Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana

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Ariel Dacal Díaz

Hace varios días rueda por las “redes sociales” la información y comentarios sobre el hecho de que, a Julio Antonio Fernández Estrada, jurista, profesor universitario y socialista confeso, no le actualizaron su contrato como profesor en la Universidad de la Habana. Varias son las razones y los supuestos que sobre este particular se conocen, entre ellas la publicación de un artículo titulado “No quiero saber nada de los industriales ni de Obama”.

Como sucede con cualquier dato o acontecimiento nacional, este permite encausar el permanente debate sobre la realidad cubana, sus tensiones, desafíos y alcances. Otra oportunidad para mirar algunos elementos de nuestra realidad compleja, diversa, llena de matices y aparentemente inabarcable. Con este fin convido a un grupo de personas, sobre todo del mundo de las ciencias sociales y el activismo en la vida pública, y de clara sensibilidad con el proyecto de justicia social y soberanía en Cuba, a comentar alrededor de un par de preguntas sobre Julio Antonio en particular y sobre algunos significados de su salida de la Universidad en general.

¿Cuál ha sido su acercamiento a Julio Antonio Fernández Estrada y a los contenidos generales de los textos recientemente publicados en su columna de OnCuba?

Juan Valdés Paz: Conozco al “joven” (como los de ochenta llamamos a los de cuarenta) Julio Antonio Fernández Estrada, hace más de una década. Lo primero a decir de Julio Antonio es que es una persona decente y que no conozco nada de él que no sea recto, lúcido y comprometido con los ideales de la Revolución. Lo segundo, que Julio Antonio es uno de los más brillantes intelectuales de su generación, con un estilo profundo y mordaz, como corresponde a un buen senequista. Tercero, que es uno de nuestros más destacados juristas, Catedrático de Derecho Constitucional y Romano, profesor universitario por más de veinte años, siempre elegido por el alumnado de la Facultad como el mejor de sus profesores. Cuarto, que Julio Antonio ha sido un trabajador de la Universidad de La Habana desde su graduación, pero esta Alta Casa de Estudios se ha venido deshaciendo de su magisterio gradualmente, no obstante, la solidaridad de algunos de sus colegas, hasta que recientemente le fue rescindido o no renovado su contrato, rompiendo así su último vínculo con la Universidad y sin que importen muchos los argumentos utilizados al efecto puesto que a una persona decente no se le deja sin trabajo. Quinto, que en cuanto a sus escritos en OnCuba me parece fuera de discusión su derecho a ejercer sus opiniones, puesto que de eso se trata; en todos los trabajos de Julio Antonio que conozco, sus críticas han estado acompañadas siempre de un fondo ético y político, inobjetables, pero en todo caso, dignos de ser debatidos y nunca penalizados.

Mylai Burgos: Entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana en 1993, por la misma puerta que Julio Antonio, nos separaban aulas, personas y un poco más. Épocas repletas de escaseces donde sobrevivíamos de la inventiva y agarrados a la historia para seguir activismos estudiantiles de antaño. Julio y yo nos conocíamos, pero nos replicábamos entre la introversión de uno y la extroversión propia, estuvimos cerca y también lejos muchas veces. Pero la vida desdeña lo superfluo y une la honestidad para asentar la amistad. Por eso algunos años después empezamos a caminar juntos pensares y quehaceres, tan juntos que el sendero se ha vuelto un andar mutuo.

Compartir sus palabras ha sido uno de los motivos de esos andares, pero hace un tiempo tuvieron un repunte al saltar a las redes sociales pequeños textos temáticos de su sentir, que es el sentir de muchos y muchas. Hablar de la coyuntura política, del barrio, de las expectativas truncas, de la discriminación, de la democracia, de la república, de la constitución, de ese derecho que estudiamos con su padre, nuestro maestro excelso, donde la libertad no existe sin igualdad, y la justicia fraterniza con la política, hablar y poner sobre la mesa con prosa poética lo que a muchos nos golpea el alma, desde la isla y por ella, es lo que ha sucedido en los últimos meses con sus textos en el mundo virtual.

Mi acercamiento no es nuevo, van conmigo en sus reflexiones lo que nos duele y nos mueve por el presente y el futuro de Cuba.

Aurelio Alonso:  Si hablamos de “acercamiento” tendría que empezar por decir que estoy cerca de Julito desde antes de que naciera debido a la estrecha amistad que tuve con Fernández Bulté desde los años sesenta, cuando nos iniciábamos en la compleja tarea de la docencia desde perspectivas teóricas a las cuales la Universidad había sido adversa hasta el triunfo de la Revolución. Vi crecer a Julio Antonio, y formar su inteligencia, entre la estampa cultural ideológicamente comprometida de su padre y la ternura de su entrañable madre. Lo recuerdo, todavía estudiante de Derecho, en una de las conversaciones sobre temas polémicos que Julio y yo solíamos sostener cuando le visitaba, pronunciarse contra la pena de muerte con argumentos tan sólidos que me impresionaron por su madurez. Me atrevo a caracterizarlo hoy como uno de los estudiosos más serios de su generación. Sus trabajos recientes en On Cuba reflejan, como todo lo que he leído de él, esa correspondencia del compromiso con el ideal socialista y la indispensable originalidad de pensamiento, que no puede ser digerida desde los extremos, pero termina por abrirse paso cuando mantiene su curso y se logra profundizar con coherencia.

Israel Rojas:  A día de hoy la circulación de ideas en la red cubana es mayor que nunca y es imposible estar al tanto de todo. A veces siento que se ha pasado bien pronto del murmullo por escasez de voces a una etapa de mucho ruido e incapacidad de asimilar tanto.   Seguir leyendo “Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana”

Marc Bloch, o el sentido de historiar

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«No nos hemos atrevido a ser en la plaza pública la voz que clama en el desierto (. . .) Hemos preferido encerrarnos en la quietud de nuestros talleres (. .. ) No nos queda, a la mayor parte, más que el derecho a decir que fuimos buenos obreros. ¿Pero hemos sido también buenos ciudadanos?». Marc Bloch.

Bloch, de oficio (gran) historiador, murió fusilado, tras ser torturado durante varias horas por la Gestapo, por haber participado en la Resistencia Francesa, el 16 de junio de 1944.

Ver aquí “Introducción a la historia”, o, “Apología para la historia”.

La política nuestra de cada día (II y final)

Por: Mónica Baró

 1. Paisaje cubano (Small) 

 (Aquí puede leer la primera parte de esta entrevista al jurista e investigador Julio César Guanche)

Con el tema de las transformaciones en curso, me surge una inquietud acerca de la concepción de participación prevaleciente, porque se ha insistido mucho en la necesidad de que la gente participe, pero al mismo tiempo encuentras que no hay esa respuesta auténtica de participación. Entonces, ¿en qué medida la participación puede funcionar como algo que se ordene?

