Fuentes y testigos. Puedo equivocarme, pero jamás he mentido.

Nota, espero que final, sobre el debate en torno al DR 13 de Marzo y la Carta de México.

Por Julio César Guanche

 

El 14 de marzo pasado publiqué un post en Facebook sobre un comentario de Arleen Rodríguez Derivet en la Mesa Redonda realizada el día anterior. En él dije que ella había usado la palabra “traición” para calificar el ataque al Palacio Presidencial de 13.03.57. Ella respondió que no había usado la palabra. Cotejé el video de la mesa redonda colocado en Youtube —que vi el 14 de marzo antes del mediodía—, y efectivamente no encontré esa palabra, sino esta frase: que el ataque “iba contra los acuerdos de la carta de México”, y no que “traicionaba” los acuerdos de la carta de México.

Por usar la palabra “traición” he recibido acusaciones de “deleznable”, “calumniador·, “falto de ética”, “mentiroso”, “mercenario”, “enemigo de la revolución” entre otros calificativos. En general, a esas personas en concreto, no respondí directamente.

Lo que haré ahora es compartir lo que antes no compartí por ética,  porque solo ahora he podido confirmarlo y reconfirmarlo y obtener autorización expresa para decirlo.

Al menos tres personas escucharon la palabra que yo utilicé durante la emisión en vivo de esa mesa redonda. Una de ellas prefiere no dar su nombre, pues no es su intención involucrarse en este tipo de asuntos. Por ello, no será mencionada más aquí. Las otras dos son personas muy conocidas y ampliamente respetadas en el medio cultural cubano: Rodolfo Alpízar Castillo y Esther Suárez Durán.

En periodismo, eso se llama fuentes. En Derecho —más de una persona ha sugerido que debo ser acusado por “difamación”—, se llaman testigos. A fuentes y testigos me remito.

Ninguna de ellas se encontraba ese día junto a la otra. Nunca los he visto en persona. Para ser por completo riguroso, pienso que quizás nos hayamos visto en alguna reunión gremial, lo que sería normal, pero si es así no lo recuerdo. Sí aseguro que nunca hemos tenido algún encuentro personal. Llegué a ellas a través de sus post en Facebook. Luego, he hablado con los dos mencionados por sus nombres. Publico aquí, con su expresa autorización, sus respectivos comentarios. También me han autorizado a decir que ambos están dispuestos a ratificar su palabra sobre lo escuchado en cualquier escenario al que sean convocados.

Seré muy claro:

No comparto las teorías de las conspiraciones, como tampoco los debates innecesarios. Pero soy un hombre honrado y tengo que defender la verdad.

Digo categóricamente que no estoy sugiriendo la más mínima sospecha sobre que el video de la mesa redonda haya sido intervenido.

Digo solo, y también categóricamente, que otras personas escucharon lo que yo mencioné, y que están dispuestos a sostener su palabra donde sean convocados.

Soy también un hombre de buena fe. Por eso, puedo conceder —en lo que estrictamente a mí respecta— que se equivocaron, por separado, al escuchar la misma expresión.  Por lo mismo, puedo esperar de las personas que también sean honradas y de buena fe que afirmen que no hubo absolutamente ningún intento de mentir, difamar y menos manipular las palabras de Rodríguez Derivet.

Resumo: para mí, puede quedar en un error de los que así escucharon esa frase en la mesa redonda, pero en caso alguno como mentira o difamación.

En lo personal, no me interesa seguir más allá en el punto concreto de la palabra de marras.

Ahora bien, como podrán ver en los siguientes comentarios, sus autores se refieren a temas que yo también señalé como centrales, ninguno de los cuales ha sido respondido hasta el momento por alguno de los que ha referenciado críticamente mis comentarios.

Mantengo todas las disculpas que le ofrecí a Rodríguez Derivet por las ofensas que recibió  en mi muro de Facebook. Asimismo, mantengo mi rechazo a los usos políticos interesados de mis palabras —de un signo y de otro— que nada tienen que ver con mis comentarios, enfocados exclusivamente en el respeto que merecen los mártires de la historia de Cuba y en las necesidades de entender de modo crítico, plural e informado esa historia en el presente que vivimos.

No espero las disculpas hacia mi persona de los que me han difamado y han mentido a sabiendas sobre mi vida. A esos, les digo lo que el Maestro: “Cuando se tiene algo que decir, se dice sea cualquiera el juicio que forme de ello la gente ignorante o malévola, o el daño que nos venga de decirlo”. (José Martí, Fragmentos, t. 22, p 82) A las personas decentes que han manifestado sus dudas o sus críticas legítimas, gracias.

Finalmente, confío en que los encargados del espacio de la mesa redonda acaben por referirse, con la seriedad, profesionalidad y espíritu revolucionario que reclama este asunto, a las cuestiones de fondo que Alpízar Castillo, Suárez Durán y yo hemos identificado como problemáticas en el programa de ese día. Es nuestro derecho como  audiencia y es un deber de un medio de prensa que se identifica como público.

Julio César Guanche, en La Habana, 16 de marzo de 2020.

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Sobre un intercambio alrededor de la Carta de México y el Directorio Revolucionario. Un dossier mínimo

Por Julio César Guanche

El pasado 13 de marzo la Mesa Redonda dedicó un programa al Museo de la Revolución y a la fecha patria que se conmemora ese día.

Allí la periodista Arleen Rodríguez Derivet pronunció palabras sobre las que escribí un post en Facebook al día siguiente.

Yo, como hicieron otras personas que también reaccionaron críticamente al manejo histórico que tuvo el programa, usé la palabra “traición” para referir a una frase que dijo la periodista sobre el ataque a Palacio y la Carta de México.

Rodríguez Derivet no dijo esa palabra sino que utilizó otra frase. Luego, lo reconocí. La cambié en mi post porque hacerlo era “imprescindible y honesto”. También insistí en que la frase que usó deja el problema en el mismo lugar donde lo enuncié y que remite al menos a dos cuestiones: 1. “(en el programa) se escucha que “ni siquiera tenían un plan de fuga”, “venían a asaltar o morir”, “vinieron casi a sacrificarse al altar de la patria”, “[el DR] se apuró demasiado”, “desarrolló un acto que era casi un suicidio literalmente”. (…) Sigo considerando que esas frases no les hacen justicia” (al programa y al pensamiento político de Echeverría y del DR). 2. “¿Cuál es la fuente que sostiene la hipótesis de que el ataque a Palacio “iba contra los acuerdos de la carta de México?”

