República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier

 

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

 

Por Julio César Guanche

Hoy el significado del republicanismo está en disputa desde casi todos los costados del espectro político. El concepto cuenta con una tradición milenaria habitualmente asociada a principios como el autogobierno colectivo, las virtudes cívicas y la participación política de la ciudadanía. Amén de tan noble contenido, el interior de su historia cuenta con enconadas luchas entre versiones oligárquicas y democráticas del republicanismo. En el mundo actual, un número muy amplio de países cuenta con regímenes formalmente republicanos, pero se escribe sobre, y se lucha por, la república democrática desde hace 2500 años.

La lucha por la república democrática no ha sido nunca un asunto exclusivamente europeo. En 1797, en el puerto venezolano de la Guaira, varios esclavizados fueron detenidos por cantar “La Marsellesa”. Un testimonio cuenta que “un esclavito confesó que era cierto que iba cantando las coplas, y nos cantó… advirtiendo que todas las demás que sabe tienen por estribillo el ´viva la República, viva la libertad, viva la igualdad´”. C. R. L. James, primero,y, luego, Paul Gilroy, han mostrado a la Revolución haitiana como “la radicalización republicana del liberalismo atlántico”.

En ese camino, James recogió esta estampa de los “jacobinos negros”: “Los oficiales de diferente color rechazaban las invitaciones a un grupo en particular, como buenos republicanos, se negaban a agachar la cabeza o hacer reverencias ante el marqués español, a quien sacaba de quicio la impertinencia de estos negros.”

En el siglo xix, fueron repúblicas los estados emergentes de la independencia en América Latina. Engels vio en la Comuna de París la forma de la república democrática, hecho que antes Marx había visto, a su vez, de este modo: “El gran mérito de este movimiento (el cooperativismo) consiste en mostrar que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, sistema despótico que lleva al pauperismo, puede ser sustituido con un sistema republicano y bienhechor de asociación de productores libres e iguales.”

Por la Comuna!

Por la Comuna!

La “república con todos y para el bien de todos” no fue solo el anhelo y el fin de la guerra revolucionaria organizada por José Martí. Céspedes entendió que el levantamiento independentista era el “solemne compromiso de consumar su independencia (la de Cuba) o perecer en la demanda: en el acto de darse un gobierno democrático, el de ser republicana”. Desde las doctrinas socialistas de la época, Diego Vicente Tejera afirmó que Cuba necesitaba “principalmente mucha libertad y mucha justicia, mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad”. Seguir leyendo “República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier”

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Antonio Maceo, “héroe epónimo”

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Un día como hoy, 7 de diciembre, en 1896, murió Antonio Maceo. Hace muy poco encontré en Cuba Científica (librería que recomiendo mucho a quienes no la conozcan, situada en 25 e I) esta primera edición (creo que edición única) de la biografía sobre Maceo de Rafael Marquina. Entre otros abordajes valiosos, y recientes, recuerdo los de Eduardo Torres Cuevas, “Antonio Maceo, las ideas que sostienen el arma” y el de Armando Vargas Araya “El Código Maceo. El general Antonio en América Latina”, que me parece muy bueno. De aquella biografía de Marquina (escritor, periodista, autor teatral, director del Teatro-Biblioteca del pueblo), transcribo estos dos fragmentos dedicados a Maceo y a la mujer cubana en la guerra de independencia.

“¿La noche del 28 febrero podía considerarse terminada la guerra? Todavía no. Quedaba Maceo. Y —lo ha dicho también el propio Pirala— “sin Maceo la guerra terminaba, su continuación era un desastre “para los españoles” por el “mal estado del tesoro de Cuba”. Y después de detallar esta aflicta y exhausta situación del tesoro, añade: “por esto, el interés de Jovellar y Martínez Campos en apresurar la pacificación completa entorpecida por la actitud de Maceo.

“Pero Maceo no desistía de su actitud ni cedía un ápice en su intransigencia. En aquellos momentos, aquel hombre que “todo lo piensa, todo lo calcula”, como dijo Eusebio Hernández, ha oído la voz interior de su conciencia, eco íntimo de aquella voz de la tierra que escuchara en su mocedad, jinete pinturero en la fiesta, arriero en la labor y a toda hora enamorado y patriota; sabe que hay un ansia popular, una necesidad de expresión, un deseo insatisfecho, una esclavitud blanca y negra, un enorme latido que llama con desespero en el pecho hermético de los opresores.

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“Ha visto de cerca la solidaridad del pueblo. Quizás ha escuchado en coplas y cantares y decires la verdadera pasión popular. Acaso alguna noche, al acercarse a algún poblado, oyó la voz cantarina de una doncella —y la amó en la voz con alas de sombra— dando al aire oscuro de luz de anhelo:

Cuba libre es la frase sonora

que resuena en el campo doquier;

Cuba libre será desde ahora,

Cuba libre por siempre ha de ser.” Seguir leyendo “Antonio Maceo, “héroe epónimo””

Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana

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Ariel Dacal Díaz

Hace varios días rueda por las “redes sociales” la información y comentarios sobre el hecho de que, a Julio Antonio Fernández Estrada, jurista, profesor universitario y socialista confeso, no le actualizaron su contrato como profesor en la Universidad de la Habana. Varias son las razones y los supuestos que sobre este particular se conocen, entre ellas la publicación de un artículo titulado “No quiero saber nada de los industriales ni de Obama”.