Lo que dices tiene que ver con el diseño de distribución de poder real que existe en Cuba, que es muy poco redistributivo, que concentra mucho en un lugar y genera un vaciamiento de poder efectivo en el otro polo. No puedes concentrar poder en el partido, en una estructura vertical de dirección, que toma decisiones y controla el tiempo y el espacio en que toma las decisiones, asegurando así su continuidad, sin que por otro lado quede un público muy débil, en el sentido de debilitado, que sí puede opinar y es consultado, pero tiene escasas posibilidades de decidir o de codecidir.

Lo que podemos estar viendo con las personas que supuestamente no quieren participar, es que están viviendo procesos de mucho desgaste, en los que sí pueden ser consultadas, pero son muy poco decisoras de la materia sobre la que se les consulta. Entonces en lugar de exigir más desde una retórica hacia el individuo apático habría que repensar el diseño de la participación para construir la capacidad de tomar parte en los procesos de toma de decisiones.

Si la gente se apropiara de la política como la forma para defender sus derechos y utilizara la política para condicionar el precio del pan, del aceite, del puré de tomate o del jabón en Cuba (y así hasta las relaciones internacionales del país) habría mucha más participación. Porque la política se trata de eso, no de decidir sobre espacios acotados sino de ser capaces de modificar las condiciones sobre las cuales se decide.

El incentivo de la participación no viene solo del discurso, viene de la capacidad real de ejercer la participación. Una vez que la gente participa, ya se hace una cultura que se incentiva por sí misma cuando se empieza a ver los frutos de lo que se está haciendo.

Acerca de este asunto, usualmente surgen las preguntas de por qué la gente no se moviliza más, por qué si muchos consideran que las organizaciones tradicionales no representan sus intereses, no crean entonces formas de asociación alternativas, cuando tenemos un gobierno que no reprime a los niveles que hacen otros de América Latina. De acuerdo, no contamos con las condiciones estructurales más ideales para generar una participación auténtica, pero ¿por qué la gente no se moviliza ni se organiza para transformar esas condiciones? ¿Cómo explicaría esto?

A mí me parece que ha habido tanto desgaste y tanta acumulación de poder en un polo, en el polo estatal partidista respecto al polo de lo social, que la gente ha dejado de ver en la política una posibilidad real de cambio. Como práctica, se ha desincentivado la organización política de las personas por sí mismas. Esa es una explicación. Hay otras posibles, pero creo que el valor fundamental es que hay que recuperar la confianza en que haciendo política se pueden cambiar las cosas.

En ese sentido hemos tenido grandes involuciones. Y eso es todo lo contrario a una revolución. Una revolución es la politización de la vida cotidiana, la capacidad de poner la posibilidad de vivir y convivir de buenas maneras bajo un orden reglado por decisiones colectivas. La despolitización de la vida cotidiana habla de un fracaso cultural de lo que debe ser una revolución. Esas ideas que encuentras en tanta gente de que no le interesa la política, de que no sirve para nada, de que es corrupta, tienen más que ver con que la política le es ajena. Y cuando la política te es ajena es porque la política no te pertenece, y si no te pertenece, es que has sido desposeído de ella, y la primera condición que nos hace ciudadanos es poseer la capacidad de hacer política.

No obstante, es necesario atender a experiencias que sí se organizan y lo hacen bien, como la comunidad LGTBI y distintos colectivos antirracistas, aunque sería necesaria una mayor articulación entre esos actores más allá de coyunturas concretas. Seguir leyendo “La política nuestra de cada día (II y final)”

La política nuestra de cada día (I)

1. Paisaje cubano (Small)

Por: Mónica Baró

El 17 de diciembre de 2014 fue para Cuba una fecha marcada por la poderosa convergencia de la mística y la política. Convergencia nada rara en la historia nacional –a pesar de las frecuentes discreciones de quienes la escriben-, pero que siempre conmociona a la sociedad. En esta ocasión, en el día de San Lázaro –Babalú Ayé en la religión afrocubana- el Presidente de los Consejos de Estados y de Ministros, Raúl Castro, anunció dos sucesos tan insólitos que cualquiera calificaría de milagros: el comienzo de las conversaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos -un titular que suena a fin de guerra, aunque la paz permanezca como rehén del congreso norteamericano-, y el retorno de Gerardo, Antonio y Ramón, de los otros cinco héroes que ya eran tres pero continuaban siendo los cinco porque la libertad de cada uno dependía de la libertad de todos. Dos sucesos que si no alcanzan para convertir a un ateo, al menos sí para hacer dudar a un agnóstico.

A partir de ese momento, algo más cambió. O la gente sintió que algo más cambió o iba a cambiar, que es lo importante. Múltiples esperanzas adormiladas comenzaron a despertar como margaritas. Ahora cuando vengan los americanos devino casi una premisa de proyecto de vida, casi un fundamento teórico de cambios, casi una garantía de futuro, que si no próspero y sostenible, al menos sí distinto.

Desde el alboroto por los Lineamientos -de la política económica y social del Partido y la Revolución, aprobada en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2011-, y el consecuente recorte de las maxifaldas del estado con la legalización de un pintoresco listado de actividades productivas por cuenta propia –léase privadas- y la simplificación del proceso de otorgamiento de licencias, no se habían removido tanto las expectativas sociales en relación con la economía, ni los temores sociales en relación con la utopía. Donde unos han percibido peligro, otros han percibido oportunidad. Como si fuera real semejante desconexión entre utopía y economía, o peor, como si esas expectativas y esos temores fueran los más definitorios para la economía, la utopía y la sociedad del país.

Porque detrás, debajo, dentro, de todas esas esperanzas emergentes, válidas y necesarias, subyace inmaculada una problemática esencial: el poder popular. Una problemática que observamos a través de un cristal con algunas grietas dignas pero que aún no rompemos, pues lo más definitorio para un proyecto socialista, que sería el cómo y el quién de los cambios, además por supuesto del complemento directo del cambio, es lo único que no cambia. El estado continúa como protagonista-estrella y el pueblo alternando entre el rol de extra y actor de reparto. Sí, enhorabuena por el 17 de diciembre, pero y “la cosa” qué.

Ese fue precisamente el propósito de esta entrevista: indagar en la estructura orgánica, en el metabolismo y en las potencialidades de “la cosa” con uno de sus principales estudiosos, que es también jurista, escritor, padre de gemelos y autor de libros como La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la república de 1902 (2004); El continente de lo posible. Un examen sobre la condición revolucionaria (2008); y La verdad no se ensaya. Cuba: el socialismo y la democracia (2012) –que puede descargar gratuitamente de su blog personal La cosa (Democracia, Socialismo, República)-, así como de disímiles ensayos y artículos desperdigados por el portal Rebelión, las revistas Temas y Espacio Laical, entre otros sitios que Google amablemente indicará a las personas interesadas que le pregunten.

No hay mucho más que añadir de Julio César Guanche, a no ser su nombre. Sus ideas lo describen con más justicia que su experiencia profesional como investigador, editor, periodista, intelectual en el sentido hondo y ancho, o que sus méritos y premios, o que cualquier otro dato de su curriculum vitae. Aquí interesa más el diálogo con su obra teórica, que aporta al controversial panorama cubano de discusión política un enfoque relevante desde las ciencias jurídicas y desde su implicación con proyectos de participación ciudadana.

