El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)

 

Por Julio César Guanche

(Retomo esta entrevista, en homenaje a Fernando Martinez Heredia, fallecido en la madrugada de hoy, 12 de junio de 2017. Maestro, compañero y hermano.)

Sin salir aún de su primera juventud, Fernando Martínez Heredia estuvo en el centro de dos de los empeños más importantes en el ámbito del pensamiento social de la década del sesenta en Cuba: fue director, entre 1966 y 1969, del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de su revista, Pensamiento Crítico, desde su creación en 1967 y hasta su cierre en 1971.

Esa juventud ha sido de una profunda terquedad: las ideas que estaban en la base de aquellos empeños han sido la inspiración de Martínez Heredia hasta hoy, momento en que se le ha conferido el Premio Nacional de Ciencias Sociales, por sus aportes a la historia, a la politología y al pensamiento revolucionario en Cuba.

De hecho, la perspectiva descolonizadora y latinoamericana, que se hizo entonces abiertamente hostil hacia el «doctrinalismo marxista» proveniente de la URSS, enfoque que recorre por completo aquella obra, conserva mucho de su pertinencia en varios planos del presente y del futuro cubano y latinoamericano.

En esta entrevista, Martínez Heredia se aleja de los ditirambos y se ocupa en plantear problemas, única forma en que, según ha insistido él por décadas, puede operar con éxito el pensamiento revolucionario.

 

¿Cómo definiría usted el estado del pensamiento social en Cuba al momento de la creación del Departamento de Filosofía y, luego, de la revista Pensamiento Crítico? Seguir leyendo “El poder debe estar siempre al servicio del proyecto. (Entrevista con Fernando Martínez Heredia)”

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Liborio y José Rosario

Liborio La lucha, 12 de junio 1912

Este artículo lo escribió Julián V. Serra en 1909. El texto —hasta donde sé, muy poco conocido— elabora un relato nacional sobre el blanco y el negro cubanos, sus “características”, sus historias y sus aportes respectivos a la construcción de la nación. Es un relato, como todos, interesado. Lo publicó Previsión, órgano del Partido Independiente de Color. El texto opone, y relaciona, el personaje conceptual de Liborio, creado por Ricardo de la Torrriente en 1900 (antes que Liborio, el personaje apareció con el nombre de “El Pueblo”), con el personaje de “José Rosario” (en una de las imágenes, José Rosario aparece a la derecha, “aguantado” por Liborio, desconozco si existen más representaciones gráficas de este personaje). El texto fue escrito en el contexto de la criminalización del Partido Independiente de Color, fundado en 1908, ilegalizado en 1910 y masacrado en 1912.

Liborio y José Rosario

Por Julián Serra

Alguien ha tenido la peregrina idea de personificar al pueblo cubano humano en la típica figura del campesino blanco de este país; pero el curioso que se fije bien en esta premeditada ocurrencia ha de convenir en que carece de un detalle digno de ser tomado en consideración; y es que el tal Liborio es blanco, o parece serlo, y no se explica que siendo el pueblo cubano uno de los más heterogéneos del mundo, pueda estar bien personificado en la típica figura de este humilde ciudadano que por su tipo, no representa nada más que a una de las dos entidades étnicas que forman el total de la población cubana.

(En su lugar, el autor propone) la no menos interesante figura de José Rosario, el cual tenemos el alto honor de presentar como cubano criollo también.

(…)

Liborio es un hombre de mediana estatura, delgado, con una cabellera algo rizada, de color entre blanco y cobrizo, que justifica ser oriundo de los primeros colonizadores, que unidos a las únicas mugeres que encontraron contribuyeron al aumento de la población en aquella época.

El Pueblo-Liborio

Viste siempre el traje de bracero y campesino, usa larga patillas, que le dan aspecto de isleño canario, es de constitución física débil, de costumbres modestas y sencillas pero demasiado ambicioso y bastante lleno de vanidad.

Aunque nació en el campo pudo recibir alguna instrucción razón por lo que más que como machetero siempre ganó el sustento como empleado secundario en las fincas donde por lo general desempeñaba el cargo de mayoral en las dotaciones.

(…)

Pasemos a conocer a José Rosario: José Rosario, nombres del padre y de la madre que usa como un recuerdo a sus progenitores este cubano, es un hombre negro como el ébano, joven, de regular estatura, constitución física demasiado fuerte, con una dentadura en extremo blanca que sólo deja ver cuando se ríe a medias, de un carácter enérgico y un valor rayano en la temeridad, con poca instrucción pero con muy buen sentido práctico, de costumbres en extremo sencillas y sin pretensión alguna.

Liborio y José Rosario

Viste pantalón y camisa de listado con las faldas metidas dentro del pantalón, pelado a rape y afeitado completamente, zapato de baqueta, sombrero de Yarey y no deja de traer el yaguarama al cinto nunca; pues con ese contundente instrumento ha ganado todo cuanto posee; y como es buen ginete, casi siempre usa polainas.

