De la ética a la política. De la razón erótica a la razón inerte, de Antoni Doménech

Antoni Doménech

 

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“He aquí una original reconstrucción histórico-filosófica de la formación de la racionalidad moderna, a la vez que una crítica, sutil pero devastadora, de la pretensión de “desetizar” el ámbito de la vida política. Sirviéndose de un nutrido repertorio de recursos intelectuales (desde el innovador uso hermenéutico de la teoría matemática de los juegos de estrategia, hasta las técnicas filológicas más tradicionales), Antoni Doménech presenta aquí, críticamente, la evolución de un pensamiento ético-político moderno profundamente enraizado en la cultura cristiana, diseccionando su ruptura con el ethos antiguo en una larga excursión intelectual que combina el rigor de los métodos analíticos con una vasta cultura filosófica clásica. Esta obra puede ser leída como una nueva interpretación del desarrollo de la filosofía práctica «occidental» (con abundantes calas de contraste en el pensamiento moral «oriental», señaladamente en el budismo profundo). Como ha escrito Jesús Mosterín en el prólogo: «este libro reúne unas cualidades de vigor intelectual, originalidad, competencia técnica y densidad conceptual tan evidentes, que no es aventurado augurarle un puesto permanente de la historia de nuestro pensamiento político y de nuestra hermenéutica filosófica”.

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La Marsellesa, de Jean Renoir

Ver online La Marsellesa

“La Marsellesa surgió en 1937-38 como un encargo político del Frente Popular, destinado a película-foco de resistencia y de movilización de la memoria histórica de las clases medias y obreras de Francia, frente a la marea creciente del expansionismo fascista nazi. Era Renoir hombre de la izquierda y lo era de forma callada y no gestual o verbalmente radical, pero no tenía condición de hombre de partido, y desde el poder le encargaron (en parte tal vez por eso y como forma de limar las disensiones intestinas frentepopulistas) hurgar en los orígenes del canto nacional francés y recordar el origen revolucionario de una música que entonaban también como propia los fascistas franceses, frente a los que había que marcar las distancias y decirles que esos acordes fueron llevados como una antorcha, a lo largo de la gran caminata desde su ciudad a París, por los soldados de un regimiento de Marsella, compuesto de parias revolucionarios sublevados, contra un rey que era custodiado por otro regimiento, éste compuesto por reaccionarios, atildados y disciplinados mercenarios reclutados en la Suiza alemana, que hablaban en alemán, como la mujer austríaca del rey, por lo que éste era, en palabras esculpidas por Saint-Just, un “bárbaro extranjero”. Y ese impulso “promarsellés y antialemán” alentó, sin mover un sólo grano de la tentación racista o nacionalista, a Jean Renoir a convertir en cine la música, sonora o callada, de la imaginación jacobina. Eso es, en definitiva, LA MARSELLESA“.

Texto: Ángel Fernández-Santos, “La Marsellesa”,
en Jean Renoir, rev. Nosferatu, nº 17-18, marzo 1995.

FICHA TÉCNICA DE LA PELÍCULA

Título: “La Marsellesa” (“La Marseillaise”)
Director: Jean Renoir
Intérpretes: Pierre Renoir, Lise Delamate, Louis Jouvet, Jean Aquistapace, Aimé Clariond, Andrex, Edmond Ardisson…
Año: 1937
Guión: Jean Renoir, con Carl Koch, N. Martel Dreyfus y Mme. Jean-Paul Deyfus (asesores históricos)
Fotografía: Jean-Paul Alphen, Jean Bourgoin, Alain Dovarinov, Jean-Marie Maillols.
Música: Joseph Kosma. Lalande, Gretry, Rameau, Mozart, Bacha, Rouget de Lisle, y Sauveplane.
Duración: 135
País: Francia

Música y democracia ¡agua!

Roberto Fonseca, Foto de Alejandro Ramírez Anderson

Por Julio César Guanche

Al menos tres de los más importantes discos cubanos editados recientemente son recorridos por un enorme diapasón de géneros de la música cubana: ADN, de Alain Pérez, ABUC, de Roberto Fonseca y Cubafonía, de Daymé Arocena.

Cubafonía, en doce canciones, combina once géneros. Abuc conjuga bolero, filin, jazz, mambo, chachachá y contradanza. En ADN se dejan escuchar influencias de décima, tonada, guaracha, son, salsa, flamenco, jazz, rumba, guaguancó y timba. Fonseca dice que “uno toca como piensa”. Daymé exclama que “…nadie (es) más feliz que yo de mi negritud, de mis etnias y de todo lo que viene conmigo”. Alain Pérez piensa que hace lo que hace “sin dejar de mirar hacia adelante, porque somos contemporáneos. Ese es mi background, ese es mi concepto”.

Es música cubana y del mundo, de primerísima calidad global, hechos por jóvenes entre los 20 años y los tempranos 40. Todos nacieron bajo el bloqueo, han vivido el mundo, viven o hacen conciertos en su país; tienen memoria de los muñequitos rusos, pero no de la reforma agraria; y no se tiene noticias de su opinión sobre las reuniones sindicales en Cuba.

No se descubrirá nada diciendo que la música cubana, y Cuba misma, es un resultado de infinitud de mezclas, como lo son, dicho sea de paso, con diferente grado, todas las culturas y todas las naciones. Pero la insistencia de estos discos por la “universalidad concreta”, por la apertura a la diversidad, por la mezcla y la apropiación, y así por la reelaboración crítica de lo propio es algo a destacar en este momento.

Daymé Arocena, foto de Claudio Pélaez Sordo

 

Estos discos se pueden leer como “ponerse en situación”. O más sencillamente: como dar una opinión, y una fuerte opinión.

No se trata de celebraciones apolíticas de las mezclas, que escondan las desigualdades. Una versión extendida sobre el mestizaje cubano —como hizo con lo indígena el mestizaje “oficial” boliviano, calificado por Jorge Sanjinés de “mito conciliador de la nación”— también ha escondido la “negritud” en versiones alegres del ajíaco, y ha sido empleado para desactivar demandas fuertes en nombre de una versión dominante de “lo cubano”.

No obstante, hay otras maneras de valorizar el mestizaje. Gruzinski lo ha escrito con estas palabras: “los mestizajes no son nunca una panacea: expresan combates que nunca tienen ganador y que siempre vuelven a empezar. Pero otorgan el privilegio de pertenecer a varios mundos en una sola vida…”

Bolívar Echeverría, desde lo más destacado del marxismo mundial de la segunda mitad del XX, ha reconocido el mestizaje como clave de la construcción de lo moderno: “lo moderno de una sociedad se expresa justamente por su capacidad de abrirse hacia otras entidades sociales y romper, por lo menos parcialmente, con las barreras que las sociedades premodernas construyen alrededor de ellas para cuidar una supuesta pureza cultural.”

Alain Pérez, foto de Tony Hernández y Ramsés Batista

 

La polifonía de estos discos no es nueva en la música cubana, ni tampoco lo es la demanda de diversidad que expresan. Pero en esta hora global que vive cierres extremadamente peligrosos (racistas, xenófobos y oligárquicos), y en esta hora nacional empeñada en cierta política de “conmigo o contra mí”, esta música cubana dice que no hay que tener miedo a las mezclas, que estas son más poderosas cuando se está abierto al mundo, se reconocen diferencias y se las procesa sin pacificarlas ni renunciar a los conflictos.

Esta música no solo ofrece sonidos de fondo a demandas cubanas de hoy, sino formulan desde su propio cuerpo su particular demanda de inclusión y de participación en la construcción crítica de lo propio, esto es, también, de un nuevo y ampliado espacio político cubano que reclama alto y fuerte: ¡Agua!

Alfredo Guevara: el contrapunteo de la cultura

 

Alfredo Guevara en 2009. Foto: José Goitía para The New York Times

 

Por Julio César Guanche

Alfredo Guevara señaló aquel mueble, un butacón vanguardista, demasiado bajo como para que pudiera sentarse en él a la altura de sus ya más de 80 años, y dijo: “un día Leo Brouwer me llamó para avisarme que estaban vendiendo esos muebles en un Ten cent, y corrí a comprarlos”. Aquel día era de algún año de la década de 1960, los muebles eran Knoll y, pasados los años 2000, permanecían en las oficinas del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana.

La afición por los muebles Knoll podría parecer contradictoria con la conocida veneración de Guevara al mobiliario barroco y colonial. Recorriendo con la vista el butacón, su defensa de la estética Knoll se remontó al origen del formalismo ruso y del racionalismo alemán, y al contexto del estalinismo y el fascismo.

Guevara había estudiado a fondo el movimiento de la vanguardia rusa anterior al estalinismo y lo consideraba el germen, junto a la Bauhaus, de casi toda la vanguardia occidental. Lamentó siempre que, en el caso ruso, esa vanguardia se perdiera por la “ceguera estalinista, ceguera que llegó a ser criminal”. (O, en el caso alemán, por el nazismo.) Desde esta comprensión, decía: “yo no soporto Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca”, y cuestionaba el “marxismo-leninismo”, elaboración del estalinismo sobre el marxismo que no era “ni marxista ni leninista”.

Hay quien verá una “muestra más” del “elitismo” de Guevara en su afición por los muebles Knoll, “mientras el pueblo cubano pasaba tantas carencias”. Ni Guevara ni la Revolución cubana son carne de santoral. La escasa presencia de directoras mujeres, y de enfoque de género, en el cine cubano producido por el organismo que él dirigió (el ICAIC), así como sus conflictos con el cine de realizadores negros, como Nicolás Guillén Landrián, no son las páginas más brillantes de su biografía.

Sin embargo, de su explicación sobre la Knoll podemos tomar otro aprendizaje. Nadie como el propio Leo Brouwer le daría mejor título: “La tradición se rompe, pero cuesta trabajo”. Ese trabajo suponía, en Guevara, un compromiso con una concepción universalista de la cultura, una labor de visibilización y reconocimiento de las exclusiones perpetradas por los usos hegemónicos del universalismo, una formación intelectual tan rigurosa como crítica, y una vocación frontal por la justicia. Seguir leyendo “Alfredo Guevara: el contrapunteo de la cultura”

La fuerza de Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio César Guanche

Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.

No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.

Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.

Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo. Seguir leyendo “La fuerza de Fernando Martínez Heredia”

El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, de Antoni Doménech

 

Un maestro insustituible: Antoni Doménech Figueras (1952-2017).

“Fraternidad significaba en 1790 –cuando Robespierre acuña la divisa: Libertad, Igualdad, Fraternidad— universalización de la libertad republicana y de la reciprocidad en esa libertad que es la igualdad republicana. Es decir, que todos, también los pobres, los humildes, todos los que necesitan depender de otro para vivir, todos quienes, para existir socialmente y pervivir, han de pedir diariamente permiso a otros, criados, trabajadores asalariados, artesanos modestos, campesinos acasillados, mujeres, todas las categorías sociales, en fin, que entonces se incluían entre las “clases domésticas”, todos los miembros de la “familia” (“familia” viene de famuli: esclavos, siervos), salieran del domus subcivil en que la sociedad señorial viejoeuropea (y colonial iberoamericana) les había inveteradamente confinado, para emerger como ciudadanos de pleno derecho a una sociedad civil de libres e iguales. La idea era que nadie necesitara tener que pedir permiso a otro particular para poder existir socialmente, que todo el mundo tuviera su propia base material, sus propios medios de existencia social. Esa idea, que unificó políticamente al “cuarto estado” desprendiéndolo del tercero (los burgueses), entró en fase de eclipse básicamente por dos motivos. Primero, porque la sociedad civil napoleónica dio una apariencia de libertad e igualdad civiles, de libertad e igualdad, esto es, independientes de las bases materiales (la propiedad) en que el republicanismo (de Aristóteles y Cicerón a Jefferson, Kant o Robespierre) las hacía arraigar: de ahí salió la libertad “liberal” en el siglo XIX. (En rigor histórico, no hay “liberalismo” antes del XIX: la propia palabra se inventa en las Cortes de Cádiz, en 1812.) Segundo porque, después del fracaso de la II República francesa de 1848 –la llamada República “fraternal”—, los socialistas políticos, legítimos herederos del legado del republicanismo democrático tradicional, consideraron con buenas razones que, en la era de la industrialización, no era ya viable el viejo programa democrático-fraternal revolucionario de una sociedad civil fundada en la universalización de la libertad republicana por la vía de universalizar la propiedad privada; para ellos no se trataba tanto de una inundación democrática de la sociedad civil republicana clásica, cuanto de la creación de una vida civil no fundada ya en la apropiación privada de las bases de existencia, sino, como dijo Marx, basada en un “sistema republicano de asociación de productores libres e iguales”, es decir, en un sistema de apropiación en común, libre e igualitaria, de las bases materiales de existencia de los individuos. Marx y Engels –y aun Bakunin— nunca perdieron de vista la conexión de este ideal socialista con el viejo ideal republicano-democrático fraternal. El republicanismo se hizo definitivamente invisible, se eclipsó, como tradición histórica cuando los socialistas que vinieron después fueron olvidando en sus formulaciones doctrinales –y en su agitación política cotidiana— esa conexión, para acabar confundiendo muchas veces ellos mismos la tradicional concepción republicana de la libertad –enormemente exigente— con la nueva –y trivial—concepción liberal postnapoleónica.”

Descargar aquí un fragmento del El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista.

Una entrevista con Antoni Doménech sobre marxismo y republicanismo:

“Memoria, ideario y práctica de la democracia. Entrevista con Antoni Domènech”: Julio César Guanche

 

Problemas de la “nueva Cuba”. Clase, raza y construcción nacional hacia 1940

Esta conferencia aborda el campo político que produjo en Cuba la Constitución de 1940. Explica la economía política puesta en debate por esa Constitución y la política cultural que animó sus contenidos. Analiza temas de clase social (a través del debate sobre la moratoria de las deudas hipotecarias de los 1930) y de raza(mediante el estudio de la “cubanidad” y el “afrocubanismo”). Especifica cómo, hacia 1940, fue elaborado un nuevo campo de legitimidad —respecto a la república oligárquica previa a 1930— basado en la reforma de la relación estado-economía-sociedad y en la reelaboración del nacionalismo. El argumento identifica a los actores y a los intereses implicados en el proceso, reconstruye sus respectivos repertorios de ideas y prácticas y muestra las inclusiones y las exclusiones operadas en ese campo político.

(Gracias a Claudio Pélaez Sordo por la realización —en modo fraternal— del video. “Por razones ajenas a nuestra voluntad”, no aparece el debate completo. Además de los que aquí aparecen, también intervinieron, entre otros, Roberto Zurbano.)

Julio César Guanche
23 de noviembre 2016, ICIC Juan Marinello, La Habana, Cuba.
Link del video: https://youtu.be/ks6e4QrFI0U
Blog personal: https://jcguanche.wordpress.com/

El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)

 

Por Julio César Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Sin salir aún de su primera juventud, Fernando Martínez Heredia estuvo en el centro de dos de los empeños más importantes en el ámbito del pensamiento social de la década del sesenta en Cuba: fue director, entre 1966 y 1969, del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de su revista, Pensamiento Crítico, desde su creación en 1967 y hasta su cierre en 1971.

Esa juventud ha sido de una profunda terquedad: las ideas que estaban en la base de aquellos empeños han sido la inspiración de Martínez Heredia hasta hoy, momento en que se le ha conferido el Premio Nacional de Ciencias Sociales, por sus aportes a la historia, a la politología y al pensamiento revolucionario en Cuba.

De hecho, la perspectiva descolonizadora y latinoamericana, que se hizo entonces abiertamente hostil hacia el «doctrinalismo marxista» proveniente de la URSS, enfoque que recorre por completo aquella obra, conserva mucho de su pertinencia en varios planos del presente y del futuro cubano y latinoamericano.

En esta entrevista, Martínez Heredia se aleja de los ditirambos y se ocupa en plantear problemas, única forma en que, según ha insistido él por décadas, puede operar con éxito el pensamiento revolucionario.

 

¿Cómo definiría usted el estado del pensamiento social en Cuba al momento de la creación del Departamento de Filosofía y, luego, de la revista Pensamiento Crítico? Seguir leyendo “El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)”

Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio Cesar Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Entre la publicación de Peñas arriba en 1917 y la organización del Cuarto Congreso de la Unidad Sindical en 1933, Rubén Martínez Villena vivió una de la existencias más penetrantes del siglo XX insular. Más conocido por su actividad política que por su hontanar intelectual, Martínez Villena dio al trazo de la República moral una connotación de civismo, ética y justicia social que hizo adelantar la rebeldía al estatus de una Revolución. Sin cumplir 25 años, la edad en que la mayoría apenas ha dicho dos o tres cosas de nula importancia, Rubén había escenificado la Protesta de los Trece, entrenado para piloto con el fin de bombardear el Capitolio cubano, creído inicialmente que los males del país eran subsanables con la eliminación de la corrupción, escrito páginas esenciales y abierto al fin su pensamiento hacia una lectura renovadora de la historia y el futuro de Cuba.

El grito de Martínez Villena, y de otros doce jóvenes en la Academia de Ciencias en 1923, fue la obertura cubana a la modernidad del siglo XX. Esa generación miró al país y se lanzó furiosamente a rehacerlo. Villena, junto a Mella, Pablo, Marinello y Roa conforman el ala radical de esa generación, que por primera vez transitó las rutas de los marxismos en Cuba y produjo interpretaciones fundamentales (amén de algunas muy erradas) sobre José Martí.

La poesía de Rubén, con “la inflexión y el fuego de los Versos libres de José Martí” según Cintio Vitier, lo había llevado a ser uno de los escritores de mayor relieve de su generación, pero igual sirvió de pretexto a una polémica que continuaría a través de los años —con otros motivos—, cual epítome de la diversidad de caminos seguidos por aquella primera generación republicana. No obstante —y aunque apenas leída hoy— su obra no necesita de aquella algarada para formar parte de la historia literaria del país.

Mientras Rubén leía a Rodó, Gandarilla, Ingenieros, Vasconcelos, Guerra, Varona y Sanguily, agitaba sindicatos, preparaba huelgas y vivía agónicamente el día a día de la revolución. En Moscú, en 1931, recibía esta carta de su amigo Pablo de la Torriente: “Más adelante acaso entre Raúl y yo hagamos un libro y en él pondré detalles cinegrafiados de interés casi históricos. Lo primero que he hecho es el último capítulo. Se titula: ´La revolución de la mierda´. Y Raúl ya tiene también el título de su epílogo: ´La mierda de la revolución´. Como ves, esto apesta que es una barbaridad.”

La complejidad de aquel momento resulta hoy prácticamente desconocida. Los comunistas cubanos de la hora no llegaron al criterio de unidad defendido por Mella, contaminados del sectarismo de las tesis de la III Internacional.[1] En lugar de ampliar sus bases sociales, el Partido acumulaba ataques contra la pequeña burguesía. (Sus querellas se extenderían luego a Guiteras una vez derrocado Machado y constituido el gobierno provisional de “Los Cien Días”.) Con la brutal represión el Partido estaba diezmado y dividido el movimiento obrero. Villena fue parte de esos desgarramientos, y muy preocupado con la situación, escribía en 1932: “Nuestro Partido se encuentra en la actualidad destrozado. No existen cuadros de lucha, ni organizaciones eficientes. Los efectivos con que contamos son en extremo escasos. Nuestra influencia en las masas es muy superficial y relativa.” No obstante, Villena logró, menos de un año después, movilizar 200 mil personas con un partido que apenas rebasaba los 400 efectivos, llevar el país a la huelga general y contribuir decisivamente a la caída de Machado. A poco moriría, prosaicamente, de tuberculosis.

Fernando Martínez Heredia es quizás uno de los cubanos que mejor conoce a Villena y a su época. Participante de la lucha insurreccional, profesor, director de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta 1971, Martínez Heredia es uno de los estudiosos más constantes de la historia nacional. Hoy investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, descubrió hace mucho “el secreto profundo de la emoción” que despierta Rubén y considera que: “en vez de destrozar sus versos, Rubén compuso con su vida un gran poema, y logró trascender a las flaquezas del cuerpo y las limitaciones de la actuación. Por eso su lugar en la gesta cubana está tanto en sus dísticos patrióticos que se repiten en las tribunas como en sus versos de amor con que cada generación de cubanos busca enamorar y enamorarse. Está tanto en las páginas de encomios políticos que se le dedican como en la prodigiosa manera en que la música de Silvio resuelve el juego juvenil de alas y nubes y el grave y esencial tema de la pupila insomne, para despeñarse enseguida, afiebrada y tenaz, en la más intensa traslación a sonidos de la Revolución del treinta que yo haya escuchado.”

Las respuestas al cuestionario que sigue sobre Villena, su generación y su época fueron escritas por Martínez Heredia en medio de un viaje tumultuoso por varios países europeos, a donde había sido invitado a pronunciar charlas sobre el futuro de Cuba y la necesidad de un pensamiento anticapitalista. Asegura que tuvo que inventar el tiempo, pero no dejó de cumplir su promesa: hablar de Rubén, de la complejidad y la belleza de su vida, de las lagunas de la historia y de la esperanza que sobreviene con la lucidez. Para Martínez Heredia, entre las vidas trascendentes que ha producido esta isla, “Rubén es el héroe romántico de la revolución proletaria”.

 

¿Qué diferencias encuentra entre el Rubén de 1923-1924 – “el único patriota de los veteranos”—y el de marzo de 1930: “decían que no habría huelga y hay huelga: decían que yo no hablaría y estoy hablando”? Seguir leyendo “Rubén Martínez Villena, limpio de polvo y paja. Entrevista con Fernando Martínez Heredia”

El populismo hoy: una introducción

 

Por Julio César Guanche

El populismo es hoy un tópico global. En América latina es una de las tradiciones políticas con mayor presencia histórica. El cuerpo de análisis dedicado al tema —desde todo tipo de enfoques políticos y metodológicos— es uno de los acervos fundamentales de las ciencias sociales en el continente, siendo clave para varias disciplinas: economía, sociología, teoría política o historia.

Sin embargo, “populismo” es un concepto político ambiguo, que abarca una enorme cantidad de situaciones desiguales. El relanzamiento del término se ubica en la emergencia en el continente de la discusión sobre liderazgos “personalistas” que afirmaron, en los 90, políticas económicas neoliberales o, en cambio, procesos pos-neoliberales, en los 2000. Los primeros han sido llamados “neo-populismos”, los segundos “populismos radicales”, o populismos de “baja” y “alta” intensidad.

La necesidad de situar prefijos como “neo” o adjetivos como “radicales” parte de reconocer un populismo histórico, que también ha sido llamado “clásico”, cuyas características harían re-calificar otras experiencias “similares” con añadidos a la denominación de origen.

La experiencia del populismo “clásico” está fechada. Bajo ese concepto, se han estudiado los procesos liderados por Juan Domingo Perón (Argentina, 1946-55), Getulio Vargas (Brasil, 1930-45/1951-54), y Lázaro Cárdenas (México, 1934-40). Reconociendo diferencias con los “modelos” estructurados en estos países, se citan también como populistas los procesos seguidos bajo los mandatos de Víctor Paz Estenssoro (Bolivia, 1952-56/1960-64), Hernán Siles Suazo (Bolivia, 1956-60) y de José María Velasco Ibarra (Ecuador, con mayor influencia en sus primeros tres periodos de gobierno, 1934-35, 1944-47 y 1952-56). En funciones de “espíritu de época”, se extiende la cobertura de su nombre al aprismo peruano, al gaitanismo colombiano, al autenticismo y la ortodoxia cubanos y al proyecto PPDista en el Puerto Rico de la década de 1940. Las fechas aludidas muestran un denominador común: la gestación del populismo “clásico” tuvo lugar entre los 1930 y los 1950.

En contraste con la “mala prensa” que hoy padecen, los procesos populistas “clásicos”aparecían frente a los sujetos que le fueron contemporáneos también con estos rostros: la emergencia del pueblo como actor político, el acceso a la ciudadanía, la redención de humillaciones históricas y la reparación de injusticias sociales.

Estas características, frente a las del personalismo y la demagogia, parecen explicar mejor por qué líderes como Lázaro Cárdenas o Juan Domingo Perón devinieron mitos nacionales en sus respectivos países. Si el populismo clásico se asocia a momentos políticos de enorme importancia en los países en que se desarrolló —el cardenismo es considerado como la realización de la revolución mexicana y la revolución nacional boliviana de 1952 es un “momento constitutivo” de la historia de ese país—, es útil entender las razones que hicieron esto posible, más allá de la crítica de la cultura política de las masas que se “entregaron” al populismo, o de las explicaciones centradas en el papel de sus liderazgos.

En nuestros días, la referencia al populismo padece un enfoque “periodístico” atrozmente simplista que lo usa para calificar todas las respectivas fobias políticas. Son llamados populistas Bernie Sanders y Donald Trump, Jean Marie Le Pen y Hugo Chávez, Podemos y el Movimiento por una Hungría Mejor; y cualquiera que arroje promesas, como si se tratara de perlas a los cerdos, sobre las “masas”. Para estos enfoques, el populismo se asocia solo con estilos políticos personalistas y demagógicos. Es una “patología del siglo XX”, reeditada en el XXI. Seguir leyendo “El populismo hoy: una introducción”