En marzo de 2013, en el suplemento digital de Espacio Laical, apareció un documento titulado Cuba soñada – Cuba posible – Cuba futura: propuestas para nuestro porvenir inmediato, que presentaba 23 propuestas muy concisas, como “Instrumentos para afianzar la República en la Cuba de hoy y de mañana”, con el fin de que fueran estudiados y debatidos públicamente.Este texto apareció firmado por algo que entonces se denominó Laboratorio Casa Cuba, integrado por investigadores “de procedencias ideológicas disímiles”, entre los cuales usted se encontraba, y que declararon como objetivo “estudiar la institucionalidad cubana y hacer sugerencias para su mejoramiento, así como socializar el estudio y el debate sobre estos temas”. A casi dos años de la publicación de ese documento, ¿cuál considera que fue su trascendencia y el saldo de los debates públicos que suscitó?

Ese documento tuvo algo singular, que fue su propia concepción y elaboración entre personas con ideologías manifiestamente distintas. Unos eran socialcatólicos; otros, anarquistas; otros socialistas y republicanos democráticos. Fue un ejercicio de diversidad, entendiendo que si predicas que la diversidad es un valor fundamental de la vida política que debe afirmarse en la vida social, también debes vivirlo como valor en tus interacciones concretas.

La vida política pasa por ahí, por la pluralidad de maneras de hacer política, por la pluralidad de articulaciones políticas. Lejos de ver con sospecha la legitimidad de un proyecto independiente —como fue Laboratorio Casa Cuba, nacido fuera de cualquier tipo de institucionalidad—, se trata de construir esa legitimidad a partir de la transparencia de los medios y los fines que se persiguen, del respeto, la honestidad y la seriedad con que se trabaja, de la calidad cívica de lo que se propone.

Aparte de lo mencionado, ¿qué aprendizaje esencial rescata de ese proceso de participar y construir algo en conjunto con personas diversas desde un espacio alternativo a los de las instituciones?

Fue un aprendizaje constatar que hay mucha gente diversa que cree que esos proyectos son valiosos, que apuesta por ellos, que los defiende. A veces uno piensa que cosas así pueden quedarse en la soledad, pero te enseñan que no, que hay muchas personas que pueden sumarse, participar y articularse para generar proyectos de más aliento. Eso fue un aprendizaje. Como no se le da visibilidad a ese tipo de propuestas, no sabes cuán compartida puede ser la propuesta, pero los comentarios y el apoyo que recibimos ayudan a visualizar que hay agendas compartidas dentro del país y varios consensos posibles.

Nosotros hemos vivido demasiadas polarizaciones; vivimos todavía en demasiadas polarizaciones y fracturas políticas. Como se decía en una época, entre los que se fueron y los que se quedaron, los de izquierda y los de derecha, los revolucionarios y los contrarrevolucionarios, que son imágenes atadas al contexto del que surgen, pero evolucionan en nuevos contextos. Creo que es necesario mantener la diferencia como un valor, pero también hay que ser capaz de reconocer, cuando las haya, comunidades, confluencias y consensos.

Una de las cosas en las que más insistía ese documento era en la despolarización del campo político cubano. Y despolarizar no significa despolitizar. Es lo contrario. Despolarizar es pensar la política más allá de las trincheras que cada uno se construye para sobrevivir desde ellas, para conquistar un lugar exclusivo desde ellas. Es pensar más en puentes que en trincheras.

 

¿Implica construir solo con el diferente o también con el antagónico?

La tentación primera sería la de hacerlo con el diferente, claro, pero el antagónico está ahí, existe y tiene derechos como persona y como ciudadano. No podemos negarlo ni despacharlo sin más con argumentos sobre la no injerencia en asuntos internos, o la ilegitimidad de aceptación de financiamiento externo; porque con ello muchas veces se termina despachando todo tipo de actuación política que se reclame autónoma respecto al PCC.

La sociedad civil cubana, como se ha dicho tantas veces, está lejos de ser sinónimo de grupos específicos de opositores apoyados por medios gubernamentales o por grupos de poder político de EEUU. Por esa razón, y esto se dice menos, tal sociedad civil tiene que contar con muchos más espacios de actuación política, difusión de ideas y organización política en Cuba. Así habría más posibilidades de identificar exactamente quién es el antagónico y con respecto a qué, porque hay muchos prejuicios alzados sobre esta historia, y a veces se identifica como antagónica a gente que no lo es. Seguir leyendo “La política nuestra de cada día (I)”

La soberanía de los ciudadanos es también la soberanía nacional

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Henri Cartier-Bresson – CUBA. 1963.

Por Julio César Guanche

 

En una caricatura de la década de 1930, Eduardo Abela hizo decir a su personaje El Bobo, mientras este contemplaba una imagen de José Martí: «Maestro, cuando usted dijo: “con todos y para el bien de todos”, ¿a quién se refería?».

El todos al que se refería Martí es uno de los nombres posibles de la “soberanía”. Abela enunció así un tema crucial tanto para la filosofía política como para la política práctica, que podemos llamar «el problema de quiénes somos todos».

Todas las doctrinas políticas que no renuncian explícitamente a la democracia anuncian que están comprometidas con “todos”. Sin embargo, como decía Oscar Wilde, nadie puede escribir una línea sin descubrirse. En este caso, su teoría y su práctica descubren qué y a quién defienden cuando celebran discursivamente el “todos”.

El republicanismo oligárquico y el liberalismo (este con salvedades, como es el caso del liberalismo igualitario) confluyen en su carácter elitario: históricamente han defendido el gobierno de los pocos, de los ricos, de los «mejores», de los más «ilustrados», y han consagrado la exclusión o la limitación de poder para los pobres, las mujeres, los indígenas, los negros y los trabajadores. Han justificado su exclusión a través de expedientes como el racismo y recursos institucionales como el voto censitario y el sufragio masculino, calificado durante décadas como «sufragio universal» aún con la exclusión de todas las mujeres.

 El marxismo-leninismo soviético es, a su propia manera, también elitista: concibe que el “todos” debe ser dirigido por una “vanguardia”. Esta, organizada a través del  partido único y protegida por la ideología de Estado, celebra al pueblo al tiempo que lo considera como un colectivo de eternos menores de edad, que debe ser educado y organizado siempre desde fuera de sí mismo. De este modo, produce obstáculos para que el pueblo, el soberano, pueda institucionalizarse en tanto sujeto político y garantiza a la burocracia, ella también una oligarquía, como única detentadora del poder.

En contraste con esos enunciados, la soberanía democrática remite a un todos sin exclusiones y capaz de autogobernarse.  La afirmación genera dos preguntas obvias:

  1. a) primero, cómo todos pueden llegar a ser efectivamente todos, sin exclusiones.
  2. b) luego, cómo todos pueden ejercer efectivamente poder político, esto es, autogobernarse.

