República y derechos: “A quien merme un derecho, córtesele la mano”. Introducción a un dossier

Obra de Duvier del Dago de la serie “La Historia es de quien la cuenta”. Tinta y acuarela sobre cartulina 100 x 70 cm 2015. La obra se reproduce con autorización del artista, y de su Estudio.

 

Por Julio Cesar Guanche

El dossier que Cuba Posible presenta ahora es continuación de otro conjunto de textos, recientemente publicado. Al enfoque elaborado allí sobre el republicanismo, el socialismo y la democracia remitimos el prisma general que recorre estos nuevos artículos. Ahora el tema se centra en los derechos: se analizan diversos tópicos, y se piensa a Cuba, lo que existe y lo que hace falta, en relación con realidades y regulaciones que experimentan los derechos en América Latina y el mundo.

El enfoque común es el de la progresividad y la interdependencia: no es posible legítimamente renunciar a, o prohibir, un derecho ya alcanzado, y, aunque es posible distinguir entre diversos tipos de derechos (con características propias y diferenciadas) su expansión, desarrollo y garantía necesitan un enfoque que los relacione entre sí, pues la protección de unos depende del ejercicio de los otros.

La necesidad de asumir un enfoque interdependiente de los derechos ha ganado consenso normativo en las últimas décadas, sobre todo entre sectores progresistas y revolucionarios. En ello, es destacable el trabajo deNancy Fraser, que cuestiona la “mitología cultural” que desvaloriza la ciudadanía social en Estados Unidos, que se maneja en términos de “contrato” y de “caridad”, y no de solidaridad e interdependencia. En similar sentido, Joy Gordon ha asegurado: “Esto —se refiere aquí a los derechos civiles y políticos— nos resulta bastante familiar a nosotros en Estados Unidos. Menos lo son los derechos de “segunda generación”, que son socioeconómicos: el derecho al trabajo, a un pago justo, a alimentación, vivienda y ropa, a la educación, etc.”Para esta autora, “el concepto de derechos humanos, que resulta tan familiar, es en realidad bien singular e incoherente, y (…) tras esa singularidad subyace una estructura profundamente política y una historia de utilizaciones políticas.”

Otra corriente, historiográfica, ha reconstruido cómo en el pasado las luchas populares no separaron un tipo de derechos de otros. E. P. Thompson impugnó la idea de la “separación” entre economía y política, y de la “consecuente”separación entre los derechos “respectivos” y “propios” de estos ámbitos: “Detrás de unciclo comercial hay una estructura de relaciones sociales qu eprotegen ciertos tipos de expropiación (renta, interés,ganancia) y proscriben algunos otros (robo, deudas feudales), legitimando algunostiposdeconflicto (competencia, guerra armada) e inhibiendo otros (sindicalismo, motines por hambre, organizaciones políticas populares)”. En similar horizonte, Peter Linebaugh ha fundamentado, desde la Inglaterra de la Carta Magna, cómo se asociaron las demandas “desde abajo” por derechos políticos (como el habeas corpus) al mismo tiempo que por derechos sociales (como el mantenimiento de los bosques comunales, para garantizar acceso común a sus recursos). Charles Tilly, desde otro ángulo, demostró algo similar respondiendo a la pregunta: “¿de dónde vienen los derechos?”. Seguir leyendo “República y derechos: “A quien merme un derecho, córtesele la mano”. Introducción a un dossier”

Tiene la palabra el camarada Ambrosio

Raúl Roa, y otros compañeros en presidio, a causa de su militancia en la Revolución “del 30”.

 

Julio César Guanche

Este breve diálogo con Ambrosio Fornet data de 2005. En él, Fornet rememora detalles de la célebre entrevista que le hizo a Raúl Roa García, texto que acuñó la frase “la revolución del 30 se fue a bolina”.

Esa imagen se ha usado desprolijamente, pero hace ya unos años viene generando estudios que “revisan” esa idea, entre otros, de Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodriguez, Ana Cairo y Berta Álvarez.

El propio Roa dio en profundidad su opinión sobre esa revolución en “Escaramuza en las vísperas”. (Se reproduce en El santo derecho a la herejía. El socialismo cubano «por la libre» en Raúl Roa García (1934-1959), (Compilación y prólogo de Julio César Guanche), Ruth Casa Editorial/ICIC Juan Marinello, 2011. Consultar aqui

Reproduzco ahora aquel diálogo con Fornet, para contribuir al muy loable empeño de Dayron Roque, profesor de la Universidad de la Habana, de hacer de sus clases, además, un espacio virtual y colaborativo. Se puede consultar aquí lo que viene haciendo:

http://roquelazo.blogspot.com/2017/02/la-revolucion-del-30.html?spref=fb

Esta es aquella entrevista:

Donde se hace la historia de cómo un “luciferino entrevistador” se enfrentó al único canciller del mundo que ha puesto por escrito la expresión “músculo primo”.