Estos dos cubanos que siempre venían trabajando en la misma finca (aunque desempeñando distintas funciones) llegaron a comprender que los malos tratamientos y falta de consideración de que eran objeto por parte del administrador, sólo era debido a su cualidad de hijos del país, condición que como si fuese un delito siempre les echaba en cara.

El dueño de la finca donde trabajaban se llamaba don Valeriano, de instinto feroz y sanguinario y enemigo gratuito de todo lo que con Cuba pudiera relacionarse.

José Rosario sufría en silencio las consecuencias de aquella situación, y no se decidía a tomar ninguna resolución temeroso de pasar algo parecido a lo que le pasó a un pariente suyo llamado “Aponte” por haber tomado la iniciativa en un caso análogo, no así a Liborio que por su empleo de mayoral se comunicaba más con don Valeriano que siempre lo trataba con demasiado desdén.

Liborio herido en su amor propio deseaba vengarse de don Valeriano, pero le tenía un miedo atroz; y una noche se acordó de José y dijo: este negro es fuerte, joven y guapo y supongo que tendrá también deseos de cambiar de situación por más que nunca dice a ese respecto, lo que me induce a suponer que si acepta, y realizamos la empresa; no ha de ser muy exigente en lo tocante a su recompensa; y caso de que lo fuese, ya veríamos la manera de contentarlo con algo, que al cabo sería poca cosa y así pensando resolvió hablarle del asunto a José.

Al siguiente día en el trabajo y contra su costumbre Liborio se acercó a José y le dijo: cuando se acabe la fagina, tengo que decirte una cosa que te interesa. Te espero detrás de la enfermería. José Rosario, por más que extrañó aquella cita, acudió con ansiedad y cuando estuvieron juntos, José, pensativo dijo; ya estoy aquí, de qué se trata.

Te he llamado, dijo Liborio, porque supongo que tú desearás mejorar tu situación; pues no has notado como está don Valeriano, cada día más absurdo, y como creo que hay modo de salir de él, quiero tratarse de eso, ¿qué te parece? ¿Qué hay que hacer? Dijo José Rosario fijando la vista en su compañero. Liborio se acercó, y poniéndole la mano en el hombro, le preguntó en voz baja: ¿tú eres buen cubano? A mí no se me pregunta eso, dijo José Rosario. Tú sabes, dijo Liborio, que hay cosas que no se pueden hablar con todo el mundo por… Y tú sabes, dijo José Rosario interrumpiéndolo, que yo soy diferente a todo el mundo y por eso te vuelvo a preguntar: ¿qué hay que hacer? Liborio se acercó más a José y en voz baja le dijo al oído:

-La independencia de nuestra patria.

José miró a los dos lados y satisfecho de no ser oído más que de Liborio, dijo: cómo, ¿tú también piensas en eso? Sí, dijo Liborio; pero… Yo solo no me atrevo y quiero saber si tú estás dispuesto a ser mi compañero. José Rosario se rascó la cabeza como queriendo recordar algo y se quedó pensativo. ¿Qué te pasa? dijo Liborio..

Ahora me recordastes tú, dijo Rosario, lo que le hicieron a Juan Pascual y a Pío el año 44, y por eso… Pero yo no tuve la culpa, contestó Liborio algo turbado, eso lo hizo don Leopoldo que era lo mismo que don Valeriano. Si; los dos son malos, dijo José, pero lo mismo con don Leopoldo que con don Valeriano, tu siempre ha sido mayoral, mientras ellos te tratan bien, no te acuerdas de la dotación, y cuando te hacen algo eres el primero en gritar.

(…)

Cuerazo que guanta congo, sambiampungo va contando -dijo José Rosario. Eso decía un viejo talanquero y no se me olvida tampoco: pero si eso es verdad, los cuerazos que se dieron el año cuarenta y cuatro, deben estar apuntados en alguna libreta, ¿no lo crees Liborio? Precisamente por eso es necesario unirnos para averiguar quién tuvo la culpa de esa desgracia, dijo Liborio.

¿Hó? -Dijo José Rosario dejando ver parte de su blanca dentadura y oprimiendo el cabo de su machete, cada vez que recuerdo que lo juró mi primo Plácido sobre la tierra endurecida, no se ha cumplido por ninguno de nosotros dos, quisiera tener los recursos que tienes para cumplirlo yo solo. Liborio asombrado de la rápida resolución de aquel hombre, le dijo: ¿has pensado en lo peligroso de esa empresa, José? Con que tú me convidas para estar pensando en el peligro que corremos; ahora, te pregunto yo a ti. ¿Tú eres buen cubano? dijo José Rosario y fijó la vista en Liborio.