Como sucede con cualquier dato o acontecimiento nacional, este permite encausar el permanente debate sobre la realidad cubana, sus tensiones, desafíos y alcances. Otra oportunidad para mirar algunos elementos de nuestra realidad compleja, diversa, llena de matices y aparentemente inabarcable. Con este fin convido a un grupo de personas, sobre todo del mundo de las ciencias sociales y el activismo en la vida pública, y de clara sensibilidad con el proyecto de justicia social y soberanía en Cuba, a comentar alrededor de un par de preguntas sobre Julio Antonio en particular y sobre algunos significados de su salida de la Universidad en general.

¿Cuál ha sido su acercamiento a Julio Antonio Fernández Estrada y a los contenidos generales de los textos recientemente publicados en su columna de OnCuba?

Juan Valdés Paz: Conozco al “joven” (como los de ochenta llamamos a los de cuarenta) Julio Antonio Fernández Estrada, hace más de una década. Lo primero a decir de Julio Antonio es que es una persona decente y que no conozco nada de él que no sea recto, lúcido y comprometido con los ideales de la Revolución. Lo segundo, que Julio Antonio es uno de los más brillantes intelectuales de su generación, con un estilo profundo y mordaz, como corresponde a un buen senequista. Tercero, que es uno de nuestros más destacados juristas, Catedrático de Derecho Constitucional y Romano, profesor universitario por más de veinte años, siempre elegido por el alumnado de la Facultad como el mejor de sus profesores. Cuarto, que Julio Antonio ha sido un trabajador de la Universidad de La Habana desde su graduación, pero esta Alta Casa de Estudios se ha venido deshaciendo de su magisterio gradualmente, no obstante, la solidaridad de algunos de sus colegas, hasta que recientemente le fue rescindido o no renovado su contrato, rompiendo así su último vínculo con la Universidad y sin que importen muchos los argumentos utilizados al efecto puesto que a una persona decente no se le deja sin trabajo. Quinto, que en cuanto a sus escritos en OnCuba me parece fuera de discusión su derecho a ejercer sus opiniones, puesto que de eso se trata; en todos los trabajos de Julio Antonio que conozco, sus críticas han estado acompañadas siempre de un fondo ético y político, inobjetables, pero en todo caso, dignos de ser debatidos y nunca penalizados.

Mylai Burgos: Entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana en 1993, por la misma puerta que Julio Antonio, nos separaban aulas, personas y un poco más. Épocas repletas de escaseces donde sobrevivíamos de la inventiva y agarrados a la historia para seguir activismos estudiantiles de antaño. Julio y yo nos conocíamos, pero nos replicábamos entre la introversión de uno y la extroversión propia, estuvimos cerca y también lejos muchas veces. Pero la vida desdeña lo superfluo y une la honestidad para asentar la amistad. Por eso algunos años después empezamos a caminar juntos pensares y quehaceres, tan juntos que el sendero se ha vuelto un andar mutuo.

Compartir sus palabras ha sido uno de los motivos de esos andares, pero hace un tiempo tuvieron un repunte al saltar a las redes sociales pequeños textos temáticos de su sentir, que es el sentir de muchos y muchas. Hablar de la coyuntura política, del barrio, de las expectativas truncas, de la discriminación, de la democracia, de la república, de la constitución, de ese derecho que estudiamos con su padre, nuestro maestro excelso, donde la libertad no existe sin igualdad, y la justicia fraterniza con la política, hablar y poner sobre la mesa con prosa poética lo que a muchos nos golpea el alma, desde la isla y por ella, es lo que ha sucedido en los últimos meses con sus textos en el mundo virtual.

Mi acercamiento no es nuevo, van conmigo en sus reflexiones lo que nos duele y nos mueve por el presente y el futuro de Cuba.

Aurelio Alonso:  Si hablamos de “acercamiento” tendría que empezar por decir que estoy cerca de Julito desde antes de que naciera debido a la estrecha amistad que tuve con Fernández Bulté desde los años sesenta, cuando nos iniciábamos en la compleja tarea de la docencia desde perspectivas teóricas a las cuales la Universidad había sido adversa hasta el triunfo de la Revolución. Vi crecer a Julio Antonio, y formar su inteligencia, entre la estampa cultural ideológicamente comprometida de su padre y la ternura de su entrañable madre. Lo recuerdo, todavía estudiante de Derecho, en una de las conversaciones sobre temas polémicos que Julio y yo solíamos sostener cuando le visitaba, pronunciarse contra la pena de muerte con argumentos tan sólidos que me impresionaron por su madurez. Me atrevo a caracterizarlo hoy como uno de los estudiosos más serios de su generación. Sus trabajos recientes en On Cuba reflejan, como todo lo que he leído de él, esa correspondencia del compromiso con el ideal socialista y la indispensable originalidad de pensamiento, que no puede ser digerida desde los extremos, pero termina por abrirse paso cuando mantiene su curso y se logra profundizar con coherencia.

