Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana

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Ariel Dacal Díaz

Hace varios días rueda por las “redes sociales” la información y comentarios sobre el hecho de que, a Julio Antonio Fernández Estrada, jurista, profesor universitario y socialista confeso, no le actualizaron su contrato como profesor en la Universidad de la Habana. Varias son las razones y los supuestos que sobre este particular se conocen, entre ellas la publicación de un artículo titulado “No quiero saber nada de los industriales ni de Obama”.

Como sucede con cualquier dato o acontecimiento nacional, este permite encausar el permanente debate sobre la realidad cubana, sus tensiones, desafíos y alcances. Otra oportunidad para mirar algunos elementos de nuestra realidad compleja, diversa, llena de matices y aparentemente inabarcable. Con este fin convido a un grupo de personas, sobre todo del mundo de las ciencias sociales y el activismo en la vida pública, y de clara sensibilidad con el proyecto de justicia social y soberanía en Cuba, a comentar alrededor de un par de preguntas sobre Julio Antonio en particular y sobre algunos significados de su salida de la Universidad en general.

¿Cuál ha sido su acercamiento a Julio Antonio Fernández Estrada y a los contenidos generales de los textos recientemente publicados en su columna de OnCuba?

Juan Valdés Paz: Conozco al “joven” (como los de ochenta llamamos a los de cuarenta) Julio Antonio Fernández Estrada, hace más de una década. Lo primero a decir de Julio Antonio es que es una persona decente y que no conozco nada de él que no sea recto, lúcido y comprometido con los ideales de la Revolución. Lo segundo, que Julio Antonio es uno de los más brillantes intelectuales de su generación, con un estilo profundo y mordaz, como corresponde a un buen senequista. Tercero, que es uno de nuestros más destacados juristas, Catedrático de Derecho Constitucional y Romano, profesor universitario por más de veinte años, siempre elegido por el alumnado de la Facultad como el mejor de sus profesores. Cuarto, que Julio Antonio ha sido un trabajador de la Universidad de La Habana desde su graduación, pero esta Alta Casa de Estudios se ha venido deshaciendo de su magisterio gradualmente, no obstante, la solidaridad de algunos de sus colegas, hasta que recientemente le fue rescindido o no renovado su contrato, rompiendo así su último vínculo con la Universidad y sin que importen muchos los argumentos utilizados al efecto puesto que a una persona decente no se le deja sin trabajo. Quinto, que en cuanto a sus escritos en OnCuba me parece fuera de discusión su derecho a ejercer sus opiniones, puesto que de eso se trata; en todos los trabajos de Julio Antonio que conozco, sus críticas han estado acompañadas siempre de un fondo ético y político, inobjetables, pero en todo caso, dignos de ser debatidos y nunca penalizados.

Mylai Burgos: Entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana en 1993, por la misma puerta que Julio Antonio, nos separaban aulas, personas y un poco más. Épocas repletas de escaseces donde sobrevivíamos de la inventiva y agarrados a la historia para seguir activismos estudiantiles de antaño. Julio y yo nos conocíamos, pero nos replicábamos entre la introversión de uno y la extroversión propia, estuvimos cerca y también lejos muchas veces. Pero la vida desdeña lo superfluo y une la honestidad para asentar la amistad. Por eso algunos años después empezamos a caminar juntos pensares y quehaceres, tan juntos que el sendero se ha vuelto un andar mutuo.

Compartir sus palabras ha sido uno de los motivos de esos andares, pero hace un tiempo tuvieron un repunte al saltar a las redes sociales pequeños textos temáticos de su sentir, que es el sentir de muchos y muchas. Hablar de la coyuntura política, del barrio, de las expectativas truncas, de la discriminación, de la democracia, de la república, de la constitución, de ese derecho que estudiamos con su padre, nuestro maestro excelso, donde la libertad no existe sin igualdad, y la justicia fraterniza con la política, hablar y poner sobre la mesa con prosa poética lo que a muchos nos golpea el alma, desde la isla y por ella, es lo que ha sucedido en los últimos meses con sus textos en el mundo virtual.

Mi acercamiento no es nuevo, van conmigo en sus reflexiones lo que nos duele y nos mueve por el presente y el futuro de Cuba.

Aurelio Alonso:  Si hablamos de “acercamiento” tendría que empezar por decir que estoy cerca de Julito desde antes de que naciera debido a la estrecha amistad que tuve con Fernández Bulté desde los años sesenta, cuando nos iniciábamos en la compleja tarea de la docencia desde perspectivas teóricas a las cuales la Universidad había sido adversa hasta el triunfo de la Revolución. Vi crecer a Julio Antonio, y formar su inteligencia, entre la estampa cultural ideológicamente comprometida de su padre y la ternura de su entrañable madre. Lo recuerdo, todavía estudiante de Derecho, en una de las conversaciones sobre temas polémicos que Julio y yo solíamos sostener cuando le visitaba, pronunciarse contra la pena de muerte con argumentos tan sólidos que me impresionaron por su madurez. Me atrevo a caracterizarlo hoy como uno de los estudiosos más serios de su generación. Sus trabajos recientes en On Cuba reflejan, como todo lo que he leído de él, esa correspondencia del compromiso con el ideal socialista y la indispensable originalidad de pensamiento, que no puede ser digerida desde los extremos, pero termina por abrirse paso cuando mantiene su curso y se logra profundizar con coherencia.

Israel Rojas:  A día de hoy la circulación de ideas en la red cubana es mayor que nunca y es imposible estar al tanto de todo. A veces siento que se ha pasado bien pronto del murmullo por escasez de voces a una etapa de mucho ruido e incapacidad de asimilar tanto.   Seguir leyendo “Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana”

La revolución cubana del 30. Ensayos

 

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Descargue aquí La revolución cubana del 30. Ensayos, de Fernando Martínez Heredia, publicado en formato de Libros Libres por Ruth Casa Editorial, quien autorizó su reproducción en La Cosa.

Ver aquí otros libros publicados por Ruth Casa editorial en formato de Libros Libres (descargas en pdf).

Cuba se convirtió en una nación cuando sumó, a la lenta acumulación de rasgos culturales que van tornando específico a un pueblo en un lugar determinado del mundo, sus revoluciones del último tercio del siglo XIX. Ellas le dieron un significado particular a la emancipación de la gran masa de esclavos negros y al proceso que acabó con el régimen colonial, posibilitaron que fuera orgánica la composición de la población de Cuba y la integración de sus regiones físicas, proveyeron una gesta nacional con su historia propia, sus fastos, dolores, símbolos y emociones compartidos. Esas dos revoluciones crearon al pueblo cubano como comunidad autoidentificada e irreductible a cualquier otra del planeta, hicieron que la política fuera la forma de conciencia social más característica del pueblo de la Isla y que ella exigiera la creación de una nación Estado republicana, con instituciones y usos democráticos. Por esas revoluciones, el nacionalismo en Cuba ha tenido un contenido popular y de ideas radicales, que ha impedido a los que dominan disponer de él libremente como instrumento de hegemonía. La inmensa herencia de esas revoluciones sigue teniendo un gran peso en el mundo espiritual y político cubano.” Fernando Martìnez Heredia

 

Contiene los siguientes textos:

Los dilemas de Mella

Guiteras y el socialismo cubano

Roa, Bufa… y el marxismo subversivo

Pablo y su época

Villena: El héroe romántico de la revolución proletaria

 

La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)

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Por Julio César Guanche

Haroldo Dilla me ha hecho el honor de replicar, en “Los íconos difusos”, un artículo en el que cuestiono algunos de sus comentarios.

No me he referido a los miedos que despierte ser acusado de “difuso”, ni a cuál sería la respuesta heroica ante ello. Sostener una posición política democrática debe ser un derecho ante el cual la heroicidad sea superflua y el miedo inconcebible —como defiendo, ya que estamos, abolir todas las fuerzas antidisturbios y liberar a todos los presos por razones políticas de este mundo—. Pero sigo pensando que su posición regatea la legitimidad de posturas políticas diferentes.

Nunca he aceptado desacreditar una postura intelectual por las descalificaciones que se dirijan a la persona de su proponente. Dilla hizo esto en su primer texto, cuando aseguró que todas las opciones de Alfredo Guevara se orientaban a su “uso y beneficio” como “mandarín y gay oficial”, “suerte de florero”. Ahora dice que soy yo el que lleva a ese punto la discusión. Pero lo dejaré de lado, pues dice cosas de mayor importancia que mis reales o supuestos yerros polémicos.

Las biografías son algo más importante que los intercambios de “chismes” privados. Ya que Dilla entra en detalles biográficos, lo haré para explicarme.

Para entender la vida política de Mañach, por ejemplo, es necesario ser preciso en su biografía. Es oportuno saber que prologó la primera edición en forma de libro (1954) de La historia me absolverá. Es importante conocer que  Mañach, “no se fue” de Cuba, sino que, según él mismo, no le dejaban alternativa, cuando lo retiraron del claustro universitario, y le privaron de sus fuentes de empleo en los medios de prensa.

También es necesario notar que se opuso a la dictadura de Batista, y que, por sus convicciones, liberal republicanas, no podía compartir el curso comunista, que según entendía, tomaba el curso revolucionario desde fecha temprana. Es bueno saber que llegó muy enfermo a Puerto Rico, que esto ha habilitado reinterpretar el “apoyo explícito” que, se ha dicho, prestó a la invasión de Girón (1961), o conocer que no autorizó en vida la publicación de Teoría de la frontera, queeran notas de curso sobre un tema que nunca antes había trabajado.

Tampoco es redundante la interpretación de sus inserciones políticas. Es necesaria la interpretación del ABC, entendida tradicionalmente como “facistoide”, cuando fue el primer movimiento moderno de una derecha de masas en Cuba. Es una simpleza calificarlo de “fascista”, como si todas las derechas lo fuesen sin más.

Es importante comprender el contexto de enunciación de las ideas: no es lo mismo defender la democracia bajo un sistema liberal oligárquico que defenderla bajo un formato liberal social, que con sufragio universal o sin él. Habrá quien piense que la democracia es “una sola” —como dicen los estalinistas que “hay un solo marxismo”—, pero es un error, que Dilla no comete, aunque no considera sus diversas implicaciones.

La biografía, la  interpretación de las opciones políticas y de los contextos de enunciación de las ideas son aspectos cruciales para comprender una tradición y sus “recuperaciones” posibles. Es lo que he intentado hacer con Roa, y he visto utilidad en hacerlo para el presente, como es útil para la interpretación del pasado, hecho que también es relevante. Desde ahí busco interpretar los legados de intelectuales políticos, como Mañach o Alfredo Guevara, aspirando a hacer algo más que asignar calificaciones de quién es más importante, o más intelectual que el otro. Dilla, aunque en su segundo texto es mucho más analítico que en su primer alegato, simplifica este tema.

Dilla establece que los problemas que yo señalo como propios de la relación entre el socialismo y la democracia, son más bien atinentes a la relación liberalismo-democracia: “los problemas de la libertad del individuo ante el estado/comunidad”. Seguir leyendo “La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)”

El drama del analista

http://www.networkedblogs.com/blog/cuba-material. Tomada de Cuba Material

Imagen tomada de The New York Times. 2014.Tomada de Cuba Material http://www.networkedblogs.com/blog/cuba-material.

Por Julio César Guanche

Haroldo Dilla, en un texto titulado “Las impúdicas confesiones de Alfredo Guevara”, ha escrito que yo, entre otros, pretendo ocupar un lugar “difuso” “entre el apoyo al sistema y al gobierno cubano y su crítica”. También afirma que, como parte de ello, he hecho un esfuerzo “descomunal” por “elevar a Raúl Roa a una estatura ideológica de procerato”.

Imagino que el uso de “difuso” y de “descomunal” no es celebratorio. Por mi parte, tengo cuidado de calificar otros posicionamientos políticos de “difusos”, porque es, en propiedad, una palabra difusa. Esta noción hace parte, en Cuba, de un universo de discurso descalificador que cuenta entre sus correlatos con “revisionismo” y, en el extremo, con “quintacolumnismo” y otras atrocidades que Dilla conoce bien y yo prefiero evitar. Lo de “descomunal” elijo entenderlo, con Aristóteles, como “desproporcionado”. Para este, lo desproporcionado a la visión humana —como un animal enorme— no es feo ni bello sino que solo puede apreciarse por partes.

Voy entonces por partes. La historia del pensamiento político, o sus reformulaciones disciplinares, vive de recuperaciones, desde Aristóteles a Hobbes, pasando por Leo Strauss y una lista inabarcable. Esas recuperaciones fundamentan, casi siempre, proyectos políticos que pretender colocarse en el presente. Desde ahí, no entiendo cuál es el problema con pretender recuperar a Roa, o a Chibás, o a Mañach.

Quizás el problema sea que para justificar esas recuperaciones haya que ofrecer, según Dilla, explicaciones biográficas. Habría que darlas por los niveles de “lealtad” que el sistema infligió a sus intelectuales orgánicos. Es una manera de hacerlo, pero me parece pobre desde el punto de vista intelectual. Rousseau abandonó a sus hijos y Hobbes fue el enemigo absolutista de la República inglesa de 1649. Nada de esto despierta mi admiración, pero no ha impedido sus recuperaciones.

En la historia de Cuba, la palabra “socialismo” está inscrita en textos relativos al Partido Independiente de Color, al I Partido Comunista y al Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), siendo tan diferentes entre sí. Esa historia me parece relevante, por ejemplo, para comprender mejor la importancia, y los conflictos, del pluralismo, como hecho social, cultural y político, más allá de celebraciones simplificadas de la diversidad en materia ideológica, y para entender los usos alternativos, y contradictorios entre sí, de diversas nociones de democracia, cuestión que vale también para hoy. Seguir leyendo “El drama del analista”

Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)

RoaPor Julio César Guanche

No son muy numerosos los autores que han reivindicado, en Cuba, a Raúl Roa (1907-1982) como marxista en el período previo a 1959. Generalmente, los ungidos con ese término son los que militaron en las filas del primer Partido Comunista de Cuba, como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, o, después, como Juan Marinello o Carlos Rafael Rodríguez.

Sin embargo, esa identificación entre marxistas y militantes de ese partido ignora la presencia de una izquierda marxista —no partidaria— que cuenta con Raúl Roa, pero también con Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló Gomila, Leonardo Fernández Sánchez y Aureliano Sánchez Arango entre sus integrantes. El saber de Roa provenía de una lectura abierta de la historia de las doctrinas sociales. La regimentación de las fuentes del marxismo soviético —que calificaba a todo lo que estuviese fuera de sus márgenes como «filosofías burguesas»— es contraria al tipo de erudición y, sobre todo, de enfoque ante la cultura que representa Roa. Si este admiraba el magisterio de José Ingenieros, «hombre excelso», y celebraba la profundidad de su análisis sobre el imperialismo en Nuestra América y veía en Benedetto Croce «un filósofo de la libertad (que) por ella padeció y pugnó con el coraje de Sócrates y el denuedo de Spinoza», también celebraba el papel desempeñado por los anarquistas en defensa de la República española. En Roa aparece la complejidad de la formación histórica de una sociedad colonial. En defensa del principio de la autodeterminación nacional, asocia la nacionalización del canal de Suez, realizada por Gamal Abdel Nasser, con las nacionalizaciones del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas. El principio de la autodeterminación resulta así la «garantía misma de la integridad y desarrollo de los pueblos débiles». Roa denunciaba las posiciones tanto de las potencias occidentales como de la Unión Soviética en torno a la causa egipcia. Con todo, está lejos de considerar a la «estructura económica» como la fuente de todos los problemas y de todas las soluciones. El autor de Quince años después argumenta sobre las necesidades políticas —en estricto sentido— de un país sometido a tal estatus: «La libertad de expresión es un imperativo biológico para las naciones subdesarrolladas o dependientes, compelidas a defender su ser y propulsar su devenir mediante el análisis crítico y la denuncia pública del origen y procedencia de sus males, vicios y deficiencias». Roa comprendió las características de la creación del capitalismo cubano y vislumbró así que el nacionalismo revolucionario —de vocación socialista y antimperialista— era la ideología de una revolución para el siglo XX en la Isla. A ello se debe también su reivindicación de José Martí y, en general, del pensamiento llamado «liberal revolucionario» cubano del siglo XIX. La forma en que incorporó el marxismo a ese saber contrariaba las lecturas propias del dogma: leer la historia cubana a través del marxismo, sin pensar que fue el marxismo el que prohijó la historia cubana. La derrota de la Revolución del 30 fue la derrota del radicalismo político en la Isla. El nacionalismo reformista hegemonizó el mapa ideológico de la década de 1940 en el país. En ese contexto, el marxismo de Roa expresa una pregunta agónica: ¿dónde debe situarse la izquierda en un contexto progresista? o ¿«qué hacer» al presentarse como única opción viable o «racional» la elección del «mal menor»? Roa entendía que la actitud de la izquierda debe partir de una exégesis ideológica: no responde esa pregunta en el contexto de una coyuntura, sino en el contexto de una ideología. El problema radica en elaborar una práctica política que no esté dominada por el fanatismo de la «toma del poder» en cualquier circunstancia —como era el caso de la alianza de 1938 entre los comunistas cubanos con Fulgencio Batista—, sino basada en la preocupación por la cultura revolucionaria a través de la cual se ha de ejercer poder político. Las actitudes políticas de Roa tienen este denominador común: ejercer poder político desde el Estado solo tiene sentido si se conserva la identidad del movimiento revolucionario. No servirá alcanzar el poder político si en el camino yace tendido el cuerpo del proyecto: «Lo que no se puede es estar con Batista. Lo que no se debe es pactar con el enemigo, ni con las fuerzas que antes lo apoyaron e intentan, por trasmano, imponerlo de nuevo. Eso no se puede ni se debe hacer, aunque esa alianza entrañara la conquista misma del poder por vía electoral» —afirmaba Roa. Seguir leyendo “Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)”

Raúl Roa y el “socialismo de la esclavitud” (I)

Roa, el cuarto de izquierda a derecha, en prisión.

Roa, el cuarto de izquierda a derecha, en prisión.

Por Julio César Guanche

Raúl Roa García (19071982) formuló una de las críticas más fuertes hechas desde la izquierda cubana, antes de 1959, contra el socialismo soviético.

La montaña de anécdotas que cubre la memoria de Roa oculta otra condición de su personalidad: la de ser uno de los pensadores cubanos más lúcidos del siglo XX. Roa fue ministro de Relaciones Exteriores de Cuba revolucionaria después de 1959, y es conocido por justas razones como “Canciller de la Dignidad”, pero su pensamiento previo a esa fecha es bastante ignorado hoy por varias generaciones de cubanos y de latinoamericanos.

Roa publicó la mayoría de sus obras de reflexión entre 1935 y 1959. Sus discursos como ministro de Relaciones Exteriores, y los textos que escribió hasta su muerte en 1982, son imprescindibles para conocer el carácter de la ideología revolucionaria cubana y las conflictividades por las que atravesó en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, pero sigue siendo necesario reconstruir su discurso como una de las corrientes socialistas que llevó a la Revolución de 1959.

Roa vivió más que muchos de sus compañeros de generación como para poder observar el curso histórico de la dominación burocrática en la URSS y poder erigirse en duro crítico del “padrecito rojo”, como le llamaba a Stalin, a diferencia, por ejemplo, de su entrañable amigo Rubén Martínez Villena.

La vocación socialista de Roa no cabía en el molde eslavo. Los trabajos reunidos en su primer libro, Bufa subversiva, reseñan con admiración la lucha de los comunistas contra Machado, y apenas hace visibles diferencias ideológicas entre él y sus compañeros fraternos de lucha, cualquiera fuese su filiación, pero Roa no ingresó al partido de los comunistas del patio, y el tono y la profundidad de sus críticas fue en aumento constante tras las políticas seguidas por este partido con posterioridad a 1938.

La diferencia ideológica entre Roa y el primer Partido Comunista de Cuba era profunda. Para Blas Roca, secretario general de este partido a partir de 1934, “la doctrina en que basa su programa y su acción Unión Revolucionaria Comunista [nombre del partido comunista entonces] es el marxismo, la teoría elaborada por Marx y Engels y genialmente aplicada y desarrollada en Rusia por Lenin y por Stalin”.

Por el contrario, para Roa, Marx había sido “expurgado, corregido, monopolizado, rusificado y contradicho por el propio Stalin a fin de justificar la política imperialista del zarismo y la invasión soviética de Polonia conjuntamente con las huestes de Hitler”.

Roa no se contaría entre aquellos que pusieron los ojos en blanco cuando Jrushov dio a conocer los crímenes de Stalin en 1956: “José Stalin fue en vida un nuevo zar para los imperios rivales y el fementido abanderado de un hermoso ideal para millones de proletarios y para los que aún alientan la esperanza de un socialismo fundado en la libertad”, escribió en 1953 a la muerte del “padrecito”.

Roa se sabía distante, desde temprano, de los que se enteraron de la satrapía y murieron, con gesto lánguido, de desilusión. En medio de la Guerra Fría, entendió cómo la libertad estaba en un lugar distinto al imaginario de los bandos contendientes: más allá de “la cortina oriental de hierro” y de “la cortina occidental de sables”. Frente a ellas, defendió “la única tercera posición virtualmente factible y operante”: “La otra, carente de raíz y meta, sirve, de manera exclusiva, los designios e intereses del imperialismo soviético, patológica excrecencia de una revolución socialista degenerada”.

Así, su crítica al totalitarismo soviético no hizo el juego a los contendientes del “Mundo libre” vs los del “Mundo comunista”, allí donde los primeros lograron cubrir con el concepto de anticomunismo lo que muchas veces era antiestalinismo, mientras los segundos monopolizaron para sí el uso y disfrute de un socialismo normado en singular: el existente en la URSS.

Para Roa, la experiencia histórica del socialismo, al “subordinar los fines a los medios”, y gracias a su “concepción autoritaria del poder”, conducía “a la degradación y a la esclavitud”. El socialismo existente en la URSS “no se diferenciaba del fascismo en su radical desprecio a la dignidad humana”. Por ello, “el camino de la libertad era la última salvación del socialismo”.

En este horizonte, Roa reafirmaba la dimensión axiológica del marxismo —su contenido de justicia— con lo que se colocaba contra la matriz economicista del marxismo soviético, preocupado más por la producción que por la justicia. “La plusvalía es más un concepto moral que una categoría económica —explicaba Roa. Su verdadera significación estriba en implicar una condena inapelable de la expropiación del trabajo ajeno no pagado. Sin ese ´supuesto moral´, ¿cómo se explicaría ya no la acción política de Marx, sino también el tono de violenta indignación y de amarga sátira que se advierte en cada página de El Capital?”

El discurso de Roa era frontal sobre el carácter del régimen soviético y su radical diferencia con el proyecto del socialismo. Para el autor de En pie, Stalin había instaurado un régimen totalitario en la URSS a la muerte de Lenin. Sin embargo, su impugnación no partía de los presupuestos del trotskismo, ni del marxismo revolucionario en la línea de Rosa Luxemburgo o Antonio Gramsci.

Su crítica parte de un proyecto definible como “socialismo democrático”, estructurado a partir de “los valores que le infunden objeto y sentido a la vida humana: soberanía del espíritu, estado de derecho, gobierno representativo, justicia social y conciencia”, valores contrarios para Roa a los que emergen de “la antinomia amigo-enemigo como esencia del poder”.

http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/raul-roa-y-el-socialismo-de-la-esclavitud-i.html

 

 

EL (I) PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y LA REVOLUCIÓN DE 1930

Blas Roca

Por Julio César Guanche

 El primer Partido Comunista de Cuba (PC), fundado en agosto de 1925, tuvo una relación difícil con la revolución que en la Isla es conocida como “del 30”, o del “33”.

EL PC contribuyó de forma esencial a la configuración de la “situación revolucionaria” que acabó con el régimen de Gerardo Machado en 1933. Esa agrupación contaba con una gran acción obrera, que dirigió y fraguó en medida significativa, y con una tradición extraordinaria de pensamiento, con figuras como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena.

No obstante, ya en la cima de la crisis de 1933 no comprendió la situación gestada, protagonizó el “error de agosto” (pactar con Machado el fin de la huelga general), y combatió un resultado directo de aquella revolución: la presencia en el Gobierno Provisional del ala revolucionaria representada por Antonio Guiteras.

La táctica posterior del PC estuvo marcada por la recomendación de la Internacional Comunista, dada en noviembre de 1934, de revisar la posición ante Guiteras y por la nueva política “de masas”, que sería decidida por el PC en febrero de 1935. En ese contexto, se propondría un acercamiento con Guiteras y con Joven Cuba.

En el Comité Estudiantil de Huelga Universitaria los comunistas y los nacionalistas pudieron compartir experiencias con miras a la huelga de marzo de 1935, mientras que el VI pleno del Comité Central del PC (octubre de 1935), en consonancia con el cambio de orientación de la Internacional Comunista, formularía la estrategia del “frente popular”, que abría la puerta al PC para la búsqueda de concertaciones.

El perfil de las nuevas alianzas vino impuesto por las circunstancias. El PC se encontró sin acceso a los partidos surgidos de la revolución, pues el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), el Partido Aprista Cubano y Joven Cuba le negaron la posibilidad de asociarse.

La Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), en la que militaban en el exilio Pablo de la Torriente y Raúl Roa, fue la única organización revolucionaria que se mostró favorable a un acuerdo con el PC, pero se encontraba en el extranjero y su existencia fue efímera. La Conferencia de Miami (mayo de 1936) donde comenzó el acercamiento con el PC, tuvo escasa resonancia en Cuba.

En 1937 el PC encontró cabida en el Bloque Revolucionario Popular, integrado por algunos sectores nuevos de la burguesía, aliado a otros tradicionales como Carlos Mendieta y Miguel Mariano Gómez y que constituía una plataforma amplia, aunque electoral. La intención del PC en esa alianza era alejar a Batista “de los más reaccionarios”.

La “lucha por mejoras sociales dentro del orden burgués” y el “nacionalismo” que el PC había criticado antes en Guiteras —por su “insuficiencia” y su “chauvinismo”— fueron incorporados ahora  a la estrategia de lucha del PC.

El PC iría más allá por ese camino, pero en sentido distinto al de Guiteras. Desde 1936, el Partido comenzó a suprimir de su discurso público, bajo la égida de la doctrina del “Frente Amplio contra el fascismo”, las referencias antimperialistas. En 1938 obtuvo reconocimiento legal como partido, lo que colocaba en el terreno parlamentario a la lucha obrera. Para 1944, por ese camino el PC terminaría definiendo a Batista como “magnífica reserva de la democracia cubana”. En el proceso, había sido mucho más intransigente en sus imperativos hacia el gobierno de Grau-Guiteras durante 1933, que lo que demandó del gobierno “democrático-burgués” (1940-1944) de Fulgencio Batista.

La divergencia en la actitud del PC respecto a uno y otro gobierno se encuentra tanto en el plano de las diferencias ideológicas como en el del acceso al poder que encontraron en una y otra circunstancia. Si Guiteras –y Grau– capitalizaban los logros de las conquistas sociales sin rúbrica comunista; esa situación cambiaba con Batista, con quien el PC encontró espacio para situarse al frente del movimiento obrero y ser reconocido como el principal gestor de las conquistas sociales.

En 1943, Blas Roca resumiría el proceso revolucionario del 30 de esta forma: “A través de una nueva lucha sangrienta, preñada de sacrificios y dolores, el pueblo consiguió derrocar a Machado e introducir algunas importantes modificaciones al Estado cubano”.

Esto era todo lo opuesto a cómo había sido leída esa marea revolucionaria por otros sectores políticos. Gustavo Cuervo Rubio decía: “Las actividades de los sectores obreros han producido un desconcierto de proporciones extraordinarias. Una ola avasalladora de reivindicaciones sociales amenaza con destruir las fuentes de la riqueza privada, y el auge del movimiento alcanza ya a dañar la esencia misma de toda la economía nacional”.

Para Blas Roca, la política reformista de “colaboración de clases” se basaba “en el pasado”, con lo que se refería a la política de Grau-Guiteras, en “la negación del socialismo, en la negación de la lucha por establecer un régimen mejor y superior para la humanidad”. El líder del otrora Partido Comunista (el PC se rebautizó como Partido Socialista Popular en 1943), justificaba así la nueva política reformista de su Partido, fundamentada ahora “en el reconocimiento creciente de los derechos de los trabajadores, un crecimiento consecuente del mercado interno de cada país y del mercado interno nacional sobre la base de una producción expansiva y de un comercio coordinado”.

Para conseguirlo, llamaba ahora a la clase obrera a desempeñar un “papel patriótico y responsable”, en el propósito de gestar la “Unidad Nacional” contra el fascismo, aunque, en rigor, no fuese considerada esta por Blas Roca como una “política del momento y transitoria, sino [una ] política de largo alcance y para mucho tiempo, en el avance progresivo hacia la conquista de todos [los] derechos” de la clase obrera.

Ana Cairo habla sobre Chibás: “No existen ángeles, existen seres humanos”

Eduardo Chibás

Por Ana Cairo Ballester

Transcripción de la intervención de la Doctora Ana Cairo Ballester, profesora Titular de la Universidad de La Habana y miembro de número de la Academia de Historia de Cuba, durante la Conferencia “La maleta de Chibás” organizada por la UNEAC.

26 de junio de 2013, La Habana

Buenas tardes.

Como todos saben yo hice un libro sobre Chibás, que es resultado de una línea de trabajo de aproximadamente diez años. Empezó con la figura de Mella, después se hizo la de Guiteras, se hizo la de Roa y se hizo la Chibás. Estos libros fueron concebidos como espacios de polémica y por eso, en la entrevista que citaba Lela [1]  que ella le hizo a Pardo Llada [2] , está en el libro, la pueden leer en “Chibás Imaginario”. Aquí hoy hemos visto algo, por lo menos yo, que llevo 40 años viviendo en estos medios, es común, son puntos de vista. Y cada quien construye y se construye imaginarios de puntos de vista. Por ejemplo, Newton[3]  decía que empezó en el 27, realmente la biografía política de Chibás[4]  como la de Aureliano[5]  comenzó en año 1925, porque los dos participaron en la huelga de hambre de Mella.

Entonces, cada momento histórico tiene modos de vista, modos o puntos de vista y usted puede aportar visiones. Aquí se ha dado un punto de vista y se ha dicho que ese es el único modo de vista, yo en eso tengo mis reservas. Creo que el libro que se hizo sobre Chibás es un libro que tiene una ventaja, el arcoíris de puntos de vista, también trabajando con algo que fue, tiempo y espacio. No es lo mismo lo que se declara a los veinte años, que a los cuarenta y cinco o que a los ochenta. Y por lo tanto una de las cosas que yo me preocupé en el libro, fue dar puntos de vista entre el tiempo y espacio, atendiendo a  la diversidad de cosas donde creo que en algunos casos no hay una versión definitiva y única, excepto en las creencias de las personas y creo que eso es muy importante. Si yo fuera como Lela, la hija de Aureliano, yo también hubiera hecho un libro como el que ella hizo. Pero ella también, como parte del problema, le faltaron puntos de vista, le faltó por ejemplo un mejor análisis de su padre y su personalidad.

Yo estoy convencida que Aureliano no robó y no robó entre otras cosas porque quería ser Presidente de la República. Chibás quería ser presidente de la República y Aureliano también. Y eso motivó muchas cosas, no lo digo yo, es que existe un volante de época que circuló en el ministerio de Educación donde desde el Sindicato se proponía a Aureliano Presidente. Esas son versiones, todas las versiones. Seguir leyendo “Ana Cairo habla sobre Chibás: “No existen ángeles, existen seres humanos””

Cuba deliberada: «la utilidad de la virtud»

cuba diversa

Cuba: encontrar la virtud de la deliberación en la diversidad

Por Hiram Hernández Castro

I.

Reunidos en el Laboratorio Casa Cuba (LCC) un grupo de intelectuales, de disímiles procedencias ideológicas, consensuaron un corolario de conceptos, fines y aspiraciones, concernientes al orden social y político cubano.

El documento «Cuba soñada–Cuba posible–Cuba futura»[1] propone mirar la Cuba presente desde un «catalejo» de principios republicanos, pluralistas y democráticos. Desde el pluralismo se compromete con incorporar en el debate público el mayor número de opiniones sobre la buena sociedad posible. Desde la democracia identifica los derechos de plena ciudadanía con el empoderamiento de los sectores subalternos y desfavorecidos. Desde el republicanismo asume un robusto concepto de libertad positiva, esto es, la participación de todos en la cosa pública: el autogobierno ciudadano.

Sus autores, en tanto intelectuales, asumen la función «normal» de intervenir, proponer y exponerse en la «república de las letras». Como ciudadanos cumplen con el deber de anhelar la invención de «un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías».[2]

 El documento articula «para ser estudiadas y debatidas públicamente» veintitrés propuestas sobre el orden político y social cubano. Su pretensión es diáfana: a la actualización del modelo económico le es concomitante una actualización del modelo de república. Lo «excepcional» es su aspiración a superar los marcos intelectuales para ─mediante su traducción al lenguaje público─ someter propuestas horizontales a la deliberación ciudadana.

Un análisis crítico del texto en sí supondría relacionarlo con el conjunto de la obra intelectual (investigativa, ensayística, activista, pedagógica y editorial) de sus autores, para reconocer los consensos. Un análisis de sus circunstancias entrañaría examinar la eventualidad de existir sólo en el espacio mediado por las nuevas tecnologías de la información, donde un texto consensuado entre algunos para ser deliberado por todos permanece en constreñimiento comunicativo entre algunos y algunos. Este comentario retine ambas ideas, pero se hace la pregunta por otro lugar: ¿cuán importante puede ser deliberar este tipo de documento más allá de las cabezas de algunos académicos e intelectuales? Seguir leyendo “Cuba deliberada: «la utilidad de la virtud»”

El gesto de Alfredo Guevara

Alfredo Guevara
Revolución es lucidez: la lucha continua por la libertad, la justicia y la belleza.

Por Julio César Guanche

Alfredo Guevara pasó la mayor parte de su vida con el saco sobre los hombros, en un gesto por el cual era reconocido por la mayoría de los cubanos, por dos razones declaradas: detestaba la guayabera y aborrecía la ritualidad. Cuando obligaciones protocolares le empujaron hacia la guayabera, se rebeló: “siento que solo me faltan las maracas para salir a la calle”. Obligado al saco, se lo dejó por décadas apenas sobre los hombros: parecía que el saco estaba puesto, pero tampoco terminaba de estarlo. Sin embargo, cultivaba con humor el mito sobre el origen de su gesto.

Ahora, el gesto es solo un síntoma, que acaso se explica por otras causas.

En su primera juventud, Guevara frecuentaba junto con otro amigo, blancos los dos, los círculos anarquistas de los trabajadores, mayormente negros, del puerto de La Habana.

Yo era anarcosindicalista. No creo que existiese en la Isla una gran influencia anarquista, pero la República Española trajo a muchos emigrados españoles de esa filiación. Mi novia era hija de un poeta anarquista español. Mis ideas habían nacido antes, pero con ella la relación con el anarcosindicalismo se hizo además sentimental.

Más adelante, los anarquistas nos encargaron a Lionel Soto y a mí que preparáramos un programa libertario, porque éramos los más cultos en un grupo de obreros anarquistas, básicamente del puerto de La Habana, en el que militábamos.

Para redactar el programa, Lionel y yo íbamos a estudiar a la Biblioteca Nacional, ubicada en el Castillo de la Fuerza. Su director, Joaquín Llaverías, era un hombre muy progresista. Allí había libros de todas clases, y comenzamos a leer textos marxistas sobre el anarquismo.

Nos convencimos que debíamos estudiar en profundidad el marxismo. Nos costó mucho trabajo separarnos de la organización anarquista, pero Lionel hizo una opción inmediata hacia el socialismo. Yo vacilé un poco y con el tiempo llegué a entrar oficialmente a la Juventud Socialista y al Partido Socialista Popular.

Teníamos la ilusión de que el triunfo de las fuerzas antifascistas sobre el nazismo debía significar una nueva época para la humanidad. Surgió la ONU, un poco más tarde surgió la UNESCO, es decir todo vaticinaba otra época; comenzó la descolonización, aunque luego resultara un proceso incompleto.[1]

Si su corazón era anarquista, su cabeza lo llevaba al marxismo, pero no quiso hacer una elección que resultara en una exclusión. Guevara se definiría en lo adelante, hasta hoy, como un comunista libertario.

Desde esa convicción, no le era difícil adherir al socialismo republicano español.

La Revolución cubana comenzó a realizar el proyecto que no tuvo secuencia en la segunda república española.

Su influencia nos marcó definitivamente. Para mí es sustancial demostrar que el pensamiento de la Revolución es mucho más complejo que la presencia de los aliados que hemos tenido en un momento dado en el este de Europa y que fueron imprescindibles. El pensamiento de la Revolución tiene raíces mucho más profundas, y entre ellas, una de sus fuentes, está en la experiencia de España.

Cuando entré en la universidad ya la guerra civil española había terminado, pero dejaba hondas repercusiones. Era una época en que muchos teníamos los abuelos o los padres españoles. La población mestiza de Cuba, no la que conservaba enteramente sus rasgos africanos, pero sí una parte importante, tenía una rama española.

Por eso muchos vibraron en su niñez o en su adolescencia con los acontecimientos que condujeron al derrumbe de la República, que encontró luego otro eco en nuestra realidad: la llegada de los refugiados españoles.

No se trata solamente de los profesores españoles que llegaron a Cuba, vivimos el legado de la República española en todos los terrenos, en el constitucional, en la ciencia, en las artes, en la literatura y en la política, en el desarrollo de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad revolucionaria y de nuestra cultura.

Aquí, por ejemplo, los pelotaris jugaban un papel. Por otra parte, ahora nos hemos olvidado del fútbol —algunas veces lo recuperamos— pero cuando era joven, la presencia de las sociedades españolas era muy grande. El fútbol competía con el béisbol. Yo no entiendo el béisbol y sigo siendo un apasionado del fútbol. No sería extraño encontrar en el alma de esta generación que va desapareciendo, los remanentes de las influencias españolas también en el deporte.

Esos profesores nos influenciaron porque se preocuparon por Cuba y por sus problemas políticos, por la situación de nuestra generación. Uno de ellos, Gustavo Pittaluga —quiero destacarlo porque en mi generación habanera nadie dejó de leerlo—, no está suficientemente reconocido en España. Estuvo también Fernando de los Ríos, que escribió sobre José Martí. Aunque no estuvo en Cuba, el pensamiento de Ortega y Gasset también tuvo un papel. Antes había pasado por nuestro país García Lorca, quien dejó una huella de admiración tan grande que nos hizo vibrar cuando supimos su muerte terrible bajo el franquismo. Manuel Altolaguirre jugó un papel importante de promoción, conservo algunos de los ejemplares de pequeño formato que publicaba, como El ciervo herido. Éramos antifranquistas militantes.

 Desde entonces, Guevara sabía que pertenecía con la misma intensidad a la cultura como a la política, otra vez sin elecciones excluyentes. Si aceptaba alguna materia como “sagrada” serían al mismo tiempo la universidad y la rebeldía, esa edad adulta de la cultura.

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