Antes de explorar las respuestas a ambas cuestiones, recuerdo que el “todos autogobernado”, lo que estaré comprendiendo como sinónimo de una comunidad soberana, tiene asimismo escalas: la soberanía remite por igual a la autodeterminación de un colectivo nacional frente a un gobierno ajeno, que a la libertad de una comunidad de ciudadanos al interior de una nación con gobierno propio.

Como he anticipado antes, a lo largo de esta intervención sugeriré maneras en que todos puedan llegar a ser efectivamente todos, y por ese camino puedan alcanzar autogobierno, pero retengo primeramente el hecho de que, si bien es posible hablar de “soberanías” (nacional, ciudadana, alimentaria, energética, sobre el propio cuerpo), etc, todas ellas no son sino manifestaciones relacionadas entre sí de una misma y única libertad. Esto es, la soberanía de la nación está vinculada a la soberanía de sus ciudadanos. El desarrollo de una es condición y resultado del desarrollo de otras. Por lo mismo, la ampliación de una de ellas a costa del recorte de otras, compromete  a ambas. Entre las múltiples dimensiones de la soberanía, elijo aquí tratar solo dos, y analizar el vínculo entre ellas: la soberanía nacional y la soberanía ciudadana. Seguir leyendo “La soberanía de los ciudadanos es también la soberanía nacional”

No basta con cruzarse de brazos o seguir con inercia la lógica histórica de confrontación.

Foto de Kaloian SantosMaría Isabel Alfonso

En días pasados, la revista OnCuba envió un cuestionario sobre el evento Cuba y Estados Unidos en tiempos de cambio, celebrado en Washington entre el 27 y el 28 de enero pasados, a varios de los participantes. Dicha revista publicó un reportaje sobre dicho evento que reproduje aquí. Por la extensión de las respuestas, OnCuba seleccionó con precisión los criterios recibidos. Ahora, publico aquí las respuestas completas de María Isabel Alfonso a dicho cuestionario.

  1. ¿Podría hacer una valoración del intercambio sostenido, y más específicamente, sobre cuáles fueron los puntos de conciliación y conflicto detectados en el encuentro respecto a los temas en discusión?

De manera general, creo que fue una experiencia positiva. En cuanto a los puntos de conciliación, me complace ver que hubo consenso en cuanto a la necesidad de entender las peculariaridades de la situación de Cuba a partir de su contexto histórico. Julio César Guanche, por ejemplo, teorizó sobre cómo entender el nacionalismo cubano, no tanto desde la ideología sino desde la historia. Eso ha fallado consistentemente del lado norteamericano, y es reconfortante ver que se reconoció, por parte de los propios Phil Peters y el secretario Alex Lee.  Son pautas que, de seguirse, podrían contribuir a una mejor dinámica entre los dos países a partir de un conocimiento mutuo.

También se expresó consenso en la necesidad de ampliar los mecanismos de participación ciudadana en Cuba. Dentro de ello se incluye la necesidad de una ley de asociaciones más amplia que la actual, que se verifique una mejor institucionalidad jurídica en el campo de los derechos humanos (Fernández, Veiga, González), y un mayor acceso a Internet (Díaz).

Se coincidió también en la idea de que los contactos pueblo a pueblo son unas de las formas más efectivas de ejercer la diplomacia (Alfonso, Lopez-Levy, Bustamante, Fowler) y que pasos discretos en zonas concretas de cooperación (cultura, música, deportes), son puntos alcanzables y vitales para los cubanos (Fowler). Dichos puntos de diplomacia suave, pueden preparar el terreno para el abordaje de temas más escabrosos, como el de los derechos humanos en el contexto de las relaciones pueblo a pueblo (Alfonso, Lopez-Levy).

Un punto de convergencia importante también fue la recomendación de mirar la sociedad civil cubana con criterio amplio, no siempre enfrentada al estado y como mucho más que los grupos de  oposición política. (Alfonso, Lopez-Levy, González).

En cuanto a este último punto, la respuesta del secretario Alex Lee  (“I couldn’t agree more” [no podría estar más de acuerdo]) a mi propuesta de una reunión de los oficiales norteamericanos con múltiples partes de la sociedad civil, y no sólo la oposición, refleja el cambio de los tiempos y es también un loable punto de consenso.

Sin embargo, el señor Lee argumentó una serie de obstáculos, no ligados únicamente a los criterios del Departamento de Estado. El principal: que numerosos miembros de la sociedad civil no desean ser erróneamente identificados como opositores, por lo cual, no quieren participar en las reuniones de los diplomáticos estadounidenses, destinadas a escuchar a esas fuerzas políticas.

En lo personal,  entiendo las razones que explican una cultura de miedos y paranoias. Pero también esperamos que el Departamento de Estado entienda que si año tras año se ha reunido selectiva y únicamente con miembros de la oposición, le toca ahora trabajar arduamente en la expansión de su círculo, promoviendo una agenda constructiva desde una total transparencia y respeto hacia sus homólogos. De lograrse encuentros con otros sectores de la sociedad civil, los oficiales estadounidenses se convertirían así en observadores mucho más informados acerca de otras zonas de la realidad cubana, lo cual los ayudaría a entenderla mejor. El gobierno cubano, en una situación ideal como la que planteamos, respetaría dichas reuniones como ejercicios de diplomacia constructiva, sin estigmatizar a quien deseara participar desde la sociedad civil, con patriotismo, en un diálogo con el gobierno de Estados Unidos.


cuba

Se requieren lógicas dinámicas. EEUU no debe decir sobre los sectores nacionalistas de la sociedad civil: “ellos son los que no quieren reunirse conmigo”. Por otra parte, los sectores patrióticos cubanos no estatales no deberían asumir que “el gobierno norteamericano se quiere reunir con los actores sociales sólo para manipular”. Hay que explorar nuevos caminos. Me pregunto: ¿por qué Roberta Jacobson o la persona que vaya la próxima vez a una ronda de negociaciones en Cuba no se reúne con la redacción de OnCuba, Progreso Semanal, la propia Cuba Posible, La Joven Cuba, La Chiringa de Cuba, y/o el actual Espacio Laical, Palabra Nueva?; ¿O con Observatorio Crítico, Proyecto Arcoiris y otros medios, que son independientes y tienen una agenda distinta a la de la oposición política? ¿Por qué esa obsesión en priorizar a los opositores, particularmente a aquellos que han apoyado el embargo, con o sin condiciones, como es el caso de grupos de relativa poca relevancia dentro de Cuba y en la discusión de políticas como Estado de Sats, o 14yMedio?

Es decir, un punto de conflicto aquí, es que aún no se entiende, tal como dejó entrever el Sr. Lee, que se necesita desde ambos lados una buena dosis de voluntad proactiva para eliminar enfoques erróneos, o al menos, limitados, con el fin de avanzar en la discusión de estos escabrosos temas.

Este es uno de los nudos gordianos  más evidentes en el escenario Cuba-EEUU, y como tal, tuvo gran visibilidad en la conferencia, reflejando áreas de coincidencia y de conflicto.

  1. ¿Qué le pareció el encuentro como ejercicio de discusión entre posturas no necesariamente coincidentes?

Creo que fue bueno de manera general, pero aún hay que vencer muchos miedos y aceptar la existencia de una pluralidad que a veces no queremos oír. Algunos nos quedamos con unas cuantas cosas por decir. Hay que abrirse a nuevas voces en Cuba, en EE.UU y en la comunidad cubano-americana. Hubiera sido más provechoso también abrir un poco más la conferencia al público. Los académicos tendemos a quedarnos en nuestra torre de marfil, y de lo que se trata justamente es de lo contrario, de vincular la opinión de los expertos, y la discusión intelectual con el activismo y la proposición de agendas concretas.

En nuestro caso, Cuban Americans for Engagement (CAFE) ha trabajado con lo que era antes la redacción de Espacio Laical, ahora Cuba Posible y la propia Generación Cambio Cubano, en la coordinación de una conferencia sobre Cuba. Hicimos paneles, con moderadores que discutían y preguntaban, pero abrimos la conferencia al público en el Hotel Sofitel de Miami. No creo que sea el único modelo, pero creo que es más provechoso incluir una mayor variedad en cuanto a los actores cubano-americanos y americanos, aprovechando la experiencia de aquellos que van al Congreso, escriben cartas al editor, páginas de opinión, participan en encuentros con los medios, e inciden directa o indirectamente en la política de EEUU hacia Cuba.

  1. En el contexto que se avizora, ¿cuáles son las perspectivas que advierte para el intercambio académico entre cubanos y estadounidenses?

Presentamos algunas propuesta en este sentido, como la creación de un programa Fullbright entre Cuba y EEUU y la posibilidad de una universidad norteamericana en Cuba, acciones que, de ser consideradas su implementación, de seguro tomarán bastante tiempo. No obstante, se puede avizorar un auge en los programas ya existentes de universidades norteamericanas en La Habana. Un paso interesante sería la expansión de estos programas a las universidades de provincia.

Entre las acciones a implementar a más corto alcance, estaría la continuación de un programa de visas y becas para estudiantes cubanos, pero sin filtros ideológicos., No es deseable el modelo de “la universidad es para los contrarrevolucionarios”, ensayado por Miami Dade College, en un reciente programa de becas, en que había que ser opositor para poder participar. Estos programas deben desideologizarse, respetando los principios de libertad académica.

Otro aspecto que mencionamos fue la importancia de la enseñanza del inglés en Cuba, lo cual sería una premisa importante para todo tipo de intercambio académico.

  1. A manera de resumen, y basado en lo que observó en el encuentro, ¿cuáles considera que son los retos para una posible normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos que salieron a relucir en los debates?

Para ambos países debe predominar una intencionalidad realista en política, sin alimentar falsas expectativas o suponer que las suspicacias van a desaparecer por arte de una vara mágica. En la reciente Carta de Fidel Castro a la FEU, el ex presidente cubano dice que no confía en la política de los EEUU. ¿Acaso no es lógico que así sea? Eso no quiere decir que no se debe tratar de construir una cultura de confianza, en la que lo responsable es incentivar lo positivo. EEUU se ha caracterizado por su dinámica imperial hacia el mundo, pero ya no es la época de la Guerra Fría. En Latinoamérica se ha sabido imponer una dinámica según la cual, por lo menos a nivel de ideales, muchos países se identifican como iguales en el diálogo con EEUU. Cuba debe aliarse con esas fuerzas que han sabido ocupar un lugar sin precedentes en la región, dándose a sí misma la oportunidad de confiar, sin dejar de estar alerta. No hay opciones. Se necesita capital, inversiones, contactos académicos y educacionales, superación, atraer a emigrados de vuelta, incluso para repatriarse hacia el país que los vio nacer. Es importante sustituir las culturas de dominación y resistencia  por una de convivencia respetuosa y civilizada, por más difícil que así sea, contando con la situación de asimetría con respecto a los EEUU en que se inserta la historia de la nación cubana.

En cuanto a retos más concretos, se mencionaron obstáculos como el embargo, Cuba en la lista de países terroristas, la reclamación de propiedades, el programa de deserción de médicos, los programas de promoción de la democracia en Cuba, entre otros.

Están también los retos potenciales, como en el caso del tema del medio-ambiente, dado el posible escenario de una mayor participatividad del sector agrícola norteamericano en la isla. Cargill, que ya vende productos a Cuba y que estuvo presente en la conferencia de Washington, ha tenido problemas por manejo irresponsable de recursos, en países como Brasil, al producir ilegalmente soja al orillas del Amazonas. Queremos a una Cuba próspera, pero a una Cuba verde y con una alta conciencia medioambiental. La participación de Cuba en nuevas dinámicas de mercado debe seguir pautas responsables. Para ello, el gobierno debe darle protagonismo a organizaciones (gubernamentales y no gubernamentales) que vienen trabajando en esta dirección por mucho tiempo, y que velarían a su vez por la implementación adecuada de las ya existentes leyes de protección del medio ambiente, y promulgando nuevas, en caso de ser necesario.

En fin, te mentiría si te dijera que los retos no son monumentales. Lo son, como expresa William LeoGrande, quien participó en la conferencia, porque existen no sólo para Washington y La Habana, sino para el Capitolio y La Casa Blanca, y con certeza no podrán ser resueltos en los dos años siguientes de la administración de Obama. Sin embargo, coincidiendo en esto también con LeoGrande, apreciamos que Obama ha hecho más que sus predecesores, al sustituir el marco de hostilidad y de cambio de régimen por otro de coexistencia y compromiso. Antes, de seguro, nada de lo que hoy vemos en el horizonte, pudiera siquiera haber sido imaginado. Ahora es el momento de ayudar, con pragmatismo constructivo, a que esos sueños se conviertan en alternativas realizables y responsables.

Problemas de la democracia en Cuba

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Nelson Ponce

 

(Notas para una exposición)

Por Julio César Guanche

Visiones sobre los núcleos del concepto de democracia de 1959

Se trata de una concepción diferente a la variante estadounidense del liberalismo.

  1. Soberanía nacional e independencia económica. El nacionalismo es una de las bases de la cultura política cubana.
  2. Justicia e igualdad social. Cuba llegó a ser el “primer estado de bienestar de América Latina” (1975-1989).
  3. Participación popular, con gran presencia de mecanismos consultivos.
  4. Visión crítica sobre el carácter “despiadado” del capitalismo.

Visiones sobre los núcleos críticos de ese modelo democrático

  1. Partido único, ideología de estado, penalización de la oposición, militarización de la cultura política.
  2. Monopolio estatal de la economía. Estancamiento de la productividad.
  3. Mucha administración, poca política: escasa agencia ciudadana, dependencia del gobierno, Estado con cuotas de autonomía.
  4. Institucionalización de la intolerancia y carencia de reconocimiento del pluralismo societal.

La democracia en lo social

Cuba cumplió los compromisos para 2010 respecto a los primeros cuatro Objetivos del Milenio: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de la mujer y reducir la mortalidad de los menores de cinco años. Para 2015, debe cumplir los objetivos 5 y 6: mejorar la salud materna y combatir el VIH/SIDA, y el paludismo.