Israel Rojas:  A día de hoy la circulación de ideas en la red cubana es mayor que nunca y es imposible estar al tanto de todo. A veces siento que se ha pasado bien pronto del murmullo por escasez de voces a una etapa de mucho ruido e incapacidad de asimilar tanto.   Seguir leyendo “Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana”

Fidel Castro: historia y memoria

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Por Julio César Guanche

A sus 21 años, Fidel Castro le dijo a los compañeros con los cuales recuperó la Campana de La Demajagua: “tomamos la campana, nos vamos a la Escalinata y tocamos la campana, como en La Demajagua. Después que tengamos todo el pueblo allá, lo llamamos a tomar Palacio”. Entre los presentes, Alfredo Guevara le preguntó: “bueno Fidel, ¿y después?”. “Ya veremos, ya veremos”, fue su respuesta.[1] Para 1970, siendo ya un líder de resonancia mundial, contra los cálculos del Instituto de Planificación Física, y contra la opinión del ministro del ramo, a quien destituyó, anunció la realización de una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, cuyo fracaso fue anunciado en buena parte del mundo como causa de su “inminente” caída.

Por tales actitudes, Fidel Castro recibió, entre otras, la etiqueta de “aventurero” por parte de enemigos, adversarios y, en parte, de sus aliados y seguidores. En 1947 participó en la expedición de Cayo Confites contra el régimen de Trujillo, organizada por un grupo político con el que había tenido graves diferencias en la Universidad de La Habana. Sin querer aceptar las órdenes de dispersión del proyecto insurreccional, propuso a Juan Bosch reunir unos 50 hombres y llevar a cabo, solos, la lucha de guerrillas en Santo Domingo. En 1953 organizó el ataque a dos cuarteles militares, en una acción calificada por los comunistas cubanos de “putchista”. En 1956 anunció que en ese año “seríamos libres o mártires”, para estupor de los que no concebían ofrecer información sobre una guerra en preparación, y miraban, honestamente, la posibilidad de una guerrilla rural como un acto incapaz de plantear batalla efectiva al régimen. Cuando desembarcó en ese año, y su tropa fue virtualmente aniquilada, persistió en continuar la guerra aun cuando, por un tiempo, el estado de su destacamento fue tan deplorable que Frank País le aconsejó “que saliera de allí” y se marchara para organizar una nueva expedición. Fidel Castro se quedó allí, y dos años después, entró en La Habana en medio de la epifanía popular más grande de la historia nacional. Seguir leyendo “Fidel Castro: historia y memoria”

Fidel Castro (1926-2016): el que osó y duró

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Por Antoni Domènech, Ailynn Torres Santana, Julio César Guanche, Gustavo Buster, María Julia Bertomeu, Carlos Abel Suárez, Daniel Raventós

 

Murió ayer Fidel Castro a los 90 años de edad. Con apenas 30, en su autodefensa ante los tribunales de la dictadura de Batista, dejó dicha una de sus frases más famosas: “¡Condenadme! La Historia me absolverá!”. No podemos saber ahora cuál será el veredicto final, y lo que es acaso peor, ni siquiera puede estar ya nadie razonablemente seguro a estas alturas del siglo XXI de que esta esquiva Dama sea un juez infalible o confiable. Lo que sí se puede decir con rotundidad es que Fidel Castro no ha sido un zascandil ni un mequetrefe. Osó y duró.

Osó desafiar a una tiranía cruel que había convertido a su patria en una especie de casino-protectorado al albur de las mafias operantes en la más grande potencia de nuestro tiempo. Osó luego desafiar con éxito a esa potencia que no está precisamente para bromas durante casi seis décadas y a menos de 100 millas náuticas de distancia. Osó, antes, desafiar a los comunistas ortodoxos cubanos, que consideraban una loca aventura su pequeña guerrilla de combatientes en Sierra Maestra que, al final, y a lo sumo, logró reunir a 5000 combatientes. Llegado al poder en enero de 1959, aprovechó la Guerra Fría para obtener ayuda de la Unión Soviética. Pero también osó desafiar a ésta –siempre aferrada a la cautelosa defensa del statu quo internacional (la “coexistencia pacífica” entre las distintas “áreas de influencia” geopolítica)— practicando una asombrosamente activa política exterior internacionalista que dejó profunda huella antiimperialista directa en América Latina y en África e indirecta en todo el planeta a través de su vigorosa participación en el Movimiento de Países no-Alineados.

La Revolución cubana de 1959 conquistó en su momento a la opinión pública democrática mundial. Por su radicalidad extraordinaria, no menos que por la naturaleza tan poco cruenta de su desenlace inicial: la elite política y profesional batistiana, que había traicionado y emputecido los ideales de la Constitución republicana cubana de 1940, huyó despavorida de la isla tan pronto entraron los barbudos en La Habana, y la Revolución empezó insólitamente de cero, casi sin necesidad de tener que contar con la asistencia –o el sabotaje— de altos o medianos funcionarios civiles o militares del antiguo régimen. El programa de los revolucionarios triunfantes estaba en la gran y robusta tradición del republicanismo democrático de José Martí y de socialistas republicanos como Diego Vicente Tejera o Raúl Roa (ministro de exteriores de Fidel Castro). Esto, que escribió Vicente Tejera (contra España) en 1897, podrían haberlo firmado Fidel Castro o Raúl Roa (contra EEUU) en 1959:

“Todo yace en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre— de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad.”

La Revolución cubana expropió masivamente la propiedad absentista y propiedades norteamericanas que habían hecho su agosto bajo Batista, y propició una radical reforma agraria en buena medida inspirada al principio en las ideas que José Martí había aprendido en los EEUU del último tercio del XIX del gran economista y reformador norteamericano Henry George (y que hasta cierto punto habían inspirado a la Constitución republicana cubana de 1940, traicionada por Batista]:

“El que trabaja la tierra y mejora debe poseer la misma. Él debe pagar al estado por ello mientras lo usa. Nadie debe poseer la tierra sin tener que pagar al estado para su uso. Nadie debe pagar al Estado un impuesto más allá de un arrendamiento de tierras. Así, el peso de los impuestos nacionales caerá sobre aquellos que han recibido [de la nación] los medios de pagar ellos … La vida sin impuestos será barata y fácil, y el pobre tendrá un hogar y el tiempo para cultivar sus mentes, entender sus derechos cívicos deberes, y amar a sus hijos.” [Artículo de Martí fechado en 14 de abril de 1887 y publicado en el diario mexicano El Partido Liberal.]

Pero no sólo por eso, es decir, por sus propios méritos, conquistó la Revolución de 1959 a la opinión pública democrática internacional. También porque el mundo era entonces muy otro. Es verdad que se estaba en plena Guerra Fría. Es verdad que la propia Revolución cubana propició en 1962 un pico terriblemente peligroso de la Guerra Fría con la llamada crisis de los misiles. Pero el clima de opinión era netamente antiimperialista y ampliamente favorable a los procesos de descolonización en curso desde el final de la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, los movimientos populares y los movimientos por los derechos civiles eran pujantes y vigorosos en las metrópolis. Una buena parte del establishment académico y político norteamericano y europeo se sumaba a la tesis entonces en boga de la “convergencia”: el capitalismo democratizado y socialmente reformado de posguerra y el socialismo real centralmente planificado “tendían” a una convergencia supuestamente dimanante de las exigencias técnicas de la economía y la vida social modernas: el capitalismo seguiría democratizándose y su sector público, creciendo; los países de socialismo real tenderían a desburocratizarse y a democratizarse; y los países descolonizados y “en vías de desarrollo” se beneficiarían de todo eso y se sumarían a la “convergencia”.

Los años 60 fueron años de esperanza y de optimismo. Infundadamente, tal vez. Porque se venía de la década del golpe de Estado anglo-norteamericano contra el gobierno de izquierda laica de Mosadeq en Irán, de la intervención imperialista anglo-francesa contra el Egipto del gobierno nacionalista laico de Nasser en la crisis del canal de Suez, o del golpe de Estado norteamericano contra el gobierno republicano-democrático de Jacobo Arbenz que, en Guatemala, se había atrevido a una reforma agraria que dañaba los intereses de la United Fruits norteamericana. Porque se venía del golpe presidencialista light de De Gaulle contra la IV República parlamentaria francesa. Porque se estaba ya en la década del terrible y sangriento golpe de Estado norteamericano en Indonesia contra el gobierno de izquierda laica de Sukarno. Porque se estaba ya en la década de la yugulación soviética de la Primavera de Praga. Y porque estaba por venir el golpe de Estado norteamericano contra Allende en Chile en 1973, punto final de toda una época signada por el antifascismo de posguerra.

Fidel Castro sobrevivió a todo eso. Sobrevivió incluso al hundimiento de la URSS en 1989. Es decir, que, además de osar, duró. Duró asombrosamente. Con virtú y con fortuna, en el específico sentido maquiavélico de estas palabras. Y hay que decir que, en el clima de retroceso, crecientemente restauracionista, que empezó a experimentar el mundo desde finales de los 60, Fidel Castro se manejó con gran pericia: esto se lo reconocen hasta sus peores enemigos. Es demasiado pronto para juzgar cuántas de las maniobras y pillerías de Realpolitiker consumado que le permitieron durar tanto fueron errores políticos, cuántas aciertos y cuántas, en cambio, Zugzwänge, movimientos obligados, como se dice en argot ajedrecístico.

Fueran errores políticos evitables o malhadadas jugadas forzadas, dos pesan hoy como una losa para el futuro revolucionario de Cuba. El primero es la subordinación de la isla al ámbito económico de influencia de la antigua URSS: la actual y peligrosa dependencia de Cuba del rentismo petrolero venezolano muestra que la economía cubana no halló con la Revolución –y sigue sin hallar— una forma sana y sostenible de insertarse en la economía mundial. El segundo es la Constitución de tipo soviético de 1976. Hasta esa fecha, Cuba mantenía, aun si suspendida provisionalmente en la práctica desde 1959 por una dictadura revolucionaria supuestamente fideicomisaria de emergencia, la gran Constitución republicano-democrática de 1940.

Sin la Revolución cubana de 1959, el mundo sería hoy con toda probabilidad peor y harto más peligrosos de lo que ya es. Y Cuba sería, en el mejor de los casos, y con mucha suerte, un triste protectorado endeudado à la Puerto Rico, o, en el peor, un Haití. Los logros de la Revolución son indiscutibles. Entre otros:

Cuba es según la UNICEF el único país de las Américas sin desnutrición infantil, razón por la cual ha sido declarada “paraíso internacional de la infancia”.
Cuba tiene la tasa de mortalidad más baja de las Américas.
Cuba tiene 130.000 médicos licenciados desde 1961.
El sistema de salud cubano es, según la OMS, un ejemplo para el mundo.
Cuba es el país del mundo que más PIB aporta a la educación
Cuba es uno de los países con mayor índice de desarrollo humano, según NNUU.
Cuba es el primer país del mundo en eliminar la transmisión madre-hijo del VIH
Pero el futuro de Cuba, si ha de conservar los logros de su Revolución socialista, pasa por volver a las raíces republicano-democráticas de la misma. Por reinsertar sana y eficientemente su vida económica en la economía mundial, por desestatizar parcialmente y desburocratizar administrativamente su economía sin privatizar el grueso de la misma y sin concentrarla, es decir, socializándola por vías democráticas como el fomento de la propiedad cooperativa, de la propiedad común local, de la colectivización voluntaria, de la autogestión democrática y/o el control desde abajo de las empresas y los servicios públicos, etc. Condición inexcusable de todo lo cual es la recuperación y la institucionalización constitucional de los valores republicano-democráticos que han estado en el centro de la historia de todas las revoluciones de Cuba, las del XIX y las del XX, y en expresa defensa de los cuales se batió precisamente la Revolución socialista de 1959.

http://www.sinpermiso.info/textos/fidel-castro-1926-2016-el-que-oso-y-duro

Trump, ¡¿cómo?!

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Por Julio César Guanche

Leo comentarios que aluden a la victoria presidencial de Donald Trump como el triunfo de un loco y una victoria de la estupidez humana. Leo por igual que una clave parece estar en el Trump “antisistema”, frase que quizás es mejor entender como el haberse situado frente a determinado estatus capitalista. Por ahí, hay novedades en su proceder respecto al contexto estadunidense. Sin embargo, pienso en otra arista para explicar su triunfo: cómo ha explotado racionalidades antiguas de ese sistema, algunas de ellas fundacionales.

Trump ha explotado el patriotismo capitalista, que siempre ha tenido que ser imperialista, y que estuvo así en el centro de la primera guerra mundial (con la frase “la patria con razón o sin ella”). Ha explotado la lógica del proteccionismo, a favor de la cartelización de los “intereses propios” de los “americanos”, tesis que apoyó el partido republicano estadunidense en los 1930 como la vía para salir de la crisis del 29. Ha explotado el racismo capitalista, que proclamó haber fundado la prosperidad sobre los “pioneros del capitalismo” (los barones blancos de la industria) y no sobre el trabajo esclavizado, y pretende hacer “de nuevo grande a américa” contra la historia y el presente de una nación construida por afroamericanos, latinos y todo tipo de inmigraciones. Ha explotado el clasismo de los empobrecidos y perdedores del sistema, diciéndoles, por enésima vez, y por enésima vez falsamente, que salvar a los capitalistas es también salvarlos a ellos, como lleva siglos asegurando la teoría económica ortodoxa. Ha explotado el sexismo capitalista, escandalizado con la declaración de Trump de que puede agarrarle la vulva a la mujer que desee, mientras convive con la despolitización del uso mercantil del cuerpo femenino. Ha explotado la distopía del “hombre americano común”, ignorante de su ignorancia, obscurantista hacia la ciencia y conservador hacia la cultura, la imaginación más reaccionaria con que se puede “defender” a un pueblo. Por aquí, ha explotado la narrativa del “enterteiner”, sin mostrarse como un líder político “sólido” (recordar a Reagan), contribuyendo a hacer de la política un “reality show” con electores en tanto consumidores, espectadores y aprendices.

Trump ha explotado el escepticismo “radical” frente a la democracia, que asegura que esta “no sirve para nada”, que todo es “lo mismo”, que recuerda a Hitler como el que fue llevado a las urnas “por la democracia” (dato muy inexactamente manejado) y no como lo que fue: su visceral enemigo. Ha explotado la engañosa sinonimia entre democracia, democracia liberal y aparato electoral-representativo, que fue elaborada, a contrapelo de la historia de estos conceptos, solo tras el inestimable concurso de la guerra fría. Ha explotado la celebración “marxistoide” de la catástrofe, que desea que “todo se ponga peor” para que al fin la gente “se dé cuenta y reaccione revolucionariamente”, argumento que convierte a los pueblos, y a sus vidas reales de dolor y sufrimiento ante la catástrofe, en meras piezas de cambio, sacrificables a favor de “sus ideales”. Ha capitalizado la implosión de las socialdemocracias realmente existentes y sus incapacidades para dejar de ser algo más que falsos predicadores, para servir al capitalismo más depredador.

También, ha explotado la realidad del guerrerismo, de la conquista plutocrática del poder, del incremento de la desigualdad, de la concentración extraordinaria de la riqueza, del despliege de la exclusión y la injusticia, de la autocracia del poder mediático, de la separación radical entre los que mandan y los que son mandados, de la hipocresía obligada ante lo “políticamente correcto”, para darle salida a esa crítica a favor del capitalismo oligárquico, haciendo frente, a conciencia, a los muchos intentos sociales de democratizar, a beneficio del “99%”, las relaciones económicas, sociales, políticas, raciales e internacionales en ese país. Así, ha respondido a la reacción contra la práctica neoliberal “desregulada” prometiendo conservar medidas sociales, bajar impuestos a pequeños productores, imponer controles financieros, asegurar determinadas provisiones, pero sin decir —y, por ello, mintiendo— que estos programas solo pudieron avanzar algo allí donde la organización del trabajo se hizo poderosa y la economía política se comprometió con la redistribución de recursos como clave misma de su lógica de desarrollo.

No estamos ante la obra de un estúpido, o de un loco solitario capaz de arrastrar en su demencia a una multitud de orates. Trump no es, como decía Marx, “un rayo que cae en cielo sereno”. El magnate no ha traído a la palestra solo sus “rasgos personales” de racista, misógino y xenófobo. Lo más grave es que tales rasgos son centrales en una parte significativa de la sociedad estadunidense, ante la cual Trump ha respondido en sus reclamos de venganza para protegerse de los “negros”, de los “comunistas”, de los “fundamentalistas”, de los negocios chinos, de los abortistas, de los evolucionistas, y de un sinfín más de “amenazas”.

La contrarreforma capitalista de los 1970 reaccionó también contra cosas parecidas, frente a las “subversiones” de los 1960: el liberalismo político o social que proponía fortalecer el Estado; la contracultura, despreciada por “su calaña moral” sobre el sexo y el libertinaje; la acción afirmativa, por sus efectos disruptores y “discriminatorios”, y contra la asfixia del mercado ante el intervencionismo y contra “el cáncer de la burocracia”. Trump ha traído contenidos diferentes respecto a esos discursos, como cierta “crítica” a la globalización, y la crítica que ha recibido él mismo por parte de importantes neocons por “pretender destruir la política exterior estadunidense”. Pero al mismo tiempo, ha explotado antiguos miedos y lógicas enteramente sistémicas.

Nada de lo antes dicho celebra a Hillary Clinton como portadora de soluciones para tales problemas, pero quizás explique algún por qué de la “sorpresa” ante el triunfo de Trump. Acaso, este ha hecho visible una cara histórica del capitalismo, “olvidada” por la confusión entre capitalismo y neoliberalismo, por el devaneo liberal sobre el patriotismo cívico y el multiculturalismo y por la rendición teórica que supone considerar “populistas”, al mismo tiempo, a Bernie Sanders y a Donald Trump. Es, no obstante, una cara del capitalismo de ayer y de hoy, la que atemorizaba enormemente a Martí, cuando se refería a la “patria de Cutting”.

El socialismo, la república, la libertad y la justicia en Cuba

Representación crítica de Cuba independiente y republicana

En la imagen, la voz de los enemigos de la independencia de Cuba y de la conquista de su República.

 

Diego Vicente Tejera (fundador del socialismo cubano) en 1897:

“Y es que la hora, que pronto ha de sonar, será solemne y decisiva. Libre Cuba al fin, concretada la patria, va el pueblo cubano a verse en frente de un desquiciamiento universal. Todo ha caído, todo ha tenido que caer: instituciones, leyes, costumbres, toda la antigua manera de vivir y de pensar, la riqueza, la industria y —arrastrado por el cataclismo—hasta el hogar material, y con él la familia y la ventura. Todo yace allí en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre—de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad. La obra será magna, y para que sea también hermosa y buena, será indispensable que todos los cubanos —todos—pongan su mano en ella, que todos le infundan su espíritu, que todos encarnen en ella sus aspiraciones. Mal empezaría nuestra nueva vida de justicia y libertad, si privado del abrigo de nuestras instituciones, quedase expuesto a morir en la intemperie un solo anhelo legítimo, un simple sueño noble y generoso.”

En la imagen, la voz de los enemigos de la independencia de Cuba y de la conquista de su República. Es negra y mísera, como el futuro que les esperaría, según esta voz, a una Cuba independiente,  republicana y democrática.

Martí y Maceo, y muchos otros, replicaron en extenso el dicurso codificado en esa imagen. Por ejemplo, decía Maceo: “Tendréis derechos sociales si sois gobernados por la voluntad cubana, que será la vuestra. Donde la voluntad de los hombres —de los hombres blancos, de los hombres negros—, es libre y eficaz, todos los conflictos han tomado el camino de la superación. España es el obstáculo para la democracia, para la voluntad de todos, para la voluntad de los negros. Con ella en Cuba, seguirá el negro sin voz ni voluntad. Echar España es cosa dura y riesgosa que no permite desviaderos. Todos los esfuerzos deben unirse para echarla como para derrotarla en bien del negro cubano.”

Liborio y José Rosario

Liborio La lucha, 12 de junio 1912

Este artículo lo escribió Julián V. Serra en 1909. El texto —hasta donde sé, muy poco conocido— elabora un relato nacional sobre el blanco y el negro cubanos, sus “características”, sus historias y sus aportes respectivos a la construcción de la nación. Es un relato, como todos, interesado. Lo publicó Previsión, órgano del Partido Independiente de Color. El texto opone, y relaciona, el personaje conceptual de Liborio, creado por Ricardo de la Torrriente en 1900 (antes que Liborio, el personaje apareció con el nombre de “El Pueblo”), con el personaje de “José Rosario” (en una de las imágenes, José Rosario aparece a la derecha, “aguantado” por Liborio, desconozco si existen más representaciones gráficas de este personaje). El texto fue escrito en el contexto de la criminalización del Partido Independiente de Color, fundado en 1908, ilegalizado en 1910 y masacrado en 1912.

Liborio y José Rosario

Por Julián Serra

Alguien ha tenido la peregrina idea de personificar al pueblo cubano humano en la típica figura del campesino blanco de este país; pero el curioso que se fije bien en esta premeditada ocurrencia ha de convenir en que carece de un detalle digno de ser tomado en consideración; y es que el tal Liborio es blanco, o parece serlo, y no se explica que siendo el pueblo cubano uno de los más heterogéneos del mundo, pueda estar bien personificado en la típica figura de este humilde ciudadano que por su tipo, no representa nada más que a una de las dos entidades étnicas que forman el total de la población cubana.

(En su lugar, el autor propone) la no menos interesante figura de José Rosario, el cual tenemos el alto honor de presentar como cubano criollo también.

(…)

Liborio es un hombre de mediana estatura, delgado, con una cabellera algo rizada, de color entre blanco y cobrizo, que justifica ser oriundo de los primeros colonizadores, que unidos a las únicas mugeres que encontraron contribuyeron al aumento de la población en aquella época.

El Pueblo-Liborio

Viste siempre el traje de bracero y campesino, usa larga patillas, que le dan aspecto de isleño canario, es de constitución física débil, de costumbres modestas y sencillas pero demasiado ambicioso y bastante lleno de vanidad.

Aunque nació en el campo pudo recibir alguna instrucción razón por lo que más que como machetero siempre ganó el sustento como empleado secundario en las fincas donde por lo general desempeñaba el cargo de mayoral en las dotaciones.

(…)

Pasemos a conocer a José Rosario: José Rosario, nombres del padre y de la madre que usa como un recuerdo a sus progenitores este cubano, es un hombre negro como el ébano, joven, de regular estatura, constitución física demasiado fuerte, con una dentadura en extremo blanca que sólo deja ver cuando se ríe a medias, de un carácter enérgico y un valor rayano en la temeridad, con poca instrucción pero con muy buen sentido práctico, de costumbres en extremo sencillas y sin pretensión alguna.

Liborio y José Rosario

Viste pantalón y camisa de listado con las faldas metidas dentro del pantalón, pelado a rape y afeitado completamente, zapato de baqueta, sombrero de Yarey y no deja de traer el yaguarama al cinto nunca; pues con ese contundente instrumento ha ganado todo cuanto posee; y como es buen ginete, casi siempre usa polainas.

Estos dos cubanos que siempre venían trabajando en la misma finca (aunque desempeñando distintas funciones) llegaron a comprender que los malos tratamientos y falta de consideración de que eran objeto por parte del administrador, sólo era debido a su cualidad de hijos del país, condición que como si fuese un delito siempre les echaba en cara.

El dueño de la finca donde trabajaban se llamaba don Valeriano, de instinto feroz y sanguinario y enemigo gratuito de todo lo que con Cuba pudiera relacionarse.

José Rosario sufría en silencio las consecuencias de aquella situación, y no se decidía a tomar ninguna resolución temeroso de pasar algo parecido a lo que le pasó a un pariente suyo llamado “Aponte” por haber tomado la iniciativa en un caso análogo, no así a Liborio que por su empleo de mayoral se comunicaba más con don Valeriano que siempre lo trataba con demasiado desdén.

Liborio herido en su amor propio deseaba vengarse de don Valeriano, pero le tenía un miedo atroz; y una noche se acordó de José y dijo: este negro es fuerte, joven y guapo y supongo que tendrá también deseos de cambiar de situación por más que nunca dice a ese respecto, lo que me induce a suponer que si acepta, y realizamos la empresa; no ha de ser muy exigente en lo tocante a su recompensa; y caso de que lo fuese, ya veríamos la manera de contentarlo con algo, que al cabo sería poca cosa y así pensando resolvió hablarle del asunto a José.

Al siguiente día en el trabajo y contra su costumbre Liborio se acercó a José y le dijo: cuando se acabe la fagina, tengo que decirte una cosa que te interesa. Te espero detrás de la enfermería. José Rosario, por más que extrañó aquella cita, acudió con ansiedad y cuando estuvieron juntos, José, pensativo dijo; ya estoy aquí, de qué se trata.

Te he llamado, dijo Liborio, porque supongo que tú desearás mejorar tu situación; pues no has notado como está don Valeriano, cada día más absurdo, y como creo que hay modo de salir de él, quiero tratarse de eso, ¿qué te parece? ¿Qué hay que hacer? Dijo José Rosario fijando la vista en su compañero. Liborio se acercó, y poniéndole la mano en el hombro, le preguntó en voz baja: ¿tú eres buen cubano? A mí no se me pregunta eso, dijo José Rosario. Tú sabes, dijo Liborio, que hay cosas que no se pueden hablar con todo el mundo por… Y tú sabes, dijo José Rosario interrumpiéndolo, que yo soy diferente a todo el mundo y por eso te vuelvo a preguntar: ¿qué hay que hacer? Liborio se acercó más a José y en voz baja le dijo al oído:

-La independencia de nuestra patria.