Lo que ha seguido a mi primer post es una enorme cantidad de comentarios, una buena parte de ellos muy ofensivos para la periodista. Otra parte, lo son para mí. En lo que a mí corresponde le ofrezco disculpas a Rodríguez Derivet porque ese haya sido espacio para tales comentarios. No puedo controlarlos, porque incluso alcanzo a leer solo una mínima parte de ellos. Tengo además por norma general no borrar comentarios ni bloquear opiniones en mi muro de Facebook, incluso cuando son puras difamaciones contra mí mismo. Prefiero ver a esas personas en acción, que esconderlas. Hablan de quien escribe tales infamias, no de a quién van dirigidos. Lo deploro, pero si lo hago para mí, espero que se pueda entender que no lo haga para otras personas, incluso si también de difamaciones se trata. Ese es uno de los riesgos, lamentables e inevitables de ese tipo de espacio público.

Las disculpas son sinceras por haberse producido en mi muro. Lamento también los improperios hacia mí en el muro de Arleen y en el mío propio. Pero este texto no va de ello, sino de lo siguiente:

En aras de ofrecer acceso organizado a este intercambio, reproduzco aquí mis post, el de Rodríguez Derivet, y el comentario de Sandra Guerra Maseda, pues este se refiere a temas importantes de historia sobre los que yo reclamaba conversar en el primer post, y que respondí de modo extenso a la colega Guerra Maseda.

Resumo: Desde mi respuesta al post de Rodríguez Derivet rectifiqué el uso de la palabra utilizada por mí y la corregí con la frase literal que se usó en el programa. Ahora ofrezco disculpas por las ofensas que le han dirigido en mi muro personal. Por igual, sigo esperando las respuestas a los temas de fondo que he planteado. Entiendo que involucran el respeto por la historia revolucionaria de Cuba y necesidades perentorias, también revolucionarias, de nuestro presente.

El estado actual de este intercambio son usos de unos y de otros para manejar el tema según los intereses y afinidades de cada cual. Se ha centrado mayormente en el uso de esa palabra. Me parece bastante obvio que ninguna palabra, sola, bien o mal usada, cubre la totalidad de ningún debate. Me parece un desvío para evitar así cualquier mención a temas cruciales que pone en cuestión.

Agradezco a quienes han intervenido, en cualquier dirección, con respeto, y sobre todo a los que han aportado a intentar producir una conversación de calidad sobre el asunto. Si no aparece nada nuevo de fondo en el futuro, por lo dicho, yo termino aquí. Seguir leyendo “Sobre un intercambio alrededor de la Carta de México y el Directorio Revolucionario. Un dossier mínimo”

José Martí, hierro y fiebre

Foto: Sonia Almaguer (tomada de Cubaescena)

Por Julio César Guanche

1.

En los años 1950, en ocasión del centenario del nacimiento de José Martí, una película rodada en México —La Rosa Blanca, con dirección de Emilio Fernández y financiamiento de la dictadura de Fulgencio Batista— buscaba hacer una biografía sobre la vida del Apóstol. Félix Lizaso y Francisco Ichaso colaboraron con la realización. Lizaso le explicó en carta a María Mantilla el cuidado que se estaba teniendo con el tratamiento de la memoria de Martí. Sobre la misma película, pero a título individual, Raoul José Fajardo, autor de una pieza teatral titulada “Dos Ríos”, le escribía a Mantilla: “¿pueden los intelectuales y los productores cinematográficos interpretar bien a Martí sin antes parecerse a él? (…) Ved que la obra de Martí corre la misma suerte que la de Mahatma Gandhi en la India: cada secta o partido lo interpreta de diverso modo. Tal vez sea ese un tributo indirecto a su grandeza.”

Si hay algo en Cuba capaz de ser compartido por un espectro político completo es José Martí. Pocos mitos políticos —básicamente figuras nacionalistas, o, como mucho, populistas— pueden acompañarlo en tal condición en América latina. La obra de Martí, y su vida, su grandeza, lo defienden por sí solo —nadie deviene héroe nacional implorando socorro ante cada afrenta— pero el nacionalismo de estado ha erigido siempre en obligación moral —presentando como un deber de y hacia todos lo que es en realidad una función muy suya— la “necesidad de su protección”, sea sobre el caso de una película mexicana o sobre el proyecto en construcción de un joven realizador.

La enorme penetración de Martí en la vida de Cuba se debe precisamente a lo contrario: a ser un creedor y un producto, él mismo, del nacionalismo popular y a no haber rehusado enfrentar por sí mismo ninguno de los conflictos propios de tan compleja elaboración. Entre lo que he visto en los últimos años sobre Martí, la reciente puesta en escena de Hierro, de Argos Teatro —escrita y dirigida por Carlos Celdrán— me parece una extraordinaria manera de comprender a Martí, a través de cómo lidió con sus conflictos, fuesen personales o nacionales. Escribo estas palabras inspirado por la pieza de Celdrán, y repaso con ellas algunos de los conflictos que trata la obra. Seguir leyendo “José Martí, hierro y fiebre”

La estatua y la república

Foto: Claudio Pélaez Sordo

 

Por Julio César Guanche

 

A la memoria de Antoni Doménech Figueras y Ana Cairo Ballester

La restauración del Capitolio Nacional ha tenido conclusión con la renovación de su cúpula y de la Estatua de la República. Eusebio Leal y la Oficina del Historiador de la Ciudad suman otra página a su colosal legado de conservación patrimonial. La obra es, también, un homenaje a la ciudad de La Habana en el 500 aniversario de su fundación.

La cúpula y la estatua fueron restauradas por expertos cubanos y rusos, a las que les fueron restituidos sus recubrimientos originales en oro. El trabajo con la cúpula contó con 9,6 millones de dólares de dinero federal ruso.

Levantar monumentos es elaborar significados. Restaurarlos, también. Después de cinco décadas rehusando su memoria como sede del Congreso nacional, la actual Asamblea Nacional del Poder Popular ha fijado su sede en el Capitolio. La devolución de su función, y de su esplendor, hace pensar en los propios símbolos que ello pone a recircular.

 

Curiosamente, los gobiernos cubano y ruso acordaron la restauración de la Estatua de la República, pero la reivindicación de la República no aparece entre sus prioridades oficiales.

En Rusia la república es una referencia antigua. Se remonta a la república de Nóvgorod, un estado medieval que abarcaba desde el Báltico hasta los Urales entre los siglos XII y XV. No obstante, una zona de la política rusa contemporánea ha encontrado en ella “el lugar donde nacen los valores republicanos y democráticos actuales”.

