José Miguel Gómez: ¿la restauración?*

Momento de la inauguración del Monumento a José Miguel Gómez., 1936 (Fragmento de la foto original)

 

Por Arturo Arango

 

Quiero dejar ante todo constancia de mi respeto ante la obra magnífica que está cumpliendo la Oficina del Historiador de la Ciudad, dirigida por Eusebio Leal, en la salvación, más que restauración, de La Habana. Si escribo estas cuartillas sobre la restitución de la estatua de José Miguel Gómez al monumento que corona la calle G, es porque estoy convencido de que ese acto implica ideas que necesitan la prueba del debate.

 

¿Qué significa esa restitución? es la pregunta que me repito desde que ayer (literalmente ayer, 22 de junio de 1999) vi por primera vez en bronce la figura del segundo presidente de la República. Doy por descontado que no se trata de salvar una pieza valiosa de la monumentaria cubana: desde su construcción hasta hoy, esta obra de Giovanni Niccolini no ha merecido más que denuestos, y la estatua añade nada, en sentido alguno, a su desvalorización.

Una ciudad, se sabe, es un cuerpo mutante, y sus transformaciones suelen relacionarse con los avatares de la historia. Seguir leyendo “José Miguel Gómez: ¿la restauración?*”

El Banquete del 12 o las paradojas de la historia… El festejo del triunfo contra el Partido Independiente de Color

Por Loreto Raúl Ramos Cárdenas

 

 “Ningún sitio como este, frente a la estatua de Martí, para honrar al valeroso Ejército Cubano, que fue a Oriente contra una salvaje intentona que pretendió torpemente sustituir, con un símbolo bastardo, la hermosa bandera en cuyo triángulo luce como un resumen de nuestros ideales, la blanca estrella solitaria…” Mario García Kholy, Secretario de Instrucción Pública.

 

En la tarde del 27 de julio de 1912, hace 108 años, tuvo lugar en el Parque Central de la Habana uno de los acontecimientos más bochornosos y tristes de la historia republicana cubana.

Con la presencia de más de tres mil soldados y jefes del Ejército y la Guardia Rural, así como altos dignatarios de la nación y público que merodeaba los alrededores, se celebró y brindó por la “victoria” contra una “salvaje intentona racista”, tal como reflejan las palabras que encabezan este artículo, proferidas por uno de los oradores en el banquete.

Esta jornada era el colofón de una serie de festejos, acaecidos con anterioridad en la ciudad de Santiago de Cuba en homenaje a los represores de la protesta armada del Partido Independiente Color.

Unas jornadas antes —el día 18—  había sido abatido en el cafetal Nueva Escocia, lugar cercano a El Caney, en Santiago de Cuba, el segundo jefe de aquella protesta y antiguo general del Ejército Libertador Pedro Ivonnet, subordinado del Lugarteniente General Antonio Maceo y militar de su entera confianza, con quien realizara la famosa invasión de Oriente a Occidente durante la última etapa del proceso independentista cubano.[1]

De manera que aquella celebración adquiría mayor relevancia, pues con la eliminación del famoso guerrero el Ejército reafirmaba su “eficacia” al constituirse en “salvador de la nacionalidad cubana” junto a la Guardia Rural y los Cuerpos de Voluntarios, constituidos entre la población en apoyo a la represión.

Vale destacar que al frente de esta última fuerza estuvo el Coronel Manuel Piedra Martell, compañero de armas de Ivonnet en la campaña de Pinar del Río durante la pasada guerra. Ahora, en las tristes jornadas del verano de 1912, bajo su jefatura, fueron múltiples las denuncias por asesinatos y excesos de sus voluntarios contra la población negra oriental.

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Contribución a una arqueología intelectual en los contextos y los contenidos de un marxismo negro en Cuba

Alexis Esquivel, Arco de triunfo, 2006, Acrílico sobre tela, 137 x 175 cm

 

Por mario g. castillo santana

 

Para Fernando Martínez Heredia, quien primero me adentró en estos temas y para Tomás Fernández Robaina, quien le ha dedicado la vida a ellos.

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Ver entregas anteriores de esta serie: 12, 3 y 4

El creciente auge de un campo de estudios sobre lo que se ha definido como un marxismo negro, en la zona de lo que ya ha ido delineándose como el Atlántico negro, está sacando a la superficie de las memorias históricas contemporáneas un conjunto de ideas y conceptos muy interesantes, que no habían formado parte del canon del marxismo en ninguna de sus variantes hasta ahora conocidas.

