El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)

 

Por Julio César Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Sin salir aún de su primera juventud, Fernando Martínez Heredia estuvo en el centro de dos de los empeños más importantes en el ámbito del pensamiento social de la década del sesenta en Cuba: fue director, entre 1966 y 1969, del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de su revista, Pensamiento Crítico, desde su creación en 1967 y hasta su cierre en 1971.

Esa juventud ha sido de una profunda terquedad: las ideas que estaban en la base de aquellos empeños han sido la inspiración de Martínez Heredia hasta hoy, momento en que se le ha conferido el Premio Nacional de Ciencias Sociales, por sus aportes a la historia, a la politología y al pensamiento revolucionario en Cuba.

De hecho, la perspectiva descolonizadora y latinoamericana, que se hizo entonces abiertamente hostil hacia el «doctrinalismo marxista» proveniente de la URSS, enfoque que recorre por completo aquella obra, conserva mucho de su pertinencia en varios planos del presente y del futuro cubano y latinoamericano.

En esta entrevista, Martínez Heredia se aleja de los ditirambos y se ocupa en plantear problemas, única forma en que, según ha insistido él por décadas, puede operar con éxito el pensamiento revolucionario.

 

¿Cómo definiría usted el estado del pensamiento social en Cuba al momento de la creación del Departamento de Filosofía y, luego, de la revista Pensamiento Crítico? Seguir leyendo “El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)”

Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio Cesar Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Entre la publicación de Peñas arriba en 1917 y la organización del Cuarto Congreso de la Unidad Sindical en 1933, Rubén Martínez Villena vivió una de la existencias más penetrantes del siglo XX insular. Más conocido por su actividad política que por su hontanar intelectual, Martínez Villena dio al trazo de la República moral una connotación de civismo, ética y justicia social que hizo adelantar la rebeldía al estatus de una Revolución. Sin cumplir 25 años, la edad en que la mayoría apenas ha dicho dos o tres cosas de nula importancia, Rubén había escenificado la Protesta de los Trece, entrenado para piloto con el fin de bombardear el Capitolio cubano, creído inicialmente que los males del país eran subsanables con la eliminación de la corrupción, escrito páginas esenciales y abierto al fin su pensamiento hacia una lectura renovadora de la historia y el futuro de Cuba.

El grito de Martínez Villena, y de otros doce jóvenes en la Academia de Ciencias en 1923, fue la obertura cubana a la modernidad del siglo XX. Esa generación miró al país y se lanzó furiosamente a rehacerlo. Villena, junto a Mella, Pablo, Marinello y Roa conforman el ala radical de esa generación, que por primera vez transitó las rutas de los marxismos en Cuba y produjo interpretaciones fundamentales (amén de algunas muy erradas) sobre José Martí.

La poesía de Rubén, con “la inflexión y el fuego de los Versos libres de José Martí” según Cintio Vitier, lo había llevado a ser uno de los escritores de mayor relieve de su generación, pero igual sirvió de pretexto a una polémica que continuaría a través de los años —con otros motivos—, cual epítome de la diversidad de caminos seguidos por aquella primera generación republicana. No obstante —y aunque apenas leída hoy— su obra no necesita de aquella algarada para formar parte de la historia literaria del país.

Mientras Rubén leía a Rodó, Gandarilla, Ingenieros, Vasconcelos, Guerra, Varona y Sanguily, agitaba sindicatos, preparaba huelgas y vivía agónicamente el día a día de la revolución. En Moscú, en 1931, recibía esta carta de su amigo Pablo de la Torriente: “Más adelante acaso entre Raúl y yo hagamos un libro y en él pondré detalles cinegrafiados de interés casi históricos. Lo primero que he hecho es el último capítulo. Se titula: ´La revolución de la mierda´. Y Raúl ya tiene también el título de su epílogo: ´La mierda de la revolución´. Como ves, esto apesta que es una barbaridad.”

La complejidad de aquel momento resulta hoy prácticamente desconocida. Los comunistas cubanos de la hora no llegaron al criterio de unidad defendido por Mella, contaminados del sectarismo de las tesis de la III Internacional.[1] En lugar de ampliar sus bases sociales, el Partido acumulaba ataques contra la pequeña burguesía. (Sus querellas se extenderían luego a Guiteras una vez derrocado Machado y constituido el gobierno provisional de “Los Cien Días”.) Con la brutal represión el Partido estaba diezmado y dividido el movimiento obrero. Villena fue parte de esos desgarramientos, y muy preocupado con la situación, escribía en 1932: “Nuestro Partido se encuentra en la actualidad destrozado. No existen cuadros de lucha, ni organizaciones eficientes. Los efectivos con que contamos son en extremo escasos. Nuestra influencia en las masas es muy superficial y relativa.” No obstante, Villena logró, menos de un año después, movilizar 200 mil personas con un partido que apenas rebasaba los 400 efectivos, llevar el país a la huelga general y contribuir decisivamente a la caída de Machado. A poco moriría, prosaicamente, de tuberculosis.

Fernando Martínez Heredia es quizás uno de los cubanos que mejor conoce a Villena y a su época. Participante de la lucha insurreccional, profesor, director de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta 1971, Martínez Heredia es uno de los estudiosos más constantes de la historia nacional. Hoy investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, descubrió hace mucho “el secreto profundo de la emoción” que despierta Rubén y considera que: “en vez de destrozar sus versos, Rubén compuso con su vida un gran poema, y logró trascender a las flaquezas del cuerpo y las limitaciones de la actuación. Por eso su lugar en la gesta cubana está tanto en sus dísticos patrióticos que se repiten en las tribunas como en sus versos de amor con que cada generación de cubanos busca enamorar y enamorarse. Está tanto en las páginas de encomios políticos que se le dedican como en la prodigiosa manera en que la música de Silvio resuelve el juego juvenil de alas y nubes y el grave y esencial tema de la pupila insomne, para despeñarse enseguida, afiebrada y tenaz, en la más intensa traslación a sonidos de la Revolución del treinta que yo haya escuchado.”

