Elecciones en Cuba: necesidades más allá de los números

Por Julio César Guanche

El pasado 26 de noviembre se celebraron elecciones parciales en Cuba. Como parte del proceso, en abril próximo tendrán lugar comicios generales. Para entonces, el país tendrá por primera vez en casi sesenta años al frente a un cubano (es más improbable que sea una cubana) distinto a Fidel y Raúl, si se mantiene el anuncio hecho por este último de no continuar en el máximo cargo estatal.

Con vistas a las recientes votaciones, se había previsto la promulgación de una nueva ley electoral, de la cual aún no se tienen noticias. (Sucede lo mismo con la reforma constitucional, anunciada desde 2011.) Comentaristas señalaron que los índices de abstencionismo, votos anulados y votos en blanco, que suman 19,17 % (1,562,731 de electores) rompen explícitamente con la tesis del “apoyo unánime”. Otros compararon esas cifras con el abstencionismo reciente de Chile (53 %,) y Colombia (62 %), y concluyeron que eran muestra de la “fortaleza de la revolución”.

La “guerra de cifras” no es nueva ni será este su último episodio. Aquí no eludo los datos, al tiempo que priorizo cuestiones que los números no muestran. Comento cómo el sistema electoral no genera consecuencias densas para dos problemas: no valoriza el voto como parte de un proceso de participación cívica y legitimidad constitucional, lo que es contradictorio con una larga tradición cubana al respecto, y que las elecciones no se vinculan con la toma de decisiones económicas, lo que desconoce la relación fundamental entre propiedad y libertad.
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“¿Quiere Ud. ganarse $100? ¡Díganos si es derechista, izquierdista… o centrista!”

Revista Carteles, 1937

 

Por Julio César Guanche

En 1939, la revista cubana Carteles publicó un texto de Emil Ludwig que analizaba el cambio producido por la I Guerra Mundial:

“El Tratado de Versalles pretendió ajustar un nuevo orden de cosas en la política internacional, pero las alteraciones de las fronteras significan poco si se las compara con las alteraciones de otro linaje que sufrió el mundo y que tan poderosamente influyeron en los destinos de la humanidad. La guerra de 1914-1918 alteró completamente las ideas y las costumbres sociales establecidas y que comportaban una tradición casi secular, y este fenómeno se registró no sólo en Europa, sino en el resto del mundo.”

Ante esa “alteración”, rematada por la Gran Depresión (1929-1933), emergieron globalmente alternativas ideológicas que alcanzaron respectivos éxitos: el republicanismo social y el socialismo democrático, el fascismo, y el marxismo-leninismo soviético.

Para identificar cómo se posicionaban los cubanos ante esas alternativas, Carteles publicó, durante varios números de fines de los años 1930, respuestas de lectores a una encuesta que les pedía explicar si eran “izquierdistas”, “derechistas” o “centristas”.

El premio a la mejor respuesta sería 100 pesos.

Estas eran las preguntas de la Encuesta:

  1. ¿Es usted derechista o izquierdista?
  2. ¿Cuáles son, a grandes rasgos, en el orden político social, los ideales de su doctrina, que le inclinan a defenderla?
  3. ¿Cuáles son los que defiende el bando contrario y con los cuales está usted impugna o desacuerdo?
  4. ¿Estima usted que el fascismo es una doctrina de izquierda o de derecha? ¿Por qué?
  5. ¿Dónde coloca usted al comunismo, la derecha o la izquierda? Dé sus razones.
  6. ¿Con cuál de los dos regímenes han alcanzado mayores libertades y oportunidades de superación el obrero manual, el campesino y lo que se consideran en el orden social desheredados de la fortuna?
  7. Si ninguno de esos dos regímenes le satisface, ¿cuál otro encarna dentro de sus ideas derechistas o izquierdistas los supremos ideales del pueblo y por qué?

En las próximas cuatro entregas ofreceré respuestas que defendían cada posición y el resumen que de esa Encuesta hizo Carteles.

¿Qué y cuánto costó la Asamblea Constituyente de 1940? (2 y final)

Revista Bohemia, 1939

 

Eduardo Chibás, delegado a la Asamblea Constituyente de 1940 (por el Partido Revolucionario Cubano-Auténtico)  pidió a Carlos Márquez Sterling, presidente de dicha Asamblea, un informe de los gastos del evento. Márquez Sterling respondió, rindiendo detallada cuenta, como  muestra  el siguiente documento:

Archivo Nacional de Cuba

 

Un detalle: El Código Electoral vigente en la fecha concedía un crédito de 100.000.00 pesos para construir un “continente adecuado en la cripta del Capitolio y conservar en él los originales de nuestras Constituciones y las cenizas de un soldado desconocido del ejército libertador de Cuba.” Este crédito no fue ejecutado, pues las obras, por diversos motivos, nunca se iniciaron.