En mi consideración, los esfuerzos investigativos en torno a estos discursos no deben limitarse al estudio de los conceptos filosóficos que se pueden ir encontrando para trazar las especificidades de ese marxismo negro. Para una mejor comprensión de sus enunciados es necesario no perder de vista una perspectiva lo más abarcadora posible, arqueológica se me ocurre pensar, que nos devuelva con la mayor integridad el perfil de sus cultivadores, las personas, grupos, espacios, organizaciones, influencias e interacciones con los perfiles de ideas previas de donde arrancaron los cuerpos intelectivos de estos marxistas negros.

En el contexto cubano una figura como Tomas Fernández Robaina —“Tomasito”— ha contribuido con un trabajo de casi toda una vida, no directamente a definir el perfil específico de los marxistas negros en Cuba, pero sí a poder realizar sobre sus textos una cartografía preliminar del asunto, que es insoslayable.

Derivado de su impulso irradiador la lista de contribuyentes podría ser larga: Pedro A. Cubas, Alejandro Fernández, Zuleica Romay, Víctor Fowler, Roberto Zurbano. Pero la obra de estos investigadores debemos decir que igualmente tampoco han tributado de manera directa al tema que vamos a abordar a continuación.

Personalmente, hace pocos años impartí el curso Tres marxistas negros, sociedades de color y el marxismo en Cuba (1937-1961), en el Instituto de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello, algo que, hasta donde conozco, no había sido tema de espacio docente alguno, excepto los legendarios cursos de Fernández Robaina en la Biblioteca Nacional José Martí.

Diez años atrás organicé el encuentro Afrodescendencia y movimientos obreros, donde participaron varios investigadores y activistas, como parte de la Jornada Internacional Año de los Afrodescendientes, a la que contribuyó el Instituto Cubano de Antropología, mientras pude trabajar en dicha institución.

En 2008, en el marco del coloquio homenaje al historiador marxista Raúl Cepero Bonilla, contribuí con un texto sobre un contemporáneo de Bonilla, Walterio Carbonell, con la ponencia “Walterio Carbonell y el dilema antirracismo-desafricanización”. En 201o la revista Gaceta de Cuba (UNEAC) de mayo-junio de ese año publicó mi texto sobre el poeta chino-afrodescendiente “Regino Pedroso y la síntesis cubana entre el exotismo oriental y la identidad proletaria”, que es una versión adaptada a los parámetros de ese espacio titulada “El orientalismo proletario del poeta Regino Pedroso y los orígenes del estalinismo en Cuba”, en que comencé a desarrollar muchas de las ideas que aquí desarrollo.

Una fuente de inspiración para iniciar estas indagaciones fue el contacto con el ex miembro de Panteras Negras Ashanti Alston, quien desde inicios de la década pasada comenzó a indagar sobre lo que él y otros compañeros comenzaron a denominar anarquismo negro, cuestión en la que personalmente venia indagando yo también en Cuba desde 2008 y que también me incitó a organizar aquel encuentro “Afro descendencias y movimientos obreros”, que careció de un centro de análisis articulador, más allá del recuento, habitual en Cuba, de varios dirigentes sindicales negros vinculados al Partido Comunista.

Derivado de esta trayectoria considero que la historización del llamado marxismo negro, si no parte por reconocer los trasiegos entre estos dos campos temáticos se pierde una de las claves explicativas de la operatoria del marxismo negro que hoy nos convoca.

No podemos seguir reproduciendo los guetos ideológicos entre aquellos que creemos en que es posible una vida cotidiana no regida por la mercancía, las lógicas autoritarias y los Estados. No podemos permitir que dentro de la bella metáfora de “rojos y negros”, que se está usando para describir la presencia de las ideas de izquierda entre los afro-atlánticos, se refieran solamente a un grupo determinado de marxistas negros, limpios de cualquier influencia de otros cuerpos de ideas. Esa posición anima este texto.

Este trabajo parte de un enfoque generacional, como el de Karl Mannheim cuando analiza las generaciones, no a partir de años, sino por lo que él denomina “acontecimientos generacionales”[1]. Derivado de esto, hago una reconstrucción analítica de algunos contenidos significativos de la cultura política en la Cuba con que inicia el siglo XX, época en que se fraguan las ideas y las vivencias de los activistas sociales afrodescendientes en la Cuba de los primeros 40 años del siglo XX.