-Pero no soy fuerte como tú, contestó Liborio aflijido.

No importa, dijo José Rosario; lucharemos juntos y tomaré la parte más difícil para mí como más fuerte. Ve tranquilo y cuando llegue la hora me vuelves a poner la mano en el hombro, pero eso sí, con una sola condición.

¿Cuál? dijo Liborio con ansiedad.

Que el primero de los dos que trate de hacer traición debe morir a manos del otro, dijo José Rosario. ¿Aceptas? Y figuró en su compañero una mirada tal, que aquél, comprendiendo lo que aquella pregunta significaba, miró con asombro a su fe y algo pálido y vacilante, contó: Acepto.

Desde aquel día y aquella hora, quedó firmado un pacto de honor entre aquellos dos cubanos que tomando sólo a Dios por testigo, juraban romper las cadenas que los envilecían y degradaba ante los hombres libres.

Julián V. Serra

(Existe un segundo artículo, continuación de este)

La revolución cubana del 30. Ensayos

 

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Descargue aquí La revolución cubana del 30. Ensayos, de Fernando Martínez Heredia, publicado en formato de Libros Libres por Ruth Casa Editorial, quien autorizó su reproducción en La Cosa.

Ver aquí otros libros publicados por Ruth Casa editorial en formato de Libros Libres (descargas en pdf).

Cuba se convirtió en una nación cuando sumó, a la lenta acumulación de rasgos culturales que van tornando específico a un pueblo en un lugar determinado del mundo, sus revoluciones del último tercio del siglo XIX. Ellas le dieron un significado particular a la emancipación de la gran masa de esclavos negros y al proceso que acabó con el régimen colonial, posibilitaron que fuera orgánica la composición de la población de Cuba y la integración de sus regiones físicas, proveyeron una gesta nacional con su historia propia, sus fastos, dolores, símbolos y emociones compartidos. Esas dos revoluciones crearon al pueblo cubano como comunidad autoidentificada e irreductible a cualquier otra del planeta, hicieron que la política fuera la forma de conciencia social más característica del pueblo de la Isla y que ella exigiera la creación de una nación Estado republicana, con instituciones y usos democráticos. Por esas revoluciones, el nacionalismo en Cuba ha tenido un contenido popular y de ideas radicales, que ha impedido a los que dominan disponer de él libremente como instrumento de hegemonía. La inmensa herencia de esas revoluciones sigue teniendo un gran peso en el mundo espiritual y político cubano.” Fernando Martìnez Heredia

 

Contiene los siguientes textos:

Los dilemas de Mella

Guiteras y el socialismo cubano

Roa, Bufa… y el marxismo subversivo

Pablo y su época

Villena: El héroe romántico de la revolución proletaria

 

La “nueva Cuba”: el capital simbólico de la revolución

diferencias encontradas

Por Julio César Guanche

La legitimidad de una revolución se asocia a  la promesa de un origen, a un nuevo nacimiento. Promete el advenimiento de una nueva vida. La promesa de la vida futura adquiere los matices de una religión secular: convoca a la fraternidad, al “compañerismo” para conseguirla. Así, la proclamación de una “nueva Cuba” está en el centro de las promesas políticas revolucionarias en la historia de la Isla, con los términos propios de su universo: renovación, refundación, mañana, “ahora sí”.

Problemas de la nueva Cuba se titula el estudio que realizó la Foreing Policy Association (1934) sobre el escenario cubano, dirigido a contrarrestar los efectos de la Revolución de 1930 a través de una plataforma reformista. “Joven Cuba” fue la organización fundada por Antonio Guiteras para luchar por lo contrario: la revolución social. Uno de los manifiestos (1934) del ABC, una de las organizaciones políticas antimachadistas confluyentes en la Revolución de 1930, se titula: “Hacia la Cuba nueva”. En esa historicidad, Cuba no acaba jamás de ser nueva.

La valoración de dicha “novedad” se observa en todos los discursos. Las oficinas cubanas en 1959 colgaron letreros en sus puertas que exigían: “Sea breve, hemos perdido cincuenta años”. Se aprecia por igual en las disputas: una investigación de 1700 páginas publicada por la Universidad de Miami (1963) le negó cualquier adjetivo a la nueva realidad cubana: fue titulada a secas Un estudio sobre Cuba.

En los 1950, la nueva Cuba necesitaba libertad económica y justicia social y un régimen libre de trabas con naciones extranjeras y libre de apetitos de políticos y personajes propios. Ese programa era expuesto por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de Rafael García Bárcena, con estas palabras: (El MNR) “se enfrenta en lo económico al comunismo, y se dirige a superar el capitalismo. Se opone, en lo social, a las exclusiones sociales o clasistas y a toda forma de totalitarismo” y concretaba su pensamiento doctrinal en: “Nacionalismo, Democracia, Socialismo”.

Sobre esos pilares, la libertad política (democracia), la justicia social (socialismo) y la recuperación de los bienes del país (nacionalismo), todo ello también bajo las influencias de la Revolución mexicana, la república española y el new deal, se asentaba la cultura política cubana de los años 50.

Ese campo aportó entonces un cambio radical al programa tradicional que aseguraba que “sin azúcar no hay país”. La nueva Cuba repudiaba ser un “presidio de cañas amargas”. El líder sindical comunista Jesús Menéndez afirmó: “sin obreros no hay azúcar”, o sea, sin obreros no hay país. El MR-26-7 radicalizó esa trayectoria: llamó a quemar más caña en medio de la insurrección. En ello, enarboló una consigna más generosa: “Sin libertad no hay país”.

En tal horizonte, las soluciones nacionales se situarían en el camino de los proyectos colectivos. De esa evolución no escapaba la percepción sobre el papel que los Estados Unidos habrían de jugar ante un triunfo revolucionario.

El golpe de estado de 1952 sepultó el gran triunfo del espacio posrevolucionario: la Constitución de 1940. Con los años, el contenido antidictatorial de la cultura política cubana de los años 40 y 50 —la cara “política” de su otra vocación democrática, la  democrático social— se ha difuminado. La explicación de la Revolución según la cual su origen se encuentra en “causas económicas”, impide recordar cómo se localiza también en contenidos específicamente políticos.

Muchos jóvenes, entre ellos Fidel Castro, fueron a Cayo Confites (1947) para combatir contra Trujillo. José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez y Juan Pedro Carbó Serviá, entre otros líderes estudiantiles, integraron una expedición a Costa Rica (1955) para defender el régimen constitucional de José Figueres. Dentro de Cuba, se contaba con la memoria del “aceite de ricino” y del “palmacristi” —provistos por Machado, y por Batista en su primera era— y se sabían los motivos de sus convicciones: amasar fortunas individuales, entregar el país a la embajada norteamericana y soltar las manos a la oligarquía cubana.

La preocupación no se reducía al pasado cubano, sino a la realidad de América Latina. «No es de ahora, ciertamente, la crisis del régimen democrático en nuestra América —decía Raúl Roa—. Su razón última hay que buscarla en las supervivencias de la estructura colonial, en la concentración de la propiedad rural, en el desarrollo económico dependiente, en el predominio político de las oligarquías, en la concepción patrimonial de la administración pública, en el avaro atesoramiento de la cultura, en la pugna interimperialista por el control de materias primas esenciales y en la etapa de tránsito social que atraviesa el mundo.”

Fidel Castro, al denunciar la venta de armas por los Estados Unidos a Somoza y a Trujillo, y de estos a su vez a Batista, afirmó en la época: “Si los dictadores se ayudan entre sí, ¿por qué los pueblos no han de darse las manos? […] ¿No se comprende que en Cuba se está librando una batalla por el ideal democrático de nuestro continente?”.

El programa de la nueva Cuba de 1959 alcanzó un consenso extraordinario al ser capaz de fusionar demandas diversas: “pan con libertad y pan sin terror”. Mostró el hambre como el resultado de la injusticia, y no de la ignorancia del trabajador, y la libertad como conquista popular. Expropió así el concepto de “revolución” del campo de la “politiquería” y restituyó su sentido. El capital simbólico de la revolución se materializó sobre la tierra firme de la justicia: haría justicia histórica al pueblo de Cuba contra los desmanes de la dictadura, y proveería la justicia del futuro con el reordenamiento de la estructura política y económica del país. En resumen, prometía una nueva Cuba.

 http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item/la-nueva-cuba-capital-simbolica-de-la-revolucion.html

La Constitución de 1940 (I)

1940

Por Julio Cesar Guanche

Entre 1930 y 1933 Cuba experimentó una revolución cuyas demandas pusieron bajo asedio al Estado oligárquico estructurado en 1902, año de la fundación republicana.

Varios factores estructurales contribuyeron a ese asedio. Cambió el perfil de la fuerza laboral, tras el fin de la corriente inmigratoria de 1780-1930. La economía perdió la tendencia al crecimiento de la exportación de azúcar. El derrumbe del mercado norteamericano, con la gran depresión, produjo una grave crisis de desempleo.

La situación confluyó con la presión política de las masas. El movimiento obrero adquirió fuerza y organización. Un amplio campo social exigió modernizar la escuela. La prensa y la radio ganaron penetración al interior de la sociedad cubana.

En el proceso, el Estado se hizo más dependiente de la participación del ciudadano común—que contaba ahora con voto femenino, sistema de partidos, canales de representación funcional y una esfera pública ampliada—. La captación de nuevas lealtades ciudadanas sería reciprocada por la promesa del Estado de convertirse enun patrimonio común de la sociedad.