Por otro lado, los “decembristas” miraron esa historia con dejo idealizado. Los narodniki propusieron una república de pequeños propietarios, que les evitara el paso por la sociedad capitalista. Tras 1917 el bolchevismo aspiró a una República proletaria mundial.[1] Con la URSS, Stalin sepultó dichas intenciones.

La necesidad de reconstruir en forma positiva la identidad rusa, tras la gran crisis de la caída soviética, ha tenido desde entonces diferentes salidas oficiales.

El gobierno de Yeltsin rechazó el pasado soviético. La era zarista era una edad de oro, perdida, interrumpida por 1917. En ello, fue sustituida la bandera soviética por la rusa de la época zarista, se reconstruyó la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú, destruida por Stalin en los 1930, y se reemplazó el himno soviético. La nueva búsqueda tenía como fondo la apuesta por la economía de mercado, que resultó tremendamente empobrecedora, y bloqueó la capacidad de seducción de esa oferta identitaria.

El régimen de Putin, en cambio, ha considerado el fin de la Unión Soviética como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. En ese discurso, la edad de oro zarista se mezcla con los éxitos soviéticos, sin referencia a ideologías ni expedientes revisores del stalinismo. Con ello, se apuntala la idea de la gran Rusia, con su pasado glorioso y radiante resurgimiento como potencia. El régimen actual es una novedad, mezcla de nacionalismo étnico con democracia dirigida —y fuerte control de la protesta—, que no ha impedido a la vez que Rusia sea “el país más liberal de toda la antigua Unión Soviética”.

Una persona, representando a Lenin, trabaja frente al Crucero Aurora, captando turistas para la entrada al buque, actualmente un museo. San Petesburgo. Foto: Julio César Guanche.
Una persona, representando a Lenin, trabaja frente al Crucero Aurora, captando turistas para la entrada al buque, actualmente un museo. San Petesburgo. Foto: Julio César Guanche.

Boris Kagarlitsky, un autor de izquierda crítica publicado en Cuba, ha tomado prestada la frase “tolerancia depresiva” para explicar la cultura política actual en ese país: “le permiten hacer lo que sea (al Estado) y salirse con la suya. El Estado hace cosas totalmente impopulares y nadie protesta, porque mientras no te afecte individualmente, no te importa, a nadie le importa. La gente sólo protesta cuando les afecta individualmente, es entonces cuando comienzan a moverse.” En ese diagnóstico, no aparece la República.

La edad de oro rusa está inscrita materialmente en las cúpulas doradas de sus iglesias. Un ejemplo clásico es la Catedral ortodoxa de San Isaac (San Petersburgo, antes Leningrado, todo es simbólico aquí) de arquitectura neoclásica, inspirada en motivos romanos, griegos y del Renacimiento italiano. Su cúpula tiene 21,8 metros de diámetro y acumula unos cien kilogramos de oro. No por casualidad, todas esas referencias están emparentadas con las del Capitolio cubano.

Detalle de la Catedral San Isaac de Dalmacia, San Petersburgo. Foto: Julio César Guanche.

La tradición republicana en Cuba, encajada dentro del nacionalismo popular, fue la más poderosa de sus tradiciones políticas, con José Martí a la cabeza. El triunfo de 1959 la reivindicó —en esa corriente siempre se aspiró a la República a través de la Revolución—, pero rápidamente prefirió usar en exclusiva sucesivos conceptos de Revolución y Socialismo. La República sería referida en lo adelante básicamente como el nombre oficial del país.

En los 1990 tras la caída soviética, y de su versión del marxismo, el discurso oficial cubano buscó en la identidad nacional, y en el nacionalismo, la renovación de sus fuentes de legitimidad ideológica. Recientemente, en la nueva Constitución (2019) fue suprimido el guion de la frase “marxista-leninista” porque “en opinión de varios catedráticos era una formulación con un matiz stalinista”.

En este escenario, cabe preguntarse si la noción de República reaparecerá como arsenal simbólico en Cuba. La campaña de prensa que cubrió la mudanza de la Asamblea Nacional hacia el Capitolio tuvo como lema: “Una sede, dos tesoros, porque Cuba tendrá aquí un edificio simbólico, pero también la sede de su expresión máxima de democracia”.

Si bien las relaciones entre la URSS y Cuba fueron muy profundas tras el triunfo de 1959 hasta 1991, en ese lapso sus gobiernos nunca se decidieron a restaurar la Estatua de la República ni la Cúpula del Capitolio. Ahora lo han hecho, sin telón de acero, con recubrimiento en oro y bajo un nuevo mapa de relaciones.[2]

La Estatua de la República. Foto: Biblioteca del Congreso, EEUU.

En 1927 Carlos Miguel de Céspedes, entonces ministro de Obras Públicas, le encargó al gran artista italiano Ángelo Zanelli la realización de tres estatuas para el Capitolio.

El escultor gozaba de amplio reconocimiento en Italia (era el autor de la Dea Roma y del monumento a los Caídos de Imola) y tenía amplia producción americana. Al artista se debe, por ejemplo, el monumento ecuestre dedicado a Artigas (1923) en Montevideo.

La Estatua de la República, también llamada de La Libertad o de La Patria, con sus 17,54 metros de altura, fue en su momento la segunda más grande —bajo techo— del mundo. Algo similar sucedió con la cúpula (308 pies), que fue la tercera más alta en el orbe. Hoy la Estatua ocupa el tercer lugar, detrás del Buda de Oro de Nava (Japón), y del monumento en mármol a Abraham Lincoln (los Estados Unidos).

Para ella, Zanelli trabajó el símbolo republicano de la Marianne, una poderosa mujer de gesto beligerante, ataviada con gorro frigio.

La Estatua de la República, o La Libertad. Folleto de presentación del Capitolio (1930).
Dorso de la anterior imagen de la Estatua de la República, que la identifica como “La Libertad”.

No es esa la única estatua de la libertad existente en Cuba. Entre las varias que se erigieron en la primera mitad del XX, otras tres siguen en pie (Puerto Padre, Remedios y Gibara). Entre las desaparecidas, existió una en Isabela de Sagua, de la cual se conserva escaso testimonio gráfico. Son monumentos hermosos, pero de escala por completo diferente a la de El Capitolio. La mayoría de ellas fueron construidas por suscripción popular.