Siete décadas después, en  2017, por iniciativa de la Oficina del Historiador de la Ciudad, se ha construido el segundo de estos sitios en el Capitolio Nacional. En la inauguración, Eusebio Leal Spengler expresó: “Aquí descansa, simbólicamente, el fundamento moral, político e histórico de la nación: los restos mortales de un soldado cubano desconocido, a cuyos esfuerzos y sacrificios sin nombre, se debe el nacimiento de Cuba como República”.

Tumba al mambí desconocido, Capitolio Nacional, La Habana, Cuba

 

Ver aquí la primera parte de esta entrada.

¿Qué y cuánto costó la Asamblea Constituyente de 1940? (1)

Bohemia 19 de mayo de 1940

 

Por Julio César Guanche

Costó mucho, políticamente, lograr su realización.

Hacia fines de los 1930, la celebración de una Constituyente “libre y soberana” enfrentaba varios obstáculos: el artículo 115 de la Ley Constitucional de 1935 (una cláusula rígida de protección constitucional), la necesidad de aprobar la amnistía política para los presos de la lucha antimachadista y de resolver el “problema universitario”, causado por la politización activa de la Universidad en dicha lucha, que llevó a su cierre.

Tras un enorme despliegue de acción colectiva de sectores ideológicamente muy diferentes entre sí, muy interesados en la Constituyente, los tres problemas encontraron soluciones. Primero, fueron  aprobadas (1937) la Ley de Amnistía y la Ley Docente. Luego ganó la exigencia de Constituyente “libre y soberana” contra los límites jurídicos que imponía el entonces vigente artículo 115.

El gran enemigo de la realización de la Asamblea fue la clase oligárquica cubana, que había disfrutado en exclusiva hasta la revolución de 1930-33 del control del país, y conservó poder tras el hecho revolucionario.

Fulgencio Batista, en medio de la campaña reformista que inició en 1936 (tras reprimir a sangre y fuego la revolución del 30 entre 1934 y 1935) apoyó la realización de la Constituyente, aunque su entusiasmo se desdijo cuando no ganó la mayoría en las elecciones para dicha Asamblea.

El Partido Comunista (PC) defendió el cónclave. Consideró el hecho mismo de su realización como una victoria obrera. Esa formación política movilizó a las clases trabajadores a seguir el curso de los debates, y a presionar a los constituyentistas a favor de los intereses de los trabajadores. Entre las varias campañas que el PC promovió a favor de la Constituyente, se encuentra “De la Fábrica al Capitolio”. (Las sesiones eran abiertas, y contaron con un público abigarrado que llenó la sala de sesiones.) La siguiente imagen muestra uno de los carteles de la campaña obrera pro Constituyente.

Revista, CTC, mayo de 1940

 

Después de varios años en que se manejaron diversas fechas —y fueron sucesivamente pospuestas— se celebraron elecciones para la Convención Constituyente  el 15 de noviembre de 1939. El evento comenzó a sesionar el 9 de febrero,  aprobó la Constitución el 5 de julio de 1940, y entró en vigor el 10 de octubre de ese año.

En el documental “¡Viva la República!”, de Pastor Vega (1972), aparece en video sesiones de la Convención. (Minutos 56 y 57).

Un episodio sobre el tema de la “dependencia extranjera” en la historia política cubana.

Por Julio César Guanche

En Cuba, en los 1930 cuando ciertos actores hablaban de contener el “totalitarismo extranjerizante”, estaban hablando del comunismo soviético.

En esa lógica, la acusación de “dependencia extranjera” aludía a la membresía, por parte del Partido comunista cubano, a la Tercera Internacional (Comunista). El PC sería la “quintacolumna” que podía comprometer el “sistema democrático representativo” del país, a favor del “totalitarismo”.

Por ello, en la Convención Constituyente de 1939-1940,  personas como José Manuel Casanova, uno de los líderes del Partido Liberal, pretendieron la ilegalización del PC. Esta propuesta fue derrotada con respuesta mayoritaria de la Convención, que en cambio acusó a esa posición de Casanova, precisamente, de antidemocrática.

El sello postal que reproduzco pertenece a una serie que representó el motivo defendido por Casanova: la amenaza a la República por parte del Comunismo. La alianza del PC con Batista (1938-1944) ha sido leída críticamente con niveles variados de complejidad, y conserva todo su carácter polémico como un “error” del PC en la fecha, pero es más escasa la duda sobre este hecho: el PC fue un destacado actor democrático (con gran compromiso por la justicia social y racial) en dicha Convención.