La Constitución de 1940 es la síntesis mayor de tal intención.

Cuba tomaba opción entre las ideologías que disputaban entonces el curso de la historia: el republicanismo social y el socialismo democrático; el marxismo-leninismo soviético y el fascismo. Para ese momento, el liberalismo del siglo XIX, cimentado sobre el individualismo, el abstencionismo estatal y el despliegue ilimitado de la propiedad privada, no era una ideología que pudiese intervenir con mayor éxito en los debates cubanos. Entre sus cargos estaba, en Cuba como en América latina, la justificación de la república oligárquica y la enorme devastación social desplegada tras1929.

En 1940 los asambleístas cubanos recelaban de aquel liberalismo. Entre ellos, no solo se encontraban comunistas como Blas Roca o Salvador García Agüero, sino también delegados del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), como Eduardo Chibás y Carlos Prío; o del ABC, como Joaquín Martínez Sáenz y Jorge Mañach.

Estas posiciones, diferentes en otros aspectos, compartían la inspiración keynesiana de hacer intervenir al Estado en la economía. Con ella, buscaban evitar el desajuste entre oferta y demanda;  regularla producción y elcomercio, para controlar lascrisis de superproducción; y fomentar el gasto público y el empleo, comprometidas tanto con el crecimiento del mercado interno como con políticas redistributivas.

La opción cubana por el republicanismo social se hizoexplícita en la Constitución. Sutexto consagró el principio de intervención gubernativa en la economía, declaró el subsuelo como propiedad estatal, estableció la jornada de trabajo máxima de cuarenta y cuatro horas semanales, las vacaciones retribuidas, la licencia por maternidad, las pensiones y seguros, la protección al pequeño propietario rural, la proscripción del latifundio y la restricción de la posesión de tierras por extranjeros, la igualdad en el salario sin distinciones de género —ni de estado civil en el caso de las mujeres.  Asimismo, prohibiódisolver sindicatos sin sentencia firme de la autoridad judicial y estableció el derecho a la libre sindicalización. Seguir leyendo “La Constitución de 1940 (I)”

La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)

cuba

Por Julio César Guanche

Haroldo Dilla me ha hecho el honor de replicar, en “Los íconos difusos”, un artículo en el que cuestiono algunos de sus comentarios.

No me he referido a los miedos que despierte ser acusado de “difuso”, ni a cuál sería la respuesta heroica ante ello. Sostener una posición política democrática debe ser un derecho ante el cual la heroicidad sea superflua y el miedo inconcebible —como defiendo, ya que estamos, abolir todas las fuerzas antidisturbios y liberar a todos los presos por razones políticas de este mundo—. Pero sigo pensando que su posición regatea la legitimidad de posturas políticas diferentes.

Nunca he aceptado desacreditar una postura intelectual por las descalificaciones que se dirijan a la persona de su proponente. Dilla hizo esto en su primer texto, cuando aseguró que todas las opciones de Alfredo Guevara se orientaban a su “uso y beneficio” como “mandarín y gay oficial”, “suerte de florero”. Ahora dice que soy yo el que lleva a ese punto la discusión. Pero lo dejaré de lado, pues dice cosas de mayor importancia que mis reales o supuestos yerros polémicos.

Las biografías son algo más importante que los intercambios de “chismes” privados. Ya que Dilla entra en detalles biográficos, lo haré para explicarme.

Para entender la vida política de Mañach, por ejemplo, es necesario ser preciso en su biografía. Es oportuno saber que prologó la primera edición en forma de libro (1954) de La historia me absolverá. Es importante conocer que  Mañach, “no se fue” de Cuba, sino que, según él mismo, no le dejaban alternativa, cuando lo retiraron del claustro universitario, y le privaron de sus fuentes de empleo en los medios de prensa.

También es necesario notar que se opuso a la dictadura de Batista, y que, por sus convicciones, liberal republicanas, no podía compartir el curso comunista, que según entendía, tomaba el curso revolucionario desde fecha temprana. Es bueno saber que llegó muy enfermo a Puerto Rico, que esto ha habilitado reinterpretar el “apoyo explícito” que, se ha dicho, prestó a la invasión de Girón (1961), o conocer que no autorizó en vida la publicación de Teoría de la frontera, queeran notas de curso sobre un tema que nunca antes había trabajado.

Tampoco es redundante la interpretación de sus inserciones políticas. Es necesaria la interpretación del ABC, entendida tradicionalmente como “facistoide”, cuando fue el primer movimiento moderno de una derecha de masas en Cuba. Es una simpleza calificarlo de “fascista”, como si todas las derechas lo fuesen sin más.

