Encuentro con Alfredo Guevara en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales

Alfredo Guevara

Esta nueva entrega es parte de un homenaje a Alfredo Guevara. Reproduzco ahora el texto correspondiente al encuentro sostenido por el fundador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana con estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), el 26 de febrero de 2010.

Encuentro con Alfredo Guevara en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales

Profesora Mónica Cruz, Moderadora:

Muy buenas tardes. Estamos aquí en un nuevo espacio y nos honra en el día de hoy la presencia ilustre del doctor en Ciencias Filosóficas y Letras de la Universidad de La Habana, Alfredo Guevara.

«Cinefilando» es un espacio nuevo para todos, creado por la Juventud y la FEU del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, que pretende fomentar el análisis, la reflexión y la crítica, en este caso, de cine, pero vinculado a otras manifestaciones. Nos acompañan hoy, además del doctor Alfredo, estudiantes de primer y segundo año de la licenciatura, los agregados de primer y segundo año, así como otros invitados de honor.

 Erik:

Muchas gracias a todos por haber asistido a nuestro primer encuentro. Como saben, la idea era no inaugurar este espacio hasta que tuviéramos a Alfredo aquí, por eso nos demoramos hasta hoy.

«Cinefilando» parte del cine, como eje central, para analizar no solo las distintas cinematografías, cubana, latinoamericana, europea o de distintas nacionalidades, sino usar el cine como pretexto para comprender las realidades sociales que nos circundan y, a la vez, conocer un poco de cine, el cine por dentro, la producción, la dirección, el papel del director, del productor. En sentido general, el espacio va a abarcar dos ejes fundamentales: primero, el cine por dentro, y luego vamos a ver las distintas cinematografías y cómo son reflejo de realidades sociales. Por supuesto, centro fundamental será la política como punto de nuestra formación como profesionales e integrantes de este instituto. «Cinefilando» pretende conocer el cine de una manera dinámica, tal vez proyectemos spots, documentales, películas y vamos a invitar a especialistas en diferentes ramas del cine.

Se encuentran hoy con nosotros la viceministra Ana Teresita, Juan Miguel, el secretario de la Juventud del Instituto, que nos ha apoyado en la realización, y Abel Torres, el secretario general de la Juventud del Minrex.

  Alfredo Guevara:

¿Puedo decir algo antes de que empiecen las preguntas?

 Profesora Mónica Cruz, moderadora:

El espacio es de usted.

 Alfredo Guevara:

Quería decir que de buenas a primeras me di cuenta de que no sabía por qué estaba aquí, pero no importa, me encantan las sorpresas. Se me ha hecho el hábito, en estos años de mi vida, ya muy avanzada, de que si me invitan jóvenes, voy aunque sea sin saber para qué porque temo que se nos vaya de las manos la juventud. No porque la quiera manipular, sino porque es el tesoro más grande de la Revolución. Cada vez que tengo noticias de que un joven parte a otros países, casi siempre sin contradicción con la Revolución –no encontraría otro modo de decirlo suavemente–, me dan ganas de cantar como en la canción de Alejandro Sanz, «Tengo el corazón partido», porque realmente es una parte del corazón la que se nos va. Seguir leyendo “Encuentro con Alfredo Guevara en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales”

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No podemos defender la diversidad y olvidarnos de que cada ser humano es diferente y tiene necesidades diferentes

alfredo

El Festival Internacional del  Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana celebra por estos días su edición 35. El Festival rinde homenaje a su fundador, Alfredo Guevara, fallecido en abril del presente año. Hago lo mismo en este blog. Colocaré  diversos materiales que aparecieron compilados en el último libro de Guevara: “Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender”.  Ediciones Nuevo Cine Latinoamericano, 2012. Comienzo con el texto correspondiente a la conferencia que impartió Guevara con motivo del fin del programa lectivo de la Maestría sobre Estudios Cubanos, Instituto Superior de Arte (ISA), el 5 de febrero de 2010.

ver aquí la información de la edición 35 del Festival.