En 1967, en las páginas de la revista Cuba, apareció, sin crédito, una entrevista a Raúl Roa que a poco devenía célebre. Su autor padecería en el anonimato aún después, cuando publicado el libro La Revolución del treinta se fue a bolina, por Ediciones Huracán, tampoco se dio a conocer el nombre del que Roa calificara de “luciferino entrevistador”. A diez de últimas, se sabría que fue Ambrosio Fornet, y no otro, el responsable de aquella entretenida y densa relación de preguntas, que provocó que la ya de por sí lengua suelta de Roa, se soltara con entusiasmo mayúsculo. Todavía pesan, cual macizos baldones, sus frases sobre aquellos a quienes Roa les infligió sus invectivas, de una gracia que a varios de ellos seguramente les  arrancó una sonrisa. Más allá de ello, sus ideas continúan cargando hoy toda la sabia provocativa que le fuera tan consustancial al autor deBufa subversiva. Para los lectores de La Jiribilla, Ambrosio Fornet devela los pormenores de aquella histórica entrevista.

Usted, en el prólogo a La Revolución del treinta se fue a bolina, refiere haberse abalanzado, en acción al parecer “espectacular”, sobre la mesa de la librería donde se hallaban los últimos ejemplares de la edición que hiciera Samuel Feijóo de Retorno a la alborada. ¿Qué motivaba aquel entusiasmo?

Los dos tomos de Retorno a la alborada —de 1964, si mal no recuerdo—  recogen numerosos ensayos y artículos de Roa, de diferentes épocas, y en aquellos años era imposible encontrar en librerías esos textos. Para sus admiradores, como era mi caso, la simple idea de quedarse sin la edición, y tener que pedirla prestada o ir a leerla a una biblioteca, resultaba aterradora. Por eso me lancé de cabeza sobre aquellos solitarios ejemplares.

¿Qué significa Roa, además de ser el “tipo más simpático” de ella, dentro de esa heterogénea generación que solemos llamar “del 30”?

Roa era como la confirmación del arquetipo, no de toda la generación, sino de parte de ella, porque jóvenes simpáticos y dinámicos eran otros también, como es el caso de su gran amigo, Pablo de la Torriente Brau. Pero además Roa representaba la integridad y la fidelidad a sus principios, lo que no puede decirse de todos los que habían sido sus compañeros de lucha durante el machadato.

¿Podría usted, Ambrosio, describir pormenores de cómo fue concebida y escrita aquella entrevista que se haría famosa apenas publicada en la revista Cuba, con el título de “Tiene la palabra el camarada Roa”?

Bueno, la idea se le ocurrió a Ernesto González Bermejo, periodista uruguayo que en aquella época era jefe de redacción de la revista. Conociendo mi admiración por Roa, me preguntó si me gustaría que lo intentáramos, y yo, naturalmente, le dije que sí. Roa aceptó enseguida, pero estaba tan complicado entre el trabajo y las tiñosas —los rollos diplomáticos y las siembras de café, como decía él mismo— que me sugirió que le sometiera por escrito un cuestionario, para ir respondiéndolo en sus ratos libres. Yo, por supuesto, me despaché preguntándole sobre lo humano y lo divino, pensando, te lo confieso, que él iba a escoger unas preguntas y desechar otras, pero resultó que en un tiempo récord, una o dos semanas, me parece,  las respondió “todas”. Y no solo eso, sino que me dio una cita, en su oficina de Relaciones Exteriores, para ventilar cualquier duda que pudiera haber quedado. Para mí, fue una experiencia memorable. Era la primera vez que hablaba personalmente con él. Seguir leyendo “Tiene la palabra el camarada Ambrosio”

  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX


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Por Julio César Guanche

La divisa “libertad, igualdad y  fraternidad” se toma habitualmente como “la” consigna de la Revolución francesa. Sin embargo, es menos conocido que el tercer concepto de esa tríada apareció en el curso de dicha revolución, a impulso de los sectores que radicalizaron su contenido popular. Por ejemplo, tómese en cuenta que la “fraternidad” no aparece en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que establecía: “La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.”

La fraternidad se “sumó” a la tríada revolucionaria un día y en un lugar determinados. Fue el 18 de diciembre de 1790 en la Sociedad de los Amigos de la Constitución. Maximilien Robespierre, criticando la distinción entre ciudadanos activos y pasivos (hecho que otorgaba acceso exclusivo a los primeros a la guardia nacional, y con ello, a derechos políticos) exclamó: “es imposible que la guardia nacional se transforme por sí misma en peligrosa para la libertad, dado que es contradictorio que la nación quiera oprimirse a sí misma. Ved como por todas partes, en lugar del espíritu de dominación o de servidumbre, nacen los sentimientos de la igualdad, de la fraternidad, de la confianza, y todas las virtudes dulces y generosas a las que necesariamente darán la vida.” (Robespierre 2005, 54) Esa es la partida de nacimiento de la fraternidad revolucionaria, junto a la libertad y la igualdad.

Como concepto no era una invención, la novedad radicaría en su uso. El cristianismo había concebido la fraternidad como virtud “moral”, que la hacía compatible con desigualdades sociales, económicas y jurídicas. En ese pensamiento, se trataba, primero, de una “hermandad cristiana en la fe”, y, luego, de una fraternidad de todos los seres humanos por compartir filiación con un mismo padre divino. Dicha fraternidad no cuestionaba las relaciones políticas entre individuos: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Puyol 2017, 27)

El cambio que trajo el uso de la fraternidad por parte de la Revolución francesa fue su connotación política: a partir de entonces, inserta en esa tríada, se entendería como la reciprocidad en la libertad: el proyecto revolucionario de abolir todo privilegio existente en el ámbito privado/doméstico; y de disolver, sometiéndolas a la ley civil —a una ley que fuese igual para todos— todas las zonas sociales de vigencia de cualquier despotismo “privado” patriarcal y/opatrimonial (Doménech 2004).