Es importante comprender el contexto de enunciación de las ideas: no es lo mismo defender la democracia bajo un sistema liberal oligárquico que defenderla bajo un formato liberal social, que con sufragio universal o sin él. Habrá quien piense que la democracia es “una sola” —como dicen los estalinistas que “hay un solo marxismo”—, pero es un error, que Dilla no comete, aunque no considera sus diversas implicaciones.

La biografía, la  interpretación de las opciones políticas y de los contextos de enunciación de las ideas son aspectos cruciales para comprender una tradición y sus “recuperaciones” posibles. Es lo que he intentado hacer con Roa, y he visto utilidad en hacerlo para el presente, como es útil para la interpretación del pasado, hecho que también es relevante. Desde ahí busco interpretar los legados de intelectuales políticos, como Mañach o Alfredo Guevara, aspirando a hacer algo más que asignar calificaciones de quién es más importante, o más intelectual que el otro. Dilla, aunque en su segundo texto es mucho más analítico que en su primer alegato, simplifica este tema.

Dilla establece que los problemas que yo señalo como propios de la relación entre el socialismo y la democracia, son más bien atinentes a la relación liberalismo-democracia: “los problemas de la libertad del individuo ante el estado/comunidad”. Seguir leyendo “La necesidad de abrir caminos (Dúplica a Haroldo Dilla)”

El DR 13 de marzo: un ejército de la libertad (I)

DR

Por Julio César Guanche

El 29 de agosto de 1956 José Antonio Echeverría y Fidel Castro suscribieron en la capital azteca la llamada «Carta de México». Por vez primera en la historia cubana el presidente de una organización estudiantil, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), suscribía un pacto con el líder de una agrupación política, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7), para poner fin por las armas al régimen imperante en el país.

La declaración certificaba ya no la ineficacia de las soluciones legales para resolver la «crisis cubana» sino el propio carácter «infame» de tales remedios. Constituía una declaración explícita de combate contra las dictaduras, de unidad en los propósitos revolucionarios y sobre la necesidad de triunfar libre de compromisos electoralistas con el ancien régime.

En el contexto de la lucha insurreccional cubana, la firma de la «Carta de México» plantearía, particularmente para la FEU y el Directorio Revolucionario (DR) —órgano surgido en relación con aquella—, cuestiones trascendentales que marcaron no solo el devenir de ambas organizaciones durante la gesta insurreccional, sino su futuro una vez alcanzada la victoria revolucionaria y que, para más, contribuirían de modo decisivo a definir el propio perfil del liderazgo revolucionario.

Entre esas cuestiones que estaban, fuese en la base o en las derivaciones que traería la Carta de México, se encuentra la determinación del papel de la FEU en la insurrección, el perfil político del Directorio Revolucionario, la táctica a seguir en la lucha revolucionaria,  la necesidad de la unidad revolucionaria a solo dos décadas del fracaso de la Revolución de 1930, con la vigencia latiente de las secuelas de su frustración y con la mayor parte de sus protagonistas vivos, y así la definición de los contenidos de los consensos y de los disensos en la búsqueda de tal unidad, y el signo que tendrían las relaciones entre la FEU, el DR y el MR 26-7 después del triunfo revolucionario. Seguir leyendo “El DR 13 de marzo: un ejército de la libertad (I)”

Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)

RoaPor Julio César Guanche

No son muy numerosos los autores que han reivindicado, en Cuba, a Raúl Roa (1907-1982) como marxista en el período previo a 1959. Generalmente, los ungidos con ese término son los que militaron en las filas del primer Partido Comunista de Cuba, como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, o, después, como Juan Marinello o Carlos Rafael Rodríguez.