Seguidamente, hago un acercamiento a la primera generación fundacional del activismo social afrodescendiente.

Después efectúo un rescate de un grupo de anarcosindicalistas negros que operaron en el contexto de lo que defino como la segunda generación de activistas afrodescendientes, cuyas nociones de activismo social me parecen significativas para las generaciones posteriores. En este lugar analizo un momento de la trayectoria y las ideas de Sandalio Junco, un individuo que se puede definir como uno de los más brillantes fundadores efectivos del marxismo negro en Cuba, figura escamoteada en la historia nacional, y que expresa la transición entre lo que defino como la segunda y la tercera generación de activistas afrodescendientes en Cuba y, finalmente analizo el contexto, la figura y algunas ideas de Ángel Cesar Pinto Albiol, un representante muy definido de un marxista negro en Cuba, dentro de una tercera generación de activistas afrodescendientes. Después, termino con unas observaciones preliminares sobre Juan Rene Betancourt, al que considero un marxista negro anticomunista, que se replantea las condiciones del activismo social afrodescendiente y un ejercicio intelectivo autónomo, con algunas herramientas del marxismo-leninismo, en momento en que el Partido Comunista en Cuba se convierte en una típica maquinaria política de cooptación social.

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Reyita, sencillamente (pdf)

María de los Reyes Castillo, familiarmente conocida como “Reyita”.

Con permiso de su autora, Daysi Rubiera, La Cosa pone aquí en libre descarga “Reyita, sencillamente”.

(Agradecido a Sandra Alvarez Ramírez)

Descargar Reyita, sencillamente, (Testimonio de una negra cubana nonagenaria), de Daysi Rubiera

El texto que sigue es una presentación del libro, por su propia autora.

“Reyita, sencillamente”
Por Daysi Rubiera

Desde hace varios años, cuando me di cuenta de que en la invisibilidad de las mujeres, la de las negras era total y atravesaba casi todas las áreas de las Ciencias Sociales y la cultura, me tracé un proyecto muy personal para ir llenando ese vacío. Sabía que tenía que librar una fuerte batalla contra el silencio. Batalla que fuera de los archivos y bibliotecas  la podía ganar a partir de la narración de las propias mujeres. De ahí, mi utilización del género testimonio.

De aquel proyecto nació Reyita, sencillamente. Un libro que devino clásico de la literatura oral cubana, porque da voz propia a una mujer negra. Convierte la voz negada y subalterna en una voz pública. Hace visible aspectos de una vida; en ocasiones, para resaltar experiencias que las clases hegemónicas han tratado de ignorar o esconder, en especial, las brechas entre las clases sociales, la marginalidad, la discriminación, la violencia o, en otras, para  denunciar. Todo lo cual lo incorpora a la literatura histórica, desde una perspectiva femenina, negra y familiar. Es, “el otro lado de lo que ser cubano[a] significa”[1]. Seguir leyendo “Reyita, sencillamente (pdf)”

La mirada de Sebastián Miquel. Un fotógrafo argentino en Cuba

Foto: Sebastian Miquel

 

Por Julio César Guanche

I.

Henri Cartier-Bresson estuvo dos veces en Cuba, primero en 1934 y luego en 1963. Para la primera vez,era un joven de 26 años, Cuba recién comenzaba el escabroso camino de una posrevolución, tras la cadena de acciones colectivas que tuvieron lugar entre 1930 y 1933. En la segunda ocasión, el francés era ya un fotógrafo reconocido a escala global. Registró cómo la épica de la Revolución triunfante en 1959 tomaba cauce en la vida cotidiana.

La imagen del joven rebelde con fusil fue el más poderoso símbolo de la revolución del 59. Las armas estaban en todas partes. Burt Glinn las registró cumplidamente. Su presencia constante traía incómodo a Cartier-Bresson por una razón mundana: el riesgo de un disparo accidental.

Sin embargo, la narrativa del fusil apuntaló un problema más profundo. Ponía en primer plano el Ejército Rebelde, un ejército popular, al tiempo que dejaba fuera de foco la lucha del pueblo cubano a través de múltiples repertorios (militares, culturales, cívicos, gremiales, sindicales, etc.) para conseguir la victoria de 1959.