Son palabras complejas, pero las han entendido actores revolucionarios que en diversas épocas las hicieron suyas. Las entendieron los esclavizados del espacio afromericano que encontraron en la fraternidad lo que en la palabra “libertad”: si “para unos significaba libertad política, el libre comercio o la libertad de imprenta, y la posibilidad de crear ´la nación´ y el ´estado´, para otra buena parte de la población americana significaba nada más y nada menos que dejar de ser esclavos para ser libres: el fin de la esclavitud”. (Marchena Fernández, Juan 2003, 57)

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Usos revolucionarios de la fraternidad, por parte del movimiento abolicionista, reclamando el fin de la esclavitud.

 

En esas fechas, las entendió en Cuba Antonio Maceo, que formaba parte “y no despreciable, de esta República democrática, que ha sentado como base principal, la libertad, la igualdad y la fraternidad y que no reconoce jerarquías.” (Maceo Grajales 1936, 5) La entendieron por igual los negros cubanos alzados en Cuba en 1912 contra la exclusión social y racial del orden republicano: “La clasificación de patricios y de plebeyos que arranca de la antigua Roma en que se encarna más luego el espíritu feudal de los tiempos medioevales y por último afianza la absurda institución de la monarquía hereditaria, no fue abatida sino cuando, por entre la humareda de la Bastilla derruida, asomó su faz resplandeciente la democracia, enarbolando la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres”. Con ello, en palabras de Serafín Portuondo Linares, el Partido Independiente de Color (PIC) enfocaba con gran “agudeza de juicio” (…) “la realidad que confrontaban los principios democráticos adulterados universalmente”(Portuondo Linares 1950, 186).

Ahora bien, este texto no hace una crónica de los usos de la fraternidad tras la Revolución francesa, ni discute sus significados para la filosofía política actual. Tiene un objetivo mucho más limitado y preciso: interpretar las funciones de la metáfora de la fraternidad en la Cuba de las cuatro primeras décadas del siglo XX, cuestionar las exclusiones cometidas en su nombre por la república creada en 1902, y mostrar, en contraste, cómo sectores revolucionarios/progresistas la hicieron suya en tanto ideal potenciador de la igualdad hacia el horizonte de una república verdaderamente democrática. Seguir leyendo ”  Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX”

República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier

 

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

En la imagen, una alegoría de la república cubana, por Conrado Massaguer (La imagen ha sido trabajada por Danislady Mazorra para su blog Alegoría cubana)

 

Por Julio César Guanche

Hoy el significado del republicanismo está en disputa desde casi todos los costados del espectro político. El concepto cuenta con una tradición milenaria habitualmente asociada a principios como el autogobierno colectivo, las virtudes cívicas y la participación política de la ciudadanía. Amén de tan noble contenido, el interior de su historia cuenta con enconadas luchas entre versiones oligárquicas y democráticas del republicanismo. En el mundo actual, un número muy amplio de países cuenta con regímenes formalmente republicanos, pero se escribe sobre, y se lucha por, la república democrática desde hace 2500 años.

La lucha por la república democrática no ha sido nunca un asunto exclusivamente europeo. En 1797, en el puerto venezolano de la Guaira, varios esclavizados fueron detenidos por cantar “La Marsellesa”. Un testimonio cuenta que “un esclavito confesó que era cierto que iba cantando las coplas, y nos cantó… advirtiendo que todas las demás que sabe tienen por estribillo el ´viva la República, viva la libertad, viva la igualdad´”. C. R. L. James, primero,y, luego, Paul Gilroy, han mostrado a la Revolución haitiana como “la radicalización republicana del liberalismo atlántico”.

En ese camino, James recogió esta estampa de los “jacobinos negros”: “Los oficiales de diferente color rechazaban las invitaciones a un grupo en particular, como buenos republicanos, se negaban a agachar la cabeza o hacer reverencias ante el marqués español, a quien sacaba de quicio la impertinencia de estos negros.”

En el siglo xix, fueron repúblicas los estados emergentes de la independencia en América Latina. Engels vio en la Comuna de París la forma de la república democrática, hecho que antes Marx había visto, a su vez, de este modo: “El gran mérito de este movimiento (el cooperativismo) consiste en mostrar que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, sistema despótico que lleva al pauperismo, puede ser sustituido con un sistema republicano y bienhechor de asociación de productores libres e iguales.”

Por la Comuna!

Por la Comuna!