José miró a los dos lados y satisfecho de no ser oído más que de Liborio, dijo: cómo, ¿tú también piensas en eso? Sí, dijo Liborio; pero… Yo solo no me atrevo y quiero saber si tú estás dispuesto a ser mi compañero. José Rosario se rascó la cabeza como queriendo recordar algo y se quedó pensativo. ¿Qué te pasa? dijo Liborio..

Ahora me recordastes tú, dijo Rosario, lo que le hicieron a Juan Pascual y a Pío el año 44, y por eso… Pero yo no tuve la culpa, contestó Liborio algo turbado, eso lo hizo don Leopoldo que era lo mismo que don Valeriano. Si; los dos son malos, dijo José, pero lo mismo con don Leopoldo que con don Valeriano, tu siempre ha sido mayoral, mientras ellos te tratan bien, no te acuerdas de la dotación, y cuando te hacen algo eres el primero en gritar.

(…)

Cuerazo que guanta congo, sambiampungo va contando -dijo José Rosario. Eso decía un viejo talanquero y no se me olvida tampoco: pero si eso es verdad, los cuerazos que se dieron el año cuarenta y cuatro, deben estar apuntados en alguna libreta, ¿no lo crees Liborio? Precisamente por eso es necesario unirnos para averiguar quién tuvo la culpa de esa desgracia, dijo Liborio.

¿Hó? -Dijo José Rosario dejando ver parte de su blanca dentadura y oprimiendo el cabo de su machete, cada vez que recuerdo que lo juró mi primo Plácido sobre la tierra endurecida, no se ha cumplido por ninguno de nosotros dos, quisiera tener los recursos que tienes para cumplirlo yo solo. Liborio asombrado de la rápida resolución de aquel hombre, le dijo: ¿has pensado en lo peligroso de esa empresa, José? Con que tú me convidas para estar pensando en el peligro que corremos; ahora, te pregunto yo a ti. ¿Tú eres buen cubano? dijo José Rosario y fijó la vista en Liborio.

-Pero no soy fuerte como tú, contestó Liborio aflijido.

No importa, dijo José Rosario; lucharemos juntos y tomaré la parte más difícil para mí como más fuerte. Ve tranquilo y cuando llegue la hora me vuelves a poner la mano en el hombro, pero eso sí, con una sola condición.

¿Cuál? dijo Liborio con ansiedad.

Que el primero de los dos que trate de hacer traición debe morir a manos del otro, dijo José Rosario. ¿Aceptas? Y figuró en su compañero una mirada tal, que aquél, comprendiendo lo que aquella pregunta significaba, miró con asombro a su fe y algo pálido y vacilante, contó: Acepto.

Desde aquel día y aquella hora, quedó firmado un pacto de honor entre aquellos dos cubanos que tomando sólo a Dios por testigo, juraban romper las cadenas que los envilecían y degradaba ante los hombres libres.

Julián V. Serra

(Existe un segundo artículo, continuación de este)

Fernando Ortiz: Contra las discriminaciones racistas

Don Fernando Ortiz

 

(Reproduzco aqui un texto de Ana Cairo sobre Fernando Ortiz y su lucha contra el antirracismo en Cuba. Tambien podrán ver, al final del texto, varios textos sobre este problema, de la autoría de Ortiz)

 

Ortiz contra las discriminaciones en Cuba y en el mundo

Ana Cairo

En la Sociedad Económica de Amigos del País que presidió durante nueve años, Ortiz adquirió una amplísima experiencia, al igual que en  los ocho años en que fue miembro de la Cámara de Representantes por el Partido Liberal.

Se enfrentó al machadato, en desacuerdo con la prórroga de poderes. Probablemente, desde entonces, databa su opinión de que habría que realizar una nueva constitución.

 De manera pública, se declaró enemigo de la “cacocracia” desde diciembre de 1930, cuando publicó un manifiesto y se exilió en los Estados Unidos. Se involucró en los grupos de presión (en la política estadounidense se les denominaba lobbys). Desde 1931, se  integró a la Junta de Nueva York, donde interactuaban  políticos de disímiles tendencias con relaciones muy variadas en los medios económicos,  políticos, académicos,  de prensa, gubernamentales y del Congreso.

Ortiz eligió construir su red estadounidense en los círculos de intelectuales (los profesores universitarios, científicos y sobre todo periodistas) para que denunciaran sistemáticamente los crímenes de la dictadura y para que promovieran acciones solidarias con los exilados antimachadistas y con el pueblo cubano.

Esta experiencia política para construir movimientos de opinión pública la utilizó, a partir del fin del machadato, para avanzar en el diseño de nuevas plataformas que  formaban puntos estratégicos de su proyecto regeneracionista, modernizador de la sociedad cubana, después de la derogación de la Enmienda Platt ( 29 de mayo de 1934).

Lideró un movimiento de intelectuales pro nueva Convención Constituyente entre  septiembre de 1933 y noviembre de 1939 (fecha de la elección de los delegados). No estaba interesado en ser uno de ellos, porque había decidido no volver a enrolarse en los partidos políticos. Seguir leyendo “Fernando Ortiz: Contra las discriminaciones racistas”