Estatua de la libertad en Gibara. “Gibara tiene Estatua de la Libertad porque se la merece”. Hecha por suscripción popular. Foto: Julio César Guanche.
Estatua de la libertad, Puerto Padre. Foto tomada de Internet.
Detalle de la Estatua La Libertad en Isabela de Sagua, erigida en los comienzos de la era republicana en Cuba. Agradezco esta referencia a Carlos Alejandro Rodríguez y a Maykel González Vivero.

Entre 1902 y 1903 estuvo colocada en el Parque Central —de “modo provisional”—, otra estatua de la libertad, que fue destruida por un ciclón. Antes, la revista El Fígaro realizó una encuesta (1899) para elegir qué personalidad o símbolo revolucionario debía sustituir definitivamente en el Parque Central la imagen de Isabel II, cuya efigie fue desmontada y enviada sin gloria hacia el Museo de Cárdenas. En la encuesta, Martí alcanzó el primer lugar, pero la propuesta de levantar allí una estatua de la libertad quedó en segundo lugar, con solo cuatro votos de diferencia.

Estatua de Isabel II, Parque Central de La Habana, 1899. Biblioteca del Congreso, EEUU.
Estatua de Isabel II, Parque Central de La Habana, 1899. Biblioteca del Congreso, EEUU.
La Estatua de la Libertad en el Parque Central de la Habana, 1902-1903. Foto tomada de Internet.
La Estatua de la Libertad en el Parque Central de la Habana, 1902-1903. Foto tomada de Internet.

Como resultado, fue inaugurado el monumento a Martí (1905) que hasta hoy puede apreciarse en el Parque Central, obra adjudicada a José Vilalta de Saavedra. En Matanzas ambas ideas quedaron unidas en un solo monumento: a José Martí le acompaña una estatua de la libertad.

Según Rodrigo Gutiérrez Viñuales la “obra cuya autoría durante años se ha adjudicado al escultor cubano José Vilalta de Saavedra” pero este fue “sólo el contratista del monumento. Ejecutada en Florencia en 1902 por el ignoto italiano Giuseppe Neri, la estatua fue llevada a Cuba en 1903”.
Parque de La libertad, Matanzas. Foto: Emmanuel Huybrechts/WikimediaCommons.

La historiadora cubana Marial Iglesias ha sugerido una interpretación sobre el fondo ideológico del que hacía parte la encuesta de El Fígaro: “En el terreno de las representaciones metafóricas del cambio reflejadas en el paisaje urbano, nada más gráfico para encarnar a la vez la pretendida ruptura con el pasado español y la incertidumbre ante las proyecciones futuras que la imagen (…) del pedestal vacío del que fuera el monumento más representativo del poderío metropolitano: el de la reina de España Isabel II.” En ello, El Fígaro colocó sobre la imagen del pedestal vacío un gran signo de interrogación.

Portada de la revista El Fígaro. 1899.

En el Museo de la Ciudad, en La Habana —antes Palacio de los Capitanes Generales— se conserva otro poderoso símbolo republicano, “popular” en su escala (62 x 50 cm), realizado por Paul Louis Emile Loiseau Rousseau. Es una Marianne, de hermosa factura, ofrendada por Francia a Cuba, como alegoría para su naciente República. Sus dimensiones no guardan proporción con La Liberté éclairant le monde, conocida como la Estatua de la Libertad (Auguste Bartholdi, 1886), colocada en Nueva York y que fue regalo francés a la República estadounidense. En “compensación”, la pequeña Marianne cubana tiene gran carga simbólica. Está colocada —con sabio criterio museográfico— justo debajo de una reliquia de la patria: la bandera original de Carlos Manuel de Céspedes.

No fue a esas estatuas de los pueblos de Cuba, ni a la Marianne del Museo de la Ciudad, a la que Alejo Carpentier trató con desprecio. Fue a la estatua de El Capitolio. Lo hizo en El recurso del método, una novela cuyo eje narrativo es, precisamente, la figura del dictador latinoamericano: “….cuyo rostro sereno y grave (de la Estatua) se perdió por siempre para el público, porque el tamaño excesivo de la figura extraviaba su cabeza en las alturas de una cúpula cuya columnata circular sólo era visitada dos veces al año por los obreros encargados de limpiarla —acróbatas de andamios, harto atentos a los equilibrios exigidos por su vertiginosa tarea para poderse detener en apreciar los méritos de una obra de arte.”

Un proyecto de la Estatua de José Martí para el Parque Central de La Habana.

La imagen de la Marianne era de uso común en Cuba. No era solo recurso simbólico del poder en busca de legitimidad. Ciertamente, la encuesta del El Fígaro se dirigió a su público de élite y a los grandes patricios y matriarcas (la propuesta de la Estatua de la Libertad fue hecha por Marta Abreu de Estévez, porque “la idea significa más que las personas”) y fue explotada por los gobiernos de turno como representación del Estado cubano, que lo mismo cobraba miles de víctimas en una masacre racista que acumulaba corrupción inaudita.

Con todo, el patriotismo popular, el sentimiento republicano, tenía hondo calado en el pueblo cubano y reprodujo según sus ideales y sus recursos el símbolo.

Niñas en Isabela de Sagua. La del centro representa a la República cubana, menor en edad, dado su reciente fundación. Se trataba de un ritual oficial de formación cívica en Cuba, que fue asumido por sectores populares. Fuente: Gregorio Casañas.
Niña cubana, vestida como Marianne. Nótese la atribución racial al “verdadero tipo cubano”. Fuente: Revista Bohemia.

En ese sentimiento popular, la República era el horizonte de la independencia, el objetivo de la Revolución, la forma política, social y moral de la futura libre convivencia.

En el pasado, habían visto cómo el enemigo colonialista conocía el símbolo, y su contenido, y como lo representaron siempre de modo peyorativo: mujer negra (en esa lógica negro era sinónimo de atraso), paupérrima, liberticida y sanguinaria.

El Moro Muza, 1869.

Contra esta última idea, la República representaba un programa político —no solo una forma de gobierno antimonárquica— que contenía las demandas por soberanía popular, libertad política, imperio del derecho, distribución justa de la propiedad, control del gobierno, atravesado todo ello por la virtud cívica. Era una propuesta idealizada, como todos los referentes políticos, pero contaba con la historia de la lucha por la república en Cuba. Como ocurrió en Francia en 1848, según reflexiona Maurice Agulhon, la idea de república “no trajo la muerte de los idealismos políticos, de hecho, generó un bueno y bello idealismo más”. En la práctica era menos abstracta de lo que nos parecen esas palabras hoy.