Encuentro de Alfredo Guevara  con estudiantes y profesores del Instituto Superior de Arte

Doctor Rolando González Patricio, rector del Instituto Superior de Arte (ISA):

Buenos días. Dice Alfredo que mientras más baja la temperatura mejor. Parece que ya sintió la alegría convertida en calor humano en el Instituto Superior de Arte cuando recibimos a Alfredo Guevara, quien no necesita presentación acá. Doctor Honoris Causa de este Instituto, Premio Nacional de Cine, Orden José Martí es un intelectual que ha echado su suerte con las mejores causas del siglo xx y del xxi. Nos honra con su presencia y es un lujo para el ISA, para el Departamento de Estudios Cubanos, que el programa lectivo de nuestra maestría concluya con una intervención de Guevara. Por tanto, como lo que todos queremos es escucharlo a él, no voy a prolongar esta presentación y voy a adelantar las gracias y a pedirles un aplauso de bienvenida.

 Alfredo Guevara:

Ya había dado los buenos días; ahora les digo: buenos días y gracias por la paciencia que tendrán de escucharme.

Me han hecho un pequeño resumen de cómo se ha ido produciendo este ciclo de encuentros. Yo no quiero llamarlos conferencias, porque –lo expliqué muy bien– me niego a dar conferencias, por respeto a las conferencias. Una conferencia se prepara con mucho cuidado, con mucho más que aquel con que se prepara una clase. He sido profesor de la universidad y las clases duraban dos horas, pero me llevaba una semana prepararlas, y una conferencia le lleva a uno meses. Por tanto, esto es una conversación que iniciaré yo, pero en la que me someto también al criterio de ustedes, si quieren contradecirme yo defenderé mi posición.

Me aterra pensar que me toca a mí estar aquí hoy, cuando compañeros en quienes tanto confío y a quienes tanto respeto me han precedido. Tal vez han agotado todos los temas, yo no sé muy bien cómo abordar mi ocasión, porque eso es lo que es: una ocasión. Entonces, me voy a entregar a mis obsesiones en este instante. Seguir leyendo “No podemos defender la diversidad y olvidarnos de que cada ser humano es diferente y tiene necesidades diferentes”

Alfredo Guevara y la escalera de piedra, esa prueba de reencuentros, saludos y recuerdos.

 

 Alfredo Guevara

Por Ana Cairo

Para Max Lesnik y Julio César Guanche.

  1.  Un mellista.

Cuando ya el tiempo es ido, uno retorna

como a la casa de la infancia, a alguien,

días, rostros, sucesos que supieron,

recorrer el camino de nuestro corazón.

Fina García Marruz: el poema “1”, en Visitaciones, UNEAC, 1970, p. 171.

    El 19 de abril falleció  Alfredo Guevara.  Me enteré  después de la seis de la tarde, minutos antes de que cerrara la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí (BNCJM). Yo había estado trabajando una buena parte del día en la Sala Cubana, ajena a noticias y a llamadas telefónicas, en un libro y una multimedia sobre Cirilo Villaverde (1812-1894). Ya de salida, me había llegado a la sala de referencias para ver si me podían encontrar una información; me atendieron rápidamente con cordialidad y allí me lo dijeron.

     Comenté que no sabía que estaba ingresado; que –para mi desgracia- no volveríamos a conversar alegremente sin grabadoras, sin tomar notas ; que  solía hacerle las más raras preguntas y él, muy divertido, las contestaba; que, a veces, él deslizaba informaciones muy singulares y las dejaba truncas ex-profeso, con lo que multiplicaba mi curiosidad y la certeza de que volveríamos a dialogar; en los últimos tiempos estaba predominando el intercambio por teléfono.

    En la nota de prensa, se informaba que el 20 de abril sus cenizas serían dispersadas en la Escalinata de la Universidad de La Habana. A propósito de ello, en la entrada principal de la BNCJM, algunas personas me expresaron su desconcierto; estimaban que hubiera sido más “lógico”, que la ceremonia se efectuara en la sede del ICAIC, o en la del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

     Me preguntaban por qué él había  elegido la Escalinata y les respondí que era la mejor demostración de la coherencia de su pensamiento, porque él vivía muy orgulloso de su linaje revolucionario. Se trataba de la reactualización de una eficiente metáfora carpenteriana, la  que daba título al relato Viaje a la semilla (1944).

