La revolución cubana del 30. Ensayos

 

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Descargue aquí La revolución cubana del 30. Ensayos, de Fernando Martínez Heredia, publicado en formato de Libros Libres por Ruth Casa Editorial, quien autorizó su reproducción en La Cosa.

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Cuba se convirtió en una nación cuando sumó, a la lenta acumulación de rasgos culturales que van tornando específico a un pueblo en un lugar determinado del mundo, sus revoluciones del último tercio del siglo XIX. Ellas le dieron un significado particular a la emancipación de la gran masa de esclavos negros y al proceso que acabó con el régimen colonial, posibilitaron que fuera orgánica la composición de la población de Cuba y la integración de sus regiones físicas, proveyeron una gesta nacional con su historia propia, sus fastos, dolores, símbolos y emociones compartidos. Esas dos revoluciones crearon al pueblo cubano como comunidad autoidentificada e irreductible a cualquier otra del planeta, hicieron que la política fuera la forma de conciencia social más característica del pueblo de la Isla y que ella exigiera la creación de una nación Estado republicana, con instituciones y usos democráticos. Por esas revoluciones, el nacionalismo en Cuba ha tenido un contenido popular y de ideas radicales, que ha impedido a los que dominan disponer de él libremente como instrumento de hegemonía. La inmensa herencia de esas revoluciones sigue teniendo un gran peso en el mundo espiritual y político cubano.” Fernando Martìnez Heredia

 

Contiene los siguientes textos:

Los dilemas de Mella

Guiteras y el socialismo cubano

Roa, Bufa… y el marxismo subversivo

Pablo y su época

Villena: El héroe romántico de la revolución proletaria

 

La Constitución de 1940 (I)

1940

Por Julio Cesar Guanche

Entre 1930 y 1933 Cuba experimentó una revolución cuyas demandas pusieron bajo asedio al Estado oligárquico estructurado en 1902, año de la fundación republicana.

Varios factores estructurales contribuyeron a ese asedio. Cambió el perfil de la fuerza laboral, tras el fin de la corriente inmigratoria de 1780-1930. La economía perdió la tendencia al crecimiento de la exportación de azúcar. El derrumbe del mercado norteamericano, con la gran depresión, produjo una grave crisis de desempleo.

La situación confluyó con la presión política de las masas. El movimiento obrero adquirió fuerza y organización. Un amplio campo social exigió modernizar la escuela. La prensa y la radio ganaron penetración al interior de la sociedad cubana.

En el proceso, el Estado se hizo más dependiente de la participación del ciudadano común—que contaba ahora con voto femenino, sistema de partidos, canales de representación funcional y una esfera pública ampliada—. La captación de nuevas lealtades ciudadanas sería reciprocada por la promesa del Estado de convertirse enun patrimonio común de la sociedad.

La Constitución de 1940 es la síntesis mayor de tal intención.

Cuba tomaba opción entre las ideologías que disputaban entonces el curso de la historia: el republicanismo social y el socialismo democrático; el marxismo-leninismo soviético y el fascismo. Para ese momento, el liberalismo del siglo XIX, cimentado sobre el individualismo, el abstencionismo estatal y el despliegue ilimitado de la propiedad privada, no era una ideología que pudiese intervenir con mayor éxito en los debates cubanos. Entre sus cargos estaba, en Cuba como en América latina, la justificación de la república oligárquica y la enorme devastación social desplegada tras1929.

En 1940 los asambleístas cubanos recelaban de aquel liberalismo. Entre ellos, no solo se encontraban comunistas como Blas Roca o Salvador García Agüero, sino también delegados del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), como Eduardo Chibás y Carlos Prío; o del ABC, como Joaquín Martínez Sáenz y Jorge Mañach.

Estas posiciones, diferentes en otros aspectos, compartían la inspiración keynesiana de hacer intervenir al Estado en la economía. Con ella, buscaban evitar el desajuste entre oferta y demanda;  regularla producción y elcomercio, para controlar lascrisis de superproducción; y fomentar el gasto público y el empleo, comprometidas tanto con el crecimiento del mercado interno como con políticas redistributivas.

La opción cubana por el republicanismo social se hizoexplícita en la Constitución. Sutexto consagró el principio de intervención gubernativa en la economía, declaró el subsuelo como propiedad estatal, estableció la jornada de trabajo máxima de cuarenta y cuatro horas semanales, las vacaciones retribuidas, la licencia por maternidad, las pensiones y seguros, la protección al pequeño propietario rural, la proscripción del latifundio y la restricción de la posesión de tierras por extranjeros, la igualdad en el salario sin distinciones de género —ni de estado civil en el caso de las mujeres.  Asimismo, prohibiódisolver sindicatos sin sentencia firme de la autoridad judicial y estableció el derecho a la libre sindicalización. Seguir leyendo “La Constitución de 1940 (I)”

La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)

cuba

Por Julio César Guanche

Haroldo Dilla me ha hecho el honor de replicar, en “Los íconos difusos”, un artículo en el que cuestiono algunos de sus comentarios.

No me he referido a los miedos que despierte ser acusado de “difuso”, ni a cuál sería la respuesta heroica ante ello. Sostener una posición política democrática debe ser un derecho ante el cual la heroicidad sea superflua y el miedo inconcebible —como defiendo, ya que estamos, abolir todas las fuerzas antidisturbios y liberar a todos los presos por razones políticas de este mundo—. Pero sigo pensando que su posición regatea la legitimidad de posturas políticas diferentes.

Nunca he aceptado desacreditar una postura intelectual por las descalificaciones que se dirijan a la persona de su proponente. Dilla hizo esto en su primer texto, cuando aseguró que todas las opciones de Alfredo Guevara se orientaban a su “uso y beneficio” como “mandarín y gay oficial”, “suerte de florero”. Ahora dice que soy yo el que lleva a ese punto la discusión. Pero lo dejaré de lado, pues dice cosas de mayor importancia que mis reales o supuestos yerros polémicos.

Las biografías son algo más importante que los intercambios de “chismes” privados. Ya que Dilla entra en detalles biográficos, lo haré para explicarme.

Para entender la vida política de Mañach, por ejemplo, es necesario ser preciso en su biografía. Es oportuno saber que prologó la primera edición en forma de libro (1954) de La historia me absolverá. Es importante conocer que  Mañach, “no se fue” de Cuba, sino que, según él mismo, no le dejaban alternativa, cuando lo retiraron del claustro universitario, y le privaron de sus fuentes de empleo en los medios de prensa.

También es necesario notar que se opuso a la dictadura de Batista, y que, por sus convicciones, liberal republicanas, no podía compartir el curso comunista, que según entendía, tomaba el curso revolucionario desde fecha temprana. Es bueno saber que llegó muy enfermo a Puerto Rico, que esto ha habilitado reinterpretar el “apoyo explícito” que, se ha dicho, prestó a la invasión de Girón (1961), o conocer que no autorizó en vida la publicación de Teoría de la frontera, queeran notas de curso sobre un tema que nunca antes había trabajado.

Tampoco es redundante la interpretación de sus inserciones políticas. Es necesaria la interpretación del ABC, entendida tradicionalmente como “facistoide”, cuando fue el primer movimiento moderno de una derecha de masas en Cuba. Es una simpleza calificarlo de “fascista”, como si todas las derechas lo fuesen sin más.

Es importante comprender el contexto de enunciación de las ideas: no es lo mismo defender la democracia bajo un sistema liberal oligárquico que defenderla bajo un formato liberal social, que con sufragio universal o sin él. Habrá quien piense que la democracia es “una sola” —como dicen los estalinistas que “hay un solo marxismo”—, pero es un error, que Dilla no comete, aunque no considera sus diversas implicaciones.

La biografía, la  interpretación de las opciones políticas y de los contextos de enunciación de las ideas son aspectos cruciales para comprender una tradición y sus “recuperaciones” posibles. Es lo que he intentado hacer con Roa, y he visto utilidad en hacerlo para el presente, como es útil para la interpretación del pasado, hecho que también es relevante. Desde ahí busco interpretar los legados de intelectuales políticos, como Mañach o Alfredo Guevara, aspirando a hacer algo más que asignar calificaciones de quién es más importante, o más intelectual que el otro. Dilla, aunque en su segundo texto es mucho más analítico que en su primer alegato, simplifica este tema.

Dilla establece que los problemas que yo señalo como propios de la relación entre el socialismo y la democracia, son más bien atinentes a la relación liberalismo-democracia: “los problemas de la libertad del individuo ante el estado/comunidad”. Seguir leyendo “La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)”

Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)

RoaPor Julio César Guanche

No son muy numerosos los autores que han reivindicado, en Cuba, a Raúl Roa (1907-1982) como marxista en el período previo a 1959. Generalmente, los ungidos con ese término son los que militaron en las filas del primer Partido Comunista de Cuba, como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, o, después, como Juan Marinello o Carlos Rafael Rodríguez.

Sin embargo, esa identificación entre marxistas y militantes de ese partido ignora la presencia de una izquierda marxista —no partidaria— que cuenta con Raúl Roa, pero también con Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló Gomila, Leonardo Fernández Sánchez y Aureliano Sánchez Arango entre sus integrantes. El saber de Roa provenía de una lectura abierta de la historia de las doctrinas sociales. La regimentación de las fuentes del marxismo soviético —que calificaba a todo lo que estuviese fuera de sus márgenes como «filosofías burguesas»— es contraria al tipo de erudición y, sobre todo, de enfoque ante la cultura que representa Roa. Si este admiraba el magisterio de José Ingenieros, «hombre excelso», y celebraba la profundidad de su análisis sobre el imperialismo en Nuestra América y veía en Benedetto Croce «un filósofo de la libertad (que) por ella padeció y pugnó con el coraje de Sócrates y el denuedo de Spinoza», también celebraba el papel desempeñado por los anarquistas en defensa de la República española. En Roa aparece la complejidad de la formación histórica de una sociedad colonial. En defensa del principio de la autodeterminación nacional, asocia la nacionalización del canal de Suez, realizada por Gamal Abdel Nasser, con las nacionalizaciones del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas. El principio de la autodeterminación resulta así la «garantía misma de la integridad y desarrollo de los pueblos débiles». Roa denunciaba las posiciones tanto de las potencias occidentales como de la Unión Soviética en torno a la causa egipcia. Con todo, está lejos de considerar a la «estructura económica» como la fuente de todos los problemas y de todas las soluciones. El autor de Quince años después argumenta sobre las necesidades políticas —en estricto sentido— de un país sometido a tal estatus: «La libertad de expresión es un imperativo biológico para las naciones subdesarrolladas o dependientes, compelidas a defender su ser y propulsar su devenir mediante el análisis crítico y la denuncia pública del origen y procedencia de sus males, vicios y deficiencias». Roa comprendió las características de la creación del capitalismo cubano y vislumbró así que el nacionalismo revolucionario —de vocación socialista y antimperialista— era la ideología de una revolución para el siglo XX en la Isla. A ello se debe también su reivindicación de José Martí y, en general, del pensamiento llamado «liberal revolucionario» cubano del siglo XIX. La forma en que incorporó el marxismo a ese saber contrariaba las lecturas propias del dogma: leer la historia cubana a través del marxismo, sin pensar que fue el marxismo el que prohijó la historia cubana. La derrota de la Revolución del 30 fue la derrota del radicalismo político en la Isla. El nacionalismo reformista hegemonizó el mapa ideológico de la década de 1940 en el país. En ese contexto, el marxismo de Roa expresa una pregunta agónica: ¿dónde debe situarse la izquierda en un contexto progresista? o ¿«qué hacer» al presentarse como única opción viable o «racional» la elección del «mal menor»? Roa entendía que la actitud de la izquierda debe partir de una exégesis ideológica: no responde esa pregunta en el contexto de una coyuntura, sino en el contexto de una ideología. El problema radica en elaborar una práctica política que no esté dominada por el fanatismo de la «toma del poder» en cualquier circunstancia —como era el caso de la alianza de 1938 entre los comunistas cubanos con Fulgencio Batista—, sino basada en la preocupación por la cultura revolucionaria a través de la cual se ha de ejercer poder político. Las actitudes políticas de Roa tienen este denominador común: ejercer poder político desde el Estado solo tiene sentido si se conserva la identidad del movimiento revolucionario. No servirá alcanzar el poder político si en el camino yace tendido el cuerpo del proyecto: «Lo que no se puede es estar con Batista. Lo que no se debe es pactar con el enemigo, ni con las fuerzas que antes lo apoyaron e intentan, por trasmano, imponerlo de nuevo. Eso no se puede ni se debe hacer, aunque esa alianza entrañara la conquista misma del poder por vía electoral» —afirmaba Roa. Seguir leyendo “Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)”

Raúl Roa y el “socialismo de la esclavitud” (I)

Roa, el cuarto de izquierda a derecha, en prisión.

Roa, el cuarto de izquierda a derecha, en prisión.

Por Julio César Guanche

Raúl Roa García (19071982) formuló una de las críticas más fuertes hechas desde la izquierda cubana, antes de 1959, contra el socialismo soviético.

La montaña de anécdotas que cubre la memoria de Roa oculta otra condición de su personalidad: la de ser uno de los pensadores cubanos más lúcidos del siglo XX. Roa fue ministro de Relaciones Exteriores de Cuba revolucionaria después de 1959, y es conocido por justas razones como “Canciller de la Dignidad”, pero su pensamiento previo a esa fecha es bastante ignorado hoy por varias generaciones de cubanos y de latinoamericanos.

Roa publicó la mayoría de sus obras de reflexión entre 1935 y 1959. Sus discursos como ministro de Relaciones Exteriores, y los textos que escribió hasta su muerte en 1982, son imprescindibles para conocer el carácter de la ideología revolucionaria cubana y las conflictividades por las que atravesó en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, pero sigue siendo necesario reconstruir su discurso como una de las corrientes socialistas que llevó a la Revolución de 1959.

Roa vivió más que muchos de sus compañeros de generación como para poder observar el curso histórico de la dominación burocrática en la URSS y poder erigirse en duro crítico del “padrecito rojo”, como le llamaba a Stalin, a diferencia, por ejemplo, de su entrañable amigo Rubén Martínez Villena.

La vocación socialista de Roa no cabía en el molde eslavo. Los trabajos reunidos en su primer libro, Bufa subversiva, reseñan con admiración la lucha de los comunistas contra Machado, y apenas hace visibles diferencias ideológicas entre él y sus compañeros fraternos de lucha, cualquiera fuese su filiación, pero Roa no ingresó al partido de los comunistas del patio, y el tono y la profundidad de sus críticas fue en aumento constante tras las políticas seguidas por este partido con posterioridad a 1938.

La diferencia ideológica entre Roa y el primer Partido Comunista de Cuba era profunda. Para Blas Roca, secretario general de este partido a partir de 1934, “la doctrina en que basa su programa y su acción Unión Revolucionaria Comunista [nombre del partido comunista entonces] es el marxismo, la teoría elaborada por Marx y Engels y genialmente aplicada y desarrollada en Rusia por Lenin y por Stalin”.

Por el contrario, para Roa, Marx había sido “expurgado, corregido, monopolizado, rusificado y contradicho por el propio Stalin a fin de justificar la política imperialista del zarismo y la invasión soviética de Polonia conjuntamente con las huestes de Hitler”.

Roa no se contaría entre aquellos que pusieron los ojos en blanco cuando Jrushov dio a conocer los crímenes de Stalin en 1956: “José Stalin fue en vida un nuevo zar para los imperios rivales y el fementido abanderado de un hermoso ideal para millones de proletarios y para los que aún alientan la esperanza de un socialismo fundado en la libertad”, escribió en 1953 a la muerte del “padrecito”.

Roa se sabía distante, desde temprano, de los que se enteraron de la satrapía y murieron, con gesto lánguido, de desilusión. En medio de la Guerra Fría, entendió cómo la libertad estaba en un lugar distinto al imaginario de los bandos contendientes: más allá de “la cortina oriental de hierro” y de “la cortina occidental de sables”. Frente a ellas, defendió “la única tercera posición virtualmente factible y operante”: “La otra, carente de raíz y meta, sirve, de manera exclusiva, los designios e intereses del imperialismo soviético, patológica excrecencia de una revolución socialista degenerada”.

Así, su crítica al totalitarismo soviético no hizo el juego a los contendientes del “Mundo libre” vs los del “Mundo comunista”, allí donde los primeros lograron cubrir con el concepto de anticomunismo lo que muchas veces era antiestalinismo, mientras los segundos monopolizaron para sí el uso y disfrute de un socialismo normado en singular: el existente en la URSS.

Para Roa, la experiencia histórica del socialismo, al “subordinar los fines a los medios”, y gracias a su “concepción autoritaria del poder”, conducía “a la degradación y a la esclavitud”. El socialismo existente en la URSS “no se diferenciaba del fascismo en su radical desprecio a la dignidad humana”. Por ello, “el camino de la libertad era la última salvación del socialismo”.

En este horizonte, Roa reafirmaba la dimensión axiológica del marxismo —su contenido de justicia— con lo que se colocaba contra la matriz economicista del marxismo soviético, preocupado más por la producción que por la justicia. “La plusvalía es más un concepto moral que una categoría económica —explicaba Roa. Su verdadera significación estriba en implicar una condena inapelable de la expropiación del trabajo ajeno no pagado. Sin ese ´supuesto moral´, ¿cómo se explicaría ya no la acción política de Marx, sino también el tono de violenta indignación y de amarga sátira que se advierte en cada página de El Capital?”

El discurso de Roa era frontal sobre el carácter del régimen soviético y su radical diferencia con el proyecto del socialismo. Para el autor de En pie, Stalin había instaurado un régimen totalitario en la URSS a la muerte de Lenin. Sin embargo, su impugnación no partía de los presupuestos del trotskismo, ni del marxismo revolucionario en la línea de Rosa Luxemburgo o Antonio Gramsci.

Su crítica parte de un proyecto definible como “socialismo democrático”, estructurado a partir de “los valores que le infunden objeto y sentido a la vida humana: soberanía del espíritu, estado de derecho, gobierno representativo, justicia social y conciencia”, valores contrarios para Roa a los que emergen de “la antinomia amigo-enemigo como esencia del poder”.

http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/raul-roa-y-el-socialismo-de-la-esclavitud-i.html

 

 

EL (I) PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y LA REVOLUCIÓN DE 1930

Blas Roca

Por Julio César Guanche

 El primer Partido Comunista de Cuba (PC), fundado en agosto de 1925, tuvo una relación difícil con la revolución que en la Isla es conocida como “del 30”, o del “33”.

EL PC contribuyó de forma esencial a la configuración de la “situación revolucionaria” que acabó con el régimen de Gerardo Machado en 1933. Esa agrupación contaba con una gran acción obrera, que dirigió y fraguó en medida significativa, y con una tradición extraordinaria de pensamiento, con figuras como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena.

No obstante, ya en la cima de la crisis de 1933 no comprendió la situación gestada, protagonizó el “error de agosto” (pactar con Machado el fin de la huelga general), y combatió un resultado directo de aquella revolución: la presencia en el Gobierno Provisional del ala revolucionaria representada por Antonio Guiteras.

La táctica posterior del PC estuvo marcada por la recomendación de la Internacional Comunista, dada en noviembre de 1934, de revisar la posición ante Guiteras y por la nueva política “de masas”, que sería decidida por el PC en febrero de 1935. En ese contexto, se propondría un acercamiento con Guiteras y con Joven Cuba.

En el Comité Estudiantil de Huelga Universitaria los comunistas y los nacionalistas pudieron compartir experiencias con miras a la huelga de marzo de 1935, mientras que el VI pleno del Comité Central del PC (octubre de 1935), en consonancia con el cambio de orientación de la Internacional Comunista, formularía la estrategia del “frente popular”, que abría la puerta al PC para la búsqueda de concertaciones.

El perfil de las nuevas alianzas vino impuesto por las circunstancias. El PC se encontró sin acceso a los partidos surgidos de la revolución, pues el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), el Partido Aprista Cubano y Joven Cuba le negaron la posibilidad de asociarse.

La Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), en la que militaban en el exilio Pablo de la Torriente y Raúl Roa, fue la única organización revolucionaria que se mostró favorable a un acuerdo con el PC, pero se encontraba en el extranjero y su existencia fue efímera. La Conferencia de Miami (mayo de 1936) donde comenzó el acercamiento con el PC, tuvo escasa resonancia en Cuba.

En 1937 el PC encontró cabida en el Bloque Revolucionario Popular, integrado por algunos sectores nuevos de la burguesía, aliado a otros tradicionales como Carlos Mendieta y Miguel Mariano Gómez y que constituía una plataforma amplia, aunque electoral. La intención del PC en esa alianza era alejar a Batista “de los más reaccionarios”.

La “lucha por mejoras sociales dentro del orden burgués” y el “nacionalismo” que el PC había criticado antes en Guiteras —por su “insuficiencia” y su “chauvinismo”— fueron incorporados ahora  a la estrategia de lucha del PC.

El PC iría más allá por ese camino, pero en sentido distinto al de Guiteras. Desde 1936, el Partido comenzó a suprimir de su discurso público, bajo la égida de la doctrina del “Frente Amplio contra el fascismo”, las referencias antimperialistas. En 1938 obtuvo reconocimiento legal como partido, lo que colocaba en el terreno parlamentario a la lucha obrera. Para 1944, por ese camino el PC terminaría definiendo a Batista como “magnífica reserva de la democracia cubana”. En el proceso, había sido mucho más intransigente en sus imperativos hacia el gobierno de Grau-Guiteras durante 1933, que lo que demandó del gobierno “democrático-burgués” (1940-1944) de Fulgencio Batista.

La divergencia en la actitud del PC respecto a uno y otro gobierno se encuentra tanto en el plano de las diferencias ideológicas como en el del acceso al poder que encontraron en una y otra circunstancia. Si Guiteras –y Grau– capitalizaban los logros de las conquistas sociales sin rúbrica comunista; esa situación cambiaba con Batista, con quien el PC encontró espacio para situarse al frente del movimiento obrero y ser reconocido como el principal gestor de las conquistas sociales.

En 1943, Blas Roca resumiría el proceso revolucionario del 30 de esta forma: “A través de una nueva lucha sangrienta, preñada de sacrificios y dolores, el pueblo consiguió derrocar a Machado e introducir algunas importantes modificaciones al Estado cubano”.

Esto era todo lo opuesto a cómo había sido leída esa marea revolucionaria por otros sectores políticos. Gustavo Cuervo Rubio decía: “Las actividades de los sectores obreros han producido un desconcierto de proporciones extraordinarias. Una ola avasalladora de reivindicaciones sociales amenaza con destruir las fuentes de la riqueza privada, y el auge del movimiento alcanza ya a dañar la esencia misma de toda la economía nacional”.

Para Blas Roca, la política reformista de “colaboración de clases” se basaba “en el pasado”, con lo que se refería a la política de Grau-Guiteras, en “la negación del socialismo, en la negación de la lucha por establecer un régimen mejor y superior para la humanidad”. El líder del otrora Partido Comunista (el PC se rebautizó como Partido Socialista Popular en 1943), justificaba así la nueva política reformista de su Partido, fundamentada ahora “en el reconocimiento creciente de los derechos de los trabajadores, un crecimiento consecuente del mercado interno de cada país y del mercado interno nacional sobre la base de una producción expansiva y de un comercio coordinado”.

Para conseguirlo, llamaba ahora a la clase obrera a desempeñar un “papel patriótico y responsable”, en el propósito de gestar la “Unidad Nacional” contra el fascismo, aunque, en rigor, no fuese considerada esta por Blas Roca como una “política del momento y transitoria, sino [una ] política de largo alcance y para mucho tiempo, en el avance progresivo hacia la conquista de todos [los] derechos” de la clase obrera.

Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final)

guiteras

Por Julio César Guanche

Probablemente, Antonio Guiteras (1906-1935) no goza del reconocimiento que le corresponde como una de las fuentes ideológicas del socialismo democrático en Cuba.

El proyecto de Guiteras debió enfrentarse en su hora a una sorda batalla sobre su legitimidad socialista y revolucionaria. Todavía algunos sitúan su programa más cerca de la reforma que de la revolución, y más centrada en el antimperialismo que en el socialismo. Seguir leyendo “Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final)”

“O come o se muere”: la rebeldía en Julio A. Mella (I)

Mella
Por Julio César Guanche

El 25 de marzo de 1903 nació en la capital de Cuba Julio Antonio Mella, hijo ‘bastardo’ de una relación extramatrimonial entre el sastre dominicano Nicanor Mella Breá y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Sus padres se llevaban entre sí 31 años, lapso mayor que la edad que alcanzaría en vida su primogénito, asesinado a los 25 años en México.

En esa breve vida, Mella se las arregló para convertir a la universidad cubana en un espacio político nacional; sacar de sus casillas al dictador cubano Gerardo Machado; convertirse en líder latinoamericano, atentar contra la oligarquía mexicana -por el grado de su inmersión en el sindicalismo de ese país- y ser considerado por el stalinismo como una amenaza para la ‘unidad’ del movimiento comunista en la época.

El padre de Mella -hijo de un general, héroe de la independencia dominicana- era dueño de una de las sastrerías más famosas de la ciudad y mantuvo a su hijo como el alumno mejor vestido de la Universidad de La Habana; le inculcó la pasión por la vida de los patriotas de la independencia latinoamericana; lo introdujo en las lecturas políticas; le envió $ 80 mensuales al exilio cuando su vástago sufría la miseria; pagó sin pensar las altas fianzas que le impusieron a Julio Antonio, y movió cielo y tierra para liberarlo de prisión cuando su huelga de hambre.

Sin embargo, Mella fue un hijo ‘bastardo’ para otras de las ‘familias’ de las que formó parte.

El joven líder fundó el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana en 1922, asumió su presidencia meses después y tuvo que renunciar luego al cargo acusado de vocación dictatorial y de poner en peligro la marcha de la reforma universitaria por su militancia política ‘sectaria’ con el movimiento obrero y con el naciente comunismo cubano.

Formó parte del grupo reducido que fundó el primer Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925, y fue separado meses después por sus actos ‘individualistas’, ‘inconsultos’ y carentes de ‘solidaridad clasista’, ‘verificables’ en una épica huelga de hambre de 19 días. Seguir leyendo ““O come o se muere”: la rebeldía en Julio A. Mella (I)”

No podemos defender la diversidad y olvidarnos de que cada ser humano es diferente y tiene necesidades diferentes

alfredo

El Festival Internacional del  Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana celebra por estos días su edición 35. El Festival rinde homenaje a su fundador, Alfredo Guevara, fallecido en abril del presente año. Hago lo mismo en este blog. Colocaré  diversos materiales que aparecieron compilados en el último libro de Guevara: “Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender”.  Ediciones Nuevo Cine Latinoamericano, 2012. Comienzo con el texto correspondiente a la conferencia que impartió Guevara con motivo del fin del programa lectivo de la Maestría sobre Estudios Cubanos, Instituto Superior de Arte (ISA), el 5 de febrero de 2010.

ver aquí la información de la edición 35 del Festival.

Encuentro de Alfredo Guevara  con estudiantes y profesores del Instituto Superior de Arte

Doctor Rolando González Patricio, rector del Instituto Superior de Arte (ISA):

Buenos días. Dice Alfredo que mientras más baja la temperatura mejor. Parece que ya sintió la alegría convertida en calor humano en el Instituto Superior de Arte cuando recibimos a Alfredo Guevara, quien no necesita presentación acá. Doctor Honoris Causa de este Instituto, Premio Nacional de Cine, Orden José Martí es un intelectual que ha echado su suerte con las mejores causas del siglo xx y del xxi. Nos honra con su presencia y es un lujo para el ISA, para el Departamento de Estudios Cubanos, que el programa lectivo de nuestra maestría concluya con una intervención de Guevara. Por tanto, como lo que todos queremos es escucharlo a él, no voy a prolongar esta presentación y voy a adelantar las gracias y a pedirles un aplauso de bienvenida.

 Alfredo Guevara:

Ya había dado los buenos días; ahora les digo: buenos días y gracias por la paciencia que tendrán de escucharme.

Me han hecho un pequeño resumen de cómo se ha ido produciendo este ciclo de encuentros. Yo no quiero llamarlos conferencias, porque –lo expliqué muy bien– me niego a dar conferencias, por respeto a las conferencias. Una conferencia se prepara con mucho cuidado, con mucho más que aquel con que se prepara una clase. He sido profesor de la universidad y las clases duraban dos horas, pero me llevaba una semana prepararlas, y una conferencia le lleva a uno meses. Por tanto, esto es una conversación que iniciaré yo, pero en la que me someto también al criterio de ustedes, si quieren contradecirme yo defenderé mi posición.

Me aterra pensar que me toca a mí estar aquí hoy, cuando compañeros en quienes tanto confío y a quienes tanto respeto me han precedido. Tal vez han agotado todos los temas, yo no sé muy bien cómo abordar mi ocasión, porque eso es lo que es: una ocasión. Entonces, me voy a entregar a mis obsesiones en este instante. Seguir leyendo “No podemos defender la diversidad y olvidarnos de que cada ser humano es diferente y tiene necesidades diferentes”