Cuando el 24 de febrero de 1896 Calixto García se embarcó en el Bermuda, y fue arrestado junto al resto de expedicionarios hacia Cuba, tenía enfrente, literalmente, la Estatua de la Libertad. “La República Cubana”, representación por igual de Marianne, impresa por primera vez en 1875 y difundida por J. Bellido de Luna desde Nueva York figuraba en casi todos los clubes patrióticos independentistas tanto de Estados Unidos como de otros países de América.

«La República Cubana», impresa por primera vez en 1875 y difundida por J. Bellido de Luna desde Nueva York. Figuraba en casi todos los clubes patrióticos tanto de Estados Unidos como de otros países de América. Así fue referido por Zéndegui en Ámbito de Martí. La Habana: Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento de Martí, 1954.

Tras 1898 sectores patrióticos la representaron como Marianne mambisa. Los veteranos de la independencia la reclamaron como faro frente a la Primera Guerra Mundial. Sectores obreros de distintas tendencias —no solo comunistas— la hicieron suya. Fue el símbolo de la democracia popular frente al fascismo en los 1930. José Hurtado de Mendoza —miembro del Grupo Minorista, preso machadista, artista multidisciplinar— radicalizó gráficamente el desdén de Carpentier por la estatua de la libertad del Capitolio: pintó a la Marianne horrorizada de dolor, frente al tirano representado —a lo Villena— como “asno con garras”.

La república cubana. El Fígaro. 1899. Tomado del blog Cuba Alegórica, editado por la historiadora del arte Danislady Mazorra Ruiz, muy recomendable para el estudio de las representaciones visuales de la República cubana.
Cartel de Antonio Rodríguez Morey, Revista de Bellas Artes, 1918.
Contra la guerra, Cartel de Patria y Libertad, Órgano Oficial del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba,1918.
Contra la guerra, Cartel de Patria y Libertad, Órgano Oficial del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba,1918.
Ilustración de Esfuerzo. Órgano Oficial del Sindicato Nacional de Obreros de la Industria del Calzado, 1938.
Ilustración de Esfuerzo. Órgano Oficial del Sindicato Nacional de Obreros de la Industria del Calzado, 1938.
El Obrero Panadero. Órgano Oficial del Sindicato de Obreros Panaderos de La Habana, 1940. La ilustración es de Horacio Rodríguez Suriá, que ha sido calificado de “primer caricaturista marxista-leninista de América Latina”.
José Hurtado de Mendoza, Bohemia, 1933.

El Capitolio

Un folleto de presentación del Capitolio publicado en 1930 registra que el terminado de la Estatua de la República, o de la Libertad, estaba cubierto por láminas de oro de 22 quilates. El despliegue áureo no terminaba con ella. El Salón de los Pasos Perdidos tenía un “hermoso techo decorado con pinturas a mano y terminado en láminas de oro 22 quilates”, el celebérrimo diamante quedó montado sobre una “anilla de oro sobre una base de ónix negro octogonal”, los despachos de las presidencias del Senado y de la Cámara poseían “un lujoso mobiliario de caoba del país, terminado en oro de 22 kilates”, y la decoración del vestíbulo de honor de la Cámara estaba terminada en el mismo oro.

Vestíbulo de honor. Cámara de Representantes.

La monumentalidad y la ostentación traducían la irrefrenable ansia de poder de Machado, pero también ponían en escena la más larga tradición del “hombre fuerte” —del Dictador— latinoamericano.

La retórica neoclásica en arquitectura ha sido una de las favoritas de las dictaduras, o de la versión menos explícita de ellas: las repúblicas oligárquicas. Su simbolismo conecta la imagen idealizada del pasado con la estética del presente. Muestra al Estado como garante viril del patriotismo, y como el reconstructor espiritual del vínculo entre los ciudadanos de hoy y “su” comunidad de origen. Así, adjudica una base social al patriotismo de estado: los ciudadanos son los destinatarios del monumento inaugurado por el “insigne repúblico”. Sus estatuas loan más a los vivos, los que administran la herencia y el pasado, que a los muertos.

El Capitolio, desmesurado en todo, lo es también aquí: es un caso muy tardío de arquitectura neoclásica, reclamada con fines “nacionalistas”. Zanelli debía usar un rostro criollo para su estatua, amén de la “caoba del país”. Su modelo para el rostro de la Estatua fue una cubana, Elena de Cárdenas, miembro de una familia de la élite republicana. Los planos arquitectónicos y artísticos —cerca de mil diseños— se deben a varios cubanos (Raúl Otero, José M. Bens Arrarte,  Mario Romañach, Eugenio Rayneri, Evelio Govantes, Félix Cabarrocas), junto al francés Jean-Claude Nicolas Forestier.

Boceto de El Capitolio. Fuente: Biblioteca Nacional «José Martí», Cuba.

La construcción del Capitolio tomó cuatro años (1925-1929). El hermoso inmueble —también una hazaña ingenieril— ocupa una extensión de 43.609,42 metros de superficie. El costo oficial reportado de la construcción y del mobiliario fue de $16.640.43, 30. Es un símbolo de Cuba y, en particular, de La Habana. Al mismo tiempo, la historia de su construcción ejemplifica la corrupción estructural del sistema republicano cubano en la fecha.

La corrupción republicana y cierta “venganza”

La compañía Ferrocarriles Unidos de la Habana y Almacenes de Regla, con propiedad de accionistas ingleses, poseía los terrenos — en concesión por 99 años— donde fue construido el Capitolio (Campo de Marte, Prado y las calles San José e Industria). Lejos de ese término, José Miguel Gómez realizó en 1909 el célebre “canje” de la zona por valiosos terrenos de propiedad pública, situados donde había radicado el arsenal español.

Durante el gobierno de Mario García Menocal se fue construyendo —“gastando sin medida y destruyendo a la vez”— en ese espacio con vistas al futuro Capitolio. Cuando fue inaugurado en 1929, su costo real se estimó en más de veinte millones de pesos, “incluyendo las filtraciones”.

A precios de hoy, serían alrededor de 300 millones de dólares. Es un caro símbolo de la corrupción republicana —política, económica y moral— en Cuba.

Capitolio, recién inaugurado. 1929.

El Capitolio jugó también un papel, digamos, de “venganza simbólica”. Inspirado por completo en el de los Estados Unidos, el cubano “debía ser más grande”. Era acaso una “revancha” por la forma en que los Estados Unidos representaban —y del trato que suponía— a la República cubana tras 1898: casi siempre como una niña, de la mano de la “Gran República”, a la que esta debía educar, corregir y castigar.

La república cubana, representada como menor de edad, reclamando sus derechos ante la prepotencia — y el poder— de Tío Sam.
La República cubana aparece como recién nacida, “liberada” de los lazos del protectorado por Columbia, una representación femenina de los Estados Unidos, pero existían 30 años de lucha por la República en Cuba.

Con su escala, El Capitolio se imaginaba como una democracia tan grande como la de su homónimo —país al que admiraba y de cuyo gobierno dependía Machado—, al tiempo que estaba vigente la Enmienda Platt. Quizás obsesionado por imágenes como las de Lincoln en el Capitolio de su país, Machado pudo ver la Estatua terminada a tiempo para representar su propia consagración como “padre de la patria”. Frente a la Estatua, tomó posesión de su espuria “prórroga” de mandato.

Lincoln toma posesión en el Capitolio de los Estados Unidos.
Machado toma posesión de su (ilegítimo) segundo mandato ante la “Estatua de la Libertad”.

El significado de los monumentos

La Estatua de la libertad ha sido recurrente en la memoria global del socialismo moderno. En 1910, el Festival Coral socialdemócrata, realizado en Nuremberg, tuvo como figura central la “Diosa de la Libertad”, una mujer con túnica griega blanca, gorro frigio y bandera de la libertad en la mano derecha. En uno de sus lados aparecía un busto de Marx, del otro, uno de Lasalle. En la Plaza de Tiananmen, el 30 de mayo de 1989, los estudiantes erigieron una estatua de poliestireno de casi 10 m de altura —una “Diosa de la Democracia”— según la imagen de la Estatua de la Libertad estadounidense. Enfrente, se encontraba un retrato de Mao.

Goddess of Democracy in Tiananmen Square in 1989. Photo: Chan Ching-wah/Citizen News.

Por igual, es un símbolo vivo y actuante. En Francia, entre las modelos que han prestado su rostro para los bustos oficiales de Marianne se encuentran Catherine Deneuve, Brigitte Bardot y Laetitia Casta. Cuestionadas esas representaciones por su sexismo, se han diversificado los modelos. La más reciente imagen de la Marianne elegida para los sellos oficiales franceses, ha sido, por decisión del presidente Enmanuel Macron, un diseño de Yseult Digan, artista callejera.

Bajo la administración de Donald Trump, el símbolo —con Ellis Island delante—  ha sido reinterpretado para criticar su política hacia los migrantes. Por su parte,  un alto oficial de esa administración ha dicho que la inscripción en la Estatua, un poema de Emma Lazarus, refiere la bienvenida a inmigrantes provenientes de Europa, mientras su gobierno prefiere personas que puedan “sostenerse sobre sus pies”. Es un muy transparente recorte clasista de la universalidad de la libertad, representada por la Estatua.

El periodismo satírico lo ha ironizado de este modo: “la Estatua de la Libertad era lo primero que veían los inmigrantes al llegar a América, pero ahora que ya no entra nadie al país, los americanos no la necesitan. Por tanto, como muchos otros venidos de fuera, la estatua ha sido expulsada de Estados Unidos y ya está de camino a su lugar de origen”.

En cambio, el actual socialismo democrático en los Estados Unidos, en coherencia con su historia, hace suya la imagen.

Alexandria Ocasio-Cortez’s Green New Deal poster, the Pelham Bay Park edition.

La cultura de nuestra época está marcada por imágenes visuales de estatuas derrumbadas (Lenin, Sadam Hussein); desmontadas (Colón, en Los Ángeles y Buenos Aires; Antonio López, en Barcelona), o reedificadas. El debate global sobre el significado de los monumentos, y sus cambios según el contexto político, ha tardado en llegar a Cuba.

El rescate del Capitolio, como antes el del monumento a José Miguel Gómez, se ha hecho desde un criterio de conservación que no ha considerado inscribir alguna marca crítica sobre lo que representan. Mi intención está muy lejos de abogar por derrumbar monumentos, pero me parece necesario considerar a quiénes, y a qué, sirven de homenaje.

Poster colocado durante las obras de restauración de El Capitolio, sin otra referencia a la corrupción de la construcción de El Capitolio ni a la tiranía de Machado. (2018) Foto: Julio César Guanche.

El monumento y el cuerpo de la república

En el contexto de la Constitución de 1940, el Código Electoral concedió un crédito de 100 mil pesos para construir un “continente adecuado en la cripta del Capitolio y conservar en él los originales de nuestras Constituciones y las cenizas de un soldado desconocido del ejército libertador de Cuba.”

Ese crédito no fue ejecutado, pues las obras, por diversos motivos —no hay que excluir la corrupción, pero no tengo detalles específicos sobre el por qué— nunca se iniciaron. Siete décadas después, en 2017, por iniciativa de la Oficina del Historiador de la Ciudad, fue construido el segundo de estos sitios en el Capitolio. En la inauguración, Eusebio Leal expresó: “Aquí descansa, simbólicamente, el fundamento moral, político e histórico de la nación: los restos mortales de un soldado cubano desconocido, a cuyos esfuerzos y sacrificios sin nombre, se debe el nacimiento de Cuba como República”.

El Capitolio puede ser considerado una especie de regalo de Machado a su propia megalomanía, pero pertenece a la nación cubana. Eso, porque pertenece a los 5 ó 6 mil obreros que trabajaron en turnos ininterrumpidos de ocho horas por cerca de cinco años hasta concluirlo, como pertenece por igual ahora a quienes lo han restaurado.

Machado con los trabajadores que edificaron el Capitolio (1929), Foto: Fondo Secretaría de Obras Públicas, Cuba.

La Estatua de la República pertenece a la nación cubana, porque pertenece a Lily Valty, la mulata que sirvió de modelo al cuerpo de la estatua, y cuyos datos biográficos se han perdido en la historia, a diferencia de los de Elena de Cárdenas. Es una alegoría dentro de otra: el cuerpo sin rostro remite al cuerpo de la república: su anonimato recuerda al pueblo, el cuerpo de la república, el conjunto de ciudadanos que reivindican la soberanía del pueblo, y hoy también la soberanía de los cuerpos.

Una trabajadora labora sobre una de las puertas principales de El Capitolio. Los altorrelieves en bronce de las puertas de la entrada principal de El Capitolio (30 paneles) reproducen escenas históricas. Su diseño se debe al artista plástico Enrique García Cabrera. Foto: Julio César Guanche.

La Estatua pertenece a los cubanos que derrotaron la dictadura de Machado y lo expulsaron de Cuba. Pertenece a los que golpearon con martillo la efigie de su rostro en las puertas de El Capitolio, hasta hacer irreconocible la imagen de “La Bestia”.

En la foto, irreconocible, el lugar donde estuviera la efigie de Gerardo Machado. Foto: Julio César Guanche.

Pertenece, también, a los que hagan suyos el ideario republicano para Cuba. Darles voz, inscribir en ellos la presencia de aquellos muertos y de estos vivos, es un acto que coloca a los monumentos a la altura del homenaje que dicen rendir.

Una anciana cubana se prepara para vender periódicos, una actividad de sobrevivencia, en el Parque Central. José Martí, cuando quiso describir el “alma de Cuba” habló de una mujer, anciana y trabajadora. Al fondo, El Capitolio. Foto: Julio César Guanche.

La República es un contenido central de la cultura cubana, cuyo día se celebra hoy 20 de octubre, porque en la misma fecha de 1868 se entonó en público por primera vez nuestro Himno Nacional, La Bayamesa, llamado así por La Marsellesa.

Es la república a la que Manuel Corona escribió humildes versos, que así cantaron María Teresa Vera y Rafael Zequeira:

“El 10 de octubre al despuntar el día
saludando una espléndida mañana
sonó en La Demajagua una campana
Invitando a los hombres que allí había…
Sí, invitando a los hombres que allí había.
Céspedes con feliz fisonomía
y con palabra fácil y galana
proclamó la República cubana
ante un grupo sublime que aplaudía”.[3]

 

 

Este texto se publicó primero aquí:  https://oncubanews.com/especiales/la-estatua-y-la-republica/#comment-1097630

 

Notas: 

[1] No le faltó capacidad inicial de contagio: fueron proclamadas repúblicas socialistas en Finlandia (1918), Hungría (1919), Baviera (1919), Estrasburgo (1918), Eslovaquia (1919) y Mongolia (1921), y hubo insurrecciones obreras en Holanda (1918), Italia (1918-1920) y Alemania (1918-1923).

[2] En otros órdenes, Rusia y Cuba están también cerca en posturas geopolíticas y en el fortalecimiento de la presencia rusa en América Latina y el Caribe. Existe un sostenido interés ruso en reedificarse como potencia, y cambiar el mapa de los ejes de poder en el mundo —la energía ha sido una de sus principales bazas—, lo que concuerda con el objetivo cubano de favorecer la multipolaridad en las relaciones internacionales. En aspectos concretos, ambos países trabajan en multiplicar sus relaciones en áreas como transporte aéreo y ferroviario, metalurgia, industria textil, materiales de la construcción, ensamblaje de vehículos automotores, agricultura, salud, educación y cultura. Mientras el gobierno ruso se opone al Bloqueo estadunidense en Naciones Unidas, otra estrategia desde abajo también “combate” el bloqueo: un flujo de cubanos viaja a Rusia, aprovechando la ausencia del requisito de visa, para comprar mercaderías y comercializarlas en redes privadas en la Isla.

[3]  La transcripción de la letra de la canción (“El diez de octubre”, 1916) es de Cristóbal Díaz Ayala.

Seguir leyendo “La estatua y la república”

¿Deliberar es participar? A propósito de la consulta constitucional

 

La Habana, Cuba. Foto: pxhere.com

La Habana, Cuba. Foto: pxhere.com

 

Por Julio César Guanche

Unas 9 millones de personas, casi un millón más que el padrón electoral nacional, asistieron a los debates del Anteproyecto de Constitución cubana.

Es una cifra muy alta, que habla de la respuesta social que generó el proceso y de su consideración oficial como mecanismo de legitimación del nuevo texto. Su recorrido mostró niveles de articulación social –por ejemplo, en torno al antiguo artículo 68– y de reflexión intelectual sobre contenidos constitucionales que resultan, ambos, inéditos en el país.

El ejercicio ha sido calificado por la prensa estatal como “único en el mundo”. Las palabras “consulta” y “deliberación” se han empleado para celebrar la experiencia. Estos conceptos sirven, en efecto, para apreciar las ventajas y los problemas del proceso de consulta.

La deliberación: provechos y contrariedades

La deliberación posee valores propios, no dependientes de la mejor o peor cualidad de las decisiones tomadas en su nombre. Puede contribuir al respeto del pluralismo moral, fomentar responsabilidad cívica, crear vínculos entre la consulta y la decisión, procesar diferencias de modo informado, transformar el consenso en acuerdo o desacuerdo razonable, y subrayar la igual capacidad de los ciudadanos para juzgar sobre sus propios problemas.

No obstante, los modelos deliberativos de democracia también suscitan críticas. Es imposible un diálogo entre iguales cuando los participantes son estructuralmente desiguales. El foco de la deliberación en el “bien común” puede tender a una idea homogénea de armonía y reducir la política a una conversación orientada a la gobernabilidad, pero no a la libertad política ni a la transformación social. Puede esconder el conflicto dentro de la “conversación” y camuflar la lucha por conservar poder. Seguir leyendo “¿Deliberar es participar? A propósito de la consulta constitucional”

Roberto Fonseca: “Respeto a todo aquel que lucha por crear”. Un solo de música cubana con el pianista y director de Temperamento.

 

 

Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

Por Julio César Guanche

El panorama de la música cubana está muy interesante. Hay mucha gente, sobre todo jóvenes, haciendo cosas buenas y arriesgadas. El país se ha abierto mucho a la información. Y lo ha hecho desde fuera hacia adentro, pero también desde Cuba hacia el mundo.

Estamos en una época de muchas necesidades, sobre todo económicas, y algunos quieren llegar al mercado, dar el golpe de efecto, el paletazo y pegarse. Así adquieren otro nivel de entrada económica. En ello, hay gente que no se preocupa tanto por la propuesta artística como por los números –los views, los likes.

Hay un grupo pendiente de ese tipo de dinámica, pero hay otro grupo interesado en utilizar esas herramientas de Internet para mostrar los valores que tiene nuestra música y nuestra cultura. Si me preguntas a mí, a Roberto Fonseca, estoy convencido de que este último es el camino.

 

Fotos: Alejandro Ramírez y Otmaro Rodríguez
Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

El cliché de lo cubano

La cultura cubana es muy rica y respetada en el mundo. No hay cosa que me moleste más que estando fuera me digan: “¿Cuba? Qué rico, eso es mujeres, tabaco y ron”. Pues mira, yo no tomo ron. Alguien en broma siempre me dice “ah, entonces, tú no eres cubano”.

Alguna gente nos trata como “bárbaros”, porque existe un mercado interesado en mostrar solo las posiciones contrarias a lo que pasó en Cuba después de 1959. Muchas veces ese mercado hace cosas burdas. No estoy hablando sobre si es mala música. Estoy hablando del interés al que responde.

Por ir en otra dirección, estoy muy implicado en los festivales cubanos de jazz. Soy el Director Musical del Jazz Plaza y el presidente del Festival de Jazz de Santiago de Cuba. Mi interés no es solo que el público escuche a los artistas globales invitados sino que ellos escuchen a los cubanos y vean todo lo que se produce aquí en géneros y estilos.

No es solo mi empeño. Chucho Valdés es el máximo exponente que tenemos del jazz latino. Él tuvo todas las herramientas, las puso en el mercado y fue decisivo para poner a Cuba en el lugar en el que estamos. Tenemos a Chano Pozo y a Dizzy Gillespie en la creación del jazz latino, pero Chucho lo llevó al nivel de decir “yo soy cubano y en Cuba pasan todas estas cosas, tenemos este jazz, y esta historia musical”. Seguir leyendo “Roberto Fonseca: “Respeto a todo aquel que lucha por crear”. Un solo de música cubana con el pianista y director de Temperamento.”

La libertad de creación, la nueva Constitución y el 349

Foto: Raúl Cañibano

Por Julio César Guanche

Sobre el tema, ver este texto de David Mateo. En La Cosa, ver también el de Anamely Ramos, y de Enrique (Kiki) Álvarez.

Una relación problemática

El Anteproyecto constitucional propone dos contenidos a la vez: la libertad de creación artística y el respeto de esa creación a los valores de la “sociedad socialista cubana”.

La formulación contiene un cambio importante respecto al artículo 39 ch) de la vigente Ley de leyes, que establece: “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución. Las formas de expresión en el arte son libres”.

El Anteproyecto cambia la regulación, pero mantiene una cuestión preocupante: la creación artística supone aprobación por la moral socialista. Para empezar, no considera que la relación entre arte y moral siempre es conflictiva, y muchas veces dicotómica. Seguir leyendo “La libertad de creación, la nueva Constitución y el 349”

La raza no existe, pero el racismo sí

Foto: Nicolás Cabrera.

Por Julio César Guanche

Hace una década la discusión sobre la película Tropa de élite (José Padilha, 2007) anunció parte del debate actual sobre el “fascismo” en Brasil. El film tenía como protagonista al capitán Nascimento, un héroe torturador, jefe del BOPE, unidad de élite que hacía limpieza social (y étnica) en las favelas de Río.

La actuación abierta del capitán en contra de los derechos humanos fue recibida con entusiasmo por una parte del público carioca, que convirtió la pieza en la más vista de la historia en ese país. Una multitud de habitantes de las favelas celebraron al héroe que asesinaba, por encima de la ley, a sus propios “vecinos”.

Padilha —también documentalista— negó la acusación sobre su película como “fascista”: “Hay que ser muy ignorante para decir que la película es fascista. Los que dicen eso no saben lo que es el fascismo. El fascismo es un partido político organizado con una agenda política para todo el país, que intenta controlar el Estado, los medios de comunicación y el sistema educativo. Los del BOPE no tienen ningún interés político ni son regidos por una agenda política. Esa declaración no tiene ningún sentido, es pura estupidez decir eso”.

En Brasil ahora ha ganado las elecciones un ex capitán que luce parecidos con el capitán Nascimento. Celebra la tortura, añora la dictadura, pero tiene un partido, apoyo social, agenda política y control del gobierno. Seguir leyendo “La raza no existe, pero el racismo sí”

#NiUnaMenos

Texto y fotos: Julio César Guanche

El 25 de noviembre 1960 las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, activistas políticas,fueron asesinadas por el régimen de Rafael Trujillo en la República Dominicana.La Organización de Naciones Unidas reconoció esa fecha, en 1999, como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, o Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer.

En Ecuador en 2016 se registraron 118 feminicidios, esto es, asesinatos de mujeres por el hecho específico de serlo. Mayoritariamente, se usaron armas blancas. El escenario más común fue una “riña” dentro del hogar, causadas por “una mala relación de pareja” o por “celos”. Seguir leyendo “#NiUnaMenos”

“Esto es música cubana y te la voy a entregar viva, ¡viva!”

Erik Alejandro, Cimafunk. Foto: Denise Guerra.

Erik Alejandro, Cimafunk. Foto: Denise Guerra.

Por Julio César Guanche

El Cima

Mis viejos amigos me llaman El manta. Son los amigos de cuando empecé en la trova, y mis socios del Pre, cuando hice algo de reggaetón. Yo daba mucha muela. Envolvía a los profesores para no hacer lo que había que hacer. Por eso me gané ese sobrenombre. Pero ahora soy Cimafunk.[1] O el Cima. O Erick, algunas veces.

Tengo un bolero preferido. Es “Debí llorar”, interpretado por Freddy[2]. Me cuadra mucho, mucho. No veo ningún deporte, aunque sí inflé haciéndome el deportista. Practiqué atletismo, lucha greco y boxeo. Mi madre me dijo que primero tenía que estudiar y después que hiciera lo que yo quisiese.

Es verdad lo que dice la canción “La sandunguita”,[3] “si te da no se te quita”, pero advierto: hay que ver qué sandunga le dio quién a quién. Yo estudié un par de años la carrera de Medicina, y la dejé por la Música.

Yo le canto a la felicidad. A un estado mental feliz, en el cual la gente pueda disfrutar de mi música. Y oírla haciendo lo que sea. Lo que cada quien decida hacer con mi música es un problema de cada quien. Si está bailando, o si está cocinando. Mi intención es que la gente se sienta bien, que goce.

Le tengo miedo a cualquier cosa que no sea hacer lo que me gusta y me impida tomarme el tiempo que me lleva hacer lo que me gusta. Yo he hecho un montón de cosas para comer y para vivir. No me refiero solo a la música, sino a trabajos manuales. No mataría a nadie para quitarle un pan. Siempre hay variantes para hacer las cosas. Seguir leyendo ““Esto es música cubana y te la voy a entregar viva, ¡viva!””