La estatua y la república

Foto: Claudio Pélaez Sordo

 

Por Julio César Guanche

 

A la memoria de Antoni Doménech Figueras y Ana Cairo Ballester

La restauración del Capitolio Nacional ha tenido conclusión con la renovación de su cúpula y de la Estatua de la República. Eusebio Leal y la Oficina del Historiador de la Ciudad suman otra página a su colosal legado de conservación patrimonial. La obra es, también, un homenaje a la ciudad de La Habana en el 500 aniversario de su fundación.

La cúpula y la estatua fueron restauradas por expertos cubanos y rusos, a las que les fueron restituidos sus recubrimientos originales en oro. El trabajo con la cúpula contó con 9,6 millones de dólares de dinero federal ruso.

Levantar monumentos es elaborar significados. Restaurarlos, también. Después de cinco décadas rehusando su memoria como sede del Congreso nacional, la actual Asamblea Nacional del Poder Popular ha fijado su sede en el Capitolio. La devolución de su función, y de su esplendor, hace pensar en los propios símbolos que ello pone a recircular.

 

Curiosamente, los gobiernos cubano y ruso acordaron la restauración de la Estatua de la República, pero la reivindicación de la República no aparece entre sus prioridades oficiales.

En Rusia la república es una referencia antigua. Se remonta a la república de Nóvgorod, un estado medieval que abarcaba desde el Báltico hasta los Urales entre los siglos XII y XV. No obstante, una zona de la política rusa contemporánea ha encontrado en ella “el lugar donde nacen los valores republicanos y democráticos actuales”.

Por otro lado, los “decembristas” miraron esa historia con dejo idealizado. Los narodniki propusieron una república de pequeños propietarios, que les evitara el paso por la sociedad capitalista. Tras 1917 el bolchevismo aspiró a una República proletaria mundial.[1] Con la URSS, Stalin sepultó dichas intenciones.

La necesidad de reconstruir en forma positiva la identidad rusa, tras la gran crisis de la caída soviética, ha tenido desde entonces diferentes salidas oficiales.

El gobierno de Yeltsin rechazó el pasado soviético. La era zarista era una edad de oro, perdida, interrumpida por 1917. En ello, fue sustituida la bandera soviética por la rusa de la época zarista, se reconstruyó la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú, destruida por Stalin en los 1930, y se reemplazó el himno soviético. La nueva búsqueda tenía como fondo la apuesta por la economía de mercado, que resultó tremendamente empobrecedora, y bloqueó la capacidad de seducción de esa oferta identitaria.

El régimen de Putin, en cambio, ha considerado el fin de la Unión Soviética como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. En ese discurso, la edad de oro zarista se mezcla con los éxitos soviéticos, sin referencia a ideologías ni expedientes revisores del stalinismo. Con ello, se apuntala la idea de la gran Rusia, con su pasado glorioso y radiante resurgimiento como potencia. El régimen actual es una novedad, mezcla de nacionalismo étnico con democracia dirigida —y fuerte control de la protesta—, que no ha impedido a la vez que Rusia sea “el país más liberal de toda la antigua Unión Soviética”.

Una persona, representando a Lenin, trabaja frente al Crucero Aurora, captando turistas para la entrada al buque, actualmente un museo. San Petesburgo. Foto: Julio César Guanche.
Una persona, representando a Lenin, trabaja frente al Crucero Aurora, captando turistas para la entrada al buque, actualmente un museo. San Petesburgo. Foto: Julio César Guanche.

Boris Kagarlitsky, un autor de izquierda crítica publicado en Cuba, ha tomado prestada la frase “tolerancia depresiva” para explicar la cultura política actual en ese país: “le permiten hacer lo que sea (al Estado) y salirse con la suya. El Estado hace cosas totalmente impopulares y nadie protesta, porque mientras no te afecte individualmente, no te importa, a nadie le importa. La gente sólo protesta cuando les afecta individualmente, es entonces cuando comienzan a moverse.” En ese diagnóstico, no aparece la República.

La edad de oro rusa está inscrita materialmente en las cúpulas doradas de sus iglesias. Un ejemplo clásico es la Catedral ortodoxa de San Isaac (San Petersburgo, antes Leningrado, todo es simbólico aquí) de arquitectura neoclásica, inspirada en motivos romanos, griegos y del Renacimiento italiano. Su cúpula tiene 21,8 metros de diámetro y acumula unos cien kilogramos de oro. No por casualidad, todas esas referencias están emparentadas con las del Capitolio cubano.

Detalle de la Catedral San Isaac de Dalmacia, San Petersburgo. Foto: Julio César Guanche.

La tradición republicana en Cuba, encajada dentro del nacionalismo popular, fue la más poderosa de sus tradiciones políticas, con José Martí a la cabeza. El triunfo de 1959 la reivindicó —en esa corriente siempre se aspiró a la República a través de la Revolución—, pero rápidamente prefirió usar en exclusiva sucesivos conceptos de Revolución y Socialismo. La República sería referida en lo adelante básicamente como el nombre oficial del país.

En los 1990 tras la caída soviética, y de su versión del marxismo, el discurso oficial cubano buscó en la identidad nacional, y en el nacionalismo, la renovación de sus fuentes de legitimidad ideológica. Recientemente, en la nueva Constitución (2019) fue suprimido el guion de la frase “marxista-leninista” porque “en opinión de varios catedráticos era una formulación con un matiz stalinista”.

En este escenario, cabe preguntarse si la noción de República reaparecerá como arsenal simbólico en Cuba. La campaña de prensa que cubrió la mudanza de la Asamblea Nacional hacia el Capitolio tuvo como lema: “Una sede, dos tesoros, porque Cuba tendrá aquí un edificio simbólico, pero también la sede de su expresión máxima de democracia”.

Si bien las relaciones entre la URSS y Cuba fueron muy profundas tras el triunfo de 1959 hasta 1991, en ese lapso sus gobiernos nunca se decidieron a restaurar la Estatua de la República ni la Cúpula del Capitolio. Ahora lo han hecho, sin telón de acero, con recubrimiento en oro y bajo un nuevo mapa de relaciones.[2]

La Estatua de la República. Foto: Biblioteca del Congreso, EEUU.

En 1927 Carlos Miguel de Céspedes, entonces ministro de Obras Públicas, le encargó al gran artista italiano Ángelo Zanelli la realización de tres estatuas para el Capitolio.

El escultor gozaba de amplio reconocimiento en Italia (era el autor de la Dea Roma y del monumento a los Caídos de Imola) y tenía amplia producción americana. Al artista se debe, por ejemplo, el monumento ecuestre dedicado a Artigas (1923) en Montevideo.

La Estatua de la República, también llamada de La Libertad o de La Patria, con sus 17,54 metros de altura, fue en su momento la segunda más grande —bajo techo— del mundo. Algo similar sucedió con la cúpula (308 pies), que fue la tercera más alta en el orbe. Hoy la Estatua ocupa el tercer lugar, detrás del Buda de Oro de Nava (Japón), y del monumento en mármol a Abraham Lincoln (los Estados Unidos).

Para ella, Zanelli trabajó el símbolo republicano de la Marianne, una poderosa mujer de gesto beligerante, ataviada con gorro frigio.

La Estatua de la República, o La Libertad. Folleto de presentación del Capitolio (1930).
Dorso de la anterior imagen de la Estatua de la República, que la identifica como “La Libertad”.

No es esa la única estatua de la libertad existente en Cuba. Entre las varias que se erigieron en la primera mitad del XX, otras tres siguen en pie (Puerto Padre, Remedios y Gibara). Entre las desaparecidas, existió una en Isabela de Sagua, de la cual se conserva escaso testimonio gráfico. Son monumentos hermosos, pero de escala por completo diferente a la de El Capitolio. La mayoría de ellas fueron construidas por suscripción popular.

Estatua de la libertad en Gibara. “Gibara tiene Estatua de la Libertad porque se la merece”. Hecha por suscripción popular. Foto: Julio César Guanche.
Estatua de la libertad, Puerto Padre. Foto tomada de Internet.
Detalle de la Estatua La Libertad en Isabela de Sagua, erigida en los comienzos de la era republicana en Cuba. Agradezco esta referencia a Carlos Alejandro Rodríguez y a Maykel González Vivero.

Entre 1902 y 1903 estuvo colocada en el Parque Central —de “modo provisional”—, otra estatua de la libertad, que fue destruida por un ciclón. Antes, la revista El Fígaro realizó una encuesta (1899) para elegir qué personalidad o símbolo revolucionario debía sustituir definitivamente en el Parque Central la imagen de Isabel II, cuya efigie fue desmontada y enviada sin gloria hacia el Museo de Cárdenas. En la encuesta, Martí alcanzó el primer lugar, pero la propuesta de levantar allí una estatua de la libertad quedó en segundo lugar, con solo cuatro votos de diferencia.

Estatua de Isabel II, Parque Central de La Habana, 1899. Biblioteca del Congreso, EEUU.
Estatua de Isabel II, Parque Central de La Habana, 1899. Biblioteca del Congreso, EEUU.
La Estatua de la Libertad en el Parque Central de la Habana, 1902-1903. Foto tomada de Internet.
La Estatua de la Libertad en el Parque Central de la Habana, 1902-1903. Foto tomada de Internet.

Como resultado, fue inaugurado el monumento a Martí (1905) que hasta hoy puede apreciarse en el Parque Central, obra adjudicada a José Vilalta de Saavedra. En Matanzas ambas ideas quedaron unidas en un solo monumento: a José Martí le acompaña una estatua de la libertad.

Según Rodrigo Gutiérrez Viñuales la “obra cuya autoría durante años se ha adjudicado al escultor cubano José Vilalta de Saavedra” pero este fue “sólo el contratista del monumento. Ejecutada en Florencia en 1902 por el ignoto italiano Giuseppe Neri, la estatua fue llevada a Cuba en 1903”.
Parque de La libertad, Matanzas. Foto: Emmanuel Huybrechts/WikimediaCommons.

La historiadora cubana Marial Iglesias ha sugerido una interpretación sobre el fondo ideológico del que hacía parte la encuesta de El Fígaro: “En el terreno de las representaciones metafóricas del cambio reflejadas en el paisaje urbano, nada más gráfico para encarnar a la vez la pretendida ruptura con el pasado español y la incertidumbre ante las proyecciones futuras que la imagen (…) del pedestal vacío del que fuera el monumento más representativo del poderío metropolitano: el de la reina de España Isabel II.” En ello, El Fígaro colocó sobre la imagen del pedestal vacío un gran signo de interrogación.

Portada de la revista El Fígaro. 1899.

En el Museo de la Ciudad, en La Habana —antes Palacio de los Capitanes Generales— se conserva otro poderoso símbolo republicano, “popular” en su escala (62 x 50 cm), realizado por Paul Louis Emile Loiseau Rousseau. Es una Marianne, de hermosa factura, ofrendada por Francia a Cuba, como alegoría para su naciente República. Sus dimensiones no guardan proporción con La Liberté éclairant le monde, conocida como la Estatua de la Libertad (Auguste Bartholdi, 1886), colocada en Nueva York y que fue regalo francés a la República estadounidense. En “compensación”, la pequeña Marianne cubana tiene gran carga simbólica. Está colocada —con sabio criterio museográfico— justo debajo de una reliquia de la patria: la bandera original de Carlos Manuel de Céspedes.

No fue a esas estatuas de los pueblos de Cuba, ni a la Marianne del Museo de la Ciudad, a la que Alejo Carpentier trató con desprecio. Fue a la estatua de El Capitolio. Lo hizo en El recurso del método, una novela cuyo eje narrativo es, precisamente, la figura del dictador latinoamericano: “….cuyo rostro sereno y grave (de la Estatua) se perdió por siempre para el público, porque el tamaño excesivo de la figura extraviaba su cabeza en las alturas de una cúpula cuya columnata circular sólo era visitada dos veces al año por los obreros encargados de limpiarla —acróbatas de andamios, harto atentos a los equilibrios exigidos por su vertiginosa tarea para poderse detener en apreciar los méritos de una obra de arte.”

Un proyecto de la Estatua de José Martí para el Parque Central de La Habana.

La imagen de la Marianne era de uso común en Cuba. No era solo recurso simbólico del poder en busca de legitimidad. Ciertamente, la encuesta del El Fígaro se dirigió a su público de élite y a los grandes patricios y matriarcas (la propuesta de la Estatua de la Libertad fue hecha por Marta Abreu de Estévez, porque “la idea significa más que las personas”) y fue explotada por los gobiernos de turno como representación del Estado cubano, que lo mismo cobraba miles de víctimas en una masacre racista que acumulaba corrupción inaudita.

Con todo, el patriotismo popular, el sentimiento republicano, tenía hondo calado en el pueblo cubano y reprodujo según sus ideales y sus recursos el símbolo.

Niñas en Isabela de Sagua. La del centro representa a la República cubana, menor en edad, dado su reciente fundación. Se trataba de un ritual oficial de formación cívica en Cuba, que fue asumido por sectores populares. Fuente: Gregorio Casañas.
Niña cubana, vestida como Marianne. Nótese la atribución racial al “verdadero tipo cubano”. Fuente: Revista Bohemia.

En ese sentimiento popular, la República era el horizonte de la independencia, el objetivo de la Revolución, la forma política, social y moral de la futura libre convivencia.

En el pasado, habían visto cómo el enemigo colonialista conocía el símbolo, y su contenido, y como lo representaron siempre de modo peyorativo: mujer negra (en esa lógica negro era sinónimo de atraso), paupérrima, liberticida y sanguinaria.

El Moro Muza, 1869.

Contra esta última idea, la República representaba un programa político —no solo una forma de gobierno antimonárquica— que contenía las demandas por soberanía popular, libertad política, imperio del derecho, distribución justa de la propiedad, control del gobierno, atravesado todo ello por la virtud cívica. Era una propuesta idealizada, como todos los referentes políticos, pero contaba con la historia de la lucha por la república en Cuba. Como ocurrió en Francia en 1848, según reflexiona Maurice Agulhon, la idea de república “no trajo la muerte de los idealismos políticos, de hecho, generó un bueno y bello idealismo más”. En la práctica era menos abstracta de lo que nos parecen esas palabras hoy.

Cuando el 24 de febrero de 1896 Calixto García se embarcó en el Bermuda, y fue arrestado junto al resto de expedicionarios hacia Cuba, tenía enfrente, literalmente, la Estatua de la Libertad. “La República Cubana”, representación por igual de Marianne, impresa por primera vez en 1875 y difundida por J. Bellido de Luna desde Nueva York figuraba en casi todos los clubes patrióticos independentistas tanto de Estados Unidos como de otros países de América.

«La República Cubana», impresa por primera vez en 1875 y difundida por J. Bellido de Luna desde Nueva York. Figuraba en casi todos los clubes patrióticos tanto de Estados Unidos como de otros países de América. Así fue referido por Zéndegui en Ámbito de Martí. La Habana: Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento de Martí, 1954.

Tras 1898 sectores patrióticos la representaron como Marianne mambisa. Los veteranos de la independencia la reclamaron como faro frente a la Primera Guerra Mundial. Sectores obreros de distintas tendencias —no solo comunistas— la hicieron suya. Fue el símbolo de la democracia popular frente al fascismo en los 1930. José Hurtado de Mendoza —miembro del Grupo Minorista, preso machadista, artista multidisciplinar— radicalizó gráficamente el desdén de Carpentier por la estatua de la libertad del Capitolio: pintó a la Marianne horrorizada de dolor, frente al tirano representado —a lo Villena— como “asno con garras”.

La república cubana. El Fígaro. 1899. Tomado del blog Cuba Alegórica, editado por la historiadora del arte Danislady Mazorra Ruiz, muy recomendable para el estudio de las representaciones visuales de la República cubana.
Cartel de Antonio Rodríguez Morey, Revista de Bellas Artes, 1918.
Contra la guerra, Cartel de Patria y Libertad, Órgano Oficial del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba,1918.
Contra la guerra, Cartel de Patria y Libertad, Órgano Oficial del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba,1918.
Ilustración de Esfuerzo. Órgano Oficial del Sindicato Nacional de Obreros de la Industria del Calzado, 1938.
Ilustración de Esfuerzo. Órgano Oficial del Sindicato Nacional de Obreros de la Industria del Calzado, 1938.
El Obrero Panadero. Órgano Oficial del Sindicato de Obreros Panaderos de La Habana, 1940. La ilustración es de Horacio Rodríguez Suriá, que ha sido calificado de “primer caricaturista marxista-leninista de América Latina”.
José Hurtado de Mendoza, Bohemia, 1933.

El Capitolio

Un folleto de presentación del Capitolio publicado en 1930 registra que el terminado de la Estatua de la República, o de la Libertad, estaba cubierto por láminas de oro de 22 quilates. El despliegue áureo no terminaba con ella. El Salón de los Pasos Perdidos tenía un “hermoso techo decorado con pinturas a mano y terminado en láminas de oro 22 quilates”, el celebérrimo diamante quedó montado sobre una “anilla de oro sobre una base de ónix negro octogonal”, los despachos de las presidencias del Senado y de la Cámara poseían “un lujoso mobiliario de caoba del país, terminado en oro de 22 kilates”, y la decoración del vestíbulo de honor de la Cámara estaba terminada en el mismo oro.

Vestíbulo de honor. Cámara de Representantes.

La monumentalidad y la ostentación traducían la irrefrenable ansia de poder de Machado, pero también ponían en escena la más larga tradición del “hombre fuerte” —del Dictador— latinoamericano.

La retórica neoclásica en arquitectura ha sido una de las favoritas de las dictaduras, o de la versión menos explícita de ellas: las repúblicas oligárquicas. Su simbolismo conecta la imagen idealizada del pasado con la estética del presente. Muestra al Estado como garante viril del patriotismo, y como el reconstructor espiritual del vínculo entre los ciudadanos de hoy y “su” comunidad de origen. Así, adjudica una base social al patriotismo de estado: los ciudadanos son los destinatarios del monumento inaugurado por el “insigne repúblico”. Sus estatuas loan más a los vivos, los que administran la herencia y el pasado, que a los muertos.

El Capitolio, desmesurado en todo, lo es también aquí: es un caso muy tardío de arquitectura neoclásica, reclamada con fines “nacionalistas”. Zanelli debía usar un rostro criollo para su estatua, amén de la “caoba del país”. Su modelo para el rostro de la Estatua fue una cubana, Elena de Cárdenas, miembro de una familia de la élite republicana. Los planos arquitectónicos y artísticos —cerca de mil diseños— se deben a varios cubanos (Raúl Otero, José M. Bens Arrarte,  Mario Romañach, Eugenio Rayneri, Evelio Govantes, Félix Cabarrocas), junto al francés Jean-Claude Nicolas Forestier.

Boceto de El Capitolio. Fuente: Biblioteca Nacional «José Martí», Cuba.

La construcción del Capitolio tomó cuatro años (1925-1929). El hermoso inmueble —también una hazaña ingenieril— ocupa una extensión de 43.609,42 metros de superficie. El costo oficial reportado de la construcción y del mobiliario fue de $16.640.43, 30. Es un símbolo de Cuba y, en particular, de La Habana. Al mismo tiempo, la historia de su construcción ejemplifica la corrupción estructural del sistema republicano cubano en la fecha.

La corrupción republicana y cierta “venganza”

La compañía Ferrocarriles Unidos de la Habana y Almacenes de Regla, con propiedad de accionistas ingleses, poseía los terrenos — en concesión por 99 años— donde fue construido el Capitolio (Campo de Marte, Prado y las calles San José e Industria). Lejos de ese término, José Miguel Gómez realizó en 1909 el célebre “canje” de la zona por valiosos terrenos de propiedad pública, situados donde había radicado el arsenal español.

Durante el gobierno de Mario García Menocal se fue construyendo —“gastando sin medida y destruyendo a la vez”— en ese espacio con vistas al futuro Capitolio. Cuando fue inaugurado en 1929, su costo real se estimó en más de veinte millones de pesos, “incluyendo las filtraciones”.

A precios de hoy, serían alrededor de 300 millones de dólares. Es un caro símbolo de la corrupción republicana —política, económica y moral— en Cuba.

Capitolio, recién inaugurado. 1929.

El Capitolio jugó también un papel, digamos, de “venganza simbólica”. Inspirado por completo en el de los Estados Unidos, el cubano “debía ser más grande”. Era acaso una “revancha” por la forma en que los Estados Unidos representaban —y del trato que suponía— a la República cubana tras 1898: casi siempre como una niña, de la mano de la “Gran República”, a la que esta debía educar, corregir y castigar.

La república cubana, representada como menor de edad, reclamando sus derechos ante la prepotencia — y el poder— de Tío Sam.
La República cubana aparece como recién nacida, “liberada” de los lazos del protectorado por Columbia, una representación femenina de los Estados Unidos, pero existían 30 años de lucha por la República en Cuba.

Con su escala, El Capitolio se imaginaba como una democracia tan grande como la de su homónimo —país al que admiraba y de cuyo gobierno dependía Machado—, al tiempo que estaba vigente la Enmienda Platt. Quizás obsesionado por imágenes como las de Lincoln en el Capitolio de su país, Machado pudo ver la Estatua terminada a tiempo para representar su propia consagración como “padre de la patria”. Frente a la Estatua, tomó posesión de su espuria “prórroga” de mandato.

Lincoln toma posesión en el Capitolio de los Estados Unidos.
Machado toma posesión de su (ilegítimo) segundo mandato ante la “Estatua de la Libertad”.

El significado de los monumentos

La Estatua de la libertad ha sido recurrente en la memoria global del socialismo moderno. En 1910, el Festival Coral socialdemócrata, realizado en Nuremberg, tuvo como figura central la “Diosa de la Libertad”, una mujer con túnica griega blanca, gorro frigio y bandera de la libertad en la mano derecha. En uno de sus lados aparecía un busto de Marx, del otro, uno de Lasalle. En la Plaza de Tiananmen, el 30 de mayo de 1989, los estudiantes erigieron una estatua de poliestireno de casi 10 m de altura —una “Diosa de la Democracia”— según la imagen de la Estatua de la Libertad estadounidense. Enfrente, se encontraba un retrato de Mao.

Goddess of Democracy in Tiananmen Square in 1989. Photo: Chan Ching-wah/Citizen News.

Por igual, es un símbolo vivo y actuante. En Francia, entre las modelos que han prestado su rostro para los bustos oficiales de Marianne se encuentran Catherine Deneuve, Brigitte Bardot y Laetitia Casta. Cuestionadas esas representaciones por su sexismo, se han diversificado los modelos. La más reciente imagen de la Marianne elegida para los sellos oficiales franceses, ha sido, por decisión del presidente Enmanuel Macron, un diseño de Yseult Digan, artista callejera.

Bajo la administración de Donald Trump, el símbolo —con Ellis Island delante—  ha sido reinterpretado para criticar su política hacia los migrantes. Por su parte,  un alto oficial de esa administración ha dicho que la inscripción en la Estatua, un poema de Emma Lazarus, refiere la bienvenida a inmigrantes provenientes de Europa, mientras su gobierno prefiere personas que puedan “sostenerse sobre sus pies”. Es un muy transparente recorte clasista de la universalidad de la libertad, representada por la Estatua.

El periodismo satírico lo ha ironizado de este modo: “la Estatua de la Libertad era lo primero que veían los inmigrantes al llegar a América, pero ahora que ya no entra nadie al país, los americanos no la necesitan. Por tanto, como muchos otros venidos de fuera, la estatua ha sido expulsada de Estados Unidos y ya está de camino a su lugar de origen”.

En cambio, el actual socialismo democrático en los Estados Unidos, en coherencia con su historia, hace suya la imagen.

Alexandria Ocasio-Cortez’s Green New Deal poster, the Pelham Bay Park edition.

La cultura de nuestra época está marcada por imágenes visuales de estatuas derrumbadas (Lenin, Sadam Hussein); desmontadas (Colón, en Los Ángeles y Buenos Aires; Antonio López, en Barcelona), o reedificadas. El debate global sobre el significado de los monumentos, y sus cambios según el contexto político, ha tardado en llegar a Cuba.

El rescate del Capitolio, como antes el del monumento a José Miguel Gómez, se ha hecho desde un criterio de conservación que no ha considerado inscribir alguna marca crítica sobre lo que representan. Mi intención está muy lejos de abogar por derrumbar monumentos, pero me parece necesario considerar a quiénes, y a qué, sirven de homenaje.

Poster colocado durante las obras de restauración de El Capitolio, sin otra referencia a la corrupción de la construcción de El Capitolio ni a la tiranía de Machado. (2018) Foto: Julio César Guanche.

El monumento y el cuerpo de la república

En el contexto de la Constitución de 1940, el Código Electoral concedió un crédito de 100 mil pesos para construir un “continente adecuado en la cripta del Capitolio y conservar en él los originales de nuestras Constituciones y las cenizas de un soldado desconocido del ejército libertador de Cuba.”

Ese crédito no fue ejecutado, pues las obras, por diversos motivos —no hay que excluir la corrupción, pero no tengo detalles específicos sobre el por qué— nunca se iniciaron. Siete décadas después, en 2017, por iniciativa de la Oficina del Historiador de la Ciudad, fue construido el segundo de estos sitios en el Capitolio. En la inauguración, Eusebio Leal expresó: “Aquí descansa, simbólicamente, el fundamento moral, político e histórico de la nación: los restos mortales de un soldado cubano desconocido, a cuyos esfuerzos y sacrificios sin nombre, se debe el nacimiento de Cuba como República”.

El Capitolio puede ser considerado una especie de regalo de Machado a su propia megalomanía, pero pertenece a la nación cubana. Eso, porque pertenece a los 5 ó 6 mil obreros que trabajaron en turnos ininterrumpidos de ocho horas por cerca de cinco años hasta concluirlo, como pertenece por igual ahora a quienes lo han restaurado.

Machado con los trabajadores que edificaron el Capitolio (1929), Foto: Fondo Secretaría de Obras Públicas, Cuba.

La Estatua de la República pertenece a la nación cubana, porque pertenece a Lily Valty, la mulata que sirvió de modelo al cuerpo de la estatua, y cuyos datos biográficos se han perdido en la historia, a diferencia de los de Elena de Cárdenas. Es una alegoría dentro de otra: el cuerpo sin rostro remite al cuerpo de la república: su anonimato recuerda al pueblo, el cuerpo de la república, el conjunto de ciudadanos que reivindican la soberanía del pueblo, y hoy también la soberanía de los cuerpos.

Una trabajadora labora sobre una de las puertas principales de El Capitolio. Los altorrelieves en bronce de las puertas de la entrada principal de El Capitolio (30 paneles) reproducen escenas históricas. Su diseño se debe al artista plástico Enrique García Cabrera. Foto: Julio César Guanche.

La Estatua pertenece a los cubanos que derrotaron la dictadura de Machado y lo expulsaron de Cuba. Pertenece a los que golpearon con martillo la efigie de su rostro en las puertas de El Capitolio, hasta hacer irreconocible la imagen de “La Bestia”.

En la foto, irreconocible, el lugar donde estuviera la efigie de Gerardo Machado. Foto: Julio César Guanche.

Pertenece, también, a los que hagan suyos el ideario republicano para Cuba. Darles voz, inscribir en ellos la presencia de aquellos muertos y de estos vivos, es un acto que coloca a los monumentos a la altura del homenaje que dicen rendir.

Una anciana cubana se prepara para vender periódicos, una actividad de sobrevivencia, en el Parque Central. José Martí, cuando quiso describir el “alma de Cuba” habló de una mujer, anciana y trabajadora. Al fondo, El Capitolio. Foto: Julio César Guanche.

La República es un contenido central de la cultura cubana, cuyo día se celebra hoy 20 de octubre, porque en la misma fecha de 1868 se entonó en público por primera vez nuestro Himno Nacional, La Bayamesa, llamado así por La Marsellesa.

Es la república a la que Manuel Corona escribió humildes versos, que así cantaron María Teresa Vera y Rafael Zequeira:

“El 10 de octubre al despuntar el día
saludando una espléndida mañana
sonó en La Demajagua una campana
Invitando a los hombres que allí había…
Sí, invitando a los hombres que allí había.
Céspedes con feliz fisonomía
y con palabra fácil y galana
proclamó la República cubana
ante un grupo sublime que aplaudía”.[3]

 

 

Este texto se publicó primero aquí:  https://oncubanews.com/especiales/la-estatua-y-la-republica/#comment-1097630

 

Notas: 

[1] No le faltó capacidad inicial de contagio: fueron proclamadas repúblicas socialistas en Finlandia (1918), Hungría (1919), Baviera (1919), Estrasburgo (1918), Eslovaquia (1919) y Mongolia (1921), y hubo insurrecciones obreras en Holanda (1918), Italia (1918-1920) y Alemania (1918-1923).

[2] En otros órdenes, Rusia y Cuba están también cerca en posturas geopolíticas y en el fortalecimiento de la presencia rusa en América Latina y el Caribe. Existe un sostenido interés ruso en reedificarse como potencia, y cambiar el mapa de los ejes de poder en el mundo —la energía ha sido una de sus principales bazas—, lo que concuerda con el objetivo cubano de favorecer la multipolaridad en las relaciones internacionales. En aspectos concretos, ambos países trabajan en multiplicar sus relaciones en áreas como transporte aéreo y ferroviario, metalurgia, industria textil, materiales de la construcción, ensamblaje de vehículos automotores, agricultura, salud, educación y cultura. Mientras el gobierno ruso se opone al Bloqueo estadunidense en Naciones Unidas, otra estrategia desde abajo también “combate” el bloqueo: un flujo de cubanos viaja a Rusia, aprovechando la ausencia del requisito de visa, para comprar mercaderías y comercializarlas en redes privadas en la Isla.

[3]  La transcripción de la letra de la canción (“El diez de octubre”, 1916) es de Cristóbal Díaz Ayala.

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“Nosotros no hacíamos prisioneros alemanes. No podíamos hacer prisioneros. Los alemanes eran valientes. Tú los formabas para fusilarlos y ni pestañaban cuando le tirabas.”

Entrevista a Servando Montó González, integrante de la 82 División Aerotransportada que desembarcó en las playas de Normandía en 1944 en la lucha contra el nazismo.

 

 Por Harold Bertot Triana y Adalberto Hernández Santos                                                                                          

  En junio de 1944 los aliados finalmente abren el llamado “segundo frente” en Europa en la lucha contra la Alemania hitleriana. Para esa fecha los soldados soviéticos avanzaban victoriosos por las tierras de Polonia en dirección a Alemania. El plan de la operación –conocida como Operación Overlord- incluía el asalto de la costa francesa por la zona de Normandía. Los británicos, a la izquierda de los norteamericanos, tendrían la misión de capturar cuanto antes los llanos que se extendían al sur de la ciudad de Caen. A la derecha de esta ciudad, los norteamericanos avanzarían en dirección sur desde la playa de Omaha y, un poco más a la derecha, el Cuerpo de División del General J.Lawton Collins, después de poner pie en la playa de Utah, tendría como principal objetivo la captura de Cherburgo.

Este plan de Operaciones tenía un momento importante en la toma de la referida ciudad de Cherburgo. Era opinión de Dwight D. Eisenhower, entonces Jefe Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas, y de como otros jefes militares aliados, que sin tomar Cherburgo el enemigo podía aprovechar la ocasión de contener a las fuerzas aliadas en una estrecha playa hasta el punto de frustrar los planes de desembarco. Un éxito rápido y absoluto en la playa de Utah, en la costa oriental de la península de Cotentin, era a juicio de Einsenhower, requisito previo para el desenlace victorioso de toda la campaña. Sin embargo, “la única playa disponible en la península de Cotentin era de menguadas proporciones. Por detrás había una extensa charca, con escabrosos estriberones que conducían desde las playas al interior. Si en el otro extremo de aquellos pasos nos esperaba el enemigo, nuestras tropas se verían cazadas en una trampa y trituradas al fin por fuego artillero o de otra especie, al que apenas podrían responder.”[1]

Para evitarlo, se pensaba lanzar dos divisiones norteamericanas de paracaidistas por detrás de la playa con la misión primordial de apoderarse de las salidas de las indispensables calzadas y sostenerse allí. Pero, como recordó el propio Eisenhower “(e)l terreno era poco para acciones de aterrizaje. Los setos vivos eran grandes, resistentes y numerosos. Los vulnerables aviones y planeadores de transporte tendrían entonces que cruzar por trechos de costa densamente salpicados de artillería antiaérea; además, había en la región unidades de tropas móviles enemigas que al fuego contra los aparatos agregarían un rápido ataque contra nuestros paracaidistas y las tropas de los planeadores antes de que pudieran organizarse para la lucha.”[2]

Por tal motivo, el Mariscal de la Aviación Leigh-Mallory, Comandante Jefe del Aire de las fuerzas aliadas, sostuvo hasta el último momento que aquella empresa resultaría en un inútil sacrifico de dos magníficas divisiones. Ello generó un gran estado de ansiedad en la Jefatura Suprema de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas, incluso hasta horas antes de emprender la operación. Cuenta Eisenhower que fueron momentos dramáticos de examen: “Fui solo a mi tienda y me senté a reflexionar. Repasé una y otra vez cada paso (…)Me daba cuanta, desde luego, de que, desoyendo de intento el parecer de mi consejero técnico sobre el particular, si sus pronósticos llegaran a confirmarse, llevaría conmigo a la tumba un cargo insoportable de conciencia que me acusaría del estúpido y ciego sacrifico de miles de hombres en la flor de su vida. Y por encima de toda responsabilidad personal estaba aún la posibilidad de que, si no se equivocaba, el efecto del desastre no sería únicamente local, ya que se extendería a todo el frente de batalla.”[3]

Pero, finalmente, se consideró que renunciar a dicha operación suponía reducir las “perspectivas de éxito en los demás puntos, haciendo imposible la permanencia ulterior en ellos.”[4] La 101 y la 82 divisiones aerotransportadas, tendría la misión de capturar varias áreas al oste de la zona de desembarco, como las poblaciones de Sainte-Mére-Eglise y el puente de La Fiere, para cubrir el flanco del desembarco. De ello dependía en mucho el futuro del éxito de la operación emprendida, y del esfuerzo común en la lucha por destruir al fascismo alemán en el oste de Europa.

Servando Montó González, recientemente falleció en diciembre de 2018, y quien residía en el municipio habanero de Boyeros, fue uno de los hombres que formó parte de la 82 División Aerotransportada en el desembarco de 1944. Participó directamente en aquella empresa que tantas dudas generó por el alto riesgo para la vida de los soldados involucrados. En el momento de la entrevista Servando contaba con 91 años y resultaba increíble conocer a uno de los protagonistas activos de aquellos dramáticos y decisivos momentos para la humanidad. Escucharlo, como se comprenderá, fue hurgar hasta en los más finos detalles que se escapan, a veces, en la narrativa de estos grandes eventos. Pero hay mucho más en su historia, porque al lado del recuento de las desgracias de la guerra contra la Alemania nazi y de la proeza de aquellas divisiones aerotransportada, se encuentra también la historia de un miembro del Movimiento 26 de julio, sometido a las torturas del dictador cubano Fulgencio Batista, y que alcanzaría el grado de Capitán de las Fuerzas Aéreas con el triunfo revolucionario cubano de 1959. Sobre esta parte de su vida, toda una odisea, también quisimos conversar, pues muestra una parte de la historia que corrieron algunos de aquellas figuras –muchas veces invisibilizadas- con un papel decisivo en la realización de aquellas grandes empresas que trazan otros hombres. Seguir leyendo ““Nosotros no hacíamos prisioneros alemanes. No podíamos hacer prisioneros. Los alemanes eran valientes. Tú los formabas para fusilarlos y ni pestañaban cuando le tirabas.””

“Comprendí su vida, sus frustraciones, su enajenación, su carácter de declassé”, entrevista a Fernando Cañizares Abeledo sobre Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro.

A la izquierda, el profesor Fernando Cañizares Abeledo, a su lado, el autor de la entrevista, el tambnien profesor Harold Bertot.

 

Por Harold Bertot Triana

Por disímiles factores, nuestra historia jurídica se desconoce en varios puntos. Estas oquedades a veces se transfiguraron en rechazos a revivir o desconocer símbolos, monumentos, construcciones o a hombres y personalidades, presentes solo en las remembranzas de sus más íntimos o conocidos, sin que su vida se conecte al curso de los acontecimientos culturales e históricos. Este desconocimiento hace precisamente que, entre gambetas y caños, aparezca en el todo general de nuestra cultura jurídica, de nuestras verdaderas tradiciones, identidades y sentido de la vida, un proceso ahistórico e hipostasiado.

La rigidez en la mirada de los procesos históricos, demarcar y considerar ramplonamente sobre ella a personajes buenos y malos, convenientes y no convenientes, redescubrir a unos y olvidar a otros, por toscos referentes ideológicos e intereses de usurero, hace la historia de nuestros pueblos lamentable, mitológica y abstracta. Y lo más peligroso aún, es que se cierne sobre el horizonte de nuestras esperanzas la sanción de este veneno con efectos vinculantes.

En nuestro entorno jurídico académico poco se conoce de la vida y obra de eximios juristas del período prerrevolucionario como José Antonio Lanuza, José Antolín del Cueto, Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, José Guerra López, entre otros.

Es cierto que algunos defendieron causas no legítimas para los procesos actuales, y que otros son anónimos en dignas posturas sin alguna trascendencia importante en el curso de los procesos históricos, pero no se debe olvidar que incluso entre notorias abyecciones, viles amagos, y los de a poco, la historia se compone de varias piezas y se refunda en un concierto de voluntades individuales.

Las tribulaciones, los heroísmos, las traiciones, la mano amiga, el troglodita, no hacen otro favor que mostrarnos la obra del hombre, de aquel que flaquea, del que está a medio camino y del que bate alas hacia lo más alto.

La historia del hombre se cuenta de restas y de sumas, y no solo se mira de costado. Hubo en estos hombres de leyes de un tiempo anterior al triunfo revolucionario una historia común: todos sostienen en sus voces y en sus obras, un hilo conductor de la cultura jurídica de Cuba, de sus construcciones y superaciones. Una historia viva de nuestra institucionalidad, de nuestra cosmovisión pedagógica, de nuestras tendencias filosóficas y teóricas, de nuestro pasado, de nuestro derredor cultural e identitario.  

Entre todos ellos se encuentra el doctor Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, antiguo profesor de Introducción al Estudio del Derecho y de Filosofía del Derecho en la antigua Facultad de Derecho de la Universidad de la Habana. Seguir leyendo ““Comprendí su vida, sus frustraciones, su enajenación, su carácter de declassé”, entrevista a Fernando Cañizares Abeledo sobre Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro.”

Los mártires de Chicago, por José Martí

Por José Martí

Un fragmento:

“Ya, en danza horrible, murieron dando vueltas en el aire, embutidos en sayones blancos.
Ya, sin que haya más fuego en las estufas, ni mas pan en las despensas, ni más justicia en el reparto social, ni más salvaguardia contra el hambre de los útiles, ni más luz y esperanza para los tugurioa, ni mas bálsamo para todo lo que hierve y padece, pusieron en un ataúd de nogal los pedazos mal juntos del que, creyendo dar sublime ejemplo de amor a los hombres aventó su vida, con el arma que creyó revelada para redimirlos.

“Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos.

“Como gotas de sangre que se lleva la mar eran en los Estados Unidos las teorías revolucionarias del obrero europeo, mientras con ancha tierra y vida republicana, ganaba aquf el recién llegado el pan, y en su casa propia ponía de lado una parte para la vejes.
Pero vinieron luego la guerra corruptora, el hábito de autoridad y dominio que es su dejo amargo, el crédito que estimuló la creación de fortunas colosales y la inmigración desordenada, y la holganza de los desocupados de la guerra, dispuestos siempre, por sostener su bienestar y por la afición fatal del que ha olido sangre, a servir los intereses impuros que nacen de ella.
De una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada.”

Descargar el texto completo aquí

Reyita, sencillamente (pdf)

María de los Reyes Castillo, familiarmente conocida como “Reyita”.

Con permiso de su autora, Daysi Rubiera, La Cosa pone aquí en libre descarga “Reyita, sencillamente”.

(Agradecido a Sandra Alvarez Ramírez)

Descargar Reyita, sencillamente, (Testimonio de una negra cubana nonagenaria), de Daysi Rubiera

El texto que sigue es una presentación del libro, por su propia autora.

“Reyita, sencillamente”
Por Daysi Rubiera

Desde hace varios años, cuando me di cuenta de que en la invisibilidad de las mujeres, la de las negras era total y atravesaba casi todas las áreas de las Ciencias Sociales y la cultura, me tracé un proyecto muy personal para ir llenando ese vacío. Sabía que tenía que librar una fuerte batalla contra el silencio. Batalla que fuera de los archivos y bibliotecas  la podía ganar a partir de la narración de las propias mujeres. De ahí, mi utilización del género testimonio.

De aquel proyecto nació Reyita, sencillamente. Un libro que devino clásico de la literatura oral cubana, porque da voz propia a una mujer negra. Convierte la voz negada y subalterna en una voz pública. Hace visible aspectos de una vida; en ocasiones, para resaltar experiencias que las clases hegemónicas han tratado de ignorar o esconder, en especial, las brechas entre las clases sociales, la marginalidad, la discriminación, la violencia o, en otras, para  denunciar. Todo lo cual lo incorpora a la literatura histórica, desde una perspectiva femenina, negra y familiar. Es, “el otro lado de lo que ser cubano[a] significa”[1]. Seguir leyendo “Reyita, sencillamente (pdf)”

El trajecito rosa, de Nara Mansur Cao

 

Foto: Cirenaica Moreira

Sobre “El trajecito rosa” de Nara Mansur Cao

Por Ana Arzoumanian

“Voy a dejarme la ropa puesta, quiero que todos vean lo que han hecho”, dijo ella.

Podría haber sido ella.

Podría ser aquella que se ajusta a la mancha de su traje arañando una frase, susurrando: la sangre de la muerte no se puede negociar.

Podría ser, si no fuese que cada una de nosotras hemos tenido un trajecito manchado, una mancha por estridente, por inoportuna, por indigesta. Y por inadmisible, la hemos ocultado. Cada una de nosotras, caminando a tropezones, nos hemos cambiado el trajecito. Engullidas y desmenuzadas, para acabar con nuestros ciclos, desechadas luego de un proceso de neutralización y consumo; hemos portado todas el emblema de un asesinato.

Un archivo nacional testimonia el estallido de la descarga sobre la tela, un impacto mudo que no penetra, no horada; mancha. Una madre guarda el traje que guarda la nación en una sala sin ventanas y a temperatura constante.

Era 1963, la televisión era en blanco y negro. El primer católico presidiendo ese estado, la escena, la impresión del rostro, la Verónica. La imagen verdadera, la reliquia. El color.

“Esa boca dada vuelta” “esa rosa dada vuelta dentro mío”, escribe Nara Mansur Cao a la vista de todos, porque quiere que todos vean lo que se ha hecho. La Habana y sus tiendas, los uniformes, los cupones y los zafaris de color grisáseo. El sábado negro, los trece días y la Isla, la Isla.

En casi todo mito fundacional la Nación es una mujer, una matrona o una guerrera de una cierta desnudez que un escudo o una espada apenas vela. Seguir leyendo “El trajecito rosa, de Nara Mansur Cao”

¿Deliberar es participar? A propósito de la consulta constitucional

 

La Habana, Cuba. Foto: pxhere.com

La Habana, Cuba. Foto: pxhere.com

 

Por Julio César Guanche

Unas 9 millones de personas, casi un millón más que el padrón electoral nacional, asistieron a los debates del Anteproyecto de Constitución cubana.

Es una cifra muy alta, que habla de la respuesta social que generó el proceso y de su consideración oficial como mecanismo de legitimación del nuevo texto. Su recorrido mostró niveles de articulación social –por ejemplo, en torno al antiguo artículo 68– y de reflexión intelectual sobre contenidos constitucionales que resultan, ambos, inéditos en el país.

El ejercicio ha sido calificado por la prensa estatal como “único en el mundo”. Las palabras “consulta” y “deliberación” se han empleado para celebrar la experiencia. Estos conceptos sirven, en efecto, para apreciar las ventajas y los problemas del proceso de consulta.

La deliberación: provechos y contrariedades

La deliberación posee valores propios, no dependientes de la mejor o peor cualidad de las decisiones tomadas en su nombre. Puede contribuir al respeto del pluralismo moral, fomentar responsabilidad cívica, crear vínculos entre la consulta y la decisión, procesar diferencias de modo informado, transformar el consenso en acuerdo o desacuerdo razonable, y subrayar la igual capacidad de los ciudadanos para juzgar sobre sus propios problemas.

No obstante, los modelos deliberativos de democracia también suscitan críticas. Es imposible un diálogo entre iguales cuando los participantes son estructuralmente desiguales. El foco de la deliberación en el “bien común” puede tender a una idea homogénea de armonía y reducir la política a una conversación orientada a la gobernabilidad, pero no a la libertad política ni a la transformación social. Puede esconder el conflicto dentro de la “conversación” y camuflar la lucha por conservar poder. Seguir leyendo “¿Deliberar es participar? A propósito de la consulta constitucional”

Roberto Fonseca: “Respeto a todo aquel que lucha por crear”. Un solo de música cubana con el pianista y director de Temperamento.

 

 

Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

Por Julio César Guanche

El panorama de la música cubana está muy interesante. Hay mucha gente, sobre todo jóvenes, haciendo cosas buenas y arriesgadas. El país se ha abierto mucho a la información. Y lo ha hecho desde fuera hacia adentro, pero también desde Cuba hacia el mundo.

Estamos en una época de muchas necesidades, sobre todo económicas, y algunos quieren llegar al mercado, dar el golpe de efecto, el paletazo y pegarse. Así adquieren otro nivel de entrada económica. En ello, hay gente que no se preocupa tanto por la propuesta artística como por los números –los views, los likes.

Hay un grupo pendiente de ese tipo de dinámica, pero hay otro grupo interesado en utilizar esas herramientas de Internet para mostrar los valores que tiene nuestra música y nuestra cultura. Si me preguntas a mí, a Roberto Fonseca, estoy convencido de que este último es el camino.

 

Fotos: Alejandro Ramírez y Otmaro Rodríguez
Foto: Alejandro Ramírez Anderson.

El cliché de lo cubano

La cultura cubana es muy rica y respetada en el mundo. No hay cosa que me moleste más que estando fuera me digan: “¿Cuba? Qué rico, eso es mujeres, tabaco y ron”. Pues mira, yo no tomo ron. Alguien en broma siempre me dice “ah, entonces, tú no eres cubano”.

Alguna gente nos trata como “bárbaros”, porque existe un mercado interesado en mostrar solo las posiciones contrarias a lo que pasó en Cuba después de 1959. Muchas veces ese mercado hace cosas burdas. No estoy hablando sobre si es mala música. Estoy hablando del interés al que responde.

Por ir en otra dirección, estoy muy implicado en los festivales cubanos de jazz. Soy el Director Musical del Jazz Plaza y el presidente del Festival de Jazz de Santiago de Cuba. Mi interés no es solo que el público escuche a los artistas globales invitados sino que ellos escuchen a los cubanos y vean todo lo que se produce aquí en géneros y estilos.

No es solo mi empeño. Chucho Valdés es el máximo exponente que tenemos del jazz latino. Él tuvo todas las herramientas, las puso en el mercado y fue decisivo para poner a Cuba en el lugar en el que estamos. Tenemos a Chano Pozo y a Dizzy Gillespie en la creación del jazz latino, pero Chucho lo llevó al nivel de decir “yo soy cubano y en Cuba pasan todas estas cosas, tenemos este jazz, y esta historia musical”. Seguir leyendo “Roberto Fonseca: “Respeto a todo aquel que lucha por crear”. Un solo de música cubana con el pianista y director de Temperamento.”

La libertad de creación, la nueva Constitución y el 349

Foto: Raúl Cañibano

Por Julio César Guanche

Sobre el tema, ver este texto de David Mateo. En La Cosa, ver también el de Anamely Ramos, y de Enrique (Kiki) Álvarez.

Una relación problemática

El Anteproyecto constitucional propone dos contenidos a la vez: la libertad de creación artística y el respeto de esa creación a los valores de la “sociedad socialista cubana”.

La formulación contiene un cambio importante respecto al artículo 39 ch) de la vigente Ley de leyes, que establece: “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución. Las formas de expresión en el arte son libres”.

El Anteproyecto cambia la regulación, pero mantiene una cuestión preocupante: la creación artística supone aprobación por la moral socialista. Para empezar, no considera que la relación entre arte y moral siempre es conflictiva, y muchas veces dicotómica. Seguir leyendo “La libertad de creación, la nueva Constitución y el 349”

¿Por qué fallan las resoluciones ministeriales?

Foto: Ernesto Fernández

Por Ricardo J. Machado

¨En todos los últimos cambios impera el pragmatismo y la falta de análisis científico¨

Ernesto Guevara , Crítica de la Economía Política. (Impresiones durante una de sus primeras visitas a la antigua URRS principios de los 60)

 Cuando comienzo estas notas, estalla otra situación crítica: la del pan por falta de harina y huevo. Hija (al igual que las tres que mencionamos en este texto) de la imprevisión, la falta de análisis de profundidad y de proactividad. Decisiones tomadas –o dejadas de tomar – mucho antes de la asunción del cargo del nuevo presidente, que ahora debe afrontar con urgencia la tarea del cambio en el proceso de decisiones del aparato estatal a fin de frenar cuanto antes esta cadena de desaciertos. Seguir leyendo “¿Por qué fallan las resoluciones ministeriales?”