      Sugerí a mis interlocutores que asistieran a esa original despedida, la primera que se haría en uno de los símbolos habaneros y que quedaría como una opción a repetir por otros en la historia universitaria. Yo asistiría no solo por el agradecimiento a su permanente solidaridad, sino por el respeto admirativo a la tradición revolucionaria implícita en dicha elección.

    Caminando hacia mi casa,  recordé que  con motivo del 110 aniversario del natalicio de Julio Antonio Mella (1903-1929), el 25 de marzo, el boletín digital mensual Librínsula , vocero de la BNCJM, había dedicado el espacio  “Imaginarios” al líder juvenil.

    Cuando me pidieron colaboración , lo primero que sugerí fue la actualización de imágenes artísticas sobre  nuestro Apolo revolucionario, desde el famoso cuadro de Servando Cabrera Moreno Mella en la calle Obispo, el cual había sido difundido por la FEU ya en postales, ya en pancartas, a partir de la generosidad para dejar fotografiarlo de Guillermo Jiménez (Jimenito, propietario del original) hasta la estatua Mella en la Escalinata de José Villa, emplazada en la Universidad de las Ciencias Informáticas .

     Insistí en que debían realzarse las imágenes del catálogo de la gran exposición (2010) organizada por Alfredo Guevara en la sede del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, con motivo del evento.

    También se incluyó en Librínsula,  un fragmento en el que se evocaba a Mella dentro de una “autobiografía” inédita de Juan Marinello (1898-1977), que él había escrito a sugerencia de Alfredo para servir de fuente primaria en un documental.

     Alrededor de  1978- 1979, yo había leído dicho texto cuando el archivo del poeta, ensayista y político, todavía estaba en su casa. Sabía que el mecanuscrito  se hallaba  en la colección Marinello de la Sala Cubana de la BNJM.

    Un día conversando con Alfredo sobre su amistad con Marinello, yo aludí a la existencia de  dicho mecanuscrito. Días después, una colaboradora suya me pidió urgentemente que ayudara porque él quería leerlo. Como el texto no se denominaba autobiografía, no lo podían localizar en la Sala Cubana.

     Finalmente, Alfredo pudo leerlo en una fotocopia y entonces me contó que el origen de tan singular documento había estado en su deseo de hacerle varias filmaciones a Marinello, idea similar a lo que se había hecho con Alejo Carpentier (1904-1980). La dificultad paralizadora  del proyecto estuvo en que Juan no tenía las habilidades de comunicador moderno, carismático, que habían caracterizado a Alejo.

    Alfredo estaba muy complacido con el interesante mecanuscrito, porque comprendió mejor la gran amistad que los había unido;  Marinello  había atendido a su deseo y guardó el documento sin decirle nada en espera de que se concretara el proyecto en el ICAIC.

    A partir de la publicación de Mella: 100 años  (2003),  Alfredo había querido conocerme. Él era un mellista apasionado. Estaba orgulloso de provenir de dicho linaje,  como muchos  de los políticos formados en las acciones de la FEU.

    Estaba fascinado con las infinitas posibilidades estéticas y políticas que se derivaban de la metáfora de asumir a Mella como un “Apolo revolucionario”. Era uno de los motivos  del libro, que más le había interesado. Seguir leyendo “Alfredo Guevara y la escalera de piedra, esa prueba de reencuentros, saludos y recuerdos.”

El gesto de Alfredo Guevara

Alfredo Guevara
Revolución es lucidez: la lucha continua por la libertad, la justicia y la belleza.

Por Julio César Guanche

Alfredo Guevara pasó la mayor parte de su vida con el saco sobre los hombros, en un gesto por el cual era reconocido por la mayoría de los cubanos, por dos razones declaradas: detestaba la guayabera y aborrecía la ritualidad. Cuando obligaciones protocolares le empujaron hacia la guayabera, se rebeló: “siento que solo me faltan las maracas para salir a la calle”. Obligado al saco, se lo dejó por décadas apenas sobre los hombros: parecía que el saco estaba puesto, pero tampoco terminaba de estarlo. Sin embargo, cultivaba con humor el mito sobre el origen de su gesto.

Ahora, el gesto es solo un síntoma, que acaso se explica por otras causas.

En su primera juventud, Guevara frecuentaba junto con otro amigo, blancos los dos, los círculos anarquistas de los trabajadores, mayormente negros, del puerto de La Habana.

Yo era anarcosindicalista. No creo que existiese en la Isla una gran influencia anarquista, pero la República Española trajo a muchos emigrados españoles de esa filiación. Mi novia era hija de un poeta anarquista español. Mis ideas habían nacido antes, pero con ella la relación con el anarcosindicalismo se hizo además sentimental.

Más adelante, los anarquistas nos encargaron a Lionel Soto y a mí que preparáramos un programa libertario, porque éramos los más cultos en un grupo de obreros anarquistas, básicamente del puerto de La Habana, en el que militábamos.

Para redactar el programa, Lionel y yo íbamos a estudiar a la Biblioteca Nacional, ubicada en el Castillo de la Fuerza. Su director, Joaquín Llaverías, era un hombre muy progresista. Allí había libros de todas clases, y comenzamos a leer textos marxistas sobre el anarquismo.

Nos convencimos que debíamos estudiar en profundidad el marxismo. Nos costó mucho trabajo separarnos de la organización anarquista, pero Lionel hizo una opción inmediata hacia el socialismo. Yo vacilé un poco y con el tiempo llegué a entrar oficialmente a la Juventud Socialista y al Partido Socialista Popular.

Teníamos la ilusión de que el triunfo de las fuerzas antifascistas sobre el nazismo debía significar una nueva época para la humanidad. Surgió la ONU, un poco más tarde surgió la UNESCO, es decir todo vaticinaba otra época; comenzó la descolonización, aunque luego resultara un proceso incompleto.[1]

Si su corazón era anarquista, su cabeza lo llevaba al marxismo, pero no quiso hacer una elección que resultara en una exclusión. Guevara se definiría en lo adelante, hasta hoy, como un comunista libertario.

Desde esa convicción, no le era difícil adherir al socialismo republicano español.

La Revolución cubana comenzó a realizar el proyecto que no tuvo secuencia en la segunda república española.

Su influencia nos marcó definitivamente. Para mí es sustancial demostrar que el pensamiento de la Revolución es mucho más complejo que la presencia de los aliados que hemos tenido en un momento dado en el este de Europa y que fueron imprescindibles. El pensamiento de la Revolución tiene raíces mucho más profundas, y entre ellas, una de sus fuentes, está en la experiencia de España.

Cuando entré en la universidad ya la guerra civil española había terminado, pero dejaba hondas repercusiones. Era una época en que muchos teníamos los abuelos o los padres españoles. La población mestiza de Cuba, no la que conservaba enteramente sus rasgos africanos, pero sí una parte importante, tenía una rama española.

Por eso muchos vibraron en su niñez o en su adolescencia con los acontecimientos que condujeron al derrumbe de la República, que encontró luego otro eco en nuestra realidad: la llegada de los refugiados españoles.

No se trata solamente de los profesores españoles que llegaron a Cuba, vivimos el legado de la República española en todos los terrenos, en el constitucional, en la ciencia, en las artes, en la literatura y en la política, en el desarrollo de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad revolucionaria y de nuestra cultura.

Aquí, por ejemplo, los pelotaris jugaban un papel. Por otra parte, ahora nos hemos olvidado del fútbol —algunas veces lo recuperamos— pero cuando era joven, la presencia de las sociedades españolas era muy grande. El fútbol competía con el béisbol. Yo no entiendo el béisbol y sigo siendo un apasionado del fútbol. No sería extraño encontrar en el alma de esta generación que va desapareciendo, los remanentes de las influencias españolas también en el deporte.