Ocupa el lugar 44 (sobre más de 180) del Índice de Desarrollo Humano (Idh) (mide vida larga y saludable, educación y nivel de vida digno). Según el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”, se encuentra en el puesto 17 a nivel mundial y es el primero de los “países en desarrollo”.

Tiene una de las tasas de alfabetización más altas del mundo. Cuenta con uno de los mejores sistemas de respuesta médica a desastres. (ébola en África, misiones ante desastres a Paquistán, Haití, Honduras)

Por el bloqueo/embargo, Cuba “no ha tenido acceso a equipos médicos, medicinas ni materiales de laboratorio fabricados bajo patente estadounidense”.

No obstante, desde 2008, los gastos en educación, salud, bienestar social y vivienda han disminuido como proporción del presupuesto del Estado y del PIB. El último dato público sobre pobreza en Cuba es de 2004: 20 % de la población urbana.

La democracia en lo político

Cuba es Estado Parte en 42 instrumentos de derechos humanos. Se permitió, por ejemplo, la libertad de viajar y no existe hoy ningún condenado a pena de muerte. Sectores de la sociedad civil exigen la ratificación de los Pactos de Derechos Humanos, Sociales, Políticos, Culturales y Económicos y la posterior adecuación de la legalidad cubana a sus contenidos.

El PCC es partido único, y no reconoce tendencias en su interior. El Estado y las organizaciones sociales están subordinadas al partido, lo que obstruye el desarrollo independiente de la sociedad civil y la representatividad del aparato estatal.

La sociedad civil ha construido por sí misma espacios de desarrollo.

Por la prensa internacional, es más conocida la oposición tradicional. Es ilegal y en algunos casos tolerada. Amnistía Internacional denuncia represión, acoso y detenciones de corta duración sobre este sector. Como consecuencia de acuerdos con la Iglesia Católica y con el gobierno de EEUU ha habido excarcelaciones de presos por motivos políticos.

Existen además otros actores de importancia. Funcionan con o sin el PCC, tienen agendas propias, y se organizan y presionan para alcanzar intereses propios.

Como resultado del empoderamiento de la comunidad gay, el gobierno provee cirugías de reasignación de sexo y tratamiento de reemplazo hormonal a personas transgénero, se hacen marchas de calle, y el Gobierno comenzó a votar a favor de resoluciones que apoyan los derechos de personas homosexuales en ONU. Se considera un modelo potencial para expandir otro tipo de derechos civiles.

La comunidad afrocubana cuestiona que sufre discriminación (condiciones de vivienda, acceso a empleos y emprendimientos mejor remunerados, beneficio en las remesas, acceso a alquiler de casas y autos y a restaurantes y emprendimientos de servicios). Datos reflejan que los no blancos no padecen de una situación de exclusión o discriminación en las organizaciones políticas del sistema, pero su presencia en altos cargos de dirección política y empresarial es mucho más escasa. Se exigen políticas contra el racismo, que remuevan estructuras de discriminación y desigualdad.

Existe gran debate crítico en el campo cultural. Aparecen nuevas formas cívicas de organización. (Por ejemplo, autoorganización de cineastas para obtener una ley de cine.) Aumenta la blogosfera y las esferas públicas alternativas (comunicación a través de correos electrónicos, blogs, y mecanismos privados de difusión de contenidos, como el “Paquete” (especie de Netflix, que circula en discos duros portátiles por todo el país a bajos precios). El hecho es correlativo a la exigencia de acceso con precios justos a internet y de democratización de la prensa. Cerca de 27% de la población accede a internet, aunque otras fuentes estiman que la penetración de Internet es de 5%. El acceso privado actual tiene un costo muy alto, y ofrece servicios muy limitados.

Desde 1992 el Estado es laico. La iglesia católica ha sido interlocutor del gobierno. Se han construido instituciones religiosas, devuelto propiedades y multiplicado actividades de difusión y educación. Se ha elevado la visibilidad y el reconocimiento a las iglesias ecuménicas, y a la judía.

Una nueva generación, diferente a la de Fidel y Raúl Castro, ocupa puestos de poder en el país. Hace un año, según Rafael Hernández, de los 15 presidentes de asambleas provinciales del Poder popular, 80% tenía menos de 50. Los dirigentes del PCC en los 167 municipios de Cuba tenían todos menos de 50 años (menos uno). La edad promedio del Consejo de Ministros de Raúl Castro era 58 años y la del Comité Central del PCC 57.

Un desafío del Estado, el PCC y la sociedad civil es convivir con la diferencia,  despenalizar la resistencia política y pacífica, y legitimar la diversidad. Las políticas norteamericanas de apoyo al “cambio de régimen” deslegitiman a los actores internos que participan de ellas, y obstruye la colaboración de sectores civiles con el gobierno de EEUU sobre temas de beneficio mutuo. El desarrollo de la sociedad civil, también de la autónoma respecto al PCC y a las políticas de EEUU, es central para un mayor desarrollo democrático.

La democracia en lo económico

Se diversifica la organización económica. Se orienta hacia una economía mixta, con sector nacional y extranjero, y con formas públicas, cooperativas y privadas.

Contra la pretendida “hostilidad” del discurso oficial cubano contra el mercado, se amplían los espacios regulados por la lógica mercantil. A la IED se le otorga un rol fundamental. (Se estiman necesarios 2 mil millones anuales de inversión). Se ofrecen garantías a los inversionistas: exoneración del pago por 8 años del impuesto sobre utilidades, del pago de aranceles durante el proceso inversionista y del pago de impuesto por la utilización de la fuerza de trabajo. Se descentralizan funciones que antes eran de los ministerios y pasan a empresas. De los ocupados en el sector estatal, 49% laboran en empresas. Hace 20 años 95% de las personas empleadas eran trabajadores estatales. Hoy en el sector no estatal de la economía labora alrededor de 26% de los ocupados, y tiene ingresos más elevados. La población que tenía acceso a moneda fuerte, hacia 2010, fue estimada en 60%. En 2015 serán desestatizadas al menos 7.480 entidades económicas. Se ha anunciado que 40% de la fuerza laboral debe pasar al sector no estatal.

La ampliación del mercado se hace a expensas de dejar sin regulación tópicos fundamentales. Desde el punto de vista constitucional, como señala Domínguez, no existe tope sobre las tasas de interés financiero, ni sobre precios, ni está fijado salario mínimo ni máximo. No se impide la entrada de empresas internacionales en la inmensa mayoría de la economía cubana. No existen restricciones (salvo la IE) sobre el desarrollo de mercados laborales flexibles.

Se diversifica la propiedad: gubernamental, pública, mixta, extranjera, cooperativa, privada, personal. Se permitió la compraventa de casas y terrenos, y de automóviles. Cerca de 85 % de las viviendas del país son propiedad de quienes las viven. Se elevó a 99 años el tiempo en que los inversores extranjeros pueden utilizar tierras estatales para negocios inmobiliarios. Se extendió el tiempo y la cantidad de tierra entregada en arrendamiento a campesinos privados.

Con esto, se han multiplicado los actores económicos e institucionales, lo que limita el monopolio estatal sobre la actuación política. El nuevo modelo se define oficialmente por lo que impedirá: «el plan prevalecerá sobre el mercado», «nadie quedará desamparado» y se «evitará la concentración de la propiedad». Pero se consolidan estructuras de desigualdad e injusticia, con escasos canales de disputa. Los sindicatos tienen escaso papel como actor en disputa real de las condiciones de trabajo.

Visiones sobre la democracia en una Cuba posible

  1. Reclamo de mayor espacio a los ciudadanos para organizarse, crear decisiones políticas y controlar y disputar las existentes.
  2. Concepción interdependiente de los derechos: todos son necesarios.
  3. Mayor peso al derecho (hacer valer el papel de la ley frente al decreto y el reglamento) y del derecho a resistir el derecho cuando su aplicación resulta ilegítima.
  4. Democratización del acceso a la propiedad, frente a su monopolización y oligarquización, y del control sobre la organización económica, que garantice, o contribuya, a ganar en control sobre las condiciones de vida. Reclamo de función social y ambiental de la propiedad.
  5. Reclamo de intervención pública orientada a disputar las fuentes de reproducción de la exclusión, la desigualdad y la injusticia.
  6. Fomento de valores y de instituciones que favorezcan prácticas de reconocimiento y tolerancia. No es aceptable el “todo vale”. No valen la superexplotación, el individualismo implacable, la corrupción, las prácticas mafiosas, ni clase alguna de discriminación.
  7. Es necesario reconstruir las relaciones con los Estados Unidos sobre bases distintas a las de la historia de su relación con Cuba: Ni Teddy Rooselvelt: “esa infernal pequeña república cubana”, ni Alexander Haig pidiendo a Nixon: “Usted ordene y convierto esa pinche isla en un estacionamiento.” Es democrático defender la soberanía nacional y la soberanía de los ciudadanos.

*Los días 27 y 28 de enero de 2015 un grupo de emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos viajaron a Washington DC para intercambiar con políticos, diplomáticos, periodistas, empresarios y académicos estadounidenses y cubanoamericanos, en un encuentro organizado por el proyecto Cuba Posible y el Cuba Research Center. El texto anterior constituye una ponencia presentada durante esta cita.

Ver todas las ponencias en: http://www.cubaposible.net/

Filosofía, lengua castellana y modernidades

 

Por Antoni Doménech y María Julia Bertomeu

 En su España defendida (1609), el joven Quevedo se sintió obligado a llevar

el celo de su apología patria a la misma filosofía:

“¿Por ventura en España halló aplauso vuestro Pedro de Ramos [Petrus Ramus: 1515-1572], perturbador de toda la filosofía y apóstata de las letras? ¿Cuándo abrió en España nadie los labios contra la verdad

de Aristóteles? ¿Turbó las academias de España Bernardino Tilesio o halló cátedras como en Italia? ¿Tiene acá secuaces la perdida ignorancia del infame hechicero y fabulador Teophrasto Paracelso, que se atrevió a la medicina de Hipócrates y Galeno, fundado en pullas y cuentas de viejas y en supersticiones aprendidas de mujercillas y pícaros vagamundos? (…) ¿Qué desechó España por falso y vil que no  hallase estima en vuestra superstición y prejuicio en vuestros libreros?  ¿Qué sagrado libro no manchó Melanchton? ¿Qué ánimo no llevó tras sí la cavilosa adulación de Lutero? ¿Qué no creísteis a Calvino?”

La prodigiosa prosa de Quevedo logra concentrar en un solo paso todos los tópicos que, andando el tiempo, se aducirán para explicar, digámoslo así, la pretendida insuficiencia del pensamiento moderno expresado en vulgar castellano. No falta aquí ninguno: ni la rotunda negativa a poner en cuestión, siquiera en duda, “la verdad de Aristóteles”; ni el hidalgo desprecio de la villana plebe, de las “mujercillas” y los “pícaros vagamundos”; ni, claro está, el esterilizador caveant tridentino –hechura española donde las hubiere– ante todo lo que huela a Reforma protestante y a barbarie septentrional.

Tópicos sobre otros tantos tópicos. Porque –ya veremos con qué verdad cada uno de ellos– son también lugares más o menos comunes:

1) Que la filosofía moderna arranca de una radical ruptura con Aristóteles, en epistemología y en metafísica, no menos que en filosofía práctica: ¿no suele presentarse al radicalmente antiaristotélico Hobbes en todos esos campos como campeón de la modernidad?

2) Que la filosofía moderna, en epistemología y en metafísica, no menos que en filosofía práctica, ha concedido razón y experiencia a la villana plebe y aun a las mujercillas: ¿no se cartearon filosóficamente Descartes y Leibniz con mujercillas, bien que distinguidas? ¿No conversaba de filosofía y de geometría analítica Descartes –en vulgar francés– con su criado Gillot? ¿No raciocinaban mejor en vulgar inglés ciertos campesinos observados

por Locke que los filósofos peripatéticos en estudiado latín? Y si hay que creer a Heine, ¿no restituyó Kant a Dios en su filosofía práctica, después de haberlo destruido en la teórica, para dar alivio y satisfacción a su criado Lampe?

3) Y en fin: que la filosofía moderna va íntimamente unida a la cultura desarrollada en suelo protestante, o, como en Francia, fecundado al menos por la Reforma.

(…)

 Leer aquí el texto completo en pdf

A menos Constitución, más caudillismo: la necesidad de una decidida acción ciudadana

aguadefensamayo2010Por Alberto Acosta

 

Solo una palabra final para recordar mis amores y creencias,

[…] el convencimiento sobre la centralidad de las libertades,

la importancia de la sociedad civil y que espero mantener hasta el final,

ese es mi bagaje.

Manuel Chiriboga Vega

La reciente propuesta de cambios a la Constitución presentada por el Ejecutivo hay que analizarla en un contexto amplio. Primero, recuperando los antecedentes históricos en que se formula y, por supuesto, sus proyecciones, y luego, en relación a la política pública instrumentada durante estos años por el presidente de la República y también por la Asamblea Nacional.

A poco más de dos años de haber sido presentada y defendida la Constitución de Montecristi, por parte del presidente Rafael Correa, como la mejor del mundo y que duraría 300 años; a inicios de 2011, su Gobierno convocó a una consulta popular para “meter la mano a la justicia”, como dijo el propio Presidente en enero de dicho año. Atropellando el mandato constitucional que habría permitido construir, por primer vez en la historia republicana, una justicia independiente y autónoma de los poderes económico y político, esta “metida de mano” fue un paso orientado a consolidar el control del Ejecutivo sobre esa importante función del Estado, como lo demuestra un reciente estudio del experto en justicia Luis Pásara[1].

En esa misma línea se enmarca el creciente control de otras funciones del Estado por parte del Régimen, como son la función electoral, así como la función de Participación Ciudadana y Control Social. Inclusive la Corte Constitucional, el organismo destinado a vigilar el cumplimiento de la Constitución, está dominado por el Ejecutivo.

Los actuales cambios propuestos se encasillan, entonces, en este acelerado proceso de concentración de poder en el Ejecutivo, concretamente en manos del presidente de la República. En este punto es preciso considerar que estos cambios se formulan luego de la derrota política del oficialismo en febrero de 2014, y que ahora teme a una consulta, como ya sucedió con la consulta propuesta por los Yasunidos. Correa sabe que su declive ha comenzado luego de febrero y es por eso que apresura estas enmiendas constitucionales por la vía burocrático-parlamentaria de la Asamblea Nacional.

Por lo tanto, es desde estos enfoques que hay que estudiar dichos cambios constitucionales, así como otros ajustes legales, como son el Código Orgánico Monetario y Financiero, o la sostenida pérdida de derechos laborales impulsada en el proyecto de Código Laboral, inclusive.

En el Ecuador, no cabe la menor duda, se construye un nuevo esquema de dominación para forzar un reacomodo modernizador y tecnocrático del capitalismo, en donde la democracia está en serio peligro de extinción. A partir de esta constatación inicial podemos analizar algunos de los elementos de las pretendidas enmiendas constitucionales. Seguir leyendo “A menos Constitución, más caudillismo: la necesidad de una decidida acción ciudadana”

La “nueva Cuba”: el capital simbólico de la revolución

diferencias encontradas

Por Julio César Guanche

La legitimidad de una revolución se asocia a  la promesa de un origen, a un nuevo nacimiento. Promete el advenimiento de una nueva vida. La promesa de la vida futura adquiere los matices de una religión secular: convoca a la fraternidad, al “compañerismo” para conseguirla. Así, la proclamación de una “nueva Cuba” está en el centro de las promesas políticas revolucionarias en la historia de la Isla, con los términos propios de su universo: renovación, refundación, mañana, “ahora sí”.

Problemas de la nueva Cuba se titula el estudio que realizó la Foreing Policy Association (1934) sobre el escenario cubano, dirigido a contrarrestar los efectos de la Revolución de 1930 a través de una plataforma reformista. “Joven Cuba” fue la organización fundada por Antonio Guiteras para luchar por lo contrario: la revolución social. Uno de los manifiestos (1934) del ABC, una de las organizaciones políticas antimachadistas confluyentes en la Revolución de 1930, se titula: “Hacia la Cuba nueva”. En esa historicidad, Cuba no acaba jamás de ser nueva.

La valoración de dicha “novedad” se observa en todos los discursos. Las oficinas cubanas en 1959 colgaron letreros en sus puertas que exigían: “Sea breve, hemos perdido cincuenta años”. Se aprecia por igual en las disputas: una investigación de 1700 páginas publicada por la Universidad de Miami (1963) le negó cualquier adjetivo a la nueva realidad cubana: fue titulada a secas Un estudio sobre Cuba.

En los 1950, la nueva Cuba necesitaba libertad económica y justicia social y un régimen libre de trabas con naciones extranjeras y libre de apetitos de políticos y personajes propios. Ese programa era expuesto por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de Rafael García Bárcena, con estas palabras: (El MNR) “se enfrenta en lo económico al comunismo, y se dirige a superar el capitalismo. Se opone, en lo social, a las exclusiones sociales o clasistas y a toda forma de totalitarismo” y concretaba su pensamiento doctrinal en: “Nacionalismo, Democracia, Socialismo”.

Sobre esos pilares, la libertad política (democracia), la justicia social (socialismo) y la recuperación de los bienes del país (nacionalismo), todo ello también bajo las influencias de la Revolución mexicana, la república española y el new deal, se asentaba la cultura política cubana de los años 50.

Ese campo aportó entonces un cambio radical al programa tradicional que aseguraba que “sin azúcar no hay país”. La nueva Cuba repudiaba ser un “presidio de cañas amargas”. El líder sindical comunista Jesús Menéndez afirmó: “sin obreros no hay azúcar”, o sea, sin obreros no hay país. El MR-26-7 radicalizó esa trayectoria: llamó a quemar más caña en medio de la insurrección. En ello, enarboló una consigna más generosa: “Sin libertad no hay país”.

En tal horizonte, las soluciones nacionales se situarían en el camino de los proyectos colectivos. De esa evolución no escapaba la percepción sobre el papel que los Estados Unidos habrían de jugar ante un triunfo revolucionario.

El golpe de estado de 1952 sepultó el gran triunfo del espacio posrevolucionario: la Constitución de 1940. Con los años, el contenido antidictatorial de la cultura política cubana de los años 40 y 50 —la cara “política” de su otra vocación democrática, la  democrático social— se ha difuminado. La explicación de la Revolución según la cual su origen se encuentra en “causas económicas”, impide recordar cómo se localiza también en contenidos específicamente políticos.

Muchos jóvenes, entre ellos Fidel Castro, fueron a Cayo Confites (1947) para combatir contra Trujillo. José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez y Juan Pedro Carbó Serviá, entre otros líderes estudiantiles, integraron una expedición a Costa Rica (1955) para defender el régimen constitucional de José Figueres. Dentro de Cuba, se contaba con la memoria del “aceite de ricino” y del “palmacristi” —provistos por Machado, y por Batista en su primera era— y se sabían los motivos de sus convicciones: amasar fortunas individuales, entregar el país a la embajada norteamericana y soltar las manos a la oligarquía cubana.

La preocupación no se reducía al pasado cubano, sino a la realidad de América Latina. «No es de ahora, ciertamente, la crisis del régimen democrático en nuestra América —decía Raúl Roa—. Su razón última hay que buscarla en las supervivencias de la estructura colonial, en la concentración de la propiedad rural, en el desarrollo económico dependiente, en el predominio político de las oligarquías, en la concepción patrimonial de la administración pública, en el avaro atesoramiento de la cultura, en la pugna interimperialista por el control de materias primas esenciales y en la etapa de tránsito social que atraviesa el mundo.”

Fidel Castro, al denunciar la venta de armas por los Estados Unidos a Somoza y a Trujillo, y de estos a su vez a Batista, afirmó en la época: “Si los dictadores se ayudan entre sí, ¿por qué los pueblos no han de darse las manos? […] ¿No se comprende que en Cuba se está librando una batalla por el ideal democrático de nuestro continente?”.

El programa de la nueva Cuba de 1959 alcanzó un consenso extraordinario al ser capaz de fusionar demandas diversas: “pan con libertad y pan sin terror”. Mostró el hambre como el resultado de la injusticia, y no de la ignorancia del trabajador, y la libertad como conquista popular. Expropió así el concepto de “revolución” del campo de la “politiquería” y restituyó su sentido. El capital simbólico de la revolución se materializó sobre la tierra firme de la justicia: haría justicia histórica al pueblo de Cuba contra los desmanes de la dictadura, y proveería la justicia del futuro con el reordenamiento de la estructura política y económica del país. En resumen, prometía una nueva Cuba.

 http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/la-nueva-cuba-capital-simbolica-de-la-revolucion.html