La “república con todos y para el bien de todos” no fue solo el anhelo y el fin de la guerra revolucionaria organizada por José Martí. Céspedes entendió que el levantamiento independentista era el “solemne compromiso de consumar su independencia (la de Cuba) o perecer en la demanda: en el acto de darse un gobierno democrático, el de ser republicana”. Desde las doctrinas socialistas de la época, Diego Vicente Tejera afirmó que Cuba necesitaba “principalmente mucha libertad y mucha justicia, mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad”. Seguir leyendo “República y socialismo, aquí y ahora: introducción a un dossier”

Antonio Maceo, “héroe epónimo”

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Un día como hoy, 7 de diciembre, en 1896, murió Antonio Maceo. Hace muy poco encontré en Cuba Científica (librería que recomiendo mucho a quienes no la conozcan, situada en 25 e I) esta primera edición (creo que edición única) de la biografía sobre Maceo de Rafael Marquina. Entre otros abordajes valiosos, y recientes, recuerdo los de Eduardo Torres Cuevas, “Antonio Maceo, las ideas que sostienen el arma” y el de Armando Vargas Araya “El Código Maceo. El general Antonio en América Latina”, que me parece muy bueno. De aquella biografía de Marquina (escritor, periodista, autor teatral, director del Teatro-Biblioteca del pueblo), transcribo estos dos fragmentos dedicados a Maceo y a la mujer cubana en la guerra de independencia.

“¿La noche del 28 febrero podía considerarse terminada la guerra? Todavía no. Quedaba Maceo. Y —lo ha dicho también el propio Pirala— “sin Maceo la guerra terminaba, su continuación era un desastre “para los españoles” por el “mal estado del tesoro de Cuba”. Y después de detallar esta aflicta y exhausta situación del tesoro, añade: “por esto, el interés de Jovellar y Martínez Campos en apresurar la pacificación completa entorpecida por la actitud de Maceo.

“Pero Maceo no desistía de su actitud ni cedía un ápice en su intransigencia. En aquellos momentos, aquel hombre que “todo lo piensa, todo lo calcula”, como dijo Eusebio Hernández, ha oído la voz interior de su conciencia, eco íntimo de aquella voz de la tierra que escuchara en su mocedad, jinete pinturero en la fiesta, arriero en la labor y a toda hora enamorado y patriota; sabe que hay un ansia popular, una necesidad de expresión, un deseo insatisfecho, una esclavitud blanca y negra, un enorme latido que llama con desespero en el pecho hermético de los opresores.

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“Ha visto de cerca la solidaridad del pueblo. Quizás ha escuchado en coplas y cantares y decires la verdadera pasión popular. Acaso alguna noche, al acercarse a algún poblado, oyó la voz cantarina de una doncella —y la amó en la voz con alas de sombra— dando al aire oscuro de luz de anhelo:

Cuba libre es la frase sonora

que resuena en el campo doquier;

Cuba libre será desde ahora,

Cuba libre por siempre ha de ser.” Seguir leyendo “Antonio Maceo, “héroe epónimo””

Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana

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Ariel Dacal Díaz

Hace varios días rueda por las “redes sociales” la información y comentarios sobre el hecho de que, a Julio Antonio Fernández Estrada, jurista, profesor universitario y socialista confeso, no le actualizaron su contrato como profesor en la Universidad de la Habana. Varias son las razones y los supuestos que sobre este particular se conocen, entre ellas la publicación de un artículo titulado “No quiero saber nada de los industriales ni de Obama”.

Como sucede con cualquier dato o acontecimiento nacional, este permite encausar el permanente debate sobre la realidad cubana, sus tensiones, desafíos y alcances. Otra oportunidad para mirar algunos elementos de nuestra realidad compleja, diversa, llena de matices y aparentemente inabarcable. Con este fin convido a un grupo de personas, sobre todo del mundo de las ciencias sociales y el activismo en la vida pública, y de clara sensibilidad con el proyecto de justicia social y soberanía en Cuba, a comentar alrededor de un par de preguntas sobre Julio Antonio en particular y sobre algunos significados de su salida de la Universidad en general.

¿Cuál ha sido su acercamiento a Julio Antonio Fernández Estrada y a los contenidos generales de los textos recientemente publicados en su columna de OnCuba?

Juan Valdés Paz: Conozco al “joven” (como los de ochenta llamamos a los de cuarenta) Julio Antonio Fernández Estrada, hace más de una década. Lo primero a decir de Julio Antonio es que es una persona decente y que no conozco nada de él que no sea recto, lúcido y comprometido con los ideales de la Revolución. Lo segundo, que Julio Antonio es uno de los más brillantes intelectuales de su generación, con un estilo profundo y mordaz, como corresponde a un buen senequista. Tercero, que es uno de nuestros más destacados juristas, Catedrático de Derecho Constitucional y Romano, profesor universitario por más de veinte años, siempre elegido por el alumnado de la Facultad como el mejor de sus profesores. Cuarto, que Julio Antonio ha sido un trabajador de la Universidad de La Habana desde su graduación, pero esta Alta Casa de Estudios se ha venido deshaciendo de su magisterio gradualmente, no obstante, la solidaridad de algunos de sus colegas, hasta que recientemente le fue rescindido o no renovado su contrato, rompiendo así su último vínculo con la Universidad y sin que importen muchos los argumentos utilizados al efecto puesto que a una persona decente no se le deja sin trabajo. Quinto, que en cuanto a sus escritos en OnCuba me parece fuera de discusión su derecho a ejercer sus opiniones, puesto que de eso se trata; en todos los trabajos de Julio Antonio que conozco, sus críticas han estado acompañadas siempre de un fondo ético y político, inobjetables, pero en todo caso, dignos de ser debatidos y nunca penalizados.

Mylai Burgos: Entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana en 1993, por la misma puerta que Julio Antonio, nos separaban aulas, personas y un poco más. Épocas repletas de escaseces donde sobrevivíamos de la inventiva y agarrados a la historia para seguir activismos estudiantiles de antaño. Julio y yo nos conocíamos, pero nos replicábamos entre la introversión de uno y la extroversión propia, estuvimos cerca y también lejos muchas veces. Pero la vida desdeña lo superfluo y une la honestidad para asentar la amistad. Por eso algunos años después empezamos a caminar juntos pensares y quehaceres, tan juntos que el sendero se ha vuelto un andar mutuo.

Compartir sus palabras ha sido uno de los motivos de esos andares, pero hace un tiempo tuvieron un repunte al saltar a las redes sociales pequeños textos temáticos de su sentir, que es el sentir de muchos y muchas. Hablar de la coyuntura política, del barrio, de las expectativas truncas, de la discriminación, de la democracia, de la república, de la constitución, de ese derecho que estudiamos con su padre, nuestro maestro excelso, donde la libertad no existe sin igualdad, y la justicia fraterniza con la política, hablar y poner sobre la mesa con prosa poética lo que a muchos nos golpea el alma, desde la isla y por ella, es lo que ha sucedido en los últimos meses con sus textos en el mundo virtual.

Mi acercamiento no es nuevo, van conmigo en sus reflexiones lo que nos duele y nos mueve por el presente y el futuro de Cuba.

Aurelio Alonso:  Si hablamos de “acercamiento” tendría que empezar por decir que estoy cerca de Julito desde antes de que naciera debido a la estrecha amistad que tuve con Fernández Bulté desde los años sesenta, cuando nos iniciábamos en la compleja tarea de la docencia desde perspectivas teóricas a las cuales la Universidad había sido adversa hasta el triunfo de la Revolución. Vi crecer a Julio Antonio, y formar su inteligencia, entre la estampa cultural ideológicamente comprometida de su padre y la ternura de su entrañable madre. Lo recuerdo, todavía estudiante de Derecho, en una de las conversaciones sobre temas polémicos que Julio y yo solíamos sostener cuando le visitaba, pronunciarse contra la pena de muerte con argumentos tan sólidos que me impresionaron por su madurez. Me atrevo a caracterizarlo hoy como uno de los estudiosos más serios de su generación. Sus trabajos recientes en On Cuba reflejan, como todo lo que he leído de él, esa correspondencia del compromiso con el ideal socialista y la indispensable originalidad de pensamiento, que no puede ser digerida desde los extremos, pero termina por abrirse paso cuando mantiene su curso y se logra profundizar con coherencia.

Israel Rojas:  A día de hoy la circulación de ideas en la red cubana es mayor que nunca y es imposible estar al tanto de todo. A veces siento que se ha pasado bien pronto del murmullo por escasez de voces a una etapa de mucho ruido e incapacidad de asimilar tanto.   Seguir leyendo “Docencia, decencia y socialismo en la universidad cubana”

Fidel Castro: historia y memoria

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Por Julio César Guanche

A sus 21 años, Fidel Castro le dijo a los compañeros con los cuales recuperó la Campana de La Demajagua: “tomamos la campana, nos vamos a la Escalinata y tocamos la campana, como en La Demajagua. Después que tengamos todo el pueblo allá, lo llamamos a tomar Palacio”. Entre los presentes, Alfredo Guevara le preguntó: “bueno Fidel, ¿y después?”. “Ya veremos, ya veremos”, fue su respuesta.[1] Para 1970, siendo ya un líder de resonancia mundial, contra los cálculos del Instituto de Planificación Física, y contra la opinión del ministro del ramo, a quien destituyó, anunció la realización de una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, cuyo fracaso fue anunciado en buena parte del mundo como causa de su “inminente” caída.

Por tales actitudes, Fidel Castro recibió, entre otras, la etiqueta de “aventurero” por parte de enemigos, adversarios y, en parte, de sus aliados y seguidores. En 1947 participó en la expedición de Cayo Confites contra el régimen de Trujillo, organizada por un grupo político con el que había tenido graves diferencias en la Universidad de La Habana. Sin querer aceptar las órdenes de dispersión del proyecto insurreccional, propuso a Juan Bosch reunir unos 50 hombres y llevar a cabo, solos, la lucha de guerrillas en Santo Domingo. En 1953 organizó el ataque a dos cuarteles militares, en una acción calificada por los comunistas cubanos de “putchista”. En 1956 anunció que en ese año “seríamos libres o mártires”, para estupor de los que no concebían ofrecer información sobre una guerra en preparación, y miraban, honestamente, la posibilidad de una guerrilla rural como un acto incapaz de plantear batalla efectiva al régimen. Cuando desembarcó en ese año, y su tropa fue virtualmente aniquilada, persistió en continuar la guerra aun cuando, por un tiempo, el estado de su destacamento fue tan deplorable que Frank País le aconsejó “que saliera de allí” y se marchara para organizar una nueva expedición. Fidel Castro se quedó allí, y dos años después, entró en La Habana en medio de la epifanía popular más grande de la historia nacional. Seguir leyendo “Fidel Castro: historia y memoria”

Fidel Castro (1926-2016): el que osó y duró

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Por Antoni Domènech, Ailynn Torres Santana, Julio César Guanche, Gustavo Buster, María Julia Bertomeu, Carlos Abel Suárez, Daniel Raventós

 

Murió ayer Fidel Castro a los 90 años de edad. Con apenas 30, en su autodefensa ante los tribunales de la dictadura de Batista, dejó dicha una de sus frases más famosas: “¡Condenadme! La Historia me absolverá!”. No podemos saber ahora cuál será el veredicto final, y lo que es acaso peor, ni siquiera puede estar ya nadie razonablemente seguro a estas alturas del siglo XXI de que esta esquiva Dama sea un juez infalible o confiable. Lo que sí se puede decir con rotundidad es que Fidel Castro no ha sido un zascandil ni un mequetrefe. Osó y duró.