Sin embargo, esa identificación entre marxistas y militantes de ese partido ignora la presencia de una izquierda marxista —no partidaria— que cuenta con Raúl Roa, pero también con Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló Gomila, Leonardo Fernández Sánchez y Aureliano Sánchez Arango entre sus integrantes. El saber de Roa provenía de una lectura abierta de la historia de las doctrinas sociales. La regimentación de las fuentes del marxismo soviético —que calificaba a todo lo que estuviese fuera de sus márgenes como «filosofías burguesas»— es contraria al tipo de erudición y, sobre todo, de enfoque ante la cultura que representa Roa. Si este admiraba el magisterio de José Ingenieros, «hombre excelso», y celebraba la profundidad de su análisis sobre el imperialismo en Nuestra América y veía en Benedetto Croce «un filósofo de la libertad (que) por ella padeció y pugnó con el coraje de Sócrates y el denuedo de Spinoza», también celebraba el papel desempeñado por los anarquistas en defensa de la República española. En Roa aparece la complejidad de la formación histórica de una sociedad colonial. En defensa del principio de la autodeterminación nacional, asocia la nacionalización del canal de Suez, realizada por Gamal Abdel Nasser, con las nacionalizaciones del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas. El principio de la autodeterminación resulta así la «garantía misma de la integridad y desarrollo de los pueblos débiles». Roa denunciaba las posiciones tanto de las potencias occidentales como de la Unión Soviética en torno a la causa egipcia. Con todo, está lejos de considerar a la «estructura económica» como la fuente de todos los problemas y de todas las soluciones. El autor de Quince años después argumenta sobre las necesidades políticas —en estricto sentido— de un país sometido a tal estatus: «La libertad de expresión es un imperativo biológico para las naciones subdesarrolladas o dependientes, compelidas a defender su ser y propulsar su devenir mediante el análisis crítico y la denuncia pública del origen y procedencia de sus males, vicios y deficiencias». Roa comprendió las características de la creación del capitalismo cubano y vislumbró así que el nacionalismo revolucionario —de vocación socialista y antimperialista— era la ideología de una revolución para el siglo XX en la Isla. A ello se debe también su reivindicación de José Martí y, en general, del pensamiento llamado «liberal revolucionario» cubano del siglo XIX. La forma en que incorporó el marxismo a ese saber contrariaba las lecturas propias del dogma: leer la historia cubana a través del marxismo, sin pensar que fue el marxismo el que prohijó la historia cubana. La derrota de la Revolución del 30 fue la derrota del radicalismo político en la Isla. El nacionalismo reformista hegemonizó el mapa ideológico de la década de 1940 en el país. En ese contexto, el marxismo de Roa expresa una pregunta agónica: ¿dónde debe situarse la izquierda en un contexto progresista? o ¿«qué hacer» al presentarse como única opción viable o «racional» la elección del «mal menor»? Roa entendía que la actitud de la izquierda debe partir de una exégesis ideológica: no responde esa pregunta en el contexto de una coyuntura, sino en el contexto de una ideología. El problema radica en elaborar una práctica política que no esté dominada por el fanatismo de la «toma del poder» en cualquier circunstancia —como era el caso de la alianza de 1938 entre los comunistas cubanos con Fulgencio Batista—, sino basada en la preocupación por la cultura revolucionaria a través de la cual se ha de ejercer poder político. Las actitudes políticas de Roa tienen este denominador común: ejercer poder político desde el Estado solo tiene sentido si se conserva la identidad del movimiento revolucionario. No servirá alcanzar el poder político si en el camino yace tendido el cuerpo del proyecto: «Lo que no se puede es estar con Batista. Lo que no se debe es pactar con el enemigo, ni con las fuerzas que antes lo apoyaron e intentan, por trasmano, imponerlo de nuevo. Eso no se puede ni se debe hacer, aunque esa alianza entrañara la conquista misma del poder por vía electoral» —afirmaba Roa. Seguir leyendo “Raúl Roa: el marxismo y la democracia (II, final)”

CLACSO publica el libro “Estado, participación y representación políticas en Cuba. Diseño institucional y práctica política tras la reforma constitucional de 1992”

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 Descargue aquí el libro

 Por Julio César Guanche

La política cubana posterior a 1959 reelaboró el concepto de democracia a partir de la centralidad de la justicia social, la multiplicación de los actores políticos y la independencia nacional.

El proceso se orientó a la integración social del pueblo como clave de su transformación en sujeto colectivo. En 1976 se dotó de una Constitución que institucionalizó las formas de participación ciudadana. En 1992 una extensa reforma fijó nuevas condiciones de desarrollo para ese objetivo.

El sistema institucional cubano ha funcionado desde entonces sin interrupciones, reconoce mecanismos de participación directa y las elecciones han sido convocadas con regularidad, transparencia del escrutinio y altos índices de participación electoral. El hecho es explicable por la legitimidad histórica del poder revolucionario y de la figura de Fidel Castro, por la aceptación por parte de la ciudadanía de la institucionalidad existente como marco político para la defensa del sistema que ha conseguido inclusión social, equidad y soberanía nacional, y por diversos grados de presión política y social.

Sin embargo, el diseño institucional está sometido a tensiones contradictorias en su interior. Por un lado, busca promover la participación política, por otro concentra y centraliza poder y desestimula con ello la participación. De hecho, las prácticas representativas prevalecen sobre las participativas, en una contradicción con los objeticos declarados por el discurso institucional.

Las experiencias de cambio social desarrolladas hoy en América Latina han recolocado el tema de la participación en un lugar central, con una recuperación creativa del contenido clásico del republicanismo y del socialismo en cuanto régimen del autogobierno, esto es, de la participación directa de los ciudadanos en la gestión pública.

La reflexión sobre el contenido de la Constitución cubana vigente tras la reforma de 1992 reclama atención no solo por urgencias específicamente cubanas sino por un hecho que alcanza al contexto regional: la necesidad de reconstruir el paradigma de la democracia desde las condiciones socioestructurales e históricas de la región, marcadas por una inveterada exclusión social y un concepto patrimonial de la política.