Esos profesores nos influenciaron porque se preocuparon por Cuba y por sus problemas políticos, por la situación de nuestra generación. Uno de ellos, Gustavo Pittaluga —quiero destacarlo porque en mi generación habanera nadie dejó de leerlo—, no está suficientemente reconocido en España. Estuvo también Fernando de los Ríos, que escribió sobre José Martí. Aunque no estuvo en Cuba, el pensamiento de Ortega y Gasset también tuvo un papel. Antes había pasado por nuestro país García Lorca, quien dejó una huella de admiración tan grande que nos hizo vibrar cuando supimos su muerte terrible bajo el franquismo. Manuel Altolaguirre jugó un papel importante de promoción, conservo algunos de los ejemplares de pequeño formato que publicaba, como El ciervo herido. Éramos antifranquistas militantes.

 Desde entonces, Guevara sabía que pertenecía con la misma intensidad a la cultura como a la política, otra vez sin elecciones excluyentes. Si aceptaba alguna materia como “sagrada” serían al mismo tiempo la universidad y la rebeldía, esa edad adulta de la cultura.

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Julio Antonio Mella: Ser rebelde para ser revolucionario

[Con este texto, prólogo a Julio Antonio Mella. Vidas Rebeldes, Ocean Sur, 2009, quiero recordar el aniversario 84 de asesinato en México, el 10 de enero de 1929, del líder revolucionario cubano Julio Antonio Mella]

El 25 de marzo de 1903 nació en la capital de Cuba Julio Antonio Mella, hijo bastardo de una relación extramatrimonial entre el sastre dominicano Nicanor Mella Breá y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Los miembros de la pareja se llevaban entre sí 31 años, lapso mayor que la propia edad que alcanzaría en vida su primogénito, asesinado a los 25 años en México, después de haber convertido a la universidad habanera en un espacio político nacional, de haber sacado de sus casillas al dictador cubano Gerardo Machado, de convertirse en un líder latinoamericano, de atentar contra la oligarquía mexicana por el grado de su inmersión en el sindicalismo de ese país y de ser considerado por el estalinismo como una amenaza para la «unidad» del movimiento comunista en la época.

Julio Antonio Mella, por Carlos Guzmán

Mella, por Carlos Guzmán

Aunque ciertamente gozó de un amor penetrante y de la entera comprensión de su padre hacia sus adhesiones, Mella no terminó nunca de ser un hijo bastardo para varias de las «familias» de las que formó parte.

Fundó el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana en 1922, asumió su presidencia meses después y tuvo que renunciar luego al cargo acusado de vocación dictatorial y de poner en peligro la marcha de la reforma universitaria por su militancia política «sectaria» con el movimiento obrero y con el naciente comunismo cubano. Formó parte del grupo reducido que fundó el primer Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925 y fue separado de él meses después por la irresponsabilidad de sus actos «individualistas», «inconsultos» y carentes de «solidaridad clasista». Siendo uno de los ideólogos primeros del «nacionalismo revolucionario», su filosofía fue presentada por el marxismo soviético de la hora como un eufemismo que escondía pactos secretos con el pensamiento burgués. Fue uno de los dirigentes principales del Partido Comunista de México y, enfrentado al ala derecha de ese partido, fue denunciado como joven irresoluto y traidor en materia ideológica —o sea, acusado de trotskista— por desarrollar una política hacia el movimiento obrero que contravenía la doctrina de su majestad Iosif Stalin.

Como todos los grandes líderes, Mella fue un hombre muy creído de sí mismo. Asombra su diario de México, escrito a los 17 años, donde afirma que su imaginación «era un corcel de Apolo suelto en los espacios», y se piensa como alguien llamado por la historia a arrastrar multitudes y dejar monumentos a su paso. Al gritar «muero por la revolución» en el instante que supo final, estaba seguro de haber dejado una huella tan larga como sus propias intenciones en la historia de las revoluciones del continente.

Sin embargo, no se sirvió —como una larga lista de próceres lo hace— de su humanidad deslumbrante. En el plano personal, no acumuló fanáticos ni coleccionó mujeres, e incluso para el que le hubiese sido entusiasta, se mostró muchas veces apocado. Tampoco frecuentó prostíbulos —no comulgaba con el comercio tarifado de la carne—, apenas bebía y no mintió más de lo normal en un hombre inteligente. Seguir leyendo “Julio Antonio Mella: Ser rebelde para ser revolucionario”