El mismo pueblo que había hecho la revolución del 59 fue fotografiado por Cartier-Bresson en el entierro de Benny Moré, el más grande músico popular de la historia de Cuba. Esas fotos no son tan conocidas como las de los “fusiles”, y rara vez se les pone en relación. Seguir leyendo “La mirada de Sebastián Miquel. Un fotógrafo argentino en Cuba”

La raza no existe, pero el racismo sí

Foto: Nicolás Cabrera.

Por Julio César Guanche

Hace una década la discusión sobre la película Tropa de élite (José Padilha, 2007) anunció parte del debate actual sobre el “fascismo” en Brasil. El film tenía como protagonista al capitán Nascimento, un héroe torturador, jefe del BOPE, unidad de élite que hacía limpieza social (y étnica) en las favelas de Río.

La actuación abierta del capitán en contra de los derechos humanos fue recibida con entusiasmo por una parte del público carioca, que convirtió la pieza en la más vista de la historia en ese país. Una multitud de habitantes de las favelas celebraron al héroe que asesinaba, por encima de la ley, a sus propios “vecinos”.

Padilha —también documentalista— negó la acusación sobre su película como “fascista”: “Hay que ser muy ignorante para decir que la película es fascista. Los que dicen eso no saben lo que es el fascismo. El fascismo es un partido político organizado con una agenda política para todo el país, que intenta controlar el Estado, los medios de comunicación y el sistema educativo. Los del BOPE no tienen ningún interés político ni son regidos por una agenda política. Esa declaración no tiene ningún sentido, es pura estupidez decir eso”.

En Brasil ahora ha ganado las elecciones un ex capitán que luce parecidos con el capitán Nascimento. Celebra la tortura, añora la dictadura, pero tiene un partido, apoyo social, agenda política y control del gobierno. Seguir leyendo “La raza no existe, pero el racismo sí”

“Esto es música cubana y te la voy a entregar viva, ¡viva!”

Erik Alejandro, Cimafunk. Foto: Denise Guerra.

Erik Alejandro, Cimafunk. Foto: Denise Guerra.

Por Julio César Guanche

El Cima

Mis viejos amigos me llaman El manta. Son los amigos de cuando empecé en la trova, y mis socios del Pre, cuando hice algo de reggaetón. Yo daba mucha muela. Envolvía a los profesores para no hacer lo que había que hacer. Por eso me gané ese sobrenombre. Pero ahora soy Cimafunk.[1] O el Cima. O Erick, algunas veces.

Tengo un bolero preferido. Es “Debí llorar”, interpretado por Freddy[2]. Me cuadra mucho, mucho. No veo ningún deporte, aunque sí inflé haciéndome el deportista. Practiqué atletismo, lucha greco y boxeo. Mi madre me dijo que primero tenía que estudiar y después que hiciera lo que yo quisiese.

Es verdad lo que dice la canción “La sandunguita”,[3] “si te da no se te quita”, pero advierto: hay que ver qué sandunga le dio quién a quién. Yo estudié un par de años la carrera de Medicina, y la dejé por la Música.

Yo le canto a la felicidad. A un estado mental feliz, en el cual la gente pueda disfrutar de mi música. Y oírla haciendo lo que sea. Lo que cada quien decida hacer con mi música es un problema de cada quien. Si está bailando, o si está cocinando. Mi intención es que la gente se sienta bien, que goce.

Le tengo miedo a cualquier cosa que no sea hacer lo que me gusta y me impida tomarme el tiempo que me lleva hacer lo que me gusta. Yo he hecho un montón de cosas para comer y para vivir. No me refiero solo a la música, sino a trabajos manuales. No mataría a nadie para quitarle un pan. Siempre hay variantes para hacer las cosas. Seguir leyendo ““Esto es música cubana y te la voy a entregar viva, ¡viva!””

¿Iguales de qué? La Carta Magna, el racismo y la no discriminación

Foto: Kaloian

 

Por Julio César Guanche

 

El Anteproyecto de nueva Constitución que hoy se debate en Cuba a nivel popular, amplía la formulación legal del principio de igualdad. Este es un hecho de gran importancia.

El texto de 1976 proscribió la discriminación por motivo de raza, color, sexo u origen nacional. La reforma de 1992 prohibió además discriminar por creencias religiosas o “por cualquier otra razón lesiva a la dignidad humana”.

El nuevo proyecto recoge las anteriores y agrega “la no discriminación por géne­ro, identidad de género, orientación sexual, origen étnico y discapacidad.”

En este artículo comentaré solo un tema relacionado con la igualdad: discriminación racial. La razón es la siguiente: la forma de interpretar una discriminación, y de imaginar sus soluciones, ofrece luz sobre las causas y remedios de otras discriminaciones.

Existen varias estrategias para oponerse al racismo, pero quizás la primera de ellas sea reconocer su existencia e identificar sus mecanismos de reproducción.

En Cuba existen señales contradictorias sobre el tema.

La Revolución de 1959 combatió a fondo el racismo estructural e institucional. Sus principales líderes han tenido el antirracismo como tema recurrente. En su proceso proscribió la segregación, la discriminación y logró movilidad social, aumento de estándares de vida y acceso universal a bienes y servicios. Sin distinciones, los no blancos fueron beneficiados. Un activista negro lo ha dicho de este modo: “Fue entonces que para mí la Revolución cobró un sentido”.

No obstante, dos enfoques conflictivos han estado presentes en el discurso oficial. Seguir leyendo “¿Iguales de qué? La Carta Magna, el racismo y la no discriminación”

La fuerza de Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia

 

Por Julio César Guanche

Alejo Carpentier escribió que toda la historia de Cuba está contenida en sus canciones políticas. Se pueden “leer” esas canciones, a la vez, como antropología cultural de la nación, como crónica política de eventos y como historia social de sus procesos. En ellas, aparece el pueblo cubano como centro espectacular de atención, productor de discursos complejos, expresivos de infinitas prácticas contradictorias, capaz de politizar su choteo, su dolor y sus demandas; y de marcar, en grados variables, no solo la formación genérica de la “cultura nacional” —muchas veces presentada de modo despolitizado, como especie de “alma alada” de la nación—, sino, específicamente, el curso y los desenlaces políticos de los procesos reales en los cuales ese pueblo ha estado implicado. Sin embargo, en una gran masa de análisis historiográfico, que repite cronologías de hechos y biografías de líderes, el pueblo cubano permanece desconocido, sepultado una y otra vez por los discursos que lo invisibilizan, aun pretendiendo “defenderlo” o, incluso, “hablar en su nombre”.

No es el caso de Fernando Martínez Heredia (1939-2017). Formado en el auge y esplendor del marxismo de los 1960, ya sabía que la historia exclusivamente “política” es un “ídolo” a derrotar, conoció y empleó los avances de esa hora de la historia social y “desde abajo”, y fue parte de la recuperación latinoamericana del marxismo heterodoxo, en su caso señaladamente del aporte de Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía.

Ese marco lo situó en una posición ventajosa para comprender las múltiples dimensiones sociales de la política, para visibilizar al pueblo, y para hacer algo tan importante como difícil de entender: identificar cómo gana y cómo pierde la “gente común” dentro de un proceso determinado, y cómo sus demandas son incorporadas, sea en forma beligerante o mediatizada, en las posteridades de tales procesos, por ejemplo, en las formas institucionales que fija y en los cambios culturales duraderos que produce. Desde este código de lectura, Martínez Heredia propinó un golpe significativo a décadas de discursos y “análisis” sobre la “pseudorrepública” cubana, cuando expresó: la república burguesa cubana de 1901 “fue un resultado posrevolucionario, no contrarrevolucionario”(Martínez Heredia 2000), con lo que ello significa para el análisis social.

Es preciso subrayarlo dada la seducción —naíf— ejercida por un juicio que escamotea a su obra su soporte teórico: como Martínez Heredia era “humilde” —y lo era de un modo en el que he conocido a muy pocas personas—, y era “muy revolucionario”, su enfoque se desprendería de su carácter y de sus compromisos. Sin embargo, no basta con querer hacer algo, es necesario saber, poder y atreverse a hacerlo. Seguir leyendo “La fuerza de Fernando Martínez Heredia”

  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX


el-triunfo-23-de-abril-de-1910

Por Julio César Guanche

La divisa “libertad, igualdad y  fraternidad” se toma habitualmente como “la” consigna de la Revolución francesa. Sin embargo, es menos conocido que el tercer concepto de esa tríada apareció en el curso de dicha revolución, a impulso de los sectores que radicalizaron su contenido popular. Por ejemplo, tómese en cuenta que la “fraternidad” no aparece en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que establecía: “La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.”

La fraternidad se “sumó” a la tríada revolucionaria un día y en un lugar determinados. Fue el 18 de diciembre de 1790 en la Sociedad de los Amigos de la Constitución. Maximilien Robespierre, criticando la distinción entre ciudadanos activos y pasivos (hecho que otorgaba acceso exclusivo a los primeros a la guardia nacional, y con ello, a derechos políticos) exclamó: “es imposible que la guardia nacional se transforme por sí misma en peligrosa para la libertad, dado que es contradictorio que la nación quiera oprimirse a sí misma. Ved como por todas partes, en lugar del espíritu de dominación o de servidumbre, nacen los sentimientos de la igualdad, de la fraternidad, de la confianza, y todas las virtudes dulces y generosas a las que necesariamente darán la vida.” (Robespierre 2005, 54) Esa es la partida de nacimiento de la fraternidad revolucionaria, junto a la libertad y la igualdad.

Como concepto no era una invención, la novedad radicaría en su uso. El cristianismo había concebido la fraternidad como virtud “moral”, que la hacía compatible con desigualdades sociales, económicas y jurídicas. En ese pensamiento, se trataba, primero, de una “hermandad cristiana en la fe”, y, luego, de una fraternidad de todos los seres humanos por compartir filiación con un mismo padre divino. Dicha fraternidad no cuestionaba las relaciones políticas entre individuos: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Puyol 2017, 27)

El cambio que trajo el uso de la fraternidad por parte de la Revolución francesa fue su connotación política: a partir de entonces, inserta en esa tríada, se entendería como la reciprocidad en la libertad: el proyecto revolucionario de abolir todo privilegio existente en el ámbito privado/doméstico; y de disolver, sometiéndolas a la ley civil —a una ley que fuese igual para todos— todas las zonas sociales de vigencia de cualquier despotismo “privado” patriarcal y/opatrimonial (Doménech 2004).

Son palabras complejas, pero las han entendido actores revolucionarios que en diversas épocas las hicieron suyas. Las entendieron los esclavizados del espacio afromericano que encontraron en la fraternidad lo que en la palabra “libertad”: si “para unos significaba libertad política, el libre comercio o la libertad de imprenta, y la posibilidad de crear ´la nación´ y el ´estado´, para otra buena parte de la población americana significaba nada más y nada menos que dejar de ser esclavos para ser libres: el fin de la esclavitud”. (Marchena Fernández, Juan 2003, 57)

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Usos revolucionarios de la fraternidad, por parte del movimiento abolicionista, reclamando el fin de la esclavitud.

 

En esas fechas, las entendió en Cuba Antonio Maceo, que formaba parte “y no despreciable, de esta República democrática, que ha sentado como base principal, la libertad, la igualdad y la fraternidad y que no reconoce jerarquías.” (Maceo Grajales 1936, 5) La entendieron por igual los negros cubanos alzados en Cuba en 1912 contra la exclusión social y racial del orden republicano: “La clasificación de patricios y de plebeyos que arranca de la antigua Roma en que se encarna más luego el espíritu feudal de los tiempos medioevales y por último afianza la absurda institución de la monarquía hereditaria, no fue abatida sino cuando, por entre la humareda de la Bastilla derruida, asomó su faz resplandeciente la democracia, enarbolando la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres”. Con ello, en palabras de Serafín Portuondo Linares, el Partido Independiente de Color (PIC) enfocaba con gran “agudeza de juicio” (…) “la realidad que confrontaban los principios democráticos adulterados universalmente”(Portuondo Linares 1950, 186).

Ahora bien, este texto no hace una crónica de los usos de la fraternidad tras la Revolución francesa, ni discute sus significados para la filosofía política actual. Tiene un objetivo mucho más limitado y preciso: interpretar las funciones de la metáfora de la fraternidad en la Cuba de las cuatro primeras décadas del siglo XX, cuestionar las exclusiones cometidas en su nombre por la república creada en 1902, y mostrar, en contraste, cómo sectores revolucionarios/progresistas la hicieron suya en tanto ideal potenciador de la igualdad hacia el horizonte de una república verdaderamente democrática. Seguir leyendo ”  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX”