nacional

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Henri Cartier-Bresson – CUBA. 1963.

Por Julio César Guanche

 

En una caricatura de la década de 1930, Eduardo Abela hizo decir a su personaje El Bobo, mientras este contemplaba una imagen de José Martí: «Maestro, cuando usted dijo: “con todos y para el bien de todos”, ¿a quién se refería?».

El todos al que se refería Martí es uno de los nombres posibles de la “soberanía”. Abela enunció así un tema crucial tanto para la filosofía política como para la política práctica, que podemos llamar «el problema de quiénes somos todos».

Todas las doctrinas políticas que no renuncian explícitamente a la democracia anuncian que están comprometidas con “todos”. Sin embargo, como decía Oscar Wilde, nadie puede escribir una línea sin descubrirse. En este caso, su teoría y su práctica descubren qué y a quién defienden cuando celebran discursivamente el “todos”.

El republicanismo oligárquico y el liberalismo (este con salvedades, como es el caso del liberalismo igualitario) confluyen en su carácter elitario: históricamente han defendido el gobierno de los pocos, de los ricos, de los «mejores», de los más «ilustrados», y han consagrado la exclusión o la limitación de poder para los pobres, las mujeres, los indígenas, los negros y los trabajadores. Han justificado su exclusión a través de expedientes como el racismo y recursos institucionales como el voto censitario y el sufragio masculino, calificado durante décadas como «sufragio universal» aún con la exclusión de todas las mujeres.

 El marxismo-leninismo soviético es, a su propia manera, también elitista: concibe que el “todos” debe ser dirigido por una “vanguardia”. Esta, organizada a través del  partido único y protegida por la ideología de Estado, celebra al pueblo al tiempo que lo considera como un colectivo de eternos menores de edad, que debe ser educado y organizado siempre desde fuera de sí mismo. De este modo, produce obstáculos para que el pueblo, el soberano, pueda institucionalizarse en tanto sujeto político y garantiza a la burocracia, ella también una oligarquía, como única detentadora del poder.

En contraste con esos enunciados, la soberanía democrática remite a un todos sin exclusiones y capaz de autogobernarse.  La afirmación genera dos preguntas obvias:

  1. a) primero, cómo todos pueden llegar a ser efectivamente todos, sin exclusiones.
  2. b) luego, cómo todos pueden ejercer efectivamente poder político, esto es, autogobernarse.

Antes de explorar las respuestas a ambas cuestiones, recuerdo que el “todos autogobernado”, lo que estaré comprendiendo como sinónimo de una comunidad soberana, tiene asimismo escalas: la soberanía remite por igual a la autodeterminación de un colectivo nacional frente a un gobierno ajeno, que a la libertad de una comunidad de ciudadanos al interior de una nación con gobierno propio.

Como he anticipado antes, a lo largo de esta intervención sugeriré maneras en que todos puedan llegar a ser efectivamente todos, y por ese camino puedan alcanzar autogobierno, pero retengo primeramente el hecho de que, si bien es posible hablar de “soberanías” (nacional, ciudadana, alimentaria, energética, sobre el propio cuerpo), etc, todas ellas no son sino manifestaciones relacionadas entre sí de una misma y única libertad. Esto es, la soberanía de la nación está vinculada a la soberanía de sus ciudadanos. El desarrollo de una es condición y resultado del desarrollo de otras. Por lo mismo, la ampliación de una de ellas a costa del recorte de otras, compromete  a ambas. Entre las múltiples dimensiones de la soberanía, elijo aquí tratar solo dos, y analizar el vínculo entre ellas: la soberanía nacional y la soberanía ciudadana. Seguir leyendo “La soberanía de los ciudadanos es también la soberanía nacional”

Problemas de la democracia en Cuba

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Nelson Ponce

 

(Notas para una exposición)

Por Julio César Guanche

Visiones sobre los núcleos del concepto de democracia de 1959

Se trata de una concepción diferente a la variante estadounidense del liberalismo.

  1. Soberanía nacional e independencia económica. El nacionalismo es una de las bases de la cultura política cubana.
  2. Justicia e igualdad social. Cuba llegó a ser el “primer estado de bienestar de América Latina” (1975-1989).
  3. Participación popular, con gran presencia de mecanismos consultivos.
  4. Visión crítica sobre el carácter “despiadado” del capitalismo.

Visiones sobre los núcleos críticos de ese modelo democrático

  1. Partido único, ideología de estado, penalización de la oposición, militarización de la cultura política.
  2. Monopolio estatal de la economía. Estancamiento de la productividad.
  3. Mucha administración, poca política: escasa agencia ciudadana, dependencia del gobierno, Estado con cuotas de autonomía.
  4. Institucionalización de la intolerancia y carencia de reconocimiento del pluralismo societal.

La democracia en lo social

Cuba cumplió los compromisos para 2010 respecto a los primeros cuatro Objetivos del Milenio: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de la mujer y reducir la mortalidad de los menores de cinco años. Para 2015, debe cumplir los objetivos 5 y 6: mejorar la salud materna y combatir el VIH/SIDA, y el paludismo.

Ocupa el lugar 44 (sobre más de 180) del Índice de Desarrollo Humano (Idh) (mide vida larga y saludable, educación y nivel de vida digno). Según el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”, se encuentra en el puesto 17 a nivel mundial y es el primero de los “países en desarrollo”.

Tiene una de las tasas de alfabetización más altas del mundo. Cuenta con uno de los mejores sistemas de respuesta médica a desastres. (ébola en África, misiones ante desastres a Paquistán, Haití, Honduras)

Por el bloqueo/embargo, Cuba “no ha tenido acceso a equipos médicos, medicinas ni materiales de laboratorio fabricados bajo patente estadounidense”.

No obstante, desde 2008, los gastos en educación, salud, bienestar social y vivienda han disminuido como proporción del presupuesto del Estado y del PIB. El último dato público sobre pobreza en Cuba es de 2004: 20 % de la población urbana.

La democracia en lo político

Cuba es Estado Parte en 42 instrumentos de derechos humanos. Se permitió, por ejemplo, la libertad de viajar y no existe hoy ningún condenado a pena de muerte. Sectores de la sociedad civil exigen la ratificación de los Pactos de Derechos Humanos, Sociales, Políticos, Culturales y Económicos y la posterior adecuación de la legalidad cubana a sus contenidos.

El PCC es partido único, y no reconoce tendencias en su interior. El Estado y las organizaciones sociales están subordinadas al partido, lo que obstruye el desarrollo independiente de la sociedad civil y la representatividad del aparato estatal.

La sociedad civil ha construido por sí misma espacios de desarrollo.

Por la prensa internacional, es más conocida la oposición tradicional. Es ilegal y en algunos casos tolerada. Amnistía Internacional denuncia represión, acoso y detenciones de corta duración sobre este sector. Como consecuencia de acuerdos con la Iglesia Católica y con el gobierno de EEUU ha habido excarcelaciones de presos por motivos políticos.

Existen además otros actores de importancia. Funcionan con o sin el PCC, tienen agendas propias, y se organizan y presionan para alcanzar intereses propios.

Como resultado del empoderamiento de la comunidad gay, el gobierno provee cirugías de reasignación de sexo y tratamiento de reemplazo hormonal a personas transgénero, se hacen marchas de calle, y el Gobierno comenzó a votar a favor de resoluciones que apoyan los derechos de personas homosexuales en ONU. Se considera un modelo potencial para expandir otro tipo de derechos civiles.

La comunidad afrocubana cuestiona que sufre discriminación (condiciones de vivienda, acceso a empleos y emprendimientos mejor remunerados, beneficio en las remesas, acceso a alquiler de casas y autos y a restaurantes y emprendimientos de servicios). Datos reflejan que los no blancos no padecen de una situación de exclusión o discriminación en las organizaciones políticas del sistema, pero su presencia en altos cargos de dirección política y empresarial es mucho más escasa. Se exigen políticas contra el racismo, que remuevan estructuras de discriminación y desigualdad.

Existe gran debate crítico en el campo cultural. Aparecen nuevas formas cívicas de organización. (Por ejemplo, autoorganización de cineastas para obtener una ley de cine.) Aumenta la blogosfera y las esferas públicas alternativas (comunicación a través de correos electrónicos, blogs, y mecanismos privados de difusión de contenidos, como el “Paquete” (especie de Netflix, que circula en discos duros portátiles por todo el país a bajos precios). El hecho es correlativo a la exigencia de acceso con precios justos a internet y de democratización de la prensa. Cerca de 27% de la población accede a internet, aunque otras fuentes estiman que la penetración de Internet es de 5%. El acceso privado actual tiene un costo muy alto, y ofrece servicios muy limitados.

Desde 1992 el Estado es laico. La iglesia católica ha sido interlocutor del gobierno. Se han construido instituciones religiosas, devuelto propiedades y multiplicado actividades de difusión y educación. Se ha elevado la visibilidad y el reconocimiento a las iglesias ecuménicas, y a la judía.

Una nueva generación, diferente a la de Fidel y Raúl Castro, ocupa puestos de poder en el país. Hace un año, según Rafael Hernández, de los 15 presidentes de asambleas provinciales del Poder popular, 80% tenía menos de 50. Los dirigentes del PCC en los 167 municipios de Cuba tenían todos menos de 50 años (menos uno). La edad promedio del Consejo de Ministros de Raúl Castro era 58 años y la del Comité Central del PCC 57.

Un desafío del Estado, el PCC y la sociedad civil es convivir con la diferencia,  despenalizar la resistencia política y pacífica, y legitimar la diversidad. Las políticas norteamericanas de apoyo al “cambio de régimen” deslegitiman a los actores internos que participan de ellas, y obstruye la colaboración de sectores civiles con el gobierno de EEUU sobre temas de beneficio mutuo. El desarrollo de la sociedad civil, también de la autónoma respecto al PCC y a las políticas de EEUU, es central para un mayor desarrollo democrático.

La democracia en lo económico

Se diversifica la organización económica. Se orienta hacia una economía mixta, con sector nacional y extranjero, y con formas públicas, cooperativas y privadas.

Contra la pretendida “hostilidad” del discurso oficial cubano contra el mercado, se amplían los espacios regulados por la lógica mercantil. A la IED se le otorga un rol fundamental. (Se estiman necesarios 2 mil millones anuales de inversión). Se ofrecen garantías a los inversionistas: exoneración del pago por 8 años del impuesto sobre utilidades, del pago de aranceles durante el proceso inversionista y del pago de impuesto por la utilización de la fuerza de trabajo. Se descentralizan funciones que antes eran de los ministerios y pasan a empresas. De los ocupados en el sector estatal, 49% laboran en empresas. Hace 20 años 95% de las personas empleadas eran trabajadores estatales. Hoy en el sector no estatal de la economía labora alrededor de 26% de los ocupados, y tiene ingresos más elevados. La población que tenía acceso a moneda fuerte, hacia 2010, fue estimada en 60%. En 2015 serán desestatizadas al menos 7.480 entidades económicas. Se ha anunciado que 40% de la fuerza laboral debe pasar al sector no estatal.

La ampliación del mercado se hace a expensas de dejar sin regulación tópicos fundamentales. Desde el punto de vista constitucional, como señala Domínguez, no existe tope sobre las tasas de interés financiero, ni sobre precios, ni está fijado salario mínimo ni máximo. No se impide la entrada de empresas internacionales en la inmensa mayoría de la economía cubana. No existen restricciones (salvo la IE) sobre el desarrollo de mercados laborales flexibles.

Se diversifica la propiedad: gubernamental, pública, mixta, extranjera, cooperativa, privada, personal. Se permitió la compraventa de casas y terrenos, y de automóviles. Cerca de 85 % de las viviendas del país son propiedad de quienes las viven. Se elevó a 99 años el tiempo en que los inversores extranjeros pueden utilizar tierras estatales para negocios inmobiliarios. Se extendió el tiempo y la cantidad de tierra entregada en arrendamiento a campesinos privados.

Con esto, se han multiplicado los actores económicos e institucionales, lo que limita el monopolio estatal sobre la actuación política. El nuevo modelo se define oficialmente por lo que impedirá: «el plan prevalecerá sobre el mercado», «nadie quedará desamparado» y se «evitará la concentración de la propiedad». Pero se consolidan estructuras de desigualdad e injusticia, con escasos canales de disputa. Los sindicatos tienen escaso papel como actor en disputa real de las condiciones de trabajo.

Visiones sobre la democracia en una Cuba posible

  1. Reclamo de mayor espacio a los ciudadanos para organizarse, crear decisiones políticas y controlar y disputar las existentes.
  2. Concepción interdependiente de los derechos: todos son necesarios.
  3. Mayor peso al derecho (hacer valer el papel de la ley frente al decreto y el reglamento) y del derecho a resistir el derecho cuando su aplicación resulta ilegítima.
  4. Democratización del acceso a la propiedad, frente a su monopolización y oligarquización, y del control sobre la organización económica, que garantice, o contribuya, a ganar en control sobre las condiciones de vida. Reclamo de función social y ambiental de la propiedad.
  5. Reclamo de intervención pública orientada a disputar las fuentes de reproducción de la exclusión, la desigualdad y la injusticia.
  6. Fomento de valores y de instituciones que favorezcan prácticas de reconocimiento y tolerancia. No es aceptable el “todo vale”. No valen la superexplotación, el individualismo implacable, la corrupción, las prácticas mafiosas, ni clase alguna de discriminación.
  7. Es necesario reconstruir las relaciones con los Estados Unidos sobre bases distintas a las de la historia de su relación con Cuba: Ni Teddy Rooselvelt: “esa infernal pequeña república cubana”, ni Alexander Haig pidiendo a Nixon: “Usted ordene y convierto esa pinche isla en un estacionamiento.” Es democrático defender la soberanía nacional y la soberanía de los ciudadanos.

*Los días 27 y 28 de enero de 2015 un grupo de emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos viajaron a Washington DC para intercambiar con políticos, diplomáticos, periodistas, empresarios y académicos estadounidenses y cubanoamericanos, en un encuentro organizado por el proyecto Cuba Posible y el Cuba Research Center. El texto anterior constituye una ponencia presentada durante esta cita.

Ver todas las ponencias en: http://www.cubaposible.net/

Cuba y EE.UU en tiempo de cambios

Por redacción OnCuba

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Casi una semana después de que Cuba y Estados Unidos comenzaran a dialogar oficialmente en La Habana, se reúnen en Washington durante dos jornadas (los días 27 y 28 de enero) emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos para intercambiar con políticos, diplomáticos, periodistas, empresarios y académicos estadounidenses y cubanoamericanos, en un encuentro organizado por el Proyecto Cuba Posible y el Cuba Research Center.

“Cuba y Estados Unidos en tiempo de cambios” fue el nombre de estos debates, a los que asistieron más de 10 cubanos y en los que se confrontó sobre los vínculos culturales entre los dos países, los actuales desafíos políticos en la Isla, la sociedad civil cubana, la necesidad de mejorar los mecanismos de la democracia en Cuba, los potenciales vínculos económicos entre ambos para el futuro más inmediato, entre muchos otros temas decisivos.

OnCuba contactó a tres de los participantes por la parte cubana (Julio César Guanche, María Isabel Alfonso y Roberto Veiga González), y les envió varios cuestionarios, para conocer sus valoraciones sobre el saldo resultante de esos dos días en Washington, los puntos de conciliación y conflicto detectados en el encuentro, y los retos para una posible normalización de las relaciones bilaterales.

Por la propia naturaleza de los debates, con una intervención plural de ponentes, hubo puntos de consenso y puntos en los que todas las partes no coincidieron. La necesidad de mirar la sociedad civil cubana con criterio amplio y la oportunidad que para ambos países podría significar los anuncios del 17D y las sucesivas negociaciones, fueron de las ideas más consensuadas.

Roberto Veiga González es coordinador, junto a Leinier González, de Cuba Posible, un proyecto ciudadano que, según su propio decir, pretende continuar acompañando, de manera positiva y creativa, el actual proceso de reformas que se desarrolla en Cuba.
Veiga sostiene la opinión de que en el encuentro “La mayoría reconoció que ambas sociedades podrían beneficiarse mutuamente y que los cubanos podríamos hacer tributar las ventajas de la relación bilateral a favor del desarrollo del país y, con un mayor equilibrio social, hacer evolucionar a su vez el actual modelo socio-económico-político”.
Sin embargo, también sostiene que, después de dialogar durante largas e intensas jornadas, “casi todos comprendimos que nos conocemos menos de lo imaginado y que aún no vislumbramos debidamente cómo institucionalizar y fortalecer las relaciones entre ambos países”.
Uno de los puntos más discutidos fue el de los derechos humanos en Cuba. En la opinión de Veiga y otros participantes en el evento, el modelo cubano debe lograr grandes cambios, y para hacerlo “de seguro aprenderemos mucho de Estados Unidos, pero debemos ser los cubanos quienes decidamos cuáles serán dichos cambios y cómo lograrlos, sin la injerencia de poderes foráneos ni de mecanismos de subversión”.

Veiga coincide con el ensayista Julio César Guanche respecto a la necesidad de que, en el lapso restante a la administración Obama en el poder, y los tres años que debe seguir Raúl Castro en la presidencia de Cuba, “se pueda seguir una agenda de pasos integralmente concebidos y determinados hacia su concatenación y consecución, que hagan a estas medidas, si no irreversibles, sí al menos muy difíciles de desmontar”.
Guanche, quien presentó un texto en el panel “Debates actuales en Cuba” nos comenta que los puntos de conflicto no son grandes novedades. Sin embargo, el investigador plantea que “es importante poder colocar distintas perspectivas en un mismo espacio de discusión. Con ello, permanecen las diferencias, pero disminuyen los dogmas de fe y las ignorancias recíprocas”.

Para Guanche, las ventajas de este tipo de ejercicio no solo están relacionadas con las relaciones Cuba-USA. El ensayista va más allá y explica que, independientemente del curso de estas negociaciones, “necesitamos en Cuba mucha más comunicación al interior de la sociedad cubana, y muchas más vías de comunicación horizontal entre posturas «no necesariamente coincidentes» sobre este proceso en relación con los EEUU, como también sobre muchos otros temas”.
Otros puntos de discrepancia en la perspectiva de las negociaciones, según Guanche, residieron en el hecho de que la política estadunidense está enfocada en potenciar los pequeños y medianos emprendimientos privados en Cuba, entendiendo que una mayor independencia del Estado otorga mayores cuotas de autonomía en la actuación política.
“Sin embargo –expone Guanche-, la política de Cuba está basada en lo contrario, en potenciar las megainversiones extranjeras directas, y mantener su administración en el sector estatal de la economía, entendiendo que así puede evitar la concentración de la propiedad y redistribuir el ingreso. De esta lógica contradictoria cabe esperar la emergencia de obstáculos para el mayor despliegue de relaciones”.
Al hablar de otros posibles obstáculos Guanche menciona que la normalización “extiende consecuencias que no se refieren solo a una nueva actitud política por las partes oficiales involucradas, sino también al aprendizaje de la cultura de relación entre sociedades con escasa interacción reciente, y a códigos morales para relacionarnos entre cubanos con trayectorias de hostilidad mutua”. Seguir leyendo “Cuba y EE.UU en tiempo de cambios”

La “nueva Cuba”: el capital simbólico de la revolución

diferencias encontradas

Por Julio César Guanche

La legitimidad de una revolución se asocia a  la promesa de un origen, a un nuevo nacimiento. Promete el advenimiento de una nueva vida. La promesa de la vida futura adquiere los matices de una religión secular: convoca a la fraternidad, al “compañerismo” para conseguirla. Así, la proclamación de una “nueva Cuba” está en el centro de las promesas políticas revolucionarias en la historia de la Isla, con los términos propios de su universo: renovación, refundación, mañana, “ahora sí”.

Problemas de la nueva Cuba se titula el estudio que realizó la Foreing Policy Association (1934) sobre el escenario cubano, dirigido a contrarrestar los efectos de la Revolución de 1930 a través de una plataforma reformista. “Joven Cuba” fue la organización fundada por Antonio Guiteras para luchar por lo contrario: la revolución social. Uno de los manifiestos (1934) del ABC, una de las organizaciones políticas antimachadistas confluyentes en la Revolución de 1930, se titula: “Hacia la Cuba nueva”. En esa historicidad, Cuba no acaba jamás de ser nueva.

La valoración de dicha “novedad” se observa en todos los discursos. Las oficinas cubanas en 1959 colgaron letreros en sus puertas que exigían: “Sea breve, hemos perdido cincuenta años”. Se aprecia por igual en las disputas: una investigación de 1700 páginas publicada por la Universidad de Miami (1963) le negó cualquier adjetivo a la nueva realidad cubana: fue titulada a secas Un estudio sobre Cuba.

En los 1950, la nueva Cuba necesitaba libertad económica y justicia social y un régimen libre de trabas con naciones extranjeras y libre de apetitos de políticos y personajes propios. Ese programa era expuesto por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de Rafael García Bárcena, con estas palabras: (El MNR) “se enfrenta en lo económico al comunismo, y se dirige a superar el capitalismo. Se opone, en lo social, a las exclusiones sociales o clasistas y a toda forma de totalitarismo” y concretaba su pensamiento doctrinal en: “Nacionalismo, Democracia, Socialismo”.

Sobre esos pilares, la libertad política (democracia), la justicia social (socialismo) y la recuperación de los bienes del país (nacionalismo), todo ello también bajo las influencias de la Revolución mexicana, la república española y el new deal, se asentaba la cultura política cubana de los años 50.

Ese campo aportó entonces un cambio radical al programa tradicional que aseguraba que “sin azúcar no hay país”. La nueva Cuba repudiaba ser un “presidio de cañas amargas”. El líder sindical comunista Jesús Menéndez afirmó: “sin obreros no hay azúcar”, o sea, sin obreros no hay país. El MR-26-7 radicalizó esa trayectoria: llamó a quemar más caña en medio de la insurrección. En ello, enarboló una consigna más generosa: “Sin libertad no hay país”.

En tal horizonte, las soluciones nacionales se situarían en el camino de los proyectos colectivos. De esa evolución no escapaba la percepción sobre el papel que los Estados Unidos habrían de jugar ante un triunfo revolucionario.

El golpe de estado de 1952 sepultó el gran triunfo del espacio posrevolucionario: la Constitución de 1940. Con los años, el contenido antidictatorial de la cultura política cubana de los años 40 y 50 —la cara “política” de su otra vocación democrática, la  democrático social— se ha difuminado. La explicación de la Revolución según la cual su origen se encuentra en “causas económicas”, impide recordar cómo se localiza también en contenidos específicamente políticos.

Muchos jóvenes, entre ellos Fidel Castro, fueron a Cayo Confites (1947) para combatir contra Trujillo. José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez y Juan Pedro Carbó Serviá, entre otros líderes estudiantiles, integraron una expedición a Costa Rica (1955) para defender el régimen constitucional de José Figueres. Dentro de Cuba, se contaba con la memoria del “aceite de ricino” y del “palmacristi” —provistos por Machado, y por Batista en su primera era— y se sabían los motivos de sus convicciones: amasar fortunas individuales, entregar el país a la embajada norteamericana y soltar las manos a la oligarquía cubana.

La preocupación no se reducía al pasado cubano, sino a la realidad de América Latina. «No es de ahora, ciertamente, la crisis del régimen democrático en nuestra América —decía Raúl Roa—. Su razón última hay que buscarla en las supervivencias de la estructura colonial, en la concentración de la propiedad rural, en el desarrollo económico dependiente, en el predominio político de las oligarquías, en la concepción patrimonial de la administración pública, en el avaro atesoramiento de la cultura, en la pugna interimperialista por el control de materias primas esenciales y en la etapa de tránsito social que atraviesa el mundo.”

Fidel Castro, al denunciar la venta de armas por los Estados Unidos a Somoza y a Trujillo, y de estos a su vez a Batista, afirmó en la época: “Si los dictadores se ayudan entre sí, ¿por qué los pueblos no han de darse las manos? […] ¿No se comprende que en Cuba se está librando una batalla por el ideal democrático de nuestro continente?”.

El programa de la nueva Cuba de 1959 alcanzó un consenso extraordinario al ser capaz de fusionar demandas diversas: “pan con libertad y pan sin terror”. Mostró el hambre como el resultado de la injusticia, y no de la ignorancia del trabajador, y la libertad como conquista popular. Expropió así el concepto de “revolución” del campo de la “politiquería” y restituyó su sentido. El capital simbólico de la revolución se materializó sobre la tierra firme de la justicia: haría justicia histórica al pueblo de Cuba contra los desmanes de la dictadura, y proveería la justicia del futuro con el reordenamiento de la estructura política y económica del país. En resumen, prometía una nueva Cuba.

 http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/la-nueva-cuba-capital-simbolica-de-la-revolucion.html