Osó desafiar a una tiranía cruel que había convertido a su patria en una especie de casino-protectorado al albur de las mafias operantes en la más grande potencia de nuestro tiempo. Osó luego desafiar con éxito a esa potencia que no está precisamente para bromas durante casi seis décadas y a menos de 100 millas náuticas de distancia. Osó, antes, desafiar a los comunistas ortodoxos cubanos, que consideraban una loca aventura su pequeña guerrilla de combatientes en Sierra Maestra que, al final, y a lo sumo, logró reunir a 5000 combatientes. Llegado al poder en enero de 1959, aprovechó la Guerra Fría para obtener ayuda de la Unión Soviética. Pero también osó desafiar a ésta –siempre aferrada a la cautelosa defensa del statu quo internacional (la “coexistencia pacífica” entre las distintas “áreas de influencia” geopolítica)— practicando una asombrosamente activa política exterior internacionalista que dejó profunda huella antiimperialista directa en América Latina y en África e indirecta en todo el planeta a través de su vigorosa participación en el Movimiento de Países no-Alineados.

La Revolución cubana de 1959 conquistó en su momento a la opinión pública democrática mundial. Por su radicalidad extraordinaria, no menos que por la naturaleza tan poco cruenta de su desenlace inicial: la elite política y profesional batistiana, que había traicionado y emputecido los ideales de la Constitución republicana cubana de 1940, huyó despavorida de la isla tan pronto entraron los barbudos en La Habana, y la Revolución empezó insólitamente de cero, casi sin necesidad de tener que contar con la asistencia –o el sabotaje— de altos o medianos funcionarios civiles o militares del antiguo régimen. El programa de los revolucionarios triunfantes estaba en la gran y robusta tradición del republicanismo democrático de José Martí y de socialistas republicanos como Diego Vicente Tejera o Raúl Roa (ministro de exteriores de Fidel Castro). Esto, que escribió Vicente Tejera (contra España) en 1897, podrían haberlo firmado Fidel Castro o Raúl Roa (contra EEUU) en 1959:

“Todo yace en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre— de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad.”

La Revolución cubana expropió masivamente la propiedad absentista y propiedades norteamericanas que habían hecho su agosto bajo Batista, y propició una radical reforma agraria en buena medida inspirada al principio en las ideas que José Martí había aprendido en los EEUU del último tercio del XIX del gran economista y reformador norteamericano Henry George (y que hasta cierto punto habían inspirado a la Constitución republicana cubana de 1940, traicionada por Batista]:

“El que trabaja la tierra y mejora debe poseer la misma. Él debe pagar al estado por ello mientras lo usa. Nadie debe poseer la tierra sin tener que pagar al estado para su uso. Nadie debe pagar al Estado un impuesto más allá de un arrendamiento de tierras. Así, el peso de los impuestos nacionales caerá sobre aquellos que han recibido [de la nación] los medios de pagar ellos … La vida sin impuestos será barata y fácil, y el pobre tendrá un hogar y el tiempo para cultivar sus mentes, entender sus derechos cívicos deberes, y amar a sus hijos.” [Artículo de Martí fechado en 14 de abril de 1887 y publicado en el diario mexicano El Partido Liberal.]

Pero no sólo por eso, es decir, por sus propios méritos, conquistó la Revolución de 1959 a la opinión pública democrática internacional. También porque el mundo era entonces muy otro. Es verdad que se estaba en plena Guerra Fría. Es verdad que la propia Revolución cubana propició en 1962 un pico terriblemente peligroso de la Guerra Fría con la llamada crisis de los misiles. Pero el clima de opinión era netamente antiimperialista y ampliamente favorable a los procesos de descolonización en curso desde el final de la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, los movimientos populares y los movimientos por los derechos civiles eran pujantes y vigorosos en las metrópolis. Una buena parte del establishment académico y político norteamericano y europeo se sumaba a la tesis entonces en boga de la “convergencia”: el capitalismo democratizado y socialmente reformado de posguerra y el socialismo real centralmente planificado “tendían” a una convergencia supuestamente dimanante de las exigencias técnicas de la economía y la vida social modernas: el capitalismo seguiría democratizándose y su sector público, creciendo; los países de socialismo real tenderían a desburocratizarse y a democratizarse; y los países descolonizados y “en vías de desarrollo” se beneficiarían de todo eso y se sumarían a la “convergencia”.

Los años 60 fueron años de esperanza y de optimismo. Infundadamente, tal vez. Porque se venía de la década del golpe de Estado anglo-norteamericano contra el gobierno de izquierda laica de Mosadeq en Irán, de la intervención imperialista anglo-francesa contra el Egipto del gobierno nacionalista laico de Nasser en la crisis del canal de Suez, o del golpe de Estado norteamericano contra el gobierno republicano-democrático de Jacobo Arbenz que, en Guatemala, se había atrevido a una reforma agraria que dañaba los intereses de la United Fruits norteamericana. Porque se venía del golpe presidencialista light de De Gaulle contra la IV República parlamentaria francesa. Porque se estaba ya en la década del terrible y sangriento golpe de Estado norteamericano en Indonesia contra el gobierno de izquierda laica de Sukarno. Porque se estaba ya en la década de la yugulación soviética de la Primavera de Praga. Y porque estaba por venir el golpe de Estado norteamericano contra Allende en Chile en 1973, punto final de toda una época signada por el antifascismo de posguerra.

Fidel Castro sobrevivió a todo eso. Sobrevivió incluso al hundimiento de la URSS en 1989. Es decir, que, además de osar, duró. Duró asombrosamente. Con virtú y con fortuna, en el específico sentido maquiavélico de estas palabras. Y hay que decir que, en el clima de retroceso, crecientemente restauracionista, que empezó a experimentar el mundo desde finales de los 60, Fidel Castro se manejó con gran pericia: esto se lo reconocen hasta sus peores enemigos. Es demasiado pronto para juzgar cuántas de las maniobras y pillerías de Realpolitiker consumado que le permitieron durar tanto fueron errores políticos, cuántas aciertos y cuántas, en cambio, Zugzwänge, movimientos obligados, como se dice en argot ajedrecístico.

Fueran errores políticos evitables o malhadadas jugadas forzadas, dos pesan hoy como una losa para el futuro revolucionario de Cuba. El primero es la subordinación de la isla al ámbito económico de influencia de la antigua URSS: la actual y peligrosa dependencia de Cuba del rentismo petrolero venezolano muestra que la economía cubana no halló con la Revolución –y sigue sin hallar— una forma sana y sostenible de insertarse en la economía mundial. El segundo es la Constitución de tipo soviético de 1976. Hasta esa fecha, Cuba mantenía, aun si suspendida provisionalmente en la práctica desde 1959 por una dictadura revolucionaria supuestamente fideicomisaria de emergencia, la gran Constitución republicano-democrática de 1940.

Sin la Revolución cubana de 1959, el mundo sería hoy con toda probabilidad peor y harto más peligrosos de lo que ya es. Y Cuba sería, en el mejor de los casos, y con mucha suerte, un triste protectorado endeudado à la Puerto Rico, o, en el peor, un Haití. Los logros de la Revolución son indiscutibles. Entre otros:

Cuba es según la UNICEF el único país de las Américas sin desnutrición infantil, razón por la cual ha sido declarada “paraíso internacional de la infancia”.
Cuba tiene la tasa de mortalidad más baja de las Américas.
Cuba tiene 130.000 médicos licenciados desde 1961.
El sistema de salud cubano es, según la OMS, un ejemplo para el mundo.
Cuba es el país del mundo que más PIB aporta a la educación
Cuba es uno de los países con mayor índice de desarrollo humano, según NNUU.
Cuba es el primer país del mundo en eliminar la transmisión madre-hijo del VIH
Pero el futuro de Cuba, si ha de conservar los logros de su Revolución socialista, pasa por volver a las raíces republicano-democráticas de la misma. Por reinsertar sana y eficientemente su vida económica en la economía mundial, por desestatizar parcialmente y desburocratizar administrativamente su economía sin privatizar el grueso de la misma y sin concentrarla, es decir, socializándola por vías democráticas como el fomento de la propiedad cooperativa, de la propiedad común local, de la colectivización voluntaria, de la autogestión democrática y/o el control desde abajo de las empresas y los servicios públicos, etc. Condición inexcusable de todo lo cual es la recuperación y la institucionalización constitucional de los valores republicano-democráticos que han estado en el centro de la historia de todas las revoluciones de Cuba, las del XIX y las del XX, y en expresa defensa de los cuales se batió precisamente la Revolución socialista de 1959.

http://www.sinpermiso.info/textos/fidel-castro-1926-2016-el-que-oso-y-duro

Trump, ¡¿cómo?!

estatua-de-la-libertad

Por Julio César Guanche

Leo comentarios que aluden a la victoria presidencial de Donald Trump como el triunfo de un loco y una victoria de la estupidez humana. Leo por igual que una clave parece estar en el Trump “antisistema”, frase que quizás es mejor entender como el haberse situado frente a determinado estatus capitalista. Por ahí, hay novedades en su proceder respecto al contexto estadunidense. Sin embargo, pienso en otra arista para explicar su triunfo: cómo ha explotado racionalidades antiguas de ese sistema, algunas de ellas fundacionales.