Las respuestas al cuestionario que sigue sobre Villena, su generación y su época fueron escritas por Martínez Heredia en medio de un viaje tumultuoso por varios países europeos, a donde había sido invitado a pronunciar charlas sobre el futuro de Cuba y la necesidad de un pensamiento anticapitalista. Asegura que tuvo que inventar el tiempo, pero no dejó de cumplir su promesa: hablar de Rubén, de la complejidad y la belleza de su vida, de las lagunas de la historia y de la esperanza que sobreviene con la lucidez. Para Martínez Heredia, entre las vidas trascendentes que ha producido esta isla, “Rubén es el héroe romántico de la revolución proletaria”.

 

¿Qué diferencias encuentra entre el Rubén de 1923-1924 – “el único patriota de los veteranos”—y el de marzo de 1930: “decían que no habría huelga y hay huelga: decían que yo no hablaría y estoy hablando”? Seguir leyendo “Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia”

El populismo hoy: una introducción

 

Por Julio César Guanche

El populismo es hoy un tópico global. En América latina es una de las tradiciones políticas con mayor presencia histórica. El cuerpo de análisis dedicado al tema —desde todo tipo de enfoques políticos y metodológicos— es uno de los acervos fundamentales de las ciencias sociales en el continente, siendo clave para varias disciplinas: economía, sociología, teoría política o historia.

Sin embargo, “populismo” es un concepto político ambiguo, que abarca una enorme cantidad de situaciones desiguales. El relanzamiento del término se ubica en la emergencia en el continente de la discusión sobre liderazgos “personalistas” que afirmaron, en los 90, políticas económicas neoliberales o, en cambio, procesos pos-neoliberales, en los 2000. Los primeros han sido llamados “neo-populismos”, los segundos “populismos radicales”, o populismos de “baja” y “alta” intensidad.

La necesidad de situar prefijos como “neo” o adjetivos como “radicales” parte de reconocer un populismo histórico, que también ha sido llamado “clásico”, cuyas características harían re-calificar otras experiencias “similares” con añadidos a la denominación de origen.

La experiencia del populismo “clásico” está fechada. Bajo ese concepto, se han estudiado los procesos liderados por Juan Domingo Perón (Argentina, 1946-55), Getulio Vargas (Brasil, 1930-45/1951-54), y Lázaro Cárdenas (México, 1934-40). Reconociendo diferencias con los “modelos” estructurados en estos países, se citan también como populistas los procesos seguidos bajo los mandatos de Víctor Paz Estenssoro (Bolivia, 1952-56/1960-64), Hernán Siles Suazo (Bolivia, 1956-60) y de José María Velasco Ibarra (Ecuador, con mayor influencia en sus primeros tres periodos de gobierno, 1934-35, 1944-47 y 1952-56). En funciones de “espíritu de época”, se extiende la cobertura de su nombre al aprismo peruano, al gaitanismo colombiano, al autenticismo y la ortodoxia cubanos y al proyecto PPDista en el Puerto Rico de la década de 1940. Las fechas aludidas muestran un denominador común: la gestación del populismo “clásico” tuvo lugar entre los 1930 y los 1950.

En contraste con la “mala prensa” que hoy padecen, los procesos populistas “clásicos”aparecían frente a los sujetos que le fueron contemporáneos también con estos rostros: la emergencia del pueblo como actor político, el acceso a la ciudadanía, la redención de humillaciones históricas y la reparación de injusticias sociales.

Estas características, frente a las del personalismo y la demagogia, parecen explicar mejor por qué líderes como Lázaro Cárdenas o Juan Domingo Perón devinieron mitos nacionales en sus respectivos países. Si el populismo clásico se asocia a momentos políticos de enorme importancia en los países en que se desarrolló —el cardenismo es considerado como la realización de la revolución mexicana y la revolución nacional boliviana de 1952 es un “momento constitutivo” de la historia de ese país—, es útil entender las razones que hicieron esto posible, más allá de la crítica de la cultura política de las masas que se “entregaron” al populismo, o de las explicaciones centradas en el papel de sus liderazgos.

En nuestros días, la referencia al populismo padece un enfoque “periodístico” atrozmente simplista que lo usa para calificar todas las respectivas fobias políticas. Son llamados populistas Bernie Sanders y Donald Trump, Jean Marie Le Pen y Hugo Chávez, Podemos y el Movimiento por una Hungría Mejor; y cualquiera que arroje promesas, como si se tratara de perlas a los cerdos, sobre las “masas”. Para estos enfoques, el populismo se asocia solo con estilos políticos personalistas y demagógicos. Es una “patología del siglo XX”, reeditada en el XXI. Seguir leyendo “El populismo hoy: una introducción”

Populismo y régimen representativo.  Un análisis desde el corporativismo en la Cuba de los 1930

 

Julio César Guanche

Actualmente, un extendido consenso teórico sitúa, como causa de la emergencia del populismo, la reacción frente a la crisis del sistema institucional representativo. Ese consenso afirma que tal reacción toma formas antinstitucionales y críticas de la representación, que terminan por desmontar el entramado democrático.

En esta lógica, el populismo (en este texto me referiré solo al considerado “clásico” en América Latina, verificado entre los 1930-1950) se ancla en la crítica a la institucionalidad democrática puesta al servicio del orden oligárquico. El problema, para dicho argumento, son sus costos: la entronización del “reinado del pueblo”, la reducción de la heterogeneidad política, el desmantelamiento del entramado institucional de la democracia representativa, la concepción monolítica de la voluntad popular, y la autonomización del poder que se arroga la representación del pueblo.

Representación de la “vieja” política (oligárquica) y la “nueva” política (social), también de la “Cuba nueva”

 

Su proyecto estructuraría, siguiendo este argumento, tensiones tanto con el liberalismo como con el entramado republicano, con los que colisiona en tanto pone en solfa los elementos que el liberalismo aseguraría para la democracia: derechos fundamentales, separación de poderes, existencia de mediaciones representativas como el parlamento y el espacio público, y la separación entre público y privado.

El argumento opera con una noción de democracia (liberal) como cuestión básicamente procedimental. Con ello, la reduce a un “régimen político”. Kurt Weyland lo hace así en en su caracterización del populismo: este da “forma a patrones de reglamentación política, y no a la distribución de beneficios o pérdidas socioeconómicas”. La perspectiva se remite al debate sobre “sistema institucional, reglas conocidas y resultados inciertos”, en un formato que contiene específicos actores, reglas e instituciones. No obstante, la demanda por reconocer la cuestión social, y por hacerla inscribir en las políticas estatales, que es central en el populismo, entiende a la democracia como un “sistema productor de decisiones económico-sociales”.

La reconstrucción de las propuestas sobre cómo representar políticamente al pueblo por parte de los actores populistas “clásicos” ilumina lo problemático de la visión negativa de la soberanía popular, homogénea, antirrepresentativa y “absolutista”, que se le atribuye genéricamente al populismo. En ello, aparece la dificultad de trazar una clara línea divisoria entre propuestas populistas, y contenidos liberales y republicanos. Seguir leyendo “Populismo y régimen representativo.  Un análisis desde el corporativismo en la Cuba de los 1930”

La Gaceta de Cuba: un milagro cubano

La Gaceta de Cuba (1992)

 

Julio César Guanche

 

Yo, en 1994, me contaba entre los cerca de 5 mil estudiantes matriculados en el curso “diurno” de la  Universidad de la Habana. La cafetería de ese centro expendía, cada jornada, cien objetos hechos con base en harina que muy generosamente recibían el nombre de pizzas. Cien, ni una más ni una menos, a seis pesos cubanos. Se vendía cada pizza con un ticket acuñado y firmado por el administrador. Era la única opción de almuerzo para cientos de estudiantes (que no tenían —o habían sido apresados in fraganti falsificando—) la tarjeta del comedor Machado.  Luego, un nutrido contigente hacía cola desde las 5 am para obtener un ticket.

Un día de ese año, un amigo mío contaba con 10 pesos por todo capital. Se había hecho de un ticket. Al hacer una gestión cerca del Parque del Quijote (23 y J), debió enfrentarse a la decisión más trascendente que hasta entonces había tomado en su vida: la venerada edición de Paideia (dos tomos), de Werner Jaeger, estaba a la venta por alguien con un apuro incontinente.  Su precio: apenas, pero justo, diez pesos. Mi amigo supo que se trataba de hacerse del libro o pasar el día en blanco. Él —porque la cultura es, en serio, el escudo de la nación—  optó por el libro y, sin decirme por qué,  me cedió su ticket. Fue la única pizza que comí ese año.

Mi amigo, mayor que yo, estudiaba artes y letras. Era la persona más culta de cuantas yo conocía entre los cercanos a mi edad. Para sostener conversaciones “letradas” con él, yo, pobre estudiante de Derecho, encontré una fuente inagotable de sabiduría: La Gaceta de Cuba, que entonces localicé en un “kiosko” de periódicos del  paradero de Playa, que vendía con regularidad cada número, con sus infaltables 44 páginas, primero amarillas, luego blancas. Nunca dejaré de asombrarme de esa especie de milagros cubanos: la guagua podía demorar dos horas, pero mientras tanto podías leer una revista con un nivel al alcance solo de las mejores del continente, y por 1,25 pesos cubanos.

Tuve así tres grandes conquistas en 1994: una tarjeta del Machado, mi primer gran amor y la lectura completa, “religiosa”, de cada Gaceta. Allí leí “Mirar a Cuba”, de Rafael Hernández y su saga, las polémicas con Plural, Rafael Rojas y Jorge Castañeda, las entrevistas extraordinarias  de Emir García Meralla a músicos cubanos, los dossiers de Ambrosio Fornet sobre literatura cubana de la diáspora, los ensayos de Rufo Caballero (a quien envidiaba con todas mis fuerzas por lo que para mi era una erudición inalcanzable),  y el primer ensayo “culterano” de Emilio Ichikawa.

Faltan en esta lista otro grupo selecto de quienes me “alumbraron” en medio de los apagones de aquellos años, pero no eran frecuentes en la Gaceta: Fernando Martínez Heredia, Juan Valdes Paz, Aurelio Alonso, Haroldo Dilla, Alfredo Prieto, Pedro Monreal y Julio Carranza. A ellos los leía en la impar Cuadernos de Nuestra América, que salía, con suerte, una vez cada seis meses —había que “lucharla” en la antigua sede del CEA (3 era y 28)—  y era “la” otra lectura “religiosa”.[1] Ambas publicaciones eran de “culto” para quienes buscábamos —con solo cien pizzas alrededor—  cómo ser socialistas y pensar por nosotros mismos, ambas cosas al mismo tiempo.

En las clases de Derecho de entonces, un grupo de los que estábamos así “armados” intelectualmente, le declaramos toda guerra posible a los profesores de entonces, en forma de discusiones sobre el Derecho, lo humano y lo divino. Una de ellas, particularmente querida, enojada una vez en medio de aquellas interminables discusiones nos espetó: “ustedes hablan como la gente de la Gaceta y del CEA”. Esas palabras son, aún hoy, un orgullo para mí. Soy desde entonces, ya con intereses más establecidos y “más serios” que los de conversar con mi amigo, un gacetero. Francamente, espero morirme hablando como la gente de aquella Gaceta (y de aquel CEA.) Si también hay algunas pizzas en mi futuro, mejor, pero que no me falte, por favor, ese milagro cubano que es la Gaceta.

[1]  Temas, en su versión actual, no salió, creo, hasta 1995. Su  número 1 lo vi en las manos de un profesor de Filosofía, sentado en el mítico muro de su facultad. Primero me pareció “extranjera”, y por ello inalcanzable. Luego no paré hasta dar con ella. Su número 3, editado poco antes del VI Pleno del PCC (que no debe ser olvidado) fue otro material imprescindible en esa hora.

República y derechos: “A quien merme un derecho, córtesele la mano”. Introducción a un dossier

Obra de Duvier del Dago de la serie “La Historia es de quien la cuenta”. Tinta y acuarela sobre cartulina 100 x 70 cm 2015. La obra se reproduce con autorización del artista, y de su Estudio.

 

Por Julio Cesar Guanche

El dossier que Cuba Posible presenta ahora es continuación de otro conjunto de textos, recientemente publicado. Al enfoque elaborado allí sobre el republicanismo, el socialismo y la democracia remitimos el prisma general que recorre estos nuevos artículos. Ahora el tema se centra en los derechos: se analizan diversos tópicos, y se piensa a Cuba, lo que existe y lo que hace falta, en relación con realidades y regulaciones que experimentan los derechos en América Latina y el mundo.

El enfoque común es el de la progresividad y la interdependencia: no es posible legítimamente renunciar a, o prohibir, un derecho ya alcanzado, y, aunque es posible distinguir entre diversos tipos de derechos (con características propias y diferenciadas) su expansión, desarrollo y garantía necesitan un enfoque que los relacione entre sí, pues la protección de unos depende del ejercicio de los otros.

La necesidad de asumir un enfoque interdependiente de los derechos ha ganado consenso normativo en las últimas décadas, sobre todo entre sectores progresistas y revolucionarios. En ello, es destacable el trabajo deNancy Fraser, que cuestiona la “mitología cultural” que desvaloriza la ciudadanía social en Estados Unidos, que se maneja en términos de “contrato” y de “caridad”, y no de solidaridad e interdependencia. En similar sentido, Joy Gordon ha asegurado: “Esto —se refiere aquí a los derechos civiles y políticos— nos resulta bastante familiar a nosotros en Estados Unidos. Menos lo son los derechos de “segunda generación”, que son socioeconómicos: el derecho al trabajo, a un pago justo, a alimentación, vivienda y ropa, a la educación, etc.”Para esta autora, “el concepto de derechos humanos, que resulta tan familiar, es en realidad bien singular e incoherente, y (…) tras esa singularidad subyace una estructura profundamente política y una historia de utilizaciones políticas.”

Otra corriente, historiográfica, ha reconstruido cómo en el pasado las luchas populares no separaron un tipo de derechos de otros. E. P. Thompson impugnó la idea de la “separación” entre economía y política, y de la “consecuente”separación entre los derechos “respectivos” y “propios” de estos ámbitos: “Detrás de unciclo comercial hay una estructura de relaciones sociales qu eprotegen ciertos tipos de expropiación (renta, interés,ganancia) y proscriben algunos otros (robo, deudas feudales), legitimando algunostiposdeconflicto (competencia, guerra armada) e inhibiendo otros (sindicalismo, motines por hambre, organizaciones políticas populares)”. En similar horizonte, Peter Linebaugh ha fundamentado, desde la Inglaterra de la Carta Magna, cómo se asociaron las demandas “desde abajo” por derechos políticos (como el habeas corpus) al mismo tiempo que por derechos sociales (como el mantenimiento de los bosques comunales, para garantizar acceso común a sus recursos). Charles Tilly, desde otro ángulo, demostró algo similar respondiendo a la pregunta: “¿de dónde vienen los derechos?”. Seguir leyendo “República y derechos: “A quien merme un derecho, córtesele la mano”. Introducción a un dossier”

Tiene la palabra el camarada Ambrosio

Raúl Roa, y otros compañeros en presidio, a causa de su militancia en la Revolución “del 30”.

 

Julio César Guanche

Este breve diálogo con Ambrosio Fornet data de 2005. En él, Fornet rememora detalles de la célebre entrevista que le hizo a Raúl Roa García, texto que acuñó la frase “la revolución del 30 se fue a bolina”.

Esa imagen se ha usado desprolijamente, pero hace ya unos años viene generando estudios que “revisan” esa idea, entre otros, de Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodriguez, Ana Cairo y Berta Álvarez.

El propio Roa dio en profundidad su opinión sobre esa revolución en “Escaramuza en las vísperas”. (Se reproduce en El santo derecho a la herejía. El socialismo cubano «por la libre» en Raúl Roa García (1934-1959), (Compilación y prólogo de Julio César Guanche), Ruth Casa Editorial/ICIC Juan Marinello, 2011. Consultar aqui

Reproduzco ahora aquel diálogo con Fornet, para contribuir al muy loable empeño de Dayron Roque, profesor de la Universidad de la Habana, de hacer de sus clases, además, un espacio virtual y colaborativo. Se puede consultar aquí lo que viene haciendo:

http://roquelazo.blogspot.com/2017/02/la-revolucion-del-30.html?spref=fb

Esta es aquella entrevista:

Donde se hace la historia de cómo un “luciferino entrevistador” se enfrentó al único canciller del mundo que ha puesto por escrito la expresión “músculo primo”.

En 1967, en las páginas de la revista Cuba, apareció, sin crédito, una entrevista a Raúl Roa que a poco devenía célebre. Su autor padecería en el anonimato aún después, cuando publicado el libro La Revolución del treinta se fue a bolina, por Ediciones Huracán, tampoco se dio a conocer el nombre del que Roa calificara de “luciferino entrevistador”. A diez de últimas, se sabría que fue Ambrosio Fornet, y no otro, el responsable de aquella entretenida y densa relación de preguntas, que provocó que la ya de por sí lengua suelta de Roa, se soltara con entusiasmo mayúsculo. Todavía pesan, cual macizos baldones, sus frases sobre aquellos a quienes Roa les infligió sus invectivas, de una gracia que a varios de ellos seguramente les  arrancó una sonrisa. Más allá de ello, sus ideas continúan cargando hoy toda la sabia provocativa que le fuera tan consustancial al autor deBufa subversiva. Para los lectores de La Jiribilla, Ambrosio Fornet devela los pormenores de aquella histórica entrevista.

Usted, en el prólogo a La Revolución del treinta se fue a bolina, refiere haberse abalanzado, en acción al parecer “espectacular”, sobre la mesa de la librería donde se hallaban los últimos ejemplares de la edición que hiciera Samuel Feijóo de Retorno a la alborada. ¿Qué motivaba aquel entusiasmo?

Los dos tomos de Retorno a la alborada —de 1964, si mal no recuerdo—  recogen numerosos ensayos y artículos de Roa, de diferentes épocas, y en aquellos años era imposible encontrar en librerías esos textos. Para sus admiradores, como era mi caso, la simple idea de quedarse sin la edición, y tener que pedirla prestada o ir a leerla a una biblioteca, resultaba aterradora. Por eso me lancé de cabeza sobre aquellos solitarios ejemplares.

¿Qué significa Roa, además de ser el “tipo más simpático” de ella, dentro de esa heterogénea generación que solemos llamar “del 30”?

Roa era como la confirmación del arquetipo, no de toda la generación, sino de parte de ella, porque jóvenes simpáticos y dinámicos eran otros también, como es el caso de su gran amigo, Pablo de la Torriente Brau. Pero además Roa representaba la integridad y la fidelidad a sus principios, lo que no puede decirse de todos los que habían sido sus compañeros de lucha durante el machadato.

¿Podría usted, Ambrosio, describir pormenores de cómo fue concebida y escrita aquella entrevista que se haría famosa apenas publicada en la revista Cuba, con el título de “Tiene la palabra el camarada Roa”?

Bueno, la idea se le ocurrió a Ernesto González Bermejo, periodista uruguayo que en aquella época era jefe de redacción de la revista. Conociendo mi admiración por Roa, me preguntó si me gustaría que lo intentáramos, y yo, naturalmente, le dije que sí. Roa aceptó enseguida, pero estaba tan complicado entre el trabajo y las tiñosas —los rollos diplomáticos y las siembras de café, como decía él mismo— que me sugirió que le sometiera por escrito un cuestionario, para ir respondiéndolo en sus ratos libres. Yo, por supuesto, me despaché preguntándole sobre lo humano y lo divino, pensando, te lo confieso, que él iba a escoger unas preguntas y desechar otras, pero resultó que en un tiempo récord, una o dos semanas, me parece,  las respondió “todas”. Y no solo eso, sino que me dio una cita, en su oficina de Relaciones Exteriores, para ventilar cualquier duda que pudiera haber quedado. Para mí, fue una experiencia memorable. Era la primera vez que hablaba personalmente con él. Seguir leyendo “Tiene la palabra el camarada Ambrosio”

  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX


el-triunfo-23-de-abril-de-1910

Por Julio César Guanche

La divisa “libertad, igualdad y  fraternidad” se toma habitualmente como “la” consigna de la Revolución francesa. Sin embargo, es menos conocido que el tercer concepto de esa tríada apareció en el curso de dicha revolución, a impulso de los sectores que radicalizaron su contenido popular. Por ejemplo, tómese en cuenta que la “fraternidad” no aparece en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que establecía: “La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.”

La fraternidad se “sumó” a la tríada revolucionaria un día y en un lugar determinados. Fue el 18 de diciembre de 1790 en la Sociedad de los Amigos de la Constitución. Maximilien Robespierre, criticando la distinción entre ciudadanos activos y pasivos (hecho que otorgaba acceso exclusivo a los primeros a la guardia nacional, y con ello, a derechos políticos) exclamó: “es imposible que la guardia nacional se transforme por sí misma en peligrosa para la libertad, dado que es contradictorio que la nación quiera oprimirse a sí misma. Ved como por todas partes, en lugar del espíritu de dominación o de servidumbre, nacen los sentimientos de la igualdad, de la fraternidad, de la confianza, y todas las virtudes dulces y generosas a las que necesariamente darán la vida.” (Robespierre 2005, 54) Esa es la partida de nacimiento de la fraternidad revolucionaria, junto a la libertad y la igualdad.

Como concepto no era una invención, la novedad radicaría en su uso. El cristianismo había concebido la fraternidad como virtud “moral”, que la hacía compatible con desigualdades sociales, económicas y jurídicas. En ese pensamiento, se trataba, primero, de una “hermandad cristiana en la fe”, y, luego, de una fraternidad de todos los seres humanos por compartir filiación con un mismo padre divino. Dicha fraternidad no cuestionaba las relaciones políticas entre individuos: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Puyol 2017, 27)

El cambio que trajo el uso de la fraternidad por parte de la Revolución francesa fue su connotación política: a partir de entonces, inserta en esa tríada, se entendería como la reciprocidad en la libertad: el proyecto revolucionario de abolir todo privilegio existente en el ámbito privado/doméstico; y de disolver, sometiéndolas a la ley civil —a una ley que fuese igual para todos— todas las zonas sociales de vigencia de cualquier despotismo “privado” patriarcal y/opatrimonial (Doménech 2004).

Son palabras complejas, pero las han entendido actores revolucionarios que en diversas épocas las hicieron suyas. Las entendieron los esclavizados del espacio afromericano que encontraron en la fraternidad lo que en la palabra “libertad”: si “para unos significaba libertad política, el libre comercio o la libertad de imprenta, y la posibilidad de crear ´la nación´ y el ´estado´, para otra buena parte de la población americana significaba nada más y nada menos que dejar de ser esclavos para ser libres: el fin de la esclavitud”. (Marchena Fernández, Juan 2003, 57)

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Usos revolucionarios de la fraternidad, por parte del movimiento abolicionista, reclamando el fin de la esclavitud.

 

En esas fechas, las entendió en Cuba Antonio Maceo, que formaba parte “y no despreciable, de esta República democrática, que ha sentado como base principal, la libertad, la igualdad y la fraternidad y que no reconoce jerarquías.” (Maceo Grajales 1936, 5) La entendieron por igual los negros cubanos alzados en Cuba en 1912 contra la exclusión social y racial del orden republicano: “La clasificación de patricios y de plebeyos que arranca de la antigua Roma en que se encarna más luego el espíritu feudal de los tiempos medioevales y por último afianza la absurda institución de la monarquía hereditaria, no fue abatida sino cuando, por entre la humareda de la Bastilla derruida, asomó su faz resplandeciente la democracia, enarbolando la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres”. Con ello, en palabras de Serafín Portuondo Linares, el Partido Independiente de Color (PIC) enfocaba con gran “agudeza de juicio” (…) “la realidad que confrontaban los principios democráticos adulterados universalmente”(Portuondo Linares 1950, 186).

Ahora bien, este texto no hace una crónica de los usos de la fraternidad tras la Revolución francesa, ni discute sus significados para la filosofía política actual. Tiene un objetivo mucho más limitado y preciso: interpretar las funciones de la metáfora de la fraternidad en la Cuba de las cuatro primeras décadas del siglo XX, cuestionar las exclusiones cometidas en su nombre por la república creada en 1902, y mostrar, en contraste, cómo sectores revolucionarios/progresistas la hicieron suya en tanto ideal potenciador de la igualdad hacia el horizonte de una república verdaderamente democrática. Seguir leyendo ”  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX”

Liborio y José Rosario

Liborio La lucha, 12 de junio 1912

Este artículo lo escribió Julián V. Serra en 1909. El texto —hasta donde sé, muy poco conocido— elabora un relato nacional sobre el blanco y el negro cubanos, sus “características”, sus historias y sus aportes respectivos a la construcción de la nación. Es un relato, como todos, interesado. Lo publicó Previsión, órgano del Partido Independiente de Color. El texto opone, y relaciona, el personaje conceptual de Liborio, creado por Ricardo de la Torrriente en 1900 (antes que Liborio, el personaje apareció con el nombre de “El Pueblo”), con el personaje de “José Rosario” (en una de las imágenes, José Rosario aparece a la derecha, “aguantado” por Liborio, desconozco si existen más representaciones gráficas de este personaje). El texto fue escrito en el contexto de la criminalización del Partido Independiente de Color, fundado en 1908, ilegalizado en 1910 y masacrado en 1912.

Liborio y José Rosario

Por Julián Serra

Alguien ha tenido la peregrina idea de personificar al pueblo cubano humano en la típica figura del campesino blanco de este país; pero el curioso que se fije bien en esta premeditada ocurrencia ha de convenir en que carece de un detalle digno de ser tomado en consideración; y es que el tal Liborio es blanco, o parece serlo, y no se explica que siendo el pueblo cubano uno de los más heterogéneos del mundo, pueda estar bien personificado en la típica figura de este humilde ciudadano que por su tipo, no representa nada más que a una de las dos entidades étnicas que forman el total de la población cubana.

(En su lugar, el autor propone) la no menos interesante figura de José Rosario, el cual tenemos el alto honor de presentar como cubano criollo también.

(…)

Liborio es un hombre de mediana estatura, delgado, con una cabellera algo rizada, de color entre blanco y cobrizo, que justifica ser oriundo de los primeros colonizadores, que unidos a las únicas mugeres que encontraron contribuyeron al aumento de la población en aquella época.

El Pueblo-Liborio

Viste siempre el traje de bracero y campesino, usa larga patillas, que le dan aspecto de isleño canario, es de constitución física débil, de costumbres modestas y sencillas pero demasiado ambicioso y bastante lleno de vanidad.

Aunque nació en el campo pudo recibir alguna instrucción razón por lo que más que como machetero siempre ganó el sustento como empleado secundario en las fincas donde por lo general desempeñaba el cargo de mayoral en las dotaciones.

(…)

Pasemos a conocer a José Rosario: José Rosario, nombres del padre y de la madre que usa como un recuerdo a sus progenitores este cubano, es un hombre negro como el ébano, joven, de regular estatura, constitución física demasiado fuerte, con una dentadura en extremo blanca que sólo deja ver cuando se ríe a medias, de un carácter enérgico y un valor rayano en la temeridad, con poca instrucción pero con muy buen sentido práctico, de costumbres en extremo sencillas y sin pretensión alguna.

Liborio y José Rosario

Viste pantalón y camisa de listado con las faldas metidas dentro del pantalón, pelado a rape y afeitado completamente, zapato de baqueta, sombrero de Yarey y no deja de traer el yaguarama al cinto nunca; pues con ese contundente instrumento ha ganado todo cuanto posee; y como es buen ginete, casi siempre usa polainas.

Estos dos cubanos que siempre venían trabajando en la misma finca (aunque desempeñando distintas funciones) llegaron a comprender que los malos tratamientos y falta de consideración de que eran objeto por parte del administrador, sólo era debido a su cualidad de hijos del país, condición que como si fuese un delito siempre les echaba en cara.

El dueño de la finca donde trabajaban se llamaba don Valeriano, de instinto feroz y sanguinario y enemigo gratuito de todo lo que con Cuba pudiera relacionarse.

José Rosario sufría en silencio las consecuencias de aquella situación, y no se decidía a tomar ninguna resolución temeroso de pasar algo parecido a lo que le pasó a un pariente suyo llamado “Aponte” por haber tomado la iniciativa en un caso análogo, no así a Liborio que por su empleo de mayoral se comunicaba más con don Valeriano que siempre lo trataba con demasiado desdén.

Liborio herido en su amor propio deseaba vengarse de don Valeriano, pero le tenía un miedo atroz; y una noche se acordó de José y dijo: este negro es fuerte, joven y guapo y supongo que tendrá también deseos de cambiar de situación por más que nunca dice a ese respecto, lo que me induce a suponer que si acepta, y realizamos la empresa; no ha de ser muy exigente en lo tocante a su recompensa; y caso de que lo fuese, ya veríamos la manera de contentarlo con algo, que al cabo sería poca cosa y así pensando resolvió hablarle del asunto a José.

Al siguiente día en el trabajo y contra su costumbre Liborio se acercó a José y le dijo: cuando se acabe la fagina, tengo que decirte una cosa que te interesa. Te espero detrás de la enfermería. José Rosario, por más que extrañó aquella cita, acudió con ansiedad y cuando estuvieron juntos, José, pensativo dijo; ya estoy aquí, de qué se trata.

Te he llamado, dijo Liborio, porque supongo que tú desearás mejorar tu situación; pues no has notado como está don Valeriano, cada día más absurdo, y como creo que hay modo de salir de él, quiero tratarse de eso, ¿qué te parece? ¿Qué hay que hacer? Dijo José Rosario fijando la vista en su compañero. Liborio se acercó, y poniéndole la mano en el hombro, le preguntó en voz baja: ¿tú eres buen cubano? A mí no se me pregunta eso, dijo José Rosario. Tú sabes, dijo Liborio, que hay cosas que no se pueden hablar con todo el mundo por… Y tú sabes, dijo José Rosario interrumpiéndolo, que yo soy diferente a todo el mundo y por eso te vuelvo a preguntar: ¿qué hay que hacer? Liborio se acercó más a José y en voz baja le dijo al oído:

-La independencia de nuestra patria.

José miró a los dos lados y satisfecho de no ser oído más que de Liborio, dijo: cómo, ¿tú también piensas en eso? Sí, dijo Liborio; pero… Yo solo no me atrevo y quiero saber si tú estás dispuesto a ser mi compañero. José Rosario se rascó la cabeza como queriendo recordar algo y se quedó pensativo. ¿Qué te pasa? dijo Liborio..

Ahora me recordastes tú, dijo Rosario, lo que le hicieron a Juan Pascual y a Pío el año 44, y por eso… Pero yo no tuve la culpa, contestó Liborio algo turbado, eso lo hizo don Leopoldo que era lo mismo que don Valeriano. Si; los dos son malos, dijo José, pero lo mismo con don Leopoldo que con don Valeriano, tu siempre ha sido mayoral, mientras ellos te tratan bien, no te acuerdas de la dotación, y cuando te hacen algo eres el primero en gritar.

(…)

Cuerazo que guanta congo, sambiampungo va contando -dijo José Rosario. Eso decía un viejo talanquero y no se me olvida tampoco: pero si eso es verdad, los cuerazos que se dieron el año cuarenta y cuatro, deben estar apuntados en alguna libreta, ¿no lo crees Liborio? Precisamente por eso es necesario unirnos para averiguar quién tuvo la culpa de esa desgracia, dijo Liborio.

¿Hó? -Dijo José Rosario dejando ver parte de su blanca dentadura y oprimiendo el cabo de su machete, cada vez que recuerdo que lo juró mi primo Plácido sobre la tierra endurecida, no se ha cumplido por ninguno de nosotros dos, quisiera tener los recursos que tienes para cumplirlo yo solo. Liborio asombrado de la rápida resolución de aquel hombre, le dijo: ¿has pensado en lo peligroso de esa empresa, José? Con que tú me convidas para estar pensando en el peligro que corremos; ahora, te pregunto yo a ti. ¿Tú eres buen cubano? dijo José Rosario y fijó la vista en Liborio.

-Pero no soy fuerte como tú, contestó Liborio aflijido.

No importa, dijo José Rosario; lucharemos juntos y tomaré la parte más difícil para mí como más fuerte. Ve tranquilo y cuando llegue la hora me vuelves a poner la mano en el hombro, pero eso sí, con una sola condición.

¿Cuál? dijo Liborio con ansiedad.

Que el primero de los dos que trate de hacer traición debe morir a manos del otro, dijo José Rosario. ¿Aceptas? Y figuró en su compañero una mirada tal, que aquél, comprendiendo lo que aquella pregunta significaba, miró con asombro a su fe y algo pálido y vacilante, contó: Acepto.

Desde aquel día y aquella hora, quedó firmado un pacto de honor entre aquellos dos cubanos que tomando sólo a Dios por testigo, juraban romper las cadenas que los envilecían y degradaba ante los hombres libres.

Julián V. Serra

(Existe un segundo artículo, continuación de este)

La lealtad es un bien escaso

José Martí, por José Luis Fariñas

José Martí, por José Luis Fariñas

Por Julio César Guanche

En Quito, una inmigrante cubana, “sin papeles”, que llamaré Clara, de piel blanca, trabaja siete días a la semana, 16 horas por jornada. No tiene contrato laboral, cobra cada día una suma que ronda, al mes, el salario mínimo. Vive en lo que llama un “cuchitril”. Podrá enviar a su casa 50 usd mensuales, pero solo si se priva de todo. No cuenta con un día de vacaciones, o por enfermedad. En Cuba tiene una hija universitaria y un hijo que ingresará al preuniversitario. Para financiar su viaje, vendió su casa en la Isla y ahora aspira a irse hacia otra nación en la cual, “le han dicho”, están “dando papeles”. Al identificar a un cubano, cuenta la historia de su vida como si conociera desde siempre a quien la escucha. En esas condiciones, Clara es firme cuando asegura que no regresará a Cuba mientras “la cosa siga como está”.

En un municipio habanero, otra cubana, mulata, que llamaré María, que ahora es cuentapropista, narra en una entrevista: “Cuando empecé a trabajar en 1983 yo ganaba 111 pesos, 55 en una quincena y 56 en la otra. Yo llegaba al Mercado Centro con mis 55 pesos y hacía una factura, compraba maltas, helado y le compraba juguetes a mi sobrino. Es verdad que la vida cambia, que la crisis es a nivel mundial, que la economía, toda esa serie de cosas, pero ¿cómo se explica que si todos nacimos con la revolución nuestros hijos tengan que pasar tanto trabajo con esta revolución y este mismo gobierno? ¿Qué es lo que está pasando? Yo entiendo que aquí ha habido un mal de fondo y se están cometiendo errores porque no es posible que nosotras, las madres, para poderles poner un par de zapatos a los muchachos para que vayan a la escuela, que se lo exigen, tengamos que comprarlo en la shopping para que les dure una semana. ¿Cuánto te cuestan? ¿Veinte dólares, tú tienes veinte dólares? ¿Por qué el Estado no vende colegiales? Cuando nosotros estudiábamos, vendían colegiales, y no tenían muerte, pasaban de hermano a hermano, pa´l primo, el amiguito. Entonces te exigen, pero tú no puedes exigir lo que tú no das. ¿Tú crees que se puede? Nosotros salíamos y fiestábamos todos los fines de semana, con los cuatro metros de tela que te daban, íbamos todo el mundo igual, pero éramos felices. ¿Quiénes se vestían de shopping? Los hijos de los marineros y los hijos de los pinchos, pero todos los demás éramos felices.”

¿Tienen algo que ver los testimonios (reales) de Clara y de María con el contenido de los artículos que aparecen en este folleto editado por Espacio laical?

Roberto Veiga y Lenier González han propuesto una discusión significativa. Sus textos declaran un compromiso con el fomento de una política de inclusión social, democratización política, desarrollo social y soberanía nacional. El expediente en el que han confiado para aunar voluntades en torno a ese proyecto es la suma de una sociedad civil “democratizada”, con mayor participación social; de una oposición “leal”, desvinculada de las agendas de “cambio de régimen”, y de un nacionalismo “revolucionario”, atravesado por contenidos de justicia social.

Haroldo Dilla, Rafael Rojas y Armando Chaguaceda, cuyos textos aparecen en esta compilación, han dialogado con la utilidad de los conceptos o la eficacia práctica de los ejes que articulan la propuesta de Veiga y González. Han cuestionado la vigencia del nacionalismo como ideología hegemónica en la Cuba actual, y la amenaza que supone que sea una ideología, en este caso la nacionalista, la que pretenda cubrir la pluralidad ideológica de una sociedad. Asimismo, han cuestionado la necesidad de calificar de “leal” a una oposición que, si operase en un marco regulatorio legal para su actuación, dentro del contexto de un Estado de Derecho, no necesitaría de “certificados de lealtad”. Además, juzgan desfasada la conceptualización sobre la sociedad civil, hecho que limita el alcance de los fines críticos que podría desempeñar la sociedad civil en relación con el estado cubano.

Los autores dialogan entre sí. No configuran bloques homogéneos de unos contra otros. Coinciden en varios puntos, y tienen desacuerdos gruesos en otros. En este texto, imagino cómo este debate importa para las vidas de Clara y de María, como metáfora de cubanos que puedan ser similares a ellas, estén en la Isla o fuera de ella. Seguir leyendo “La lealtad es un bien escaso”