Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana

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Ariel Dacal Díaz

Hace varios días rueda por las “redes sociales” la información y comentarios sobre el hecho de que, a Julio Antonio Fernández Estrada, jurista, profesor universitario y socialista confeso, no le actualizaron su contrato como profesor en la Universidad de la Habana. Varias son las razones y los supuestos que sobre este particular se conocen, entre ellas la publicación de un artículo titulado “No quiero saber nada de los industriales ni de Obama”.

Como sucede con cualquier dato o acontecimiento nacional, este permite encausar el permanente debate sobre la realidad cubana, sus tensiones, desafíos y alcances. Otra oportunidad para mirar algunos elementos de nuestra realidad compleja, diversa, llena de matices y aparentemente inabarcable. Con este fin convido a un grupo de personas, sobre todo del mundo de las ciencias sociales y el activismo en la vida pública, y de clara sensibilidad con el proyecto de justicia social y soberanía en Cuba, a comentar alrededor de un par de preguntas sobre Julio Antonio en particular y sobre algunos significados de su salida de la Universidad en general.

¿Cuál ha sido su acercamiento a Julio Antonio Fernández Estrada y a los contenidos generales de los textos recientemente publicados en su columna de OnCuba?

Juan Valdés Paz: Conozco al “joven” (como los de ochenta llamamos a los de cuarenta) Julio Antonio Fernández Estrada, hace más de una década. Lo primero a decir de Julio Antonio es que es una persona decente y que no conozco nada de él que no sea recto, lúcido y comprometido con los ideales de la Revolución. Lo segundo, que Julio Antonio es uno de los más brillantes intelectuales de su generación, con un estilo profundo y mordaz, como corresponde a un buen senequista. Tercero, que es uno de nuestros más destacados juristas, Catedrático de Derecho Constitucional y Romano, profesor universitario por más de veinte años, siempre elegido por el alumnado de la Facultad como el mejor de sus profesores. Cuarto, que Julio Antonio ha sido un trabajador de la Universidad de La Habana desde su graduación, pero esta Alta Casa de Estudios se ha venido deshaciendo de su magisterio gradualmente, no obstante, la solidaridad de algunos de sus colegas, hasta que recientemente le fue rescindido o no renovado su contrato, rompiendo así su último vínculo con la Universidad y sin que importen muchos los argumentos utilizados al efecto puesto que a una persona decente no se le deja sin trabajo. Quinto, que en cuanto a sus escritos en OnCuba me parece fuera de discusión su derecho a ejercer sus opiniones, puesto que de eso se trata; en todos los trabajos de Julio Antonio que conozco, sus críticas han estado acompañadas siempre de un fondo ético y político, inobjetables, pero en todo caso, dignos de ser debatidos y nunca penalizados.

Mylai Burgos: Entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana en 1993, por la misma puerta que Julio Antonio, nos separaban aulas, personas y un poco más. Épocas repletas de escaseces donde sobrevivíamos de la inventiva y agarrados a la historia para seguir activismos estudiantiles de antaño. Julio y yo nos conocíamos, pero nos replicábamos entre la introversión de uno y la extroversión propia, estuvimos cerca y también lejos muchas veces. Pero la vida desdeña lo superfluo y une la honestidad para asentar la amistad. Por eso algunos años después empezamos a caminar juntos pensares y quehaceres, tan juntos que el sendero se ha vuelto un andar mutuo.

Compartir sus palabras ha sido uno de los motivos de esos andares, pero hace un tiempo tuvieron un repunte al saltar a las redes sociales pequeños textos temáticos de su sentir, que es el sentir de muchos y muchas. Hablar de la coyuntura política, del barrio, de las expectativas truncas, de la discriminación, de la democracia, de la república, de la constitución, de ese derecho que estudiamos con su padre, nuestro maestro excelso, donde la libertad no existe sin igualdad, y la justicia fraterniza con la política, hablar y poner sobre la mesa con prosa poética lo que a muchos nos golpea el alma, desde la isla y por ella, es lo que ha sucedido en los últimos meses con sus textos en el mundo virtual.

Mi acercamiento no es nuevo, van conmigo en sus reflexiones lo que nos duele y nos mueve por el presente y el futuro de Cuba.

Aurelio Alonso:  Si hablamos de “acercamiento” tendría que empezar por decir que estoy cerca de Julito desde antes de que naciera debido a la estrecha amistad que tuve con Fernández Bulté desde los años sesenta, cuando nos iniciábamos en la compleja tarea de la docencia desde perspectivas teóricas a las cuales la Universidad había sido adversa hasta el triunfo de la Revolución. Vi crecer a Julio Antonio, y formar su inteligencia, entre la estampa cultural ideológicamente comprometida de su padre y la ternura de su entrañable madre. Lo recuerdo, todavía estudiante de Derecho, en una de las conversaciones sobre temas polémicos que Julio y yo solíamos sostener cuando le visitaba, pronunciarse contra la pena de muerte con argumentos tan sólidos que me impresionaron por su madurez. Me atrevo a caracterizarlo hoy como uno de los estudiosos más serios de su generación. Sus trabajos recientes en On Cuba reflejan, como todo lo que he leído de él, esa correspondencia del compromiso con el ideal socialista y la indispensable originalidad de pensamiento, que no puede ser digerida desde los extremos, pero termina por abrirse paso cuando mantiene su curso y se logra profundizar con coherencia.

Israel Rojas:  A día de hoy la circulación de ideas en la red cubana es mayor que nunca y es imposible estar al tanto de todo. A veces siento que se ha pasado bien pronto del murmullo por escasez de voces a una etapa de mucho ruido e incapacidad de asimilar tanto.   Seguir leyendo “Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana”

Fidel Castro (1926-2016): el que osó y duró

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Por Antoni Domènech, Ailynn Torres Santana, Julio César Guanche, Gustavo Buster, María Julia Bertomeu, Carlos Abel Suárez, Daniel Raventós

 

Murió ayer Fidel Castro a los 90 años de edad. Con apenas 30, en su autodefensa ante los tribunales de la dictadura de Batista, dejó dicha una de sus frases más famosas: “¡Condenadme! La Historia me absolverá!”. No podemos saber ahora cuál será el veredicto final, y lo que es acaso peor, ni siquiera puede estar ya nadie razonablemente seguro a estas alturas del siglo XXI de que esta esquiva Dama sea un juez infalible o confiable. Lo que sí se puede decir con rotundidad es que Fidel Castro no ha sido un zascandil ni un mequetrefe. Osó y duró.

Osó desafiar a una tiranía cruel que había convertido a su patria en una especie de casino-protectorado al albur de las mafias operantes en la más grande potencia de nuestro tiempo. Osó luego desafiar con éxito a esa potencia que no está precisamente para bromas durante casi seis décadas y a menos de 100 millas náuticas de distancia. Osó, antes, desafiar a los comunistas ortodoxos cubanos, que consideraban una loca aventura su pequeña guerrilla de combatientes en Sierra Maestra que, al final, y a lo sumo, logró reunir a 5000 combatientes. Llegado al poder en enero de 1959, aprovechó la Guerra Fría para obtener ayuda de la Unión Soviética. Pero también osó desafiar a ésta –siempre aferrada a la cautelosa defensa del statu quo internacional (la “coexistencia pacífica” entre las distintas “áreas de influencia” geopolítica)— practicando una asombrosamente activa política exterior internacionalista que dejó profunda huella antiimperialista directa en América Latina y en África e indirecta en todo el planeta a través de su vigorosa participación en el Movimiento de Países no-Alineados.

La Revolución cubana de 1959 conquistó en su momento a la opinión pública democrática mundial. Por su radicalidad extraordinaria, no menos que por la naturaleza tan poco cruenta de su desenlace inicial: la elite política y profesional batistiana, que había traicionado y emputecido los ideales de la Constitución republicana cubana de 1940, huyó despavorida de la isla tan pronto entraron los barbudos en La Habana, y la Revolución empezó insólitamente de cero, casi sin necesidad de tener que contar con la asistencia –o el sabotaje— de altos o medianos funcionarios civiles o militares del antiguo régimen. El programa de los revolucionarios triunfantes estaba en la gran y robusta tradición del republicanismo democrático de José Martí y de socialistas republicanos como Diego Vicente Tejera o Raúl Roa (ministro de exteriores de Fidel Castro). Esto, que escribió Vicente Tejera (contra España) en 1897, podrían haberlo firmado Fidel Castro o Raúl Roa (contra EEUU) en 1959:

“Todo yace en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre— de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad.”

La Revolución cubana expropió masivamente la propiedad absentista y propiedades norteamericanas que habían hecho su agosto bajo Batista, y propició una radical reforma agraria en buena medida inspirada al principio en las ideas que José Martí había aprendido en los EEUU del último tercio del XIX del gran economista y reformador norteamericano Henry George (y que hasta cierto punto habían inspirado a la Constitución republicana cubana de 1940, traicionada por Batista]:

“El que trabaja la tierra y mejora debe poseer la misma. Él debe pagar al estado por ello mientras lo usa. Nadie debe poseer la tierra sin tener que pagar al estado para su uso. Nadie debe pagar al Estado un impuesto más allá de un arrendamiento de tierras. Así, el peso de los impuestos nacionales caerá sobre aquellos que han recibido [de la nación] los medios de pagar ellos … La vida sin impuestos será barata y fácil, y el pobre tendrá un hogar y el tiempo para cultivar sus mentes, entender sus derechos cívicos deberes, y amar a sus hijos.” [Artículo de Martí fechado en 14 de abril de 1887 y publicado en el diario mexicano El Partido Liberal.]

Pero no sólo por eso, es decir, por sus propios méritos, conquistó la Revolución de 1959 a la opinión pública democrática internacional. También porque el mundo era entonces muy otro. Es verdad que se estaba en plena Guerra Fría. Es verdad que la propia Revolución cubana propició en 1962 un pico terriblemente peligroso de la Guerra Fría con la llamada crisis de los misiles. Pero el clima de opinión era netamente antiimperialista y ampliamente favorable a los procesos de descolonización en curso desde el final de la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, los movimientos populares y los movimientos por los derechos civiles eran pujantes y vigorosos en las metrópolis. Una buena parte del establishment académico y político norteamericano y europeo se sumaba a la tesis entonces en boga de la “convergencia”: el capitalismo democratizado y socialmente reformado de posguerra y el socialismo real centralmente planificado “tendían” a una convergencia supuestamente dimanante de las exigencias técnicas de la economía y la vida social modernas: el capitalismo seguiría democratizándose y su sector público, creciendo; los países de socialismo real tenderían a desburocratizarse y a democratizarse; y los países descolonizados y “en vías de desarrollo” se beneficiarían de todo eso y se sumarían a la “convergencia”.

Los años 60 fueron años de esperanza y de optimismo. Infundadamente, tal vez. Porque se venía de la década del golpe de Estado anglo-norteamericano contra el gobierno de izquierda laica de Mosadeq en Irán, de la intervención imperialista anglo-francesa contra el Egipto del gobierno nacionalista laico de Nasser en la crisis del canal de Suez, o del golpe de Estado norteamericano contra el gobierno republicano-democrático de Jacobo Arbenz que, en Guatemala, se había atrevido a una reforma agraria que dañaba los intereses de la United Fruits norteamericana. Porque se venía del golpe presidencialista light de De Gaulle contra la IV República parlamentaria francesa. Porque se estaba ya en la década del terrible y sangriento golpe de Estado norteamericano en Indonesia contra el gobierno de izquierda laica de Sukarno. Porque se estaba ya en la década de la yugulación soviética de la Primavera de Praga. Y porque estaba por venir el golpe de Estado norteamericano contra Allende en Chile en 1973, punto final de toda una época signada por el antifascismo de posguerra.

Fidel Castro sobrevivió a todo eso. Sobrevivió incluso al hundimiento de la URSS en 1989. Es decir, que, además de osar, duró. Duró asombrosamente. Con virtú y con fortuna, en el específico sentido maquiavélico de estas palabras. Y hay que decir que, en el clima de retroceso, crecientemente restauracionista, que empezó a experimentar el mundo desde finales de los 60, Fidel Castro se manejó con gran pericia: esto se lo reconocen hasta sus peores enemigos. Es demasiado pronto para juzgar cuántas de las maniobras y pillerías de Realpolitiker consumado que le permitieron durar tanto fueron errores políticos, cuántas aciertos y cuántas, en cambio, Zugzwänge, movimientos obligados, como se dice en argot ajedrecístico.

Fueran errores políticos evitables o malhadadas jugadas forzadas, dos pesan hoy como una losa para el futuro revolucionario de Cuba. El primero es la subordinación de la isla al ámbito económico de influencia de la antigua URSS: la actual y peligrosa dependencia de Cuba del rentismo petrolero venezolano muestra que la economía cubana no halló con la Revolución –y sigue sin hallar— una forma sana y sostenible de insertarse en la economía mundial. El segundo es la Constitución de tipo soviético de 1976. Hasta esa fecha, Cuba mantenía, aun si suspendida provisionalmente en la práctica desde 1959 por una dictadura revolucionaria supuestamente fideicomisaria de emergencia, la gran Constitución republicano-democrática de 1940.

Sin la Revolución cubana de 1959, el mundo sería hoy con toda probabilidad peor y harto más peligrosos de lo que ya es. Y Cuba sería, en el mejor de los casos, y con mucha suerte, un triste protectorado endeudado à la Puerto Rico, o, en el peor, un Haití. Los logros de la Revolución son indiscutibles. Entre otros:

Cuba es según la UNICEF el único país de las Américas sin desnutrición infantil, razón por la cual ha sido declarada “paraíso internacional de la infancia”.
Cuba tiene la tasa de mortalidad más baja de las Américas.
Cuba tiene 130.000 médicos licenciados desde 1961.
El sistema de salud cubano es, según la OMS, un ejemplo para el mundo.
Cuba es el país del mundo que más PIB aporta a la educación
Cuba es uno de los países con mayor índice de desarrollo humano, según NNUU.
Cuba es el primer país del mundo en eliminar la transmisión madre-hijo del VIH
Pero el futuro de Cuba, si ha de conservar los logros de su Revolución socialista, pasa por volver a las raíces republicano-democráticas de la misma. Por reinsertar sana y eficientemente su vida económica en la economía mundial, por desestatizar parcialmente y desburocratizar administrativamente su economía sin privatizar el grueso de la misma y sin concentrarla, es decir, socializándola por vías democráticas como el fomento de la propiedad cooperativa, de la propiedad común local, de la colectivización voluntaria, de la autogestión democrática y/o el control desde abajo de las empresas y los servicios públicos, etc. Condición inexcusable de todo lo cual es la recuperación y la institucionalización constitucional de los valores republicano-democráticos que han estado en el centro de la historia de todas las revoluciones de Cuba, las del XIX y las del XX, y en expresa defensa de los cuales se batió precisamente la Revolución socialista de 1959.

http://www.sinpermiso.info/textos/fidel-castro-1926-2016-el-que-oso-y-duro

Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final)

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Por Julio César Guanche

Probablemente, Antonio Guiteras (1906-1935) no goza del reconocimiento que le corresponde como una de las fuentes ideológicas del socialismo democrático en Cuba.

El proyecto de Guiteras debió enfrentarse en su hora a una sorda batalla sobre su legitimidad socialista y revolucionaria. Todavía algunos sitúan su programa más cerca de la reforma que de la revolución, y más centrada en el antimperialismo que en el socialismo. Seguir leyendo “Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final)”

Antonio Guiteras: un jacobino en el Caribe (1)

Antonio Guiteras Holmes (1906-1935)

Por Julio César Guanche

Según Raúl Roa, la revolución cubana de 1930 “produjo un líder jacobino, una figura presidencial y un figurín evadido de las páginas de Tirano Ban­deras”.Esas figuras son, respectivamente, Antonio Guiteras, Ramón Grau San Martín y Fulgencio Batista.

Fuera de Cuba, quizás el nombre más identificable hoy sea el de Batista, a cuya dictadura puso fin la revolución de 1959.Grau se dio un “baño de masas” con un triunfo electoral contundente en 1944, pero perdió esa relevancia incluso desde antes de 1959, por haberse lanzado, en medio de sus bromas perennes, al pozo sin fondo de la corrupción.

Guiteras no fue un gran líder estudiantil en su época, pues la necesidad económica familiar lo arrojó muy pronto al trabajo, pero ganó rápidamente gran prestigio nacional.

Con 27 años de edad sería, en los hechos, el primer ministro del gobierno nacido de la revolución de 1933.Dos años después murió en desigual combate, tras persecución ordenada por Batista, que había puesto precio a su cabeza.

La estrategia revolucionaria seguida por Guiteras concibió los cauces para hacer una revolución en Cuba. Ese tipo de imaginación conseguiría, haciendo uso de la “vía” guiterista, alcanzar el triunfo en 1959.

Guiteras concibió la táctica de una expedición armada que, proveniente de México, desencadenase la lucha insurreccional, creyó en obtener la victoria mediante la lucha armada desde un territorio rural; planeó bombardear el cuartel Moncada, preparó el asalto al cuartel de Bayamo y, desde el punto de vista ideológico, elaboró el “nacionalismo revolucionario” que sería una plataforma decisiva para el triunfo de 1959.

Ahora bien, no es usual presentar a Guiteras como “jacobino”. La calificación de Roa es bastante excepcional. Sin embargo, es quizás la que más se ajusta su biografía.

La necesidad de conseguir la soberanía nacional, la plena independencia política y económica, de hacer avanzar la “colonia superviva” en Cuba hasta el estatus de una nación y de estructurar un régimen estatal en beneficio de las grandes mayorías populares —todo lo cual llevó a Guiteras a definir al imperialismo norteamericano como el principal obstáculo a vencer para la solución de los problemas nacionales— colocaba al líder revolucionario en la senda del jacobinismo ya ensayado antes en América latina en las experiencias, contextualmente diferentes, de los “jacobinos mestizos” (1814-1840), del Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia; y de los “jacobinos negros”, del Haití de Toussaint L’Ouverture, que declaró la independencia de ese país en 1804. Seguir leyendo “Antonio Guiteras: un jacobino en el Caribe (1)”