Trump ha explotado el patriotismo capitalista, que siempre ha tenido que ser imperialista, y que estuvo así en el centro de la primera guerra mundial (con la frase “la patria con razón o sin ella”). Ha explotado la lógica del proteccionismo, a favor de la cartelización de los “intereses propios” de los “americanos”, tesis que apoyó el partido republicano estadunidense en los 1930 como la vía para salir de la crisis del 29. Ha explotado el racismo capitalista, que proclamó haber fundado la prosperidad sobre los “pioneros del capitalismo” (los barones blancos de la industria) y no sobre el trabajo esclavizado, y pretende hacer “de nuevo grande a américa” contra la historia y el presente de una nación construida por afroamericanos, latinos y todo tipo de inmigraciones. Ha explotado el clasismo de los empobrecidos y perdedores del sistema, diciéndoles, por enésima vez, y por enésima vez falsamente, que salvar a los capitalistas es también salvarlos a ellos, como lleva siglos asegurando la teoría económica ortodoxa. Ha explotado el sexismo capitalista, escandalizado con la declaración de Trump de que puede agarrarle la vulva a la mujer que desee, mientras convive con la despolitización del uso mercantil del cuerpo femenino. Ha explotado la distopía del “hombre americano común”, ignorante de su ignorancia, obscurantista hacia la ciencia y conservador hacia la cultura, la imaginación más reaccionaria con que se puede “defender” a un pueblo. Por aquí, ha explotado la narrativa del “enterteiner”, sin mostrarse como un líder político “sólido” (recordar a Reagan), contribuyendo a hacer de la política un “reality show” con electores en tanto consumidores, espectadores y aprendices.

Trump ha explotado el escepticismo “radical” frente a la democracia, que asegura que esta “no sirve para nada”, que todo es “lo mismo”, que recuerda a Hitler como el que fue llevado a las urnas “por la democracia” (dato muy inexactamente manejado) y no como lo que fue: su visceral enemigo. Ha explotado la engañosa sinonimia entre democracia, democracia liberal y aparato electoral-representativo, que fue elaborada, a contrapelo de la historia de estos conceptos, solo tras el inestimable concurso de la guerra fría. Ha explotado la celebración “marxistoide” de la catástrofe, que desea que “todo se ponga peor” para que al fin la gente “se dé cuenta y reaccione revolucionariamente”, argumento que convierte a los pueblos, y a sus vidas reales de dolor y sufrimiento ante la catástrofe, en meras piezas de cambio, sacrificables a favor de “sus ideales”. Ha capitalizado la implosión de las socialdemocracias realmente existentes y sus incapacidades para dejar de ser algo más que falsos predicadores, para servir al capitalismo más depredador.

También, ha explotado la realidad del guerrerismo, de la conquista plutocrática del poder, del incremento de la desigualdad, de la concentración extraordinaria de la riqueza, del despliege de la exclusión y la injusticia, de la autocracia del poder mediático, de la separación radical entre los que mandan y los que son mandados, de la hipocresía obligada ante lo “políticamente correcto”, para darle salida a esa crítica a favor del capitalismo oligárquico, haciendo frente, a conciencia, a los muchos intentos sociales de democratizar, a beneficio del “99%”, las relaciones económicas, sociales, políticas, raciales e internacionales en ese país. Así, ha respondido a la reacción contra la práctica neoliberal “desregulada” prometiendo conservar medidas sociales, bajar impuestos a pequeños productores, imponer controles financieros, asegurar determinadas provisiones, pero sin decir —y, por ello, mintiendo— que estos programas solo pudieron avanzar algo allí donde la organización del trabajo se hizo poderosa y la economía política se comprometió con la redistribución de recursos como clave misma de su lógica de desarrollo.

No estamos ante la obra de un estúpido, o de un loco solitario capaz de arrastrar en su demencia a una multitud de orates. Trump no es, como decía Marx, “un rayo que cae en cielo sereno”. El magnate no ha traído a la palestra solo sus “rasgos personales” de racista, misógino y xenófobo. Lo más grave es que tales rasgos son centrales en una parte significativa de la sociedad estadunidense, ante la cual Trump ha respondido en sus reclamos de venganza para protegerse de los “negros”, de los “comunistas”, de los “fundamentalistas”, de los negocios chinos, de los abortistas, de los evolucionistas, y de un sinfín más de “amenazas”.

La contrarreforma capitalista de los 1970 reaccionó también contra cosas parecidas, frente a las “subversiones” de los 1960: el liberalismo político o social que proponía fortalecer el Estado; la contracultura, despreciada por “su calaña moral” sobre el sexo y el libertinaje; la acción afirmativa, por sus efectos disruptores y “discriminatorios”, y contra la asfixia del mercado ante el intervencionismo y contra “el cáncer de la burocracia”. Trump ha traído contenidos diferentes respecto a esos discursos, como cierta “crítica” a la globalización, y la crítica que ha recibido él mismo por parte de importantes neocons por “pretender destruir la política exterior estadunidense”. Pero al mismo tiempo, ha explotado antiguos miedos y lógicas enteramente sistémicas.

Nada de lo antes dicho celebra a Hillary Clinton como portadora de soluciones para tales problemas, pero quizás explique algún por qué de la “sorpresa” ante el triunfo de Trump. Acaso, este ha hecho visible una cara histórica del capitalismo, “olvidada” por la confusión entre capitalismo y neoliberalismo, por el devaneo liberal sobre el patriotismo cívico y el multiculturalismo y por la rendición teórica que supone considerar “populistas”, al mismo tiempo, a Bernie Sanders y a Donald Trump. Es, no obstante, una cara del capitalismo de ayer y de hoy, la que atemorizaba enormemente a Martí, cuando se refería a la “patria de Cutting”.