Esta investigación recoloca el tema en los debates teóricos-políticos cubanos a partir de una comprensión republicana democrática. Recupera y confronta saberes provenientes del nuevo constitucionalismo latinoamericano y de corrientes teóricas cuyas ideas apenas circulan en el contexto nacional.

En un plano específico, esta investigación contribuye a colocar en el campo de las opciones políticas cubanas respuestas a dos problemas: la debilidad de las formas de ejercicio directo de poder y las carencias del control concreto sobre la actuación estatal.

En esta argumentación, la concentración y la centralización de poder son incompatibles con la promoción de la participación, y, al mismo tiempo, la desconcentración y la descentralización, para ser democráticas, deben orientarse hacia la socialización del poder y la soberanía ciudadana.

Para ello, se proponen posibilidades de rediseño del sistema institucional de la participación/representación política con la ampliación—y la facilitación del empleo— de los instrumentos de democracia directa y del control sobre la representación.

De modo inusual en Cuba, el ejercicio de derechos individuales y colectivos se considera aquí como otra forma de participación. La práctica cubana siguió el modelo constitucional de hacer precedentes los derechos sociales sobre los individuales. El principio de precedencia configura un patrón asistencialista de participación. Se hace necesario reforzar la base institucional del ejercicio de derechos como clave de la participación autónoma de la ciudadanía. En esta comprensión, el ejercicio de los derechos fundamentales —a través de su reconocimiento constitucional, de las políticas sociales que los aseguran, y de su sistema de garantías jurídicas— es un recurso para subordinar el Estado a la sociedad. Por ello, propongo la creación de nuevos mecanismos de protección de derechos y de control constitucional.

Por otro lado, a partir del análisis del sistema institucional de la representación política —nominación, mandato, rendición de cuentas y revocación— se proponen garantías materiales y jurídicas para proteger el derecho de todos los ciudadanos a acceder, a través de representantes, a la intervención en la dirección del Estado.

En todos los casos, la argumentación teórica, el análisis de la práctica política y las recomendaciones que se hacen, parten del trabajo empírico realizado con investigaciones de campo, análisis de datos y entrevistas a expertos, funcionarios estatales y ciudadanos.

En un plano general, la investigación contribuye a defender la necesidad de radicalizar democráticamente el sistema institucional cubano de la participación, en contraposición a la imaginación liberal. Sitúa las necesidades de la «democratización de la democracia» en el continuo de las necesidades republicanas: la promoción de la autoorganización popular, la independencia política de las organizaciones sociales, la autonomía de la persona, la socialización de la propiedad y el fomento de formas asociativas desmercantilizadas.

Se argumenta como, para alcanzar mayor desarrollo democrático, el Estado cubano debe convertirse en actor de importancia decisiva, no único, en la transformación social con equidad. Se afirma que es preciso construir poder desde lugares diferentes —Estado, poderes públicos, organizaciones sociales, agrupaciones ciudadanas—, en un espacio político regido por los principios de autonomía y cooperación, con la participación directa de las bases en la elaboración, ejecución y control de la política estatal hacia este horizonte: la construcción colectiva del orden.

En Cuba se modifica hoy el perfil de lo que ha sido el socialismo en su historia nacional. Los procesos de descentralización parecen ser la guía de las remodelaciones. Hasta el momento, ellas se han pronunciado básicamente sobre el campo económico, pero las tranformaciones modificarán bases políticas.

En ese contexto, la afirmación de la participación ciudadana es el único expediente eficaz para procesar el conjunto de cambios con consenso social.

Una conclusión resultante de este estudio es que la posibilidad de incrementar la participación de la ciudadanía en el SP cubano enfrenta numerosos obstáculos, provenientes de su ambiente, pero también del propio perfil del modelo.

En consecuencia, afirmo que la acumulación de los desgastes causados por tales obstáculos reclama una sustitución del modelo mismo de participación política. Las soluciones a los problemas antes considerados pueden encontrarse en varios órdenes: ejercer efectivamente prerrogativas ya consagradas, transformar el sentido de las regulaciones vigentes que otorgan prevalencia a la soberanía estatal sobre la soberanía ciudadana y habilitar nuevos mecanismos de participación que empoderen a la ciudadanía a través de la participación directa y el control de la representación. Si la reforma de 1992 habilita constitucionalmente el conjunto de cambios económicos que hoy se proponen, por la magnitud de los desafíos políticos que ellos plantean se estima que es aconsejable encararlos a través de un proceso constituyente nacional.

Estos contenidos son abordados en el libro Estado, participación y representación políticas en Cuba. Diseño institucional y práctica política tras la reforma constitucional de 1992, de Julio César Guanche, que acaba de ser publicado por CLACSO, en su colección Becas de Investigación.