Música y democracia ¡agua!

Roberto Fonseca, Foto de Alejandro Ramírez Anderson

Por Julio César Guanche

Al menos tres de los más importantes discos cubanos editados recientemente son recorridos por un enorme diapasón de géneros de la música cubana: ADN, de Alain Pérez, ABUC, de Roberto Fonseca y Cubafonía, de Daymé Arocena.

Cubafonía, en doce canciones, combina once géneros. Abuc conjuga bolero, filin, jazz, mambo, chachachá y contradanza. En ADN se dejan escuchar influencias de décima, tonada, guaracha, son, salsa, flamenco, jazz, rumba, guaguancó y timba. Fonseca dice que “uno toca como piensa”. Daymé exclama que “…nadie (es) más feliz que yo de mi negritud, de mis etnias y de todo lo que viene conmigo”. Alain Pérez piensa que hace lo que hace “sin dejar de mirar hacia adelante, porque somos contemporáneos. Ese es mi background, ese es mi concepto”.

Es música cubana y del mundo, de primerísima calidad global, hechos por jóvenes entre los 20 años y los tempranos 40. Todos nacieron bajo el bloqueo, han vivido el mundo, viven o hacen conciertos en su país; tienen memoria de los muñequitos rusos, pero no de la reforma agraria; y no se tiene noticias de su opinión sobre las reuniones sindicales en Cuba.

No se descubrirá nada diciendo que la música cubana, y Cuba misma, es un resultado de infinitud de mezclas, como lo son, dicho sea de paso, con diferente grado, todas las culturas y todas las naciones. Pero la insistencia de estos discos por la “universalidad concreta”, por la apertura a la diversidad, por la mezcla y la apropiación, y así por la reelaboración crítica de lo propio es algo a destacar en este momento.

Daymé Arocena, foto de Claudio Pélaez Sordo

 

Estos discos se pueden leer como “ponerse en situación”. O más sencillamente: como dar una opinión, y una fuerte opinión.

No se trata de celebraciones apolíticas de las mezclas, que escondan las desigualdades. Una versión extendida sobre el mestizaje cubano —como hizo con lo indígena el mestizaje “oficial” boliviano, calificado por Jorge Sanjinés de “mito conciliador de la nación”— también ha escondido la “negritud” en versiones alegres del ajíaco, y ha sido empleado para desactivar demandas fuertes en nombre de una versión dominante de “lo cubano”.

No obstante, hay otras maneras de valorizar el mestizaje. Gruzinski lo ha escrito con estas palabras: “los mestizajes no son nunca una panacea: expresan combates que nunca tienen ganador y que siempre vuelven a empezar. Pero otorgan el privilegio de pertenecer a varios mundos en una sola vida…”

Bolívar Echeverría, desde lo más destacado del marxismo mundial de la segunda mitad del XX, ha reconocido el mestizaje como clave de la construcción de lo moderno: “lo moderno de una sociedad se expresa justamente por su capacidad de abrirse hacia otras entidades sociales y romper, por lo menos parcialmente, con las barreras que las sociedades premodernas construyen alrededor de ellas para cuidar una supuesta pureza cultural.”

Alain Pérez, foto de Tony Hernández y Ramsés Batista

 

La polifonía de estos discos no es nueva en la música cubana, ni tampoco lo es la demanda de diversidad que expresan. Pero en esta hora global que vive cierres extremadamente peligrosos (racistas, xenófobos y oligárquicos), y en esta hora nacional empeñada en cierta política de “conmigo o contra mí”, esta música cubana dice que no hay que tener miedo a las mezclas, que estas son más poderosas cuando se está abierto al mundo, se reconocen diferencias y se las procesa sin pacificarlas ni renunciar a los conflictos.

Esta música no solo ofrece sonidos de fondo a demandas cubanas de hoy, sino formulan desde su propio cuerpo su particular demanda de inclusión y de participación en la construcción crítica de lo propio, esto es, también, de un nuevo y ampliado espacio político cubano que reclama alto y fuerte: ¡Agua!

Alfredo Guevara: el contrapunteo de la cultura

 

Alfredo Guevara en 2009. Foto: José Goitía para The New York Times

 

Por Julio César Guanche

Alfredo Guevara señaló aquel mueble, un butacón vanguardista, demasiado bajo como para que pudiera sentarse en él a la altura de sus ya más de 80 años, y dijo: “un día Leo Brouwer me llamó para avisarme que estaban vendiendo esos muebles en un Ten cent, y corrí a comprarlos”. Aquel día era de algún año de la década de 1960, los muebles eran Knoll y, pasados los años 2000, permanecían en las oficinas del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana.

La afición por los muebles Knoll podría parecer contradictoria con la conocida veneración de Guevara al mobiliario barroco y colonial. Recorriendo con la vista el butacón, su defensa de la estética Knoll se remontó al origen del formalismo ruso y del racionalismo alemán, y al contexto del estalinismo y el fascismo.

Guevara había estudiado a fondo el movimiento de la vanguardia rusa anterior al estalinismo y lo consideraba el germen, junto a la Bauhaus, de casi toda la vanguardia occidental. Lamentó siempre que, en el caso ruso, esa vanguardia se perdiera por la “ceguera estalinista, ceguera que llegó a ser criminal”. (O, en el caso alemán, por el nazismo.) Desde esta comprensión, decía: “yo no soporto Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca”, y cuestionaba el “marxismo-leninismo”, elaboración del estalinismo sobre el marxismo que no era “ni marxista ni leninista”.

Hay quien verá una “muestra más” del “elitismo” de Guevara en su afición por los muebles Knoll, “mientras el pueblo cubano pasaba tantas carencias”. Ni Guevara ni la Revolución cubana son carne de santoral. La escasa presencia de directoras mujeres, y de enfoque de género, en el cine cubano producido por el organismo que él dirigió (el ICAIC), así como sus conflictos con el cine de realizadores negros, como Nicolás Guillén Landrián, no son las páginas más brillantes de su biografía.

Sin embargo, de su explicación sobre la Knoll podemos tomar otro aprendizaje. Nadie como el propio Leo Brouwer le daría mejor título: “La tradición se rompe, pero cuesta trabajo”. Ese trabajo suponía, en Guevara, un compromiso con una concepción universalista de la cultura, una labor de visibilización y reconocimiento de las exclusiones perpetradas por los usos hegemónicos del universalismo, una formación intelectual tan rigurosa como crítica, y una vocación frontal por la justicia. Seguir leyendo “Alfredo Guevara: el contrapunteo de la cultura”

La fuerza de Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio César Guanche

Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.

No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.

Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.

Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo. Seguir leyendo “La fuerza de Fernando Martínez Heredia”

El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)

 

Por Julio César Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Sin salir aún de su primera juventud, Fernando Martínez Heredia estuvo en el centro de dos de los empeños más importantes en el ámbito del pensamiento social de la década del sesenta en Cuba: fue director, entre 1966 y 1969, del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de su revista, Pensamiento Crítico, desde su creación en 1967 y hasta su cierre en 1971.

Esa juventud ha sido de una profunda terquedad: las ideas que estaban en la base de aquellos empeños han sido la inspiración de Martínez Heredia hasta hoy, momento en que se le ha conferido el Premio Nacional de Ciencias Sociales, por sus aportes a la historia, a la politología y al pensamiento revolucionario en Cuba.

De hecho, la perspectiva descolonizadora y latinoamericana, que se hizo entonces abiertamente hostil hacia el «doctrinalismo marxista» proveniente de la URSS, enfoque que recorre por completo aquella obra, conserva mucho de su pertinencia en varios planos del presente y del futuro cubano y latinoamericano.

En esta entrevista, Martínez Heredia se aleja de los ditirambos y se ocupa en plantear problemas, única forma en que, según ha insistido él por décadas, puede operar con éxito el pensamiento revolucionario.

 

¿Cómo definiría usted el estado del pensamiento social en Cuba al momento de la creación del Departamento de Filosofía y, luego, de la revista Pensamiento Crítico? Seguir leyendo “El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)”

Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio Cesar Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Entre la publicación de Peñas arriba en 1917 y la organización del Cuarto Congreso de la Unidad Sindical en 1933, Rubén Martínez Villena vivió una de la existencias más penetrantes del siglo XX insular. Más conocido por su actividad política que por su hontanar intelectual, Martínez Villena dio al trazo de la República moral una connotación de civismo, ética y justicia social que hizo adelantar la rebeldía al estatus de una Revolución. Sin cumplir 25 años, la edad en que la mayoría apenas ha dicho dos o tres cosas de nula importancia, Rubén había escenificado la Protesta de los Trece, entrenado para piloto con el fin de bombardear el Capitolio cubano, creído inicialmente que los males del país eran subsanables con la eliminación de la corrupción, escrito páginas esenciales y abierto al fin su pensamiento hacia una lectura renovadora de la historia y el futuro de Cuba.

El grito de Martínez Villena, y de otros doce jóvenes en la Academia de Ciencias en 1923, fue la obertura cubana a la modernidad del siglo XX. Esa generación miró al país y se lanzó furiosamente a rehacerlo. Villena, junto a Mella, Pablo, Marinello y Roa conforman el ala radical de esa generación, que por primera vez transitó las rutas de los marxismos en Cuba y produjo interpretaciones fundamentales (amén de algunas muy erradas) sobre José Martí.

La poesía de Rubén, con “la inflexión y el fuego de los Versos libres de José Martí” según Cintio Vitier, lo había llevado a ser uno de los escritores de mayor relieve de su generación, pero igual sirvió de pretexto a una polémica que continuaría a través de los años —con otros motivos—, cual epítome de la diversidad de caminos seguidos por aquella primera generación republicana. No obstante —y aunque apenas leída hoy— su obra no necesita de aquella algarada para formar parte de la historia literaria del país.

Mientras Rubén leía a Rodó, Gandarilla, Ingenieros, Vasconcelos, Guerra, Varona y Sanguily, agitaba sindicatos, preparaba huelgas y vivía agónicamente el día a día de la revolución. En Moscú, en 1931, recibía esta carta de su amigo Pablo de la Torriente: “Más adelante acaso entre Raúl y yo hagamos un libro y en él pondré detalles cinegrafiados de interés casi históricos. Lo primero que he hecho es el último capítulo. Se titula: ´La revolución de la mierda´. Y Raúl ya tiene también el título de su epílogo: ´La mierda de la revolución´. Como ves, esto apesta que es una barbaridad.”

La complejidad de aquel momento resulta hoy prácticamente desconocida. Los comunistas cubanos de la hora no llegaron al criterio de unidad defendido por Mella, contaminados del sectarismo de las tesis de la III Internacional.[1] En lugar de ampliar sus bases sociales, el Partido acumulaba ataques contra la pequeña burguesía. (Sus querellas se extenderían luego a Guiteras una vez derrocado Machado y constituido el gobierno provisional de “Los Cien Días”.) Con la brutal represión el Partido estaba diezmado y dividido el movimiento obrero. Villena fue parte de esos desgarramientos, y muy preocupado con la situación, escribía en 1932: “Nuestro Partido se encuentra en la actualidad destrozado. No existen cuadros de lucha, ni organizaciones eficientes. Los efectivos con que contamos son en extremo escasos. Nuestra influencia en las masas es muy superficial y relativa.” No obstante, Villena logró, menos de un año después, movilizar 200 mil personas con un partido que apenas rebasaba los 400 efectivos, llevar el país a la huelga general y contribuir decisivamente a la caída de Machado. A poco moriría, prosaicamente, de tuberculosis.

Fernando Martínez Heredia es quizás uno de los cubanos que mejor conoce a Villena y a su época. Participante de la lucha insurreccional, profesor, director de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta 1971, Martínez Heredia es uno de los estudiosos más constantes de la historia nacional. Hoy investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, descubrió hace mucho “el secreto profundo de la emoción” que despierta Rubén y considera que: “en vez de destrozar sus versos, Rubén compuso con su vida un gran poema, y logró trascender a las flaquezas del cuerpo y las limitaciones de la actuación. Por eso su lugar en la gesta cubana está tanto en sus dísticos patrióticos que se repiten en las tribunas como en sus versos de amor con que cada generación de cubanos busca enamorar y enamorarse. Está tanto en las páginas de encomios políticos que se le dedican como en la prodigiosa manera en que la música de Silvio resuelve el juego juvenil de alas y nubes y el grave y esencial tema de la pupila insomne, para despeñarse enseguida, afiebrada y tenaz, en la más intensa traslación a sonidos de la Revolución del treinta que yo haya escuchado.”

Las respuestas al cuestionario que sigue sobre Villena, su generación y su época fueron escritas por Martínez Heredia en medio de un viaje tumultuoso por varios países europeos, a donde había sido invitado a pronunciar charlas sobre el futuro de Cuba y la necesidad de un pensamiento anticapitalista. Asegura que tuvo que inventar el tiempo, pero no dejó de cumplir su promesa: hablar de Rubén, de la complejidad y la belleza de su vida, de las lagunas de la historia y de la esperanza que sobreviene con la lucidez. Para Martínez Heredia, entre las vidas trascendentes que ha producido esta isla, “Rubén es el héroe romántico de la revolución proletaria”.

 

¿Qué diferencias encuentra entre el Rubén de 1923-1924 – “el único patriota de los veteranos”—y el de marzo de 1930: “decían que no habría huelga y hay huelga: decían que yo no hablaría y estoy hablando”? Seguir leyendo “Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia”